Feliz quien vióEl mal convertido en bienY el bien en mejor.
Feliz quien vióEl mal convertido en bienY el bien en mejor.
Feliz quien vióEl mal convertido en bienY el bien en mejor.
Prometeo, así como Epimeteo su hermano, no son figuras alegóricas, sino personajes reales. Prometeo, sabio; Epimeteo, guerrero. Representan, no obstante, la lucha de las armas y las letras, de la razón y de la pasión, de la ciencia y del instinto violento y ciego. Aunque rodeados de personajes simbólicos y mitológicos, hay realidad y vida en ambos protagonistas.
La lucha que entre ellos estalla viene á parar en reconciliación interviniendo Minerva, ó la sabiduría misma, y Apolo, ó el padre de la luz, los cuales interceden con el sumo Jove, quien perdona antes de que Prometeo padezca el suplicioá que estaba condenado. Pandora no es causa de todos los males, como en Hesíodo, tan aborrecedor de las mujeres.
Para el galante Calderón, que rendía culto á la mujer, y para quien
.....Si el hombre es breve mundo,La mujer es breve cielo,
.....Si el hombre es breve mundo,La mujer es breve cielo,
.....Si el hombre es breve mundo,La mujer es breve cielo,
Pandora, que representa á la mujer, completa la dicha del sabio, casándose con él y amándole. Robar el fuego del cielo resulta chico pecado y perdonable atrevimiento, en vista de los bienes que acarrea, y sobre todo
Porque nunca niegaPiedades un Dios.
Porque nunca niegaPiedades un Dios.
Porque nunca niegaPiedades un Dios.
La maravillosa y estupenda fantasía de Calderón despliega toda su virtud en el robo mismo del fuego, en la aparición de Prometeo, cuando ya le trae del cielo, y en la repentina y milagrosa vivificación de la estatua que se convierte en mujer, hermosa y sabia, hasta el punto de confundirse con Minerva, cuando Prometeo le da la llama celestial, que la penetra y la anima.
Un crítico de buena voluntad y transcendente, como hoy se usan, pudiera sacar deLa estatua de Prometeomil deliciosas, amenas y hasta profundas filosofías.
No me incumbe á mí hacerlo ahora; y me vuelvo á Andrade.
En éste no son tan atinadas como en Calderón las modificaciones ó innovaciones. Algunas van contra todo razonable simbolismo y le truecanen embolismo. El Titán, hijo de Japeto, es y quiere Andrade que sea el pensamiento humano. ¿Por qué, pues, le hace pelear contra Júpiter, con los otros titanes, que significan las fuerzas cósmicas, fatales é ininteligentes, en las que Júpiter pone orden y ejerce imperio? Prometeo aconsejó á los titanes que no se rebelasen contra Júpiter.
También es raro que los titanes para escalar el cielo monten á caballo y galopen como gauchos por la pampa, y en corceles de semoviente y animado granito. Para subir al asalto de una fortaleza, á un monte enriscado ó al cielo, no valen corceles si no tienen alas como el Pegaso. Además, yo creo que la lucha de los titanes contra Júpiter es difícil de pintar sin que el poeta moderno quede deslucido, cuando esta lucha inspiró en la Teogonía los versos más sublimes y verdaderamente titánicos al vate de Ascra.
A pesar de todo lo expuesto, y para terminar sin cansar demasiado ni al público ni á Ud., diré que, tanto por las composiciones de que he hablado, como porEl nido de cóndores,A Paisandúy otras que no cito, Andrade es uno de los más ilustres poetas que ha habido en América, y valdría más que Olmedo ó que Bello, y tanto como Quintana, si hubiese cursado más humanidades y hubiese tenido más y mejores lecturas.
Andrade, por último, como otros poetas argentinos, como Mármol, Echevarría y Obligado, tiene en su lira cuerdas que á Quintana le faltan. Andrade siente, ve y comprende, con profundo sentimiento poético, la naturaleza que le rodea.Si hubiera él olvidado ó descuidado más á Víctor Hugo y engolfado menos su alma en la filosofía de la historia, hubiera sido aún más notable poeta pintando la naturaleza americana y cantando de amor y de hermosura, mejor que de evoluciones y de progreso.
13 de Agosto de 1888.
Á D. José Rivas Groot
Muy distinguido señor mío: Vergüenza me da de no haber contestado aún á la amabilísima carta de Ud. fecha en Bogotá el 29 de Octubre de 1887. Pido á Ud. por ello mil perdones y le ruego que crea que en parte mi desidia y en parte mil quehaceres y cuidados han tenido la culpa de mi tardanza.
La carta de Ud., que recibí á su debido tiempo, me alegró y lisonjeó mucho. Con ella recibí el estimable presente que me hizo Ud. de un ejemplar delParnaso Colombiano.
En la carta me pide Ud. ó muestra deseos de saber mi opinión sobre los poetas cuyas composiciones contienen los dos tomos delParnaso. Y pensando yo en darla, después de reflexivo estudio, y con el mejor tino que pudiese, he dejado hasta hoy correr el tiempo, sin hacer nada de la tarea que me había prescrito.
Pocos meses há empecé á escribir estasCartas americanas, y claro está que de uno de los libros de que yo más detenidamente deseaba hablar en ellas era del que Ud. me había remitido; pero más fáciles asuntos me han salido al paso, y todavía no he satisfecho mi deseo.
Entre tanto, he recibido, sin saber quién me los envía, los números deLa Nación, de Bogotá, fechas 18 y 25 del último Mayo, donde contesta usted muy discreta y amablemente á mi primeraCarta americana, defendiendo con gran calor y habilidad á Víctor Hugo é impugnando mi crítica en lo que á Víctor Hugo es adversa.
