El Rastreador

—“Gira en vano, reconcentraSu inmensidad y no encuentraLa vista en su vivo anhelo[83]Do fijar su fugaz vuelo,Como el pájaro en el mar.Doquier campo y heredadesDel ave y bruto guaridas;Doquier cielo y soledadesDe Dios sólo conocidas,Que Él sólo puede sondar.”

—“Gira en vano, reconcentraSu inmensidad y no encuentraLa vista en su vivo anhelo[83]Do fijar su fugaz vuelo,Como el pájaro en el mar.Doquier campo y heredadesDel ave y bruto guaridas;Doquier cielo y soledadesDe Dios sólo conocidas,Que Él sólo puede sondar.”

—“Gira en vano, reconcentraSu inmensidad y no encuentraLa vista en su vivo anhelo[83]Do fijar su fugaz vuelo,Como el pájaro en el mar.Doquier campo y heredadesDel ave y bruto guaridas;Doquier cielo y soledadesDe Dios sólo conocidas,Que Él sólo puede sondar.”

¿O el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?

—“De las entrañas de AméricaDos raudales se desatan:El Paraná, faz de perlas,[84]Y el Uruguay, faz de nácar.Los dos entre bosques correnO entre floridas barrancas,Como dos grandes espejosEntre marcos de esmeraldas.Salúdanlos en su pasoLa melancólica pava,El picaflor y el jilguero,El zorzal y la torcaza.Como ante reyes se inclinanAnte ellos ceibos y palmas,Y les arrojan[85]flor del aire,[86]Aroma y flor de naranja;Luego en el Guazú se encuentran.[87]Y reuniendo sus aguas,Mezclando nácar y perlasSe derraman en el Plata.”

—“De las entrañas de AméricaDos raudales se desatan:El Paraná, faz de perlas,[84]Y el Uruguay, faz de nácar.Los dos entre bosques correnO entre floridas barrancas,Como dos grandes espejosEntre marcos de esmeraldas.Salúdanlos en su pasoLa melancólica pava,El picaflor y el jilguero,El zorzal y la torcaza.Como ante reyes se inclinanAnte ellos ceibos y palmas,Y les arrojan[85]flor del aire,[86]Aroma y flor de naranja;Luego en el Guazú se encuentran.[87]Y reuniendo sus aguas,Mezclando nácar y perlasSe derraman en el Plata.”

—“De las entrañas de AméricaDos raudales se desatan:El Paraná, faz de perlas,[84]Y el Uruguay, faz de nácar.Los dos entre bosques correnO entre floridas barrancas,Como dos grandes espejosEntre marcos de esmeraldas.Salúdanlos en su pasoLa melancólica pava,El picaflor y el jilguero,El zorzal y la torcaza.Como ante reyes se inclinanAnte ellos ceibos y palmas,Y les arrojan[85]flor del aire,[86]Aroma y flor de naranja;Luego en el Guazú se encuentran.[87]Y reuniendo sus aguas,Mezclando nácar y perlasSe derraman en el Plata.”

Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y desaliñada del gaucho.

También nuestro pueblo es músico. Ésta es una predisposición nacional que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o le pasan una vihuela,y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, lo extrañan, y no le creen, “porque siendo argentino”, dicen, “debe ser músico”. Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos nacionales. En efecto, el joven culto de las ciudades toca el piano o la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche, el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos ambulantes.

El pueblo campesino tiene sus cantares propios: eltriste, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio, plañidero, natural al[88]hombre en el estado primitivo de barbarie, según Rousseau; lavidalita, canto popular con coros,[89]acompañado de la guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reune la muchedumbre y va engrosando el cortejo y el estrépito de las voces. Este canto me parece heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó[90]en celebración de la Candelaria, y como canto religioso debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles[91]argentinos. Lavidalitaes el metro popular en que se cantan los asuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso que canta, y lo populariza por las asociaciones que su canto[92]exige.

Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas que ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El joven Echeverría residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de sus versos sobre la pampa le había precedido ya; los gauchos lo rodeaban con respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdén hacia elcajetilla, alguno leinsinuaba al oído: “es poeta,” y toda prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.

Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular de los españoles, y que es común en América. En Buenos Aires, sobre todo, está todavía muy vivo el tipo popular español, elmajo. Descúbresele en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. Eljaleoespañol vive en elcielito; los dedos sirven de castañuelas. Todos los movimientos de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera de escupir por entre los colmillos, todo es un andaluz genuino.[93]

Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan especialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte original al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquí algunos que servirán para completar la idea de[94]las costumbres, para trazar en seguida el carácter, causas y efectos de la guerra civil.[95]

El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es elrastreador. Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan dilatadas en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones, y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil; conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o vacío. Ésta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como de costumbre, la vista al suelo. “Aquí va, dijo luego, una mulita mora, muy buena... ésta es la tropa de don Zapata... es de muy buena silla... va ensillada...[96]ha pasado ayer...” Este hombre venía de la[97]sierra de San Luis, la tropa volvía de Buenos[98]Aires, y hacía un año que él había visto por última vez la mulita mora cuyo rastro estaba confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto que parece increíble, es con todo, la ciencia vulgar; éste era un peón de arria, y no un rastreador de profesión.

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee, le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos lo tratan con consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un robo se ha ejecutado[99]durante la noche; no bien se nota, corren a buscar una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que el viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el rastro y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esa pisada que para otro es imperceptible. Sigue el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa, y señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: “¡Éste es!” El delito está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación. Para él, más que para el juez, la deposición del rastreadores la evidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a este testigo que[100]considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficio durante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años; encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta: “ya no valgo nada; ahí están los niños;” los niños son sus hijos, que han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbar regresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajo por una calle de los suburbios, entra en una casa, y encuentra su montura ennegrecida ya, y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado el rastro de su raptor después de casi dos años! El año 1830, un reo condenado a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fue encargado de buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado todas las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió. ¡Precauciones inútiles! Acaso sólo sirvieron paraperderle; porque, comprometido Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todas las desigualdades del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio, y volvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la pista; si le sucedía momentáneamente extraviarse,[101]al hallarla de nuevo exclamaba: “¡Dónde[102]temi-as-dir!” Al fin llegó a una acequia de agua en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al rastreador.... ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas, sin inquietud, sin vacilar. Al fin se detiene, examina unas hierbas,[103]y dice: “Por aquí ha salido; no hay rastros, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican.” Entra en una viña; Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: “Adentro está.” La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta de la inutilidad de las pesquisas. “No ha salido”, fué la breve respuesta que sin moverse, sin proceder a nuevo examen, dió el rastreador. No había salido en efecto, y al día siguientefué ejecutado. En 1830 algunos reos políticos intentaban una evasión: todo estaba preparado, los auxiliares de afuera prevenidos; en el momento de efectuarla, uno dijo: “¿Y Calíbar?—¡Cierto!—contestaron los otros anonadados, aterrados,—¡Calíbar!”

Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que estuviese enfermo cuatro días contados desde la evasión, y así pudo efectuarse sin inconveniente.

¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!

Después del rastreador, viene elbaquiano, personaje[104]eminente y que tiene en sus manos la suerte de los particulares y la de las provincias. El baquiano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más completo; es el único mapa que lleva ungeneral para dirigir los movimientos de su campaña. El baquiano va siempre a su lado. Modesto y reservado como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; la suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una provincia, todo depende de él.

El baquiano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general tiene en él plena confianza. Imaginaos la posición de un jefe condenado[105]a llevar un traidor a su lado, y a pedirle los conocimientos indispensables para triunfar. Un baquiano encuentra una sendita que hace cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada[106]remota conduce; si encuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien leguas, él las conoce todas, sabe de donde vienen y adonde van. Él sabe el vado oculto que tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cien ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos un sendero por donde pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien ciénagos distintos.

En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se[107]desmonta, se inclina a tierra, examina algunosmatorrales y se orienta de la altura en que se halla; monta en seguida, y les dice para asegurarlos: “Estamos en dereceras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el camino ha de ir al[108]Sur”—y se dirige hacia el rumbo que señala, tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones que el temor o la fascinación sugiere a los otros.

Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad es impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y la tierra, los masca, y después de repetir este procedimiento varias veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo de agua salada, o[109]dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El general Rosas, dicen, conoce por el gusto el[110]pasto de cada estancia del sur de Buenos Aires.

Si el baquiano lo es de la pampa, donde no hay[111]caminos para atravesarla, y un pasajero le pideque lo lleve directamente a un paraje distante cincuenta leguas, el baquiano se para un momento, reconoce el horizonte, examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con la rectitude de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo él sabe, y galopando día y noche, llega al lugar designado.

