III

Certa dies animalia terrisMostrabit nova: nascentur pecudesque feracque,Sponte sua, primaque animas ab origine sument.

Certa dies animalia terrisMostrabit nova: nascentur pecudesque feracque,Sponte sua, primaque animas ab origine sument.

Certa dies animalia terrisMostrabit nova: nascentur pecudesque feracque,Sponte sua, primaque animas ab origine sument.

Y para salvar la dificultad y quitarnos el recelo de que si los seres nuevos son de naturaleza superior y titánica, nos dejen vencidos, acoquinados y humillados, Fracastoro tiene cuidado de advertir que las almas de estos titanes serán las mismas que ya informaron ó que informan hoy seres de orden inferior, pues no es otra la interpretación que debemos dar alprimaque animas ab origine sument.

Vengan en hora buena nuevas castas más briosas y adelantadas. Nuestros cuerpos fluidos las animarán, y cada día irán haciéndose más listos y aprendiendo más habilidades. Lo que hastahoy no ha logrado hacer sino tal cual sujeto muy aventajado, lo hará en las venideras edades cualquiera niño de la doctrina.

Hasta hoy, y va de ejemplo, sólo sabios de primera magnitud, como Pitágoras, Apolonio de Tyana, Hermotimo de Clazomene, Miss Wilkinson, profetisayankee, y ciertos anacoretas del Tibet, aciertan á desprenderse de sus cuerpos sólidos cuando se les antoja, y van á millares de leguas de distancia para saber lo que sucede allí, ó para hacer una visita á un amigo, ó para acudir á algún negocio urgente y volverse al cuerpo sólido. En lo futuro, hasta las personas menos distinguidas y más ignorantes harán esto con la misma facilidad con que se beben ahora un vaso de agua. Así es que, á primera vista, como todo se hará con maravillosa rapidez, parecerá que habremos adquirido el don de la ubicuidad.

Otra de las gracias que luciremos, una vez desprendidos ya del cuerpo sólido, será la de la compenetrabilidad. Nos meteremos por el ojo de una aguja, nos filtraremos al través de un muro, podremos celebrar unmeetingde miles de personas en el hueco de una cáscara de avellana.

Nuestras conversaciones ó conferencias con los cuerpos fluidos cesantes, ó dígase con lo que vulgarmente se ha llamado hasta hoy almas de los muertos, sombras ó manes, serán más frecuentes, fáciles y luminosas. Nos instruiremos más de este modo; no nos costará fatiga ninguna la evocación, y no nos aterrará la vista del espectro del difunto, como ahora suele aterrar á los más valerosos. Sea testigo de esta verdad elilustre Eliphax Levi, que no pudo resistir la presencia de Apolonio, á quien había evocado, y perdió la voz, y sintió un frío horrible, y no pudo hacer nada de provecho, según él mismo confiesa.

Es verdad, sin embargo, que lo terrorífico de la aparición tal vez consista en que ésta se hace por medios reprobados, apelando á la magia y valiéndose de conjuros, á los que las sombras ó manes no pueden desobedecer, pero que las traen harto enojadas y aun furiosas. Cuando la evocación es natural, cortés y lícita, las sombras ó cuerpos fluidos acuden de buen talante y de apacible humor; y hay ya bastantes hombres de mérito que han tenido así entrevistas y conferencias amenas é instructivas.

Usted cita muchos libros en que los señores que han tenido conversaciones con espíritus las han redactado y publicado. Confieso modestamente mi ignorancia: no he leído ninguno de esos libros que Ud. cita; pero deseo leerlos, porque deben de contener mucha y alta doctrina. No habían de molestarse los muertos en venir á hablar con los vivos para decir tonterías y vulgaridades. Y no las dirá de seguro ese libro, tituladoLey de amor, recogido por el doctor Chaves Aparicio, y publicado por el Círculo de estudios psicológicos de San Luis de Potosí, ya que está lleno, según Ud., de pensamientos profundos y es prueba palmaria de la inmortalidad de nuestro ser.

Siguiendo ahora por el camino de perfección que nuestro ser lleva, creo que, después de estascomunicaciones con los cuerpos fluidos ó espíritus, viene, como grado superior, el adquirir la memoria y la clara percepción de cuanto nos sucedió en las vidas pasadas, desde que empezamos á tener conciencia, tal vez desde que fuimos hombres pitecoides.

Los sujetos de mediano valer sólo tienen hasta hoy vaguísimos y confusos recuerdos de sus vidas pasadas, los cuales recuerdos dan á veces cierta luz de sí en sueños, y nos acuden y ayudan también en el estudio, ya que hay ciencias y artes que aprendemos á escape, como si antes las hubiéramos sabido, y otras, acaso más fáciles en absoluto, que se nos hacen más difíciles, por la novedad completa que para nosotros tienen. Pero si tal es el grado de progreso al que, en este punto, se ha llegado por lo general, ya, desde muy antiguo, empezando por el Sabio de Samos, hubo y hay hombres que recuerdan todas sus vidas, y están dotados, por lo tanto, de la sublime prudencia y del profundo saber que da la experiencia de miles de años.

Lo que más me encanta y seduce, como resultado útil de este saber profundo á que todos hemos de llegar, es eso de que Ud. habla sobre la transformación del dolor en placer. Ahora somos tan torpes, que no sabemos hacer que no nos duela, sino que nos dé gusto cuando nos duela. En lo futuro no será así. Y en vez de quejarnos, por ejemplo, de que á media noche nos despertemos con un dolor de muelas, exclamaremos muy satisfechos: «He tenido un regaladoplacer de muelasá media noche.» Y esto no porque laimpresión recibida en los nervios deje de ser la misma, sino porque el cuerpo fluido, no lerdo ya, sino ágil y muy instruído, sabrá recibir la impresión por el lado que conviene, aprendiéndola con tal arte que, en vez de serle ingrata, le sea grata y aun deleitosa.

No teniendo ya necesidad de sufrir dolor, y siendo placer todo, seremos todos bonísimos; medraremos en inteligencia y amor, según usted augura.