En la impugnación se muestra Ud. tan cortés, tan benigno y tan amable conmigo, que la gratitud me desarma, y casi me siento capaz, á fin de ser á Ud. grato, de confesar que me he equivocado: que la musa de Víctor Hugo no tiene falta ni mácula, y que, si la tiene, la hermosea en vez de afearla, como velloso lunar á una linda moza, haciendo resaltar más con su negrura lo sonrosado de la mejilla ó la limpia candidez de la desnuda espalda, donde el lunar campea y descuella como matita de bambúes en prado de flores.
Los artículos de Ud. me llevan además á hacer escrupuloso examen de conciencia. ¿Señor—me digo,—habré yo pecado denigrando, ó rebajando al menos, el mérito del gran poeta por odio y envidia de español contra lo francés en particular, y en general contra todo lo extranjero? Raro es el español que sintió jamás tal odio ni tal envidia, y no soy yo ese español raro.
Hasta cuando estábamos muy soberbios y engreídos y no cesábamos de hablar de Pavía,Otumba, San Quintín y Lepanto, y de que el sol no se ponía en nuestros dominios, no nos dió jamás por denigrar á nadie.
Todo nos parecía mejor en tierra extranjera, ó porque era mejor, ó porque el atractivo de la novedad hacía que así nos pareciese. Hasta los poetas, que por lo común son arrogantes, eran humildes en España al compararse con los extranjeros. Lope de Vega, por ejemplo, que no me parece que era un poeta de tres al cuarto, decía, refiriéndose á los italianos, que no se atrevía á competir con ellos,
Que son solos y soles,Él con sus rudos versos españoles.
Que son solos y soles,Él con sus rudos versos españoles.
Que son solos y soles,Él con sus rudos versos españoles.
Lo que es en el día andamos tan abatidos, que no hay objeto que no nos parezca mejor siendo extranjero que siendo español; y de cuanto admiramos, es lo francés lo que admiramos más, por ser lo que menos mal conocemos. Siguiendo esta regla y esta propensión nuestra, aseguro á usted que mientras más hondamente lo considero, más me persuado de que, lejos de escatimar á Víctor Hugo la alabanza, me he excedido en ella; y llamando á Víctor Hugo rey de los poetas de nuestro siglo, he agraviado á Byron, á Goethe y á no pocos otros, que tal vez tuvieran más derecho que él á esa corona.
¿Qué es, pues, lo que yo puedo y debo replicar á los artículos de Ud. insertos enLa Nación? Lo mejor es dar el punto por suficientemente discutido. Dejemos á Víctor Hugo que descanse en paz sobre sus laureles, y hablemos de los poetasque escriben en mi propio idioma, y cuyas obras usted me envía, como me dice en su carta, desde un rincón de los Andes.
No puede Ud. imaginar cuánto me agrada y qué gran curiosidad me inspira ese rincón, como usted le llama.
Cuantas descripciones he leído de su tierra de usted, hechas por Alejandro Humboldt, por García Mérou, por el barón de Japurá, padre de una simpática marquesa, española por adopción, y mujer de un antiguo y excelente amigo mío, y por Miguel Cané, discreto escritor y viajero argentino, hoy ministro de su república en esta corte, todo me atrae y cautiva; y aseguro á usted que, si yo no fuese ya y no estuviese ya tan viejo, había aún de ir á Bogotá á hacer á Ud. una visita y á ver el estupendo salto del Tequendama, de tan superior elevación al del Niágara, que he visto.
Lejos de parecerme Bogotá un rincón, se me figura que Bogotá va á ser el centro del mundo en lo venidero, cuando el canal interoceánico acabe de abrirse, y sea en el seno de esa república donde se celebre el gran consorcio de la civilización, besándose y abrazándose, dentro de la zona,
Que el sol enamorado circunscribe,
Que el sol enamorado circunscribe,
Que el sol enamorado circunscribe,
las ondas del Atlántico y del Pacífico.
Y no crea Ud. que lo que más me encantaría ahí, aunque soy muy apasionado á la hermosura y sublimidad de la naturaleza, serían los fértiles y exuberantes valles y vegas por donde correnel Magdalena y el Cauca; ni la riqueza y variedad de frutos, plantas y flores que hay en la hermosa patria de Ud.; ni la misma catarata, vencedora del Niágara, y una de las maravillas que hay que ver en este planeta, catarata en que se derrumban las aguas del Bogotá desde una altura de 180 metros, y pasan por el aire, desde la tierra fría, desde un clima como el del centro de España, á la tierra caliente, poblada de naranjales y de palmas, y donde revolotean los loros y guacamayos. Todo esto, con un poco de imaginación, se ve en espíritu, leyendo las descripciones de los viajeros, casi como si se viese materialmente con los ojos del cuerpo y se tocase con las manos. Lo que á mí me encantaría más sería ver trasplantada, en esa meseta de los Andes, con hondas raíces, lozana y llena de savia y de vida, la antigua civilización de la metrópoli; sería ver en Bogotá como un foco de luz propia, como un primer móvil de inteligencia castiza, que sin desechar, sino conociendo y estimando todo el moderno saber de los demás pueblos de Europa, imprime en cuanto hace el sello y el carácter de la raza española, con algo además de singular y exclusivo que la determina y distingue como colombiana.
Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de los libros en prosa que Uds. escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído más que una novela de Bogotá:Tránsito, de Silvestre. Y aseguro á Ud. que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe, en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada y canto á la vez que llamanbambuco, y que se me figura que no ha de ser inferior á nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos degenerando, ó por decirlo así destiñéndonos y como perdiéndonos modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que Uds. conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza. Ahí puede llamarse aúncachacoundandyycachaqueríalahigh life. Ahí siguen loscolichesóasaltos, como los había en mi mocedad en nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca elbambucoen coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y ejecutan, la música más sabia de Schubert, de Chopín y de Beethoven, y aun compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el Sr. Cané de la señorita doña Teresa Tanco.