Estancia en las Pampas Fraser, The Amazing Argentine Photograph by A. W. Boote & Co., Buenos AiresEstancia en las Pampas(Fraser, The Amazing Argentine        Photograph by A. W. Boote & Co., Buenos Aires)

El baquiano anuncia también la proximidad del enemigo; esto es, diez leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección. Cuando se aproxima,[112]observa los polvos[113], y por su espesor cuenta la fuerza: “son dos mil hombres”, dice—“quinientos”, “doscientos”, y el jefe obra bajo este dato, que[114]casi siempre es infalible. Si los cóndores y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir si hay gente escondida, o es un campamento recién abandonado, o un simple animal muerto. El baquiano conoce la distancia que hay de un lugar a otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y además una senda extraviada e ignorada por donde se puede llegar de sorpresa en la mitad del tiempo; así es que las partidas de montoneras emprenden sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas de distancia, y que casi siemprelas aciertan.[115]¿Creeráse exagerado[116]? ¡No! El general Rivera,[117]de la Banda Oriental,[118]es un simple baquiano que conoce cada árbol que hay en toda la extensión de la República del Uruguay. No la hubieran ocupado los brasileños sin su auxilio, y no la hubieran libertado sin él los argentinos. Oribe,[119]apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años de lucha con el general baquiano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy con sus numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay, puede desaparecer destruído a pedazos, por una sorpresa, por una fuerza cortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho, por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo, o por otro accidente inadvertido o insignificante.

El general Rivera principió sus estudios del terreno el año 1804, y haciendo la guerra a las autoridades, entonces como contrabandista, a los contrabandistas después como empleado, al rey en seguida como patriota, a los patriotasmás tarde como montonero, a los argentinos como jefe brasileño, a éstos como general argentino, a Lavalleja como presidente, al presidente Oribe[120]como jefe proscrito, a Rosas, en fin, aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para aprender un poco de la ciencia del baquiano.

Éste es un tipo de ciertas localidades, unoutlaw, unsquatter, un misántropo particular. Es el Ojo del Halcón, el Trampero de Cooper, con toda[121]su ciencia del desierto, con toda su aversión a las poblaciones de los blancos; pero sin su moral natural y sin sus conexiones con los salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin que este epíteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue[122]desde muchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio y casi con respeto. Es un personaje misterioso; mora en la pampa, son su albergue los cardales; vive de perdices y demulitas; si alguna vez quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea[123]solo, la mata, saca su bocado predilecto, y abandona lo demás a las aves montesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la partida acaba de salir; conversa pacíficamente con los buenos gauchos, que lo rodean y lo admiran; se proveede los vicios, y si divisa la partida, monta[124]tranquilamente en su caballo, y lo apunta hacia el desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. La partida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos, porque el que monta el Gaucho Malo es un parejeropangaré, tan célebre como su amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la justicia, acomete lo más espeso de la partida, y a merced de cuatro tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los soldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose sobre el lomo del caballo para sustraerse a la acción de balas que lo persiguen, endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entre él y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Los poetas de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía del héroe del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña. A veces se presenta a la puertade un baile campestre con una muchacha que ha robado; entra en baile con su pareja, confúndese[125]en las mudanzas delcielito, y desaparece sin que nadie lo advierta. Otro día se presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la grupa a la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de los padres que lo siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.[126]

Este hombre divorciado con la sociedad, proscrito por las leyes; este salvaje de color blanco, no es en el fondo un ser más depravado que los que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partida entera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es un bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea, como el robo no entraba en la idea delChurriador; roba, es cierto, pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia: roba caballos. Una vez viene al real de una tropa del interior; el patrón propone comprarle un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas, con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un momento, y después de un rato de silencio, contesta: “No hay actualmente caballo así.” ¿Qué ha estadopensando el gaucho? En aquel momento ha recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinado todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color, señas particulares,[127]y se ha convencido de que no hay ninguno que tenga una estrella en la paleta: unos la tienen en la frente, otros una mancha blanca en el anca.

¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napoleón conocía por sus nombres a doscientos mil soldados, y recordaba, al verlos, todos los hechos que a cada uno de ellos se referían. Si[128]no se le pide, pues, lo imposible, en día señalado, en un punto dado del camino, entregará un caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea un motivo de faltar a la cita. Tiene sobré este punto el honor de los tahures sobre la deuda. Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fé. Entonces se le ve cruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante; si alguno lo encuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos[129]que él lo solicite.

Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, de civilización, de barbarie, y de peligros.ElGaucho Cantores el mismo bardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma escena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos, entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pago en pago, de “tapera en galpón”, cantando sus héroes de la pampa, perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios han robado sus hijos en unmalónreciente, la derrota y la muerte del valiente Rauch,[130]la catástrofe de Facundo Quiroga,[131]y la suerte que cupo a Santos Pérez. El cantor está haciendo candorosamente el mismo trabajo de crónica, costumbres, historia, biografía, que el bardo de la Edad Media; y sus versos serían recogidos más tarde como los documentos y datos en que habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no estuviese otra sociedad culta, con superior inteligencia de los acontecimientos que el infeliz[132]despliega en sus rapsodias ingenuas. En la República Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo suelo: una naciente, que sin conocimientode lo que tiene sobre su cabeza,[133][133a]está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a los pies,[134]intenta realizar los últimos resultados de la civilización europea: el siglo XIX y el siglo XII viven juntos; el uno dentro de las ciudades, el otro en las campañas.

El cantor no tiene residencia fija: su morada está donde la noche le sorprende: su fortuna en sus versos y en su voz. Dondequiera[135]que elcielitoenreda sus parejas sin tasa, dondequiera que se apura una copa de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el festín. El gaucho argentino no bebe, si la música y los versos no lo excitan,[136]y cadapulperíatiene su guitarra para poner en manos del cantor, a quien el grupo de caballos estacionados a la puertaanuncia a lo lejos donde se necesita el concurso de su gaya ciencia.

El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propias hazañas. Desgraciadamente, el cantor, con ser[137]el bardo argentino, no está libre de tener[138]que habérselas con la justicia. También tiene que dar cuenta de sendas puñaladas que ha distribuído, una o dosdesgracias(¡muertes!) que tuvo, y algún caballo o muchacha que robó. El año 1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso Paraná, estaba sentado en el suelo y con las piernas cruzadas un cantor que tenía azorado y divertido a un auditorio con la larga y animada historia de sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto[139]de la querida, con los trabajos que sufrió; lo de ladesgracia, y la disputa que la motivó; estaba refiriendo su encuentrocon la partida y las puñaladas que en su defensa dió, cuando el tropel y los gritos de los soldados le avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se había cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba hacia el Paraná, que corría veinte varas más abajo, tal era la altura de la barranca. El cantor oyó la grita sin turbarse: viósele de improviso sobre el caballo, y echando una mirada escudriñadora sobre el círculo de soldados con las tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, le pone el poncho en[140]los ojos y clávale las espuelas. Algunos instantes después se veía salir de las profundidades del[141]Paraná, el caballo sin freno, a fin de que nadase con más libertad, y el cantor tomado de la cola,[142]volviendo la cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, hacia la escena que dejaba en la barranca. Algunos balazos de la partida no estorbaron que llegase sano y salvo al primer islote que sus ojos divisaron.

Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona, irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento: más narrativa que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vida campestre, del caballo, y de las escenas del desierto, que la hacen metafórica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado malévolo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de ordinario, elevándose a la altura poética por momentos, para caer de nuevo al recitado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, el cantor posee su repertorio de poesías populares, quintillas, décimas y octavas, diversos géneros de versos octosilábicos. Entre éstas hay muchas composiciones de mérito, y que descubren inspiración y sentimiento.

Aun podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmente curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es imposible comprender nuestros personajes políticos, ni el carácter primordial y americano de la sangrienta lucha[143]que despedaza a la República Argentina. Andando esta historia,[144]el lector va a descubrir por sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baquiano, el gaucho malo y elcantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las fronteras argentinas, y aun en aquellos que llenan el mundo con el horror de su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus costumbres y su organización.

