LAS NUBES.
La escena representa el dormitorio de Estrepsiades. Este aparece en su lecho, y próximos a él duermen su hijo, y los esclavos.
ESTREPSIADES.
¡Oh Júpiter supremo! ¿Es acaso interminable la duración de las noches? ¿Nunca se hará de día? Mucho tiempo ha que he oído el canto del gallo, y sin embargo, los esclavos aún están roncando: antes no sucedía esto. Maldita sea la guerra, que me impide hasta el castigar a mis esclavos[444]. Este buen mozo no despierta en toda la noche, y duerme profundamente[445], envuelto en las cinco mantas de su lecho. Pero probemos a imitarle...
¡Pobre de mí! no puedo conciliar el sueño. ¿Cómo he de dormir, si me atormentan los gastos, la caballerizay las deudas que he contraído por causa de este hijo? Él cuida su cabellera, cabalga, guía un carro y sueña con caballos; y yo me siento morir cuando llega el día veinte del mes, porque se acerca el momento de pagar los intereses...[446].
Muchacho, enciende la lámpara y tráeme el libro de cuentas, para que examine los gastos, y averiguando a quiénes debo, calcule los intereses... Ea, veamos, ¿cuánto debo? «Doce minas a Pasias[447]»: ¿Y por qué doce minas a Pasias? ¿En qué las he gastado? Cuando compré el Coppatia[448]. ¡Desdichado de mí! ¡Ojalá me hubiesen vaciado antes un ojo de una pedrada![449].
FIDÍPIDES (soñando).
Filón, guías mal: tu carro debe seguir a este.
ESTREPSIADES.
He aquí el mal que me mata: hasta durmiendo sueña con caballos.
FIDÍPIDES (soñando).
¿Cuántas carreras es necesario dar en el certamen?
ESTREPSIADES.
A tu padre sí que le haces dar carreras... ¿Pero qué deuda contraje[450]después de la de Pasias?Veamos: «tres minas a Aminias[451]por el carro y las ruedas.»
FIDÍPIDES (soñando).
Lleva el caballo a la cuadra y revuélcalo antes en la arena.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz! Tú si que das vuelco a mi fortuna; unos me tienen ya citado a los tribunales, otros me piden que les garantice el pago de los intereses[452].
FIDÍPIDES (despertando).
Pero, padre, ¿qué te angustia que no haces más que dar vueltas toda la noche?
ESTREPSIADES.
Me muerde cierto demarco[453]de las camas.
FIDÍPIDES.
Por favor, querido, déjame dormir un poco.
ESTREPSIADES.
Duerme en hora buena, pero sabe que todas estas deudas caerán sobre tu cabeza... ¡Oh! ¡Así perezca miserablemente aquella casamentera que me impulsó a contraer matrimonio con tu madre! Porque yo tenía una vida dulcísima, sencilla, grosera, descuidada y abundante en panales, ovejas y aceite.Después, aunque era hombre del campo, me casé con la nieta de Megacles hijo de Megacles, ciudadana soberbia, amiga de los placeres, con las mismas costumbres que Cesira[454]. Después del matrimonio, cuando nos acostábamos, yo no olía más que a mosto, higos y lana de mis ovejas; ella por el contrario, apestaba a pomadas y esencias, y solo deseaba besos amorosos, lujo, comilonas y los placeres de Venus[455]. No diré que fuese holgazana, sino que tejía; y muchas veces, enseñándola esta capa, le decía con tal pretexto: «Esposa mía,aprietas[456]demasiado los hilos.»
UN ESCLAVO.
No tiene aceite la lámpara.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí! ¿Por qué has encendido una lámpara tan bebedora? Acércate para que te haga llorar.
EL ESCLAVO.
Y ¿por qué he de llorar?
ESTREPSIADES.