Pero como tanto bien se encerraría en muy ruin vivienda si jamás pudiésemos salir de este globo, Ud. afirma que otro paso más de la educación del cuerpo fluido es el adiestrarse en salir de la tierra, y volar por los espacios interplanetarios é intersiderales, visitando á los habitadores de los demás mundos que pueblan el éter. A fin de alcanzar esta virtud es menester tanto requisito, que apenas hay hombre, en el estado actual de la cultura humana terrestre, que valga para ello. Lo que sí es indudable es que en otros soles ó planetas están ya más adelantados que aquí, y hay cuerpos fluidos vivos que viajan de mundo en mundo cuando quieren.

De estos viajantes ha habido no pocos que se han quedado en la tierra por larga temporada, y nos han hecho inmensos beneficios, promoviendo nuestra ilustración y enseñándonos artes, virtudes y disciplinas de subido precio. Yo no puedo menos de convenir con Ud. en que Sócrates, Zoroastro, Sakiamuni, Confucio, Merlín, Numa y otros sabios, profetas y fundadores de religiones, tuvieron por almas cuerpos fluidos, descendidosde algún astro, donde se había progresado más que entre nosotros; y dichos cuerpos fluidos, encarnando aquí en el seno de alguna joven honrada, hermosa y pura, cumplieron benéfica misión. Provino de estos hechos repetidos la creencia, persistente entre todos los pueblos, de que hay ó hubo semidioses,avatares, ó hijos del cielo, venidos á la tierra. Y así, cuando los poetas querían adular á algún soberano ó poderoso magnate, le decían, aunque no fuese verdad, que era hijo de este ó del otro dios, como dijeron de Rama ó de Alejandro de Macedonia; y como cantó Virgilio del hijo del cónsul Polión, suponiendo que bajó del cielo:

Jam nova progenies coelo demittitur alto.

Jam nova progenies coelo demittitur alto.

Jam nova progenies coelo demittitur alto.

Esta habilidad de escaparse de la tierra é irse por el éter, de mundo en mundo, es aún rarísima en nuestro globo. Lo que es yo no sé sino de un hombre de quien se pueda creer que la ha tenido: el famoso filósofo sueco Manuel Swedenborg. Sabido es, no obstante, que este varón admirable no acertó á pasar de nuestro sistema planetario; y si bien le recorrió casi todo, sus visitas más frecuentes fueron á Mercurio, que está cerca, y cuyos habitantes están más adelantados que nosotros, aunque por lo mismo ni nos estiman, ni nos quieren bien. En cambio, en Venus, donde Swedenborg también estuvo, es cosa de no poder vivir siendo persona decente, porque Venus está poblada de una raza descomedida y grosera de gigantes, que no piensan en nada elevado y bueno, sino en holgarse por manera bestial y sucia.

Como quiera que ello sea, lo que sí es lícito afirmar es que dentro de pocos siglos hará cualquiera ser humano de esta tierra lo que hizo Swedenborg pocos años há, con general asombro de los nacidos. Es más: la mayoría de los seres humanos nos adelantaremos á Swedenborg, y dispararemos nuestros cuerpos fluidos mucho más allá de la órbita de Urano á través de los frigidísimos espacios intersiderales, é iremos á parar en planetas de mil soles remotos.

Creo que Ud. ha de confesar que me muestro enterado de su doctrina, y que voy llegando bien á las últimas consecuencias, sobre las cuales he de dar mi opinión. Hoy ya no es posible, porque se ha hecho larguísima esta carta. El lunes que viene escribirá á Ud. de nuevo su afectísimo amigo y admirador.

** *

2 de Abril de 1888.

Según lo que va expuesto, se cumple por arte indefectible hasta hoy, y es de esperar que siga cumpliéndose en lo futuro, la ley del progreso que Ud. afirma y que nos lleva hacia la perfección.

Todos los problemas que Ud. procura resolveren su libro tienen el mayor interés para mí y me atraen y me encantan. El libro de Ud. me gusta. Lo digo sin la menor ironía.

Entre gustar de un sistema, admirando el saber y el esfuerzo de imaginación con que fué construído, y creer en él y darle por cierto, hay enorme diferencia. De esta distinción, que me parece que no se quiebra de sutil, no se han hecho cargo muchas personas que han leído las dos primeras cartas que he escrito á Ud., y han supuesto que yo me burlaba.

Me ha dolido tanto dicha suposición, que he estado á punto de no continuar escribiendo á Ud., á pesar de lo mucho que tengo que decir aún. Si su libro de Ud. fuese un trabajo de ningún valer, sería necio emplear en él la crítica y hasta la sátira para impugnarle. Y de todos modos, habría en mí algo de moralmente censurable y poco digno en tratar mal á Ud., que me honra y me lisonjea escribiéndome, consultándome y enviándome su libro desde tan lejos. Pero, bien mirado el asunto, yo creo que los lectores de las cartas han ido más allá de mi intención y han puesto en estas cartas una malicia de que carecen y que yo nunca tuve. Nada hay de común entre mi escéptico buen humor y la mofa ofensiva. ¿Cabe, acaso, en el entendimiento de nadie que sea yo tan presumido y tan soberbio que considere mentecatos á Darwin, á Haeckel, á Swendenborg, y á otros sabios y filósofos de quienes hablé ya en mis cartas, examinando sus doctrinas con no menor desenfado y broma que las de Ud.? Yo no poseo el entusiasmo, la fe, la fantasía poderosa que tuvieron ó tienen ellos, y me resisto á dar por demostrado lo que ellos dan por demostrado; y así, en nombre de cierto sentido común, tal vez burdo y rastrero, y en virtud de mi corta ciencia, y con la autoridad que nos tomamos hoy todos, pues hay libre examen, tiro á invalidar esas doctrinas, á par que me deleita contarlas, en resumen, como quien cuenta un cuento ingenioso.

Desde Aristóteles hasta nuestros días no hubo, en mi sentir, entendimiento más extraordinario y creador que el de Hégel. Su sistema, para mí y hasta donde yo acierto á comprenderle, es pasmoso de sublimidad y hermosura. Supongamos que mi sentido común me diese á entender que todo el dicho sistema fuese un conjunto de disparates: ¿impediría esto que yo admirase y celebrase el arte, la dialéctica, la maestría con que los disparates se coordinan para formar un todo armónico? ¿No me será lícito maravillarme de la belleza de un poema, sin dar por verdad lo que el poema refiere? ¿He de creer que Homero era tonto, y he de despreciar laOdiseaporque no creo en los encantos de Circe ni en la colosal estatura de Antifates?

