IV

Alzó el muchacho la cabeza, y puso largamente los ojos en su amiga, con afanes y devoción:

—Sí;—pronuncia—te voy á contar todo lo que yo sé de mi madre; recuerdo que ella te quería mucho.

—Yo guardo la memoria de su triste hermosura y no olvido que me inspiró profunda simpatía. Siempre la llamé por su nombre, Carlota, como si fuese otra chicuela de mi edad. Tenía el aire juvenil de una colegiala.

—Los forasteros creyeron muchas veces que éramos hermanos, cuando yo la acompañaba por la calle—añora el mozo con melancolía.

Y la muchacha, con la imaginación ya ardorosa, insiste:

—Anda, Carlitos, cuenta...

Un breve silencio inicia la relación, y Regina escucha antes de que su amigo comience:

«Se me va la memoria detrás de mi madre, sufriendo siempre sumisa las tremendas borrascas del hogar. El genio violentísimo de mi padre conturbaba en agitaciones febriles la tristeza de nuestra vida... ¡Porque nuestra vida familiar era bien triste! Yo lo sentí, en cuanto la brasa dulce de otros hogares amigos me calentó el alma. Jamás entre nosotros amaneció una de esas alegrías generosas que todo lo besan y lo contagian de ilusión, desparramadas en risas y cantares.Teníamos dinero y salud, teníamos inteligencia y corazones, ¡y nos faltaba por entero la felicidad! El carácter irascible de mi padre, su trato huraño y brusco, eran como una torva nube que se cerniese sobre nuestro destino, negándonos la luz pacífica de toda íntima ventura. Bajo aquel ceño sombrío y dominador, vivía la casa en silencios angustiosos, sólo quebrantados por las crisis violentas del genial, fiero y hostil, que nos hacía esclavos. NuestroRobledo, la finca mejor puesta de Torremar, altiva entre el bosque y la playa, libre y rebelde en la altura, me ha parecido toda, desde que siento y discurro, clavada con puñales de tristeza. La obscura masa del robledal tiene una inquietadora perspectiva...»

El relato se quebranta:

—¿No te has fijado? Acércate. Desde tu balcón se ven sus perfiles medrosos que ponen un gesto amargo en la casa, el huerto y el jardín. ¡Mira, mira qué desolada se yergue mi arboleda!

—Es verdad—asiente Regina, llevada por Carlos á la contemplación del alto bosque,—¡parece que clama al cielo!

Y vuelta al donoso conferenciante, sonríe:

—Oye: caes en lirismos agudos y me contaminas. TuRobledote hace poeta...

—Cursi, ibas á decir.

—Sentimental, que no es enteramente lo mismo. Hablas casi en verso.

—No te burles, por Dios. La historia rara y secreta que trato de contarte, me adiestró los sentimientos y hasta la palabra. A fuerza de escudriñar eternas horas en la negrura espesa de este dolor, he dado en la maníade escribirle; y en un cuaderno le he extendido con todos sus detalles y observaciones, para afinarle y medirle, destilado, gota á gota, como en un filtro, á ver si de mi análisis resulta algún rastro luminoso.

—¿Y no encuentras?...

—Nada. Siempre la impenetrable densidad del misterio...

—Pero has conseguido hacerte orador y adornar tu drama con divagaciones líricas que me están impacientando. Volvamos al sofá y al asunto de nuestra confidencia, y acuérdate de que yo no sé esperar; esa virtud la sigo desconociendo como antaño.

Entre dolorido y sonriente, Carlos reflexiona:

—Mi drama, sí; este «es mi drama».

Y dócil, se sienta junto á Regina, en tanto que el camarín se tiñe con resplandores de púrpura, como si en él reflejase su haz de llamas un incendio poderoso.

Es que el sol ha caído moribundo en el mar y su sangrienta agonía inflama en rojos destellos la sierra y el Cantábrico.

Exaltados en aquella luz de tragedia, Regina atiende sin interrumpir, y el narrador sentimental continúa:

«Las morbosas intolerancias de mi padre, crueles en ocasiones, solían tener sorpresas para mi hermana y para mí, porque se trocaban, de pronto, en arranques de ternura pegajosa y hasta un poco teatral. Esto sucedía precisamente cuando mamá nos juzgaba merecedores de alguna reprimenda ó prohibición. En tan inesperado momento, un melodrama paternal nos favorecía con descargos y mimos. Y á fuerza de ser injustos aquellos arrumacos, los reíamos en calladasburlas, á espaldas del autor y comediante. Si mamá sorprendía nuestra crítica irrespetuosa, decíanos con severidad:—Eso está mal hecho. ¿Nolequeréis?... Bajábamos la frente en grave confusión. A menudo yo le pregunté á mi hermana:—¿Lequieres tú? Y con la cabeza me contestaba que sí, muy despacio... Pero no era verdad. Mi padre nos inspiraba, únicamente, miedo ó risa. En él sólo veíamos dos aspectos ingratos: el de la tiranía y el de la ridiculez. La grande fama de sus científicos méritos, nos pareció siempre una leyenda en la cual pudiera tener fe todo el mundo, menos los hijos del naturalista ilustre. Manuscritos, dibujos y colecciones de que él se enorgullecía con vanagloria intolerable, fueron para nosotros una máquina infernal de suplicios. La servidumbre giraba ensordecida por voces y juramentos, en torno á los peces raros que el biólogo conserva, muertos ó vivos, en complicadas vasijas de cristal. Toda una instalación difícil de agua salada y de agua dulce; frágiles tubos, tendidos en forma de cañería al través de los vasos, desinfecciones, limpiezas, graduación varia de temperaturas en las diferentes salas del museo; cuanto se relaciona con los cuidados prolijos del laboratorio, corría mil azares en manos profanas, y era pretexto para que en aquel santuario de la ciencia estallasen borrascas terroríficas. Incapaz de sacrificarse á la enseñanza, y sin ideales de compañerismo, servíase mi padre de asalariados torpes, con tal que le permitiesen abrir curso sin freno á su mal humor. No atreviéndose al manejo de un látigo, pretendía, siquiera, fulminar á su antojo las amenazas y los improperios. Pero los criados pasaban como exhalaciones por el embudo de aquellas leyestiránicas, y en huelgas tales, se quedaba mamá, sola y valiente, blanco de todas las iras y de todas las faenas. Viéndola soportar sin reproches las violencias del sabio, hablarle con dulzura y servirle con solicitud, decíame: ¡Ella sí que le quiere!—Pero me sublevaba contra aquella suposición. Yo empezaba á discernir y á razonar.—¿Por qué le ha de querer?—discutía conmigo mismo. ¿Acaso yo le quiero?—Después, arrepentido de mis ocultas rebeliones, optimistas y benévolo, pensaba:—Sin duda le admira porque es un hombre eminente y excepcional...—A escape, la más despiadada lógica daba gritos en mi conciencia.—Entonces—decía su voz—tú que eres sangre de ese hombre insigne, también debes admirarle...—Sí, le debo admirar, á lo menos,—medité, piadoso, muchas veces. Y á poco, la resonancia de una soez interjección, el ludir violento de una puerta, anunciando la presencia del déspota, me hacían estremecer y confesar:—No, no; ¡mentira!

