XDivagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales.—Northons.—Casa ambulante.SAN Francisco es una ciudad que tiene regularidad en sus calles, salvo una que otra diagonal no muy católica; un solo nombre guía al viajero de uno al otro extremo de la poblacion: el reparto de la numeracion en pares de un lado y nones del otro, no da lugar á dudas; además, de trecho en trecho, en los faroles se ven escritos los nombres de las calles; cocheros, vendedores y transeuntes, son comedidos al extremo, para señalar el sitio á donde el extranjero quiere dirigirse, y por último, los policías tienen deber estricto de conducir al viajero á su destino, siempre que se le requiera.Los wagones que transitan por todas las calles, tienen los nombres á donde se dirigen; además, lo indican con sus pinturas,y en las noches, el distinto color de los faroles, al hombre más torpe del mundo le dan rumbo y le advierten de cualquiera extravío.¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme á otras, con una diabólica perseverancia.En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie, con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante, como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme,señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese desbarajustadosobretodoal brazo, me hacian tender la mano al más pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de esprimirlo.Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se producen bajo el tema de vestidos de municion.Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un médico.Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me acometió en California, daba realce y la convertia en única y en monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de Byron.Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua, y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante extremidad, sino echar las cosas á la broma.Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion ambulante.En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por docenas, que parecen brotar de las piedras.La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio me aparté de aquel lugar; atravesaba uncupé, paré al auriga, le enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales, me fuí al costado del buque....ladiesencantadoras, chicos riendo, canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar.... Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon atravesado á un costado,—-es vd. de losnuestros ¡que viva!—me queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion, le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto: al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado. Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte; el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza.... yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí: así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales relaciones con gente de verdadera importancia.El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura de las lechugas.En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas distinguidas.La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza; la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de que no tenemos idea.Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho, seria el borron y la sombra de una buena sociedad.Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza de alma y una inteligencia que como que iluminansu fisonomía, como el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en Occidente.Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la vió nacer.No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas que no procure enjugar.Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más sanas, nuestros sirvientes los mejores.En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.El elegante salon en que recibe se iluminó ágiorno, las jóvenes más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la adornaban.En elbassementsó piso subterráneo se sirvió el banquete.Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary, vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas; México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié, los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña. Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa, envuelto enun espeso velo, en un momento dado y.... apareció como un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano.... México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles, judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos los acentos del mundo.Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla, formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban desbordando de todos los corazones.Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á la altura de la situacion.Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa ajena son deliciosos.Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta sociedad de California.No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz.Al dia siguiente de la fiesta, más de treintaalbumsestaban esperando sobre mi mesa las caricias de mi pluma.Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace tilin, tilin......Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales, insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en eso de dimes y diretes con las bellas.—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si son malditas, ó si no, pon:Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros, muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á nadie.Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:—Eso que parece mentira, es la pura verdad.—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia; toma sutrompinelly canta suM. de Framboisy, toma tabaco el señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á lamatinéy deja el idioma de Racine por contestar á unmy dear(mi querida), con toda su sal y pimienta.Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito suswethearun precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida del nietecito de Washington.Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos; pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo idolatrado.—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y pobres.—Pero la gente fina.—¿Qué millonario no se vuelve fino en cuanto le pega la gana?—Y los que han aprendido en Europa.... A esos les retienta elleage beery el jamon á la hora ménos pensada.¿Ya oyes todos esos sermones de la educacion de la mujer, y de la inocencia, y de la conservacion de la moralidad por la confusion de los sexos en las escuelas?.... pues, chico, todos esos son embustes; embustes del tamaño de una bala de á treinta y seis.