SÓCRATES.
SÓCRATES.
Juro por la respiración, por el caos y por el aire, no haber visto nunca un hombre tan grosero, tan estúpido y tan olvidadizo. Las sutilezas más sencillas las olvida antes de haberlas aprendido. Sin embargo, le llamaré a la luz del día. ¡Hola, Estrepsiades! Sal aquí y tráete la cama.
ESTREPSIADES.
No me dejan llevarla las chinches.
SÓCRATES.
Colócala pronto y préstame atención.
ESTREPSIADES.
Heme aquí.
SÓCRATES.
Ea, dime: ¿cuál de las cosas que ignoras quieres aprender primero: los versos, la medida o el ritmo?
ESTREPSIADES.
La medida. Precisamente un comerciante de harina me defraudó el otro día dos quénices[518].
SÓCRATES.
No te pregunto eso; sino qué medida te parece más hermosa, la de tres o la de cuatro[519].
ESTREPSIADES.
Ninguna hay mejor que el semisextario[520].
SÓCRATES.
¡Pobre hombre! Solo dices necedades.
ESTREPSIADES.
¿Qué apuestas a que el semisextario es la medida de cuatro?
SÓCRATES.
¡Ve enhoramala! ¡Cuidado que eres díscolo y grosero! Vamos a ver si aprendes con más facilidad algo del ritmo.
ESTREPSIADES.
¿De qué me servirá el ritmo para vivir?
SÓCRATES.
Serás amable y chistoso cuando conozcas el ritmo enoplio[521]y el del dáctilo.
ESTREPSIADES.
¿El del dáctilo? Por Júpiter, ya le conozco.
SÓCRATES.
Pues dilo.
ESTREPSIADES.
Este[522]. Cuando era joven me servía de este otro.
SÓCRATES.
Eres tonto y grosero.
ESTREPSIADES.
Pero, desdichado, ¡si yo no quiero aprender ninguna de esas cosas!
SÓCRATES.
¿Pues cuáles quieres?
ESTREPSIADES.
Aquel, aquel razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Pero antes es necesario aprender otras cosas. En primer lugar, tienes que saber cuáles son los cuadrúpedos machos.
ESTREPSIADES.
¿Pues no lo sé, o acaso estoy loco? El carnero, el cabrón, el toro, el perro, el faisán...[523]
SÓCRATES.
¿Ves lo que haces? Llamas faisán a la hembra lo mismo que al macho.
ESTREPSIADES.
¿Cómo es eso?
SÓCRATES.
¿Cómo? faisán y faisán.
ESTREPSIADES.
Verdad es lo que dices, por Neptuno. Mas ¿de qué modo llamaré a la hembra?
SÓCRATES.
Faisana; y al otro faisán[524].
ESTREPSIADES.
Faisana. Tienes razón, por el Aire. Solo por eso he de llenar de trigo tu troj[525].
SÓCRATES.
Nueva falta. Haces masculino un nombre femenino.
ESTREPSIADES.
¿Cómo hago masculina la troj?
SÓCRATES.
Lo mismo que diciendo Cleón[526].
ESTREPSIADES.
¿Por qué razón? Explícate.
SÓCRATES.
Dices troj lo mismo que Cleón.
ESTREPSIADES.
Pero, querido, si Cleón no tenía troj y amasaba la harina en un mortero redondo. Acabemos. ¿Cómo deberé decir?
SÓCRATES.
¿Cómo? diciendotrojacomo dicesSóstrata.
ESTREPSIADES.
¡Troja!
SÓCRATES.
Así está bien.
ESTREPSIADES.
De modo que debe decirsetroja, Cleona.
SÓCRATES.
También debes aprender a distinguir en los nombres de las personas cuáles son masculinos y cuáles femeninos.
ESTREPSIADES.
Conozco perfectamente los que son femeninos.
SÓCRATES.
Di algunos.
ESTREPSIADES.
Lisila, Filina, Clitágora, Demetria.
SÓCRATES.
¿Y qué nombres son masculinos?
ESTREPSIADES.
Muchísimos. Filóxeno, Melexias, Aminias.