Aquella lucha, tensa y martirizada, iba labrándome una sensibilidad precoz y depositando en el fondo de mi carácter franco y vivo, ácidos sedimentos de melancolía. Empecé á sentir por mi madre pungente compasión, y tanto supe aguzar mis dotes de psicólogo, que, de cuantas sospechas me atormentaban, hice seguridades en plazo breve. Entonces, con la triste carga de mis descubrimientos, fuí donde Ana María, deseoso de romper entre los dos el tímido ropaje de los disimulos; ya éramos «mayores», y se hacía urgente una alianza que nos pusiera á la defensiva, cerca de mamá.

En este paso, que me pareció una proeza varonil,sentíame orgulloso, á pesar mío, suponiendo que mi hermana, con dos años más que yo, iba á experimentar profundísimo asombro ante mis expertas revelaciones. La hallé sola, bordando, reflexiva como siempre. Me miró con los mismos ojos de mi madre y sonrió como ella, con esa expresión que, á veces, descubre en ambas un pliegue oculto del pensamiento, un signo de remoto desdén ó de pía benignidad... Cuando sonríen así, no se sabe si noblemente acusan ó perdonan... En aquel gesto dulce y conocido, tropecé de pronto con serias dificultades para iniciar mi discurso. Jamás de acuerdo habíamos lamentado la suerte dolorosa de nuestra madre. Una cortedad infantil, llena de azoramientos y de alarmas, nos cerró el camino de la fraternal confidencia. Sentíamos rubor y timidez para declararnos en posesión del amargo secreto. ¡Era que nos dolía la pena y el bochorno de tener que acusar á nuestro padre!

Cautivo una vez más en aquellos reparos, á despecho de mi arranque viril, me enardeció la pregunta adivinadora:

—¿Qué vienes á decirme?

Torpemente relaté mis averiguaciones; y, al cabo, con alguna arrogancia, expuse mis filiales intentos:

—Hay que «defenderla»—aludí, brioso, para convencer á mi hermana, que parecía perpleja en su actitud. Como un eco repitió:

—¡Hay que defenderla!

Pero aquella exclamación me sonó á lamento. Ana María se mantuvo absorta y muda, sin mirarme. Cuando con una caricia la hice volverse hacia mí, amapolada y trémula, se quiso cerciorar:

—En resumen: ¿qué es «lo que sabes» y lo que pretendes?

Sin pronunciar nombre alguno, le dije al oído:

—Nolequiere... ¡Nada!... ¡Nada!

—¿Y qué más?

—Noleadmira.

—¿Eso es todo?—inquirió ansiosa.

—Sufre mucho y es preciso que pongamos remedio á su tortura.

—¡Sufre... sufre!... ¡Oh, cuánto!—gimió Ana María sobre mi corazón.

Y al morder un sollozo, lamentaba:

—¡Si yo fuera hombre!

—Pero yo lo soy—dije altanero.—Ella me ha defendido muchas veces de castigos y amenazas. Ahora, seré su defensor.

Enjugóse mi hermana los ojos con presteza, y endulzando sus frases me contuvo razonadora:

—Olvida lo que dije—suplicó.—Ser hombre es mostrar cordura... Sólo podemos «ayudarla» á llevar la cruz. También somos hijos deél... Sé prudente y humilde.

—No, no,—insistí con guapeza;—hay que hacer algo...

—Obedecer y callar—suspiró Ana María.—Tú irás á Madrid, dentro de un mes, á estudiar leyes. Yo—dijo con la voz temblorosa—iré á Zalla un año, á perfeccionar mi educación.

Quise alzarme en gallardas razones, sosteniendo bellas actitudes contra la idea cruel de separarnos de mamá cuando la podíamos servir de más consuelo y aun de fuerzas y refugio.

Pero mi hermana me aseguró, dolida:

—Ella lo busca; tiene afán de estar sola. Con difíciles y largos artificios ha logrado que papá decrete nuestra marcha.

—¿Y por qué? ¿No lo sabes? ¿No te sorprende?—interrogué confuso.

Se encogió de hombros, reprimiendo el llanto; y suplicante, presa de repentina zozobra, me hizo prometer una ciega sumisión á mi destino...

—Sigue, sigue—encareció Regina—al represar Carlos su palabra fluyente.

—Es que se hace de noche.

—No importa. Estoy ardiendo en el interés de tu relato. ¡Qué bien cuentas, chiquillo! Hundes la palabra en el corazón, y sabes construir y repentizar como un artista.

—Será el dolor de un buen maestro—responde, un poco vanagloriado el de Ramírez. Y á su vera, ya nublada en la obscuridad, Regina se duele:

—Pues aquí tienes una condiscípula, que no le honra mucho.

—¿Tú?...

Carlos deshojaría, galante, algunas flores cándidas en el regazo amigo, si la voz penumbrosa no dijera, empapada en recuerdos:

—Como á la luz del sol, se me ilumina la memoria, según estás contando tus pesares. Sois aquellos Ramírez de mi infancia á quienes nunca pude olvidar, porque vi en vosotros no sé qué raros síntomas dramáticos y tristes que hicieron huella en mi voluble imaginación. El pueblo no os conocía bien. Decíase entonces que tu padre, hombre de estirpe sabia, era un misántropo, enfermo de ciencia. Y que, celoso de lahermosura y juventud de su mujer, la esclavizaba por amor. De ella, todos sabíamos virtudes y primores singulares. Se la creyó algo altiva, y muy admiradora de su marido... Desde aquí abajo parecíais felices en vuestroRobledoseñorial, casi divorciados de la población, tejedores de una existencia un poco extravagante, á la sombra dos veces grata del oro y la sabiduría.

—Miel sobre hojuelas—apuntó Carlos irónico.

—Por aquel tiempo ya gastaba yo opiniones propias, tan pintorescas y atrevidas, que las guardé para mi uso particular, ocultas siempre como un delito.

—Y opinabas de nosotros...

—Unas cosas muy raras.

—A ver, á ver.

—Os envolví en un cuento fantástico y emocionante. «ElRobledo—imaginaba yo—es el castillo donde un ogro, don Juan Ramírez...» No te ofendas.

—Ni pizca—sonríe con resignación el joven.

—Bien: «pues el ogro tiene encantada á la princesa Carlota. Ana María es un hada gentil y vigilante, que sirve á «la hija del Rey» y la deleita en su cautiverio... Un duende muy mono, que conoce el encanto de la dama, la protege con ímpetus de libertador; usa «botas de siete leguas», igual quePulgarcillo, y en artes de brujería siente las hierbas nacer. Este brujo, benéfico y sagaz, se llama Carlos «por mal nombre»; tiene dorados los ojos y aguda la inteligencia... promete mucho».