El mismo Sr. Cané, en su precioso libro de impresiones tituladoEn viaje, nos describe con tal entusiasmo la cultura, la hospitalidad y el trato afable y discreto de la sociedad elegante de Bogotá, que pone deseo de ir á gozar de ella y de ver en el riñón de América, en una planicie ó extensa nava en el centro de los Andes, á la altura de 2.700 metros sobre el nivel del mar, algo como un paraíso terrestre, de clima apacible, de perenne primavera, donde existen todos los refinamientos que la vida moderna puede dar al espíritu; y no pocos de los regalos, comodidades yconforts, como dicen ahora, de que pueden disfrutar nuestros cuerpos.
Todo lo que el Sr. Cané cuenta de este paraíso lo creo yo á pie juntillas; y no es exceso de fe, pues está confirmado por las relaciones de otros viajeros, como el Sr. García Mérou, el barón de Japurá y el mismo Humboldt, á quienes ya he citado, y sobre todo por los libros que Uds. escriben, que son la mejor y más irrefragable prueba de dicha cultura.
En lo que yo creo descubrir cierta exageración es en los graves peligros, dificultades enormes y rudas fatigas que hay que arrostrar, superar y sufrir para llegar á esa ciudad, capital de los Estados Unidos de Colombia, donde tan agradablemente se vive. Bien dijo el divino poeta Ludovico Ariosto:
Chi va lontan dalla sua patria, vedeCose da quel, che già credea, lontane,Che, narrandole poi, non se gli credeE stimato bugiardo ne rimane,Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fedeSe non le vede e tocca chiare e piane.
Chi va lontan dalla sua patria, vedeCose da quel, che già credea, lontane,Che, narrandole poi, non se gli credeE stimato bugiardo ne rimane,Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fedeSe non le vede e tocca chiare e piane.
Chi va lontan dalla sua patria, vedeCose da quel, che già credea, lontane,Che, narrandole poi, non se gli credeE stimato bugiardo ne rimane,Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fedeSe non le vede e tocca chiare e piane.
Y así, si bien yo no quiero pasar por alguien delvolgo sciocco, y menos aún por poner en duda la exactitud de las noticias del Sr. Cané, y no niego nada de lo que cuenta, todavía me atrevo á disminuir un poco en mi mente de los calores infernales que pasó desde Barranquilla hasta Honda; de la violencia de los chorros ó rápidos del Magdalena; de la multitud de caimanes que se ven en el río y por las orillas del río, por manadas á veces de sesenta, y cada uno con cinco ó seis metros de longitud; de las feroces picaduras de los mosquitos, de que es víctima quien sube en vapor contra la corriente del Magdalena, navegación que dura doce ó catorce días; y de la expedición á caballo ó en mulas desde Honda ó Bodegas, al borde del río, hasta la nava ó planicie de Bogotá, pasando por espantosos desfiladeros, capaces de poner de punta los cabellos del mismo Cid Campeador.
A la verdad que á tanta costa, y exponiéndome á tanto percance, tal vez ni aun cuando yo estuviese ahora en la flor de la juventud, me atrevería á ir á Bogotá. El Sr. Cané pinta la empresa casi como sobrehumana para un hombre civilizado. Hubo momentos en que dice que se apoderó de su espíritu una desesperación infinita y en que sintió deseos de arrojarse al río á pesar de los caimanes, ó de pegarse un tiro y acabar con aquel martirio sin gloria, sin excitación moral, sin propósito alentador.
Repito que todo esto me parece exagerado. Los argentinos deben de ser más vivos de imaginación y más dados á ponderar que los andaluces. Pero como quiera que sea, en vista de esos peligros, de ese abrasado país que rodea el paraíso de Bogotá, y que es menester atravesar para penetrar en él, me representaba yo á Bogotá, al leer el libro del Sr. Cané, como á la hermosa Walquiria Brunequilda, á quien el dios su padre, á fin de que nadie pudiese gozar de su gentil presencia, trato y afecto, sin mostrar antes el ánimo más esforzado, circundó de un espantoso círculode voraces llamas, en cuyo centro ella quedó dormida durante siglos, como puede verse en la bella ópera de Ricardo Wagner.
Asimismo, representándome todo el cúmulo de obstáculos que para llegar á Bogotá deben allanarse, y después lo agradable y ameno de la vida en Bogotá, donde hay tanto músico y tanto poeta, recordaba yo la antiquísima fábula griega del país de los Hiperbóreos, para llegar al cual se necesita pasar más allá de las Montañas rifeas, donde Bóreas vive y donde hay tremendos peligros y todo es inhospitable. Pero, salvados la aspereza y el horror de las referidas montañas, hallábase el viajero en medio de un pueblo excelente, predilecto del dios Apolo, donde casi todos los habitantes cantaban y tocaban deliciosamente la lira, y donde las lindas mujeres eran también cantoras, y bailaban con rara gallardía, y cautivaban los corazones con su ingenio y con su gracia.
En resolución, yo acepto, sin rebajar un ápice y sin borrar un tilde, todo lo bueno que en alabanza de Bogotá dice el Sr. Cané en su divertido é interesante libro; pero si no borro, rebajo bastante de los trabajos y de los casos peligrosos de la peregrinación hasta allí desde Barranquilla. ¿Quién sabe si dentro de diez ó doce años, ó antes, ya desde Barranquilla, ya desde un punto cualquiera de la costa, se subirá por ferrocarril hasta Bogotá con la misma facilidad con que se va ahora desde París á Bruselas?