SÓCRATES.
Pero, tonto, esos no son masculinos.
ESTREPSIADES.
¿No son masculinos para vosotros?
SÓCRATES.
De ninguna manera. ¿Cómo dirás para llamar a Aminias?
ESTREPSIADES.
¿Cómo diré? así: ¡Aminia! ¡Aminia![527].
SÓCRATES.
¿Lo ves? Ya llamas a Aminias como si fuera una mujer.
ESTREPSIADES.
¿Y no es justo llamar así al que no va al ejército? Mas, ¿para qué aprendo lo que todos sabemos?
SÓCRATES.
Para nada, en verdad. Pero acuéstate ahí...
ESTREPSIADES.
¿Qué hago?
SÓCRATES.
Pensar un poco en tus asuntos.
ESTREPSIADES.
Por favor, no me mandes tenderme en esa cama. Si es de todo punto preciso el acostarse, déjame meditar sobre el duro suelo.
SÓCRATES.
Eso es imposible.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz de mí! ¡Cuánto me van a atormentar hoy las chinches!
SÓCRATES.
Medita y reflexiona; reconcentra tu espíritu, y hazle discurrir en todos sentidos. Cuando tropieces con alguna dificultad, pasa inmediatamente a otro asunto, y así el dulce sueño huirá de tus párpados.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
SÓCRATES.
¿Qué te pasa? ¿Qué te aflige?
ESTREPSIADES.
Perezco miserablemente; las chinches, que brotan de esta cama, me muerden, me desgarran los costados, me chupan la sangre, me ulceran todo el cuerpo[528]y me matan.
SÓCRATES.
No te quejes tan fuerte.
ESTREPSIADES.
¿Cómo no he de gritar si he perdido mis bienes, mi sangre, mi alma y mis zapatos, y para colmo de males, voy a perder aquí lo poco que me queda?
SÓCRATES.
¡He, tú! ¿qué haces? ¿No meditas?
ESTREPSIADES.
Sí, por Neptuno.
SÓCRATES.
Y ¿en qué piensas?
ESTREPSIADES.
Pienso en si dejarán algo de mí las chinches.
SÓCRATES.
Te perderás sin remedio.
ESTREPSIADES.
¡Pero, buen hombre, si ya estoy perdido!
SÓCRATES.
No desfallezcas, y envuélvete bien. Es preciso discurrir algún fraude, algún paliativo.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¿Quién me arrojará como paliativo una piel de carnero?
SÓCRATES.
Ea, veré primeramente lo que hace este. ¡Hola! ¿Duermes?
ESTREPSIADES.
No, por Apolo.
SÓCRATES.
¿Tienes algo?
ESTREPSIADES.
Nada tengo.
SÓCRATES.
¿Nada absolutamente?
ESTREPSIADES.
Nada más que esto.[529]
SÓCRATES.
Cúbrete y discurre algo.
ESTREPSIADES.
¿Sobre qué? Contesta, Sócrates.
SÓCRATES.
Di tú lo que quieres hallar primeramente.
ESTREPSIADES.
¿No lo has oído mil veces? Quisiera hallar el medio de no pagar los intereses a ningún usurero.
SÓCRATES.
Pues manos a la obra, cúbrete, fija tu inteligencia en un pensamiento sutil y estudia minuciosamente el asunto, distinguiendo bien sus diferentes partes y reflexionando sobre ellas.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí!
SÓCRATES.
Tranquilízate; si tropiezas con alguna dificultad, sepárate de ella; y en seguida vuelve al mismo pensamiento y reflexiona sobre él.
ESTREPSIADES.
¡Ay, queridísimo Sócrates!
SÓCRATES.
¿Qué pasa, anciano?
ESTREPSIADES.
Ya he dado con un medio de no pagar los intereses.
SÓCRATES.
Manifiéstalo.
ESTREPSIADES.
Di: ¿si yo comprase una hechicera de la Tesalia, que hiciera bajar de noche a la luna y la guardase después encerrada en una caja redonda, como si fuera un espejo...?
SÓCRATES.
¿Para qué puede servirte...?