Sin levantarse, toca Regina un conmutador y queda la estancia en baño de apacible luz. Ingeniosa y festiva, la juglaresa pone al cuento un final inseguro:

—Creí que el hada y el duende libertarían á la princesa Carlota...

—El duende—alude Carlos pesaroso—duda que sea posible en la tierra la redención de esclavos.

Aquel dolorido comento, añorante de humanas liberaciones, sacude la versátil memoria de Regina.—¿Creerás—dice—que se me había escapado tu drama un minuto?

—Ya es tarde—anuncia el mozo poniéndose de pie. Consulta su reloj:—Cerca de las nueve.

—¿Y piensas dejarme loca de curiosidad?

—Hace más de dos horas que te acompaño... ¡Para ser la primera visita!...

—¿La primera? El duendecillo delRobledoestuvo en «esta tu casa» cientos de veces. Supongo que no irás á tratarme como si nos acabásemos de conocer.

—Claro que no.

—Somos viejos amigos, aunque la mocedad nos sonríe. Acuérdate cuando asaltaba vuestro cercado para sorprenderos en la casuca del bosque, donde solíais jugar. Yo era la mayor de los tres y exigía «la presidencia» en los enredos de aquellas tardes felices. Pero tuve, á menudo, tal cansancio y hastío de otras desenfrenadas diversiones por serranías y mieses, que permanecíamos sosegados mientras yo os relataba historias de mi fantástica invención, sólo por engreirme con la quietud halagadora del auditorio... ¡Ya el pedantismo afilaba las uñas en mi orgullo!... A la hora de la merienda iba tu madre á darnos golosinas y besos. Viéndola aparecer entre los árboles, tan hermosa y tan triste camino de la casuca, me decía yo:Es la princesa encantada, la bella durmiente del bosque.

Se ha levantado Regina para retener á Carlos pero, enfrascada en los infantiles recuerdos que entre los dos evocan, enhebra una felicidad, que ya pasó con la presente cuita de su amigo, y le turba, al referir:

—Sí; Carlota me quería, es cierto. Sus ojos, cuajados de éxtasis, se posaban en los míos con blandura maternal. Largo tiempo me acompañó por el mundo la impresión de aquella mirada...

Carlos balbuce:

—Es tarde... Adiós, Regina.

Ella, con la memoria en fuga, le detiene y dice:

—Tanto así levantabas del suelo, y ya con ribetes de erudito y de galante, traducías mi nombre al castellano. Me llamabasReina.

Devoto, murmuro el doncel:

—Todavía te nombro como entonces, con el pensamiento y con los labios, callandito: ¡Reinade Alcántara! ¿Te gusta?

—¡Vaya!... Me enamora; no lo olvides.

Y vuelta al presente, desde la suave niebla del pasado, pulsa Regina las varias emociones de su amigo, y trata de explorar hasta el fondo aquel espíritu en tormento y vibración.

—Acaba de contarme la historia—encarece—; no sales de aquí sin decirme tu secreto.

Le estrecha las manos, que se encogen como las de un niño cobarde. Toda la juventud del mozo queda estremecida en aquella amistosa intimidad, y doblando las firmes pestañas sobre las ojeras azules, se defiende de su turbación, sonriendo:

—Ya volveré; practica la virtud de la paciencia... Esperar es un placer.

Dice Carlos con tal fuego las últimas palabras, que Regina, de pronto, asiente caprichosa:

—Sí; esperar es acaso un placer. Tener paciencia—añade con travesura—, quizá sea muy divertido.

—Entonces, quedamos en eso.

—Quedamos, ya que te empeñas. Eres irresistible; me gustas, y te cruzo mi paladín en Torremar.

En traza de broma le hizo con los dedos una cruz encima del corazón.

Salió el mozo de la estancia, radiante y fascinado:

—Adiós,Reina.

—Adiós...duendecillo. Un beso á Ana María, y que venga pronto.

Marta, al despedir en la cancela al caballero, murmura:

—Larga fué la visita de don Carlitos Ramírez.

Y el rumor de los pasos del visitante se confunde con el murmullo del mar, que en la playa interroga á los graves misterios de la noche.

las alegres comadres de torremar.—«estraduca».—la «novia de gabriel».—idilio del boticario y la jamona.—la niña del «robledo».—ráfagas de piedad.

VióRegina crecer la primavera sin tedio ni desilusiones. Aquel amago de precoz hastío en que la sorprendió Carlos Ramírez no tuvo, por fortuna, continuidad, porque todas las tardes, á la plácida hora del crepúsculo, surgía del pueblo inmóvil un grupito endomingado y vistoso que llamaba á las puertas de la recién venida ciudadana, y que, en el gabinete por ella preferido, hacía historia menuda de los más íntimos secretos de la población.

No se escapó á la de Alcántara ni una mueca, ni un retintín, ni una frase, en aquel desfile de visitas, soldadura de relaciones y efusión de saludos. Y entre sonrisas y reverencias hizo, con muchísimo donaire, todos los descubrimientos que se le antojaban.

Ya está Regina al cabo de Torremar como quien dice. Contagiada por la chismosa fiebre pueblerina, deja un punto en descanso sus propios anhelos para divertirse con ajenas aventuras, y en solaces curiosos,muy femeninos, va ordenando sus averiguaciones, según hemos de dar breve noticia en el presente capítulo.

Sabe la aprendedora que son las de Estrada dos mocitas arrogantes y jacareras, con muchas ínfulas y poco dinero, y que, por competir en lujo y aparato con las encumbradas familias de la ciudad y los contornos, hacen á su padre andar de cabeza, enredado en trampas, muriéndose de fatigas y sofocones... Quiere aquí Regina hacer memoria sobre esta gente tan sonada y visible, pero sólo recuerda que es de linaje ilustre, nativo de Asturias; que las niñas de Estrada eran ya de pequeñas muy ostentosas, y que vivían en una casa con balcones esquinados y ventrudos, semi-palacio de blasón y rejas saledizas, radicante en la Corredera. La mamá de estos dos pimpollos que tanto ruido meten en el pueblo, fué una mujer revoltosa y linda, que se murió de susto ante la bancarrota de su fortuna, y el esposo de la dama sensible, ha sido siempre un cuitado, preso antes en la imperativa voluntad de su consorte, mártir después de las trapacerías y locuras de sus retoños, Palmira y Jacoba; por donde el bueno y triste don Victoriano Estrada degenera en prototipo del «pobre hombre» inconsciente y lastado, ya viejo y miserable, en el total hundimiento de su flaca personalidad. Al través de los cristales obscuros que guarecen la cobardía de sus ojos, don Victoriano ve á una luz de panorama lívido todas las cosas del mundo: rostros, senderos, fiestas, jardines, astros y horizontes, cuanto mira aquel hombre infeliz, tiene un tinte amarillo de vergüenza y pesadumbre, un color trágico de bosque en deshoja, de cielo en borrasca.Estraduca suelen decirle, en son de caridad ó de altivez, al ruinoso caballero.

Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera, cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocación complicada y rebuscadora: esla novia de Gabriel;una mujer tristísima, siempre de luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se recuerda su nombre en Torremar; la conocen porla novia de Gabriel; algunos la dicen solamentela novia, otrosGabriela. Su figura atribulada es, desde varios lustros, la nota fúnebre del mujerío porteño; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta quela noviahace mal de ojo, y los pacatos ó ignorantes huyen de ella con supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los perseverantes duelos de esta mujer, que debió de ser bella porque aún tiene en los ojos, entre lágrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de hermosura amorosa.

Cuando Regina corrió por los campos montañeses, rapaza y traviesa, yala novia de Gabrielse amustiaba, fatal, en los rincones del templo; ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios festivos, producía inquietud y desazón, como los revuelos de lanétiguasobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer había de regar muchas primaveras de flores.

Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante soñadora.Gabriela, con su ropajede viuda, su encanto de esfinge y su aspecto funeral, causa á Regina asombros de misterio y de abismo. Porque esta febril admiración la atormenta un poco, rechaza el luctuoso recuerdo y acude á buscar otros menos inquietantes.

Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida, supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.

Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena, que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés, de alegres colores, y calzaba escarpinesde paño marrón. No puede la enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la cosa», va y le dice:—Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad», alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería, porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en ese caso.

El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió, y repuso, en son de gran secreto:

—Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche, al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención mía—dicho sea sin ofender á nadie,—los alados rizos de usted volverán á su pristino color de oro.

—Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo, todavía...—insiste ruborosa Filomena.

—Usted está admirable, como siempre,—adula el boticario—y muy joven; no pasa día por usted.

Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona, llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de una boda posible.

Aquella noche las de Bernaldo se acostaron conpañuelo á la cabeza, untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del boticario viudo á la noble doncella Filo.

En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura maravillosa...

De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su presencia durante el visiteo de la temporada.

Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante, donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».

Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de Regina:

—Don Carlitos Ramírez.

Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa suya.

Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro deque le moleste en público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama un sacerdote, un anciano y un poeta...

—¿Cuál de los tres?—se preguntaba don Celso, que «como hombre de ciencia» era algo volteriano.

Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto. ¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama bórrase el camino de todas las suposiciones.

Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer, aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero, en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento después del drama, ydesde años atrás casi en divorcio con la población.

Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza delRobledo. Ana María se casa con Adolfo Velasco,Velasquíncomo familiarmente se le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua afición de los muchachos.—¿Cómo—dicen los chismes populares—la displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota? Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura masculina de la juventud porteña, está emparentado con rancios linajes españoles, y por sus méritos y posición, bien pudo él buscar novia tan noble y adinerada como Ana María, sin que tuviese mácula en el nombre de su madre...

Por cierto que los Velascos no han ido á visitar á la de Alcántara, y sólo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso á la interesante señorita. Lo está ella reflexionando con disgusto, cuando se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana María. Todas las memorias se obscurecen á la luz ideal de este semblante, lleno de sencillez y de frescura.

No es «una belleza» la niña de Ramírez; pero tiene un conjunto armonioso de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como portento dehermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se van en pos de su gracia.

Sólo así se comprende que, teniendo la moza pocos años, rica dote y gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos límites de tan menuda ciudad.

Meditando la de Alcántara en estos privilegios de su amiga, murmura con admiración un poco triste: «No sé qué hechizo es el suyo para cautivar así.» Y la recuerda en el ademán de aquel abrazo con que anudó al cuello de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fué una de aquellas tardes de expectación para Regina, cuando en su gabinete se hizo más agitado y reverencioso el movimiento de saludos: llegó Carlos Ramírez con su hermana, y ambos mostráronse tímidos un instante al advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana María dominó su cortedad en fuerte impulso de emoción, y abrazóse á la compañera de su niñez, prendiéndola con un lazo de cálida ternura. ¿Qué se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Habláronse á media voz, dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras vehementes de Ana María cantó el sentimiento una romanza cordial y piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe y prodiga. De tan inusitada exploración saca la escéptica esta sola conjetura:—La niña delRobledo—dícese—es hogaño mujer seductora que hace honor á las gracias de su madre; pero nuestras caricias son aparentes, de seguro; esta emociónque nos sacude no es más que sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cariño desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpatía noble... Estamos representando una comedia...

Y desde aquel momento la de Alcántara puso una triste suposición de hipocresía y falsedad en su íntimo trato con la de Ramírez, y amargó las frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana María á la paciente compañera de su niñez, sino á la terrible rival de su juventud.

Contribuyó á la malevolencia de estos juicios una casualidad muy frecuente en semejantes asuntos; la moza recién llegada había pensado elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.

Esta averiguación impulsaba hacia elRobledo, con empuje de lucha, todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, después del sueño de aquella temporada.

Algunas sutiles inspiraciones detuvieron á la inquieta mujer antes de lanzarse á buscar entre los de Ramírez, con arrebato ansioso, el drama secreto de Carlota, el amor dulcísimo de Carlos, y tal vez la envidiable felicidad de Ana María. Irresoluta un punto la de Alcántara, trató de contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos hermanos que desde niños la querían, y en quienes adivinaba, á despecho de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesión. Acaso por primera vez quiso Regina combatir el ciego ímpetu de su naturaleza imperiosa.Y puso la atención nuevamente sobre el sencillo programa de existencia que se trazó á sí misma en alegre amanecer de ilusiones, cuando rememoró su vida y sus pesares al tocar tierra española, salvando del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este sedante recuerdo amansó un poco la naciente agitación de su espíritu. Sonrió á su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo un jardín y un balandro; haciéndose querer de sus vecinos por la dulzura y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones religiosas, y esperando tranquilamente á la señora felicidad, que pasito á pasito llegaría en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del juez, portento de economía inverosímil, enseñarían á la novata á inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermín Pérez, la sometería á un plan higiénico y saludable contra las aprensiones que la mortificaban; y del bondadoso párroco don Amador Olmeda, aceptaría la sabia dirección espiritual que con discreto interés le brindara desde su primera visita aquel dechado de sacerdotes.

Débiles eran estos sanos propósitos. Como si su mantenedora les augurase inutilidad y fracaso, abandonóse á ellos sin fervor y los puso en práctica tibiamente...

Entorna Regina los ojos con resignación al murmullo de las conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de una falda manida, náufraga en el fondo de un baúl, extrae un rosarito, que Eugenia abrillanta con afán, asegurándole á la señorita:

—Es el que usó tu madre para diario.

Aquel soplo efímero de piedades mueve en la casa un ligero vaivén sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su niña un abandonado lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Niño Dios en los brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende á San Antonio una mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por sus difuntos, y pide con urgencia á Santander dos grandes ampliaciones de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito dormitorio, allí donde piensa rezar y coser, glosando los amores de Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la señora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura, confundiendo á doña Juana la Loca con doña Beatriz de Galindo.

Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que será la tierna confidente de Ana María, la fraternal camarada de Carlos y la devota practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.

Con esta sola hipótesis ya se juzga ella un prodigio de abnegación, una heroína de la amistad y la misericordia.

Ya se siente crucificada en el más duro de los sacrificios; suspira con aire pesaroso, y luego rompe á reir, pensando que todo aquello es una broma irrealizable, una absurda ocurrencia reñida con el señorío indominado de sus prácticas y sus gustos...

Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza casera, y pide la nave que Regina le había ofrecido. A tiempo que el futuro patrón y la señorita riegan las flores, á la caída de la tarde, escuando el mozo se atreve á recordar aquella halagadora promesa.

—Para las regatas de los Mártires—masculla enrojecido—ya puede estar en el balandro aquí.

Oyó Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los mandan á la medida, en cuanto se escribe.—Así lo consiguieron los señoritos del Club, en un periquete.

Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y asegura su oferta con suavísimo agrado. El mozo se inmuta bajo la presión sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha, sonriendo y mirándole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.

Quédase allá abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la canción profunda de las olas.

el ensueño del balandro.—corte de amor y galantería.—caballero en brioso alazán...

Vehemente, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frágil, pone la de Alcántara en sus proyectos el ímpetu de las cosas que no se realizan jamás. ¡Con qué entusiasmo se entrega á los ardores de la imaginación, sin perjuicio de abandonarse después á la indolencia y la acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recónditos sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasías y destejer emociones, como la sombra de Penélope.

Allá van ahora, con ínfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa urdimbre. Cosen las niñas del juez al lado de la extravagante moza, mientras ella asegura que va á empezar un encaje «al día siguiente». Ha decidido encargar su balandro á losTalleres de San Martín, en Santander; tendrá de largo siete metros, y le costará unas doce mil pesetas. «Mañana mismo» va á escribir pidiéndole, y dará mucha prisa para que se le entreguen pronto.

Timonel, el viejo amigo de la señorita, está muy interesado en esta compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:

—Buen aparejo y buen personal para manejarle—recomienda prudente.

—¿Le parece bien Pablo?

El viejuco, con pertinaz guiño, como si escudriñase un horizonte peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:

—Sí, Pablo me parece bastante bien.

Luego se ofrece á probar él la nave y el piloto para mayor seguridad. Le preocupa á la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y á poco, las niñas del juez, el marino, Eugenia y Marta, que están presentes, levantan la cabeza, buscando también por allá arriba. Sólo encuentran unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.

—«Eso»—aludeTimonel, fallido—se discurre cuando el barco está pronto. Y «hacemos» aquí el bautizo, que es cosa maja y divertida, fiestasolene, con cura y todo...

—Velasquín—dice una de las aplicadas costureras—también tiene pedido un balandro no sé adónde.

—¿Y sabéis cómo le va á llamar?—inquiere la de Alcántara.

Marta sonríe muy segura.

—Le llamará Ana María, como la novia.

Recae la atención en este noviazgo, tema favorito detodaslas conversaciones en la actualidad. YTimonel, luego que dedica algunos pintorescos elogios á la gentil pareja, se despide, volteando la gorra ensus manos endurecidas como raíces secas y ásperas. Es un viejo sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de tratar con el señorío, y se paga mucho de su privanza con los marinos de afición más ilustres en Torremar desde las tres generaciones últimas.

Al salir del gabinete dejaTimonelsobre la alfombra la huella vaga de sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor á marisco y á brea.

Quédanse las señoras conversando de Ana María y Velasquín. Las del juez cuentan que el novio es riquísimo; que tiene automóviles, caballos, caseríos, fincas rústicas y millones de pesetas.

—No exageréis—arguye Regina con gesto impertinente—. Además—cuestiona—, Adolfo tiene un hermano.

—Sí, pero Manuel no se casará. Sólo piensa en los libros y en los descubrimientos biológicos.

—Puede gastar su fortuna en bichos ó en rarezas.

—Adora á su hermano, que es el ídolo de la casa, y que disfrutará todo el caudal, seguramente—afirma la del juez muy convencida. Las demás, conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que sí con igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la meditación que surge de aquellos comentarios:—Poco—piensa—se ha detenido Ana María en este gabinete recién abierto á la playa de nuestra niñez. Con la disculpa de que elRobledoestá muy distante y de que ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este sofá que yo destino á íntimas confidencias... Casi nada me ha contadode su novio, á quien ni de lejos he logrado ver. Tal incógnito y reserva son indicios de que no hay sinceridad para mí en los halagos de esa muchacha...

La sospechosa, súmese después en más gratas cavilaciones. ¡Carlos sí que la quiere con fuerte cariño, seguro y grande!... Siéntese ella acariciada por la ardiente adoración de aquel mozo sentimental y extraño, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando la saluda.

Una atracción secreta y curiosa impele á la de Alcántara hacia su silencioso adorador. Lo mismo que de niña rompía los juguetes mecánicos para ver lo que tuviesen dentro, así ahora quisiera quebrantar la timidez de aquel corazón juvenil, para escuchar el grito ingenuo y apremiante de un primer amor.

Alentado Carlos por las preferencias de Regina, allí donde, por verla unos minutos, soportara la rivalidad de otros jóvenes torremarinos, abrió su alma á las ilusiones más sonrientes, soñando una divina gloria de venturas. Hizo versos eróticos; compuso al piano, con súbita inspiración, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rondó la playa, subiendo y bajando, como el mar, á los pies de la casa de Regina. Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el perfil de la joven á la hora de la novena.

Comenzó á susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramírez estaba locamente enamorado de la señorita de Alcántara; ella sonrió alegre cuando la dieron broma con él, y puso en incertidumbre á otros galanes atendiendo á Ramírez entre todos.

Ya su dote y su belleza habían rodeado á Reginade una respetuosa corte de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena, aplacía tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro, buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba también por Regina, sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe Alonso, rubio y lánguido como un tenor de opereta; Paco Ordoñez, médico, chiquitín y ocurrente, hijo único de viuda rica, y otros cuantos señores casaderos y estimables, cuyos nombres no son de interés ni utilidad á las páginas de esta historia verídica.

Cuando las dos niñas del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina, terminaron su labor, era la hora del rosario. Ciñéronse las muchachas, como su huéspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron á la parroquia.

Ibase el día vencido á morir en el mar túmido y sollozante. En lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo con el manto de sombra de la noche.

Por una leve senda que bajaba á la ciudad desde elRobledo, resonó el trote firme de un caballo, y, delante de las tres niñas devotas, pasó, jinete en brioso alazán, un mozo arrogantísimo, con la solapa florecida, el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.

—Es Adolfo, que viene de ver á la novia—anunciaron á Regina las del juez, mientras que el caballero saludaba cortésmente sin hacer alto.

Quedóse la de Alcántara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los grandes salones que con su padre había recorrido en los días felices de triunfos y esperanzas, cuando desdeñó todas las dulces realidades del mundo para correr detrás de los sueños y las fantasías.