¿Ya las ves chiquitinas, con su gorrito como una hoja de col ó como una cazuela boca abajo en las cabezas?.... pues eso es cajeta; á los doce años tienen el novio en la escuela, y son capaces de llevarse un hombre en cada bolsillo del delantal, como si fueran dos perones.Salen de vareta en cuanto Dios echa su luz; eso sí, comounas vireinas de lindas y de guapas: la que no tiene por lo bajo tres vestidos para cambiar en el dia, es mujer al agua.Si aprenden música, nada de escalas, ni de piropos, ni de ejercicios de paciencia; no, señor: la cancioncilla por aquí, la ária por allá, lo que tiene salida para los novios.Al papá se le paran de gallo á la primera observacion....—¿Y la mamá?—Anda por su lado y se hombrea con la hija para vestir y acicalarse más que ella.... porque aun declarada vieja, procura sobrenadar, aunque sea como un zoquete de corcho, en las olas de la juventud.—Eso de gobierno de casa, y de repaso de ropa y de cocina, eso para ella es casi lo estúpido.—Entremos en cuentas, mis amigos, decia uno de los circunstantes, muy dado á los estudios sociales. Esta es una sociedad, en que no se puede presentar una fisonomía única, porque es sociedad de extranjeros, en que cada cual sigue sus costumbres como le acomoda, y no puede presentar un conjunto ó tipo regular, como la española á que estamos acostumbrados. Entre españoles, franceses é italianos se pudiera hallar la señorita á nuestra manera; entre las otras naciones, no.Comience vd. porque el sentimiento de la emancipacion se respeta y su desarrollo es poderoso y rápido.Desde muy temprano, el niño y la niña asumen la responsabilidad de sus acciones; se le suelta, es cierto que cae, pero es cierto que confía en sus fuerzas y las mide para no caer segunda vez. Esto produce extravíos, pero comunica virilidad, independencia y reflexion al niño desde sus primeros pasos.El niño mexicano tiene ayo que cuida sus pasos; á poco andar se vuelve su cómplice. Se apega al árbol paterno y se nutre con los mimos de familia; pero ese sér menesteroso y raquítico, confiado en las ajenas fuerzas, amigo del ócio, será femenil en sus aspiraciones, corromperá la vida íntima, acabará por casarse para que le mantengan á su mujer.Eso no concibe el americano; en sus juegos finge atravesar los mares y recorrer los desiertos, juega con costalitos de tierra en que descarga café, conduce fierro ó plantea un ferrocarril, y á los quince años, es carpintero, ó voluntario, ó quiere marchar á China, ó resulta perniquebrado, ensayando dar direccion á los globos; pero ese es un hombre y un hombre útil á la sociedad; miéntras el niño nuestro, es un muñeco que cuando más aspira á ser del Colegio Militar ó diputado, es cierto; á ser mantenido de la nacion, ya que no por sus padres.La sociedad americana se cuida mucho de los delitos, es decir, de las acciones que perjudican á los demás; no se cuida de los pecados: á esto llamamos nosotros inmoralidad; lo otro constituye un gobierno de trabas y de chisme, que degrada y envilece á los pueblos.En cuanto á la mujer, se siente desde que nace rodeada de respeto: una niña, una señorita, puede atravesar de aquí á Nueva-York, de dia ó de noche, sin que nadie la importune; va con la conciencia de ser protegida de cuantos la rodean.La niña se educa, ilustra su razon, se desarrolla, y protegida por la universal consideracion, aspira á la libertad; para mí todo eso es excelente:la parte delicada de esta educacion es que, en mi juicio, no se le inculca bastante la idea de que setiene que educar para madre de familia, es decir, con aspiraciones adecuadas, con la subordinacion á una voluntad superior.La educacion, á fuerza de extraviado engrandecimiento, pretende hacer de una mujer un hombre, y la educacion de la mujer debe ser el perfeccionamiento de la mujer. No puede ser perfeccionamiento el hermafrodismo intelectual.La mujer, con ese falso principio desarrollado en sistema, busca los medios de vida propia é independiente, y como ni su organizacion, ni su naturaleza la sostienen en su tarea, termina por explotar sus gracias, y semejante mercancía atenta contra la familia y hace la desdicha de la misma mujer.Es cierto que amparando esa independencia, se abren la oficina y el taller; pero la oficinista y la obrera son séres masculinos, sin sexo, y de esto siempre nacen aberraciones sociales.—Alto, chico! clamó otro españolito, amigo de Carrascosa, todo eso bien pudiera ser: ¿quién quita de que estos salvajes blancos son tan pazguatos y tan friones, que ellas, pues, vd. me entiende, se dan sus mañas para no pasar la vida tan triste, y vienen con nosotros que somos más amorosillos?—Sí, muy amorosillos, replicó con ironía mi tocayo; nos derretimos en una mesa ó en una tertulia, brota una flor de cada una de nuestras palabras; pero le faltamos al respeto al lucero del alba, no nos paramos en pintas para una seduccion, y mil veces se recuerdan con lágrimas nuestras dulzuras en las casas honradas....—Eso es la fuerza de la sangre, dijo el españolito.—No, amigo; es en el hombre el respeto al derechoajeno, y es en la mujer el sentimiento de su propia dignidad.—Hombre, hombre, interrumpió otro concurrente, vdes. se están metiendo en honduras de esas de que se escriben cientos de libros, sin que se le encuentre punta á la hebra, y yo queria hablar de lalady, de esa que no tiene padre ni madre, que es linda como una estrella, que viste como una reina, toca, canta, sonríe, endulza la vida, y el dia ménos pensado toma un bebistrajo que la despacha al otro barrio, de guante de cabritilla y capota de riquísimas pieles.—A propósito, dijo uno de los amigos, á uno de los compañeros de vd. acaba de pasar un lance que parece de novela....—Que se oiga el cuento.—¡¡¡Atención!!!—Vd. tiene la palabra.—Silencio....—¿Vdes. conocen á P. Y. G.?—Como á mis manos, repliqué yo, es nuestro íntimo.El muchacho es gallardo, elegante y hombre de mundo, aunque muy reservado y duro de aspecto.Convidóle el capitan á una cena, enLit-House, de esas fincas entre árboles y flores que habrá vd. visto á la orilla del Parque.Grandes salones con columnas, colgaduras y espejos, magnífico piano, candil soberbio, decoraban la estancia.Departamentos como claustros y habitaciones propias para cambiar de direccion á cada instante, y un comedor con todos los adminículos que exige el buen tono cuando impera la gula.Eran de la partida cosa de siete garzones como almendros, y otras tantas bellas, realizaciones del ideal de los bardos más enamorados.Cantóse, tocóse, danzóse, y se deshojó la flor de la vida, dejándola caer en agua cristalina con esencia de rosa.Aislábanse las parejas al pié de las estatuas, en sofaes magníficos.Parece que veo á P. con sus ojos negros, su rizado cabello, su dentadura que al sonreir despide luz. Leila estaba á su lado, con su vestido de seda blanco, atravesado por unas lindísimas sartas de rosas.