Le gaucho vit de privations, mais son luxe est la liberté. Fier d’une indépendence sans bornes, ses sentiments, sauvages comme sa vie, sont pourtant nobles et bons.—Head

Le gaucho vit de privations, mais son luxe est la liberté. Fier d’une indépendence sans bornes, ses sentiments, sauvages comme sa vie, sont pourtant nobles et bons.—Head

(Motto.The gaucho lives amid privations, but his luxury is freedom. Proud of the boundless independence he enjoys, his sentiments, as wild as his life, are nevertheless noble and good.Taken fromCroquis des Pampas, written in 1826 by Sir Francis Bond Head, after his return to England from his mission as director of a mining company in the provinces of the Plata.)

En el capítulo primero[145]hemos dejado al campesino argentino en el momento en que ha llegado a la edad viril, tal cual lo ha formado la naturaleza y la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin ideas de gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo punto imposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a entrar en otra escalade la vida campestre, que, aunque vulgar, es el punto de partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver desenvolverse muy luego.

No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente[146]pastores; que en éstos tomo la fisonomía fundamental,[147]dejando las modificaciones accidentales que experimentan, para indicar a su tiempo los efectos[148]parciales. Hablo de la asociación de estancias que, distribuídas de cuatro en cuatro leguas, más o menos, cubren la superficie de una provincia.

Las campañas agrícolas subdividen y diseminan también la sociedad, pero en una escala muy reducida; un labrador colinda con otro: y los aperos de labranza y la multitud de instrumentos, aparejos, bestias, que ocupa,[149]lo variado[150]de sus productos y las diversas artes que la agricultura llama en su auxilio, establecen relaciones necesarias entre los habitantes de un valle y hacen indispensable un rudimento de villa que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidados y faenas que la labranza exige, requieren tal número de brazos, que la ociosidad se hace imposible, y los varones se ven forzados a permanecer en el recinto de la heredad. Todo lo contrario sucede en esta[151]singular asociación. Los límites de la propiedad[152]no están marcados; los ganados, cuanto más numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga de todas las faenas domésticas y fabriles; el hombre queda desocupado, sin goces, sin ideas, sin atenciones forzosas; el hogar doméstico lo fastidia, lo expele, digámoslo así. Hay necesidad, pues, de una sociedad facticia para remediar esta desasociación normal. El hábito contraído desde la infancia de andar a caballo, es un nuevo estímulo para dejar la casa.

Los niños tienen el deber de echar caballos al corral apenas sale el sol; y todos los varones, hasta los pequeñuelos, ensillan su caballo, aunque[153]no sepan qué hacerse. El caballo es una integrante del argentino de los campos; es para él lo que la corbata para los que viven en el seno de[154]las ciudades. El año 41, el Chacho, caudillo de[155]los Llanos, emigró a Chile.—¿Cómo le va amigo?,—le preguntaba uno.—¡Cómo me ha de ir!—,[156]contestó con el acento del dolor y de la melancolía.—¡EnChile... y a pie! Sólo un gaucho argentino sabe apreciar todas las desgracias y todas las angustias que estas dos frases expresan.[157]

Aquí vuelve a aparecer la vida árabe, tártara. Las siguientes palabras de Victor Hugo parecen escritas en la pampa:

“¡No podría combatir a pie! no hace sino una sola persona con su caballo.”—(Le Rhin)

Salen, pues, los varones sin saber fijamente adónde. Una vuelta a los ganados, una visita a una cría o a la querencia de un caballo predilecto, invierte una pequeña parte del día; el resto lo absorbe una reunión en una venta opulpería. Allí concurren cierto número de parroquianos de los alrededores; allí se dan y adquieren noticias[158]sobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas del ganado, sábese dónde se caza el tigre, dónde se le han visto rastros al león: allí[159]en fin, está el cantor; allí se fraterniza por el[160]circular de la copa y las prodigalidades de los que poseen.

Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas Una Pulpería en el CampoUna Pulpería en el Campo(Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)

En esta vida tan sin emociones, el juego sacude los espíritus enervados, el licor enciende las imaginaciones adormecidas. Esta asociación accidental de todos los días viene, por su repetición, a formar una sociedad más estrecha que la de donde partió cada individuo; y en esta asamblea, sin objeto público, sin interés social, empiezan a[161]echarse los rudimentos de las reputaciones que más tarde, y andando los años, van a aparecer en la escena política. Ved cómo.

El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas físicas, la destreza en el manejo del caballo y, además, el valor. Esta reunión, esteclubdiario, es un verdadero circo olímpico en que se ensayan y comprueban los quilates del mérito de cada uno.

