XV.HACIENDO CALCETA

XV.HACIENDO CALCETA

Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.

Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.

Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador, presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas, de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían salido.

Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar, avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal. Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.

Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro un peón caminero, ambos con semblantes adustos ysedientos, los cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero todos clavaron en ellos los ojos.

—¡Buenos días!—contestó un coro nutrido.

—Mal tiempo, señores—repuso Defarge, moviendo la cabeza.

Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por excepción, se levantó de su asiento y se fué.

—Mi querida esposa—continuó Defarge,—he recorrido una porción de leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!

Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la taberna.

Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y trabajaba sin mirar y sin hablar.

—¿Ha terminado ya el almuerzo?—preguntó el tabernero al peón luego que advirtió que no comía.

—Sí; muchas gracias.

—Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía, y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.

Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días sentado en una banqueta y haciendo zapatos.

No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la taberna.

Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media voz:

—¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes hablar, Santiago Quinto.

El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul que en la mano tenía, preguntó:

—¿Por dónde comienzo?

—Puedes comenzar por el principio—respondió con mucha lógica Defarge.

—Le vi, señores—comenzó el peón caminero,—ha hecho un año este verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido de la cadena de esta manera.

El orador representó gráficamente una escena que había representado millares de veces en la aldea durante un año entero.

Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había visto antes al hombre que pendía de la cadena.

—Nunca—contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.

Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no habiéndole visto hasta ese día.

—Le reconocí por su elevada estatura—dijo el peón caminero, puesto el índice de la mano derecha en la nariz.—Cuando aquella noche preguntó el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un espectro».

—Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.

—¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!

—Tiene razón, Santiago—dijo Defarge.—Sigue.

—Pues bien—continuó el peón caminero con aire de misterio.—El hombre alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, once meses?

—El número de meses es lo que menos viene al caso—contestó Defarge.—Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le encontraron desgraciadamente. Prosigue.

—Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos atados a los lados... en esta forma.

Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa admirablemente a un hombrecuyos codos están amarrados a la cintura.

—Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo sitio!

A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la escena a que acababa de aludir.

—Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de los ojos. «¡Vivo, vivo!»—dijo el jefe de los soldados.—«¡Llevémosle pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta manera.

El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a caminar a culatazos.

—Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de esta manera:

El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal verismo quiso representar la escena, que continuó con laboca cerrada hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:

—Adelante, Santiago.

—La aldea en masa se retira,—prosiguió el caminero, bajando la voz y puesto sobre las puntas de sus pies,—la aldea en masa se congrega en torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un muerto.

Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.

—Adelante, Santiago—dice Defarge.

—En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni que sí ni que no.

—¡Escucha con atención, Santiago!—interrumpió con duro acento Santiago Primero.—Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el memorial en la mano.

—¡Escúchame ahora a mí, Santiago!—terció Santiago Tercero, siempre con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.—¡La escolta, de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a golpes! ¿Has entendido?

—He entendido, señores.

—Adelante, pues—dijo Defarge.

—No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será mentira? No lo sé: no soy sabio.

—¡Escucha otra vez, Santiago!—exclamó el tercero de este nombre.—El reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?

—Treinta y cinco—contestó el caminero, que representaba sesenta.

—¡Demasiados!—murmuró con impaciencia Defarge.—Continúa.

—No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo el mundo se reúne allí, lasvacas no salen al campo porque tampoco quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... envenenando con su sombra las aguas de la fuente.

Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se secaba el sudor de la cara con el gorro azul.

—¡Es horroroso, señores!—repuso.—¿Cómo han de beber agua de la fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, señores, que tiene por techo el cielo azul!

El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de algo... que no era ni comida ni bebida.

—He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. He dicho.

—Está bien—dijo Santiago Primero, después de un silencio imponente.—Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por breve tiempo fuera, en la escalera?

—Con mucho gusto—contestó el peón caminero.

Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se habían levantado y formaban un grupo muy apretado.

—¿Qué dices, Santiago?—preguntó el número uno de este nombre.—¿Lo consignamos en nuestro registro?

—¡Regístralo como condenado a la destrucción!—contestó Defarge.

—¡Magnífico!—exclamó Santiago Tercero.

—¿El castillo y toda la raza?—repuso el primero.

—¡Sí; el castillo y toda la raza!—bramó Defarge—¡Exterminio completo!

—¡Sublime!—gritó el tercer Santiago.

—¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el registro no ha de originarnos ningún contratiempo?—preguntóa Defarge Santiago Primero.—Que es seguro, no ofrece duda, toda vez que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...

—Santiago—replicó Defarge irguiéndose,—si mi mujer se empeña en guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.

Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.

—¿Qué hacemos con ese rústico?—preguntó Santiago Tercero.—¿Lo despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?

—Nada sabe—replicó Defarge,—y lo poco que pudiera decir, únicamente le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto el domingo.

—¡Cómo!—exclamó Santiago Tercero.—¿No te parece mal síntoma que desee ver la realeza y la nobleza?

—Santiago—replicó Defarge,—enseña al gato la leche, si quieres excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en su día caiga sobre ella y la despedace.

Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía como un tronco.

Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tanempeñadaen no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, que éste andaba desconcertado y receloso.

No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera no cesaba dehacer calceta durante el camino, y su desconcierto se trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la media.

—¿Trabaja usted mucho, señora?—dijo un hombre que pasó por su lado.

—Sí—respondió la señora Defarge,—tengo mucho que hacer.

—¿Y qué hace usted, señora?

—Muchas cosas.

—Por ejemplo...

—Por ejemplo—contestó la tabernera con la calma misma de antes—mortajas.

Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.

—¡Bravo!—exclamó Defarge cuando terminó el desfile.—Eres un buen muchacho.

Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.

—Eres el hombre que necesitamos—díjole Defarge pegando los labios a sus oídos.—Harás creera esos insensatos que sus locuras durarán siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.

—¡Calla!—exclamó el caminero.—¡Pues es verdad!

—Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño sea, nunca será tan grande como merecen.

La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.

—Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?

—Verdad es, señora.

—Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?

—Así es, señora.

—Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.


Back to IndexNext