Chinatown
T ilustrada
Tienela civilización china pocos secretos para los habitantes de San Francisco. La raza amarilla, tan amante de sus costumbres, sus dioses y sus leyes, cuando se ve obligada, tanto la abruma la pobreza, á buscar trabajo en países extraños, se entrega atada de pies y manos al vencedor, y le enseña impúdica todas sus lacras y miserias, sin protesta, sin manifestación de agravios, que esconde cuidadosamente en el fondo de su alma.
El extranjero puede ver en San Francisco el cuadro completo de las costumbres chinas, el templo con todos sus fanatismos, el bazar con sus extrañas manifestaciones artísticas, el mercado con sus variadas mercancías, la casa de juego y su natural secuela la casa de empeños, la botica, que parece antro de conjuros, el teatro, el lupanar, los cafés donde se fuma el opio y se embrutece toda una raza... no falta allí más que ambiente propio, porque de prestado vive en América aquella mísera gente que, avezada á frugalidades inconcebibles para los voraces anglo-sajones, acude á los mercados de California, acepta todos los oficios y escupe todas las miserias, recoge agradecida las migajas que desdeña el indígena, y se apodera de la labor del campo, la faena doméstica y los provechos de las pequeñas industrias, dando al cuerpo lo estrictamente indispensable para la vida; y donde el yankee muere de inanición y miseria, el chino halla aún el recurso de las economías, que suma y multiplica, pensando en la hora feliz de la repatriación y del olvido de las playas en donde fué escarnecido y humillado.
Son las ocho de la noche del día 3 de noviembre último, y mientras el guía hace gala de hablar un francés que sólo se hizo para su uso particular, observo cuidadosamente cuanto me rodea, escena extraña, mezcla de dos civilizaciones que no pueden comprenderse, ni compenetrarse, como no sea en la forma externa, en la casa de construcción americana que adorna el farol chino y los caracteres de un idioma bárbaro; en la iluminación eléctrica y las luces que enciende la piedad á dioses y estatuas deformas peregrinas y actitudes singulares; en el coche del tranvía funicular que contrasta con trajes y colores de indumentaria carnavalesca que parece pedir á gritos el uso en aquellas calles, del palanquín chino ó delpush pushdel Tonquín; en el policeman gigante, sanguíneo, orgulloso, que parece el vencedor de una raza caduca, embrutecida y que arranca sagaz y paciente del suelo americano el puñado de oro que le negó el continente asiático, que vislumbra al través de los vapores del opio, allá, lejos, muy lejos, en el fondo del Pacífico, donde está la tierra de sus ambiciones y esperanzas.
Por la noche, cuando el americano se recoge y digiere tranquilo, en familia, copa tras copa, la copiosa cena que remata dignamente la serie de comidas que es uno de los más bellos ornamentos de la civilización yankee, el chino llena las calles de Chinatown, acude solícito al teatro, al café, á las casas de juego, llenas siempre de bote en bote, al lupanar, y se acuesta tarde, solicitado por todas las seducciones de sus vicios favoritos: el opio y el juego.
El juego es el escollo donde choca la codicia de la raza china; hay en Chinatown calles enteras donde se juega, á pesar de la policía, que persigue tenazmente á cuantos van á dejar sus economías en los tugurios de San Francisco. Hay en cada boca calle un vigilante que, al ver una persona extraña, sea ó no policía, avisa á los jugadores que apaguen inmediatamente todas las luces de las casas de juego. El extranjero observa como van apagándose las luces rápidamente, quedando todo en silencio y en el más absoluto recogimiento. La policía persigue de la misma manera á los fumadores de opio, pero no basta su vigilancia para evitar el vicio clandestino y perseguir al que, echado sobre tablas mal cubiertas de estera, en miserable recinto donde no se renueva el aire ni penetra jamás un rayo de sol, carga concupiscente su pipa de ancha boca, desenrosca el tubo larguísimo cuya boquilla apoya en los descoloridos labios y aspira el veneno de una droga que despierta en el cerebro visiones encantadoras, sueños extraños, deleitosos, de intensidad tanta que embrutecen y matan. Nada más triste que la habitación china, ni que revele, con su espantosa promiscuidad, mayor rebajamiento moral. Nótase á primera vista la ausencia de mujeres en el barrio, ausencia que revela por sí sola la lacra más espantosa que se achaca á la raza amarilla.