Además, aunque yo sea escéptico á veces, no siempre ni en todo lo soy. También yo tengo mis dogmas. Ríase de ellos quien quiera, y si lo hace con mesura, no me enojaré ni entenderé que se burla de mí. Y desde luego diré aquí que, en virtud de estos dogmas, yo no creo aceptable ningún sistema de filosofía fundado sólo en ciencia empírica. Pero no es Ud. el único que tiene hoyesta pretensión. Son muchos los que han levantado sistemas del mismo modo, y de algunos de ellos he de hablar aún en estas cartas. Y si al hablar de ellos río y dudo, ¿se ha de creer que maltrato ú ofendo á sus autores, cuando, por el contrario, me enamora el saber, y me atraen y me cautivan la voluntad, el talento y la fantasía que despliegan? Yo no voy tan lejos como Lessing, el cual decía que si le diesen la verdad en una mano y en otra el ingenio, la agudeza y la fantasía que se emplean á veces en buscarla, desdeñaría la verdad y se quedaría con las otras prendas. Yo no: yo me quedaría con la verdad; pero, á falta de verdad, todas esas otras prendas susodichas encierran para mi gusto un preciadísimo tesoro. Permítaseme, pues, que con buen humor y sin burla siga yo mostrando algo de ese tesoro al exponer su sistema de Ud., cuyas premisas, ó hechos científicos en que se funda, ni niego ni afirmo.

Siguiendo mi tarea, y desechando los escrúpulos de conciencia, empezaré por decir que no me explico ese odio que muestra Ud. á lo sobrenatural. A mi ver, si por naturaleza ha de entenderse todo lo existente y todo lo posible, lo que es y la fuerza que da ser á lo que es, Ud. tiene razón: lo sobrenatural es un pleonasmo. Nada más natural que el mismo Dios. La ley de naturaleza será la razón y la voluntad de Dios, que manda y quiere que haya orden y prohibe turbarle. Por este camino vendremos á parar á la definición que da San Agustín de la ley eterna, y estaremos en plena ortodoxia. La diferenciaconsistirá en que lo que llamo yo Dios, será llamado por otros fuerza eterna,natura naturans, agente cósmico, alma del mundo, y otros mil nombres, que, si vienen á probar lo poco que sabemos de estacosa en sí, no prueban que la cosa no exista y que no sea naturalísima.

Pero si por naturaleza entendemos otra cosa, tendremos que conceder que todo es natural ó sobrenatural, según se mire. Para una piedra, la planta más sencilla, que crece, se desenvuelve, se nutre y tiene vida, es ya sobrenatural. Y para la planta, arraigada en el suelo, y que ni ve, ni oye, ni se representa el mundo exterior, el más ruin animalejo, un lagarto ó un sapo, es sobrenatural. Y con relación á los brutos, que carecen de consciencia ó la tienen oscura y vaga, es sobrenaturalísimo el hombre, que se reconoce,se sabe, y habla, y discurre, y reflexiona. Y desde el salvaje hasta las personas cultas de hoy, lassobrenaturalidadesse van acumulando y creciendo por estilo prodigioso. Sobrepuesto á la naturaleza, añadido nuestro, obra de nuestro ingenio y de nuestra voluntad, son las ciudades, los caminos, los campos cultivados, las máquinas, las telas de que nos vestimos, los objetos de arte y hasta, si se considera bien, la hermosura corporal, hija del esmero, del aseo y del cuidado que pusimos para crearla. Una linda muchacha de ahora, no lo dude Ud., es un ente sobrenatural. Lo natural es la mona ó laantropisca, y casi casi no lo es ya la hotentota.

Cuando uno está en Bélgica, por ejemplo, y piensa que, en estado natural, apenas podríacontener y alimentar aquel terreno medio millón de hombres, y ve que contiene y alimenta seis, confiesa que, no ya el tranvía que la electricidad mueve, ni el teléfono, ni el telégrafo, sino cinco millones y medio de seres humanos son en Bélgica sobrenaturales: han sido criados por arte y sobrepuestos á lo que la naturaleza, abandonada á sí misma, hubiera podido criar y conservar.

Si á esto añadimos, por último, todas esas habilidades de entenderse con los muertos, de recordar vidas pasadas y de salirnos del cuerpo sólido é irnos con el cuerpo fluido por soles y planetas, lo sobrenatural cunde y promete encumbrarse á una altura pasmosa con el andar de los siglos.

Aceptado ó aprobado por Ud. lo de que tenemos cuerpos fluidos inmortales, no se ve término á nuestro progreso. Sólo hay un peligro, aunque lejano: la fin del mundo. Las religiones y las mitologías tienen profetizada esta fin. La ciencia también, en todos tiempos y contra su costumbre de armar conflictos con las religiones, ha coincidido y coincide en hacer tan triste pronóstico. Sólo lo que no tuvo principio no tiene fin. Lo que nace muere. De aquí que el mundo ha de acabar de una manera ó de otra. Y así como los sabios han inventado mil hipótesis sobre su nacimiento, también sobre su muerte total ó parcial las han inventado. Lucrecio la explica en sus hermosos versos. Leopardi atribuye á Straton de Lampsaco una curiosa explicación de la muerte de nuestra tierra, la cual explicación puede hacerse extensiva á todos los demásastros. La fuerza de rotación va poco á poco comprimiendo los polos y aumentando por el Ecuador el radio de la tierra. Así seguirá hasta que la tierra se agujeree y venga á ser como un gordo buñuelo. Luego se hará el agujero mayor, y la masa sólida vendrá á parecer un anillo. Y el anillo, por último, se hará pedazos, y cada uno de los pedazos vagará suelto por el espacio, ó irá á caer en nuestro sol ó en otro, ó tal vez en algún planeta, como caen en la tierra los aerolitos.