Ahora se había vuelto muy práctica. Ya no se enamoraría de un bravo explorador aventurero á quien los salvajes pudiesen hacer picadillo para amenizar las diversiones de una selva virgen... Quería un novio seguro, en tierra civilizada, un hombre elegante y alegre, acaudalado y noble... como Velasquín, por ejemplo... Detrás de él marchó cautiva la atención de la muchacha.

Lanzábase ya el caballo de Adolfo entre la melancólica polvareda de la ciudad, bajo los árboles hojosos del camino y el fulgurante silencio de la luna. Había pasado el jinete rápido y marcial, deslumbrador como una estrella que brilla y huye, dejándole á Regina una ansiedad punzadora clavada en el pensamiento.

Al salir de la novena y saludar ligeramente á los señores del pórtico, fuese la de Alcántara hacia Carlos Ramírez con fácil familiaridad y le contó, bajito:

—Mañana por la tarde os hago una visita. Espérame á las cuatro en la entrada del bosque... Tienes tú razón; mi luto no reza con vosotros.

En la sorpresa de su gratitud sólo halló Carlos palabras triviales:

—¡Cuánto me alegro!... Haces bien... Ya te lo había yo dicho...

Ella, furtiva y sonriente, se puso un dedo en los labios con expresivo ademán y echó á correr entre sus compañeras.

Cuando el muchacho subió á su casa, por aquel ondulante camino que frecuentaba Adolfo, parecióle que nunca fuese la vereda tan suave y halladiza. No vió como otras veces, la sombra triste de su madre en el solariego robledal, porque prendió la luna en el bosque la caricia de su luz y alzó la brisa tal rumor de besos, que se ahuyentaron los gimientes fantasmas perseguidores del mozo.

¡adiós, luto!—«petit trianon».—prosigue la historia de la «bella durmiente».—la moral de regina.—tragedias y ternuras.—las flores que no sirven para nada.

A grandes pasos, como si todo el camino fuera suyo, cruzaba Regina el arrabal, buscando la altura delRobledo. Se había ceñido un traje de tul, calado en las mangas y el escote, impropio de su luto reciente; y aun alegró la sombra de la tela con unas rosas blancas, prendidas en la cintura. Salió anhelante, atropellada de vehemencias y de impresiones, sin saber á punto fijo qué cosa fuese á buscar sendero arriba; pero segura de que buscaba algo urgente y apetecible para su inquietud. Dejó á Eugenia en el zaguán haciéndose cruces:—¿Adónde iba la niña con el luto en alivio, sola y apresurada, ardiendo así la tarde?

—A divertirme. A salir de esta clausura donde ya me ahogo: ¿tiene algo de particular?

Y sin esperar respuesta, viendo que acudían también Marta y Dolores, y que Pablo se iniciaba sorprendido en el fondo del jardín, emprendió la marcha con mucha resolución.

Ya en el sendero que conduce al robledal, se detiene y mira á todos lados, con incierta sonrisa. Por allí subió muchas veces, rapaza errante, libre como los pájaros, á encontrar á los amigos, á quienes fascinaba y divertía con sus cuentos maravillosos. Siente la nostalgia de aquellas horas, cuando en la ruda independencia de su niñez le era tan fácil escalar un atajo y seducir unos corazones... Cautiva del mundo y de sus convencionalismos, atormentada por la educación, acaso es un delito repetir semejantes aventuras...

Así piensa Regina con despecho, posando sus ardientes ojos en la ciudad menuda, que en la modorra de la tarde estival parece dormir, pobre y cansada.

De pronto, en un límite confuso de la carretera, surge un tren pequeñísimo y veloz, que se agranda y silba, que se retuerce en la serpeadora línea blanca, y cruza la población y sube al arrabal. Es el automóvil de los Velascos, el único del pueblo. Regina no distingue quiénes van en él. Le ve ganar el soto sobre el cual se apoya la flamante casa de tan ilustre familia montañesa. Las torres del espléndido edificio asoman por detrás de la brava altura donde la casita de Alcántara se yergue.

Muchas tardes Regina, desde su mirador que da al jardín, á espaldas de la mar, contempla absorta aquella residencia de príncipes, palacio moderno en el cual supone encerradas todas las exquisiteces del lujo y elconfort. ¡Ella tendría que gastar su fortuna sólo en la verja de una finca semejante! Tienen razón las niñas del juez: ¡deben de ser muy ricos los Velascos!...

La admirada mansión es de una arquitectura libre y voluptuosa, que, indisciplinada contra las reglas,sabe introducir las comodidades y la novedad, recordando las elegancias de Watteau, los refinamientos versallescos, los extravíos finos y raros del siglo XVIII.

Sorprende á Regina que haya sido la acogedora de tales sutilezas una dama devota y madura, consagrada al culto de los santos y de las flores. Y se confunde con este asombro el recuerdo de Ana María, aceptada con placer para nuera, por la viuda floricultora.—Tal vez—se dice—la madre de Velasquín, á pesar de sus afanes piadosos y sus prácticas severas, resulte, por dentro, una dama al estilo del pequeño Trianón...

Avanza Regina en su camino y en sus reflexiones, mirando siempre las cúpulas de los Velascos y la parte alta del edificio que la observadora descubre á medida que asciende; aquellos impacientes perfiles, aquellas líneas ondulantes, toda la linda traza y el conjunto inusitado de la construcción, ¡qué bien dicen las inquietudes y los refinamientos de la vida moderna! Allí las horas correrán muelles y solazadas sin la monotonía enervadora del vivir campesino... Regia instalación estival, con un yate liviano, cómodos carruajes, rápidos automóviles, y un bello amor, exótico y fuerte... En el invierno, Madrid, con su vida cortesana y opulenta; triunfos de salón, regocijos de hogar... ¡Qué dichosa iba á ser Ana María!...

Ya está la moza en la linde del bosque donde Carlos aguarda.

Manso el ramaje susurra débilmente, y por los desgarrones de la fronda afila el sol las saetas de su luz hasta la hermosura brava de la selva como un enamorado que con ojos atrevidos rasgase la pudorosa túnica de codiciada mujer.

Sintiendo está Regina toda la belleza del agreste paisaje, cuando llueve en la gasa de su ropa un puñado de flores. Sonríe la muchacha: registra en torno con sus lentes y descubre á Carlos tendido en el suelo, en actitud de lanzar otro puño de borrajas y margaritas. Cuando caen aquellos olorosos proyectiles sobre la elegante blusa, sutil como la niebla, Regina se detiene renovando con rara claridad la remota impresión de un sueño que tuvo no sabe cuándo, en horas de fiebre: Era en una espesura salvaje, huyendo, no se acuerda de quién; las flores le sonrojaban el cuerpo desnudo cayendo en lluvia suave, como de caricias ó de miradas... Vagamente murmura:

—¡Jacinto Ibarrola!... Fué un delirio, una ilusión...

