III

IIIQuintero.—"El Picayune."—Hotel de San Cárlos.—Hoteles.—Calle de Dumain.—J. Alcalde.

Quintero.—"El Picayune."—Hotel de San Cárlos.—Hoteles.—Calle de Dumain.—J. Alcalde.

En el primer piso de nuestro hotel estaban los cuartos de Iglesias y Gomez del Palacio; en una enmarañada contradiccion de puertas y esquinas en más alto piso, yacia Lancaster al frente de su historia de los Estados-Unidos, que consultaba frecuentemente.

Joaquin Alcalde, más elevado todavía, se escurria, se deslizaba y se engatusaba en angostos corredores y oscuros tránsitos, saltando como un aparecido, entre vericuetos y escaleras excusadas, y yo, vecino á las nubes con horizontes de chimeneas, palizadas y tendederos de indignos trapos, me fastidiaba de lo lindo, declarado protector y como rey de las irlandesas, de los negros y de los gatos, que por aquellas tierras son tan enamorados, perjudiciales y nerviosos como por las nuestras, sin más diferencia que cierto miramiento con las ratas, porque cuando se toman con ellas alguna libertad, sufren ejemplares escarmientos.

Antes y despues de la comida nos reuniamos con Iglesias; se hablaba de historia, de literatura, de bellas artes.... y yo, que salí rudito y desaprovechado desde mis más tiernos años, desertaba pian pianino, y resultaba en las cuatro esquinas, poniéndome á discrecion del primer capricho que se me viniera á las mientes.

No encontrar á José Agustin Quintero, me tenia sin vida.

Tomé mis medidas de modo que no se me pudiera escabullir, porque se trata de un hombre extraordinariamente ocupado.

A la oracion, calle de Camp, redaccion delPicayune.... Era la hora....Fidelillo.... vamos allá....

Crucé la calle, anduve algunos pasos; un hervidero de muchachos que salian saltando con susPicayunesescurriendo agua, fueron mi mejor aviso.... Atravesé por entre la turba de desastrados muchachos, pregunté en el mostrador.... un gestudo, sin distraerse de su quehacer, me dijo:up star, es decir,arriba, y me embebí en una escalerilla lateral, volada como franja de pantalon, y tan angosta que podria guardarse en el cañon de una escopeta.

Como de costumbre, me perdi: subí al quinto cielo, me hallé con un mundo de prensas, descendí más, y eran peines y componedores: abrí una portezuela que bien habria podido fungir de tapon ó de válvula en cualquier país civilizado, y héme de rondon en medio de mesas como de billar, con papeles, tinteros, libros abiertos y todas las señales de una actividad febril.

VIAJE DE FIDELLIT. H. IRIARTE, MEXICOCalle del Canal. N. Orleans.

VIAJE DE FIDELLIT. H. IRIARTE, MEXICOCalle del Canal. N. Orleans.

VIAJE DE FIDELLIT. H. IRIARTE, MEXICOCalle del Canal. N. Orleans.

Cada quien estaba á su negocio, y las secciones de trabajo se hallan perfectamente caracterizadas.

Aquí, papeles en todos los idiomas; más allá disputas sobre mejoras materiales ó cuestiones científicas; aquel chico despabilado y elegante, con cómicos, danzantes y corredores de caballos; y acá los políticos, los comentarios de los actos del gobierno, las noticias de sensacion.

En una esquina de aquella mesa habia un anciano de cabello hirsuto; mejor dicho, de una explosion de blancos cabellos sobre su frente calzada y llena de surcos: ceja tendida, ojos pequeños, una máscara de cabello por barba, burdo paletó.... aspecto rudo.

Aquel anciano discutia con uno en español, con otro en frances, con varios en inglés, con el de más adelante en italiano, diestro, sarcástico, pero á todas luces un hombre eminente, que cautiva con su grandeza de carácter y su elocuencia.

Yo me enamoré incontinenti de aquel noble viejo, y hoy es de mis mejores amigos.

Estaba realmente como payo en zarzuela francesa, sin hablar, sin preguntar por nadie, deslumbrado con los numerosos picos de gas que ardian pendientes del techo, contra las paredes y sobre las mesas, cuando ví venir hácia mí un hombre que habia estado escribiendo en mangas de camisa, con un lápiz como tranca en la mano, y que á sus lados y sobre su cabeza, arrojaba de cuando en cuando, como erupciones, cuartillas de papel.

