XVIII

XVIIIExcursiones.—Prostitucion.—El juego.—Una escena de la vida íntima.PARA nosotros que tenemos como frases características aquello de: ¿qué anda vd. haciendo?—Hombre, pasando el rato.—¿Qué es de la vida de vd.?—Ya vd. lo ve, vegetando.—¿Qué vino vd. á hacer por aquí?—A dar una vuelta, á matar el fastidio; para nosotros, que tan paladinamente confesamos el imperio del ocio, no se conciben esos tropeles de gente que van, vienen, suben, bajan, escriben en sus carteras, corren, se encaraman en el pescante de un coche, saltan á un tren y se escabullen en una embarcacion; no se conciben personas que vuelan unas en pos de otras á alcanzar el ómnibus que parte, y á asaltar el wagon que va corriendo: va uno como perdido entre gente que huye de un incendio ó á quien agita una conmocion popular. Si enuna casa ruedan tercios, en la otra celebran un remate, y de otro edificio salen volando los que llevan noticias al barco que parte.Se entra uno en un almacen, nadie se distrae, nadie saluda, á nadie importa lo que hacen los demás; se cuela uno en una tabaquería, enciende su cigarro, ve, inspecciona, y á nadie se le ocurre detenerlo ni despedirlo. De este modo, el ente sin ocupacion alguna, está como aislado y se le figura que le señalan con el dedo.Pero con todo y todo, así vagaba yo entre la multitud, cuando me tomó del brazo mi apreciable amigo el Sr. Gaxiola, y me subió á su despacho, en un vuelo, porque á tanto equivale subir á cualquiera parte en elevador.Tienen para un mexicano cierta novedad esos edificios en que los hombres hacen el despacho de sus negocios, independientes de toda familia y destinadosad hocpara asuntos.Desde la calle, en los claros que hay de escalon á escalon, se leen letreros con los nombres y las profesiones ó negocios que tienen los varios departamentos.—Mad. Lilí, modista, núm. 14.—Mr. Raff, Atorney, núm. 18.—Mr. Thetti, dentista, núm. 9, etc.El elevador va haciendo posas en cada piso, como unwagonen cada bocacalle, y salen y entran viajeros que es una gloria.Por supuesto que no se ve ese letrado degorra griegay bata, con la bordada chinela, que recibe pretensioso, con quien juega el faldero, carga alnenepara conceptuarse de padre amoroso, ó le llaman de parte de la señorita, que está inquieta por las clientes buenas mozas; no distrae de losasuntos al capitalista salir al patio á ver los caballos de los chicos, ni al agente de negocios, las resistencias del párvulo para ir á la escuela; nada de eso, cada quien está en sus asuntos, y el número uno me lo tengo yo.Subí, pues, con el Sr. Gaxiola á su despacho, que consta, como todos, del mostrador, el enverjado, la caja de fierro y los escritorios, y me dijo: esperaba á vd. porque almorzamos juntos.Así fué: á dos pasos del despacho, en la calle de Montgomery, y sin grande apariencia, se encuentra uno de los más espléndidosrestaurantsde San Francisco: manjares exquisitos, riquísimos vinos, departamentos como relicarios de belleza.Cada uno de los departamentos es aislado: consta de una pequeña sala de desahogo y del salon del comedor, lleno de espejos y cortinas.Me esperaba una agradabilísima sorpresa: en el comedor estaban mis amigos Shleiden, Iberri, Andrade, Carrascosa y no sé cuántos más, que nos instalamos al entusiasta grito de “¡Viva México!” Se comió, se bebió, se cantó y nos mecimos en los recuerdos de la patria ausente.—A propósito,Fidel, me dijo uno de los amigos, cuidado con los estudios de costumbres por esos desastrados barrios del norte de la capital, ó como si dijéramos: “Barbary Coast.”—¡Cómo! replicó otro, ¿se ha atrevido vd. á penetrar por esos antros?—Tengo gran curiosidad de verlos, dije yo; es mi costumbre en México: lo más que me ha costado es la diatriba de la gente gazmoña de la aristocraciade doubléy garbanzas,que es tan asustadiza como corrompida, y de los malquerientes que nunca faltan, y muchos de los cuales merecen un grillete, como San Antonio una vela.—Pues por estos mundos es otra cosa; nadie se meterá con vd., porque el chisme, que es nuestro pan cotidiano por allá, tiene poca boga donde hay poca gente ociosa; pero en cuanto á peligros de otro género, es muy diferente.—Hoy han disminuido mucho esos peligros; pero ántes, en esas encrucijadas que parten de la calle de Dupont, se enmarañan en el mercado chino, cuelgan y como que se escurren por Stockton y otros puntos, se anidaba todo lo que hay de más nauseabundo en el vicio y de deshonroso para la especie humana.—Era imposible penetrar por esos barrios, aun de dia: las descripciones de laCité, hechas por Victor Hugo y por Eugenio Sué; lo escrito en los Misterios de Lóndres, sobre aquellos prófugos del patíbulo; aquellos harapos, aquellas voces aguardientosas de mujeres; lujuria, miseria y putrefaccion sobre el vicio insolente, son sombras comparados con esto.—El gargarismo rasposo de la palabra alemana, el chillido del chino, el salvaje gruñido del yankee, una música que aulla, unas bebidas que queman, unas mujeres que azotan la piel con su mirada, como la ortiga, ojos destilando aceite, pechos con maque de alcohol, brazos de momia, vientres salidos de quicio, tabernas como infierno, el humo, el tifo, el absurdo, la contradiccion social, el asco y la muerte.—Es natural; entre los aventureros poderosos viene esa borra, esa gusanera que se recoge y queda como la hez de esta sociedad heterogénea y temeraria.—La blasfemia, el asesinato, el abortivo, la sangre, la sombra, la formacion de un caos de los desechos de la desorganizacion social.