Chapter 7

DICEÓPOLIS.

DICEÓPOLIS.

Estos son los límites de mi mercado. Todos los peloponesios, megarenses y beocios pueden concurrir a él, con la condición de que me vendan a mí sus mercancías y no a Lámaco. Nombro agoránomos[173]de mi mercader, elegidos a suerte, estos tres zurriagos del Lepreo[174]. Que no entre aquí ningún delator, ni ningún habitante de Fasos[175]. Voy a traer la columna[176]sobre la cual está escrito el tratado, para colocarla a la vista de todos.

(Entra un megarense con dos muchachas.)

EL MEGARENSE[177].

¡Salud, mercado de Atenas, grato a los megarenses! Juro por Júpiter, protector de la amistad, que deseaba verte como el hijo a su madre. Hijas desdichadasde un padre infortunado, mirad si encontráis alguna torta. Escuchadme, por favor, y hagan eco mis palabras en vuestro famélico vientre. ¿Qué queréis? ¿Ser vendidas o moriros de hambre?

LAS MUCHACHAS.

¡Ser vendidas, ser vendidas!

EL MEGARENSE.

También me parece lo mejor. ¿Mas habrá algún tonto que os compre siendo una carga manifiesta? Pero se me ocurre un ardid digno de Megara. Os voy a disfrazar de cerdos, y diré que os traigo al mercado. Poneos estas pezuñas y procurad parecer de buena casta, pues si volvéis a casa, ya sabéis, por el tonante Júpiter, que sufriréis los horrores del hambre. Ea, colocaos estos hocicos de puerco y meteos en este saco. Procurad gruñir bien y hacercoi, gritando como los cerdos que van a ser sacrificados a Ceres[178]. Yo voy a llamar a Diceópolis: ¡Diceópolis! ¿Quieres comprar cerdos?

DICEÓPOLIS.

¿Qué es ello? ¡Un megarense!

EL MEGARENSE.

Venimos al mercado.

DICEÓPOLIS.

¿Cómo lo pasáis?

EL MEGARENSE.

Sentados siempre junto al fuego y muertos de hambre.

DICEÓPOLIS.

Por Júpiter, eso es muy agradable, teniendo al lado un flautista.[179]¿Y qué más hacéis los megarenses?

EL MEGARENSE.

¿Y lo preguntas? Cuando yo salí para venir al mercado, nuestras autoridades dictaban las medidas oportunas para que la ciudad se arruine lo más pronto y desastrosamente posible.

DICEÓPOLIS.

Entonces no tardaréis en veros libres de apuros.

EL MEGARENSE.

¿Por qué no?

DICEÓPOLIS.

¿Qué más ocurre en Megara? ¿Qué precio tiene el trigo?

EL MEGARENSE.

Tiene tanta estimación y precio como los dioses.

DICEÓPOLIS.

¿Traes sal?

EL MEGARENSE.

¿Cómo, si os habéis apoderado de nuestras salinas?

DICEÓPOLIS.

¿Y ajos?[180]

EL MEGARENSE.

¿Qué ajos? Si siempre que invadís nuestras tierras arrancáis todas las plantas como si fueseis ratones de campo.

DICEÓPOLIS.

¿Pues qué traes?

EL MEGARENSE.

Puercas para los sacrificios.

DICEÓPOLIS.

¡Que me place! A verlas.

EL MEGARENSE.

¡Mira qué hermosas! Tómalas a peso si quieres. ¿Qué gorda y qué hermosa está esta?

DICEÓPOLIS.

¿Pero qué es esto?

EL MEGARENSE.

Una cerda, por vida mía.

DICEÓPOLIS.

¿Qué dices? ¿De dónde es?

EL MEGARENSE.

De Megara. ¿No es puerca o qué?

DICEÓPOLIS.

A mí no me lo parece.

EL MEGARENSE.

¡Que no! ¡Tu incredulidad es asombrosa! ¡Decir que no es una puerca! Apostemos, si quieres, un celemín de sal mezclada con tomillo a que entre los griegos pasa esta por puerca.

DICEÓPOLIS.

Sí que es puerca[181]; pero de hombre.

EL MEGARENSE.

Sí, por Diocles,[182]y mía, ¿qué crees tú que son? ¿Quieres oírlas gruñir?

DICEÓPOLIS.

Bueno; no hay inconveniente.

EL MEGARENSE.

Gruñe pronto, puerquecilla. ¿A qué te callas, desdichada? Te volveré a casa, por Mercurio.

UNA MUCHACHA.

¡Coi! ¡Coi!

EL MEGARENSE.