Sabio hay que afirma que el sol puede pararse. El movimiento, ó sea la fuerza con que gira hoy sobre su eje y con que va probablemente caminando por el espacio en rápida traslación, se convertirá en calor, si el sol se para. Entonces habrá una expansión espantosa de toda la materia del sol, dilatándose hasta más allá de la órbita de su más distante cometa. Todos volveremos así al estado de nebulosa. Podrá también ocurrir que el sol se apague, y sobrevendrán las tinieblas y la muerte. Pero aun sin tamaños cataclismos, nuestra tierra irá perdiendo la fuerza que la hace girar en torno del sol; pues como no va por el vacío, y como el éter le opone alguna resistencia, su fuerza centrífuga se gasta. Hasta hay quien asegura que ya vamos caminando con más lentitud y acercándonos al sol. La atracción del sol será así mayor á cada momento, y podrá llegar uno, harto desdichado, en que la tierra se caiga en el sol y allí se abrase y se consuma. Aun sin esto, la tierra puede morirse, como la luna está ya muerta. Los metales se irán oxidando. En esto el oxígeno se consumirá, y se acabará el aire respirable. El agua se gastará, entre tanto, en formar rocashidratadasy en entrar en otras composiciones. Sin aire y sin agua, se extinguirá la vida. Plantas, animales y hombres, todo fenecerá. Pero no hay que afligirnos. Para entonces ya todos los cuerpos fluidos vivos sabrán hacer lo que hacía el cuerpo fluido de Swedenborg: sabrán salirse de los cuerpos sólidos é irse á otros mundos. Y con tiempo, para que no nos coja aquí la mala hora, nos escaparemos de la tierra y nos iremos á fundar colonia en otro planeta más capaz y cómodo, donde seguiremos progresando é inventando primores que ni siquiera concebimos en el estado actual de nuestra cultura.

De esta suerte no será en balde y trabajo perdido todo lo que hemos hecho hasta hoy por adelantar é instruirnos. Nuestros monumentos, cuadros, estatuas, museos y bibliotecas, todo acabará al acabar la tierra que habitamos; pero lo sustancial del saber adquirido se quedará en nuestra memoria, y se salvará con los cuerpos fluidos vivos, que otros llaman espíritus. Estos, más perfectos cada día, irán teniendo nuevas prendas y llegarán á vivir como en la eternidad; como si no hubiera para ellos pasado y todo fuera presente. Deberáse esto á lo agudo y vivo de nuestra imaginación, que nos lo representará todo como si acabase de suceder ó estuviese sucediendo. Y deberáse también á lo penetrante y extenso de nuestra vista y á la rapidez más que eléctrica con que nuestros cuerpos fluidos recorrerán el éter. Así podremos llegar, por ejemplo, en menos de un minuto, á un sitio del espacio adonde un rayo de luz de la tierra tarde cuatro siglos en llegar, y ese rayo de luz traerá pintada la entrada triunfante de los reyes católicos D. Fernando y D.ª Isabel en Granada, ó la vuelta de Colón á España y su presentación á los mismos reyes en Barcelona. En suma: podremos verlo todo, como si estuviera todo pasando en la actualidad y de veras.

Abreviando ahora, á fin de no hacer mis cartas á Ud. interminables, diré que nuestra vida inmortal de cuerpos fluidos irá de bien en mejor, sin cejar y aun sin parar. Porvenir tan risueño y venturoso me seduce. Cuénteme Ud., pues, en el número de sus adeptos. Lo que yo no puedo es aceptar su sistema sin algunas modificaciones y cambios, que voy á proponer aquí.

La existencia de los cuerpos fluidos ó etéreos, en que se funda toda la doctrina de Ud., me parece muy de acuerdo con la ciencia antigua y con la ciencia moderna. ¿Qué otra cosa es ese cuerpo fluido sino el cuerpo de la resurrección de la carne que algunas religiones afirman? ¿No equivalen esos cuerpos fluidos á las sombras, á los manes de los gentiles? Y en cuanto á la ciencia moderna, yo veo claro que se puede bien apoyar la afirmación de Ud. en losPrincipios de Biología, tan celebrados, de Herbert Spencer. Para este gran sabio, la vida consiste en la correspondencia del organismo con el medio ambiente, ó seaenvironment. La vida inmortal estriba, pues, en la perfecta correspondencia con ese medio. Herbert Spencer dice: «Si no hubiera cambiosen elenvironmentsino aquellos que el organismo previó, preparándose para encontrarlos y para que no le falte la eficacia con que los encuentra, lograríamos eterna existencia y eterno conocimiento.»

Apoyado en estas palabras de Herbert Spencer, un sobresaliente discípulo suyo, no sé si inglés óyankee, el Sr. Enrique Drummond, ha escrito un libro muy leído y celebrado en los Estados Unidos,Ley natural en el mundo espiritual, y ha hecho allí muchos prosélitos. La teoría de Drummond coincide en algo con la de Ud. y en mucho difiere. Yo me inclino á adoptar parte de la teoría de Drummond para modificar la de usted y aceptarla luego, hasta donde yo puedo aceptar lo transcendental, fundado, no en metafísica y cienciaa priori, ni siquiera en estudio del propioyo, sino en ciencia empírica y de observación del mundo que nos rodea: en noticias adquiridas por los sentidos, aun suponiéndolos aguzados por instrumentos ingeniosísimos, como microscopios, telescopios, espectroscopios y radiómetros, y auxiliados por otros sentidos sutilísimos y casi ubicuos, que poseen los cuerpos fluidos, y por cuya virtud parece que nos entendemos con los espíritus ó con lo que Ud. llama cuerpos fluidos, que vienen á ser lo mismo.

Es indudable que aceptada la existencia de dichos sentidosfluidos, el campo de la observación y los lindes de la ciencia empírica se extienden extraordinariamente. Con dichos sentidos llegamos á percibir lo más etéreo y alcanzamos á columbrar lo más remoto, aunque lo sólido, macizo y opaco se interponga. Para dichos sentidos no hay solidez ni opacidad que valgan: un muro espesísimo de argamasa es más diáfano que el cristal, y la grosera y ruda sustancia de que están amasados los Andes, hasta sus raíces, goza de la transparencia del aire sereno y puro y aun del mismo éter.

A lo que yo saco en claro de la atenta lectura de las obras de Allan Kardec y de otros espiritistas, también ellos coinciden con Ud., sólo que llaman á los cuerpos fluidosperiespíritus, los cualesperiespíritus, aunque son cuerpos, son tan leves, tan volátiles y vaporosos, que van por donde quieren y ven cuanto se les antoja. Aunque viven envainados en los cuerpos sólidos, cuando llegan á cierto grado de elevación en los estudios pueden salirse del cuerpo sólido, dejándole dormido, en éxtasis y hasta cataléptico, é irse de bureo ó parranda por los espacios infinitos. Sólo que los espiritistas ponen una condición que Ud. no pone: dan por averiguado que, hasta el día de la muerte, elperiespírituestá atado al cuerpo sólido por una cinta, guita ó cordón etéreo y luminoso, cuya longitud ó elasticidad es enorme.

