El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y unlegendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte naciones...
Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca. Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la flor del prado...»
nuestras vidas son los ríos.—la cruz de los andes.—el loco de amor.—regreso á la patria.—la costa de la muerte.
Aquellasgraves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
—La carne es heno—repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir y venir sin término, por ásperas rutas, bajocielos extraños, eran otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de ultratumba:
—Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríosque van á dar en el mar,que es el morir...»
«Nuestras vidas son los ríosque van á dar en el mar,que es el morir...»
«Nuestras vidas son los ríosque van á dar en el mar,que es el morir...»
«Nuestras vidas son los ríos
que van á dar en el mar,
que es el morir...»
Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar pudiera.
La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.
Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.
Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una anhelante querella que se compadecía:—¿quién me dieraalas como á la paloma, para echar á volar y hallar reposo?...
Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible. Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento, la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los mulos...
Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros, en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!
A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los hondonesy los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.
La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera murmuraba implacable:Querer sin motivo, padecer siempre, luchar siempre y luego... morir...
Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un arranque...
—Aquí me quedo—dice.
Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le miraron perplejas.
—¿Por qué?—pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.
—Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.
¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares, que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.
¿Otra muerte? ¿Otra tumba?—piensa con espanto la miedosa que ayer mismo se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida altura vecina de los cielos...
Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida consumación.
En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo, enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo, escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.
Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.
Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la muchacha:
—Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...
—¿Si? Usted cree...—indaga febrilmente Regina.
—Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.
Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días y huye con Daniel, que apenas pregunta:
—¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?
—No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...
El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos tiempos azarosos.
Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad. Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud, repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de mujer, de los latidos maternales de su corazón.
La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de ocultas raícessentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de caricias y votos:¡Hijo mío!Al pronunciarla siente en sus labios de doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en compasiones y desvelos de madre.
La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara, y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el infeliz pidiendo á gritos:—¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por piedad!...—Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de aquellos lamentos, y le dicen:—No hay razón; es un loco que pide un beso á una mujer. ¿A qué mujer?—pregunta.—A cualquiera, si es joven y hermosa—le responden—; está enamorado de un ensueño, y padece un horrible delirio de belleza y amor.—Impulsada entonces la viajera por una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:—¡Ah, erestú!...—Luego pronuncia:—Gracias.—Y ahíto de felicidad, sacio y trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las ventanillas.
En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella. Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.
Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas; estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:—Dios te lo pague.—Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre enfermo:¡hijo mío!con un desbordamiento de piedades y dulzuras que alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste humanidad, huérfana de consuelos.
—¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!—piensa Regina antes de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con dolor en la vida, y se le oprime el corazóncon extraños pesares.—No quiero sentir—exclama—; no quiero llorar ni quiero saber.—Y se golpea las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos tentadores y amargos.—¡La huérfana de Alcántara, la viuda de Ibarrola!—piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta con enojo, casi con brutalidad, murmurando:—Ni una cosa ni otra; el poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle, únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime; búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola—conviene la viajera en su escéptico soliloquio—no era nada mío, nada; sólo le he visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor; por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco; quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte... ¡Adiós!
Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con joviales adornos de primavera se despide de la costa americana, alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos, sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.
Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí, bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.
—Tal vez la muerte se quedará también en la ribera—piensa en zozobras calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por ese sentimiento desgarrador de las despedidas.
—¿Llora usted?—la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre, responde:
—Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...
Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que en un instante le arrancaba sinpiedad, con sobrehumano poder, lo único que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.—Está en todas partes—dijo.—¡Está en la vida!—Y con una impavidez martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas, en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.—Morir... dormir... soñar acaso...—repetía, tratando de asir alguna esperanza que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo hastío:—¡Descansar, á lo menos!...
Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la borda atalayando el horizonte, interroga Regina:—¿España?—Y la contestan:—Sí, Galicia,la costa de la muerte...—¡Ah! ¡Qué admirable!—dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al mismo tiempo. Y repite:—España... Galicia...¡la costa de la muerte!...¡Qué hermosura!...
Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan alegre turbación.
aurora de mayo.—cruces y naves.—centellica de amor.—¡ah de la ribera!
Laalborada radiante de aquella mañana española vino á encender con luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de su rápida existencia.
Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante: una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...
La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:
—¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hayque sacar del equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la tarde cuando salgamos para Vigo...
Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en aquella advertencia, y responde con un suspiro:
—Bueno...
Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan pacíficos sentimientos.
En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el paisaje bañado de luz.
Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le relumbran los ojos amorosamente.
Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.
Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en quese la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y venturosa...