¿Es o no puerca?

DICEÓPOLIS.

Ahora lo parece; pero bien alimentada será otra cosa[183].

EL MEGARENSE.

Dentro de cinco años, te lo aseguro, será como su madre.

DICEÓPOLIS.

Pero no sirve para el sacrificio.

EL MEGARENSE.

¿Por qué razón?

DICEÓPOLIS.

Porque no tiene cola[184].

EL MEGARENSE.

Aún es muy joven; cuando crezca tendrá una cola grande, gorda y colorada. Si quieres alimentarla, será una puerca magnífica.

DICEÓPOLIS.

¡Qué parecida es a esta otra![185].

EL MEGARENSE.

Las dos son hijas del mismo padre y de la misma madre. Cuando se engorde y se cubra de pelos será la mejor víctima que pueda ofrecerse a Venus.

DICEÓPOLIS.

A Venus no se le sacrifican puercas.

EL MEGARENSE.

¿Que no se sacrifican puercas a Venus? Precisamente es la única deidad a quien le agradan. La carne de estos animales es riquísima, sobre todo cuando se la clava en el asador.

DICEÓPOLIS.

¿Comen ya solas, sin necesitar de su madre?

EL MEGARENSE.

Ni de su padre, por Neptuno.

DICEÓPOLIS.

¿Qué comida les gusta más?

EL MEGARENSE.

La que les des. Pregúntaselo a ellas

DICEÓPOLIS.

¡Gorrín! ¡Gorrín!

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¿Comerás nabos?[186].

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¿Comerás higos?

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¡Con qué furia han pedido los higos! Traedles algunos a estas puerquecillas. ¿Los comerán? ¡Sopla! ¡Con qué afán los devoran, Hércules venerando! Parece que son deTragacia[187]. Pero es imposible que se hayan comido todos los higos.

EL MEGARENSE.

Todos, menos uno que he cogido yo.

DICEÓPOLIS.

Son hermosos animales, a fe mía. ¿Por cuánto me los vendes?

EL MEGARENSE.

Este, por una ristra de ajos, y el otro, si te gusta, por un quénice[188]de sal.

DICEÓPOLIS.

Trato hecho. Espérame aquí.

EL MEGARENSE.

¡Bueno va! ¡Mercurio protector del comercio, concédeme que pueda vender lo mismo a mi mujer y a mi madre![189].

UN DELATOR.

¡Buen hombre! ¿De dónde eres?

EL MEGARENSE.

Soy un megarense, vendedor de cerdos.

EL DELATOR.

Pues yo denuncio como enemigos a tus lechoncillos y a ti.

EL MEGARENSE.

¡Otra vez! Este renueva la fuente de todos nuestros males.

EL DELATOR.

Ya te arrepentirás de tu venida. Deja pronto ese saco.

EL MEGARENSE.

¡Diceópolis! ¡Diceópolis! Me denuncia un no sé quién.

DICEÓPOLIS.

¿Quién te denuncia? Agoránomos, ¿por qué no arrojáis del mercado a los delatores? — ¿Cómo quieres alumbrarnos sin linterna?[190].

EL DELATOR.

¿No puedo denunciar a los enemigos?

DICEÓPOLIS.

A costa de tu pellejo, si no te largas a otro sitio con tus delaciones.

EL MEGARENSE.

¡Qué peste para Atenas!

DICEÓPOLIS.

Ánimo, megarense; aquí tienes el precio de tus lechoncillos; toma los ajos y la sal. Y pásalo bien.

EL MEGARENSE.

Ya no es costumbre entre nosotros.

DICEÓPOLIS.

Cierto, he dicho una tontería. ¡Caiga la culpa sobre mí!

EL MEGARENSE.

Id, lechoncillos míos, y, lejos de vuestro padre, ved si hay quien os dé de comer tortas con sal.

(Vanse los dos.)

CORO.

Este hombre[191]es muy feliz. ¿No has oído cuán provechosa le ha sido su determinación? Se ganala vida sentado tranquilamente en la plaza; y si se presenta Ctesias o algún otro delator, les obligará a tomar asiento doloridos. Nadie te engañará en la compra de comestibles; Prepis[192]no te manchará con su inmundo contacto; Cleónimo no te dará empellones; cruzarás por entre la multitud vestido de fiesta sin temor de que te salga al encuentro el pleitista Hipérbolo, ni de que, al pasear por el mercado, se te acerque Cratino[193], pelado a la manera de los libertinos, o aquel perversísimo Artemón[194], en cuyas axilas se esconden chivos apestados[195]. Tampoco se burlarán de ti en la plaza ni el perdido Pausón[196]ni Lisístrato[197], oprobio de los colargienses; ese que impregnado de todos los vicios, como el paño en la púrpura que le tiñe, padece hambre y frío más de treinta días al mes.