¿Conocen vdes. á Leila?Leila triunfa en su perfeccion de la Vénus de Médicis; entre una cabellera de espuma de oro, aparece su semblante como una glorificacion del ideal; en la atmósfera que la rodea se mece la voluptuosidad; sus movimientos acarician, sus ojos embriagan y atormentan. Su conjunto es como un canto, su andar es el himno. Si cerrados los ojos pasara á nuestro lado, sentiriamos como nadando en luz nuestra alma......Esa mujer hablaba con P. Y. G., y su brazo de alabastro descansaba sobre su cabello de ébano, á los piés de una estatua de Apolo, como completando un grupo de Fidias.P. la reprochaba su tristeza.Ella le decia que cumplia con un compromiso estando allí; que tenia una amiga moribunda; que le parecia escucharla; que no tenia sosiego; y se abandonaba melancólica, escondiendo su labio de carmin en un cáliz de rosa blanco, que parecia rendirse y abrir sus pétalos con avidez, para recoger sus besos.P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd. de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas maliciosas miradas.Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del coche, aquella divinidad.-Soy un mexicano, respondió P.El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la amiga moribunda que estaba en la miseria.—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear, le ofrecieron quinientos pesos.Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P., lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles preguntando por Mr. Pibl, ynada de diversion ni de amoríos. El mundo elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa; sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró en su reserva.La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden para siempre nombre, padres y hogar.Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban, alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas direcciones.P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos del vapor y vió movimiento como de marchar.Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento partia para China la embarcacion.La congoja de P. fué extrema; tratábase de un plagio:habló, protestó, gritó, pidió socorro; y al fin, por milagro, se hizo entender; detuvo su curso el buque, y descendió.... dejando á la nueva Dido, que siguió su marcha, conducida por la desesperacion al celeste imperio.—Saben vdes., dijo el españolito, que la broma estuvo pesada?—Más pesada está la del paisano D., que queriendo hacer una de las nuestras con una chica, dió cartitas, hizo promesas, regaló anillos, como de juguete, y ahora, que quiera que no quiera, lo casan, y ni toda la corte del cielo le quita de encima el ¡¡oh José, divino esposo!!—Oiga vd., me dijo mi tocayo, si en las hembras tiene vd. tipos tan originales, entre los machos puede vd. contar primores.—Otra vez nos ocuparemos de las relaciones de los chicos de ambos sexos, con divorcio, matrimonio y todo su acompañamiento.—Echa líneas, chico, me decia Carrascosa, echa líneas para ejercitar el pulso.... y solo cuando te encuentres muy diestro, emprende el retrato.—Pues, por ahora, te obedezco, contesté: dejo en tal estado mis primeros perfiles.LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.Vista del Jardin de Woodward.
XDivagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales.—Northons.—Casa ambulante.SAN Francisco es una ciudad que tiene regularidad en sus calles, salvo una que otra diagonal no muy católica; un solo nombre guía al viajero de uno al otro extremo de la poblacion: el reparto de la numeracion en pares de un lado y nones del otro, no da lugar á dudas; además, de trecho en trecho, en los faroles se ven escritos los nombres de las calles; cocheros, vendedores y transeuntes, son comedidos al extremo, para señalar el sitio á donde el extranjero quiere dirigirse, y por último, los policías tienen deber estricto de conducir al viajero á su destino, siempre que se le requiera.Los wagones que transitan por todas las calles, tienen los nombres á donde se dirigen; además, lo indican con sus pinturas,y en las noches, el distinto color de los faroles, al hombre más torpe del mundo le dan rumbo y le advierten de cualquiera extravío.¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme á otras, con una diabólica perseverancia.En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie, con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante, como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme,señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese desbarajustadosobretodoal brazo, me hacian tender la mano al más pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de esprimirlo.Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se producen bajo el tema de vestidos de municion.Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un médico.Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me acometió en California, daba realce y la convertia en única y en monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de Byron.Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua, y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante extremidad, sino echar las cosas á la broma.Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion ambulante.En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por docenas, que parecen brotar de las piedras.La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio me aparté de aquel lugar; atravesaba uncupé, paré al auriga, le enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales, me fuí al costado del buque....ladiesencantadoras, chicos riendo, canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar.... Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon atravesado á un costado,—-es vd. de losnuestros ¡que viva!—me queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion, le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto: al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado. Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte; el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza.... yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí: así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales relaciones con gente de verdadera importancia.El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura de las lechugas.En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas distinguidas.La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza; la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de que no tenemos idea.Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho, seria el borron y la sombra de una buena sociedad.Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza de alma y una inteligencia que como que iluminansu fisonomía, como el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en Occidente.Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la vió nacer.No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas que no procure enjugar.Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más sanas, nuestros sirvientes los mejores.En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.El elegante salon en que recibe se iluminó ágiorno, las jóvenes más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la adornaban.En elbassementsó piso subterráneo se sirvió el banquete.Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary, vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas; México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié, los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña. Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa, envuelto enun espeso velo, en un momento dado y.... apareció como un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano.... México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles, judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos los acentos del mundo.Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla, formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban desbordando de todos los corazones.Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á la altura de la situacion.Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa ajena son deliciosos.Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta sociedad de California.No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz.Al dia siguiente de la fiesta, más de treintaalbumsestaban esperando sobre mi mesa las caricias de mi pluma.Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace tilin, tilin......Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales, insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en eso de dimes y diretes con las bellas.—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si son malditas, ó si no, pon:Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros, muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á nadie.Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:—Eso que parece mentira, es la pura verdad.—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia; toma sutrompinelly canta suM. de Framboisy, toma tabaco el señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á lamatinéy deja el idioma de Racine por contestar á unmy dear(mi querida), con toda su sal y pimienta.Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito suswethearun precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida del nietecito de Washington.Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos; pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo idolatrado.—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y pobres.—Pero la gente fina.—¿Qué millonario no se vuelve fino en cuanto le pega la gana?—Y los que han aprendido en Europa.... A esos les retienta elleage beery el jamon á la hora ménos pensada.¿Ya oyes todos esos sermones de la educacion de la mujer, y de la inocencia, y de la conservacion de la moralidad por la confusion de los sexos en las escuelas?.... pues, chico, todos esos son embustes; embustes del tamaño de una bala de á treinta y seis.¿Ya las ves chiquitinas, con su gorrito como una hoja de col ó como una cazuela boca abajo en las cabezas?.... pues eso es cajeta; á los doce años tienen el novio en la escuela, y son capaces de llevarse un hombre en cada bolsillo del delantal, como si fueran dos perones.Salen de vareta en cuanto Dios echa su luz; eso sí, comounas vireinas de lindas y de guapas: la que no tiene por lo bajo tres vestidos para cambiar en el dia, es mujer al agua.Si aprenden música, nada de escalas, ni de piropos, ni de ejercicios de paciencia; no, señor: la cancioncilla por aquí, la ária por allá, lo que tiene salida para los novios.Al papá se le paran de gallo á la primera observacion....—¿Y la mamá?—Anda por su lado y se hombrea con la hija para vestir y acicalarse más que ella.... porque aun declarada vieja, procura sobrenadar, aunque sea como un zoquete de corcho, en las olas de la juventud.—Eso de gobierno de casa, y de repaso de ropa y de cocina, eso para ella es casi lo estúpido.—Entremos en cuentas, mis amigos, decia uno de los circunstantes, muy dado á los estudios sociales. Esta es una sociedad, en que no se puede presentar una fisonomía única, porque es sociedad de extranjeros, en que cada cual sigue sus costumbres como le acomoda, y no puede presentar un conjunto ó tipo regular, como la española á que estamos acostumbrados. Entre españoles, franceses é italianos se pudiera hallar la señorita á nuestra manera; entre las otras naciones, no.Comience vd. porque el sentimiento de la emancipacion se respeta y su desarrollo es poderoso y rápido.Desde muy temprano, el niño y la niña asumen la responsabilidad de sus acciones; se le suelta, es cierto que cae, pero es cierto que confía en sus fuerzas y las mide para no caer segunda vez. Esto produce extravíos, pero comunica virilidad, independencia y reflexion al niño desde sus primeros pasos.El niño mexicano tiene ayo que cuida sus pasos; á poco andar se vuelve su cómplice. Se apega al árbol paterno y se nutre con los mimos de familia; pero ese sér menesteroso y raquítico, confiado en las ajenas fuerzas, amigo del ócio, será femenil en sus aspiraciones, corromperá la vida íntima, acabará por casarse para que le mantengan á su mujer.Eso no concibe el americano; en sus juegos finge atravesar los mares y recorrer los desiertos, juega con costalitos de tierra en que descarga café, conduce fierro ó plantea un ferrocarril, y á los quince años, es carpintero, ó voluntario, ó quiere marchar á China, ó resulta perniquebrado, ensayando dar direccion á los globos; pero ese es un hombre y un hombre útil á la sociedad; miéntras el niño nuestro, es un muñeco que cuando más aspira á ser del Colegio Militar ó diputado, es cierto; á ser mantenido de la nacion, ya que no por sus padres.La sociedad americana se cuida mucho de los delitos, es decir, de las acciones que perjudican á los demás; no se cuida de los pecados: á esto llamamos nosotros inmoralidad; lo otro constituye un gobierno de trabas y de chisme, que degrada y envilece á los pueblos.En cuanto á la mujer, se siente desde que nace rodeada de respeto: una niña, una señorita, puede atravesar de aquí á Nueva-York, de dia ó de noche, sin que nadie la importune; va con la conciencia de ser protegida de cuantos la rodean.La niña se educa, ilustra su razon, se desarrolla, y protegida por la universal consideracion, aspira á la libertad; para mí todo eso es excelente:la parte delicada de esta educacion es que, en mi juicio, no se le inculca bastante la idea de que setiene que educar para madre de familia, es decir, con aspiraciones adecuadas, con la subordinacion á una voluntad superior.La educacion, á fuerza de extraviado engrandecimiento, pretende hacer de una mujer un hombre, y la educacion de la mujer debe ser el perfeccionamiento de la mujer. No puede ser perfeccionamiento el hermafrodismo intelectual.La mujer, con ese falso principio desarrollado en sistema, busca los medios de vida propia é independiente, y como ni su organizacion, ni su naturaleza la sostienen en su tarea, termina por explotar sus gracias, y semejante mercancía atenta contra la familia y hace la desdicha de la misma mujer.Es cierto que amparando esa independencia, se abren la oficina y el taller; pero la oficinista y la obrera son séres masculinos, sin sexo, y de esto siempre nacen aberraciones sociales.