En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge, placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su mujer, enferma desde su último alumbramiento.
—¿Es usted casado?—pregunta Regina con alguna sorpresa.
Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase aquí...
Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un momento cuando murmuró:
—¡La muerte está en todas partes!—Pero queriendo, la muchacha resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para endulzarla, interrogóle con amable interés:
—Tiene usted hijos, ¿verdad?
Una parejita—contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía inclinada.
El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una hora sentimental.
Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevoamigo; ya se puede decir que «le conoce» y le juzga.
—Es un hombre apasionado y sencillo—piensa.
Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á definir más que una cosa:
—¡Linda y rara mujer!...
Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.
A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive hacia el mar.
Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:
—Es el cementerio.
Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura. Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados en el mar como arboladuras náufragas.—¡Han zozobrado!—piensa Regina, mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma de nave.
Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el insuperable pavor, todas las energíasde aquella alma están vigilantes en acecho de la felicidad.
—Me conformo—dice interiormente,—me resigno á morir; pero mientras llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...
Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.
El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la travesía la cortejó sin tregua.
—Anoche me habló mucho de usted...
Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.
Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.
—¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?—se pregunta perplejo.
De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el pabellón de primera clase.
Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados homenajes, queocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.
En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el doctor dice señalándolos:
—Mis nenes...
Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las manos.
El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.
La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.
Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:
—Coqueta, ¿eh?
—Interesantísima—contesta el interrogado con fervor.
Declina la tarde, dorada y silenciosa.
Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera, aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que lleva de la mano á sus hijos.
Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su regazo al son de dulcísimos cantares.
Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las cadencias de un villancico:
La virgen lava pañalesy los tiende en el romeroy los pajaritos cantany el agua se va riendo...
La virgen lava pañalesy los tiende en el romeroy los pajaritos cantany el agua se va riendo...
La virgen lava pañalesy los tiende en el romeroy los pajaritos cantany el agua se va riendo...
La virgen lava pañales
y los tiende en el romero
y los pajaritos cantan
y el agua se va riendo...
Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.
—¡Pobre nena sin madre! murmuró.
Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña, asustada, echóse á llorar...
La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.
Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que condena sin apelación sus amorosas pretensiones.
—¿No le da á usted lástima?—pregunta el médico á la desdeñosa, señalando la fugitiva estela.
Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se empequeñece sobre las olas como otrastantas visiones desvanecidas en el oleaje de la existencia. Luego replica:
—Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.
Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se atreve á preguntar:
—¿No se ha enamorado usted nunca?
—No he podido—responde ella sencillamente después de una leve vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo seria y triste:
—Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos. Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes... ¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no soy buena.
Quédase pensativa al decir esto y añade después:
—Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despiertade este sueño del corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda sentirlos nunca...
Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:
—¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!
Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:
—En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete darme noticias de ellos á menudo.
Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido, pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le tiende la mano, repitiendo:
—¿Quiere usted?
Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:
—Con muchísimo gusto.
—Adiós, doctor.
—Adiós, señorita.
Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á la costa cubiertos de penumbray soledad. Rodaba en el cielo un luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz de remotas canciones...
Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á la vida.
La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto, por una cartulina negra, que decía en letras blancas:Rafael Marín.—Doctor en Medicina.
De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al malogrado Daniel, gimieron:
—¡Por el alma del señorito!
Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con esplendidez á la camarera, que andaba rondando:
—¿Quedas contenta?—le preguntó.
Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:
—Quedo.
Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los remos.
Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como si el paisaje cayera en un sueñoprofundo. La isla de San Simón se hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á la luna.
Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón desierto que tiembla y clama:
—¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?
torremar, cinco minutos.—memorias y mudanzas.—los ojos entornados.
Nubladaestuvo aquella última noche de viaje.
Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde que penetró en la tierra de Cantabria, pero sólo pudo advertir manchas de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo, ó asomadas con fugacidad en el camino.—Son pueblos; son mieses; son montes—iba pensando, cuando oyó en una estación el anhelado aviso: «Torremar, cinco minutos de parada», y toda su impaciencia se cuajó en un asombro inmóvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la llegada á San Simón.
—¡Que estamos en Torremar, Regina!
—¡Ah! ¿sí? ¿es cierto?
Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, saltó al andén, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar la casita de Alcántara, en el largo abandono de sus dueños.
Tres personas componen la breve comitiva de recepción: Dolores Barquín, y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difíciles, llamando con mucha finura «doña Eugenia» á su tía, mientras las dos mujeres se comen á besos á las recién llegadas, lloriqueando, pesarosas, á guisa de saludo y de pésame:
—¡Pobre don Jaime, que en gloria esté! ¡Pobre Danielín!