—En esos barrios habia como una muralla en que se estrellaba la policía; muchas veces tuvo ésta que retroceder, repelida por ese conjunto de buitres, de víboras y de panteras.—Allí se forjan instrumentos sutilísimos para horadar techos y forzar cerraduras; allí se confeccionan venenos; allí se idean instrumentos con que se produce la muerte, borrando la huella del crímen; allí se halla listo para todo infernal servicio, el salteador, el incendiario, el falsificador y el supuesto heredero; allí se escandalizaria Satanás, si tuviera valor de penetrar.Y como han solido precipitarse en esos abismos grandes damas, personajes opulentos, letrados eminentes, se ven harapos sociales en que se reconoce la seda y la gasa, el esmerado lenguaje y las maneras pulcras en hombres medio desnudos y asquerosos, y nos repugna, como nos repugna el mono, porque somos nosotros mismos en degradacion y en caricatura espantosa.Allí se ven patentes los efectos de esa educacion masculina de la mujer, que rompe todo vínculo, que ahoga todo afecto, que la aisla y emancipa.Allí se palpa esa propension á la esterilidad artificial que suprimeestorbos, pero que pudre el corazon de la infanticida.Allí retrocede espantado el hombre de corazon, de esaconciencia, que es el todo de esta sociedad, en que domina encarnado el positivismo. Allí, por último, se rebaja muchola admiracion por el respeto que en lo ostensible se rinde á la mujer, cuando tan fácilmente se abandona y se le entrega á su suerte, frente á frente del vicio y el suicidio.—Pero bien, esta sociedad en que se depositan esos elementos disolventes, no solo vive y florece, sino que asombra por sus adelantos.—Esa prosperidad cabalmente se debe á ciertos principios fundamentales inviolables, y que están en la conciencia de la nacion, que forman parte de su mismo sér.La soberanía local, que impide que la tiranía se propague y consolide, el respeto al hombre, como tal, la propiedad inviolable, la inmigracion de gente trabajadora y honrada, que se incorpora y robustece las virtudes sólidas de los primitivos fundadores de la República y de los sacerdotes de las varias religiones,sobre todo el respeto á la ley, restablecen el equilibrio social.Y son tan poderosos y enérgicos estos elementos, y han creado tan desembarazada corriente, que esos vicios y esa corrupcion no impiden la marcha social, son como la espuma y las basuras que caen en un inmenso rio, que enturbian é inficionan á trechos sus aguas, pero ni detienen su corriente, ni impiden que fecunde las tierras.—Hasta ahora,Fidel, ha visto vd. el anverso de la medalla; falta que examine vd. el reverso.—Todavía no ha fijado vd. bastante la atencion en lo que llamamos elpeso omnipotente. La sed de dinero que impulsa y atormenta al yankee y que hace que todo lo posponga á la riqueza, es cierto que es el resorte de esta actividad asombrosa, de esas empresas inverosímiles, de esa superabundancia de fuerzas que levantan montañas y suprimen obstáculos.Pero eso mismo da, aun á sus cuestiones de honor, un colorido altamente repugnante para nosotros.En general, y con pocas excepciones, todo lo que se puede vender se vende; lo mismo el sufragio que la curul; lo mismo la vara de la justicia que la vigilancia aduanal.En dinero contante se puede apreciar y se aprecia, la honra de la vírgen, una injuria, una bofetada.En la balanza del amor, ponga vd. seducciones y adulterios, con tal que mantengan el equilibrio en el platillo opuesto, los billetes de banco.En todos los Estados-Unidos no se pregunta: ¿quién es ese hombre? sino ¿cuánto vale ese hombre? y ese solo rasgo caracteriza la sociedad. Por supuesto que en todo hay excepciones.La pobreza tiene mucho mayor vilipendio que el vicio. Pocos, muy pocos son los que preferirian ser pobres á ser criminales.La malaversacion es poca cosa: la estafa no se ve como entre nosotros; si se hace con viveza, importa una recomendacion.Se provoca el incendio por trasmano para cubrir una quiebra ó para jugar una mala pasada á una Compañía de Seguros.Entre comerciantes que pasan por próvidos, los hay que hayan tenido cuatro y cinco quiebras. La política, la religion, son negociaciones mercantiles en el fondo.Las sociedades por acciones difunden la esperanza de riqueza hasta las últimas clases. M. Jaunet valúa en dos mil quinientos millones el monto de las acciones de minas y caminos de fierro, en el año pasado. Esta cantidad se doblará ántes de dos años.Estas sociedades se prestan á especulaciones desastrosas: es muy comun que los empresarios poderosos acumulen acciones y pongan la ley á los débiles. Este juego se llamaregar el capital(stock watering): se calcula que en el año pasado, veintiocho compañías pusieron en juego 400 millones de pesos!!