Aquel hombre era José Agustin.

Enorme cabeza, cuello corto, moreno concentrado, anchas espaldas, chaparro y de una mirada que es todo un desencadenamiento de pasiones, de afectos y de ternura generosa.

En aquel abrazo que confundia nuestras almas, sentia la patria, la familia y la sociedad de cuanto más ama mi corazon.

Como cuando se quiere bien todos los dictados nos parecen pocos para hacernos amar de los demás, José Agustin me presentó con sus compañeros, con títulos de honor que realmente me hubieran avergonzado; pero lo más gracioso del cuento es que aquel anciano los repetia con un entusiasmo juvenil, cuando no me conocia sino de nombre, y por haber leido y releido mis versitos.

Aquel caballero era M. Demitrith, uno de los hombres más eminentes de los Estados-Unidos, y de quien hablaré detenidamente.

A las dos palabras era yo dueño, como suena la palabra, de Agustin, de su casa, manifestando placer y orgullo en poner á mi disposicion sus fondos, que son los que adquiere con su asíduo trabajo, y trasluciéndosele el regocijo de que pudiera disponer de ellos.

Sagaz como una querida, previsor y bueno como un padre, abierto y sincero como un amigo, Quintero me formó una atmósfera de goces y consideraciones que jamás olvidaré.

En untris trasgarabateó Agustin por toneladas cuartillas de papel, soltó el lápiz, nos despedimos de los amigos y corrimos al hotel de San Cárlos á saludarnos, ó mejor dicho, á bautizar aquella nueva era con la copa en la mano.

El hotel de San Cárlos es el mejor y más opulento de Nueva-Orleans.

En la parte baja, que es un espacioso salon circular, está la elegantísima cantina, dos expendios suntuosos de tabacos, entradas para baños y otras dependencias.

Fuera de ese salon, y en una especie de pórtico, están las escaleras que ascienden á un descanso volado ó galería que da á la calle, y de ese descanso conducen otras escaleras, entre columnas gigantescas, por pavimento de mármoles y alfombras, al salon del despacho y comunicaciones con las galerías del hotel.

En el segundo piso, siempre bajo bóvedas sostenidas por altas columnas de cantería, recibe al viajero un extensísimo salon alfombrado, lleno de espejos, con magníficos pianos, sofaes y sillones de régia mansion.

De cada uno de esos pisos parten dilatados corredores alfombrados y adornados con candiles de bombillas de gas. Los tránsitos dan á cuartos aislados, á viviendas y á cómodos departamentos, en que las familias tienen, por precios convencionales, cuantas comodidades pueden apetecer: el gasto en general por persona es de cuatro pesos cincuenta centavos: en nuestro hotel pagábamos veinte realillos, sin losextras, que son unaganga.

Los primeros tragos entre Pepe (porque así llamamos á Quintero en familia) y yo, desataron esa conversacion deliciosa, con una interrupcion á cada palabra, que gira al acaso, y sin trabazon ni ligadura, de los versos á los viajes, de éstos á las recetas de cocina, y salta á las muchachas, y se caracolea entre juicios literarios, paseos, crónica escandalosa y altas cuestiones sociales; conversaciones á pierna suelta, sin piés ni cabeza, sin ortografía conocida. Vamos! mi delicia, porque yo soy antípoda de los graves en todas materias, sinduda porque entre ellos me he encontrado siempre á los más serenados brutos y á los más redomados pícaros que he tratado en mi vida. Una naturaleza monótona y uniforme, sin sus granitos de locura, es perversa en el fondo, por regla general. Bienaventurados los que no encuentran en su camino hombres ó mujeres sin defectos.

Quintero me llevó á su casa, situada en el barrio frances, barrio achacoso, interminable, limitado el horizonte de sus calles por tejados extensos y de tan vária y abigarrada poblacion, que necesita describirse especialmente.

Las calles en general son oscuras, y en las noches, lóbregas y casi desiertas, sin más interrupcion en la oscuridad de las aceras, que losbar-roomsy fondas, los expendios de ostiones, y pastelerías, uno que otro club y un deshilache de jacales,tabucos, cuchitriles y huroneras, que van entre lodazales hasta la orilla del rio, que parece que ha enturbiado sus aguas adrede para no ver tanta indignidad de mugre, tanta profanacion de la piel humana, tanta California de basura y de fango, tanta injuria de los cinco sentidos como se amontona en sus desventuradas orillas.