No adivinaban ellas cuándo ni cómo Daniel se hubiese malogrado, porque en la ciudad se supo la desgracia del padre, únicamente. Eugenia les decía en su carta de aviso: «Llegamos solas; hay que divertir mucho á la niña, y no mentarlelos muertos.»
Pero á las buenas provincianas les parece cosa inevitable «acompañar en el sentimiento» á la señorita, siquiera en el primer abrazo. La encuentran muy alta, muy hermosa.
—¡Válgame Dios, qué aire se da al difunto señorito! Se asemejan como dos gotas de agua, mismamente... Y tú, Genia—continúa Dolores—, vendrás hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... ¡Tantos años por esos mundos!...
Sonríe Eugenia, desmintiendo con su expresión sencilla las probabilidades de aquel supuesto cambio.
Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una relación de penas, en voz sigilosa, mientras elmozo se hace cargo de los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya en la niñez inició con vocación resuelta.
El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos muchachas, que van delante, á lento paso. Pero Regina sabe preguntar más de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado á Marta casi ninguna.
La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso de la clase popular del puerto cántabro, siente crecido y ferviente su respeto por la señorita que ya en la infancia le había inspirado admiración y docilidad. Va respondiendo á todas las consultas de la viajera, que se detiene á cada momento en un recodo, en un cruce, delante de un edificio, bajo la luz escasa y débil del alumbrado público:
—Este es el Ayuntamiento... ¿Le han levantado un piso?
—Sí, señora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la deSocorros mutuos, la dePropietariosy no sé cuáles otras...
—Aquí está la iglesia parroquial. Pero la torre... ¿No tenía torre?
—La partió un rayo y hubo que tirarla. ¡Ya hace mucho tiempo!... Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altísimas, y ya de ésta no hace caso nadie.
—Es más largo el muelle, ¿verdad?
—Mucho más largo. Y el mar queda más lejos; rellenaron un trozo grandísimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...
—Por aquel lado se sale á la Plaza Mayor.
—Sí, señorita. Esa está lo mismo que cuando se marchó usted, sólo que en medio han puesto la estatua de uno... ¡No me acuerdo el oficio que tiene!...
—¿Poeta?
—Otra cosa.
—¿Novelista?
—Tampoco.
—¿Marino?... ¿Soldado?
—¡Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.
—¿Ministro?
—¡Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar cerca de él; como es todo blanco parece un fantasma.
—Y dime, ¿todavía pasea la gente en los portalones?
—Todavía. Y hay música los jueves y los domingos, como «antes».
—Habrá muchas casas nuevas...
En el barrio de San Martín hay algunas; pero en el nuestro nada más que el hotel de los señores de Velasco.
—¿Viven en Torremar?
—Casi siempre. Desde que se murió el padre no aselan en Madrid, porque á la señora le pinta mucho esto.
—¿Qué fué de los hijos?
—El mayor estudia para sabio y parece que nunca acaba la carrera; lo mismo que el chiflado de don Juan Ramírez. Están siempre juntos entre libros, papelotes y animalejos... El otro es un cortejante de primera ¡y está muy guapo!
—¿Y esos de Ramírez? ¡Eramos tan amigos!
—¿Pero no sabe usted lo que les sucedió?
—Nada, hija.
—Una cosa tremenda...
—¿Triste?
—Muy triste.
—Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, ¿está donde estaba?
—¡Quia!... Tiene un edificio para él solo; dan bailes y conciertos. Además, «tenemos»Filarmónicay «estamos» haciendo un teatro...
—¡Cuántas novedades!... Pero, cualquiera diría que toda la población está durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas misteriosas, y pare usted de contar.
—Es que ya son las once, lo menos—dijo Marta bajando la voz, como si recordase de pronto que á tales horas era menester hablar bajito.
También siente Regina el imperioso mandato del «escucho». Y muy quedo, continúa la charla curiosa:
—¿Saben en el pueblo que yo llegaba?
—¡Vaya si lo saben! Todo el señorío está revuelto. Yo conté la noticia en la botica «de abajo», y como hay tertulia «se corrió» á escape. No hacen otra cosa que hablar de usted... Que si venía usted casada... que si viuda...
—¿Viuda?
—Que si se había usted quedado pobre...
—Pues date prisa á decir que vengo rica y soltera.
—Ya lo creo que lo diré... ¡Mire, mire! ¿Ve usted cómo tiembla aquella cortina?
—No veo nada.
—Sí; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las señoritas de Bernaldo.
—¿Pero no se han muerto?