Por lo pronto, no podemos negar, aunque sí atenuar algo, las penalidades de la ascensión. Y,por cierto, que lo que apenas puede concebir la fantasía, y supone un valor sobrenatural, es la hazaña de llegar hasta allí, y de descubrir y conquistar aquello, como lo hicieron en 1556 un puñado de españoles, á las órdenes de D. Gonzalo Jiménez de Quesada. Cerca de un año duró la peregrinación, y en ella murió la mitad de los aventureros que mandaba D. Gonzalo, vencidos por el hambre, los animales ponzoñosos, las fiebres y las inclemencias del cielo; pero, como dice el Sr. Martín García Mérou en susImpresiones, «al alcanzar la elevada planicie, hallaron la recompensa de sus fatigas. Aquel era el país de los chibchas, el más opulento y el más civilizado que habían encontrado hasta entonces, con sus verdes sementeras, sus poblaciones indígenas, los palacios de sus caciques, la fecundidad de sus campos y la abundancia de sus aguas».
La planicie de Bogotá fué, pues, desde antes que los españoles la descubrieran, centro y foco de civilización. Los chibchas ó muiscas de entonces no eran inferiores en cultura á los súbditos de Atahualpa y de Moctezuma, así como los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado á las letras, ciencias y artes de toda la América española.
Desde que el Nuevo Reino de Granada se cristianizó y se españolizó han abundado en él poetas é historiadores, que algo nos han descubierto de su antigua manera de ser, de su mitología, leyendas y vida anterior á la conquista.
De todo esto quisiera yo hablar extensamente, porque todo esto es muy curioso; pero si empiezo tanab ovo, ¿qué infinidad de cartas no tendré que escribir si he de llegar á decir algo delParnaso Colombianoque Ud. me ha remitido?
ElParnaso Colombianoconsta de dos tomos de cerca de 400 páginas cada uno, impresos el tomo I en 1886 y el tomo II en 1887, y que contienen composiciones de más de cien poetas y de quince ó diez y seis poetisas, contemporáneos todos, ó sea posteriores á la independencia. Pero como Ud. amplifica é ilustra la colección hecha por Julio Añez con un extenso discurso preliminar, que puede considerarse como compendio de la historia literaria de Colombia, por fuerza, aunque no quiera, tendré que hablar de todo, si he de dar mi opinión á Ud.; y á los demás que leyeren estas cartas, cierta idea de lo que es ese pueblo y de lo que importa y vale su vida intelectual.
Y ya se entiende que lo que yo diga ha de ser muy somero, por dos razones: porque yo, de mío, soy muy poco profundo, y porque debo ser breve para no cansar.
Aseguro á Ud. que si no fuese por esta invenciblescribendi cacoethesque me aqueja, la tal cuestión de lo profundo y de lo somero me hubiera hecho arrojar la pluma lejos de mí desde hace años. Yo necesito un público mediano en lo tocante á sabidurías: que sepa algo para que no le parezca pesada mi corta erudición; que no sea muy desdeñoso é indiferente para el saber, á fin de que el mío le interese; y que no sepa mucho, á fin de que algo de lo que yo le diga le coja de nuevas, y no lo considere como sabido y resabido, y que ya no se debe ni recordar. Como aquí, ó el público es muy sabio, sobrado sabio, ó no se le da un comino de todas las sabidurías, yo estoy perdido, y con las cosas que he publicado me han ocurrido mil desengaños.
Pondré ejemplos.
Cuando traduje del alemán la obra de Schack tituladaPoesía y arte de los árabes en España, imaginaron muchos que todas aquellas coplas y todos aquellos poetas eran creación mía, y como creación mía, los desdeñaron; pero en cambio los profundos orientalistas españoles despreciaron, no sólo la traducción, sino el original que yo había traducido. Los versos todos estaban tomados por Schack, que no sabe árabe, de no sé cuántas traducciones en lenguas modernas de Europa. En suma, mi trabajo era superficialísimo y no enseñaba nada.
Con mis cartas á D. Jesús Ceballos Dosamantes me ha pasado algo más gracioso aún, si no fuese tan lamentable. Para muchos, yo soy el inventor de D. Jesús Ceballos Dosamantes y de suPerfeccionismo absoluto, imaginado adrede por mí para decir algunas burlas, como si mil sistemas filosóficos europeos no se prestasen á más burlas, si está uno de humor para hacerlas; pero en cambio el público re-sabio nada halla nuevo ni peregrino en D. Jesús Ceballos Dosamantes, ni en su impugnador ó expositor tampoco: todo lo han leído y releído, y casi se lo tienen ya olvidado, por saberlo tan bien desde que tomaban papilla.
Así, escribir para mí es como navegar entredos escollos; pero yo he de escribir sin remedio. No puedo curarme de mi afición á escribir. Lo que procuro inculcar siempre en el ánimo de mis lectores es que no pretendo enseñar, sino entretener un rato, si puedo, y además divulgar algunos conocimientos que los sabios están ya hartos y aun tifos de saber, pero que varias personas cándidas y de buena fe ignoran y no desdeñan que lleguen á su noticia.
En estas cartas, pues, nada trato yo de enseñar á los sabios; pero me daré por pagado de que á Ud. contenten y de que esas varias y pocas personas cándidas sepan por ellas que hay del otro lado del Atlántico, en el corazón de la América meridional, sobre esa elevada meseta ó nava de los Andes, cierta agrupación de españoles emancipados, nación nueva, hija de la nuestra, donde nuestro idioma se cultiva y se habla y se escribe con primor, elegancia y pureza, y donde brillan nuestras artes y antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la distancia y por diversas condiciones sociales.
Con tan buen propósito seguiré escribiendo estas cartas, sin arredrarme ni desanimarme, si bien procurando que no sean muy largas, ni muchas.
Y aquí termino la primera, asegurando á usted que soy su agradecido amigo.
** *
20 de Agosto de 1888.
