XXI.PASOS QUE RESUENAN

XXI.PASOS QUE RESUENAN

Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando el eco de los pasos del tiempo.

Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo, le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.

Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a quien todas las madressuelen confiar el cuidado de sus hijos, había tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable de dicha para ella!

Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que relincha y patea al ser castigado.

Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura, decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de vestido.

Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra, de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita, estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las dos ciudades que se habían combinado en su vida.

Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton. Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito susurraban aquéllos.

Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya visto y tratadocon ojos puros y pensamiento inmaculado después que aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular... algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»

Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros, por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada. También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme, más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales, aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba sus cabezas.

Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:

—Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres pedazos de pan, Darnay.

Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan, alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver, que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que enotro tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.

Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor, siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era posible, de casada, que cuando era soltera.

También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en Francia.

Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve, se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo desde aquella misma ventana.

—Principio a pensar—dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su peluquín—que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada! ¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha acometido de pronto!

—Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo—observó Darnay.

—¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador, seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson estamos muchos que somos ya viejos.

—Sin embargo—objetó Darnay,—sabe usted perfectamente que hay cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes amenazando tormenta.

—Lo sé... claro que lo sé—contestó Lorry, intentando persuadirse a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y descontento;—tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está Manette?

—Aquí hay un pedazo—contestó el doctor, entrando en aquel momento en la estancia.

—Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no pensará usted salir, eh?

—No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.

—Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted. ¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras y, como no soy gato, nada veo.

—Aquí está, esperándole a usted.

—Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?

—Durmiendo como un tronco.

—¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.

—No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.

—Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos—replicó Lorry. Son numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que prestar atención!

Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta el tranquilo rincón de Soho de Londres.

Aquella mañana, San Antoniohabía sido campo cubierto por ingente y ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.

De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes, cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera, cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que no pidiera a gritos sacrificarla.

Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes, daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.

—¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!—bramaba Defarge.—¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?

—¡Aquí estoy!—contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero sin hacer calceta.

La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.

—¿Por dónde andas, mujercita mía?—preguntó Defarge.

—En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las mujeres—respondió la tabernera.

—¡Adelante, pues!—gritó Defarge con voz de trueno.—¡Patriotas...! ¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!

Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los alientos de Francia, rasgó losaires espantoso rugido, encrespóse aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma, tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.

Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra, ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa! Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.

Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante, Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya enrojecido!

«¡A mí, todas las mujeres!—gritaba mientras tanto su esposa.—¡Pues qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga en nuestro poder la plaza?»

Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la venganza!

Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres. Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar. Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier, suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio no interrumpido!

Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.

Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría, estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de tambores.

—¡Los prisioneros!

—¡Los registros!

—¡Los instrumentos de suplicio!

—¡Los prisioneros!

De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!». Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:

—¡Enséñame la torre del Norte... pronto!

—Lo haré con mucho gusto, si usted quiere—contestó el hombre—pero no hay en ella nadie.

—¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?—preguntó Defarge—¡Contesta... pronto!

—¿Que qué significa, señor?

—¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos? ¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?

—¡Mátale!—vociferó Santiago Tercero.

—Es una celda, señor.

—Enséñamela.

—Por aquí, señor.

Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera cual inconmensurables látigos manejados por titanes.

Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos, atravesaron, con cuanta rapidezles fué posible, sombríos corredores jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba; pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos, cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.

Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave, abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos. En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro, a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.

—Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda ver—dijo Defarge al calabocero.

Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.

—¡Alto...! ¡Mira, Santiago!

—A. M.—rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.

—Alejandro Manette—susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su índice sobre las iniciales.—Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!

Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la mesa.

—¡Alza la luz!—gritó con furia al calabocero.—¡Y tú, Santiago, toma mi cuchillo,—añadió, arrojándoselo—rasga ese jergón, y busca entre la paja...! ¡Arriba la luz!

Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.

—¿No has encontrado nada, Santiago?—preguntó al cabo del rato.

—Nada.

—Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende fuego, carcelero!

El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, que antes.

Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador alHôtel de Villepara ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?

Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.

—Ahí tenéis a mi marido—dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.

Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le cortó la cabeza.

Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría por la escalinata que precede a las puertas delHôtel de Villela del gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de horrible mutilación.

—¡Bajad aquel farol!—rugió San Antonio, después de volver en derredor sus ojos sanguinolentos.—¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado de nuestros enemigos!

Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el populacho se alejaba rugiendo.

Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olasllevaban aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la piedad sin dejar la huella más insignificante.

Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias, de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros, cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó, siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras, llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»

Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.


Back to IndexNext