Quintero, desde la puerta de su casa, volvió á dejarme en mi posada, no sin cita para todas sus horas libres.

Subia meditabundo y mústio los callejones que conducen á mi reducida morada, cuando topé de manos á boca con Joaquin Alcalde, que habia hecho una excursion solitaria y llegaba henchido de fealdades y desengaños de la parte de la ciudad que habia recorrido.

No obstante el mal humor que se columpiaba de las fruncidas cejas de Joaquin, me dijo que subiésemos á mi cuarto á comunicarme, como lo hacian todos mis compañeros, las noticias que adquirian y podrian servirme para mi Viaje.

Me dijo respecto de hoteles, que el Metropolitano tiene una excelente fonda francesa en que se sirve con esmero y limpieza, así como en la fonda de Moses, calle del Canal; me habló de los hoteles de San James, y en cuanto árestaurants, me citó el deMoreaud, el deVíctor, el deJhon, el deAntoiney el deDenechaud.

En el hotel frances, continuó, hay cafés á la usanza nuestra y á la americana, en casi todas las cuadras.

Hay cerca de veinte clubs; pero los más prominentes son: Boston, Pickwick, Shakspeare y Jokey-Clubs.

Aquí dejo á vd. lo qué he traducido, siguió Joaquin, relativo al Hotel de San Luis, hoy casa de Estado, y que compitió en un tiempo con el Hotel de San Cárlos:

"El Hotel de San Luis se construyó en 1841, siendo por muchos años uno de los mejores hoteles del Sur.

"En este edificio, el pueblo de Nueva-Orleans, en el invierno de 1842, hizo espléndida recepcion á Mr. Henry Clay, con todo el refinamiento de lujo que le fué posible.

"En la sala de baile se reunieron, en 1843, para reformar la Constitucion del Estado, los hombres de mayor influencia, poder y talento de la Luisiana como Jhon R. Grimes, Pierre Soulé, Cristian Roschins, Roman, Dowis, Curtis, Brent, Marigny, Conrad, y otros distinguidos caballeros, literatos, hombres de Estado y patriotas.

"Su elegante rotunda sirvió de Cámara de Comercio y Lonja, para losmeetingsde losWigsy demócratas, y reuniones con objetos de beneficencia.

"Años despues de servir para tan nobles objetos, se convirtió en casa de Estado."

—El edificio, me dijo Joaquin despues de concluir la lectura, es aquel de la calle de San Luis, entre Chartres y Real.

—Ya recuerdo: grandioso, con las puertas cerradas y con muchos negros en la banqueta.

—El mismo.

—¿Sabe vd., Joaquin, que entre esos hombres que reformaron la Constitucion, los hay muy recomendables?

—Ya se ve que sí. Grimes, por ejemplo, era un abogado distinguido, un patriota eminente, que se alistó como voluntario en 1815, y como ayudante de Jackson prestó servicios á la patria con las armas en la mano; por último, fué uno de los más elocuentes oradores de la Union.

—Curtis tambien era hombre superior, y basta leer cualquiera de sus obras para cerciorarse que era muy digno de figurar en aquella notable asamblea.

—Yo con quien tuve buenas relaciones de la manera más casual, fué con M. Pierre Soulé, frances de orígen, y uno de los hombres más simpáticos que he tratado en mi vida. Si no fuera tan tarde, yo le contaria á vd. algo de Soulé.

—Venga el párrafo, dijo Joaquin, y ocupando cada uno de nosotros dos sillas, es decir, medio tendidos en una y apoyando el brazo y parte de la espalda en otra, así comencé mi narracion.

Dábase sus verdes en el Abril de sus dias el año de 1859: una comision del gobierno, unida á mi reconocido miedo al vómito, me habia hecho atravesar la playa y trabar conocimiento con el puerto de Alvarado, en donde encontré á Hernandez y Hernandez Pancho, de viaje para el otro mundo por causa de una fiebre que le dejó sin cara en que persignarse.