UN BEOCIO.

¡Por Hércules! ¡Cómo me duele el hombro! — Isménico, descarga con cuidado el poleo[198]; y vosotros, flautistas tebanos, soplad con vuestras flautas de hueso por el agujero mayor de esta piel de perro[199].

DICEÓPOLIS.

¡Callad, malditos! ¿Si habrán echado raíces en mi puerta semejantes moscones? ¿De dónde vendrán esos discordantes flautistas, dignos discípulos de Queris?[200].

EL BEOCIO.

Por Iolao[201], ¡con qué placer les vería irse al infierno! Desde Tebas vienen soplando detrás de mí, y me han arrancado todas las flores del poleo. Extranjero, ¿quieres comprarme pollos o langostas?

DICEÓPOLIS.

Salud, amigo beocio, gran comedor de panecillos. ¿Qué traes?

EL BEOCIO.

Cuanto de bueno hay en Beocia: orégano, poleo, esterillas, mechas para lámparas, ánades, grajos, francolines, pollas de agua, reyezuelos, mergos...

DICEÓPOLIS.

De modo que entras en el mercado a manera de huracán que abate las aves contra el suelo.

EL BEOCIO.

También traigo gansos, liebres, zorras, topos, erizos, gatos, píctidas, nutrias, anguilas del Copais...[202]

DICEÓPOLIS.

¡Oh qué deliciosísimo bocado acabas de nombrar! Sí traes anguilas, déjame que las salude.

EL BEOCIO.

Sal, tú, la mayor de las cincuenta vírgenes Copaidas, a regocijar con tu presencia a este extranjero[203].

DICEÓPOLIS.

¡Querida mía, por tanto tiempo deseada, al fin has venido a satisfacer los deseos de los coros cómicos, y los del mismo Moricos![204]. — Esclavos, traedme el fuego y el aventador. Mirad, muchachos, esta hermosa anguila, que al fin viene a visitarnos después de seis años de espera[205]. Saludadla, hijos míos. Llevadla adentro. — Ni aun lamuerte podrá separarme de ti[206], como te cuezan con acelgas.

EL BEOCIO.

¿Y cuánto me vas a pagar por ella?

DICEÓPOLIS.

Esta me la darás por derechos de entrada. ¿Quieres vender alguna otra cosa?

EL BEOCIO.

Sí, por cierto; todo.

DICEÓPOLIS.

Vamos a ver, ¿cuánto pides? ¿O prefieres cambiar por otras tus mercancías?

EL BEOCIO.

Bien, me llevaré de Atenas lo que no hay en Beocia.

DICEÓPOLIS.

Entonces querrás anchoas del Falero[207]y cacharros.

EL BEOCIO.

¡Anchoas! ¡Cacharros! De sobra los tenemos. Solo quiero llevarme cosas que no hay allí, y aquí se encuentran en abundancia.

DICEÓPOLIS.

Ahora caigo en la cuenta: llévate un delator perfectamente empaquetado como si fuese una vasija.

EL BEOCIO.

¡Por los Dioscuros![208]Ese sí que sería un negocio redondo: cargar con un mico lleno de malicias.

DICEÓPOLIS.

Muy oportunamente llega Nicarco a delatar alguno.

EL BEOCIO.

¡Qué pequeño es!

DICEÓPOLIS.

Pero todo veneno.

NICARCO.

¿De quién son estas mercancías?

EL BEOCIO.

Mías; traídas de Beocia: por Júpiter lo juro.

NICARCO.

Pues yo las denuncio por enemigas.

EL BEOCIO.

¿Qué furia te mueve a declarar la guerra a las aves?

NICARCO.

También a ti te denunciaré.

EL BEOCIO.

¿Qué daño te he hecho yo?

NICARCO.

Te lo diré en obsequio de los presentes: tú traes mechas del país enemigo.

EL BEOCIO.

¿Eres por tanto un denunciador de mechas?

NICARCO.

Una sola puede incendiar la flota.

EL BEOCIO.

¡Una mecha incendiar la flota! ¿Cómo? ¡Soberano Júpiter!

NICARCO.

Cualquier beocio enciende una mecha, la ata a un insecto alado, y, aprovechando un momento en que el Bóreas sople con más violencia, la lanza sobre la flota por medio de un tubo; si el fuego prende en cualquier navío, es seguro que se abrasará en seguida toda la flota.