Muy estimado señor mío: En mi sentir, y ya lo he dicho no pocas veces, sin que crea yo que mi aserto pueda ofender al colombiano más celoso de su nacional autonomía, la literatura de su país de Ud. es parte de la literatura española, y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es y no otra cosa. No quita esto que se dé diferencia dentro del género, que en la unidad quepa la variedad con holgura; que sobre la condición general de españolismo se note en toda obra del ingenio de Colombia un sello especial y característico; y menos impide que, con el andar del tiempo, pueda llegar lo que Colombia intelectualmente produzca á igualar y aun á superar en mérito y en abundancia la producción literaria de esta Península.
Entendidas las cosas así, es doble falta por parte de España el desconocimiento general (y no niego que hay excepciones y personas que saben aquí cuanto de ahí hay que saber) del movimiento intelectual de esa República. Ustedes nos leen, nos conocen, nos estudian, pero en España se sabe poquísimo de los autores colombianos. A remediar esto ha venido la creación de la Academia colombiana de la lengua, correspondiente de nuestra Real Academia Española. Así la fraternidad se restablece, y así revive la comunicación entre España y su antigua colonia, hoyemancipada. De esperar es que este elevado comercio, digámoslo así, se extienda y divulgue algo más, para honra y provecho de los que escribimos, y que un libro de historia, una novela ó un poema de un ingenio de Colombia halle su público en Madrid, sea objeto de nuestra crítica, llame aquí la atención é interese, y se venda en nuestras librerías, con relación á su mérito, como cualquiera obra de un escritor peninsular.
Mi deseo es que todo libro colombiano, de algún valer, deje de ser una curiosidad bibliográfica en España, y naturalmente que también los libros españoles lleguen á tener en Colombia más público del que tienen hoy.
Aun distamos mucho de que se logre esta harto modesta aspiración. Y casi me atrevo á asegurar que en toda nuestra Península é islas adyacentes no hay, ni en poder de los libreros, ni en manos de aficionados á versos, más ejemplares delParnaso Colombianoque los que Ud. y el Sr. Añez hayan enviado de presente, entre los cuales está el mío.
Al dar yo cuenta aquí delParnaso Colombianome parece, pues, que doy cuenta de una rareza literaria.
Toda literatura tiene sus precedentes, y la de ustedes, que puede decirse que empieza con esta centuria, los tiene nobilísimos desde que nació la Colonia.
Ya anuncia y augura la vocación literaria de esa nación que el descubridor, conquistador y fundador D. Gonzalo Jiménez de Quesada fuese letrado á par que guerrero, que tomaseora la espada, ora la pluma, y que dejase escritos unCompendio historial, y lo que peor parece que se aviene con su carácter y condición de batallador y aventurero, una obra devota:Colección de sermones con destino á ser predicados en las festividades de Nuestra Señora.
También fué aventurero y soldado el ilustre Juan de Castellanos, que igualmente fué por ahí desde España.
Después de larga vida militar, llena de azares y aventuras, se hizo sacerdote, y retirado en Tunja, empleó los ocios de su sana y robusta vejez en escribir todo cuanto sabía, ó por lectura, ó de oídas, ó por haberlo presenciado, y aun representado en ello su papel, «de la variedad y muchedumbre de cosas acontecidas en las islas y costas del mar del Norte de estas Indias Occidentales, donde, añade él en su dedicatoria á Felipe II, he gastado yo lo más y mejor del discurso de mi vida,» etc.
No diremos que Juan de Castellanos sea un Virgilio, ni llegue siquiera en pasaje alguno á la alta é inspirada entonación de Ercilla; pero son asombrosos y simpáticos su facilidad, el candor de su estilo, la frase natural y castiza, y á veces la gracia y el primor con que lo va refiriendo todo en octavas reales ó de versos endecasílabos. Su obra es inmensa, pues no sólo compuso lasElegías de varones ilustres de Indias, que llenan un tomo de 565 páginas de la compacta edición deAutores Españolesde Rivadeneira, y contienen muy cerca de noventa mil versos, sino también unaHistoria del Nuevo Reino de Granada,que andaba inédita y como perdida, y que há poco publicó por vez primera D. Mariano Catalina en suColección de Escritores castellanos. Todo esto lo hacía el historiador-poeta sin esperar remuneración alguna, sino la de su beneficio, y, como dice con cándida sencillez, «para no comer el pan de balde».
Y no se imagine que la lectura de las obras de Juan de Castellanos sea fatigosa é inútil. Contienen las obras un precioso tesoro de noticias, y no rara vez caen muy en gracia la inocente malicia, el desenfado y la soltura con que refieren algunas cosas cómicas ó les ponen comentarios. Así, al hablar de cierta fuente milagrosa que devolvía doncellez y vigor á mujeres y á hombres, pondera Castellanos la multitud de gente que iría en peregrinación allí, si el hecho fuera indudable, para recobrarsus antiguas gallardías, y añade:
Cierto, no se tomaran pena tantaPor ir á visitar la Tierra Santa.
Cierto, no se tomaran pena tantaPor ir á visitar la Tierra Santa.
Cierto, no se tomaran pena tantaPor ir á visitar la Tierra Santa.
Parece, á la verdad, un cuento de Lafontaine aquel episodio del portugués, enamorado de la india, que no gustaba de él y quería abandonarle. El portugués, para gala y como principio de civilización y de púdico decoro, había revestido á la india de una camisa. Era de noche: la india estaba al lado de su amigo, y para alejarse pretextó cierto indispensable negocio. Como la india era ladina, pensó en que la camisa blanqueaba en la obscuridad, y quitándosela á escape, se quedó con el traje que fué de su crianza. Así seescapó de entre las manos del portugués, el cual, contemplando siempre la camisa, que había dejado ella tendida en unas matas, creía que allí estaba la señora de sus pensamientos. Impaciente ya de que tardase tanto, el portugués decía:Ven ya á os brazos do galan que te deseia.