En un falucho incómodo y movedizo como una anguila, pero amplio y capaz, emprendí mi viaje para Tlacotalpam, donde la familia Ituarte, Carballo, Celeski y un clérigo distinguidísimo discípulo de D. Alberto Lista, me dieron dias muy agradables.

La tripulacion de nuestra canoa pretensiosa, era de gente pobre, es decir, jarochos disputadores y despiertos, de pantalon blanco, banda encarnada y sombrerillo de paja; y jarochitas de enagua ampona, mascada escarlata, rebozo terciado al desgaire y cachirulo empinado con piedras y perlas falsas. No faltaban sus comerciantes llenos de desenfao, con sus tabaquillos del grueso de una tranca, llevando al hombro las chaquetas para que se dijese que iba allí gente decente. Entre esos comerciantes iba uno de la casa de mi amigo Carlin, muy afecto á la contesta formal y á los versos.

En la popa del falucho, dándome la espalda y con la vista al claro de mar que se percibia á lo léjos, se destacaba un bulto negro, ó más bien dicho, iba un hombre embozado en una amplísima capa, cosa rarísima por aquellos lugares, con un sombrero de ala ancha que caia sobre los bucles de un cabello de ébano, que se mecian sobre sus hombros.

Vd. no conoce al Teloloapam; es el rio amplio y cristalino, limitan su horizonte espesas arboledas y cortinajes de yerba, que cuelgan de las ramas de los árboles y forman caprichosos cortinajes.

Entre los muros de verdura de las orillas y entre el ramaje de las flores acuáticas, se ven parvadas de blancas garzas y multitud de aves: como zafiros, topacios, jacintos y diamantes, vuelan los insectos, despidiendo entre el follaje relámpagos de luz.... en los recodos que forma el rio, se albergan por millares las chachalacas, que aturden con sus gritos y remedan tumultuosas las voces humanas.... y en las noches, de entre aquellos macizos de sombra, de aquellas ramas y de aquellas aguas, saltan en explosion, se extienden y derraman millares de luciérnagas que forman remolinos de partículas de luz, de luceros, entre las que parece nadar el cocuyo, cuya luz fosfórica, tendiéndose en la superficie, hace como si fueran las aguas, vertientes de nítidas estrellas.

Eran las últimas horas de la tarde; la luz realzaba como un fondo ó una plancha de oro espléndida; el ramaje de los árboles se destinguia, produciendo esos abismos de brillo, esas irradiaciones caprichosas, esos columpios de llama, esos calados de hojas y reverberaciones que se ven y que desesperan porque no se pueden explicar, como si Dios nos dijera: "Esta revelacion sublime de mi existencia, esta intimidad entre lo que yo produzco y tu alma siente, guárdala tú solo en tu corazon."

Yo contemplaba absorto aquel cuadro, y al bulto negro sin duda le llamó tambien la atencion, porque le ví que se puso de pié dando su frente al Ocaso, y marcándose su figura como rodeada de luz, como en un marco de oro.

Entónces contemplé su fisonomía, que revelaba de luego á luego al hombre extraordinario. Era aquel rostro la fusion de los tipos de Mirabeau y de Danton, pero embellecidos y como dulcificados por una mirada que encerraba todas las tempestades, entre los destellos de los afectos generosos.

Atlético, moreno, con el pelo dividido en la medianía de la anchurosa frente, cayendo sedoso en negros rizos sobresus hombros, ojos negros que abria iluminando y que cerraba como sujetándonos y poniéndonos á su discrecion, como el puño de una mano de hierro.

Sin cuidarse mucho del personaje que á mí tanto me preocupaba, uno de nuestros amigos me suplicó leyese unos versos que habia recitado en Veracruz en la casa de mi querido amigo Dr. German Brendt, alusivos á las desdichas de mi patria.

Leia mis versos con cierta emocion, por las circunstancias que me rodeaban, y no sé si con cierta vanidad, para que me escuchase el extranjero, aunque tenia mis dudas de que supiese castellano. De pronto, é interrumpiendo mi lectura, dijo el desconocido: "Más despacio," con marcado acento frances; yo obedecí sin réplica, y él se volvió hácia mí, oyendo con suma atencion: cuando terminé mi lectura, los amigos palmotearon, y él, de pié como estaba, se inclinó y me abrazó la cabeza con profunda emocion.