Si consideramos el cuerpo sólido como una placenta, este cordón etéreo viene á ser como el cordón umbilical que une alperiespíritucon el cuerpo en que se cria. La ruptura de este cordón umbilical y la vida independiente ya del periespíritu son los fenómenos que el vulgo llama muerte. Mientras dura la vida terrena, elperiespírituestá, pues, como el jilguero que hace decimbel, atado por un hilo, más ó menos largo, al palillo en que se posa cuando vuelve de haber revoloteado.

Hallo todo esto tan sencillo, tan natural y tan llano, que no trasluzco la más ligera objeción que lo invalide. La dificultad y la discrepancia están en otros puntos.

Pero estos otros puntos son tan difíciles de tocar, que exigen nueva carta. Termino ésta aquí, y créame Ud. su amigo.

** *

9 de Abril de 1888.

Muy estimado señor mío: No pocas veces he hablado yo con risa de la propensión de cierto amigo mío, á quien, sin embargo, respetaba y amaba, á quejarse de que se lo sabía todo y de que no leía libro, por celebrado que fuese, que le enseñara algo nuevo; pero, considerando esto como debe considerarse, no hay fundamento para la risa. Mi amigo no se declaraba omniscio, ni mucho menos. Lo que quería decir, lo que decía, tal vez con razón, es que, prescindiendo de datos menudos, si despojamos de su aparato magistral más de un tratado científico, casi siemprehallamos que nos sabíamos todo aquello: que ya, más ó menos vagamente, lo habíamos pensado. El autor del tratado no pierde por esto en nuestra opinión. Lo que se pierde es la fe, lo que se pierde es la esperanza en la ciencia. De aquí se origina muy aflictivo desconsuelo.

¿Quién ha de negar lo ingenioso de las palabras de Herbert Spencer que hemos citado? En ellas se ve patente la posibilidad teórica de la vida inmortal en un organismo. No ya un cuerpo etéreo, como el de que Ud. trata, sino un cuerpo sólido humano puede teóricamente ser inmortal, dadas ciertas condiciones. La vida es equilibrio movible. Mientras se conserve éste, se conservará la vida. Las fuerzas que han de equilibrarse son las internas ó del organismo, y las externas ó del medio ambiente óenvironment. El vivir estriba en esta correspondencia.

Despoje Ud. de su majestad y método la Biología de Herbert Spencer, y casi parece, con perdón sea dicho, que la ha compuesto Pero Grullo. Claro está que si una persona adapta bien su organismo al medio ambiente, ni se morirá de frío, ni de calor, ni cogerá un tabardillo pintado. Si, por otra parte, dicha persona repone, con alimentos exquisitos y haciendo digestiones inmejorables, las fuerzas que consume en el trabajo ó ejercicio mecánico de los músculos, ó en el trabajo mental de los nervios y del encéfalo, no hay razón para que estas fuerzas se gasten. Seguirán siendo las mismas, ó irán en aumento. Y si van en aumento, las empleará en crecer, y, cuando ya no crezca, á fin de no reventar, dejará que se escapen lasfuerzas que sobren por la válvula de seguridad, predispuesta para el caso.

El sabio biólogo compara el cuerpo humano á una máquina de vapor. El vientre es la caldera, el carbón el alimento, y el vapor la sangre que mueve los músculos ó los nervios, ya para sacudir puñetazos, ya para escribir poemas ó resolver ecuaciones. Lo que sobra de este trabajo sale silbando de la máquina de hierro ó sale procreando del cuerpo del hombre. Cuando éste no anda bien, ora se gastan en títeres las fuerzas, y el hombre es un Hércules estúpido; ora se gastan en discurrir, y tenemos un sabio enclenque, anémico y cacoquimio; ora se consume todo en sabidurías y lucubraciones mentales, y el doctor tiene que contentarse con la posteridad espiritual: con adeptos y discípulos en vez de hijos. Herbert Spencer no se resigna, con todo, á que se pierdan ó se menoscaben unas aptitudes para que otras se desenvuelvan, y juzga posible, con hábil higiene, que todo vaya á la par y que sirvamos para todo, y hasta que progresemos.

El único progreso á que pone límites, y que sin pena se conforma con que no siga, es el de la fuerza muscular. Con la maquinaria la supliremos. Herbert Spencer se contentará con que seamos más ágiles, con que bailemos y brinquemos mejor, y no tropecemos, ni nos caigamos. En cuanto á las otras facultades más altas, el discurso y el sentimiento, el pensar y el amar, casi debemos decir como Júpiter:

His ego nec metas rerum nec tempora pono;Imperium sine fine dedi.

His ego nec metas rerum nec tempora pono;Imperium sine fine dedi.

His ego nec metas rerum nec tempora pono;Imperium sine fine dedi.

Nuestros sesos irán pesando más cada día, y cada día habrá en ellos más enmarañado laberinto de circunvoluciones y mayor cantidad, consumo y despilfarro de fósforo.

Y ¡ay infeliz del que no adquiera todo esto! Carecerá del esencial requisito para vivir. Sucumbirá en la lucha por la vida. Sólo quedará en la tierra una raza humana superior y archilista, extinguiéndose las demás razas.

Pero esta raza humana superior, como sabrá adaptarse cada vez más al medio ambiente, si no logra la inmortalidad, logrará sermacrobiótica; esto es, tendrá vida grande y más completa, por la intensidad, por la duración y por las nuevas, variadas y numerosas correspondencias con el medio ambiente óenvironment.

Lo que será difícil, hasta rayar en lo imposible, será la inmortalidad del individuo, en este sistemaspencerino. El medio ambiente sufrirá tan radicales mudanzas, que aun sin contar con la fin del mundo, ocurrirán cosas que nos maten á todos, y no sabremos, por mucho que estudiemos, adaptarnos al medio ambiente.