Viendo no responder, tomó consejoDe levantarse con ardiente brío,Diciendo:¿Cuidas tú que non te vejo?¡Vejot muyto ben pelo atavio...!Echóle mano, mas halló el pellejoDe la querida carne ya vacío:Tornóse, pues, con sólo la camisa,Y más lleno de lloro que de risa.
Viendo no responder, tomó consejoDe levantarse con ardiente brío,Diciendo:¿Cuidas tú que non te vejo?¡Vejot muyto ben pelo atavio...!Echóle mano, mas halló el pellejoDe la querida carne ya vacío:Tornóse, pues, con sólo la camisa,Y más lleno de lloro que de risa.
Viendo no responder, tomó consejoDe levantarse con ardiente brío,Diciendo:¿Cuidas tú que non te vejo?¡Vejot muyto ben pelo atavio...!Echóle mano, mas halló el pellejoDe la querida carne ya vacío:Tornóse, pues, con sólo la camisa,Y más lleno de lloro que de risa.
A más de Juan de Castellanos habla Ud. en suEstudio preliminarde otros muchos escritores que hubo ahí durante el período colonial, descollando entre los poetas Hernando Domínguez Camargo, autor de un poema sobre San Ignacio de Loyola; D. Francisco Alvarez de Velasco y una inspirada y mística monja llamada la Madre Castillo.
Por lo demás, la historia literaria de ahí sigue un curso paralelo al de la nuestra: idéntico culteranismo ó gongorismo en el sigloXVII; idéntica decadencia prosaica hasta mediado el sigloXVIII, y hacia fin del sigloXVIIIy en el primer tercio del sigloXIX, cierto renacimiento y gusto más puro y elevado, aunque debido al menoscabo de la originalidad castiza y á la imitación, si no de las composiciones, de los preceptos del pseudo-clasicismo francés.
El romanticismo penetró ahí, como en España,por medio de la literatura francesa. Y justo es confesar que si durante el imperio pseudo-clásico seguimos los preceptos franceses, y nuestra poesía estuvo impregnada, así como la política, de la ligera filosofía sensualista, liberalesca y filantrópica ó humanitaria de Francia, la poesía era, en la forma, menos imitadora que lo fué después de la francesa. El pseudo-clasicismo francés no había tenido un Víctor Hugo que darnos por modelo. De aquí que nuestros poetas peninsulares anteriores al romanticismo, aunque estén inspirados por Rousseau ó por Voltaire ó por otros autores de Francia, son castizos en la forma; y si á alguien imitan, es á los clásicos griegos y latinos, á los italianos y á nuestros mismos clásicos del sigloXVI. Lo propio puede decirse de los poetas hispano-americanos del citado período. Con el romanticismo perdimos, sobre todo en América, en la castiza originalidad de la forma. Y digosobre todo en América, porque ahí, como en tierra de menos recuerdos y que mira más al porvenir, prevaleció el romanticismo de las ideas modernas sobre el romanticismo retrospectivo é histórico, que nos dió en España al duque de Rivas y á Zorrilla, y que prestó á Arolas, á Hartzenbusch, á García Gutiérrez y á muchos otros un fondo y un color castizos y populares, los cuales vinieron á extenderse hasta por las obras de los poetas más cosmopolitas, como Espronceda.
Pero pasó de moda el romanticismo, como el pseudo-clasicismo había pasado, y tanto en España cuanto en Colombia, realizada esta revolución literaria, indispensable y bienhechora, se sintieron sus saludables efectos, y apareció una filosofía del arte, y por lo tanto una crítica, más comprensiva y transcendente.
En este punto, y guiado Ud. por esta más alta crítica, habla y juzga á los autores, todos sus contemporáneos y compatricios, que elParnaso Colombianoencierra.
En el fondo de sus ideas, como en el fondo de las nuestras, ¿quién negará que hay mucho elemento filosófico y científico, importado de Francia, de Inglaterra y de Alemania? Vamos detrás de estas naciones, y el abatimiento y la modestia nos inducen á creer que vamos aún más rezagados. Pero el sentimiento y la forma, y el medio ambiente y los recuerdos históricos salvan y dan realce á la propia originalidad, y producen una poesía que no carece de ser y de índole peculiares.
Aunque Uds., como nosotros, se dejan influir por poetas extranjeros, siendo los que más han influído últimamente, tanto ahí cuanto aquí, Byron, Víctor Hugo y Enrique Heine, yo noto con mucho gusto que, contra esta corriente de extranjerismo, luchan en Colombia, no sin éxito, la buena tradición española y el ejemplo y el modelo que ofrecen poetas peninsulares del día, conocidos todos en América, y tal vez más queridos, encomiados y estudiados que en España.
Nuestros poetas, de los que veo más huella y sabor en los novísimos colombianos, son Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.
Los que Ud. más celebra y los que antes hantenido ahí más influjo son Quintana, el duque de Rivas, Espronceda, García Gutiérrez, Tassara y Bermúdez de Castro. Y al que Ud. pone por las nubes, como contradiciéndonos, pero no á mí, que sigo casi su opinión, es á Zorrilla, á quien Ud. llamala primera figura poética de España en este siglo.
Con lo dicho se empieza á formar idea de la fisonomía general delParnaso Colombiano. Hay que añadir ahora otros rasgos singulares. A pesar de la extraordinaria facilidad con que en Colombia se versifica, y aunque es Colombia una república democrática, su poesía es aristocrática, culta y atildada. Se ve que es producto de algo como una casta superior, dominadora aún, no por las leyes que á todos hacen iguales, sino por la inteligencia, el saber y la cultura, que importó en el país, sobre otra casta inferior, que no se ha extinguido ni ha desaparecido casi, como en las que fueron colonias inglesas, sino que vive en cierta subordinación patriarcal y suave.