DICEÓPOLIS.

¡Canalla sin vergüenza! ¿De modo que para reducir a cenizas la escuadra, bastan una mecha y un insecto? (Le pega).

NICARCO.

¡Sed testigos! ¡Favor!

DICEÓPOLIS.

Tápale la boca: dame bálago y mimbres para envolverle y podérmelo llevar como una vasija sin que se rompa.

CORO.

Buen hombre, ata bien tan delicada mercancía, no se te quiebre en el camino.

DICEÓPOLIS.

Eso a mi cargo queda; aunque deja oír un crujido como si se hubiera rajado en el horno. ¡Crujido odioso a los inmortales!

CORO.

¿Qué hará con él?

DICEÓPOLIS.

Me servirá para todo: de recipiente de los males; de mortero para majar pleitos; de linterna para espiar a los recaudadores, y de barreño donde se enturbien todas las cosas.

CORO.

¿Pero quién se atreverá a usar un vaso cuyos crujidos resuenan incesantemente en la casa?

DICEÓPOLIS.

Es sólido, amigo mío, y no se quebrará fácilmente si se le cuelga de los pies, cabeza abajo.

CORO.

Ya está bien embalado.

EL BEOCIO.

Voy a segar mi cosecha.

CORO.

Excelente forastero, carga con ese paquete, llévate a ese delator, bueno para cualquier cosa, y arrójalo donde te agrade.

DICEÓPOLIS.

Trabajo me ha costado el empaquetar a ese perdido. Ea, amigo, toma tu vasija y llévatela.

EL BEOCIO.

Isménico, cárgatela sobre tus duros hombros.

DICEÓPOLIS.

Procura llevarla con cuidado. Aunque no llevas nada de bueno, sin embargo, es fácil que salgas ganancioso con tu carga: serás feliz por gracia de los delatores.

(Vase el Beocio.)

UN CRIADO DE LÁMACO.

¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.

¿Quién va? ¿Qué me quieres?

EL CRIADO.

Lámaco te suplica que le des, mediante este dracma, algunos tordos, para celebrar la fiesta de lasCopas[209]; y que por otros tres le vendas una anguila del Copais.

DICEÓPOLIS.

¿Quién es ese Lámaco que desea la anguila?

EL CRIADO.

Aquel terrible sufridor de trabajos, que lleva una Gorgona en el escudo, y sobre cuyo casco se agita un penacho triple.

DICEÓPOLIS.

No le venderé nada, por Júpiter, aunque me dé su escudo: en vez de comer pescado, entreténgase en agitar su penachos. Si se alborota, llamaré a los agoránomos. Ahora, recogiendo mis compras, entraré en mi casa «sobre las alas de los mirlos y los tordos.»[210]

CORO.

¿No veis, ciudadanos, no veis la extremada prudencia y discreción de ese hombre, que, después de haber pactado sus treguas, puede comprar cuantas cosas suelen traer los mercaderes, útiles unas a la casa, y gratísimas otras al paladar?

Todos los bienes penetran por sí mismos en su morada.

Nunca admitiré en mi casa al belicoso Marte; jamás cantará en mi mesa el himno de Harmodio[211], porque es un ser cuya embriaguez es temible. Arrojándose sobre nuestros bienes, descargó sobre nosotros todos los males, la ruina, la destrucción y la muerte; en vano le decíamos amablemente:«Bebe, acompáñanos en la mesa, acepta esta copa de amistad», porque entonces atizaba con más violencia el incendio de nuestros rodrigones, y derramaba el vino de nuestras cepas.

Abundante mesa es la de Diceópolis; envanecido con su suerte, arroja en los umbrales de su casa esas plumas, indicio de su regalada vida.

¡Oh Paz, compañera de la hermosa Venus y de sus amigas las Gracias! ¿Cómo he podido desconocer tanto tiempo tu sin par belleza?

¡Ojalá me despose contigo un Amor coronado de rosas como el que está allí pintado![212]¿Me crees acaso demasiado viejo? Pues si me enlazo a ti podré, aunque anciano, hacer tres cosas en obsequio tuyo: abrir en primer lugar un largo surco para la vid[213]; poner después junto a él tiernos retoños de higuera, y plantar luego el vigoroso sarmiento; cercando, por fin, todo mi campo de olivos, con cuyo aceite podamos mutuamente ungirnos en las Neomenias.

UN HERALDO.

Pueblos, escuchad: conforme a la costumbre patria, bebed en vuestras copas, al son de las trompetas;el que primero haya apurado su vaso recibirá en premio un odre de Ctesifonte[214].

DICEÓPOLIS.

Muchachos, mujeres, ¿no habéis oído? ¿Qué hacéis? ¿No habéis oído el pregón? Coced las viandas, asadlas; retirad pronto las liebres de los asadores; tejed las coronas; dadme asadorcillos para los tordos[215].

CORO.

Celebro tu suerte, amigo mío, y más que todo esa tu discreción admirable por la cual gozas de tan delicioso banquete.

DICEÓPOLIS.

¿Pues qué diréis cuando veáis cómo se asan mis tordos?

CORO.

También creo que tienes razón en eso.

DICEÓPOLIS.

Atizad el fuego.

CORO.

¿Veis cómo dispone su comida, a modo de un cocinero hábil y experimentado?

UN LABRADOR.

¡Infeliz de mí!

DICEÓPOLIS.

Por Hércules, ¿quién es este?

EL LABRADOR.

Un hombre desgraciado.

DICEÓPOLIS.

Pues sigue tu camino.

EL LABRADOR.

Queridísimo amigo, ya que las treguas se han pactado solo para ti, cédeme un poco de tu paz, aunque no sea más que por cinco años.

DICEÓPOLIS.

¿Qué te aflige?

EL LABRADOR.

Estoy arruinado; he perdido una pareja de bueyes.

DICEÓPOLIS.

¿Cómo?

EL LABRADOR.

Los beocios me los quitaron en la toma de Fila[216].

DICEÓPOLIS.

¡Oh tres veces mísero! ¿Y aún vas vestido de blanco?

EL LABRADOR.

Ellos, ¡oh poderoso Júpiter!, me mantenían en la más deliciosa abundancia[217].

DICEÓPOLIS.

¿Qué necesitas ahora?

EL LABRADOR.

Me he estropeado los ojos llorando aquellos bueyes.Si algún interés te merece Derceles de Fila, frótame pronto los ojos con el bálsamo de la paz.

DICEÓPOLIS.

Pero, desdichado, yo no soy médico público[218].

EL LABRADOR.

Por piedad, hazlo, para ver si puedo recobrar mis bueyes.

DICEÓPOLIS.

Me es imposible; vete con tus lágrimas a los discípulos de Pítalo[219].

EL LABRADOR.

Ponme siquiera una gota de paz en esta cañita.

DICEÓPOLIS.

Ni el átomo más imperceptible. Vete a llorar donde quieras.

EL LABRADOR.

¡Desdichado de mí! ¡Sin bueyes para la labranza!

CORO.

Este hombre ha conseguido con su tratado muchas ventajas, de las cuales, al parecer, no quiere hacer partícipe a nadie.

DICEÓPOLIS.

Pon esos callos con miel: asa los calamares.

CORO.

¿Oís cómo levanta la voz?

DICEÓPOLIS.

Asad las anguilas.

CORO.

Nos vas a matar de hambre; y a tus vecinos con el humo y las voces.

DICEÓPOLIS.

Asad esa con cuidado; que quede doradita.

UN PARANINFO[220].

¡Diceópolis! ¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.

¿Quién llama?

EL PARANINFO.

Un recién casado te envía esta parte de su convite de boda.

DICEÓPOLIS.

Es muy amable, sea quien quiera.

EL PARANINFO.

Te suplica que en cambio de estas viandas, le eches en este vaso de alabastro una copita de paz, para que pueda eximirse de la milicia y quedarse en casa disfrutando de los placeres del amor.

DICEÓPOLIS.

Llévate, llévate tus viandas, y nada me des, pues no le cedería una gota por mil dracmas. — ¿Pero quién es esa mujer?

EL PARANINFO.

Es la madrina de la boda. Quiere hablarte a ti solo, de parte de la novia.

DICEÓPOLIS.

Vamos, ¿qué tienes que decirme?... — ¡Dioses inmortales! Qué ridícula es la pretensión de la novia... Me pide que haga de modo que permanezca en la casa una parte del cuerpo de su esposo[221]. Ea, venga aquí el tratado; a ella sola le daré parte, en consideración a que siendo mujer no debe sufrir las molestias de la guerra. Tú (A la madrina.), buena mujer, acerca el frasco... ¿Sabes cómo se ha de usar? Dile a la desposada que cuando se haga la leva de los soldados, unte con esto esa parte del cuerpo de su marido que desea conservar. Llévate el tratado. Traed el cacillo para que llene de vino las copas.

CORO.

Ahí se acerca uno con el entrecejo fruncido, como si nos fuera a anunciar alguna desgracia.


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