“Se ha notado, dice un escritor americano, que los privilegios de las compañías están en razon directa de los recursos con que cuentanpara comprar diputados.”El esplendor con que viven los capitalistas, el hábito de ver caer y levantar á los especuladores, cierta aura, cierto renombre que rodea á los hombres atrevidos, suele producir crísis como la del año de 1869.Los derroches, los despilfarros, la falta de probidad, se quiere equilibrar ó dicen que se equilibra con las instituciones caritativas, que tienen con esto el complemento de aquella máxima de: “Bueno es encender dos velas, una á Dios y la otra al diablo.”El juego, como es de suponerse, es la manía, la locura de California, aunque se dice que está prohibido: tal circunstancia influye para que las casas de juego no tengan la apariencia ni el lujo que otros establecimientos análogos; pero en cambio, el consumo de licores exquisitos es extraordinario en esos lugares en que se improvisan y se pierden grandes fortunas.Cuando terminó el almuerzo, álguien propuso un paseo á pié por el Parque, que fué aceptado con entusiasmo.El panorama que se veia en aquel lugar delicioso, era encantador.A nuestra espalda se hundia el sol, sin sus rayos, comoun inmenso globo de oro en un hirviente piélago de llamas.A nuestra izquierda y á nuestro frente estaba apiñada la ciudad, y se veia como los semblantes de una multitud que invade una altura y se empina para ver pasar algo á sus piés. A nuestro rededor habia colinas llenas de árboles, y flores, y ondas, que formaban altos médanos y hondonadas de arena, y en una de esas cuencas descollando las delgadas puntas de los pinos, las cúpulas de los robles, y dejando percibir entre los troncos y el follaje, los blancos sepulcros y las soberbias estatuas del cementerio.Yo caminaba con un anciano español, muy conocedor de las costumbres americanas: viendo mi preocupacion y sabiendo la causa, me dijo:—¿En qué piensa vd., que le he dirigido dos ó tres veces la palabra y no me contesta?—Pienso, le dije, en esto que han platicado vdes. sobre elOMNIPOTENTE DOLLAR; ni afectos, ni artes, ni moral, ni nada es posible donde todo está metalizado.—Hay muchas y muy honrosas excepciones, esencialmente en el Sur; pero en general, es exacta la pintura.—Figúrese vd., continué yo, que en mi tierra puede decirse que se peca por el extremo contrario.Contigo pan y cebollaes comedia que se representa con más frecuencia que la conveniente; es característica y universal la fórmula de la madre de familia respecto de su hija:Yo quiero para mi hija un hombre de bien, que la ame mucho. Nada más frecuente que la espera de cinco y seis años para que mejore de fortuna el amado del corazon de una jóven. Nada más vulgar que en los frecuentes cambios de fortuna, consecuenciade las vicisitudes políticas, ver trasformar á la mujer exigente y antojadiza, en sufrida y llena de abnegacion; nada nos parece más cotidiano que la pasion vehemente de una beldad llena de encantos, por un escribiente de oficina, sin un cuarto, miéntras la rodean con sus seducciones los hombres del poder y del oro; no, en ese punto, México es adorable, y sus mujeres, las primeras de la tierra.—Pues para que vd. vea, dijo el español, hasta dónde destruye los vínculos más sagrados el amor al dinero, voy á contar á vd. una de mis primeras y más hondas impresiones en los Estados-Unidos.Visitaba con cierta intimidad, en uno de los Estados del Norte, una familia compuesta de cinco personas. El padre de la casa, agente de negocios; la mamá, frondosa y frescachona; dos hijas como dos perlas, Katy y Mary, y Jhon, jóven elegante, de los típicos del mundo elegante.Tomábamos juntos elthetodas las noches; el papá se iba al Club, en seguida, con sus amigos: una chica se acuartelaba con su novio en un extremo de la sala; la otra tocaba al piano con desgano; dos ó tres amigos leian sus periódicos, tendidos bocarriba sobre sus asientos.La noche del suceso que voy á referir á vd., despues de tomar eltheel papá en la mesa, sin mantel, con una pequeña servilleta blanca y encarnada y unos cuantos bizcochos, se sentó en cuclillas, dando la espalda á la chimenea que ardia.Jhon estaba á poca distancia del papá, y el reflejo de la chimenea daba en sus lustrosos botines, cosidos en la pala con seda, haciendo curiosas labores.—Rico calzado, dijo el papá, dirigiéndose á Jhon, y debe ser costoso.—Muy costoso: yo lo sé, puesto que á mí solo me cuesta mi dinero.—Es brusco el muchacho, nos hizo notar el papá.—Oh! no, señor, es franco, dije yo.... mortificado de la respuesta, y queriendo borrar su impresion.—El es así: gasta, dijo su padre; pero en la casa come desaforadamente, mortifica á sus hermanas, que todo se lo hacen de balde, y es insoportable con los criados.—Como que no habrá vd. visto casa como esta, me dijo Jhon, ni mujeres más abandonadas, ni comida más detestable, ni criados más estúpidos.—Eso tiene un remedio, hijo mio: el hotel. Vete por allá y serás servido á las mil maravillas.Oia yo con infinito disgusto aquel diálogo, sin saber cómo cortarlo.—Por supuesto, que si desde ahora me voy al hotel, figure vd.: por veinte reales, buenas piezas, excelente comida, baño, entrada libre. Queda vd. entendido, querido papá: me marcho al hotel.Reinó profundo silencio despues de este diálogo: yo, sacando fuerzas de flaqueza, hablé de viajes, de modas, de teatros; pero suponia que estaban al hacer explosion los disgustos, que como negras nubes, estaban amontonadas en aquel sitio.Jhon se acababa de poner los guantes, tiró de su cordoncillo del puño para sujetarlos, tomó su baston y su sombrero, y se despidió, tarareando alguna cancion entre dientes.La mayor parte de las casas americanas tienen el porton á la calle, y una escalerilla que da á la banqueta: pisaba ésta Jhon, cuando el papá, desde el primer escalon, le decia:—Jhon?—Papá.—¿Cuánto me dijiste que ibas á dar en el hotel?—Veinte reales.—Oye, si quieres quedarte en la casa por doce reales, puedes hacer cuanto quieras, y á más se dará bola á tus botas, sin cobrarte de más.—Oll rihgt, dijo Jhon, y el padre y el hijo quedaron los mejores amigos del mundo.—Eso no tiene nombre, dije yo, agarrándome la cabeza con las dos manos.

XVIIIExcursiones.—Prostitucion.—El juego.—Una escena de la vida íntima.PARA nosotros que tenemos como frases características aquello de: ¿qué anda vd. haciendo?—Hombre, pasando el rato.—¿Qué es de la vida de vd.?—Ya vd. lo ve, vegetando.—¿Qué vino vd. á hacer por aquí?—A dar una vuelta, á matar el fastidio; para nosotros, que tan paladinamente confesamos el imperio del ocio, no se conciben esos tropeles de gente que van, vienen, suben, bajan, escriben en sus carteras, corren, se encaraman en el pescante de un coche, saltan á un tren y se escabullen en una embarcacion; no se conciben personas que vuelan unas en pos de otras á alcanzar el ómnibus que parte, y á asaltar el wagon que va corriendo: va uno como perdido entre gente que huye de un incendio ó á quien agita una conmocion popular. Si enuna casa ruedan tercios, en la otra celebran un remate, y de otro edificio salen volando los que llevan noticias al barco que parte.Se entra uno en un almacen, nadie se distrae, nadie saluda, á nadie importa lo que hacen los demás; se cuela uno en una tabaquería, enciende su cigarro, ve, inspecciona, y á nadie se le ocurre detenerlo ni despedirlo. De este modo, el ente sin ocupacion alguna, está como aislado y se le figura que le señalan con el dedo.Pero con todo y todo, así vagaba yo entre la multitud, cuando me tomó del brazo mi apreciable amigo el Sr. Gaxiola, y me subió á su despacho, en un vuelo, porque á tanto equivale subir á cualquiera parte en elevador.Tienen para un mexicano cierta novedad esos edificios en que los hombres hacen el despacho de sus negocios, independientes de toda familia y destinadosad hocpara asuntos.Desde la calle, en los claros que hay de escalon á escalon, se leen letreros con los nombres y las profesiones ó negocios que tienen los varios departamentos.—Mad. Lilí, modista, núm. 14.—Mr. Raff, Atorney, núm. 18.—Mr. Thetti, dentista, núm. 9, etc.El elevador va haciendo posas en cada piso, como unwagonen cada bocacalle, y salen y entran viajeros que es una gloria.Por supuesto que no se ve ese letrado degorra griegay bata, con la bordada chinela, que recibe pretensioso, con quien juega el faldero, carga alnenepara conceptuarse de padre amoroso, ó le llaman de parte de la señorita, que está inquieta por las clientes buenas mozas; no distrae de losasuntos al capitalista salir al patio á ver los caballos de los chicos, ni al agente de negocios, las resistencias del párvulo para ir á la escuela; nada de eso, cada quien está en sus asuntos, y el número uno me lo tengo yo.Subí, pues, con el Sr. Gaxiola á su despacho, que consta, como todos, del mostrador, el enverjado, la caja de fierro y los escritorios, y me dijo: esperaba á vd. porque almorzamos juntos.Así fué: á dos pasos del despacho, en la calle de Montgomery, y sin grande apariencia, se encuentra uno de los más espléndidosrestaurantsde San Francisco: manjares exquisitos, riquísimos vinos, departamentos como relicarios de belleza.Cada uno de los departamentos es aislado: consta de una pequeña sala de desahogo y del salon del comedor, lleno de espejos y cortinas.Me esperaba una agradabilísima sorpresa: en el comedor estaban mis amigos Shleiden, Iberri, Andrade, Carrascosa y no sé cuántos más, que nos instalamos al entusiasta grito de “¡Viva México!” Se comió, se bebió, se cantó y nos mecimos en los recuerdos de la patria ausente.—A propósito,Fidel, me dijo uno de los amigos, cuidado con los estudios de costumbres por esos desastrados barrios del norte de la capital, ó como si dijéramos: “Barbary Coast.”—¡Cómo! replicó otro, ¿se ha atrevido vd. á penetrar por esos antros?—Tengo gran curiosidad de verlos, dije yo; es mi costumbre en México: lo más que me ha costado es la diatriba de la gente gazmoña de la aristocraciade doubléy garbanzas,que es tan asustadiza como corrompida, y de los malquerientes que nunca faltan, y muchos de los cuales merecen un grillete, como San Antonio una vela.—Pues por estos mundos es otra cosa; nadie se meterá con vd., porque el chisme, que es nuestro pan cotidiano por allá, tiene poca boga donde hay poca gente ociosa; pero en cuanto á peligros de otro género, es muy diferente.—Hoy han disminuido mucho esos peligros; pero ántes, en esas encrucijadas que parten de la calle de Dupont, se enmarañan en el mercado chino, cuelgan y como que se escurren por Stockton y otros puntos, se anidaba todo lo que hay de más nauseabundo en el vicio y de deshonroso para la especie humana.—Era imposible penetrar por esos barrios, aun de dia: las descripciones de laCité, hechas por Victor Hugo y por Eugenio Sué; lo escrito en los Misterios de Lóndres, sobre aquellos prófugos del patíbulo; aquellos harapos, aquellas voces aguardientosas de mujeres; lujuria, miseria y putrefaccion sobre el vicio insolente, son sombras comparados con esto.—El gargarismo rasposo de la palabra alemana, el chillido del chino, el salvaje gruñido del yankee, una música que aulla, unas bebidas que queman, unas mujeres que azotan la piel con su mirada, como la ortiga, ojos destilando aceite, pechos con maque de alcohol, brazos de momia, vientres salidos de quicio, tabernas como infierno, el humo, el tifo, el absurdo, la contradiccion social, el asco y la muerte.—Es natural; entre los aventureros poderosos viene esa borra, esa gusanera que se recoge y queda como la hez de esta sociedad heterogénea y temeraria.—La blasfemia, el asesinato, el abortivo, la sangre, la sombra, la formacion de un caos de los desechos de la desorganizacion social.—En esos barrios habia como una muralla en que se estrellaba la policía; muchas veces tuvo ésta que retroceder, repelida por ese conjunto de buitres, de víboras y de panteras.—Allí se forjan instrumentos sutilísimos para horadar techos y forzar cerraduras; allí se confeccionan venenos; allí se idean instrumentos con que se produce la muerte, borrando la huella del crímen; allí se halla listo para todo infernal servicio, el salteador, el incendiario, el falsificador y el supuesto heredero; allí se escandalizaria Satanás, si tuviera valor de penetrar.Y como han solido precipitarse en esos abismos grandes damas, personajes opulentos, letrados eminentes, se ven harapos sociales en que se reconoce la seda y la gasa, el esmerado lenguaje y las maneras pulcras en hombres medio desnudos y asquerosos, y nos repugna, como nos repugna el mono, porque somos nosotros mismos en degradacion y en caricatura espantosa.Allí se ven patentes los efectos de esa educacion masculina de la mujer, que rompe todo vínculo, que ahoga todo afecto, que la aisla y emancipa.Allí se palpa esa propension á la esterilidad artificial que suprimeestorbos, pero que pudre el corazon de la infanticida.Allí retrocede espantado el hombre de corazon, de esaconciencia, que es el todo de esta sociedad, en que domina encarnado el positivismo. Allí, por último, se rebaja muchola admiracion por el respeto que en lo ostensible se rinde á la mujer, cuando tan fácilmente se abandona y se le entrega á su suerte, frente á frente del vicio y el suicidio.—Pero bien, esta sociedad en que se depositan esos elementos disolventes, no solo vive y florece, sino que asombra por sus adelantos.—Esa prosperidad cabalmente se debe á ciertos principios fundamentales inviolables, y que están en la conciencia de la nacion, que forman parte de su mismo sér.La soberanía local, que impide que la tiranía se propague y consolide, el respeto al hombre, como tal, la propiedad inviolable, la inmigracion de gente trabajadora y honrada, que se incorpora y robustece las virtudes sólidas de los primitivos fundadores de la República y de los sacerdotes de las varias religiones,sobre todo el respeto á la ley, restablecen el equilibrio social.Y son tan poderosos y enérgicos estos elementos, y han creado tan desembarazada corriente, que esos vicios y esa corrupcion no impiden la marcha social, son como la espuma y las basuras que caen en un inmenso rio, que enturbian é inficionan á trechos sus aguas, pero ni detienen su corriente, ni impiden que fecunde las tierras.—Hasta ahora,Fidel, ha visto vd. el anverso de la medalla; falta que examine vd. el reverso.