Recuerdo como una pesadilla los fosos del teatro chino; cansado de ver tiendas extrañas, bazares llenos de baratijas, barberos rapando las cejas y las pestañas de los chinos, farmacias de anaquelería llena de botes que contienen drogas desconocidas, pieles de serpiente, esqueletos de sabandijas, telarañas de arácnidos colosales, algo así que recuerda á las brujas medioevales en sus antros, con sus filtros y encantamientos... Entramos por una puerta excusada en el foso del escenario y en las habitaciones de los actores. Difícil es formarse idea por una rápida ojeada de todos los recursos de la familia china, condensados en una habitación que desdeñaría en Europa el ser más pobre y envilecido. No hay cárcel en nuestro continente que, en la comparación, no resulte mansión espléndida, porque los tableros-camas superpuestos, como las literas en un camarote, la indumentaria extraña, todas las necesidades de la vida celebrándose en un recinto único, agrupados y confundidos todos los sexos, durmiendo acurrucadas dos y tres personas donde no hay espacio para una sola; seres que pasan años sin salir de aquellos camaranchones inmundos, más terribles para el olfato que para la vista, son tristezas espantosas que apenas concibe un sér civilizado. Y si á todas estas miserias de la vida física se añade la fiscalización, por pura curiosidad, de seres más venturosos que vamos allí á sorprender el genio chino, sin aportar más que la impertinencia de nuestros estudios ó nuestras flaquezas, merecida tenemos la especie de rubor que sentí al abrogarme el derecho, al amparo de la bandera americana, de sorprender, sin el consentimiento de los agraviados, todas las flaquezas y miserias del pueblo chino.
Y en aquellos corredores, donde se ven nichos extraños que alumbran cirios de colores y dioses en su fondo de fealdad espantosa, y ya por entre rejasde malla apretadísima, actores que se embadurnan y acicalan con vestidos de seda brillantísimos, encerrados en habitaciones tan pequeñas, que no se concibe siquiera haya aire suficiente para respirar y escaleras que conducen á una intrincada red de corredores y cuartos destinados á familias de actores que allí viven, aman y mueren, atentos sólo á funciones teatrales inacabables que duran semanas enteras, sin que el público se canse de contemplar un escenario desnudo, sin más mueble ni adorno que el indispensable para el desenvolvimiento de la acción teatral, en cuyo fondo toca una orquesta, compuesta de seis ó siete músicos que tocan piezas de ritmo monótono vulgarísimo, y tañen instrumentos de timbre chillón, menos, sin embargo, que la voz de los actores, hombres todos pintados los que desempeñan papeles de mujer con tendencias tan deplorables para tipos varoniles, que ellas solas bastarían para inspirar aversión á las funciones del teatro chino, si hubiera oído medianamente educado capaz de resistir con paciencia, el ritmo y la monotonía de los actores.
La afición de los chinos á las funciones teatrales es evidente; no sé por qué extraña prerrogativa, la del más fuerte quizá, puede subir el extranjero al escenario y sentarse á la vista del público y en las partes laterales del mismo, dominando á los espectadores de la platea, que siguen con ansia, y formando haz apretadísima, las peripecias de la acción teatral; pero lo cierto es que esa prerrogativa produce una ilusión completa al ver en un gran recinto centenares de chinos agrupados junto al escenario, vestidos con los trajes propios de su nacionalidad, atentos, con la mirada fija y excitada, riendo estrepitosamente, sin fijar siquiera por un momento la atención, tanta será ya la costumbre, en el viajero, que se figura estar sólo y aislado en el corazón del gran imperio asiático.
Salí en el momento de un cambio de escena, y pasando por la sala de espera ófoyervi reunidos los principales actores, vestidos con trajes vistosísimos, esperando ser llamados, y sin mostrar la menor curiosidad al ver un blanco entre tantos amarillos. La salida me produjo una impresión agradable al respirar el aire puro del Pacífico.
Atravesé algunas calles, trazadas todas en ángulo recto y llegué al templo principal, que no sé cómo llamarle porque la entrada tiene más bien apariencia de casa de baile ó casino que de sitio dedicado á la oración y al recogimiento, siendo el primer piso el lugar donde se han levantado los altares que adoran los hijos del celeste imperio. La primera impresión es la de una decoración teatral; hay allí tantos objetos extraños, de un culto desconocido, figuras tan singulares, dragones, esfinges, culebras, un dios que de la forma humana sólo tiene lo exagerado y ridículo, adornos de coloración intensísima, dominando el encarnado y el verde, sedas hermosísimas, bordados preciosos, marfiles que representan deidades de teogonía para mí desconocida, fanales de alambre donde arden los papeles que recoge cuidadosamente el chino en todas partes como si quisiera ofrecer en holocausto á sus dioses patrios, los secretos y las ideas de la humanidad, luces que arden perpetuamente, nichos que besa el chino, sitios de preferencia donde ora llorando y pidiendo al cielo clemencia y protección, son notas que recoge allí rápidamente el viajero que paga su tributo, comprando unos sacos llenos de perfumes que derrama el chino en los altares de sus deidades favoritas.
Salí de aquel templo con ideas de justicias vengadoras, de monstruos que devoran, de dioses que exigen sacrificios, de vanidades humanas vencidas y humilladas, sin haber visto un solo símbolo que sirva de consuelo y esperanza en las tribulaciones de la vida.
La noche, ya avanzada, no se traducía en letargo en las calles, llenas de celestes; la casa de empeños, repleta de mil objetos, esperaba aún al desdichado que había dejado su último centavo en la casa de juego; la silueta de la mujer embadurnada, espantosamente fea, sentada tras estrecha celosía, ejercitaba las seducciones de sirena, el policeman continuaba siendo una nota rara en aquel cuadrode costumbres, y los que estábamos ya cansados de ver cosas tan extrañas y vicios tan horribles, volvimos al hotel creyendo que habíamos realizado en América el grato sueño de un viaje al corazón de la China.