El personaje no era otro que Mr. Pierre Soulé, una de las figuras más prominentes entre los hombres de los Estados-Unidos.

Nacido en Francia en 1800, en muy temprana edad se dió á conocer en el foro y se abrió paso en la prensa redactando elEnano Amarillo; perseguido y multado por el gobierno frances, emigró á Puerto Príncipe, donde cobró viva aficion por Cuba y la causa de sus libertades.

Partió de Puerto Príncipe para Orleans en el mismo buquecillo de vela que conducia á otro muchacho aventurero que se dirigió á México, y andando los tiempos fué el general D. Adrian Woll.

En Orleans, sin relaciones, sin recursos, sin el más ligeroconocimiento del idioma, pero dotado de indomable energía de carácter, se metió de jardinero en un convento y salió de allí poseyendo admirablemente el idioma de Shakspeare, aunque conservaba siempre el acento frances.

En medio de las agitaciones que sufria la Luisiana, se hizo oir su voz elocuentísima, fijó la atencion pública, y en brazos del favor popular fué conducido á la legislatura primero, y despues al Congreso de la Union.

Venciendo en audacia al yankee, su palabra era temeraria en ciertas ocasiones. Vindicando á López por la expedicion de Cuba, dijo que López habia hecho más que Washington; pero que ellos no le admiraban porque eran los serviles adoradores del Dios Exito.

¿Cómo no contar con su corazon generoso, la causa de Cuba? ¿cómo no reverberar en su alma la gran doctrina de la autonomía de los pueblos? ¿qué mayores seducciones puede tener el derecho que tratar del conjunto de las libertades del hombre?

Los representantes de la causa de Cuba, como Santacilia; los mexicanos Uraga y Trias; los aventureros como Wolker, eran de la tertulia de Soulé y éste no perdia ocasion de mostrar sus simpatías á la causa de Cuba y de México.

Cuando la célebre expedicion delMarqués de la Habana, se escuchó la voz de Soulé en defensa de nuestra patria.

Soulé iba á San Andrés Tuxtla á la casa de M. Próspere Legrand, á donde yo me dirigia.

Viviamos juntos, recibiendo ambos la generosa hospitalidad de la familia Legrand, que se empeñaba en hacernos comprender que recibia favor con servirnos y mimarnos.

¡Cómo ha quedado en mi memoria grabado aquel carácter noble! ¡qué grandeza de alma! ¡qué riqueza de erudicion! ¡qué espontaneidad de elocuencia!

Habia un punto en que siempre estábamos en desacuerdo y que era una verdadera mancha en el sol de su inteligencia: los negros! El decia que lo mejor á que podia llegar un negro era á ser esclavo de un blanco; por supuesto yo me sublevaba contra la blasfemia social, y Gabrielita, una preciosa niña de Legrand, de ocho á nueve años, venia á ponernos en paz con sus chistes y monerías infantiles.

A la espalda de la casa de M. Legrand hay un amplio corredor que da á un pequeño, pero primoroso jardin.

En ese corredor, frente á una mesita en que se nos servia café, pasábamos las horas de la noche, unas veces acompañados de la familia y otras solos.

En una de esas noches tibias, aromáticas, apasionadas y sentimentales de la costa, hablé á Soulé de su ruidoso lance como embajador de los Estados-Unidos en Madrid; nombramiento debido al esfuerzo de los cubanos, entre los que descollaba por sus talentos é importancia Pedro Santacilia.

La luna brillaba apacible; el aire embalsamado corria fresco como vertiéndose en la atmósfera ardiente; á lo léjos se escuchaba la imponente respiracion del mar.

Soulé hablaba: "En Madrid disfruté grandes satisfacciones; llevaba en mi cabeza mil proyectos; me sonreia y me apasionaba la idea de contribuir á la independencia de Cuba. Cuba se me aparecia como una hermosísima cautiva, tendiendo á mí sus brazos y pidiéndome su libertad.

Entre las muchas tertulias á que fuí invitado, ninguna me pareció más espléndida que la dada en la casa del Baron Turgot.

El lujo, la concurrencia selecta y los accesorios del festin espléndido, correspondian al alto renombre del nieto del gran financiero frances.

Me presenté al baile con mi familia, compuesta de mi esposa y de mi hijo, que tendria entónces veinticuatro años. Ibamos vestidos á la rigurosa moda americana, corregida por los recuerdos de nuestra educacion europea.