—Todavía no ha fijado vd. bastante la atencion en lo que llamamos elpeso omnipotente. La sed de dinero que impulsa y atormenta al yankee y que hace que todo lo posponga á la riqueza, es cierto que es el resorte de esta actividad asombrosa, de esas empresas inverosímiles, de esa superabundancia de fuerzas que levantan montañas y suprimen obstáculos.Pero eso mismo da, aun á sus cuestiones de honor, un colorido altamente repugnante para nosotros.En general, y con pocas excepciones, todo lo que se puede vender se vende; lo mismo el sufragio que la curul; lo mismo la vara de la justicia que la vigilancia aduanal.En dinero contante se puede apreciar y se aprecia, la honra de la vírgen, una injuria, una bofetada.En la balanza del amor, ponga vd. seducciones y adulterios, con tal que mantengan el equilibrio en el platillo opuesto, los billetes de banco.En todos los Estados-Unidos no se pregunta: ¿quién es ese hombre? sino ¿cuánto vale ese hombre? y ese solo rasgo caracteriza la sociedad. Por supuesto que en todo hay excepciones.La pobreza tiene mucho mayor vilipendio que el vicio. Pocos, muy pocos son los que preferirian ser pobres á ser criminales.La malaversacion es poca cosa: la estafa no se ve como entre nosotros; si se hace con viveza, importa una recomendacion.Se provoca el incendio por trasmano para cubrir una quiebra ó para jugar una mala pasada á una Compañía de Seguros.Entre comerciantes que pasan por próvidos, los hay que hayan tenido cuatro y cinco quiebras. La política, la religion, son negociaciones mercantiles en el fondo.Las sociedades por acciones difunden la esperanza de riqueza hasta las últimas clases. M. Jaunet valúa en dos mil quinientos millones el monto de las acciones de minas y caminos de fierro, en el año pasado. Esta cantidad se doblará ántes de dos años.Estas sociedades se prestan á especulaciones desastrosas: es muy comun que los empresarios poderosos acumulen acciones y pongan la ley á los débiles. Este juego se llamaregar el capital(stock watering): se calcula que en el año pasado, veintiocho compañías pusieron en juego 400 millones de pesos!!“Se ha notado, dice un escritor americano, que los privilegios de las compañías están en razon directa de los recursos con que cuentanpara comprar diputados.”El esplendor con que viven los capitalistas, el hábito de ver caer y levantar á los especuladores, cierta aura, cierto renombre que rodea á los hombres atrevidos, suele producir crísis como la del año de 1869.Los derroches, los despilfarros, la falta de probidad, se quiere equilibrar ó dicen que se equilibra con las instituciones caritativas, que tienen con esto el complemento de aquella máxima de: “Bueno es encender dos velas, una á Dios y la otra al diablo.”El juego, como es de suponerse, es la manía, la locura de California, aunque se dice que está prohibido: tal circunstancia influye para que las casas de juego no tengan la apariencia ni el lujo que otros establecimientos análogos; pero en cambio, el consumo de licores exquisitos es extraordinario en esos lugares en que se improvisan y se pierden grandes fortunas.Cuando terminó el almuerzo, álguien propuso un paseo á pié por el Parque, que fué aceptado con entusiasmo.El panorama que se veia en aquel lugar delicioso, era encantador.A nuestra espalda se hundia el sol, sin sus rayos, comoun inmenso globo de oro en un hirviente piélago de llamas.A nuestra izquierda y á nuestro frente estaba apiñada la ciudad, y se veia como los semblantes de una multitud que invade una altura y se empina para ver pasar algo á sus piés. A nuestro rededor habia colinas llenas de árboles, y flores, y ondas, que formaban altos médanos y hondonadas de arena, y en una de esas cuencas descollando las delgadas puntas de los pinos, las cúpulas de los robles, y dejando percibir entre los troncos y el follaje, los blancos sepulcros y las soberbias estatuas del cementerio.Yo caminaba con un anciano español, muy conocedor de las costumbres americanas: viendo mi preocupacion y sabiendo la causa, me dijo:—¿En qué piensa vd., que le he dirigido dos ó tres veces la palabra y no me contesta?—Pienso, le dije, en esto que han platicado vdes. sobre elOMNIPOTENTE DOLLAR; ni afectos, ni artes, ni moral, ni nada es posible donde todo está metalizado.—Hay muchas y muy honrosas excepciones, esencialmente en el Sur; pero en general, es exacta la pintura.—Figúrese vd., continué yo, que en mi tierra puede decirse que se peca por el extremo contrario.Contigo pan y cebollaes comedia que se representa con más frecuencia que la conveniente; es característica y universal la fórmula de la madre de familia respecto de su hija:Yo quiero para mi hija un hombre de bien, que la ame mucho. Nada más frecuente que la espera de cinco y seis años para que mejore de fortuna el amado del corazon de una jóven. Nada más vulgar que en los frecuentes cambios de fortuna, consecuenciade las vicisitudes políticas, ver trasformar á la mujer exigente y antojadiza, en sufrida y llena de abnegacion; nada nos parece más cotidiano que la pasion vehemente de una beldad llena de encantos, por un escribiente de oficina, sin un cuarto, miéntras la rodean con sus seducciones los hombres del poder y del oro; no, en ese punto, México es adorable, y sus mujeres, las primeras de la tierra.—Pues para que vd. vea, dijo el español, hasta dónde destruye los vínculos más sagrados el amor al dinero, voy á contar á vd. una de mis primeras y más hondas impresiones en los Estados-Unidos.Visitaba con cierta intimidad, en uno de los Estados del Norte, una familia compuesta de cinco personas. El padre de la casa, agente de negocios; la mamá, frondosa y frescachona; dos hijas como dos perlas, Katy y Mary, y Jhon, jóven elegante, de los típicos del mundo elegante.Tomábamos juntos elthetodas las noches; el papá se iba al Club, en seguida, con sus amigos: una chica se acuartelaba con su novio en un extremo de la sala; la otra tocaba al piano con desgano; dos ó tres amigos leian sus periódicos, tendidos bocarriba sobre sus asientos.La noche del suceso que voy á referir á vd., despues de tomar eltheel papá en la mesa, sin mantel, con una pequeña servilleta blanca y encarnada y unos cuantos bizcochos, se sentó en cuclillas, dando la espalda á la chimenea que ardia.Jhon estaba á poca distancia del papá, y el reflejo de la chimenea daba en sus lustrosos botines, cosidos en la pala con seda, haciendo curiosas labores.—Rico calzado, dijo el papá, dirigiéndose á Jhon, y debe ser costoso.—Muy costoso: yo lo sé, puesto que á mí solo me cuesta mi dinero.—Es brusco el muchacho, nos hizo notar el papá.—Oh! no, señor, es franco, dije yo.... mortificado de la respuesta, y queriendo borrar su impresion.—El es así: gasta, dijo su padre; pero en la casa come desaforadamente, mortifica á sus hermanas, que todo se lo hacen de balde, y es insoportable con los criados.—Como que no habrá vd. visto casa como esta, me dijo Jhon, ni mujeres más abandonadas, ni comida más detestable, ni criados más estúpidos.—Eso tiene un remedio, hijo mio: el hotel. Vete por allá y serás servido á las mil maravillas.Oia yo con infinito disgusto aquel diálogo, sin saber cómo cortarlo.—Por supuesto, que si desde ahora me voy al hotel, figure vd.: por veinte reales, buenas piezas, excelente comida, baño, entrada libre. Queda vd. entendido, querido papá: me marcho al hotel.Reinó profundo silencio despues de este diálogo: yo, sacando fuerzas de flaqueza, hablé de viajes, de modas, de teatros; pero suponia que estaban al hacer explosion los disgustos, que como negras nubes, estaban amontonadas en aquel sitio.Jhon se acababa de poner los guantes, tiró de su cordoncillo del puño para sujetarlos, tomó su baston y su sombrero, y se despidió, tarareando alguna cancion entre dientes.La mayor parte de las casas americanas tienen el porton á la calle, y una escalerilla que da á la banqueta: pisaba ésta Jhon, cuando el papá, desde el primer escalon, le decia:—Jhon?—Papá.—¿Cuánto me dijiste que ibas á dar en el hotel?—Veinte reales.—Oye, si quieres quedarte en la casa por doce reales, puedes hacer cuanto quieras, y á más se dará bola á tus botas, sin cobrarte de más.—Oll rihgt, dijo Jhon, y el padre y el hijo quedaron los mejores amigos del mundo.—Eso no tiene nombre, dije yo, agarrándome la cabeza con las dos manos.