Cada veinte mil y pico de años, v. gr., sobrevendrán períodos glaciales, y luego surgirán nuevas floras y nuevas faunas. ¡Vaya Ud., pues, á precaverse contra todo esto, por mucho que sepa! No habrá más remedio que morir, en lo tocante al cuerpo sólido; pero á bien que tenemos el cuerpo fluido. Yo me refugio en él y en el sistema de usted, y vengan períodos glaciales y estíos abrasadores:

Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo,

Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo,

Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo,

como ya anunciaba el divino y precitado Fracastoro; y truéquese la tierra en mar y el mar truéquese en tierra, y con el ardor del sol quede todo agostado y sin vida, ó bien salgan, del removido y fecundo cieno, inauditos monstruos, bichos rarísimos y ponzoñosos, y una caterva de desaforados gigantes,

Ausuros patrio superos detrudere coelo,Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo.

Ausuros patrio superos detrudere coelo,Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo.

Ausuros patrio superos detrudere coelo,Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo.

De todo esto me reiré, de todo esto no se me importará un ardite, teniendo el cuerpo fluido bien adiestrado ya.

Como quiera que sea, por el sistema de Herbert Spencer, si no se prueba la posibilidad práctica de nuestra inmortalidad, á causa de estos grandes trastornos que él pronostica, queda probada la posibilidad teórica ó especulativa de la inmortalidad en una combinación de materia; y por el sistema de Ud., la realidad práctica de esa inmortalidad en dicha combinación, cuando es de una materia sutil, pura, activísima y ligera. Yo no quiero ni debo poner objeción á esto. Sólo siento tener que decir que no es muy nuevo. Los cuerpos gloriosos, la resurrección de la carne, son lo que Ud. dice. Israelitas, cristianos y muslimes apoyan su teoría de Ud., y creen por fe que Henoch y Elías, sin morir,eterizaronófluidificaronsus cuerpos, y llegaron á la inmortalidad sin pasar por la muerte.

Queda, pues, como inconcuso que puede haber y que hay combinación de moléculas tan sabiamente organizadas, que ya ni en la eternidad seseparen, y que resistan, para conservar su forma, á toda externa violencia. Pero ¿cómo se da esta combinación? Se da, sin duda, por obra de una fuerza individua, indivisible,organizanteéindividuante, que no está en ninguna de las moléculas de la combinación, sino que se extiende por todas, y está toda en cada una de ellas. Sin esta fuerza, una, verdaderamente una,insecable,átomoreal y no imaginario, mónada sencillísima y no extensa,entelechia, en fin, ó cifra de todas las perfecciones en cierne, ¿cómo quiere ni puede usted concebir la existencia, la organización y la animación de un cuerpo fluido?

Viene á corroborar este pensamiento la consideración de que apenas hay molécula en un organismo que no se separe ó que no se conciba que puede separarse sin que el organismo padezca, con tal de que otra molécula de igual valer la reemplace. No es, por consiguiente, la confederación de cierto número de moléculas lo que constituye la vida. Es casi seguro que en un tiempo marcado desaparecen en todo cuerpo orgánico cuantas moléculas le compusieron, y vienen á componerle otras. Un hombre, por ejemplo, de cuarenta años, es lo probable que no tenga en su organismo ni un solo átomo de la materia que tuvo á los diez años, á los quince ó á los veinte. Este hombre, sin embargo, sigue siendo el mismo y tiene la conciencia de que sigue siendo el mismo; guarda en la memoria los sucesos de su vida y lo que ha estudiado y aprendido. Si es buena persona, ha progresado en ciencia y en virtud; y como muestra aún la fisonomía y trazade antes, aunque un poco deteriorada ó alterada, porque los años no pasan en balde, todo el mundo le reconoce y le da el nombre que le dió cuando muchacho, y persiste en creer que es el mismo sujeto, cuando le ve en calles y plazas, tertulias y reuniones. ¿Qué es, pues, lo que persiste en este señor para que siga siendo siempre él y no otro? Usted dirá que persiste la forma, pero la forma no tiene nada de sustantivo: es un adjetivo, es una calidad que cae sobre la sustancia. Luego si la sustancia varía y la forma persiste, por fuerza hemos de conceder un principio informante que va amoldando y sujetando á determinada forma la sustancia que llama á sí para constituir un organismo.

Claro está que, según el sistema de Ud., el cuerpo fluido es quien tiene esta habilidad y hace esta operación en el cuerpo sólido. Pero con el cuerpo fluido, con toda combinación, por tenue y etérea que sea, ha de ocurrir idéntica dificultad. Un cuerpo fluido, una sombra, una aglomeración orgánica de las más alambicadas chispas de éter, tendrá también pérdidas sensibles é insensibles, sudará á su modo, se alimentará de purísimos efluvios y de refinadísimos aromas, y en suma hará también sus digestiones y sus secreciones, de suerte que al cabo de cierto tiempo ocurrirá al cuerpo fluido orgánico lo que al sólido: ni un solo átomo tendrá ya de los que antes tenía, si bien persistirán su individualidad y su forma. Luego, no ya la inmortalidad, sino la duración y la persistencia, no residen en la cohesión ó agrupamiento de las moléculas, sino enuna virtud plasmante ó informante, la cual atrae y colecciona los átomos, concertándolos para fines prescritos y prefijadas operaciones. Y como esta virtud es calidad, y no sustancia, menester es que supongamos sustancia en que resida y que sea sujeto de este atributo.

Y como si esta sustancia fuese corporal ó extensa, volveríamos á las andadas, y meteríamos en el cuerpo fluido otro más fluido y más sutil, y así hasta lo infinito, ha sido menester poner, como hipótesis para explicar esto, una sustancia incorpórea ó sin extensión, á la cual hemos llamadoarchea,entelechia, alma ó espíritu, sustancia, en suma, que ha tenido mil nombres y de cuya esencia convengo en que no se sabe nada; pero como de la esencia de la materia no se sabe más, me parece que por este lado espíritu y materia quedan iguales y nada tienen que echarse en cara en cuanto al concepto oscurísimo que de ambos formamos. Por lo cual, si hemos de negar el espíritu porque no sabemos lo que es, bien podemos con el mismo fundamento negar la materia; y ya Ud. sabe que casi ó sin casi la negaba Berkeley. Hasta se puede ir más allá y asegurar que procedemos menos de ligero afirmando la existencia del espíritu, que afirmando la existencia de la materia, porque la percepción del espíritu es inmediata y la de la materia no.

Para percibir la materia necesita uno de ojos, de oídos ó de otro sentido; y si no los tiene muy agudos, de lentes ó de trompetillas acústicas; y si la materia es muy menuda, de microscopios; y si está muy distante, de catalejos; mientrasque para percibirse uno á sí mismo, no tiene más que pensar y no necesita más medio ni más instrumento que el pensamiento mismo.

De todo lo cual se infiere, y tengo que decirlo con la franqueza que me es propia, que sus cuerpos fluidos de Ud. no explican nada como no les prestemos alma inmortal que los informe y habilite. Hecho este préstamo, su sistema de Ud. me agrada. Estamos de acuerdo, y hasta estamos de acuerdo también con Allan Kardec y los espiritistas. Y si no reparamos en pelillos, ni entramos en menudencias, y damos á nuestros asertos una interpretación amplísima, generosa y conciliante, hasta estamos de acuerdo con todo buen cristiano, que cree en la inmortalidad del alma espiritual y en el cuerpo glorioso informado por ella.

Lástima es que no acepte Ud. también para todo el universo, que es unidad á par que conjunto de cosas varias, cierta fuerza unitiva é inteligente que lo ordene, enlace y una todo; algo, en suma, que se parezca al Dios en que nosotros creemos; pero Ud. se muestra enojadísimo contra Dios y le suprime, lo cual me apesadumbra de veras.

Y es lo más extraño que en el proceder de usted hay una inconsecuencia capital que salta á la vista. Tal vez el motivo más fundamental que tiene Ud. para suprimir á Dios es la existencia del mal moral y físico, que, siendo Dios todopoderoso, inteligente y bueno, no consentiría. Pero, como en seguida se pone Ud. á cavilar, á trabajar y á arreglar el mundo, y resulta que todoestá á pedir de boca, y que no podemos quejarnos, no comprendo cómo no vuelve Ud. á Dios el crédito que ha querido quitarle, y ya que lo halla todo tan bien y tan enderezado á nuestro progreso físico, intelectual y moral, no vuelve á dar á Dios la gobernación de todas las cosas, y aun á celebrar en su honor una función eucarística y de desagravios.

La verdad es que acerca de todo eso, así como acerca de cuanto en su sistema de Ud. tiene que ver con la moral y con las ciencias sociales y políticas, hay muchísimo que decir todavía, y más importante que lo dicho hasta ahora; pero yo estoy cansado de escribir sobre tan arduas cuestiones, y Ud., y el público, á quien comunico las cartas que á Ud. escribo, recelo yo que estén cansados de estas filosofías que voy enjaretando. Dejémoslas, pues, al menos por ahora, y ya veremos si más adelante vuelvo á escribir á usted sobre su libro con más serenidad y reposo. Entre tanto, aunque disto mucho de haber expuesto aquí toda la doctrina que el libro contiene, y de haberla juzgado, ya creo que doy alguna idea, así de la doctrina como de lo que pienso acerca de ella. Sólo añadiré hoy cierta alabanza, que lo es para un escéptico como yo, aunque para usted no lo sea. Su libro de Ud. no convence, pero entretiene. Luce Ud. en él su brillante imaginación, y llena no pocas de sus páginas de elocuentísimas frases. Ya esto es mucho, y yo le doy por ello mi más cumplida y cordial enhorabuena.

26 de Marzo de 1888.

Á D. Rafael Obligado

Muy señor mío: Hace ya más de dos años que tuvo Ud. la bondad de enviarme un ejemplar de su precioso tomo de poesías, impreso en 1885. El ejemplar ha estado, como otros muchos libros y cartas, aguardándome en mi casa de Madrid, mientras que andaba yo por esos mundos, sin saber que tal obsequio me había Ud. hecho. No extrañe Ud., pues, y perdone que yo acuda tan tarde á darle las gracias.

El libro de Ud. agrada antes de leerle. El libro de Ud. excitaría, además, cierta envidia en mi alma, si yo fuese propenso á sentir tan mala pasión. Nunca hubo poeta en España que lograse ó soñase siquiera con tener tan elegante edición de sus versos. El magnífico retrato de Ud. y los demás grabados y viñetas son modelo de buen gusto y de gracia. El papel, la impresión, todo es bellísimo.

Declaro mi ignorancia cándidamente. Yo nohabía oído hablar de Ud. hasta que recibí el tomo. Y, al verle, en lo material tan lindo, pues no creo que exagero si digo que no vi tomo de versos de ningún país que esté mejor impreso que el de Ud., me entró desazón y recelo de que los versos fuesen malos y de que todo el valor del libro estuviese en la estampa. Por fortuna, recelo y desazón pasaron pronto. Leí los versos, y hallé que merecen estar tan bien impresos y tan ricamente adornados de primorosas láminas.

Al escribir á Ud. hoy, agradeciéndole el presente, me he de permitir también poner aquí mi juicio sobre los versos y darlos á conocer á la generalidad de los españoles que no saben de usted sin duda.

Gran satisfacción es para todos nosotros cualquiera gloria literaria que adquieran en América los ciudadanos de las repúblicas que salieron de nuestras antiguas colonias. Es algo que viene á acrecentar el tesoro de nuestra civilización castiza y á probar su vitalidad fecunda. Tan nuestras, tan españolas considero yo las poesías de usted, que me avergüenzo de no entender por completo aquellos vocablos que significan objetos de por ahí, comoaberemoa,guayacán,pacará,quinchar,burucuyá,seibo,ombú,payador,chaja,ñandubay,molle,chañar,achiras,totoral,camalote,quenay otros; y si no están en nuestro Diccionario, como sospecho, quisiera definirlos bien é incluirlos en él.

La lisonjera impresión que recibe un natural de esta Península, aficionado á las letras, al recibir poesías tan bellas como las de Ud., venidasde tierra tan remota, es como la que recibiría un ciudadano de Atenas cuando llegasen á su noticia las obras en griego de algún insigne sabio, poeta ó historiador de su casta que viviese en el Asia central, en Egipto, en Libia ó en alguna ciudad helénica de la misma Hesperia, hasta donde la civilización, el habla y todo el ser de Grecia habían penetrado, creando nuevas repúblicas y Estados independientes, si bien conservando la unidad superior de la sangre, del lenguaje y de la cultura.

Así también, cuanto se escriba en América, salvo en el Canadá y en los Estados Unidos, es de esperar que siga siendo literatura española. Y mientras más adelanten los ingenios de ahí y superen en lo futuro á los ingenios de la antigua metrópoli, más sello castizo, más aire de parentesco, más color y sabor españoles tendrán sus obras. Sólo por decadencia podrá ocurrir que se borre ó esfume en Uds. el ser propio nuestro, y que sean Uds. otros de los que son. Y no es de temer que las razas indígenas prevalezcan, ni que las lenguas guarani ó quichua destierren la castellana, ni tampoco se ha de presumir y pronosticar que los primitivos colonizadores pierdan ahí su virtud asimilante y plástica, y se fundan en los nuevos colonos é inmigrados, en vez de fundir en sí á cuantos acudan á esas regiones, desde Alemania, Francia, Bélgica é Italia.

Gran dolor sería esto para nosotros. Esto daría indicio de que somos de raza inferior, y quitaría fundamento al orgullo legítimo con que, después de la gente inglesa, nos consideramoscomo la primera de todas las gentes civilizadas en haber difundido sobre la faz de este planeta su lenguaje, sus creencias, su saber, sus artes y todas las demás manifestaciones de su espíritu. Esto nos quitaría la esperanza que hoy tenemos de nuestra inmortalidad colectiva, aun cuando ocurriese el grande infortunio de que se hundiera España ó quedase desierta, ya que ahí, ó del otro lado de los Andes, ó en el rico Anahuac, renacería España, joven, poderosa y lozana, y pondría los recuerdos de nuestra gloria como digno principio de la que nuestros hijos hubiesen ya adquirido ó adquiriesen en lo futuro.

A pesar de cierto americanismo, que tal vez á algunos de los habitantes de esta vieja España nos parezca sobrado, veo yo con viva satisfacción que el espíritu de Ud. y el de su crítico, encomiador é intérprete D. Calixto Oyuela, poeta asimismo de mucho mérito, coinciden en esto que afirmo. Poco importa, como el Sr. Oyuela confiesa y deplora, que su patria esté aquejada de cosmopolitismo. El medio millón de italianos á que ascenderá pronto la inmigración, los ciento cincuenta mil franceses y los demás hombres llegados ahí de distintas partes de Europa para aumentar la riqueza, la industria y el comercio de esa república, tendrán que españolizarse, ó, si usted quiere mejor, queargentinarse. La vitalidad de nuestra raza debe salir triunfante de esta prueba. Libros como el de Ud. vienen en corroboración de mi pronóstico. Dejemos hablar al señor Oyuela, cuyas palabras hago mías: «Los nobles sentimientos é ideas que Ud. expresa sontales como deben ser, y son naturalmente imaginados y sentidos por un argentino de raza española. La lengua en que están es pura lengua española. Aunque Ud. conoce y estima, como toda persona de buen gusto, la literatura francesa, no se deja dominar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre por las delicadas páginas de su libro. Tampoco hay en él nada italiano, nada inglés ni nada alemán. En cambio, sin que Ud. lo haya solicitado, quizá desconociéndolo, y con sólo dar rienda suelta á su naturaleza americana y á su carácter argentino, tiene el libro de Ud. no poco de andaluz. De ahí que maneje Ud. el castellano con tanta pureza, soltura y gallardía.»

El mismo Sr. Oyuela añade: «Somos, es cierto, un país colonizador, y necesitamos de la inmigración para engrandecernos; pero á condición de asimilárnosla y de fundirla en nuestra nacionalidad propia. Las naciones, como los individuos, sólo valen y significan algo por su carácter, por su personalidad. Un país sin sello propio es como un escritor sin estilo: no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado ni engendrará jamás nada fecundo, ni en política, ni en literatura.»

El Sr. Oyuela, pues, comentando los versos de usted, y Ud. escribiéndolos, reniegan de ese cosmopolitismo estéril y procuran que brote de la raíz española, trasplantada á ese suelo, la originalidad nacional que anhelan, y que ya tienen sin duda.

A este fin, además, se puede ir por muy distintos caminos, y tanto Ud. como el Sr. Oyuela siguen, á mi ver, el más seguro, recto y hermoso. Dentro de la afición á lo castizo desechan Uds. la equivocada distinción entre el arte gentílico y el arte cristiano. No hay verdaderamente más que un arte bueno y legítimo, en cuya forma pagana ó griega no cabe hoy sólo el espíritu racionalista de Goethe, de Leopardi, de Chénier, de Fóscolo y de Carducci, sino que puede también vivir y vive el espíritu español y católico. Así lo entendió y lo realizó fray Luis de León, á quien usted y su amigo ensalzan y siguen; y así lo proclama hoy Menéndez Pelayo, á quien el señor Oyuela llama «el gran ortodoxo, griego en arte hasta la medula de los huesos»: Ni se opone esto á lo popular y castizo; porque, como su crítico de usted dice muy bien, los buenos poetas griegos hubieran sido en América tan americanos como usted; y Echevarría, que señala el punto de partida de la literatura nacional argentina, es en sus aciertos clásico sin saberlo; y más lo hubiera sido si, al libertarse del pseudo-clasicismo francés, no hubiera imitado el romanticismo francés, no hubiera pensado en francés y no hubiera escrito en castellano de baja ley.

Por dicha, Ud. tiene lo que faltó á Echevarría. Como él, posee Ud. la facultad de reflejar, á modo de claro y mágico espejo, la naturaleza circunstante, hermoseándola y depurándola en la imagen; pero Ud. posee además el arte y la forma adecuada para que esta imagen pase, sin disiparse ni afearse al pasar, desde la mente de Ud. á las mentes de los demás hombres, hiriéndolas ypenetrándolas. Se diría que todo el concierto, toda la magnificencia y toda la hermosura de la tierra de Ud., aunque conocidos por la geografía y por la estadística, eran ignorados por el sentimiento, ya que no habían llegado á reflejarse en el alma de un poeta, ni habían aparecido en sus cantos. Así es que mucha parte del elogio que hace Ud. de Echevarría, podemos nosotros con más razón aplicarle á Ud., y repetir:


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