—Alto, chico! clamó otro españolito, amigo de Carrascosa, todo eso bien pudiera ser: ¿quién quita de que estos salvajes blancos son tan pazguatos y tan friones, que ellas, pues, vd. me entiende, se dan sus mañas para no pasar la vida tan triste, y vienen con nosotros que somos más amorosillos?—Sí, muy amorosillos, replicó con ironía mi tocayo; nos derretimos en una mesa ó en una tertulia, brota una flor de cada una de nuestras palabras; pero le faltamos al respeto al lucero del alba, no nos paramos en pintas para una seduccion, y mil veces se recuerdan con lágrimas nuestras dulzuras en las casas honradas....—Eso es la fuerza de la sangre, dijo el españolito.—No, amigo; es en el hombre el respeto al derechoajeno, y es en la mujer el sentimiento de su propia dignidad.—Hombre, hombre, interrumpió otro concurrente, vdes. se están metiendo en honduras de esas de que se escriben cientos de libros, sin que se le encuentre punta á la hebra, y yo queria hablar de lalady, de esa que no tiene padre ni madre, que es linda como una estrella, que viste como una reina, toca, canta, sonríe, endulza la vida, y el dia ménos pensado toma un bebistrajo que la despacha al otro barrio, de guante de cabritilla y capota de riquísimas pieles.—A propósito, dijo uno de los amigos, á uno de los compañeros de vd. acaba de pasar un lance que parece de novela....—Que se oiga el cuento.—¡¡¡Atención!!!—Vd. tiene la palabra.—Silencio....—¿Vdes. conocen á P. Y. G.?—Como á mis manos, repliqué yo, es nuestro íntimo.El muchacho es gallardo, elegante y hombre de mundo, aunque muy reservado y duro de aspecto.Convidóle el capitan á una cena, enLit-House, de esas fincas entre árboles y flores que habrá vd. visto á la orilla del Parque.Grandes salones con columnas, colgaduras y espejos, magnífico piano, candil soberbio, decoraban la estancia.Departamentos como claustros y habitaciones propias para cambiar de direccion á cada instante, y un comedor con todos los adminículos que exige el buen tono cuando impera la gula.Eran de la partida cosa de siete garzones como almendros, y otras tantas bellas, realizaciones del ideal de los bardos más enamorados.Cantóse, tocóse, danzóse, y se deshojó la flor de la vida, dejándola caer en agua cristalina con esencia de rosa.Aislábanse las parejas al pié de las estatuas, en sofaes magníficos.Parece que veo á P. con sus ojos negros, su rizado cabello, su dentadura que al sonreir despide luz. Leila estaba á su lado, con su vestido de seda blanco, atravesado por unas lindísimas sartas de rosas.¿Conocen vdes. á Leila?Leila triunfa en su perfeccion de la Vénus de Médicis; entre una cabellera de espuma de oro, aparece su semblante como una glorificacion del ideal; en la atmósfera que la rodea se mece la voluptuosidad; sus movimientos acarician, sus ojos embriagan y atormentan. Su conjunto es como un canto, su andar es el himno. Si cerrados los ojos pasara á nuestro lado, sentiriamos como nadando en luz nuestra alma......Esa mujer hablaba con P. Y. G., y su brazo de alabastro descansaba sobre su cabello de ébano, á los piés de una estatua de Apolo, como completando un grupo de Fidias.P. la reprochaba su tristeza.Ella le decia que cumplia con un compromiso estando allí; que tenia una amiga moribunda; que le parecia escucharla; que no tenia sosiego; y se abandonaba melancólica, escondiendo su labio de carmin en un cáliz de rosa blanco, que parecia rendirse y abrir sus pétalos con avidez, para recoger sus besos.P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd. de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas maliciosas miradas.Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del coche, aquella divinidad.-Soy un mexicano, respondió P.El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la amiga moribunda que estaba en la miseria.—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear, le ofrecieron quinientos pesos.Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P., lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles preguntando por Mr. Pibl, ynada de diversion ni de amoríos. El mundo elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa; sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró en su reserva.La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden para siempre nombre, padres y hogar.Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban, alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas direcciones.P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos del vapor y vió movimiento como de marchar.Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento partia para China la embarcacion.La congoja de P. fué extrema; tratábase de un plagio:habló, protestó, gritó, pidió socorro; y al fin, por milagro, se hizo entender; detuvo su curso el buque, y descendió.... dejando á la nueva Dido, que siguió su marcha, conducida por la desesperacion al celeste imperio.—Saben vdes., dijo el españolito, que la broma estuvo pesada?—Más pesada está la del paisano D., que queriendo hacer una de las nuestras con una chica, dió cartitas, hizo promesas, regaló anillos, como de juguete, y ahora, que quiera que no quiera, lo casan, y ni toda la corte del cielo le quita de encima el ¡¡oh José, divino esposo!!—Oiga vd., me dijo mi tocayo, si en las hembras tiene vd. tipos tan originales, entre los machos puede vd. contar primores.—Otra vez nos ocuparemos de las relaciones de los chicos de ambos sexos, con divorcio, matrimonio y todo su acompañamiento.—Echa líneas, chico, me decia Carrascosa, echa líneas para ejercitar el pulso.... y solo cuando te encuentres muy diestro, emprende el retrato.—Pues, por ahora, te obedezco, contesté: dejo en tal estado mis primeros perfiles.LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.Vista del Jardin de Woodward.
Divagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales.—Northons.—Casa ambulante.
SAN Francisco es una ciudad que tiene regularidad en sus calles, salvo una que otra diagonal no muy católica; un solo nombre guía al viajero de uno al otro extremo de la poblacion: el reparto de la numeracion en pares de un lado y nones del otro, no da lugar á dudas; además, de trecho en trecho, en los faroles se ven escritos los nombres de las calles; cocheros, vendedores y transeuntes, son comedidos al extremo, para señalar el sitio á donde el extranjero quiere dirigirse, y por último, los policías tienen deber estricto de conducir al viajero á su destino, siempre que se le requiera.
Los wagones que transitan por todas las calles, tienen los nombres á donde se dirigen; además, lo indican con sus pinturas,y en las noches, el distinto color de los faroles, al hombre más torpe del mundo le dan rumbo y le advierten de cualquiera extravío.
¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme á otras, con una diabólica perseverancia.
En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie, con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.
Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante, como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme,señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.
Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese desbarajustadosobretodoal brazo, me hacian tender la mano al más pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de esprimirlo.
Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se producen bajo el tema de vestidos de municion.
Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un médico.
Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me acometió en California, daba realce y la convertia en única y en monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de Byron.
Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua, y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante extremidad, sino echar las cosas á la broma.
Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion ambulante.
En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.
Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por docenas, que parecen brotar de las piedras.
La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.
Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio me aparté de aquel lugar; atravesaba uncupé, paré al auriga, le enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales, me fuí al costado del buque....ladiesencantadoras, chicos riendo, canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar.... Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon atravesado á un costado,—-es vd. de losnuestros ¡que viva!—me queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion, le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto: al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado. Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte; el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza.... yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí: así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales relaciones con gente de verdadera importancia.
El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura de las lechugas.
En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas distinguidas.
La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza; la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de que no tenemos idea.
Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho, seria el borron y la sombra de una buena sociedad.
Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.
Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza de alma y una inteligencia que como que iluminansu fisonomía, como el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en Occidente.
Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la vió nacer.
No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas que no procure enjugar.
Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más sanas, nuestros sirvientes los mejores.
En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.
El elegante salon en que recibe se iluminó ágiorno, las jóvenes más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la adornaban.
En elbassementsó piso subterráneo se sirvió el banquete.
Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary, vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.
Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas; México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié, los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña. Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa, envuelto enun espeso velo, en un momento dado y.... apareció como un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano.... México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles, judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos los acentos del mundo.
Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla, formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban desbordando de todos los corazones.
Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á la altura de la situacion.
Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.
—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa ajena son deliciosos.
Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.
Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.
Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta sociedad de California.
No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz.Al dia siguiente de la fiesta, más de treintaalbumsestaban esperando sobre mi mesa las caricias de mi pluma.
Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace tilin, tilin......
Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales, insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en eso de dimes y diretes con las bellas.
—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si son malditas, ó si no, pon:
Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros, muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á nadie.
Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:
—Eso que parece mentira, es la pura verdad.
—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia; toma sutrompinelly canta suM. de Framboisy, toma tabaco el señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á lamatinéy deja el idioma de Racine por contestar á unmy dear(mi querida), con toda su sal y pimienta.
Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito suswethearun precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida del nietecito de Washington.
Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos; pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo idolatrado.
—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.
—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.
—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y pobres.
—Pero la gente fina.
—¿Qué millonario no se vuelve fino en cuanto le pega la gana?
—Y los que han aprendido en Europa.... A esos les retienta elleage beery el jamon á la hora ménos pensada.
¿Ya oyes todos esos sermones de la educacion de la mujer, y de la inocencia, y de la conservacion de la moralidad por la confusion de los sexos en las escuelas?.... pues, chico, todos esos son embustes; embustes del tamaño de una bala de á treinta y seis.
¿Ya las ves chiquitinas, con su gorrito como una hoja de col ó como una cazuela boca abajo en las cabezas?.... pues eso es cajeta; á los doce años tienen el novio en la escuela, y son capaces de llevarse un hombre en cada bolsillo del delantal, como si fueran dos perones.
Salen de vareta en cuanto Dios echa su luz; eso sí, comounas vireinas de lindas y de guapas: la que no tiene por lo bajo tres vestidos para cambiar en el dia, es mujer al agua.
Si aprenden música, nada de escalas, ni de piropos, ni de ejercicios de paciencia; no, señor: la cancioncilla por aquí, la ária por allá, lo que tiene salida para los novios.
Al papá se le paran de gallo á la primera observacion....
—¿Y la mamá?
—Anda por su lado y se hombrea con la hija para vestir y acicalarse más que ella.... porque aun declarada vieja, procura sobrenadar, aunque sea como un zoquete de corcho, en las olas de la juventud.
—Eso de gobierno de casa, y de repaso de ropa y de cocina, eso para ella es casi lo estúpido.
—Entremos en cuentas, mis amigos, decia uno de los circunstantes, muy dado á los estudios sociales. Esta es una sociedad, en que no se puede presentar una fisonomía única, porque es sociedad de extranjeros, en que cada cual sigue sus costumbres como le acomoda, y no puede presentar un conjunto ó tipo regular, como la española á que estamos acostumbrados. Entre españoles, franceses é italianos se pudiera hallar la señorita á nuestra manera; entre las otras naciones, no.
Comience vd. porque el sentimiento de la emancipacion se respeta y su desarrollo es poderoso y rápido.
Desde muy temprano, el niño y la niña asumen la responsabilidad de sus acciones; se le suelta, es cierto que cae, pero es cierto que confía en sus fuerzas y las mide para no caer segunda vez. Esto produce extravíos, pero comunica virilidad, independencia y reflexion al niño desde sus primeros pasos.
El niño mexicano tiene ayo que cuida sus pasos; á poco andar se vuelve su cómplice. Se apega al árbol paterno y se nutre con los mimos de familia; pero ese sér menesteroso y raquítico, confiado en las ajenas fuerzas, amigo del ócio, será femenil en sus aspiraciones, corromperá la vida íntima, acabará por casarse para que le mantengan á su mujer.
Eso no concibe el americano; en sus juegos finge atravesar los mares y recorrer los desiertos, juega con costalitos de tierra en que descarga café, conduce fierro ó plantea un ferrocarril, y á los quince años, es carpintero, ó voluntario, ó quiere marchar á China, ó resulta perniquebrado, ensayando dar direccion á los globos; pero ese es un hombre y un hombre útil á la sociedad; miéntras el niño nuestro, es un muñeco que cuando más aspira á ser del Colegio Militar ó diputado, es cierto; á ser mantenido de la nacion, ya que no por sus padres.
La sociedad americana se cuida mucho de los delitos, es decir, de las acciones que perjudican á los demás; no se cuida de los pecados: á esto llamamos nosotros inmoralidad; lo otro constituye un gobierno de trabas y de chisme, que degrada y envilece á los pueblos.
En cuanto á la mujer, se siente desde que nace rodeada de respeto: una niña, una señorita, puede atravesar de aquí á Nueva-York, de dia ó de noche, sin que nadie la importune; va con la conciencia de ser protegida de cuantos la rodean.
La niña se educa, ilustra su razon, se desarrolla, y protegida por la universal consideracion, aspira á la libertad; para mí todo eso es excelente:la parte delicada de esta educacion es que, en mi juicio, no se le inculca bastante la idea de que setiene que educar para madre de familia, es decir, con aspiraciones adecuadas, con la subordinacion á una voluntad superior.
La educacion, á fuerza de extraviado engrandecimiento, pretende hacer de una mujer un hombre, y la educacion de la mujer debe ser el perfeccionamiento de la mujer. No puede ser perfeccionamiento el hermafrodismo intelectual.
La mujer, con ese falso principio desarrollado en sistema, busca los medios de vida propia é independiente, y como ni su organizacion, ni su naturaleza la sostienen en su tarea, termina por explotar sus gracias, y semejante mercancía atenta contra la familia y hace la desdicha de la misma mujer.
Es cierto que amparando esa independencia, se abren la oficina y el taller; pero la oficinista y la obrera son séres masculinos, sin sexo, y de esto siempre nacen aberraciones sociales.
—Alto, chico! clamó otro españolito, amigo de Carrascosa, todo eso bien pudiera ser: ¿quién quita de que estos salvajes blancos son tan pazguatos y tan friones, que ellas, pues, vd. me entiende, se dan sus mañas para no pasar la vida tan triste, y vienen con nosotros que somos más amorosillos?
—Sí, muy amorosillos, replicó con ironía mi tocayo; nos derretimos en una mesa ó en una tertulia, brota una flor de cada una de nuestras palabras; pero le faltamos al respeto al lucero del alba, no nos paramos en pintas para una seduccion, y mil veces se recuerdan con lágrimas nuestras dulzuras en las casas honradas....