Excursiones.—Prostitucion.—El juego.—Una escena de la vida íntima.

PARA nosotros que tenemos como frases características aquello de: ¿qué anda vd. haciendo?—Hombre, pasando el rato.—¿Qué es de la vida de vd.?—Ya vd. lo ve, vegetando.—¿Qué vino vd. á hacer por aquí?—A dar una vuelta, á matar el fastidio; para nosotros, que tan paladinamente confesamos el imperio del ocio, no se conciben esos tropeles de gente que van, vienen, suben, bajan, escriben en sus carteras, corren, se encaraman en el pescante de un coche, saltan á un tren y se escabullen en una embarcacion; no se conciben personas que vuelan unas en pos de otras á alcanzar el ómnibus que parte, y á asaltar el wagon que va corriendo: va uno como perdido entre gente que huye de un incendio ó á quien agita una conmocion popular. Si enuna casa ruedan tercios, en la otra celebran un remate, y de otro edificio salen volando los que llevan noticias al barco que parte.

Se entra uno en un almacen, nadie se distrae, nadie saluda, á nadie importa lo que hacen los demás; se cuela uno en una tabaquería, enciende su cigarro, ve, inspecciona, y á nadie se le ocurre detenerlo ni despedirlo. De este modo, el ente sin ocupacion alguna, está como aislado y se le figura que le señalan con el dedo.

Pero con todo y todo, así vagaba yo entre la multitud, cuando me tomó del brazo mi apreciable amigo el Sr. Gaxiola, y me subió á su despacho, en un vuelo, porque á tanto equivale subir á cualquiera parte en elevador.

Tienen para un mexicano cierta novedad esos edificios en que los hombres hacen el despacho de sus negocios, independientes de toda familia y destinadosad hocpara asuntos.

Desde la calle, en los claros que hay de escalon á escalon, se leen letreros con los nombres y las profesiones ó negocios que tienen los varios departamentos.—Mad. Lilí, modista, núm. 14.—Mr. Raff, Atorney, núm. 18.—Mr. Thetti, dentista, núm. 9, etc.

El elevador va haciendo posas en cada piso, como unwagonen cada bocacalle, y salen y entran viajeros que es una gloria.

Por supuesto que no se ve ese letrado degorra griegay bata, con la bordada chinela, que recibe pretensioso, con quien juega el faldero, carga alnenepara conceptuarse de padre amoroso, ó le llaman de parte de la señorita, que está inquieta por las clientes buenas mozas; no distrae de losasuntos al capitalista salir al patio á ver los caballos de los chicos, ni al agente de negocios, las resistencias del párvulo para ir á la escuela; nada de eso, cada quien está en sus asuntos, y el número uno me lo tengo yo.

Subí, pues, con el Sr. Gaxiola á su despacho, que consta, como todos, del mostrador, el enverjado, la caja de fierro y los escritorios, y me dijo: esperaba á vd. porque almorzamos juntos.

Así fué: á dos pasos del despacho, en la calle de Montgomery, y sin grande apariencia, se encuentra uno de los más espléndidosrestaurantsde San Francisco: manjares exquisitos, riquísimos vinos, departamentos como relicarios de belleza.

Cada uno de los departamentos es aislado: consta de una pequeña sala de desahogo y del salon del comedor, lleno de espejos y cortinas.

Me esperaba una agradabilísima sorpresa: en el comedor estaban mis amigos Shleiden, Iberri, Andrade, Carrascosa y no sé cuántos más, que nos instalamos al entusiasta grito de “¡Viva México!” Se comió, se bebió, se cantó y nos mecimos en los recuerdos de la patria ausente.

—A propósito,Fidel, me dijo uno de los amigos, cuidado con los estudios de costumbres por esos desastrados barrios del norte de la capital, ó como si dijéramos: “Barbary Coast.”

—¡Cómo! replicó otro, ¿se ha atrevido vd. á penetrar por esos antros?

—Tengo gran curiosidad de verlos, dije yo; es mi costumbre en México: lo más que me ha costado es la diatriba de la gente gazmoña de la aristocraciade doubléy garbanzas,que es tan asustadiza como corrompida, y de los malquerientes que nunca faltan, y muchos de los cuales merecen un grillete, como San Antonio una vela.

—Pues por estos mundos es otra cosa; nadie se meterá con vd., porque el chisme, que es nuestro pan cotidiano por allá, tiene poca boga donde hay poca gente ociosa; pero en cuanto á peligros de otro género, es muy diferente.