Carlos ya está de pie, gozoso, esperanzado; y ella le saluda con la memoria ausente y la sonrisa lejana.

A la apremiante solicitud del joven trata Regina de sacudir aquella insólita enervación de su voluntad, y déjase caer en el mantillo de la selva, bromeando y sonriendo. Quiere desechar á todo trance las memorias tristes, porque sabe que le entorpecen su paso decidido y que turban su corazón. Y arriesga la mirada en la penumbra del bosque, con la cobarde ansiedad de esconder sus pensamientos á la sombra durmiente de los árboles... Fué de veras que los escondió, porque del toldo umbrío, rasgando los cendales de enredaderas y de helechos, vió Regina surgir la imagen dulce de Carlota. Al punto, olvidada de todo lo que no fuese la tragedia profunda delRobledo, volvióse hacia Carlos la muchacha, con la curiosidad encendida en los ojos, y rogó, insinuante, hasta que el joven,sentado á los pies de ella, ató el hilo de aquel drama sin final.

—Después que me lo cuentes—dice conqueridora la de Alcántara, buscaremos á Ana María.

Pero el mozo, que un minuto antes, ardiendo en ilusiones, estaba muy lejos de aquella realidad, patulla torpe en su relato.

Ayudándole Regina, inquiere:

—¿Qué sucedió cuando tú marchaste á Madrid y tu hermana al colegio de Zallas?

«—No partimos ninguno de los dos—dice Carlos, ya dentro de su pena.—Fuimos retrasando nuestra salida, porque mi madre, entonces, mostró un aspecto de cansancio y hastío que nos preocupaba mucho. Ella intervenía en todos los pormenores del laboratorio con trabajo incesante. No sólo estaba á las órdenes del «dictador» en los materiales trajines, sino que, además, copiaba escritos, leía en voz alta y hacía dibujos... Después, velaba á la cabecera del sabio, que se dijo «enfermo de fatiga»... Horas sin fin vagaba mi padre por la casa, mirándose la lengua en todos los espejos, tomándose el pulso en todos los rincones, maldiciente y desesperado, negro el humor, como un abismo. Seguíale su mujer igual que una sombra esclava, sirviéndole á cada ralo manjares preparados por ella, y que mi padre apuraba, protestando ruidosamente de su calidad y condimento. A menudo, mezclándose á las voces de furor, oíanse chasquidos de cacharros, y mi madre se adelantaba presurosa á nuestras preguntas, diciéndonos que había dejado caer por torpeza el servicio de la comida...

Una noche me pareció escuchar gritos lastimeros,sollozos y ayes. No era la voz irascente, terror de nuestra casa, la que así me despertó á deshora. Era un velado acento de mujer, una voz blanda como la de mi madre. Me levanté de un salto á medio vestir, salí al corredor y todo estaba obscuro y silencioso.—Habré soñado—me dije. Y atento á la paz negra que me envolvía, aún escuché un suspiro, dudando si era caricia del jardín ó desahogo de un pecho. Después llegó á mis oídos un susurro como de brisa ó de oración, y en la ceñuda sombra vi encenderse una raya de luz señalando el dormitorio de mi hermana. Fuime descalzo y cauteloso hacia el hilo brillante y abrí la puerta. Ana María, sentada en su lecho en actitud de quebranto y de insomnio, ahogó un grito de alarma.»

—¿Era ella la que te despertó gimiendo?—preguntó Regina.

—«No, al escuchar, como yo, la doliente quejumbre, se había desvelado en ansiedad miedosa. Pero ante las sospechas de mis preguntas mostróse calmada y rogó que me acostase sin hacer ruido, porque, seguramente, éramos unos locos que soñábamos con llantos mientras todos dormían en elRobledo. A medio convencer la obedecí, y aunque velé toda la noche, con el amargor de tristes dudas, ningún alarmante suceso me volvió á inquietar. Mas un ansia frenética de ver á mi madre me poseyó al siguiente día. Con la aurora ya estaba yo vestido, paseando por mi habitación en espera impaciente de que la casa se animase con los acostumbrados rumores. Sentí que se abría la puerta del gabinete de mamá. Salí corriendo y la puerta se cerró. Pero incapaz de contener mis prisas y mis inquietudes, entré resueltamente en el aposento contiguoal dormitorio matrimonial. Mi madre se estaba peinando, con el larguísimo cabello flotante hasta las rodillas. Al verme en la luna de su tocador, tornó hacia mí la cara llena de asombro y preguntóme ansiosa:

—¿Estás malo?... ¿A qué vienes y por qué madrugas así?

Yo también la miraba con ansiedad creciente. Observé su enfermiza palidez de encarcelada, y en los ojos agrandados por el sufrimiento, una luz sombría que me causó espanto. El livor profundo de las ojeras y el grave pliegue de la boca, daban á su rostro, siempre tan dulce, una extraña expresión de locura.

—Tú sí que estás enferma—pronuncié sin saber qué decir, asustado por la profundidad del dolor que su semblante traslucía.

Levantó ella los brazos maquinalmente, enlazándose el pelo de cualquier traza, tal vez para ocultar sus ojos turbados por los míos. Entonces, las mangas anchas y ligeras del peinador se le deslizaron hasta los hombros, y en los brazos, de sedosa y peregrina blancura, le vi de pronto, con terror indecible, varias señales negras y crueles, extendidas como sacrílega profanación en la hermosa carne sagrada para mí... Toda la tragedia bárbara de aquella vida se me reveló en tan espantoso minuto. Pero aun quise dudar, ciego por el terror de creer. Y tocando las mazadas huellas del suplicio, grité alocado:

—¿Qué es esto, dime; qué es esto?

Retiróse dolorida, se apartó los tenebrosos cabellos en ademán brusco, y con una resolución desesperada señaló hacia el dormitorio y me dijo únicamente:

—Ese hombre.

—¡Miserable!... ¡Miserable!—rugí. Toda mi ternura se deshacía en sollozos y en maldiciones, cuando se presentó mi padre con estrépito, medio desnudo, trágico y amenazador.

—Si no calláis os mato—regañó con fiereza.

—Acaba de una vez—respondió serena su víctima, con altivo desprecio.

Lanzóse furioso hacia la cama, buscó entre las ropas, y le vimos empuñar un revólver:

—¡Os mato!—repetía.

Dos acentos agudos apagaron su voz:

—¡Mi madre!

—¡Mi hijo!

Y á un tiempo nos arrojamos á la defensa mutua contra el cañón negro del arma. Yo la arrebaté de las manos cobardes que tantas veces con ella apuntaron al pecho de una mujer. Pero aquellos feroces puños se crispaban aún sobre la dolorosa que á mi lado sufría, y un torrente de injurias brutales abrumó á la infeliz. Cegado por la indignación, blandí el arma sin saber lo que hice, y amenacé:

—Disparo, si la tocas.

Al rozar los pálidos dedos de mi madre que desviaban el revólver, apreté convulso el gatillo, y silbó una bala que se clavó en el techo...»