El gaucho anda armado del cuchillo, que ha heredado de los españoles; esta peculiaridad de la Península, este grito característico de Zaragoza,[162]¡guerra a cuchillo!, es aquí más real que en España.[163]El cuchillo, a más de un arma, es un instrumento[164]que le sirve para todas sus ocupaciones; no puedevivir sin él; es como la trompa del elefante, su brazo, su mano, su dedo, su todo. El gaucho, a la par de jinete, hace alarde de valiente y el[165]cuchillo brilla a cada momento, describiendo círculos en el aire a la menor provocación, sin provocación alguna, sin otro interés que medirse con un desconocido; juega a las puñaladas como jugaría a los dados. Tan profundamente entran estos hábitos pendencieros en la vida íntima del gaucho argentino, que las costumbres han creado sentimientos de honor y una esgrima que garantiza[166]la vida. El hombre de la plebe de los demás países toma el cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para pelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy borracho, es preciso que tenga instintos verdaderamente malos o rencores muy profundos, para que atente contra la vida de su adversario. Su objeto es sólomarcarlo, darle una tajada en la cara, dejarle una señal indeleble. Así se ve a estos gauchos[167]llenos de cicatrices, que rara vez son profundas. La riña, pues, se traba por brillar, por la gloria[168]del vencimiento, por amor a la reputación. Anchocírculo se forma en torno de los combatientes, y los ojos siguen con pasión y avidez el centelleo de puñales, que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangre corre a torrentes, los espectadores se creen obligados en conciencia a separarlos. Si sucede unadesgracia, las simpatías están por el que se desgració; el mejor caballo le sirve para alejarse a parajes lejanos, y allí lo acoge el respeto o la compasión. Si la justicia le da alcance, no es raro que haga frente, y sicorre a la partida,[169]adquiere un renombre desde entonces que se dilata sobre una ancha circunferencia. Transcurre el tiempo, el juez ha sido mudado, y ya puede presentarse de nuevo en su pago sin que se proceda a ulteriores persecuciones; está absuelto. Matar es una desgracia, a menos que el hecho se repita tantas veces que inspire horror el contacto del asesino. El estanciero Don Juan Manuel de Rosas, antes de ser hombre público, había hecho de su residencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jamás consintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que se explicarían fácilmente por su carácter de gaucho propietario, si su conducta posterior no hubiese revelado afinidades[170]que han llenado de espanto al mundo.

En cuanto a los juegos de equitación, bastaría[171]indicar uno de los muchos en que se ejercitan, para juzgar del arrojo que para entregarse a ellos se requiere. Un gaucho pasa a todo escape por enfrente de sus compañeros. Uno le arroja un[172]tiro de bolas, que en medio de la carrera maniata el caballo. Del torbellino de polvo que levanta éste al caer vese salir al jinete corriendo seguido del caballo,[173]a quien el impulso de la carrera interrumpida hace avanzar obedeciendo a las leyes de la física. En este pasatiempo se juega la vida, y a veces se pierde.

Gaucho en el Acto de Arrojar un Tiro de Bolas Hutchinson, Buenos Aires and Argentine GleaningsGaucho en el Acto de Arrojar un Tiro de Bolas(Hutchinson, Buenos Aires and Argentine Gleanings)

¿Creeráse que estas proezas y la destreza y la audacia en el manejo del caballo son la base de las grandes ilustraciones que han llenado con su nombre la República Argentina y cambiado la faz del país? Nada es más cierto, sin embargo. No es mi ánimo persuadir a que el asesinato y el crimen hayan sido siempre una escala de ascensos. Millares son los valientes que han parado en bandidos[174]oscuros; pero pasan de centenares los que a esos hechos han debido su posición. En todas las sociedades despotizadas, las grandes dotes naturales van a perderse en el crimen; elgenio[175]romano que conquistara el mundo, es hoy el[176]terror de los Lagos Pontinos,[177]y los Zumalacárregui,[178]los Mina españoles, se encuentran a centenares en Sierra Leona. Hay una necesidad para el hombre[179]de desenvolver sus fuerzas, su capacidad y su ambición, que cuando faltan los medios legítimos,[180]él se forja un mundo con su moral y sus leyes aparte, y en él se complace en mostrar que había nacido Napoleón o César.

Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espíritu es inútil o imposible, donde los negocios municipales no existen, donde el bien público es una palabra sin sentido, porque no hay público, el hombre dotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello los medios y caminos que encuentra. El gaucho será un malhechor o un caudillo, según el rumbo que las cosas tomen en el momento en que ha llegado a hacerse notable.

Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión, y para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún. Lo que al principio dije del capataz de carretas,[181]se aplica exactamente al juez de campaña. Ante toda otra cosa, necesita valor: el terror de su nombre es más poderoso que los castigos que aplica. El juez es naturalmente algún famoso de tiempo[182]atrás, a quien la edad y la familia han llamado ala vida ordenada. Por supuesto, que la justicia[183]que administra es de todo punto arbitraria; su conciencia o sus pasiones lo guían, y sus sentencias son inapelables. A veces suele haber jueces de[184]éstos, que lo son de por vida, y que dejan una[185]memoria respetada. Pero la conciencia de estos medios ejecutivos, y lo arbitrario de las penas,[186]forman ideas en el pueblo sobre el poder de laautoridad, que más tarde vienen a producir sus efectos. El juez se hace obedecer por su reputación de audacia temible, su autoridad, su juicio sin formas, su sentencia, unyo lo mando, y sus castigos inventados por él mismo. De este desorden, quizá por mucho tiempo inevitable, resulta que el caudillo que en las revueltas llega a elevarse, posee sin contradicción, y sin que sus secuaces[187]duden de ello, el poder amplio y terrible que sólo se encuentra hoy en los pueblos asiáticos. El caudillo argentino es un Mahoma que pudiera a su antojo cambiar la religión dominante y forjaruna nueva. Tiene todos los poderes: su injusticia es una desgracia para su víctima, pero no un abuso de su parte; porque él puede ser injusto; más todavía, él ha de ser injusto necesariamente; siempre lo ha sido.

Lo que digo del juez es aplicable al comandante[188]de campaña. Éste es un personaje de más alta categoría que el primero, y en quien han de reunirse en más alto grado las cualidades de reputación y antecedentes de aquél. Todavía una circunstancia[189]nueva agrava, lejos de disminuir, el mal. El gobierno de las ciudades es el que da el título de comandante de campaña; pero como la ciudad es débil en el campo, sin influencias y sin adictos, el gobierno echa mano de los hombres que más temor le inspiran para encomendarles este empleo, a fin de tenerlos en su obediencia; manera muy[190]conocida de proceder de todos los gobiernos débiles, y que alejan el mal del momento presente, para que se produzca más tarde en dimensiones colosales. Así el gobierno papal hace transacciones[191]con los bandidos, a quienes da empleos enRoma, estimulando con esto el vandalaje y creándole un porvenir seguro: así el sultán concedía[192]a Mehemet Alí la investidura de Bajá de Egipto, para tener que reconocerlo más tarde rey hereditario a trueque de que no lo destronase.[193]Es singular que todos los caudillos de la revolución[194]argentina han sido comandantes de campaña: López e Ibarra, Artigas y Güemes, Facundo y[195]Rosas. Es el punto de partida para todas las ambiciones. Rosas, cuando hubo apoderádose de la ciudad, exterminó a todos los comandantes que[196]lo habían elevado, entregando este influyente cargo a hombres vulgares, que no pudiesen seguir el camino que él había traído: Pajarito, Celarrayán,[197]Arbolito, Pancho el Ñato, Molina, eranotros tantos comandantes de que Rosas purgó al[198]país.

Doy tanta importancia a estos pormenores, porque ellos servirán a explicar todos nuestros fenómenos sociales, y la revolución que se ha estado obrando en la República Argentina: revolución que está desfigurada por palabras del diccionario civil, que la disfrazan y ocultan creando ideas erróneas: de la misma manera que los españoles, al desembarcar en América, daban un nombre europeo conocido a un animal nuevo que encontraban, saludando con el terrible de león, que trae al espíritu la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, al miserable gato llamado puma, que huye a la vista de los perros, y tigre al jaguar de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcan estos fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendrá luego a mostrar cuán sólidos e indestructibles son. La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar; es un orden de cosas, un sistema de asociación, característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar toda nuestra revolución. Había antes de 1810 en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles; dos civilizaciones diversas: la una española, europea,culta; y la otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades sólo iba a servir[199]de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen, y después de largos años de lucha, la una absorbiese a la otra. He indicado la asociación normal de la campaña, la desasociación, peor mil veces que la[200]tribu nómada; he mostrado la asociación ficticia en la desocupación, la formación de las reputaciones[201]gauchas—valor, arrojo, destreza, violencia y oposición a la justicia regular, a la justicia civil de la ciudad. Este fenómeno de organización social existía en 1810, existe aún modificado en muchos puntos, modificándose lentamente en otros, e intacto en muchos aún. Estos focos de[202]reunión del gauchaje valiente, ignorante, libre y desocupado, estaban diseminados a millares en la campaña. La revolución de 1810 llevó a todas partes el movimiento y el rumor de las armas. La vida pública que hasta entonces había faltado a esta asociación árabe-romana, entró en todas las ventas, y el movimiento revolucionario trajo al fin la asociación bélica en lamontoneraprovincial, hija legítima de la venta y de la estancia,enemiga de la ciudad y del ejército patriota revolucionario. Desenvolviéndose los acontecimientos, veremos lasmontonerasprovinciales con sus caudillos a la cabeza; en Facundo Quiroga,[203]últimamente triunfante en todas partes, la campaña sobre las ciudades, y dominadas éstas en su espíritu, gobierno, civilización, formarse al fin el gobierno central, unitario, despótico, del estanciero Don Juan Manuel de Rosas que clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho y destruye la obra de los siglos, la civilización, las leyes y libertad.

LlamoPaís de la Selvaa la región argentina que se extiende, en el interior de la república, desde la cuenca de los grandes ríos hasta las primeras ondulaciones de la montaña, es decir,[204]entre las llanuras bañadas por el Paraná y sus afluentes y los contrafuertes iniciales de la cordillera de los Andes. A esa región central correspondíale en los tiempos del coloniaje el nombre de Tucumán, y abarcaba, más o menos, las actuales provincias de Tucumán, Santiago del[205]Estero y Córdoba. En los tiempos anteriores a la conquista estuvo ella poblada por varias razas y pueblos indígenas, entre los cuales descollaran[206]los Lules, por haber recibido y adoptado del Cuzco la cultura quichua o incásica.[207]

No hay en toda la República Argentina territorio alguno donde existan más tradiciones y leyendas locales que en el País de la Selva. Los mitos y argumentos legendarios de la antigua cultura indígena han persistido hasta los tiempos actuales, mezclándose y amalgamándose a veces, curiosa y originalmente, a las ideas y sentimientos aportados por la conquista española. Es sobre todo en la provincia de Santiago del Estero, que se diría el corazón del País de la Selva, donde mayormente se conservan las antiguas leyendas indiocoloniales, siendo las más populares la deZupayy la delKacuy.

Transmítense las leyendas verbalmente en quichua, de padres a hijos. Pero la Selva tiene también sus trovadores que saben cantar su poesía. La poesía y la música se hallan unidas en las costumbres de la Selva, cual lo estuvieron en la Grecia clásica. Siendo éstas las manifestaciones estéticas más genuinas del país, los trovadores, generalmente, cultivan las dos. La melodía acompaña y sostiene la copla, y ambas se integran en la danza por un ritmo común.

Ninguna de las fiestas del país se realiza sin la presencia del trovador, especie de sacerdote de la alegría y de la muerte. Es su escenario la selva[208]toda, recorrida por él en vida vagabunda. Hoyle llevan a velorios, mañana a una trinchera de carnestolendas, después a pesebres, luego a holgorios de boda, más tarde a bailes tradicionales.... Él es el órgano expresivo de todos los sentimientos del pueblo. Él agasaja al viajero, al caudillo, al magistrado, o simplemente al patrón. Él anima las reuniones carnavalescas o nupciales; él plañe en torno al féretro de los difuntos monótonas alabanzas, y junto al cadáver de los párvulos musita las letanías de los ángeles,—pues allí donde no llega la acción sacramental de la iglesia, no sólo realiza su misión profana de la alegría báquica, sino las ceremonias de un verdadero culto religioso....

Ninguna particular indumentaria singulariza la indumentaria del cantor; pero el instrumento del cual se acompaña, completa su figura. Cultiva ante todo el amor de su vihuela. Protégela de la humedad y del sol; quiérela como si fuera una mujer.... Y la vihuela corresponde tanto a sus amores, que la trova dice:


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