—Hoy han disminuido mucho esos peligros; pero ántes, en esas encrucijadas que parten de la calle de Dupont, se enmarañan en el mercado chino, cuelgan y como que se escurren por Stockton y otros puntos, se anidaba todo lo que hay de más nauseabundo en el vicio y de deshonroso para la especie humana.

—Era imposible penetrar por esos barrios, aun de dia: las descripciones de laCité, hechas por Victor Hugo y por Eugenio Sué; lo escrito en los Misterios de Lóndres, sobre aquellos prófugos del patíbulo; aquellos harapos, aquellas voces aguardientosas de mujeres; lujuria, miseria y putrefaccion sobre el vicio insolente, son sombras comparados con esto.

—El gargarismo rasposo de la palabra alemana, el chillido del chino, el salvaje gruñido del yankee, una música que aulla, unas bebidas que queman, unas mujeres que azotan la piel con su mirada, como la ortiga, ojos destilando aceite, pechos con maque de alcohol, brazos de momia, vientres salidos de quicio, tabernas como infierno, el humo, el tifo, el absurdo, la contradiccion social, el asco y la muerte.

—Es natural; entre los aventureros poderosos viene esa borra, esa gusanera que se recoge y queda como la hez de esta sociedad heterogénea y temeraria.

—La blasfemia, el asesinato, el abortivo, la sangre, la sombra, la formacion de un caos de los desechos de la desorganizacion social.

—En esos barrios habia como una muralla en que se estrellaba la policía; muchas veces tuvo ésta que retroceder, repelida por ese conjunto de buitres, de víboras y de panteras.

—Allí se forjan instrumentos sutilísimos para horadar techos y forzar cerraduras; allí se confeccionan venenos; allí se idean instrumentos con que se produce la muerte, borrando la huella del crímen; allí se halla listo para todo infernal servicio, el salteador, el incendiario, el falsificador y el supuesto heredero; allí se escandalizaria Satanás, si tuviera valor de penetrar.

Y como han solido precipitarse en esos abismos grandes damas, personajes opulentos, letrados eminentes, se ven harapos sociales en que se reconoce la seda y la gasa, el esmerado lenguaje y las maneras pulcras en hombres medio desnudos y asquerosos, y nos repugna, como nos repugna el mono, porque somos nosotros mismos en degradacion y en caricatura espantosa.

Allí se ven patentes los efectos de esa educacion masculina de la mujer, que rompe todo vínculo, que ahoga todo afecto, que la aisla y emancipa.

Allí se palpa esa propension á la esterilidad artificial que suprimeestorbos, pero que pudre el corazon de la infanticida.

Allí retrocede espantado el hombre de corazon, de esaconciencia, que es el todo de esta sociedad, en que domina encarnado el positivismo. Allí, por último, se rebaja muchola admiracion por el respeto que en lo ostensible se rinde á la mujer, cuando tan fácilmente se abandona y se le entrega á su suerte, frente á frente del vicio y el suicidio.

—Pero bien, esta sociedad en que se depositan esos elementos disolventes, no solo vive y florece, sino que asombra por sus adelantos.

—Esa prosperidad cabalmente se debe á ciertos principios fundamentales inviolables, y que están en la conciencia de la nacion, que forman parte de su mismo sér.

La soberanía local, que impide que la tiranía se propague y consolide, el respeto al hombre, como tal, la propiedad inviolable, la inmigracion de gente trabajadora y honrada, que se incorpora y robustece las virtudes sólidas de los primitivos fundadores de la República y de los sacerdotes de las varias religiones,sobre todo el respeto á la ley, restablecen el equilibrio social.

Y son tan poderosos y enérgicos estos elementos, y han creado tan desembarazada corriente, que esos vicios y esa corrupcion no impiden la marcha social, son como la espuma y las basuras que caen en un inmenso rio, que enturbian é inficionan á trechos sus aguas, pero ni detienen su corriente, ni impiden que fecunde las tierras.

—Hasta ahora,Fidel, ha visto vd. el anverso de la medalla; falta que examine vd. el reverso.

—Todavía no ha fijado vd. bastante la atencion en lo que llamamos elpeso omnipotente. La sed de dinero que impulsa y atormenta al yankee y que hace que todo lo posponga á la riqueza, es cierto que es el resorte de esta actividad asombrosa, de esas empresas inverosímiles, de esa superabundancia de fuerzas que levantan montañas y suprimen obstáculos.Pero eso mismo da, aun á sus cuestiones de honor, un colorido altamente repugnante para nosotros.

En general, y con pocas excepciones, todo lo que se puede vender se vende; lo mismo el sufragio que la curul; lo mismo la vara de la justicia que la vigilancia aduanal.

En dinero contante se puede apreciar y se aprecia, la honra de la vírgen, una injuria, una bofetada.

En la balanza del amor, ponga vd. seducciones y adulterios, con tal que mantengan el equilibrio en el platillo opuesto, los billetes de banco.

En todos los Estados-Unidos no se pregunta: ¿quién es ese hombre? sino ¿cuánto vale ese hombre? y ese solo rasgo caracteriza la sociedad. Por supuesto que en todo hay excepciones.

La pobreza tiene mucho mayor vilipendio que el vicio. Pocos, muy pocos son los que preferirian ser pobres á ser criminales.

La malaversacion es poca cosa: la estafa no se ve como entre nosotros; si se hace con viveza, importa una recomendacion.

Se provoca el incendio por trasmano para cubrir una quiebra ó para jugar una mala pasada á una Compañía de Seguros.

Entre comerciantes que pasan por próvidos, los hay que hayan tenido cuatro y cinco quiebras. La política, la religion, son negociaciones mercantiles en el fondo.

Las sociedades por acciones difunden la esperanza de riqueza hasta las últimas clases. M. Jaunet valúa en dos mil quinientos millones el monto de las acciones de minas y caminos de fierro, en el año pasado. Esta cantidad se doblará ántes de dos años.

Estas sociedades se prestan á especulaciones desastrosas: es muy comun que los empresarios poderosos acumulen acciones y pongan la ley á los débiles. Este juego se llamaregar el capital(stock watering): se calcula que en el año pasado, veintiocho compañías pusieron en juego 400 millones de pesos!!

“Se ha notado, dice un escritor americano, que los privilegios de las compañías están en razon directa de los recursos con que cuentanpara comprar diputados.”