ESTREPSIADES.
¿Para qué? Si la luna no volviese a salir, yo no tendría que pagar más intereses.
SÓCRATES.
¿Cómo?
ESTREPSIADES.
Porque los intereses se pagan cada mes.
SÓCRATES.
Perfectamente. Pero yo voy a proponerte otra astucia. Dime, si se dicta contra ti una sentencia que te condena al pago de cinco talentos, ¿cómo te arreglarás para que desaparezca?
ESTREPSIADES.
¿Cómo? ¿Cómo? No sé: pero es preciso hallar un medio.
SÓCRATES.
No concentres siempre el pensamiento dentro de ti mismo; dale suelta y déjale volar como un escarabajo a quien se ata un hilo al pie para que no se escape.
ESTREPSIADES.
He hallado un medio ingeniosísimo para anular la sentencia; tú vas a ser de mi opinión.
SÓCRATES.
¿Cuál?
ESTREPSIADES.
¿Has visto alguna vez en la tienda de los droguistas una piedra hermosa y diáfana, que sirve para encender fuego?
SÓCRATES.
¿Hablas del cristal?
ESTREPSIADES.
Del mismo.
SÓCRATES.
Y bien, ¿qué harías?
ESTREPSIADES.
Cogería el cristal, y cuando el escribano escribiera la sentencia, yo, permaneciendo bastante separado, derretiría[530]al sol el documento que me condenaba.
SÓCRATES.
Ingeniosísimo, por las Gracias.
ESTREPSIADES.
¡Qué placer, borrar una sentencia que me condena al pago de cinco talentos!
SÓCRATES.
Vamos a ver si encuentras pronto esto.
ESTREPSIADES.
¿Qué?
SÓCRATES.
El modo de contradecir la petición del demandante en un juicio, cuando ya vas a ser condenado, por falta de testigos.
ESTREPSIADES.
Eso es sumamente fácil.
SÓCRATES.
Veamos.
ESTREPSIADES.
Cuando no quedase por sentenciar más que un pleito antes del mío, correría a ahorcarme.
SÓCRATES.
Eso nada vale.
ESTREPSIADES.
¿Pues no ha de valer? Por los dioses, ¿quién me pondría pleito después de mi muerte?
SÓCRATES.
Desvarías. Vete de aquí; no quiero enseñarte más.
ESTREPSIADES.
Por los dioses, querido Sócrates, dime la causa.
SÓCRATES.
Porque olvidas al instante todo cuanto se te enseña. Y si no, dime: ¿qué era lo que has aprendido primeramente?
ESTREPSIADES.
Veamos: ¿qué era lo primero? ¿qué era lo primero?... ¿qué era aquello en que guardábamos el trigo?... ¡Ay de mí! ¿qué era?
SÓCRATES.
Vaya enhoramala el más desmemoriado y el más estúpido de todos los viejos.
ESTREPSIADES.
¡Ah desdichado! ¿Qué será de mí? Soy perdido, por no haber aprendido a manejar bien la lengua. Vosotras, oh Nubes, dadme algún buen consejo.
CORO.
Nosotras, anciano, te aconsejamos que si tienes educando a algún hijo, lo envíes para que estudie por ti.
ESTREPSIADES.
Tengo un hijo bueno y hermoso; pero no quiere estudiar. ¿Qué haré?
CORO.
Y ¿tú toleras eso?
ESTREPSIADES.
Es vigoroso y de buena constitución, y desciende por parte de madre de la noble familia de Cesira. Me dirigiré a él, y si se niega, no como pan hasta que no lo eche de casa. Entra, tú, adentro y espérame un poco.
CORO.
¿Reconoces[531]que nosotras te proporcionamos más bienes que todos los demás dioses? Porque ese está dispuesto a hacer todo cuanto le mandes. El pobre hombre queda atónito y deslumbrado por tu ingenio; procura sacar de él todo cuanto puedas, y que sea pronto, porque no suelen durar mucho tan buenas disposiciones.
ESTREPSIADES.
No, no permanecerás más en esta casa, lo juro por la Niebla: lárgate, y cómete las columnas[532]de tu tío Megacles.