—¿Qué más?... ¿Qué más?—pide Regina, acuciosa y febril.

Carlos parece que está fuera del mundo, en nublada existencia de visiones y pesadilla. Oye que le dicen otra vez: ¿qué más?, y murmura estremecido:

«—¡Ah! sí, pues nada; una cosa ridícula. Mi padre dió muchas voces pidiendo socorro; temblaba, queríahuir. Tropezando en los muebles, á tumbos, llegó hasta el lecho: le miró, nos miró, y zambullóse en él con heroico arranque, en la actitud tremenda de quien se tira al mar. Se subió el embozo hasta cubrirse la cara, y quedó mudo, inmóvil.

—Está loco—dije á mamá. Acerba, segura, replicó:

—Es un infame.

Y giramos hacia la puerta al escuchar el roce de un vestido. Ana María, demudada, temblorosa, estaba allí.

Fué urgente que la prestásemos apoyo, porque la vimos desfallecer. Nos miraba interrogante, trémula, y aunque la queríamos tranquilizar, rompió en llanto, doliéndose:

—¡Qué vida nos espera ahora!

Pero yo no estaba para lamentaciones inútiles. Una actividad punzante me consumía. Anduve á pasos inquietos el saloncito de costura donde nos habíamos refugiado. Las dos mujeres, abrazadas en el sofá, tejían lástimas y consuelos como si estuvieran duchas en tan amargos lances de vergüenza y dolor.

Por fortuna, la servidumbre, escasa aquel día, trajinaba en el corral, y nadie oyó el disparo, que apagó su estallido en la profundidad de las habitaciones.

Pasamos la mañana en aflictiva sombra de pensamientos. Eran los míos tan atropellados y confusos, que en un instante caía desde la más terrible resolución á la impotencia más abrumadora. En un giro loco de tales ideas, pregunté á mi madre airadamente:

—¿Por qué te casaste conél?

Dejó temblar su voz llena de lágrimas, y con infinita ternura repuso:

—Porque debíais nacer vosotros...

Estrechóse mi hermana contra ella, balbuciendo no sé qué frases y caricias.

Yo, transido de gratitud y de emoción, me arrodillé á besar las manos de la mártir. Y entonces suplicó, enérgica y dulce.

—Júrame quelerespetarás.

—No; le aborrezco—dije.

—Debes perdonarle. Es preciso que le perdones, como Ana María.

—¿Eres capaz de eso?—pregunté indignado á mi hermana.

—Hago lo que mamá quiere—confesó.—Me lo pide ella... Por servirla llegaré á las cosas más difíciles del mundo.

Había tal esfuerzo en sus palabras, que enmudecí, juzgando mucho más noble su obediencia que mi rebelión.

Mi madre insistía:

—Jura, Carlos...

Pero alcé los ojos á mirarla con tal angustia, vió en mi semblante el tormento de tantas inquietudes sordas y crueles, que poniendo las manos en mis hombros, me dijo, grave y digna:

—Jamás he merecido queélme trate así. ¿Oyes, hijo mío? ¡Nunca!... Por vuestro amor llevé la cruz de este suplicio en secreto espantoso... Ana María conoció antes que tú la intensidad de mi desventura...

—Es un crimen—le interrumpí horrorizado—que sigas viviendo con ese hombre.

—Ya no hay para qué—dijo—si tú sabes que nodebo vivir con él; que no puedo. ¡No, ya no puedo más!—sollozó desolada...»

Se contrae la voz del mozo en repentino quebranto. Regina, más atenta á la curiosidad que á la compasión, apremia impaciente:

—¿Qué hicisteis, di?...

Ambos amigos están viviendo la fatal historia. El siente y sufre. Ella, imaginando, saborea el estimulante amargor del drama y le apura con trágica sed en los labios del joven, por lo mismo que él sazona con sus lágrimas la relación...

Esplende la tarde, rútila y bella. Bajo el toldo quieto del robledal gorjean y reclaman los pajarines, y en un ribazo florecido balitan unas ovejas, enamoradas ó errantes.

Carlos Ramírez, borracho con el ácido licor de sus recuerdos, nada escucha ni admira; arranca flores de la alfombra de césped donde se recuesta, y sigue diciendo con traspasada lentitud:

«—Nada hicimos entonces. Formamos un haz de almas en tortura, hasta que mi madre, de pronto, rompió el hechizo de nuestra pena con su palabra persuasiva y valiente. Nos prometió redimirse de su esclavitud sin retroceder ante ningún obstáculo. Iría en consulta á la capital aquella misma tarde, para entablar la demanda de divorcio lo antes posible.

—Tendré que separarme de vosotros provisionalmente—dijo. Y ante nuestra alarma dolorosa, añadió:

—Después que mi libertad se legalice, vendréis á mi lado sin abandonar por completo á vuestro padre. Es preciso—insistía—que le compadezcáis mucho, que le cuidéis. El os quiere y será bueno para vosotros.

Mi hermana se atrevió á decirle que ante la amenaza del escándalo y la separación, tal vez el culpable prometería una absoluta enmienda, un arrepentimiento lleno de compensaciones y humildades. Pero mamá dijo al punto, con viva repugnancia:

—No, no. Es imposible. ¡Nunca, nunca!

Vimos en su rostro la firmeza de una inquebrantable resolución. Su hermosura cobró un aspecto de altivez y poderío que jamás tuvo. Y hasta en el dolor y el embeleso con que nos acariciaba creíamos sentir un aura saludable y nueva, una fuerte expresión de dignidad y valentía. Me pareció mi madre otra mujer. Su nimbo de dolorosa tomaba realces gloriosos, resplandores de triunfo. Y, sin embargo, ¡cuánta amargura en su acento, y en su sonrisa cuánta tristeza!

Casi todo el día estuvimos los tres juntos, en una intimidad tan acordada y profunda, como no la disfrutamos hasta entonces.

El criado recibió con visible sorpresa la orden de servir á mi padre la comida en la cama. Poco más tarde, suponiendo que nos interesaba mucho la noticia, fué á decirnos «que el señor había comido muy bien, sin rechazar ningún plato». Y como mi madre no manifestara interés por el suceso, entre la breve servidumbre se inició un murmullo de asombro, al ver á la señora libre de sus hábitos de esclava, á salvo de apuros y de gritos.

Un silencio de tumba reinaba en las habitaciones conyugales, donde el drama absurdo y brutal se deslizó en la sombra tantos años.

Ya vencido el día, acompañé á mi madre á la iglesia. Quiso hablar con don Amador, y la dejé en el confesonario,mientras pedí un coche que nos esperase en la carretera delRobledo. Mamá deseaba no hacer uso del ferrocarril, temiendo que en la estación de Torremar la molestasen con preguntas ó acompañamientos importunos.

—Iré desde casa en un coche—dijo—y aun me queda tiempo para ver hoy al abogado. Mañana haré las diligencias más urgentes, y volveré á la tarde.


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