Las ideas, los sentimientos, el habla, la religión, las costumbres y tradiciones importados de España por los que vinieron á fundar la colonia, persisten, pues, y son tenidos en gran veneración. Son como los dioses penates, que no ahuyentaron ni la revolución, ni la guerra de la independencia contra la metrópoli, ni las ulteriores guerras civiles.
De aquí que el hombre quizá más eminente en Colombia por el pensamiento, en el vigor de su edad aún (nació en 1843), sea un ultraconservador, un tradicionalista, lo que llamábamos pocosaños há en España un neocatólico; pero un neocatólico, unretrógrado, que, como dice el liberal Sr. Cané, «ha leído cuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual. Su alta inteligencia ha entrado á fondo en la literatura moderna, y pocos como él podrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años.»
Este hombre, además, es un sabio filólogo y humanista, muy versado en los autores clásicos; griegos y latinos, como lo demuestra su hermosa traducción de Virgilio.
Ya se entiende que hablo de Miguel Antonio Caro, hijo de José Eusebio, poeta ilustre también, y de cuyas poesías ha hecho linda edición, agotada ya, el Sr. D. Mariano Catalina, en suColección de Escritores castellanos.
Miguel Antonio ha escrito mucho en prosa, así de ciencias morales y políticas como de filología. En pocos escritos modernos resplandece más que en los de este autor lo que podemos llamar el españolismo.
Por ello le censuran no pocos americanos, pero no hemos de ser los españoles los que también le censuremos. Además que los mismos americanos más liberales empiezan ya á calificar de injusta y de cansada y de falsa tanta y tanta declamación contra los descubridores y conquistadores de América. Sus culpas, si por herencia se transmiten, más pesan sobre los americanos, si no son indios, que sobre nosotros, ya que nuestros padres, salvo el caso de algunas familiashistóricas, como Colón, Pizarro, Cortés y Orellana, se quedaron por acá, y no cometieron las atrocidades feroces que á los conquistadores se atribuyen.
Y aun dando por evidentes todas esas atrocidades, ¿es de presumir que á fines del sigloXVy principios del sigloXVIhubieran sido más humanos, más benignos y más generosos los ingleses ó los alemanes, por ejemplo, si les hubiera tocado hacer nuestro papel, descubrir ese continente, y el mar del Sur, y los Andes, y echar por tierra los imperios del Perú y de Méjico? ¿Habría en Colombia tanto indio vivo si en vez del literato y autor de sermones D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y de los frailes, entre los cuales hubo más Las Casas que Valverde, hubiera ido por ahí un aventurero tudesco con buen golpe delasquenetes?
Estas y otras consideraciones por el estilo, que se le ocurren á cualquiera, valen para disculpa, suponiendo que necesite disculpa elretrogradismoótradicionalismode D. Miguel Antonio Caro, y prueban que no se puede acusar á este señor de que defiende hasta la Inquisición, y de que su prurito de santificar lo pasado es irreconciliable con la clara luz de su elevado entendimiento.
Este entendimiento elevado brilla en todas las obras de D. Miguel Antonio, le ha hecho célebre y muy estimado en toda América, y aun entre nosotros, é ilumina singularmente sus poesías, de las que en elParnaso Colombianohay hermosísimas muestras. No sin motivo califica Ud. alautor de gran poeta, y considera sus mejores versosLa vuelta á la patria. En lo que no estoy conforme con Ud. es en que no hay nada por el estilo de esta composición en la poesía castellana y en colocarla en el género de poesía inglesa. Ferviente admirador soy yo también de la poesía inglesa, y la creo, por lo general, más concisa que la nuestra y muy hondamente sentida. Para lo de la concisión hasta hay razones materiales. En inglés bien se puede afirmar que la mitad ó menos de sílabas que en castellano basta á expresar las mismas cosas.
Y, sin embargo, yo nada veo de exótico enLa vuelta á la patriadel Sr. Caro. No es menester dejar de ser español para ser sencillo, sentido y profundo. No eran ingleses, ni habían leído poesía inglesa, fray Luis de León y Jorge Manrique. Dejando, no obstante, esta discusión á un lado, convengo en que es preciosaLa vuelta á la patria. Aquella dulce y mística melancolía, aquella vaguedad esfumada con que percibimos como verdadera patria la que está más allá de la muerte, y aquella pintura, tan natural y verdadera, de la patria terrenal, de la casa de nuestros padres, del valle tranquilo en que pasó nuestra niñez; y aquella mengua y abatimiento del corazón enfermo, que vuelve á su antigua soledad, que la desea y que ya no la halla, porque ya no existe sino en su mente como ideal divino: todo, en suma, en esta composición, en que hay más sentidos y más ideas que palabras, la hacen en mi opinión perfecto dechado de poesía de sentimiento en cualquier idioma. No se puede citarun solo verso sin citarlos todos. Nada huelga en la composición. Todo está primorosamente enlazado y forma el más armonioso conjunto.
Tampoco estoy conforme con Ud. en calificar de germánicaLa flecha de oro. Aquello es original, es nuevo; pero ¿por qué no ha de haber nada español que tenga algo de original y de nuevo, que no esté vaciado en los antiguos moldes, y que no por eso sea germánico ó inglés? El asunto deLa flecha de oro, elcuento, es tan poco germánico, que está tomado del principio de uncuentodeLas mil y una noches. Lo inventado por Caro es el valor simbólico y transcendente, que adquiere en su breve poesía la antigua leyenda india, persa ó arábiga. El príncipe, en los versos de Caro, no vuelve á encontrar la flecha, como la encuentra en el cuento deLas mil y una noches. No hubo hada Parabanú, que, enamorada de él, la extraviase para atraerle. Laflechadel antiguo cuento nada significa: laflechadel poemita de Caro tiene alta significación. Y la sobriedad artística con que esta significación queda indeterminada, hace aún más poéticos los versos, abriendo la puerta á la fantasía del lector, para que se lance volando por todos los libres, infinitos espacios de las filosofías y de las religiones, en busca de la perdida flecha, sin envidiar al hermano que, por apuntar más bajo, tocó en el blanco y heredó el reino terrenal de su padre.