—Eso es la fuerza de la sangre, dijo el españolito.
—No, amigo; es en el hombre el respeto al derechoajeno, y es en la mujer el sentimiento de su propia dignidad.
—Hombre, hombre, interrumpió otro concurrente, vdes. se están metiendo en honduras de esas de que se escriben cientos de libros, sin que se le encuentre punta á la hebra, y yo queria hablar de lalady, de esa que no tiene padre ni madre, que es linda como una estrella, que viste como una reina, toca, canta, sonríe, endulza la vida, y el dia ménos pensado toma un bebistrajo que la despacha al otro barrio, de guante de cabritilla y capota de riquísimas pieles.
—A propósito, dijo uno de los amigos, á uno de los compañeros de vd. acaba de pasar un lance que parece de novela....
—Que se oiga el cuento.
—¡¡¡Atención!!!
—Vd. tiene la palabra.
—Silencio....
—¿Vdes. conocen á P. Y. G.?
—Como á mis manos, repliqué yo, es nuestro íntimo.
El muchacho es gallardo, elegante y hombre de mundo, aunque muy reservado y duro de aspecto.
Convidóle el capitan á una cena, enLit-House, de esas fincas entre árboles y flores que habrá vd. visto á la orilla del Parque.
Grandes salones con columnas, colgaduras y espejos, magnífico piano, candil soberbio, decoraban la estancia.
Departamentos como claustros y habitaciones propias para cambiar de direccion á cada instante, y un comedor con todos los adminículos que exige el buen tono cuando impera la gula.
Eran de la partida cosa de siete garzones como almendros, y otras tantas bellas, realizaciones del ideal de los bardos más enamorados.
Cantóse, tocóse, danzóse, y se deshojó la flor de la vida, dejándola caer en agua cristalina con esencia de rosa.
Aislábanse las parejas al pié de las estatuas, en sofaes magníficos.
Parece que veo á P. con sus ojos negros, su rizado cabello, su dentadura que al sonreir despide luz. Leila estaba á su lado, con su vestido de seda blanco, atravesado por unas lindísimas sartas de rosas.
¿Conocen vdes. á Leila?
Leila triunfa en su perfeccion de la Vénus de Médicis; entre una cabellera de espuma de oro, aparece su semblante como una glorificacion del ideal; en la atmósfera que la rodea se mece la voluptuosidad; sus movimientos acarician, sus ojos embriagan y atormentan. Su conjunto es como un canto, su andar es el himno. Si cerrados los ojos pasara á nuestro lado, sentiriamos como nadando en luz nuestra alma......
Esa mujer hablaba con P. Y. G., y su brazo de alabastro descansaba sobre su cabello de ébano, á los piés de una estatua de Apolo, como completando un grupo de Fidias.
P. la reprochaba su tristeza.
Ella le decia que cumplia con un compromiso estando allí; que tenia una amiga moribunda; que le parecia escucharla; que no tenia sosiego; y se abandonaba melancólica, escondiendo su labio de carmin en un cáliz de rosa blanco, que parecia rendirse y abrir sus pétalos con avidez, para recoger sus besos.
P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:
—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd. de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.
Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas maliciosas miradas.
Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.
—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.
—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del coche, aquella divinidad.
-Soy un mexicano, respondió P.
El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.
La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la amiga moribunda que estaba en la miseria.
—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.
Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear, le ofrecieron quinientos pesos.
Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P., lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles preguntando por Mr. Pibl, ynada de diversion ni de amoríos. El mundo elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.
P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa; sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró en su reserva.
La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden para siempre nombre, padres y hogar.
Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban, alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.
Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.
Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas direcciones.
P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos del vapor y vió movimiento como de marchar.
Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.
Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento partia para China la embarcacion.
La congoja de P. fué extrema; tratábase de un plagio:habló, protestó, gritó, pidió socorro; y al fin, por milagro, se hizo entender; detuvo su curso el buque, y descendió.... dejando á la nueva Dido, que siguió su marcha, conducida por la desesperacion al celeste imperio.
—Saben vdes., dijo el españolito, que la broma estuvo pesada?
—Más pesada está la del paisano D., que queriendo hacer una de las nuestras con una chica, dió cartitas, hizo promesas, regaló anillos, como de juguete, y ahora, que quiera que no quiera, lo casan, y ni toda la corte del cielo le quita de encima el ¡¡oh José, divino esposo!!
—Oiga vd., me dijo mi tocayo, si en las hembras tiene vd. tipos tan originales, entre los machos puede vd. contar primores.
—Otra vez nos ocuparemos de las relaciones de los chicos de ambos sexos, con divorcio, matrimonio y todo su acompañamiento.
—Echa líneas, chico, me decia Carrascosa, echa líneas para ejercitar el pulso.... y solo cuando te encuentres muy diestro, emprende el retrato.
—Pues, por ahora, te obedezco, contesté: dejo en tal estado mis primeros perfiles.
LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.Vista del Jardin de Woodward.
LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.Vista del Jardin de Woodward.
LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.
Vista del Jardin de Woodward.