—¿Morirse?... ¡Si la más pequeña todavía piensa en casarse!... Ya suponía yo que estarían de atalaya para vernos pasar... ¡Ah! ¿Sabe quién se acuerda de usted muchísimo?Timonel;aquel pescador que la enseñó á nadar y la llevaba siempre en su bote.
—¡PobreTimonel!... Ya estará viejo.
—Algo viejuco está, pero sigue «haciendo todas las mareas».
Un balcón se abre con sigilo encima de las muchachas, y unas cabezas se perfilan, estiradas y fisgonas, hacia la calle.
—¿Oye?—susurra Marta, oprimiendo el brazo que Regina apoya en el suyo.—Son las de Estrada, que la quieren ver.
—Buenas noches—dice pronta la voz de la señorita, lanzada al silencio con musicales trinos. Vibra el saludo en la obscuridad, mientras Marta acelera el paso y advierte á su compañera:
—No las diga nada... ¡Si es que la quieren ver á escondidas, sin que usted lo note!
Las cabezas acechantes se esfuman en la sombra, detrás del ruido sordo de una puerta.
—¡Ah, vamos!—dice Regina únicamente. Y se le figura que su pueblo dormido está soñando con ella; que los temblores del cortinaje y los mudos perfiles de las cabezas, son movimientos de pesadilla en aquelprofundo sopor. En vano por sorprender los horizontes familiares del puerto, medio borrados en la memoria, quiso cruzar las calles á pie, desde la estación hasta el viejo arrabal donde se yergue la casa nativa al socaire del monte, dominando la playa. Todo lo encuentra confuso y extraño al través de la ciudad obscura y silente. Apenas si en la sombra se dibujan los contornos del caserío, en manchas densas, con bruscos tajos de vías angostas sobre un hostil pavimento y bajo la llama lívida de los escasos faroles. Por las embocaduras del muelle llega el aura del mar, salobre y tónica, entre los murmullos del puerto y de la bahía. Se oyen de tarde en tarde algunos pasos y se esquician en la penumbra formas inciertas y movibles...
Antes de doblar la última esquina del barrio de San Martín, llamada también «el de abajo», el más urbano y populoso, las dos muchachas aguardan á Dolores y á Eugenia, que con Pablo vienen detrás. Enciende el mozo su farol de aceite, necesario á los trasnochadores en el arrabal marinero, cuando falta la luna, y el grupo caminante encuentra á pocos pasos, otro grupo quieto y silencioso, recatándose de la luz que Pablo lleva.
Vuelve Marta á estrechar el brazo de Regina y le dice, muy bajo:
—Son señoritos que están en acecho de la llegada de usted...
Ya el resuello del mar, libre en la playa, sube al camino empujado por una brisa acre y sutil, que en los huertos cercanos ha recogido esencias de flores primaverales.
Aquel aliento puro del mar y de la costa besa con ímpetu la cara sonriente de la viajera, cuyo flotante velo de crespón va dejando una estela de curiosidad y de atisbos, al través del pueblo que la mira con los ojos entornados...
la cajita blanca.—lumbres de hogar.—remos y flores.
Lalluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos deshilachados permiten ver á Regina un rebaño que ondula lento por la alta vereda. Los sordos gruñidos del mar extienden en la costa abrupta su amenaza resonante y quejosa.
Recordando las galernas terribles de aquel fiero Cantábrico, tan voluble como soberanamente hermoso, Regina escucha y mira en honda expectación.
Una campana vocinglera lanza al viento su toque de rebato, que rueda por el valle marinero con agudo estridor, mezcla de sollozo y dealeluya... ¿Es que llora?... ¿es que canta?
—¡Canta y llora!—piensa Regina, inclinando el busto sobre el trémulo barandaje de su balcón. De pronto mira al camino rústico que por encima de la playa cruza el arrabal hacia la sierra: extraño grupo bulle y se retuerce en el sendero, bajo la fina gasa de la lluvia; madrugadora procesión en cuyo centro blanco los ojos miopes de la muchacha descubren, al cabo de nopocas dudas, el féretro de un niño... Sí; eso es: una cajita que conducen cuatro chicuelas vestidas de albos ropajes, lacios y humildes; trepando van con rumbo al cementerio, que se asoma á los cantiles desde la silvestre llanura.
Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben las nieblas á las cumbres montaraces, y el rebaño á las floridas brañas; suben las olas á la playa rubia, y las voces de la campana á los nublados cielos... También sube, azaroso, un suspiro temblón y zozobrante de Regina de Alcántara, aunque los labios que le dieron licencia tratan de sonreir, comentando:
—¿Un niño infeliz que logra descansar?... ¿Un ángel que ha volado á la gloria?¡Aleluya... Aleluya...!
Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en aquel entierro blanco y humilde que se agarra á las ondulaciones del camino, sube que te sube, arañando la tierra en el esfuerzo de la pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia se sienta en un sillón á forjar otros planes, perspectivas más luminosas que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteño.
Pero allí anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de la señorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado, con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado por un friso y un rosetón de tosca factura. En un extremo se colocará la cama, conel recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el diván y los sillones de sedosa tapicería, un poco pálida; el tocador y el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artística columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografías, flores; y el balcón abierto á la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...
—Tendré un cuarto confortable y alegre, á estilo de aldea—dícese Regina—. Luego modificaré un poco todo el mobiliario, y cuando me case haré unchaletmoderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.
Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la mañana, y reacciona de aquella postración y aquel mutismo con una repentina actividad nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la servidumbre, y fatigándose inútilmente, sin haber hecho nada. De la impaciencia que la mueve por todas partes, con estéril inquietud tienen mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus años de ausencia.
Aquel rincón del mundo tan absolutamente olvidado por la «viajera rubia» durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo interés, como si sus límites le cerrasen todos los caminos de la tierra y allí estuviese esperándola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar ni de sus habitantes, desde que, niña y ambiciosa, partió de la ciudad norteña; y ahora se le figura que tiene allí escondidas muchas esperanzas y emociones, muchos cariños y proyectos.
—No salgas—le ha dicho Eugenia viéndola prontaá lanzarse á la calle—; vendrán visitas...; estás de luto riguroso.
Y la muchacha se detiene, á su pesar, ante la evidencia de estos graves motivos de reclusión; pero á cada momento se asoma á los balcones, baja al portal, hace preguntas referentes á cosas y familias de su pueblo, y se ríe sola, sin saber por qué, con los ojos rasos de lágrimas, sean tristes ó alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con la prisa de hacer otras.
La víspera, al llegar, á instancia generosa y urgente de Regina, quedó convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de Alcántara con la doble calidad de familiares y servidores, para que Eugenia estuviese descansada, gustando la compañía y ayuda de los suyos.
Fué Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y á los pocos años quedó viuda en una horrible galerna, de que aún se guardaba temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobró al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en cuanto el chico halló manera de cruzar sobre su elástica de punto un tirante ufano para sostén de los calzones. En continuas zozobras vió la madre espigar al marinero, y siempre encontró amargo como el agua salina el pan difícil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, más joven que su hermano, se hizo moza ayudando á su madre á coser toscas prendas de la gente de mar, á zurcir redes y aparejos, ó á la ordinaria confección de sacos para la vecina fábrica de yute, una de las más importantesindustrias de la ciudad. Más tarde la muchacha, poco satisfecha de tan vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendió el oficio de planchadora, y merced á su aplicación logró aumentar los ingresos de la familia y ofrecer á su madre algún descanso.
En la actualidad Marta sabía presentarse con finura y vestirse con pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y graciosa, y Regina pensó, desde luego, convertirla en gentil camarera y adueñarse de su voluntad con cariños y mercedes. No necesitó muchos esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindió, murmurando:
—Disponga lo que guste... ¡Tiene «un ángel» la señorita!...
Por su parte Dolores dijo que sí con efusión á cuanto Regina le propuso: vivir en una casa de señores, trabajar poco y gozar de buen trato y de buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo más reacio á capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de cabeza, no imaginando cómo á la señorita le parecía tan fácil que él dejara su puesto en la tripulación deMariposapara cuidar un jardín:—¡Ave María Purísima! ¿Cómo va á ser eso?—se interrogaba á sí mismo.
Pero Regina mostrábase obstinada:—Os quedáis los tres—decía—. ¡Vamos, hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Compraré un balandro; tú me darás lecciones de náutica y yo á ti de jardinería... «Lo cortés no quita á lo valiente»: habrá en esta casa remos y flores. ¿Qué dices?
Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tandulces ofertas, instaron á porfía para que Pablo aceptase. Y él, por fin, pronunció confuso:
—Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.
Afirmando que sí, Regina, muy alegre, tendió con llaneza las manos al pescador, el cual, no sabiendo qué hacer entre las suyas con aquel regalo tan fino, se puso muy colorado, y aflojó los dedos temblones y cobardes.
¡un alma nueva!—historia de la «bella durmiente».—el paladín de regina.
Lasantiguas amistades de la familia de Alcántara muy correctas y rigurosas en cuestiones de etiqueta, aguardan, sin duda, que descanse la niña enlutada y que arregle su nido. Y ella, que ya logró reposo para su cuerpo y aliño para su casa, tiene en tortura la curiosidad, esperando visitas que no llegan.
Ha salido el sol; ha sacudido Mayo con arrogancia sus bancales de flores, y todo es dulzura y aromas en el ambiente, luz y belleza en el horizonte.
Punzada en sus pesares por la alegría exterior, Regina, desde el fondo de su cuarto, contempla el mar y el cielo acerbamente, y sospecha con pesadumbre: ¿Nadie se acordará de mí?
—Don Carlitos Ramírez—anuncia con ufanía la fresca voz de Marta.
Y entra en el aposento un mozo elegante y gentil, de pocos años, á juzgar por la cara imberbe y la ingenua expresión de niño: es alto, moreno; toda la gracia de su persona viste un aire de nobleza y de bondadque subyuga; tiene doradas las pupilas, en las que se derrama un corazón amoroso, á la sombra negra y doble de unas pestañas admirables; lleva sobre los labios la pincelada obscura de un futuro bigote, y le baña el rostro cordial sonrisa, que alumbra sus palabras y actitudes con luz melancólica y ardiente.
La señorita y el doncel se miran un segundo, y ella rompe el silencio investigador de aquella mirada, abriendo los brazos al visitante:
—¡Abrázame, chiquillo!
Es muda y tierna la caricia; ambos amigos, abrazados, sonríen para disimular su emoción. Él quiere preguntar alguna cosa, y tímidamente balbuce:
—¿Daniel?...
Regina se pone un dedo tembloroso en los labios.
—Quiero olvidar; ¿sabes? Quiero creer que soy otra; que ni la tierra sepultó á mi padre, allá en país extranjero, ni soy yo la misma que vió á Daniel, tu camarada, morir en un barco en medio de los mares, y después... No, no; ¡qué recuerdos tan horribles!... Soy otra, Carlos; soy una criatura rara que nació sin familia; que de su pasado nada sabe; que no habla nunca de su vida de ayer... Al cabo—añadió, con temblor de cobardía en el acento—¿qué importa lo que ya pasó?
—Sí; haces bien, lo mejor es olvidar. Solamente—replica el mozo con grave tristeza—que algunas desgracias están siempre activas sobre nuestro corazón, y no llega la hora en que podamos decir: «ya pasaron»...
Recuerda Regina entonces que, según noticias de su doncella, á los de Ramírez les había sucedido una cosa «muy triste», y pregunta con interés:
—¿Tus padres?... ¿Ana María?...
—Mi hermana deseando verte. Mi padre está bueno.
—¿Tu madre, quizá?...
—¿No sabes nada?—dice él, sin levantar los ojos de la alfombra.
—Que algo adverso os ocurre; pero no he querido que me lo cuenten.
—Luego, ¿sospechas?...
—Nada. El enorme egoísmo que estoy cultivando me hace huir de mis penas y de las extrañas; sobre todo, si las padecen personas á quienes aprecio tanto como á vosotros... Temo que se relacione con tu madre lo que os aflige... ¿Acierto?
—Si huyes de penas, ¿qué te voy á contar? Esta es amarga como la hiel.
Sonaba la voz dulce del muchacho tan sorda y contenida, que la de Alcántara se apresuró á indagar con sincera inquietud:
—¿Está enferma tu madre?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Mi madre... huyó de Torremar hace tres años.
—¿Ella? ¿Carlota?... Huyó, dices... pero ¿por qué?
Callaba el mozo, trémulo, transido, luego de revelar con agudo esfuerzo la cruel noticia, pálido el semblante, henchidos de lágrimas los ojos.
Regina entonces, conforme sentía crecer la curiosidad en torno al drama, tuvo compasión, tuvo misericordia, un instante, de aquella pesadumbre tan dura que abatía la frente del muchacho.
Sentados como estaban los dos amigos en el pequeño sofá del gabinete, inclinábase ella, dulce y solícita,para buscar la turbia mirada de Carlos puesta en el suelo con angustiosa obstinación.
—Vas á contarme esa desventura—le encarece Regina.—Vas á decirme todas tus penas con grande confianza, como si fuésemos hermanos... No siempre creas en mi egoísmo; ya ves cómo tus palabras me conmueven.
Y, en efecto, la dama curiosa ha perdido la serenidad. No por la blanda emoción—vulgarísima y corriente á su parecer—del íntimo saludo ni del tierno coloquio, sino por la traza peregrina, por el aire singular con que el mancebo, heraldo de una tragedia, tal vez interesante, se manifiesta de súbito. La mujer zahorí, sabia leyente de corazones, piensa con avidez:
—No es un hombre cualquiera, ni un niño como hay muchos... Será preciso estudiarle...
Este afán, este loco deseo, se alza ahora en el corazón femenino dominando los impulsos de sus fugaces misericordias.
Con la rubia luz de los ojos y el treno apasionado de la voz, desata Carlos Ramírez en un segundo la dañosa afición que Regina siente hacia sorpresas y novedades.
Así que el amigo de la niñez habla, mira y sonríe, ella, la mariposa voraz sobre jardines raros, descubre la exótica flor, se estremece y murmura:
—¡Un alma «nueva»!...
Y giran las alas del insecto goloso en derredor del alma virgen, llena de luceros: espíritu infantil por su ingenuidad, santo y fuerte por su linaje.
Esconde Carlos como sagrada reliquia aquel pesar profundo que Regina quiere compartir; y á las exploracionesinsinuantes de la dama se resiste con pudor y quebranto.
—Lo has de saber—asegura—aunque no lo pretendas. Las torremarinas se proponen que «ese asunto» no pase de moda... Ya te lo contarán «por ahí», aumentado y corregido...
—En cambio tú me dirías lo justo y lo cierto...
—Sí; pero entonces resultaría la historia larga y triste por demás...—Un aire de secreto infortunio cela aquellos reparos y los ofrece con tales atractivos de extrañeza y de sombra, que Regina, exaltada delante del misterio, no acertaría á decir si sufre compasión ó se embriaga de gozo cuando en las redes de sus artificios y razones siente al muchacho vacilar y le ve, al fin, entregarse á las dulzuras de una íntima confidencia.
Carlos Ramírez, que es un niño grande, con arrestos varoniles y ribetes de romántico, ha profesado siempre acendrada admiración á la niña viajera, rubia y pálida, de quien oyó contar pasmosas aventuras y atractivos deslumbradores. Ahora que la tiene delante, transformada en mujer bonita y lagotera, vestida de luto para mayor encanto, siente el mozo, mirándola, una dulce desgarradura en el pecho. Es que la flor de sus emociones se abre incauta á los ojos de Regina, como el capullo de rosa besado por el sol. La viajera de antaño puede libar á su placer las primicias sentimentales de un alma «nueva», porque ya Carlos ofrece, generoso, el divino licor de la suya.
En el inconsciente sacrificio, la víctima se ofrenda seductora: tiene oro en la mirada, miel en los labios y una tragedia obscura, sangrando en el abierto corazón...¿Qué más pide Regina para considerarse feliz aquella tarde? Ya oprime el sazonado fruto del pecho herido y beberá el néctar hasta sentirse sacia. Tanto quiere saber del misterio de Carlota como del dolor de Carlos... ¡Aquellos ojos donde el sol se oculta en la nube de penas, aquella noble sonrisa resignada!... ¡Oh, el dolor!...—El dolor ajeno como espectáculo artístico—, piensa la escéptica observadora—, es curioso y notable. Hay en la más equilibrada naturaleza una dosis de crueldad que se gloria delante del drama humano y le busca y hasta le persigue...—Yo soy cruel—añade con un remoto espanto—, soy fría como la nieve. Estos sacudimientos que me estremecen ahora son morbosas impaciencias de morder las amargas revelaciones que he buscado, que he perseguido... Me voy á recrear en el drama de este mozo, mi camarada de la niñez, el ídolo pequeño de mi pobre hermano... ¡Y qué! Yo no tengo la culpa de que Carlos Ramírez, el rapaz que conocí, lindo como un juguete, venga hoy á visitarme en traza de hermoso caballero, con una historia tétrica en el bolsillo... Ni es cosa de hacer examen de conciencia porqueEl Dolor, usando el porte más garboso del mundo, me brinde un placer estético de alta categoría...
Aunque así razona la de Alcántara en rápida meditación, por el fondo de su curiosidad helada y cruel, sin pías veredas, igual que un monte nevado, corre un hilo de ternura, tan suave y oculto, que el mismo corazón por donde pasa no le siente. Mansa y sin voces la linfa del amor fluye y fluye, constante en las entrañas de Regina, como la excelsa gracia del bautismo que en los senos más duros prende y enflora; divinosol de piedad en lucha con la nieve de humanas impiedades...
También Carlos se sume en reflexiones aceleradas. Ha encontrado, sin duda, un corazón grande y amigo donde puede romper el broche pudoroso de su dolor: toma carne y espíritu la sombra fugitiva que se borró en la ausencia lo mismo que un ensueño, cuando el mozo de hoy era un nene que ya sabía soñar. Aquel rastro de ilusión infantil encendióse en luz de juveniles ansiedades, pero fué luz remota y ausente, como de estrella, resplandor inquieto de una felicidad imposible. Y de pronto, la errante lucecilla que Carlos avizoró por ilusos caminos, arde en negras miradas, calienta con acentos dulces, se yergue en la forma de una mujer peregrina del mundo, que ha sondeado los abismos de la tierra, que conoce las desolaciones del desierto y la llanura de los mares... ¡Cuánto no sabrá de vidas tristes! De seguro es su corazón un torrente de misericordia...
Así piensa el cautivo de Regina, mirando al suelo. En el vertiginoso volar de sus esperanzas le punzan con lacerante escozor los agravios que persiguen á su madre. Nadie se la nombra, como si fuese una vergüenza definitiva y segura que al hijo le quisieran perdonar; y los rumores hostiles que se acallan delante de él, por lástima ó por miedo, repercuten á su alrededor, sordos y agudos; le duelen, le sofocan; le han llevado, en instantes de espiritual cobardía, al borde de la demencia y del suicidio.
Sabe el muchacho de una sola mujer en Torremarque no culpa á Carlota de Heredia, que no atribuye delito ni sonrojo á su desaparición; pero es dama de muchos años y respetos á quien Carlos no se atreve á decir ni una palabra de la ausente. Hay un sacerdote en el pueblo que también por sus frases y actitudes demuestra caridad y ternura á la desaparecida señora, mas los hábitos y las canas de este varón piadoso sellan en la boca de Carlos la ansiada confidencia. Finalmente, un señor joven, muy amigo de la familia de Ramírez, es seguro que tributa á Carlota leal admiración y que la supone limpia de pecado. Aunque así lo comprende el hijo de la dama, motivos poderosos le retraen de tratar con el caballero las penas que le afligen. Y se conforma con sentir hacia aquella trinidad compasiva una profunda gratitud.
Así los años han corrido sin que logren refugio apropiado los anhelos del mozo: él quisiera verter del alma suya la piedad y el amor en la memoria de su madre; limpiar de dudas y de sombras el nombre amado; erguir la bella imagen de la ausente en un trono de lágrimas y duelo, puro y noble, donde se pudiera leer: «Fué desgraciada y buena»... Pero se siente amordazado por la inverosimilitud de muchas cosas que él solo sabe, que acaso nadie creerá cuando las diga; le detienen mil escrúpulos de íntimo pudor familiar; le amedrenta, sobre todo, la triste convicción de que sus palabras no hallarán en el pueblo ecos amigos ni piadosos rumores. No; su madre, la esposa de un hombre ilustre entregado toda la vida á su ciencia y á su hogar, es una mujer joven y hermosa... «que se ha fugado»... ni más ni menos... Solamente el corazón de Ana María conoce la tragedia en toda su magnitud.Y la moza también calla, también sufre, sin protestas ni alardes, el obscuro pesar, la negra desventura.
Pasa el tiempo, frío bálsamo de las cuitas humanas, y no acorta los afanes de Carlos. Tal vez olvidaría á su madre muerta, mas no la puede olvidar perdida sabe Dios dónde, loca ó desesperada por el mundo. La aflicción del hijo se convierte en un largo tormento. Trata de partir buscando las borradas huellas, el olvido ó la muerte; quiere padecer en el anónimo; lanzarse á una emigración pobre y suicida. Pero su hermana le persigue, cargados los grandes ojos de zozobra, y ruégale á menudo, con las manos en cruz:
—¡No me abandones!
Carlos se detiene conmovido, preso en las cadenas de enamorada caridad. ¿Qué haría sin él la dulce criatura, en las soledades de un rincón, siempre de luto?—Aguardaré—decide—hasta que ella se case. Y aguarda, romántico y triste, cuando aparece Regina como un astro, encendiendo promesas en los sombríos horizontes de aquella atormentada juventud...
Allí están los dos amigos, á la vez juntos y solos, ausentes en bien distinta ruta de pensamientos. Es ella la más pronta en regresar del imaginario viaje; pliega las alas de sus meditaciones, y segura de que tiene Carlos en sazón su discurso, le dice previsora:
—Espera.
Sale un momento y vuelve para tranquilizarle:
—Advertí á Marta y no vendrán á molestarnos. Ya puedes—añadió con aquella blandura persuasiva que su acento solía tomar—decirme tus pesares; que el relato brote desde lejanas horas, sincero y seguro delinterés que me produce: muéstrame vida y corazón imagino que tus dolores son de los que se alivian compartiéndolos y tengo esperanzas de poder consolarte cuando me los confíes. No son así los míos—dijo aún entre dientes con repentina acidez;—por eso los oculto.