De aquí que toda alma soñadora y entusiasta pueda creerse el héroe ó la heroína de los versos, y decir:
Yo busco una flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»Mi padre fué un príncipe: quiereUn día nombrar sucesor,Y á aquel de dos hijos prefiereQue al blanco tirare mejor.A liza fraterna en el llanoSalimos con brío y con fe:La punta que arroja mi hermanoClavada en el blanco se ve.En tanto mi loca saeta,Lanzada con ciega ambición,Por cima pasó de la metaCruzando la etérea región.En vano en el bosque vecino,En vano la busco doquier:Tomó misterioso caminoQue nunca he logrado saber.El cielo me ha visto horizontesSalvando con ávido afan,Y mísero á valles y á montesPidiendo mi infiel talismán.Y escucho una voz ¡Adelante!Que me hace incansable marchar:Repítela el viento zumbante:Me sigue en la tierra y el mar.Yo busco la flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»
Yo busco una flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»Mi padre fué un príncipe: quiereUn día nombrar sucesor,Y á aquel de dos hijos prefiereQue al blanco tirare mejor.A liza fraterna en el llanoSalimos con brío y con fe:La punta que arroja mi hermanoClavada en el blanco se ve.En tanto mi loca saeta,Lanzada con ciega ambición,Por cima pasó de la metaCruzando la etérea región.En vano en el bosque vecino,En vano la busco doquier:Tomó misterioso caminoQue nunca he logrado saber.El cielo me ha visto horizontesSalvando con ávido afan,Y mísero á valles y á montesPidiendo mi infiel talismán.Y escucho una voz ¡Adelante!Que me hace incansable marchar:Repítela el viento zumbante:Me sigue en la tierra y el mar.Yo busco la flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»
Yo busco una flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»Mi padre fué un príncipe: quiereUn día nombrar sucesor,Y á aquel de dos hijos prefiereQue al blanco tirare mejor.A liza fraterna en el llanoSalimos con brío y con fe:La punta que arroja mi hermanoClavada en el blanco se ve.En tanto mi loca saeta,Lanzada con ciega ambición,Por cima pasó de la metaCruzando la etérea región.En vano en el bosque vecino,En vano la busco doquier:Tomó misterioso caminoQue nunca he logrado saber.El cielo me ha visto horizontesSalvando con ávido afan,Y mísero á valles y á montesPidiendo mi infiel talismán.Y escucho una voz ¡Adelante!Que me hace incansable marchar:Repítela el viento zumbante:Me sigue en la tierra y el mar.Yo busco la flecha de oroQue, niño, de una hada adquirí,Y «Guarda el sagrado tesoro»,Me dijo; «tu suerte está ahí.»
No he sabido resistir á la tentación de poner aquíLa flecha de oro, aunque me acuse Ud. de impertinente y de copiarle lo que de memoria sabe.
Yo soy tardío, pero cierto. Hace cerca de un año que debo contestación á la carta de Ud.; pero ahora voy á pagar con usura, escribiéndole unaserie de ellas, pues no se requieren menos para dar alguna idea de lo que es elParnaso Colombiano.
** *
27 de Agosto de 1888.
Muy estimado señor mío: Entre las varias dificultades con que tropiezo al emitir mi juicio sobre elParnaso Colombiano, cuenta por mucho (¿y por qué no confesarlo?) mi corto saber de los hombres y las cosas de ese país. En una recopilación de versos escogidos de varios sujetos, que son además personajes políticos, y que han escrito en prosa, en periódicos, y que han compuesto novelas, y libros de derecho, de filosofía, de filología y de historia, que no conozco, es menester que yo adivine mucho, y toda adivinación está sujeta á graves errores.
La mayoría de los poetas, de quienes el señor Añez pone tres ó cuatro composiciones en suParnaso, han escrito tomos enteros. ¿Quién me asegura que lo que inserta el Sr. Añez sea lo mejor y lo más característico? ¿Y cómo, por las breves noticias biográficas que preceden á las composiciones de cada autor, y por lo que él dice en ellas, averiguar con plena certidumbre sus doctrinas y creencias y tasar su valer en lo justo?
Por todo esto, y porque no me es dable extenderme demasiado, mi crítica tiene que ser incompleta: no será crítica; me limitaré á participar á usted mis impresiones en general, sin detenerme á decir algo en particular sobre tanto poeta.
He empezado por Miguel Antonio Caro, porque es el más conocido entre nosotros. Es fundador de la Academia Colombiana, correspondiente de la Española; director de la Biblioteca Nacional en su país, y ahí y en todas partes muy notable polígrafo y erudito, lo cual no impide que sea también elegante, inspirado y entusiasta poeta. Las dos composiciones suyas, que ya hemos citado, lo demuestran bien, y no lo desmienten otras cuatro que inserta de él elParnaso: unaA la estatua de Bolívar, obra admirable de Teneranni, que está en la Plaza Mayor de Bogotá, y otra de ellasA la gloria, donde yo admiro y envidio el fervor amoroso del poeta que la canta y la desea, exento de aquella mala vergüenza con que por Europa tratamos de encubrir ese entusiasmo, si por acaso le sentimos. Todos los que componen versos le sienten aún, pero con más tibieza, y no todos se atreven á decir, ni dicen tan bien á la gloria: