En esta ocasión fué cuando se le dijo á doña Sabina, que estaba,de oídas, al tanto de los acontecimientos, «haz economías», ó lo que es igual, «no más teatro diario, no más competencias de lujo en los paseos». Esto no podía ser en tales circunstancias. Era preciso hacer un esfuerzo. Cuando menos, una escapadita al teatro, de vez en cuando, y tal cual exhibición en el paseo, aunque fuera con los trajes del ropero. Porque la amorosa madre tenía en su poder el cebo más estimulante que podía apetecer á aquel Pluto trasatlántico, dado que Enriqueta era la belleza más atractiva del pueblo, y con tales ventajas no era cosa de resignarse al papel de espectadora en aquella lucha encarnizada que se había empeñado entre el ejército femenil de la buena sociedad para conquistar las atenciones del recién venido.
De la cual lucha había resultado (y esto lo ignoraba doña Sabina) que el ostentoso Nabab había ido familiarizándose con la contemplación de tantas y tan pertinaces bellezas, hasta el punto de que yano le movían, como declaró una noche á sus oyentes en su platea del teatro, después de haberle recorrido todo consus gemelos... y su pechera centelleante, recibiendo expresivas correspondencias visuales de todos los puntos de la sala.
Entonces se abrió la puerta de un palco, antes vacío, y aparecieron en él doña Sabina y Enriqueta.
—Ajá, camará, ¡qué vitola!—exclamó al ver á la garrida moza el indiano, empuñando los gemelos, revolviéndose en la silla como un azogado, y mostrando dos hectáreas de pechera y una cantera de pedrería fina.
Enriqueta, entre tanto, después de lucir el talle al descubierto, so pretexto de colocar más á su gusto la silla, ó de colgar el abrigo, ó de responder á una supuesta pregunta de su madre, tomó asiento dando la espalda al escenario; y sin cuidarse de lo que en él sucedía, paseó, al amparo de sus anteojos, su vista escudriñadora en derredor de la sala. En este viaje rápido tropezó con los gemelos del indiano, y al verlos fijos en ella, detúvose un instante á examinar al curioso cuya estampa debió chocarla, según el gesto que hizo; gesto muy parecido al que hace todo nieto de Adán al tropezar con un bicho raro.
—¡Ajá, te clavaste, guachinanguita!—dijo don Romualdo al encontrarse con la mirada de Enriqueta.
Pero ésta, lejos de haberse clavado, como elpintoresco Tenorio creía, preguntó á su madre sin dejar de mirarle:
—¿Qué esaquello, mamá?
Y doña Sabina, que, aunque por sus sabidos contratiempos, no había pisado la calle tiempo hacía, no dejaba de conocer por la fama al personaje de moda, la respondió después de seguir la dirección de su mirada:
—Cuidado, hija mía, que creo que esél.
—¿Y quién es él?
—El famoso acaudalado de quien habla todo el mundo... Y por cierto que no separa los ojos de ti.
La tal noticia causó en Enriqueta el efecto de la picadura de un alacrán. Soltó los gemelos al instante, y volvió las espaldas al personaje. Desde entonces no hubo ya pisotón, ni carraspera, ni mirada elocuente, ni advertencia clara y terminante de su madre, que bastara á convencer á la testaruda chica de que debía corresponder á las insinuantes actitudes del indiano. Tanto la habían hablado de él; tanto de la revolución que el afán de su conquista había producido en el pueblo, que aun sin llegar á conocerle le había cobrado aversión. Doña Sabina, en cambio, queriendo sin duda enmendar los desdenes de su hija, no hallaba en su cara ojos bastante expresivos para mirar á don Romualdo.
—Dígame, camará—preguntó éste al más inmediato de sus compañeros de platea, chocándole, á media función, la esquivez de Enriqueta,—¿tendrá amores con alguien?
—¿Por qué es la pregunta, don Romualdo?
—Porque noacude.
—Esos son dengues de niña mimosa.
—Pues mire, yo me perezco por las dengosas.
Y continuó asestando sus gemelos á la ingrata, sin que ésta se diera por más entendida de sus miradas, que de su pechera deslumbrante, de su cadena ostentosa ó de sus anillos colosales.
Pero se enteró de la lucha todo el teatro, y llovieron las miradas sobre la desdeñosa, que pasó las penas del purgatorio hasta que cayó el telón por última vez.
Al salir á la calle con su madre, ya estaba esperándola don Romualdo; y allí, con los ojos en blanco, la soltó un par definezasal oído, con tan poco éxito, que huyendo de ellas no paró la ruborosa joven hasta la acera de enfrente. En cambio doña Sabina contestó al indiano con una mirada que era todo un poema de esperanzas.
Aquella noche no durmió el refulgente personaje. La esquivez de Enriqueta (que él tomaba modestamente por ruborosa timidez); lacomparación que hacía de su resistencia con las facilidades con que tantas otras mujeres le estaban brindando á todas horas, y la peregrina belleza de la joven, le tenían en constante tortura; y como resueltamente se decidía por ella, pensando en el modo de conquistarla le cogió el sol del día siguiente.
Por la tarde se vistió «de fresco», como él decía: eligió la pechera más tenue y á la vez más pintoresca de cuantas tenía; y así engalanado y tendido en suquitríndirigido por calesero negro, paseó catorce veces la calle de la ingrata. Pero ésta no se dejó ver detrás de las vidrieras, aunque no se apartó de ellas un instante la cara de doña Sabina.
Al otro día salió con el mismo rumbo, pero en carretela descubierta y vestido de serio; y en vano los herrados cascos de los dos fogosos brutos que le arrastraban hacían temblar los cristales de la vecindad. Doña Sabina salió al balcón y hasta pagó con afable saludo la media reverencia que él la hizo; pero Enriqueta no se dejó ver.
Su terceramanifestaciónfué cabalgando á la mejicana. Diez veces rayó con el índice de su diestra los adoquines, y más de otras tantas recogió del suelo sujarano; los chicos le seguían en bandadas; la gente se paraba á contemplarle... y nada: las vidrieras de su ingrata cerradascomo siempre, y detrás de las vidrieras la sempiterna cara de doña Sabina. ¡Ni la sombra siquiera de su hija! Entonces, en un arrebato de despecho, arrojó á la canalla hasta tres puñados de monedas, y entre aplausos, silbidos y jujeos, echó por una boca-calle y se perdió de vista.
Después de cada una de estas exhibiciones grotescas, doña Sabina corría al lado de Enriqueta y la decía algo por este estilo:
—Pero, hija, ¿es posible que seas tan obcecada que no quieras manifestar la menor señal de que, cuando menos, agradeces las atenciones que te dedica ese hombre?
—Nunca entró en mis cálculos—respondía la interpelada,—echarme por caballero un payaso.
—¡No exageres!... Ese hombre tiene gusto en vestirse al estilo del país en que ha vivido, y hace bien, porque es un traje precioso.
—Cuestión de gustos, mamá. Por eso respeto el de las que con tanto empeño, según se dice, se dedican á su conquista; pero no las imito.
—No tengo yo noticia de que ese señor haya hecho por nadie lo que está haciendo por ti.
—Razón de más para que yo no se lo agradezca.
—Es un gran sujeto.
—Pero á mí me parece un mamarracho.
—Es riquísimo.
—Buen provecho le haga.
—Es una gran proporción.
—Para quien la desee.
—¡Será preferible un tierno doncel que te alimente con arrullos ó te vista con trovas!...
—Entre esas ilusiones romancescas y ciertas realidades como las que usted me recomienda, hay ancho espacio que recorrer... si llegara el caso, que, después de todo, aquí no ha llegado todavía.
—Pues es preciso que llegue y que, por de pronto, vayas sacando de tu cabeza esas quimeras que al fin han de perderte y de perdernos á todos.
—¡Á todos!... ¿Por qué?
—Porque... yo me entiendo. Mira, Enriqueta, soy tu madre y por ello no he de pedir para ti cosa que no te convenga. Yo te aconsejo, yo te suplico, ¿quieres más? no que aceptes desde luego las rendidas diligencias de ese potentado; pero que no le desanimes con tu obstinada esquivez. Tolérale y estúdiale, pues los hombres no son de cerca lo que de lejos parecen; y en todo caso, cuando le desdeñes, que sea porque lo merezca, no por una prevención caprichosa.
Como Enriqueta conocía bien las características tendencias de su madre, en nada le chocabansus consejos ni sus «súplicas». ¡Cuán lejos estaba de sospechar que, por aquella vez, al pedir doña Sabina un yerno rico, le pedía con muchísima necesidad!
Triste silencio reinaba en el escritorio de don Serapio dos días después de la última corridacelebradaen la misma calle por el estrepitoso don Romualdo, silencio apenas interrumpido por el charrasqueo de las plumas de los dos dependientes. El viejo tenedor de libros había sido llamado por don Serapio al departamento presidencial de éste, en el cual se llevaban ya más de hora y media á puertas cerradas. Los de afuera tenían orden de despedir á los corredores que llegasen, con la frase sacramental de «no ocurre nada», que quita, en los usos del comercio, todo pretexto á réplicas y observaciones impertinentes.
Hallábanse amo y dependiente, sentado el primero en su vetusto sillón; y de pie, junto á él, el segundo, ambos hojeando libracos y papeles amontonados sobre la mesa y el atril; don Serapio con los ojos enrojecidos, descubierta la cabeza y erizado el escaso pelo; el dependiente impávido y sereno, en espera siempre, como si fuera un libro más de la casa, de que se consultasealguna de sus páginas, para ofrecer, con mecánica lealtad, los guarismos estampados en ella.
—De manera—decíale con voz lenta y apagada don Serapio,—que tenemos, en junto, para cubrir las atenciones de este mes...
Y entonces el dependiente, leyendo un papelejo que tenía en la mano, resumen de todo lo consultado hasta aquel instante en libros y correspondencias, continuó, tomando, con la precisión de un músico de concierto, laentradaque le daba su principal:
—«En valores á cobrar en la plaza, trescientos mil seiscientos y quince reales.
«Saldos de cuentas corrientes, á negociar, ochenta y tres mil y doscientos.
«Total, trescientos ochenta y tres mil ochocientos quince».
—Créditos contra nosotros en igual tiempo,—prosiguió don Serapio, después de apuntar con mano trémula aquellas respetables cifras.
—«En todos conceptos»—leyó el dependiente con voz clara é inexorable:—«Un millón seiscientos mil ochocientos setenta y dos reales con catorce maravedís».
Don Serapio apuntó esta cantidad sobre la otra, y restó.
—¿Déficit?...—dijo angustiado el comerciante, después de ejecutar la operación.
—«Déficit»—leyó en su papel el dependiente,—«un millón doscientos diez y siete mil cincuenta y siete reales con catorce maravedís».
—Exactamente. Sesenta y un mil pesos, mal contados. ¿Recursos extraordinarios?
—Cero.
—¡Hombre, tanto como eso!...
—Los treinta mil duros en pagarés de la casa Peje y Compañía, de Málaga, que quebró la semana pasada. Ofrecen el uno y medio á sus acreedores; pagarán el pico, librando bien... y saque usted la cuenta.
—Ese golpe nos mata.
—Ese golpe... y otros como él, no diré que no.
—¡De modo que estoy arruinado?
—Por las trazas...
—¡Que tengo que llamar á mis acreedores?
—No habrá más remedio.
—¡Hija de mi vida!—fué la única exclamación que hizo el angustiado padre, dejando caer la cabeza entre sus manos y las lágrimas de sus ojos.
Contemplóle el dependiente un breve rato con la mayor impasibilidad, y díjole después, con la seriedad de un recluta delante de su coronel:
—¿Hago falta?
Mas viendo que no obtenía respuesta, echósedebajo del brazo dos libros de cuentas corrientes; recogió algunos paquetes de cartas, y girando sobre sus tacones, salió del departamento señorial.
Al entrar en el suyo vió que se abría con estrépito la puerta principal y que aparecía en ella un personaje vestido de rigorosa etiqueta, brillando en pecho, puños y pescuezo, como cielo en noche de verano.
—¿El señor don Serapio Caracas?—preguntó desde la puerta con voz de trueno.
—Aguárdese usted,—respondió el tenedor de libros, que aún no se había sentado, volviendo á anunciar la visita á su principal, en la duda de si también con los de aquel pelaje había de entenderse la consigna dada para los corredores.
Vaciló don Serapio entre hacerse el ausente ó el visible; pero como se le manifestó que la visita no tenía cara de negocios, procuró serenarse y mandó entrar al anunciado.
Momentos después se hallaban los dos frente á frente.
—¿El señor don Serapio Caracas?—volvió á preguntar el visitante.
—Servidor de usted,—respondió el visitado,
—¿Á quién tengo el honor de?...
—Romualdo Esquilmo, para lo que se ofrezca.
Y haciendo una profunda reverencia, tendió su enguantada mano á don Serapio, quien al oiraquel nombre tan sonado y respetado en el pueblo un mes hacía, púsose de pie de un brinco, y exclamó con toda la veneración que pudiera un moro delante del famoso zancajo de la Meca:
—¡Muy señor mío y dueño!... Y usted me perdone que no le haya conocido á pesar de su envidiable fama, porque este obscuro rincón es, mucho hace, toda mi sociedad. ¿Y á qué debo la inmerecida honra de su visita?
Mas como notara que el visitante miraba mucho en su derredor, como si temiera ser oído, se apresuró á invitarle á que subiera á la habitación.
Aceptó de buena gana don Romualdo; subieron por la escalera excusada, y se encerraron en el gabinete de don Serapio.
Á vueltas de algunos cumplidos y generalidades, quiso entrar en materia el comerciante con esta popularísima invitación:
—Conque usted dirá, mi señor don Romualdo.
Y éste, sin hacerse rogar más, habló así, dulcificando cuanto pudo la rudeza de su voz con la melosidad del estilo trasatlántico:
—Pues mire, don Serapio, yo soy muy claro, clarito, y no quiero cansar. Con mi trabajo gané en América muchos pesos... Porque soy muy rico, ¿entiende? Pero no me tienta la codicia;y cuando me vi con un pasar y todavía con mucha vida por delante, dije: «camará, que arrempuje otro, que yo voy á darme buena vida». Porque mire, don Serapio, yo soy solito en el mundo, sin padres ni parientes... Es una desgracia, ¿verdad? Con todo y eso, la tierra me tiraba... porque ésta es mi tierra. Cuatro barracones en una manigua; pero al cabo es patria ¿me entiende? Conque cogí mis intereses en América, como el otro que dice, para buscar acá lo que allí no hay, y dejar lo que uno tiene; y por lo que pueda tronar, vayan dos al Banco de Londres, cinco al de París, cuatro al otro lado y un pico para la jornada, ¿me entiende? Pues así fué, don Serapio. Después de colocar lo gordo á sotavento, diéronme letras sobre esta plaza adonde yo venía del tiro, y hoy la una y mañana la otra, todas van venciendo esta semana. Y mire, don Serapio, ello poco es; pero antes del domingo tendré en mi casa, entre sobras del camino y picos de uno y otro, cerca de cien mil fuertes, ajá.
—Vamos, no es mal pico—observó don Serapio, casi dispuesto á adorar á aquel hombre que llamabapicosá una suma de dos millones, cuando él con poco más de la mitad podía volver á ser elacaudaladoseñor de Caracas.—¿Y acaso querrá usted consultarme sobre el destino que ha de dar á ese pico?
—Nadita de eso, don Serapio. Yo traigo ya mi composición hecha, ¿estamos?... Porque yo he sido aquí muy solicitado, ¿entiende? y por lo mismo guardo mucho el cuerpo... Y yo conozco muchísimo de nombre esta casa; y como nada me ha brindado, por lo mismo la prefiero, clarito, ajá.
Comenzaban á zumbarle los oídos á don Serapio, porque tenía barruntos de algún acontecimiento halagüeño, y estaba pendiente de las palabras de aquel hombre-filón, como el reo de las del juez, que puede enviarle lo mismo al palo que al aire de la libertad.
Sin embargo, sólo contestó con exagerado acento de modestia:
—Mil gracias por la preferencia que tanto me enaltece.
—Yo soy así, don Serapio. Por eso vengo hoy y le digo: «aquí están cien mil pesos fuertes: ¿quiere tomarlos de bien á bien como en cuenta corriente?»
—Pero don Romualdo...
—No me ofenda, don Serapio: yo, en una fonda, no los he de tener á mi vera; de negocios no hay que hablarme; ¿quiere que los bote á la calle?
En aquel momento la situación de don Serapio era para volver loco al más cuerdo. Hombre honrado, no podía abusar de la buena fe deaquella persona tomando su dinero en el instante en que su casa se iba á declarar en quiebra. Sin embargo, la suma pasaba con mucho de lo que él necesitaba para salir de apuros, y hasta para enderezar sus torcidos negocios, siempre que los cien mil del pico entrasen en su poder por cierto tiempo, sobre lo cual aún no se había explicado el indiano, aunque ya revelaba en sus palabras que en aquel capítulo no sería exigente. Podía, pues, recibir el dinero con muchas probabilidades de salir de sus viejas apreturas sin que éstas llegaran á traslucirse.Perode todas maneras, y aun librando bien por el momento, ¿no sería una ignominia para él que, tiempo andando, llegara á saberse que estando en quiebra su casa había admitido tan enorme depósito sin advertir al depositante el riesgo que corría su dinero?
Todas estas consideraciones en tropel cruzaron en un instante por la mente de don Serapio, que llegó á sudar bajo el peso de tan encontradas emociones. No obstante, optó por lo más decente, resolviéndose, ante todo, á desengañar á don Romualdo.
—Señor mío—le dijo:—yo no tengo palabras con qué expresar á usted la gratitud que le debo por la deferencia que me quiere guardar; pero, hombre honrado ante todo, no puedo aceptar ese depósito sin dar á usted ciertas explicaciones.
—Que yo no quiero escuchar, ¿estamos?
—Es que no hemos hablado todavía ni aun de los intereses.
—No los quiero... en moneda sonante.
—Ni del plazo.
—El que usted quiera, si teme que puedo quitarle de un jalón esa miseria.
—Tampoco sabe usted si mi casa...
—¿Si está firme? ¡Bah! Pero pinto que estuviera quilla arriba... Mejor, si con esa ayuda la poníamos á flote. Jajajajaaaá. Si al fin tenemos que entendernos, camará. De modo que sobre este punto estamos á la orillita los dos, y desde esta tarde empiezo á mandar plata. Por lo que falta de apañar, aquí tiene las letras endosadas á usted ya, con un montón de billetes.
Dijo, y sacó de una cartera enorme con vivos de oro y cifras de diamantes, más de un millón de reales en papel que entregó á don Serapio.
Éste no sabía si echarse á llorar ó á los pies de aquella providencia tan estrafalaria como espléndida; pero conteniéndose, por no evidenciar demasiado su necesidad, ya que el indiano se empeñaba en no conocerla, aceptó la oferta tan tenaz y, según las señas, deliberadamente hecha, diciendo al indiano en un tono que no carecía de dignidad:
—Yo, señor mío, y por mi desgracia, no tengo el dinero en tanta abundancia como usted;mis negocios, como todos los de la plaza, son en pequeño, relativamente á los de ustedes en América; por lo cual ni mis colegas ni yo tenemos nunca la caja tan bien provista que podamos disponer de cien mil duros en un momento de sorpresa, pues no llegan á tanto muchos capitales que aquí se llaman grandes, cuanto más nuestros sobrantes para imprevistos. En una palabra, yo no puedo admitir esta suma más que en uno de estos tres conceptos: como depósito, en cuyo caso, y por razones que son para mí sagradas, aunque usted no quiera oirlas, le daré la llave de una caja de mi escritorio para que usted disponga á su arbitrio del dinero; ó como préstamo, por un plazo convenido; ó en cuenta corriente, á condición de que para disponer de sumas de alguna importancia me avise usted con la anticipación que se estipule. Además, y usted me perdone tantas exigencias, yo, por un sentimiento de delicadeza, necesito consignar en el resguardo que le entregue, que se resiste usted á oir ciertas explicaciones que he querido darle acerca del estado de mi casa, requisito que yo juzgo de utilidad vista la importancia de la suma.
—¿Acabó ya, mi amo?—exclamó don Romualdo después de haber escuchado con la boca abierta á don Serapio.
—Es cuanto me ocurre sobre el asunto, despuésde volver á dar á usted un millón de gracias por la confianza con que me honra.
—Pues mire, cuando le haga la entrega del último centavo, me pone el papel como le dé la gana, ó no me pone pizca. Y se finó aquí la historia, que, camará, por cuatro chinitas como ésas nunca he platicado yo tanto.
Don Serapio caminaba de asombro en asombro. Como broma podía pasar aquel derroche; pero contra tal suposición protestaban los valores que ya tenía en su poder.
—Pero la cuestión de intereses—replicó al indiano,—no puede dejarse sin tocar, señor mío; y necesito que usted me diga si le bastan los que aquí abonamos en las cuentas corrientes...
—Ahorita mismo vamos á hablar de eso, señor don Serapio; y mire que no encuentre caros los que le pida.
—Ya pareció aquello—pensó el buen hombre; y añadió en voz alta:—Usted dirá.
—Voy á decirle. Yo quiero tomar estado, ¿me entiende?
—Recomendable propósito.
—Y quiero tomarle en este pueblo.
—Me parece muy bien.
—Y con una madamita muy conocida de su mercé.
—Pues lleva el proyecto muy adelantado ya.
—Andandito.
—¿Y será imprudencia preguntar á usted quién es?
—Enriqueta.
—Hay varias de ese nombre.
—Su niña de usted.
—¡Mi hija!
—Ajajá. ¿Le van pareciendo caros los réditos?
No es fácil explicar el efecto que produjo en don Serapio esta embestida en seco. Preocupado con la situación de su casa y en entredicho con su mujer desde la escena que conocemos, no tenía la menor noticia de las exhibiciones y aparentes propósitos del indiano, ya públicos en la ciudad. Cogióle, pues, de nuevas la pretensión, y le aturdió. Por un lado le halagaba; por otro se le resistía. Aquel tipo para una mujer como su hija... y César... y el recuerdo de éste en la memoria de Enriqueta. Pero aquel caudal enorme, aquel desprendimiento, aquella franqueza honrada, el porvenir de la casa con un protector semejante... Todo lo fué viendo instantáneamente, y así, sin saber si agradecer la demanda ó maldecirla, contestó al indiano con afectada parsimonia:
—La nueva pretensión que acaba usted de manifestarme, mi señor don Romualdo, es de tal naturaleza que no alcanzaría todo mi buendeseo á despachársela á su gusto sin contar antes con el de la interesada.
—Por ahí me duele, camará.
—¿Usted la conoce?
—¡Si la llevo estampadita en el alma!
—Digo si la ha tratado usted,—repuso don Serapio, nada complacido con aquellafineza.
—Eso no; pero ella me conoce, y también su mamita.
—Es decir, que se conocen ustedes de vista.
—Cabales.
—Entonces nos falta casi todo el camino por andar, y usted no extrañará que yo, dando á su deseo toda la importancia que se merece, se le transmita á mi hija para que, libre de toda presión, me diga su parecer, que es, en mi concepto, lo principal del asunto.
—Y la mamita, ¿tomará parte en el consejo?—preguntó el pretendiente seguro de que no le sería su voto desfavorable.
—Naturalmente, señor don Romualdo.
—Pues entonces—replicó éste,—me retiro ahorita; y me hará la merced el señor don Serapio de leerme cuanto antes la sentencia. Y mire, al llegar le hubiera implorado que me presentara á las señoras; pero desde que platicamos del caso, para que lo vea, me tiemblan las choquezuelas, y no lo aceptaría hoy aunque me lo brindara.
—Iba á hacerlo precisamente.
—Pues ya me ha oído. Créame, don Serapio: aunque me ve tan llenote y rollizo, soy una criatura en lo sentido.
—Ya lo voy reparando,—observó aquél sonriendo.
—Es la fija, créame... ¡Jajajajaaaá!
Y lanzó una carcajada, llena, robusta, sonora, estrepitosa, interminable. Con la cual, dos reverencias, tres sombreradas y un apretón de manos, amén de algunas frases de cumplido, despidióse de don Serapio, que le acompañó hasta la puerta del escritorio, donde hubo todavía algunas ofertas recíprocas y no pocos cumplimientos.
Volvióse el comerciante á su despacho; llamó al tenedor de libros, y le dijo, examinando con escrupulosidad los billetes y las letras que había recibido del indiano.
—Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo...
Y como si hubiera cambiado repentinamente de parecer, añadió en seguida:
—Pero no se la abra ustedtodavía.
Con lo cual volvió el tenedor á su puesto, extrañando mucho que en semejantes circunstancias se le mandasen tales cosas; de lo cual dedujo que la visita del indiano podía llegar á tener alguna influencia en los futuros destinos de la casa.
Entre tanto, es de advertir que don Serapio se arrepintió de su primer mandato, porque se le ocurrió de pronto que habiendo sido los dos millones una embajada más ó menos ostentosa para autorizar la petición subsiguiente, si ésta llegaba á ser desairada, procediendo con decencia había que mandar retirar los embajadores, si es que no se retiraban ellos solos. Que la petición podía ser desairada, se lo hacían temer el carácter de su hija y las aparentes circunstancias, aun sin meterse á indagar las desconocidas, de su pretendiente; circunstancias yperosque habían pasado inadvertidos para él cuando sólo se trataba de sus intereses materiales, y que le saltaron á los ojos tan pronto como aquél se declaró aspirante á la mano de Enriqueta. Conste, pues, como dato que honra á don Serapio, aunque no le salve en lo principal de su culpa, que, por de pronto, teniendo en su mano el talismán misterioso que podía regenerar su casa en un momento, estaba dispuesto á arrojarle por la ventana si esa regeneración había de ser al precio del sacrificio de su hija.
Y meditando así, envolvía los valores del indiano en una carpeta, sobre la cual escribió: «De don Romualdo Esquilmo», lacrándola y sellándola. Después guardó el paquete en el fondo de su caja embutida en la pared y defendidapor maciza puerta que cerraba con barrotes y candados.
Volvió luego á su puesto; sentóse en el viejo sillón; estuvo meditando largo rato con la cabeza entre las manos; trancó después el atril y los cajones de la mesa, y con paso tranquilo y mesurado echó escalera arriba por la excusada.
Bien ajena estaba doña Sabina á lo que pasaba en el gabinete de su marido entre éste y el indiano, en el punto y hora en que ella y Enriqueta entretenían el tiempo, en un saloncito, con esas frivolidades de adorno que compradas en la calle valen una miseria, y llegan á costar un sentido hechas en casa por la aplicación y economía de una gran señorahacendosa.
Excusado es decir que ni esta ocasión ni otras parecidas desaprovechaba doña Sabina para predicar á su hija sobre el tema tan debatido ya de labrillante proporción. Y es la verdad que al llegar elaménde la anteúltima homilía, Enriqueta, fuera por cansancio ó por haber agotado su caudal de excusas, epigramas y reparos, ó por otro motivo más grave, no dijo una palabra ni mostró en el más leve gesto señal alguna por donde su madre pudiera conocerel verdadero fruto que habían dado sus palabras. Pero como los sermones habían sido predicados en rigorosa gradación de efecto, hábilmente preparada, sin cuidarse mucho de aquella aparente impasibilidad, aguardó al próximo con gran confianza en el Cristo que reservaba como último argumento para mover hasta el corazón de su hija.
Así como así, desde la cabalgada de que ya tenemos noticia, don Romualdo no había vuelto á parecer por aquellos barrios, lo cual era un mal síntoma, y se hacía indispensable ganar á todo trance el terreno perdido.
Con tan loable propósito comenzó su exordio la buena predicadora en la ocasión á que nos referimos al principio de este capítulo; y preciso es confesar que nunca se mostró más elocuente ni más seductora.
—Mira, hija mía—la dijo entre otras cosas,—el hombre más antipático y repulsivo desde lejos, tiene, estudiado de cerca, condiciones que le hacen, si no encantador, por lo menos tolerable. Pues bien: tú misma me has dicho que, en rigor, no hay en el aspecto de don Romualdo nada de repugnante, aunque haya algo de vulgar y charro. ¿No es casi seguro que ese hombre, tratado en confianza, descubriría algunas virtudes que harían olvidar fácilmente aquellos defectos? Según fama, es campechano,afable y bondadoso hasta con los más extraños. Y siendo así con todos, ¿qué no sería contigo? Y siéndolo contigo, ¿qué prodigios no haría un hombre como ése por verte contenta y agradecida? ¿Has meditado alguna vez sobre esto, Enriqueta?... Pero me dirás que eres joven; pensarás, aunque no me lo digas por modestia, que eres hermosa; que tienes un corazón virgen, como quien dice, de todo sentimiento amoroso; que ese corazón aspira á llenarse con otro corazón que le comprenda y que se le parezca... Después el mundo, el fantasma del mundo que te viera unida á un hombre que, por su edad, más parecería tu padre que tu marido; que no es aristocrático en su aire, ni literato en su estilo, ni en sus contornos un modelo. Pero á estos reparos, hija mía, que te conteste ese mismo mundo por la boca de tantas mujeres, amigas tuyas las más de ellas, que también los hicieron en parecido trance. El uno era grosero; el otro sucio; éste carcomido de cuerpo; aquél, del alma; tal, de escandalosa conducta; cual, de infame procedencia. Y todos eran viejos, pero todos eran ricos. Ellas no eran pobres, y además todas eran jóvenes, y ninguna fea ni sin casto amor en el pecho. Gimieron al principio, protestaron, maldijeron; pero llegó la reflexión al cabo, venciéronse los escrúpulos... y vete á preguntarlas hoy si están arrepentidas, en mediode sus galas, entre el ruido de sus trenes y el vértigo de sus viajes y sus fiestas ostentosas; consulta sus corazones, y ve si queda en ellos la menor señal de que habitó allí por largo tiempo la imagen de un galán enamorado.
Aquí hizo una pausa doña Sabina y estudió con mirada escrutadora el efecto de sus palabras en el ánimo de Enriqueta; pero ésta seguía con los ojos sobre su labor, sin mostrar señal de asentimiento ni de desaprobación; duda que animó á la predicadora, la cual continuó así:
—Pues bien, hija mía, esta transformación, tan rápida que parece increíble, se ha obrado á merced de una fortuna que no pasa de lo ordinario entre las buenas, y de unas cuantas cualidades morales de pacotilla, que de ningún modo pueden contrapesar ni la carcoma del uno ni los públicos vicios del otro. Figúrate ahora lo que sucedería si llegaras á ser la señora de ese hombre que, tras de no tener nada de repugnante, reúne un caudal que excede á todo cálculo, y es además generoso y ama con delirio la sociedad y el trato de las personas distinguidas. ¡Deslumbra y ofusca, hija mía, la sola consideración de ello! Por de pronto, al mero anuncio de tu boda, lloverían sobre ti joyas y ricas telas, y vendrían del extranjero, para tu regalo, los más costosos y elegantes trenes. Una vez casada, no habría país en el mundoque no visitaras, ni capricho que en él no satisfacieras. Ya de retorno, te establecerías en espléndido palacio que se edificaría para ti, en el cual estarían las fiestas y la servidumbre á la altura de tu posición. Llevarías al gran mundo el ejemplo de tu esplendor y tu elegancia, y á las capas humildes de la sociedad la limosna de tu filantropía y el consuelo honroso de tu presencia. No habría asociación piadosa que no te diera la presidencia, ni huérfano que no te ensalzara, ni desvalido que no te bendijera. La prensa seguiría tus pasos, popularizaría tu nombre y tus riquezas, y desde la bordada silla de tu lujoso despacho, no tendrías que envidiar el poder ni los honores de un ministro en su poltrona. Y si todavía, en medio de estos resplandores y de estas armonías de la opulencia, trasluces ciertas horas de prosa y de tinieblas, necesarias á la vida íntima del matrimonio, repara á la vez, hija mía, que la existencia doméstica de una mujer del gran mundo está sujeta á leyes sabias que quitan todo el mal gusto que debían dejar necesariamente las costumbres patriarcales de nuestros progenitores. Una señora de tu jerarquía, con un palacio como el tuyo, no podría menos de vivir con entera independencia dentro de su propio hogar, sin tener que dar cuenta ánadiede las horas que eligiera para entrar, para salir, para dormir ó para levantarse,lo cual ya es algo tratándose de escrúpulos de estética. De manera, hija mía, que puestos de un lado tan livianos inconvenientes, y del otro tan colosales ventajas, no es difícil adivinar hacia qué parte se inclinaría la balanza.
Calló otra vez doña Sabina, observó á Enriqueta y vió, no sin alegría, que ésta iba levantando poco á poco los ojos hacia ella; que la expresión de su boca estaba muy lejos de ser desdeñosa, y que se disponía á romper su obstinado silencio.
—Vamos, hija mía—prosiguió la buena madre, en su deseo de sacar todo el partido posible de tan favorable situación,—dime, á lo menos, tu parecer con franqueza. ¿Qué juzgas de lo que te voy diciendo?
—Juzgo, mamá—respondió al cabo Enriqueta sin pizca de encono,—que estamos haciendo castillos en el aire; porque, después de todo, ¿quién nos ha dicho que ese señor ha pensado en semejante cosa?
La cual respuesta, si no era una explícita aprobación de las teorías de doña Sabina, tampoco envolvía una repulsa manifiesta; y esto era mucho tratándose de una boca como aquélla, que, para hablar de don Romualdo, no había usado más que burlas cáusticas y epigramas sangrientos. Podía creerse con algún fundamento que el sermón aprovechaba. Toda la virtudde un justo, de un Dios, fué necesaria para resistir la tentación del demonio que desde lo alto de una montaña le decía, mostrándole el mundo:—«Todo esto será tuyo si me adoras».
Frágil criatura Enriqueta; demonio doña Sabina, punto más sutil y tentador que el del Evangelio, ¿qué extraño sería que la incauta joven cayera de rodillas ante aquel ofrecido reino de placeres y riquezas?
Abundando en esta misma opinión la diabólica mujer, y creyendo ya en buena sazón el espíritu de su hija, juzgó llegado el caso de sacar el Cristo que había de rematar su obra.
—No creo—dijo, respondiendo á la observación de Enriqueta,—que me engañen ciertas apariencias; pero de todos modos, conviene colocarse en lo más cómodo y proceder en ese sentido. Porque has de saber, hija mía—y comenzó la habilidosa mujer á hacer dengues y pucheros,—que hay razones que yo no he querido decirte nunca, por las cuales ese enlace, además de hacer tu felicidad, sería para tu padre y para mí... ¡el manto de la Providencia!
Y la muy taimada se limpió los ojos con el pañuelo.
Como era de esperar, aquellas palabras capciosas y aquellas lágrimas vergonzantes llamaron vivamente la atención de Enriqueta.
—Pues ¿qué sucede?—exclamó alarmada.
—Sucede, hija mía—prosiguió entre sollozos doña Sabina,—que hace ya mucho tiempo (y perdona á una madre cariñosa que te lo ha venido ocultando por no afligirte), que el caudal de tu padre no es más que una apariencia; que la suerte le ha vuelto la espalda; que á duras penas y con indecibles fatigas, ha logrado hasta hoy ir sosteniendo su casa; que los contratiempos, lejos de estar vencidos, se van acumulando de día en día, y en fin, Enriqueta, que no está lejano el en que, sin un milagro de Dios... ó el amparo de un hombre como ése, nos veremos todos envueltos en la más espantosa miseria.
Calló doña Sabina y ocultó la cara entre sus manos, lanzando de su pecho angustiosos quejidos; y Enriqueta, que había ido devorando cada una de sus palabras con la ansiedad fácil de adivinar, al oir los sollozos de su madre inclinó su hermosa cabeza, y exclamó también con lágrimas en los ojos y con verdadera angustia en el corazón:
—¡Pobre padre mío!
¡Cosa extraña! Ni éste ni su hija se habían acordado de doña Sabina en el instante de saber que la miseria llamaba á las puertas de aquella casa.
Después que hubieron pasado los primeros desahogos del verdadero dolor de Enriqueta, yla parte de farsa que había en el de su madre, disponíase aquélla á dirigirle la palabra, cuando entró una doncella á decir que «el señor» esperaba en su gabinete á la señorita.
Serenóse la joven cuanto pudo, é impresionada hasta el extremo con aquel casual recuerdo de su padre, acudió rápida al llamamiento, sin pararse á considerar la sorpresa que en su madre causó el recado.
Entrañable fué siempre el afecto que la hermosa joven había profesado á su padre; pero desde la noticia que acababa de darle su madre, se sentía unida á él por un nuevo vínculo y por una deuda más.
Su vida dispendiosa y descuidada había contribuido sin duda á precipitar la ruina de aquella casa, antes rica y envidiada; y aquel dolor impreso de continuo en la fisonomía del atareado comerciante; aquel sello de tristeza que la obscurecía, no eran el efecto natural de una salud quebrantada por el trabajo, sino la huella de una gran pesadumbre, hija quizá del temor de que algún día tuviera ella que conocer la causa. ¿Qué sacrificio podría imponérsela que no aceptase por salvar á su padre del abismo en que ibaá caer? ¿Qué valían, pues, los escrúpulos queaúnoponía como excusas, si su unión con el hombre que se los inspiraba podía devolver á su padre la fortuna que éste había sacrificado al placer de su familia?
Con estas reflexiones, motivadas por la noticia funesta dada por su madre y la repentina llamada de su padre, presentóse delante de éste, cariñosa y expresiva como jamás lo estuvo.
—Hija mía—le dijo el pobre hombre, sentándola á su lado,—los asuntos que personalmente te interesan, sólo contigo debo consultarlos, antes de discutirlos en familia, si esto fuese necesario también. En este supuesto, y con la formal protesta que te hago de que, al someter á tu juicio ese asunto, te dejo en la más amplia libertad de resolverle, te advierto que hace un instante estuvo en este mismo gabinete un hombre que ocupa una gran posición social, á pedirme tu mano.
—Y ¿qué le contestó usted?—dijo Enriqueta sin mostrarse sorprendida del suceso, ni más ni menos que si le esperara.
—Que te haría saber la pretensión, y que tú resolverías.
—¿Pero usted no ha formado juicio alguno?...
—Supongamos que no.
—¿Ni hay siquiera una razón por la cual pudiera usted desear que yo aceptara ese pretendiente?
—No hay razón para mí que alcance á obligarme á violentar tu voluntad, ni siquiera á influir en ella, en asunto tan importante.
Si, como no lo dudaba Enriqueta, la noticia que tuvo por su madre sobre la triste situación de la casa, era cierta, su padre le estaba dando otra prueba más de cariñosa abnegación, prueba que merecía de su parte un esfuerzo de voluntad para corresponder á ella dignamente. Y en tal propósito, y sin detenerse á considerar que en lances de tanta transcendencia es mal consejero el entusiasmo, contestó sin vacilar:
—Dígale usted que sí.
—¡Cómo!... ¿sin saber aún de quién te hablo?
—Lo presumo: ¿no es del famoso indiano don Romualdo?
—Del mismo, en efecto. Pero ¿tú le conoces?
—De fama y de vista.
—Bien; pero ignoras de dónde viene, qué ha sido, qué es y, según sus antecedentes, qué podrá ser en adelante.
—Eso no es de mi incumbencia, papá. Me dice usted que resuelva, y resuelvo que sí.
Como aquél que ve visiones se quedó don Serapio al oir hablar de este modo á su hija. No había mostrado la menor vacilación, ni unreparo, ni un escrúpulo. El demonio de la ambición la dominaba también como á su madre: jamás lo hubiera creído en aquel corazón tan sensible y tan noble en apariencia. Por el vano afán de unas cuantas joyas, no le aterraban los riesgos de lo desconocido. Este desencanto le afligió en extremo, como padre cariñoso; pero, preciso es confesarlo, no dejó de animarle como comerciante necesitado. Las buenas tragaderas de su hija hacían la tramitación más fácil y el resultado más claro, supuesto que estaba decidido á nosacrificarlaá los apuros de la casa.
Y entre tanto no reparaba el bendito de Dios que sin estar también él devorado, aunque en otra forma, por la misma sed de oro, no hubiera tomado en serio la pretensión del indiano sin preguntarle en seguida todo aquello que, en su concepto, debió preguntar Enriqueta antes de resolver afirmativamente la demanda; ni hubiera transmitido ésta á su hija sin poder añadir en seguida: «me consta que el pretendiente es hombre honrado y que honradamente ha ganado lo que posee». Por eso no cayó en la cuenta de que las últimas palabras de Enriqueta, si parecían el reflejo de un corazón frío y metalizado, también podían tomarse como una amarga censura á la irreflexión y la ligereza despiadadas con que un padre colocaba á su hija en la necesidad de elegir á ciegas entre la muerte y la vida.
Pero esto no podía leerlo don Serapio en la respuesta, porque había hecho en el asunto cuantodebíahacer; es decir, respetar ciertas particularidades de aquel hombre que, siendo tan rico y tan espléndido y, sobre todo, tan considerado en el pueblo, no podía sercosa mala; y, en cambio, podíaresentirsede una fiscalización impertinente que diera por resultado una brusca retirada en el momento en que más falta le hacía su amparo. De todos modos, si le engañaban las apariencias, ya se iría viendo poco á poco, antes de que fuera imposible evitar los peligros de una equivocación.
Tal fué el criterio de don Serapio en aquel asunto delicado; pero como ni tú ni yo, lector benévolo, estamos llamados, que se sepa, á sentar jurisprudencia en la materia, dejo la digresión y vuelvo al asunto.
—De manera—prosiguió el padre, acentuando mucho sus palabras y observando el efecto que causaban en su hija,—que puedo decir á ese señor que, por tu parte, aceptas gustosa.
—Gustosísima,—añadió Enriqueta.
—¿Sin el menor recelo siquiera de que acuda á tu memoria ni la sombra de un recuerdo más agradable?...—insistió don Serapio, creyendo, con esto, quedar bien cumplido con el último de sus escrúpulos de conciencia.
—Sin el menor recelo... ni aun de esa sombra.
—¿Luego no hay más que hablar sobre el asunto?
—Absolutamente nada, por mi parte.
Y los dos se despidieron y se separaron: el padre admirado de la despreocupación de la hija, y la hija asombrada de la buena fe de su padre.
Don Serapio bajó al escritorio, y llamando al viejo dependiente, volvió á decirle:
—Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo.
Pero esta vez no le dió contraorden; antes bien, llegóse á la caja, sacó el paquete sellado, recontó y clasificó los valores que contenía, y dijo al dependiente, que le observaba con impasibilidad, después de haber escrito el encabezado de la cuenta:
—Abónele usted, por entrega que me hace hoy en efectivo y letras que me endosa, aceptadas en esta plaza, reales vellón...
—Reales vellón...—repitió el dependiente pluma en mano.
—Un millón doscientos treinta y dos mil.
—Un millón doscientos treinta y dos mil,—murmuró el tenedor de libros apuntando en el suyo aquella cantidad.
—Nada más,—dijo luego el comerciante recogiendo los valores del indiano.
—Nada más,—repitió el dependiente cerrandoel libro, después de haber colocado cuidadosamente una hoja de papel secante sobre lo recientemente escrito.
—Ya habrá usted comprendido—añadió don Serapio á media voz,—que la situación de la casa ha mejorado mucho en pocas horas.
—Lo sospeché desde la primera vez que me mandó usted abrir esta misma cuenta.
—Hay una Providencia, don Braulio.
—Pues bendigámosla, señor don Serapio.
Y el uno volvió á su puesto con la misma impasibilidad que cuando acababa de demostrar con números que la casa estaba hundida, y el otro á la caja, en la cual guardó el caudal ofrecido por la Providencia.
Entre tanto, Enriqueta informaba á su madre de todo lo tratado y acordado con su padre.
—Ya lo ves, hija mía... ¡La Providencia divina!—exclamó ebria de gozo, loca de entusiasmo doña Sabina.
Es maña ya muy vieja ésa de atribuir á la Providencia todo cuanto nos favorece y nos halaga, aunque sea inicuo, y de imputar á la desgracia lo que nos humilla y desconcierta, aunque lo tengamos bien merecido.
Cuatro días después de lo referido en el capítulo anterior, la casa de don Serapio volvía á presentar el aspecto de sus mejores tiempos. En el escritorio no cesaba un instante el ruido seductor de la moneda; montones de ella aparecían en mesas y tableros con la matemática regularidad de un ejército en parada; y al comenzar el desfile, con la misma iban pasando á acuartelarse en la insondable caja que, en menos de tres días, se tragó, contantes y sonantes, no menos de cien mil pesos. Años hacía que en aquel rincón del mundo no se había visto tanto dinero junto. Don Serapio lo palpaba y no lo creía. El achacoso comerciante parecía haber rejuvenecido medio siglo en media semana. Su aire era más suelto, su mirada más viva, su color más animado; daba tal cual golpecito sobre el hombro á su dependiente de confianza, quien ¡para que se vea hasta qué punto era chocante la revolución que allí se había verificado! pagaba con una sonrisa verdadera cada caricia de su principal; los dos dependientes se permitían entre sí ciertos equivoquillos, aunque á media voz; y hasta el almacenero, cuando subía con algún recado, tarareaba unas manchegas ó silbaba el himno de Riego. Aquello parecía uncontagio de misteriosa enfermedad: todos se sentían atacados de ella, y sólo don Serapio y el tenedor de libros conocían las causas.
¡Pues no les digo á ustedes nada de cómo andaban los ánimos y las cosas por la habitación! Doña Sabina era un argadillo; Enriqueta se reía sola; las doncellas andaban en un pie, y la cocinera no daba golpe sin romper un cacharro, asombrada de ver que su señora, lejos de echarla un sermón por cada siniestro, la decía por todo desahogo:—«Ande usted, que rica es la orden».
Porque es preciso que el lector entienda que no se trataba ya, únicamente, en el escritorio de una lluvia de talegas, como caídas del cielo, ni en la habitación del próximo ingreso en la familia de un hombre «poderoso»: es que éste había sido ya presentado á su futura, y había comido «en la casa», y el padre y la madre y la hija habían convenido sin dificultad en que, «después de bien tratado y ataviado, el novio era hastasimpático, y que no tenía maldita la comparación con Fulano, ni con Zutano, ni con Perengano, que evidentemente eran unos groseros, palurdos y asquerosos»; y había habido lo de «tonta hubieras sido en pararte en remilgos, ¡qué ganga te perdías!» y lo de «la verdad es, mamá, que no debe uno pagarse de impresiones á lo lejos», ó «te digo que nos echamostu madre y yo un yerno, y tú un marido, que no le merecemos».
Por un descuido se le ocurrió una vez á don Serapio decir:
—Para que la dicha fuera completa, no nos falta más que conocer algunos antecedentes deél; porque aunque necesariamente han de ser buenos, esto de tener uno con qué tapar la boca á cuatro maldicientes...
—¿Y por respeto á esa canalla—le objetó doña Sabina,—habíamos de ofender la delicadeza de una persona tan respetable con preguntas impertinentes?
—Lo cierto es—indicó Enriqueta,—que tratándose de una persona tan delicada como ésa, no es muy cuerdo ir á molestarle con talesmenudencias.
—Naturalmente, mujer—volvió á decir doña Sabina;—sino que tu padre algunas veces... Figúrate siél, resuelto á decirlo, no nos lo hubiera dicho ya. ¿Se calla? Pues eso prueba que no tiene para qué decírnoslo.
—¿Y lo dudo yo acaso?—replicó don Serapio.—Sólo que hubiera preferido... pues... ¡Si sabré yo lo que ciertas cosas ofenden dichas al tunturuntún y sin venir á pelo!
Ni más ni menos se había hablado, ni se volvió á hablar en aquella casa, de semejantespequeñeces.
Pasaron los días, y continuó don Romualdo frecuentando el trato de la familia, y ésta volvió á abonarse al teatro y á presentarse en los paseos; pero esta vez acompañada del pretendiente, á quien miraba doña Sabina con ojos tiernos, volviéndolos después al público como para decirle:—«¿Ves cómo al fin esta ganga me la llevé yo?». Enriqueta escuchaba, así en el palco como en medio de la marejada del paseo, con los ojos lánguidos, la boca sonriente y las manos entre el varillaje de su abanico, lasternezasque sin descanso le soltaba á la oreja su futuro; el cual, al ver el efecto que sus palabras causaban,al parecer, en su hechicera novia, alargaba el hocico, chupábase la lengua, se rascaba la peluca, y más de una vez dejó caer sobre su tersa pechera, sin percatarse de ello, larga, ondulante y cristalina hebra, como un niño en la primera dentición.
Es, pues, indudable que elsacrificiode Enriqueta había tenido ya su galardón en el notorio placer con que á la sazón le aceptaba. Téngalo por consuelo el lector que la hubiere compadecido.
Con las dichas exhibiciones, el runrún delpúblico llegó á tomar gran incremento, en especial entre las mujeresde tono. «Que al fin le atrapan; que el inocente, que el incauto; que la gazmoña, que la embustera, que la dengosa; que su madre, que serpiente, que víbora, que lagarta; que su padre, que la necesidad, que los apuros; que por algo quitaron de en medio al otropobre; que si vende, que si hipoteca á su hija para levantar fondos; que si judío, que si bribón...».
Pero llegó el día en que doña Sabina se echó á la calle en deslumbrante arreo, y comenzó, casa por casa, á anunciar, en todas lasvisiblesde la ciudad, el casamiento de su hija con el señor don Romualdo Esquilmo; y ¡Virgen de la Soledad! ¡La tormenta que se armó desde aquel instante! Que el novio era un cerdo y además un ladrón; que había estado en presidio; que, por no tener nada suyo, hasta llevaba postizos el pelo, los dientes, media nalga y toda la nariz; que olía mal y no podía verse limpio de sarna; que de un momento á otro le embargarían el caudal y le enviarían á Ceuta, de donde se escapó para ir á América...
—Luego—dirá el sensible lector,—algo se sabía de la vida y milagros de ese hombre.
—Ni una palabra—digo yo.—En aquella ciudad se decía todo eso y mucho más de cada indiano rico y pretendiente, en cuanto dejabade mariposear y se fijaba en una sola mujer para casarse con ella.
Si esto era envidia, yo no lo sé; pero es lo cierto que hasta el momento del parte oficial, todo se volvía elogios para el candidato tan vilipendiado después: para caridad, parece demasiado fuerte; para justicia seca, faltaban á menudo las pruebas. Por de pronto era una costumbre, ó más bien una necesidadde raza.
Y adelantando siempre el proyecto á despecho de las murmuraciones, como nave bien regida entre fieros huracanes, llegó la ocasión de encargarse las galas á París, y la de hacerse, de público, su inventario.
Desde el cándido de tersomoaré, de desposada, hasta el severo y rico de pesado terciopelo, pasaron de dos docenas los vestidos; midióse por celemines la pedrería, y contáronse á montones los encajes de Flandes más preciados. Jamás se vieron en el pueblo nupciales agasajos más suntuosos; y puestos en exhibición durante quince días en adecuado anfiteatro, con la escolta de otros cien presentes de costumbre, fueron la admiración... y la envidia de todas lasvisitasde la casa, y el objeto de largos, escrupulosos comentarios en toda la ciudad.
Mientras esto sucedía, un enjambre de trabajadores de todos los oficios imaginables, tumbaba los tabiques de tres habitaciones corridasde la mejor manzana del barrio, y transformaba el inmenso espacio resultante en fantástica morada, en la cual lo gótico, lo árabe y lo pompeyano se disputaban la primacía, y los mármoles, el oro, los estucos, andaban tirados por los suelos y estrellados en las paredes como si fueran miserable barro de cazuelas. Todo, por supuesto, en calidad de interino, porque ya se había encargado á Roma el plano y á París el ajuar de un palacio, punto menos maravilloso que los de Aladino.
Y corriendo los días, llegó el de los contratos, según los cuales don Serapio entregaba su hija con el dote profuso que recibió de la naturaleza, y la aceptaba don Romualdo muy gustoso, como lo demostraba dotándola en un miserable par de milloncejos y algunas otras frioleras que no enumero, porque no digan ustedes que me meto en lo que no me importa.
Todo era, pues, miel sobre hojuelas en medio de aquel grupo venturoso. Ya no sabía reñir doña Sabina; Enriqueta estaba aturdida, electrizada, y don Serapio se sonreía hasta con elfacistoldel escritorio. Cuanto sus ojos y sus imaginaciones abarcaban, era del color de las auroras primaverales. No había pena que no se olvidara, ni pecado que no se perdonase; y la sonrisa alcanzaba tan allá como los recuerdos, habiéndolos para todo... menos para el pobreexpatriado que andaba por el otro mundo conquistando una posición social para merecer á su prima, y de quien el mismo don Serapio no sabía una palabra desde seis meses antes, ni se curaba maldita de Dios la cosa de dos semanas atrás.
Para dos días después de los contratos se señaló la boda; y como en este paréntesis, de meros preparativos íntimos, no tiene el historiador nada que hacer, paréceme oportuno aprovecharle para subsanar el olvido de la familia, dedicando un capítulo al benemérito muchacho que quizá estaba á la sazón en la creencia de que su prima le esperaba, como ella se lo había prometido, en su casa... «ó en el cielo».
La acogida que se le hizo en la Habana, donde desembarcó, fué todo lo afectuosa que era de esperar de la recomendación que á la mano llevaba de su tío. Entre éste y la persona que debía acogerle había grandes y antiguas relaciones de amistad y mercantiles; y así fué que, no bien hubo pisado el suelo habanero, halló ventajosa colocación sin salir de la misma casa en que había entregado su carta credencial.
Con el carácter de César y los muchos conocimientos que llevaba adquiridos en el comercio, no le fué difícil obtener la confianza de su nuevo protector, á cuyo lado era indudable que hubiera hecho fortuna «por sus pasos contados».
Pero es preciso no olvidar que César llevaba en su pecho un aguijón que le obligaba á caminar de prisa, y en su imaginación una luz extraña que le hacía ver como interminable todo plazo por breve que fuera. Pensaba en su prima, y temía no hallarla esperándole en el mundo terreno, si tardaba él mucho en volver á su patria.
Por otra parte, era agradecido; y no queriendo regatear el tiempo y la ganancia á una persona que tanto le protegía, pasó cuatro años adquiriendo mucho, pero no todo lo que necesitaba en su afán de «acabar pronto».
Al fin su impaciencia febril pudo más que sus miramientos. Recogió sus utilidades; púsolas, como quien dice, á una carta, en una especulación de la casa; tuvo la suerte de duplicarlas, y conociendo su protector, por éste y otros rasgos, el gusanillo de la prisa que le roía, y no desconociendo ni menospreciando las buenas dotes que adornaban al impaciente, propúsole pasar á Méjico, donde podría, con la recomendación que él le diera, hacer doble negocio en la mitad del tiempo, si bien con triples fatigas.
Aceptó César con entusiasmo; diéronsele eficaces recomendaciones para una casa de Veracruz, cuyo principal negocio era la explotación de dos minas de plata, y allá se fué con sus ilusiones y sus ahorros.
No se le había engañado en las promesas. Dos años le bastaron para llegar á reunir un capitalejo, limpio y morondo, de cuarenta mil duros.
En sus expansiones amistosas no ocultaba á nadie el afán que le devoraba; pero jamás declaró su verdadera patria ni sus parentescos en ella, en previsión de un lance desgraciado que pudiera obligarle un día á buscar un porvenir por vías más humildes y azarosas que las hasta entonces recorridas con tan buena suerte. Hasta ese punto llevaba sus propósitos de hacer fortuna honradamente, y sus repugnancias pueriles á deslustrar el brillo de que tanto se pagaba la vanidad de su tía. Por lo demás, hablaba hasta con exceso de sus frecuentes relaciones con la casa de la Habana, aunque siempre con el fin de ponderar lo mucho que la debía, y se curaba muy poco, como joven y de escasas malicias, de ver si todos los que le rodeaban en sus momentos de expansión eran dignos de sus candorosas confianzas.
Á menudo tenía noticias de su tío, y por éste sabía que «todo seguía en casa como él lo habíadejado»; es decir, que Enriqueta seguía esperándole allí, según su traducción al lenguaje de sus amorosos anhelos.
De la Habana tampoco le faltaban cartas, en las cuales se le deseaba siempre rápida fortuna, y se le prometía no dejar de recomendarle cualquiera ocasión que se presentara por allí de conseguirlo, si antes no lo había conseguido él donde se hallaba.
Un día recibió una carta de esta procedencia, y de puño y letra de su afectuoso protector, en la que se le dijo que la ocasión tan deseada había llegado al fin; que, con otra carta suya á la mano, se le presentaría en Veracruz un don Cleofás Araña, gran amigo del recomendante, que pasaba á Méjico á continuar la explotación de dos minas de oro, de su propiedad; que por una deferencia singularísima se había prestado á darle la participación que quisiera tomar en la empresa, en la seguridad de duplicar el capital en menos de seis meses, y que el tal don Cleofás era riquísimo, honrado, etc., etc.
Pocos días después llegó efectivamente este señor, tipo de hombre entre campesino y culto, de aire franco y resuelto, como el de aquél que más bien ofrece que necesita protección. Entregó la anunciada credencial á César, y le mostró además títulos de pertenencia, muestras de oro nativo, etc., etc., con lo cual el iluso mozo,creyéndose más que satisfecho, realizó cuanto tenía y puso en manos de aquel potentado hasta treinta mil pesos, quedándose sólo con otros diez mil para las eventualidades. Extendióse un proyecto de contrato; diósele á César, mientras aquél se formalizaba, un resguardo en toda regla; hubo no sé qué dificultades mecánicas que duraron tres días; al cuarto avisó el socio que se había quedado en la cama un poco indispuesto; al quinto pasó César á visitarle... y el socio había desaparecido de la casa y de la ciudad. Llamó el incauto al cielo; siguió la pista del fugitivo la gente que lo entiende, y, como de costumbre, no dió con él.
Cruzáronse exhortos; escribióse mucho; crecieron los autos á montones, y vino á saberse en limpio que el ladrón se había largado á los Estados Unidos, y que ya era conocido por los siguientes fragmentos de su edificante historia:
Entre los primeros buscadores de oro en losplaceresfamosos de California, se contaba un mallorquín, marinero desertor de un buque llegado á aquellas costas con víveres y utensilios. Sabido es por demás que los susodichos explotadores eran lo peor de cada casa, y que no habiendo entonces en el país ni ley, ni rey, ni roque, todo era en élprimi ocupantis, por lo cual, antes que la herramienta del trabajo, todo buscador precavido adquiría un revólver y un puñal;porque no es necesario decir que lo que se adquiría arañando las costras de la tierra durante el día, había que defenderlo á menudo, por la noche, á tiros y á puñaladas. Con tan suaves entretenimientos, hijos de la necesidad, hasta el hombre más bondadoso tenía que convertirse en una fiera. ¿Qué llegaría á ser el que antes de pisar aquel suelo no tenía ya entrañas? De éstos era el mallorquín.
Cansándose muy pronto de escarbar la tierra para buscar el oro, y siendo muy diestro en los juegos de azar, trocó la herramienta por la baraja. Ganó mucho en pocos días; pero se le conoció el juego y estuvo á pique de pagar con el pellejo las ganancias. Salvó las unas y el otro; mas no queriendo exponerse á nuevos trances por el estilo, convenció á media docena de perdidos como él, y se lanzaron los siete á la montaña más próxima, de la cual descendían cada vez que se les presentaba una ocasión de hacer un buen agosto, sin arredrarles el riesgo de andar á puñaladas con los desvalijados. Estos atentados y otros parecidos que se hicieron de moda, sugirieron á otros buscadores menos bandoleros la idea de formar entre ellos rondas y tribunales con el fin de hacerse la justicia por su mano. La medida dió por resultado inmediato el que un día amanecieran seis ladrones colgados por el pescuezo en medio de la colonia deaventureros. Cuando estos ejemplares castigos se hicieron muy frecuentes, el mallorquín, que ya había visto colgados á tres de su cuadrilla, tuvo miedo en todas partes.
Huyó, pues, de California, con el rico botín de sus rapiñas, y se cree que se refugió en Méjico, porque, tiempo andando, se le ve aparecer, al frente de una docena de bandidos, asaltando unaconductade varios millones que iba de la capital á Tabasco; conducta que, merced á la fortuna de los salteadores, torció de rumbo con éstos, sin saberse á qué parte del mundo.
Tiempo después vuelve á vérsele en la isla de Cuba hecho un gran personaje, tratando con un criollo, separatista de nota, de una invasión filibustera. Habíale presentado cartas credenciales del centro conspirador de New York, en las cuales se le autorizaba para recoger una fuerte suma recaudada con el fin de reclutar gente y adquirir pertrechos de guerra. Los filibusteros cubanos no pusieron en duda la autenticidad de las cartas, sellos y contraseñas; entregáronle los millones recaudados en valores de pronta y fácil realización, y ni de éstos ni de su conductor volvieron más á saber aquellos sempiternoslaborantes.
Su última hazaña conocida fué la que llevó á cabo en Méjico, siendo la víctima César.
Nada quiso decir éste del caso á su tío, hastaconocer el resultado de sus pesquisas, ni tampoco escribir á la Habana; pues sobre estar convencido de la falsedad de las cartas de recomendación, temía que por aquel conducto llegara á saberlo su familia, y al saberlo ésta corría el riesgo él de que se desalentara Enriqueta, que le estaría esperando «de un momento á otro». En todo caso, para empezar á trabajar de nuevo y dar la triste noticia, siempre estaba á tiempo.
Cuando se convenció de que el fugitivo no parecía, buscado por la nariz de la justicia, sintióse acometido de una comezón febril y quiso él mismo correr tras él para arrancarle lo robado, ó para matarle si se lo negaba. Con este propósito, y sin decir á nadie una palabra, salió para los Estados Unidos, depósito inmenso de todos los grandes ladrones del mundo, y se consagró con alma y vida á buscar el de sus ahorros.
Tres meses de investigaciones en aquel laberinto de cosas grandes y de cosas horrendas, diéronle por resultado la convicción de que su hombre había pasado á Inglaterra, donde, por lo visto, tenía acumuladas, y en lugar seguro, sus incalculables riquezas tan honradamente adquiridas.
Tomó, pues, pasaje para Liverpool, y esto es todo lo que por ahora tenemos que decir de César al lector.