El esplendor con que viven los capitalistas, el hábito de ver caer y levantar á los especuladores, cierta aura, cierto renombre que rodea á los hombres atrevidos, suele producir crísis como la del año de 1869.

Los derroches, los despilfarros, la falta de probidad, se quiere equilibrar ó dicen que se equilibra con las instituciones caritativas, que tienen con esto el complemento de aquella máxima de: “Bueno es encender dos velas, una á Dios y la otra al diablo.”

El juego, como es de suponerse, es la manía, la locura de California, aunque se dice que está prohibido: tal circunstancia influye para que las casas de juego no tengan la apariencia ni el lujo que otros establecimientos análogos; pero en cambio, el consumo de licores exquisitos es extraordinario en esos lugares en que se improvisan y se pierden grandes fortunas.

Cuando terminó el almuerzo, álguien propuso un paseo á pié por el Parque, que fué aceptado con entusiasmo.

El panorama que se veia en aquel lugar delicioso, era encantador.

A nuestra espalda se hundia el sol, sin sus rayos, comoun inmenso globo de oro en un hirviente piélago de llamas.

A nuestra izquierda y á nuestro frente estaba apiñada la ciudad, y se veia como los semblantes de una multitud que invade una altura y se empina para ver pasar algo á sus piés. A nuestro rededor habia colinas llenas de árboles, y flores, y ondas, que formaban altos médanos y hondonadas de arena, y en una de esas cuencas descollando las delgadas puntas de los pinos, las cúpulas de los robles, y dejando percibir entre los troncos y el follaje, los blancos sepulcros y las soberbias estatuas del cementerio.

Yo caminaba con un anciano español, muy conocedor de las costumbres americanas: viendo mi preocupacion y sabiendo la causa, me dijo:

—¿En qué piensa vd., que le he dirigido dos ó tres veces la palabra y no me contesta?

—Pienso, le dije, en esto que han platicado vdes. sobre elOMNIPOTENTE DOLLAR; ni afectos, ni artes, ni moral, ni nada es posible donde todo está metalizado.

—Hay muchas y muy honrosas excepciones, esencialmente en el Sur; pero en general, es exacta la pintura.

—Figúrese vd., continué yo, que en mi tierra puede decirse que se peca por el extremo contrario.Contigo pan y cebollaes comedia que se representa con más frecuencia que la conveniente; es característica y universal la fórmula de la madre de familia respecto de su hija:Yo quiero para mi hija un hombre de bien, que la ame mucho. Nada más frecuente que la espera de cinco y seis años para que mejore de fortuna el amado del corazon de una jóven. Nada más vulgar que en los frecuentes cambios de fortuna, consecuenciade las vicisitudes políticas, ver trasformar á la mujer exigente y antojadiza, en sufrida y llena de abnegacion; nada nos parece más cotidiano que la pasion vehemente de una beldad llena de encantos, por un escribiente de oficina, sin un cuarto, miéntras la rodean con sus seducciones los hombres del poder y del oro; no, en ese punto, México es adorable, y sus mujeres, las primeras de la tierra.

—Pues para que vd. vea, dijo el español, hasta dónde destruye los vínculos más sagrados el amor al dinero, voy á contar á vd. una de mis primeras y más hondas impresiones en los Estados-Unidos.

Visitaba con cierta intimidad, en uno de los Estados del Norte, una familia compuesta de cinco personas. El padre de la casa, agente de negocios; la mamá, frondosa y frescachona; dos hijas como dos perlas, Katy y Mary, y Jhon, jóven elegante, de los típicos del mundo elegante.

Tomábamos juntos elthetodas las noches; el papá se iba al Club, en seguida, con sus amigos: una chica se acuartelaba con su novio en un extremo de la sala; la otra tocaba al piano con desgano; dos ó tres amigos leian sus periódicos, tendidos bocarriba sobre sus asientos.

La noche del suceso que voy á referir á vd., despues de tomar eltheel papá en la mesa, sin mantel, con una pequeña servilleta blanca y encarnada y unos cuantos bizcochos, se sentó en cuclillas, dando la espalda á la chimenea que ardia.

Jhon estaba á poca distancia del papá, y el reflejo de la chimenea daba en sus lustrosos botines, cosidos en la pala con seda, haciendo curiosas labores.

—Rico calzado, dijo el papá, dirigiéndose á Jhon, y debe ser costoso.

—Muy costoso: yo lo sé, puesto que á mí solo me cuesta mi dinero.

—Es brusco el muchacho, nos hizo notar el papá.

—Oh! no, señor, es franco, dije yo.... mortificado de la respuesta, y queriendo borrar su impresion.

—El es así: gasta, dijo su padre; pero en la casa come desaforadamente, mortifica á sus hermanas, que todo se lo hacen de balde, y es insoportable con los criados.

—Como que no habrá vd. visto casa como esta, me dijo Jhon, ni mujeres más abandonadas, ni comida más detestable, ni criados más estúpidos.

—Eso tiene un remedio, hijo mio: el hotel. Vete por allá y serás servido á las mil maravillas.

Oia yo con infinito disgusto aquel diálogo, sin saber cómo cortarlo.

—Por supuesto, que si desde ahora me voy al hotel, figure vd.: por veinte reales, buenas piezas, excelente comida, baño, entrada libre. Queda vd. entendido, querido papá: me marcho al hotel.

Reinó profundo silencio despues de este diálogo: yo, sacando fuerzas de flaqueza, hablé de viajes, de modas, de teatros; pero suponia que estaban al hacer explosion los disgustos, que como negras nubes, estaban amontonadas en aquel sitio.

Jhon se acababa de poner los guantes, tiró de su cordoncillo del puño para sujetarlos, tomó su baston y su sombrero, y se despidió, tarareando alguna cancion entre dientes.

La mayor parte de las casas americanas tienen el porton á la calle, y una escalerilla que da á la banqueta: pisaba ésta Jhon, cuando el papá, desde el primer escalon, le decia:

—Jhon?

—Papá.

—¿Cuánto me dijiste que ibas á dar en el hotel?

—Veinte reales.

—Oye, si quieres quedarte en la casa por doce reales, puedes hacer cuanto quieras, y á más se dará bola á tus botas, sin cobrarte de más.

—Oll rihgt, dijo Jhon, y el padre y el hijo quedaron los mejores amigos del mundo.

—Eso no tiene nombre, dije yo, agarrándome la cabeza con las dos manos.


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