FIDÍPIDES.
¡Desgraciado! ¿Qué te pasa, padre mío? Por Júpiter olímpico, tú has perdido el seso.
ESTREPSIADES.
¡Mira, mira «Júpiter olímpico»! ¡Qué estupidez! ¿A tu edad crees en Júpiter olímpico?
FIDÍPIDES.
¿De qué te ríes?
ESTREPSIADES.
De verte tan chiquillo dando crédito a todas esas vejeces. Acércate y sabrás muchas cosas; y aun te diré alguna que en cuanto la sepas te sentirás convertido en hombre; pero no se la digas a nadie.
FIDÍPIDES.
Heme aquí. ¿Qué es ello?
ESTREPSIADES.
Acabas de jurar por Júpiter.
FIDÍPIDES.
Es cierto.
ESTREPSIADES.
¡Mira qué bueno es estudiar! No existe Júpiter, querido Fidípides.
FIDÍPIDES.
¿Pues quién?
ESTREPSIADES.
Reina el Torbellino, que ha expulsado a Júpiter.
FIDÍPIDES.
¿Qué estás disparatando?
ESTREPSIADES.
Sabe que es como te digo.
FIDÍPIDES.
¿Quién dice eso?
ESTREPSIADES.
Sócrates el Meliense[533], y Querefonte, que conoce las huellas de una pulga.
FIDÍPIDES.
¿Tan adelante has ido en tu locura que das crédito a esos atrabiliarios?
ESTREPSIADES.
Contén la lengua, y no murmures de esos hombres hábiles e inteligentes que, por economía, nise rasuran, ni se perfuman, ni van nunca al baño para lavarse; mientras que tú disipas mis bienes, como si ya hubiese muerto. Pero ve cuanto antes y aprende por mí.
FIDÍPIDES.
¿Qué cosa buena puede aprenderse de ellos?
ESTREPSIADES.
Toda la sabiduría humana. Tú mismo has de conocer lo ignorante y estúpido que eres. Pero espérame aquí un momento[534].
FIDÍPIDES.
¡Ah! ¿Qué haré? Mi padre está loco. ¿Le argüiré de demencia en los tribunales, o noticiaré su enfermedad a los confeccionadores de ataúdes?
ESTREPSIADES.
Vamos a ver: ¿cómo llamas a este pájaro?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
Bien, ¿y a esta hembra?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
¿Los dos lo mismo? Eso es ridículo. En adelante no hables. Llama a esta faisana y a aquel faisán.
FIDÍPIDES.
¿Faisana dices? ¿Esas son las grandes cosas que has aprendido de los hijos de la Tierra?
ESTREPSIADES.
Y otras muchas; pero a causa de mis años cuando aprendía algo se me olvidaba en seguida.
FIDÍPIDES.
¿Por eso has perdido tu vestido?
ESTREPSIADES.
No lo he perdido; lo he dejado en la escuela.
FIDÍPIDES.
¿Y qué has hecho de tus zapatos, pobre tonto?
ESTREPSIADES.
Los he perdido, como Pericles[535], en lo que era necesario. Ea, anda, marchemos: si obedeces a tu padre, podrás delinquir sin cuidado alguno. No habías cumplido seis años y aún balbuceabas, cuando yo te compré en las fiestas de Júpiter un carrillo con el primer óbolo que gané administrando justicia en el Heliástico.
FIDÍPIDES.
Algún día te pesará lo que haces.
ESTREPSIADES.
Bien, ya me obedeces. ¡He Sócrates, sal aquí pronto! Te traigo a mi hijo, a quien he convencido a duras penas.
SÓCRATES.
Este es un mozo inexperto y no acostumbrado a nuestros cestos colgantes.
FIDÍPIDES.
Más acostumbrado estarías tú si te colgases.
ESTREPSIADES.
¿No te irás al infierno? Estás insultando a tu profesor.
SÓCRATES.
¡Site colgases, ha dicho! ¡Qué horrible pronunciación! ¡Qué abrir la boca! ¿Cómo podrá aprender este la manera de ganar un pleito, de entablar una demanda y de destruir los argumentos del contrario? Hipérbolo aprendió todo esto por un talento.
ESTREPSIADES.
No te apures y enséñale: porque tiene disposición natural. Cuando era pequeñito, ya construía casas, esculpía naves, fabricaba carritos de cuero y hacía ranas de cáscaras de granada. Enséñale los dos razonamientos, el bueno, cualquiera que sea, y el malo, que triunfa del bueno por medio de la injusticia; o, por lo menos, enséñale el razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Lo aprenderá de los mismos razonamientos.
ESTREPSIADES.
Yo me retiro. Acuérdate de ponerle en estado de refutar todos los argumentos justos.
CORO.
(Falta el canto del coro.)
EL RAZONAMIENTO JUSTO[536].
Sal aquí y muéstrate a los espectadores, tú que eres tan descarado.
EL RAZONAMIENTO INJUSTO.
Sea como gustes; al fin te derrotaré con más facilidad hablando ante la multitud.
EL JUSTO.
¿Tú derrotarme? ¿Quién eres?
EL INJUSTO.
Un razonamiento.
EL JUSTO.
Sí, pero débil.
EL INJUSTO.
Pues te venceré, aunque te crees más fuerte.
EL JUSTO.
¿De qué modo?
EL INJUSTO.
Inventando pruebas nuevas.
EL JUSTO.
Eso está hoy de moda, gracias a esos necios.
EL INJUSTO.
Di más bien a esos sabios.
EL JUSTO.
Yo te derrotaré vergonzosamente.
EL INJUSTO.
¿Cómo?
EL JUSTO.
Diciendo lo que sea justo.
EL INJUSTO.
Yo lo echaré todo por tierra contradiciéndote. En primer lugar, niego que haya justicia.
EL JUSTO.
¿Dices que no hay...?
EL INJUSTO.
Claro; y si no, ¿dónde está?
EL JUSTO.
Entre los dioses.
EL INJUSTO.
Si la justicia existe, ¿cómo es que Júpiter no pereció cuando encadenó a su padre?
EL JUSTO.
¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llega el mal? ¡Qué asco! Traedme una jofaina.
EL INJUSTO.
Eres un viejo chocho e imbécil.
EL JUSTO.
Y tú un bardaje sin vergüenza...
EL INJUSTO.
Como si me cubrieras de rosas.
EL JUSTO.
¡Payaso!...
EL INJUSTO.
Me coronas de lirios.
EL JUSTO.
Y parricida.
EL INJUSTO.
Pero ¿no conoces que me empolvas con oro?
EL JUSTO.
En otro tiempo esto te parecía plomo.
EL INJUSTO.
Pues ahora me sirve de adorno.
EL JUSTO.
¡Qué desvergonzado!
EL INJUSTO.
¡Qué estúpido!
EL JUSTO.
Por ti no frecuenta ningún joven las escuelas: ya conocerán algún día los atenienses lo que enseñas a esos necios.
EL INJUSTO.
Tu suciedad me repugna.
EL JUSTO.
Ahora eres rico, pero no ha mucho pedías limosna, y te comparabas a Telefo de Misia, teniendo por única comida las sentencias de Pandeletes que llevabas en tu alforja.
EL INJUSTO.
¡Qué gran sabiduría...!
EL JUSTO.
¡Qué gran locura...!
EL INJUSTO.
¡Me estás recordando...!
EL JUSTO.
La tuya y la de Atenas que alimenta al corruptor de la juventud.
EL INJUSTO.
¿Pretendes educar a este joven, viejo chocho?
EL JUSTO.
Claro está que sí, a no ser que quiera perderse y ejercitarse solo en la charlatanería.
EL INJUSTO.
Acércate aquí y déjale que delire.
EL JUSTO.
Te arrepentirás si le tiendes la mano.
CORO.
Dejaos de riñas y de injurias; y declarad, tú lo que enseñabas a los hombres de otra época, y tú la nueva doctrina; para que este joven, oído y sentenciado vuestro pleito, se decida por lo que mejor le parezca.
EL JUSTO.
Me place.
EL INJUSTO.
A mí también.
CORO.
Ea, ¿quién hablará primero?
EL INJUSTO.
Concedo que principie este; cuando haya hablado, yo me encargo de destrozar sus dichos con palabras y pensamientos nuevos, agudos como flechas; y por último, si aún se atreve a respirar, los rasgos de mi elocuencia le darán muerte, picándole toda la cara y los ojos, como si fueran tábanos.
CORO.
Vais a demostrar ahora por medio de artificiosaspalabras, sutiles pensamientos y profundas sentencias cuál de vosotros es más hábil en el arte oratoria. Hoy se debaten grandes asuntos de la filosofía, por la cual mis amigos libran un gran combate. Tú, que inspiraste a los antiguos tan buenas costumbres, levanta la voz en defensa de tu causa favorita, y danos a conocer tu carácter.
EL JUSTO.
Voy a decir cuál era la educación antigua, en los tiempos florecientes en que yo predicaba la justicia, y la modestia reinaba en las costumbres. En primer lugar, era necesario que ningún niño pronunciase imperfectamente. Los que vivían en un mismo barrio, iban a casa del maestro de música, recorriendo modestamente las calles desnudos y en buen orden, aunque la nieve cayese tan espesa como la harina del cedazo: después se sentaban con las piernas separadas y se les enseñaba o el canto «Temible Palas, destructora de ciudades», o el que principia «Grito resonante a lo lejos», conservándoles el aire que les habían dado sus antepasados. Si alguno de ellos trataba de hacer alguna payasada, o cantar, imitando los modos de Quíos y Sifnos, con las muelles inflexiones inventadas por Frinis[537], y que hoy gozan de tanta popularidad, era inmediatamente castigado con sendos azotes por enemigo de las Musas. En el gimnasio debían sentarse con las piernas extendidas para no enseñarninguna indecencia; y cada cual al levantarse debía remover la arena, cuidando de no dejar a los amantes ninguna huella de su sexo. Ningún niño se ungía entonces más abajo del ombligo, floreciendo en sus vergüenzas un vello suave como el de las manzanas; ni se ofrecía por sí mismo a un amante con dulces inflexiones de voz y miradas lascivas. No les era permitido comer rábanos, ni el anís, reservado a los viejos, ni apio, ni peces, ni tordos[538], ni poner una pierna sobre otra[539].
EL INJUSTO.
Todo esto es antiquísimo y coetáneo de las fiestas Diipolias[540], llenas de cigarras[541], del poeta Cécidas[542]y de las Bufonias.
EL JUSTO.
Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú en cambio les enseñas a envolverse en seguida en sus vestidos; así es que me indigno, cuando, si les es necesario bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Minerva. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar; y aprenderása aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las cosas torpes, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, a conducirte bien con tus padres, y a no hacer nada deshonesto, porque debes de ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas, alguna meretriz te arroje su manzana[543], con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.
EL INJUSTO.
Cree lo que este dice, y, por Baco, te parecerás a los hijos de Hipócrates[544], y te llamarán el tonto.
EL JUSTO.
Brillarás en los gimnasios; no charlarás sandeces en la plaza pública, como hacen los jóvenes del día; ni entablarás pleitos por la cosa más pequeña, cuando pueden arruinarte las calumnias de tus adversarios. Sino que, bajando a la Academia, te pasearás con un sabio de tu edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de los tejos y del follaje del álamo blanco, y gozando de los hermosos días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus murmullos.Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, gruesas las nalgas, y proporcionado el vientre[545]. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas delgadas, vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por último, serás tan infame como Antímaco.
CORO.
¡Qué grato perfume de virtud exhalan tus palabras, cultivador de la más sólida y elevada filosofía! ¡Dichosos hombres los que vivieron en la época de tu esplendor! Tú, que posees todos los recursos de la oratoria, es preciso que digas algo nuevo contra este, que se ha hecho digno de alabanza. Necesitas ciertamente emplear recursos extraordinarios contra tu adversario, si quieres vencerle y no ser blanco de la burla de todos.
EL INJUSTO.
Hace tiempo que me abrasa la impaciencia, y ardo en deseos de echar por tierra todos sus argumentos. Los filósofos me llaman injusto, porque soy el primero que he descubierto la manera de contradecir las leyes y el derecho; pero ¿no es una habilidad inestimable la de salir vencedor en la causa más débil? Verás cómo refuto su decantadosistema de educación. En primer lugar, te prohíbe los baños calientes. ¿En qué te fundas para vituperar los baños calientes?
EL JUSTO.
En que son perjudiciales y debilitan al hombre.
EL INJUSTO.
Alto: ya estás cogido y no te escaparás. Dime, ¿cuál de los hijos de Júpiter ha sido el más esforzado y ha llevado a cabo más trabajos?
EL JUSTO.
Creo que ninguno sobrepuja a Hércules.
EL INJUSTO.
Y ¿dónde has visto baños fríos bajo la advocación de Hércules?[546]Sin embargo, ¿quién era el más esforzado?
EL JUSTO.
Esas son las razones que los jóvenes tienen siempre en la boca, y gracias a ellas los baños están llenos y desiertas las palestras.
EL INJUSTO.
También vituperas la costumbre de hablar en la plaza pública. Yo la alabo. Porque, si eso fuese perjudicial, Homero no hubiera hecho orador a Néstor, ni a todos los demás sabios. Pasemos al ejercicio de la lengua: dice que los jóvenes no deben cultivarla; yo digo lo contrario. También recomienda la modestia. En total, dos malos consejos. Porque ¿a quién has visto que haya conseguidobien alguno por medio de la modestia? Habla, refútame.
EL JUSTO.
He visto muchos: por causa de ella recibió Peleo[547]una espada.
EL INJUSTO.
¡Una espada! ¡Linda ganancia tuvo el desdichado! Ahí tienes a Hipérbolo, que gracias a su malicia y no a su espada, ha ganado muchos talentos vendiendo lámparas.
EL JUSTO.
El mismo Peleo, por ser modesto, se casó con la diosa Tetis.
EL INJUSTO.
Que se marchó muy pronto y le dejó solo; porque no era un hombre violento, capaz de pasar toda la noche en dulces luchas de amor, que es lo que agrada a las mujeres. Pero tú eres un viejo chocho.
Considera, joven, todas las contrariedades de la modestia, y de qué placeres te privará; de los muchachos, de las mujeres, de los juegos[548], de los pescados, de beber y de reír. ¿Para qué quieres la vida, privada de estos placeres? Basta de esto. Paso ahora a las necesidades de la naturaleza. Has delinquido, has amado, has cometido algún adulterioy eres cogido infraganti; ya eres hombre muerto porque no sabes defender tu causa. Pero, conmigo, goza sin cuidado de la vida, baila, ríe, y nada te avergüence. Si eres sorprendido con la mujer ajena, asegura al marido que no has faltado; echa la culpa a Júpiter, que también fue vencido por el amor y las mujeres. Tú, siendo mortal, ¿cómo puedes ser más fuerte que el padre de los dioses?
EL JUSTO.
Y si siguiendo tus lecciones, es condenado al castigo de los adúlteros[549]: ¿encontrará entonces algún argumento para demostrar que no es un bardaje?
EL INJUSTO.
Y aunque sea un bardaje, ¿qué mal hay en ello?
EL JUSTO.
¿Puede haber mal mayor?
EL INJUSTO.
¿Qué dirás si también te venzo en este punto?
EL JUSTO.
Me callaré; ¿qué podría hacer?
EL INJUSTO.
Ea, dime, ¿a qué clase pertenecen los oradores?
EL JUSTO.
A la de los bardajes[550].
EL INJUSTO.
Lo creo. ¿Y los poetas trágicos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
Tienes razón. ¿Y los demagogos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
¿Ves cómo yo no hablaba tan neciamente? Mira ahora a qué clase pertenecen la mayoría de los espectadores.
EL JUSTO.
Ya miro.
EL INJUSTO.
¿Qué ves?
EL JUSTO.
Por los dioses, veo que los más son bardajes. Este que yo conozco, ese, y aquel de los largos cabellos.
EL INJUSTO.
¿Qué dices ahora?
EL JUSTO.
Somos vencidos. ¡Bardajes, recibid mi manto; me paso a vosotros!
(Se retiran.)
SÓCRATES.
Y bien, ¿quieres llevarte a tu hijo, o dejarle para que le enseñe el arte de hablar?
ESTREPSIADES.
Enséñale, castígale, y no te olvides de afilar biensu lengua, de modo que uno de sus dos filos le sirva para los negocios de poca monta, y el otro para los de mucha importancia.
SÓCRATES.
Pierde cuidado; te lo enviaré hecho un completo sofista.
FIDÍPIDES.
Bien pálido, me parece, y bien miserable.
CORO.
Id, pues; creo que te arrepentirás algún día. (Entran en la escuela de Sócrates.) Queremos deciros, jueces, lo que ganaréis si nos otorgáis la protección merecida. En primer lugar, al principio de la primavera, cuando queráis labrar vuestras tierras lloveremos antes para vosotros y en seguida para los demás; después, cuando vuestras viñas tengan ya racimos, cuidaremos de que no las perjudiquen ni la sequía ni la excesiva humedad. Pero, si algún mortal nos ofende, piense en los muchos males que le reserva nuestra venganza. No recogerá de su campo vino ni fruto alguno; cuando principien a brotar sus vides y sus olivos, los devastaremos y los destruiremos por medio del huracán; si le vemos fabricar ladrillos, lloveremos y romperemos con redondo granizo las tejas de su casa; cuando él o alguno de sus parientes o amigos contraiga matrimonio, lloveremos a torrentes toda la noche[551],de modo que preferirá haber estado en Egipto a haber juzgado injustamente.
(Estrepsiades sale de su casa con un saco de harina y se dirige a la de Sócrates.)
ESTREPSIADES.
Aún faltan cinco días; después cuatro, tres, dos, y por último viene luego a toda prisa el que más temo, detesto y abomino, el día treinta del mes[552]. Todos mis acreedores hacen el depósito necesario para entablar un pleito y juran arruinarme y perderme: sin embargo, mis proposiciones son moderadas y justas. «Amigo mío, digo a cada uno, no me exijas por ahora esta cantidad; dame prórroga para pagarte esta otra; perdóname aquella.» Pero ellos dicen que así no cobrarán nunca, me insultan llamándome injusto, y dicen que van a procesarme. ¡Que me procesen! Poco me importa si Fidípides aprende el arte de hablar bien. Pronto lo sabré; llamemos a la puerta de la escuela. ¡Esclavo! ¡Hola, esclavo!
SÓCRATES.
Salud a Estrepsiades.
ESTREPSIADES.
Salud a Sócrates. Por lo pronto, toma esto[553]. Es justo regalar alguna cosa al maestro. Di, ¿ha aprendido mi hijo el famoso razonamiento?
SÓCRATES.
Lo ha aprendido.
ESTREPSIADES.
¡Bien, oh Fraude omnipotente!
SÓCRATES.
Podrás ganar todos los pleitos que quieras.
ESTREPSIADES.
¿Aunque haya habido algún testigo cuando yo tomé el préstamo?
SÓCRATES.
Aunque haya habido mil.
ESTREPSIADES.
De modo que podré gritar en alta voz: «¡Ay de vosotros, usureros! ahora pereceréis con vuestro capital y los intereses de los intereses; no me vejaréis más, porque en esa escuela se educa un hijo mío, armado de una lengua de dos filos, que será mi defensor, el salvador de mi casa, el azote de mis enemigos, el que libertará a su padre de infinitos cuidados y molestias.» Llámale pronto afuera. ¡Hijo mío, hijo mío! ¡Sal de la casa! ¡Atiende a tu padre!
SÓCRATES.
Helo aquí.
ESTREPSIADES.
¡Oh, amigo mío! ¡amigo mío!
SÓCRATES.
Parte, y llévatelo.
(Sócrates entra en su casa.)