A los pocos momentos de estar en el baile, corrió en la opulentísima estancia algo de siniestro, un estremecimiento eléctrico, los rostros vueltos á una de las puertas me advirtieron que algo pasaba: detrás de la espesa fila de cabezas, tocados y plumas que cegaba la puerta, ví atravesar precipitadamente á mi hijo con mi señora del brazo.

Apartando la concurrencia, los seguí veloz, entré con ellos en un coche y en casa me informé que al pasar bailando mi señora frente al duque de Alba, le habia ridiculizado su tocado, y habia habido risas que cayeron como una saliva en el rostro de mi hijo.

Nos dirigimos yo al baron Turgot y mi hijo al duque, pidiendo imperiosamente una reparacion del ultraje; propusiéronse medios de transaccion y avenimiento; se interesó lo más florido de la corte en la reconciliacion; todo fué en vano: el orgullo lastimado ciega; las injurias hechas á las personas que amamos, nos hieren en lo más vivo; nos parece que el que se degrada á ofender á nuestra señora, es fuerza que lo veamos de rodillas ó muerto á nuestros piés.

Ajustáronse los dos duelos á la vez: el mio deberia ser á la pistola, el de mi hijo á la espada: propusiéronme la distancia de cuarenta pasos; yo expuse que aquello era demasiadocobarde; es decir, añadí, muy cobarde; yo soy americano: será á veinte pasos. Y así se estipuló.

Durante los arreglos de este duelo, como si hubiese sido convenido, evitamos mi hijo y yo toda explicacion; pero las conversaciones, aunque revestidas de indiferencia, vibraban de emocion, no por el peligro, sino por la identidad de situaciones: álguien habria querido dar al otro testimonio de ternura, y ambos nos retraiamos sufriendo agonías indecibles.

Al llegar frente á nuestros adversarios, la suerte nos designó á M. Turgot y á mí; nuestros padrinos suplicaron muy cortesmente á mi hijo no presenciase aquella escena.... se apartó mi hijo de aquel lugar á un signo; pero se volvió involuntariamente y hubo no sé qué de atraccion en nuestros cuerpos.... yo no sé qué escena muda se verificó.... que hubo un movimiento general como para reponerse cada quien, sin mostrarla, de aquella protesta de la naturaleza ultrajada.

Ya sabe vd. el resultado con el noble, con el valiente Baron: heríle gravemente en una pierna, le ví caer, acudieron los cirujanos.... un coche lo despareció de nuestros ojos.... aunque al lado de mi adversario me llevaban mis instintos, el duelo de mi hijo me preocupaba hondamente.

Ideas que no habian asaltado mi mente, exageraciones de peligros, que al tratarse de mí, ni siquiera habia sospechado, duda sobre la destreza en la espada del que tanto se exponia por la honra de la madre, reproches á mí de no haber asumido los dos lances, todo me asaltó, y me sentia rendido, y era mi suplicio terrible, y mi dolor, sobre todos los dolores que un hombre puede sufrir.

Estaba pegado á un árbol cuyas ramas me cubrian; entre las hojas, ya presentándose claros los objetos, ya medio cubiertos y confusos, seguia las peripecias de la lucha.... si el árbol hubiese presentado una superficie como el papel ó el lienzo, en él hubiera quedado esculpida mi figura.... vertian mis poros mi vida atormentada....

Terminó aquel duelo sin consecuencias sérias.... yo me sentí viejo al separarme de aquel sitio.... y el recuerdo de este duelo pasa sombrío en mi alma.... como si no fuese mia la justicia...."

En esta narracion que presento, no solo descarnada y fria, sino con mil inexactitudes por los muchos años que han trascurrido, conocí la fascinadora, la omnipotente elocuencia de Soulé: el comenzar de su discurso era frio, no hallaba las frases adecuadas por la costumbre que tenia de hablar en inglés: pero una vez poseido de su objeto, una vez imperando altivo su corazon, una vez subyugado por su inspiracion poderosa, se comprendia su poder mágico sobre las masas, y el peso de su palabra en las altas cuestiones á que consagraba su talento.

Alcalde se levantó silencioso de su asiento, y desapareció de mi cuarto.


Back to IndexNext