Por haber puesto una mecha muy gorda... Después, cuando nos nació este hijo, disputamos mibuena mujer y yo acerca del nombre que habríamos de ponerle. Ella le posponía a todos los nombres el de caballo, queriendo que se llamase Jantipo, Caripo o Calípides[457]. Yo le llamaba Fidónides[458], como su abuelo. Tras largo debate, adoptamos, por fin, un término medio y le llamamos Fidípides[459]. Su madre, tomándole en brazos, solía decirle entre caricias: «¡Cuándo te veré, hecho un hombre, venir a la ciudad, ricamente vestido y dirigiendo tu carro, como tu abuelo Megacles...!» Y yo le decía: «¡Cuándo te veré, vestido de pieles, traer las cabras del Feleo[460]como tu padre...!» Pero nunca hizo caso de mis palabras. Y su afición a los caballos[461]me ha perdido. Después de haber meditado toda la noche, he encontrado un maravilloso expediente, que me salvará si consigo persuadir a mi hijo. Mas, antes de todo, quiero despertarle. ¿Cómo haré para despertarlo dulcemente? ¿Cómo? ¡Fidípides, querido Fidípides![462].
FIDÍPIDES.
¿Qué, padre mío?
ESTREPSIADES.
Bésame y dame tu mano derecha.
FIDÍPIDES.
Hela aquí. ¿Qué ocurre?
ESTREPSIADES.
Di: ¿me amas?
FIDÍPIDES.
Sí, por Neptuno ecuestre.
ESTREPSIADES.
Por favor, no me recuerdes nunca a ese domador de caballos; es la causa de todos mis males. Si me amas de todo corazón, hijo mío, compláceme.
FIDÍPIDES.
¿Y en qué quieres que te complazca?
ESTREPSIADES.
Cambia pronto de costumbres, y ve a aprender donde yo te mande.
FIDÍPIDES.
Explícate ya: ¿qué quieres?
ESTREPSIADES.
¿Y me obedecerás?
FIDÍPIDES.
Te obedeceré, por Baco.
ESTREPSIADES.
Mira a este lado. ¿Ves esa puertecita y esa casita?
FIDÍPIDES.
Las veo. ¿Pero qué quiere decir esto?
ESTREPSIADES.
Esa es la escuela[463]de las almas sabias. Ahí habitan hombres que hacen creer con sus discursos que el cielo es un horno que nos rodea, y que nosotros somos los carbones[464]. Los mismos enseñan, si se les paga, de qué manera pueden ganarse las buenas y las malas causas.
FIDÍPIDES.
Y ¿quiénes son esos hombres?
ESTREPSIADES.
No sé bien cómo se llaman. Son personas buenas dedicadas a la meditación.
FIDÍPIDES.
¡Ah, los conozco, miserables! ¿Hablas de aquellos charlatanes pálidos y descalzos, entre los cuales se encuentran el perdido Sócrates y Querefonte?[465]
ESTREPSIADES.
¡Eh! calla: no digas necedades. Antes bien, si te conmueven las aflicciones de tu padre, sé uno de ellos y abandona la equitación.
FIDÍPIDES.
No lo haré, por Baco, aunque me dieses todos los faisanes que cría Leógoras[466].
ESTREPSIADES.
¡Oh!, por favor, queridísimo hijo, ve a la escuela.
FIDÍPIDES.
Y ¿qué aprenderé?
ESTREPSIADES.
Dicen que enseñan dos clases de discursos: uno justo, cualquiera que sea, y otro injusto[467]; con el segundo de estos afirman que pueden ganar hasta las causas más inicuas. Por tanto, si aprendes el discurso injusto, no pagaré ni un óbolo[468]de las deudas que tengo por tu causa.
FIDÍPIDES.
No puedo complacerte. Me sería imposible mirar a un jinete si tuviese el color de la cara tan perdido.
ESTREPSIADES.
Por Ceres, no comeréis ya a mis expensas ni tú, ni tu caballo de tiro, ni tu caballo de silla[469], sino que te echaré de casa enhoramala[470].
FIDÍPIDES.
Mi tío Megacles no me dejará sin caballos. Me voy, y no hago caso de tus amenazas.
(Aquí debe haber mutación de escena, puesto que Estrepsiades va a llamar en la puerta de Sócrates.)
ESTREPSIADES.
Sin embargo, aunque he caído, no he de permanecer en tierra[471], sino que invocando a los dioses iré a esa escuela y recibiré yo mismo las lecciones. Pero ¿cómo, siendo viejo, olvidadizo y torpe, podré aprender discursos llenos de exquisitas sutilezas? Marchemos. ¿Por qué me detengo y no llamo a la puerta? ¡Esclavo! ¡Esclavo!
UN DISCÍPULO.
¡Vaya al infierno! ¿Quién golpea la puerta?
ESTREPSIADES.
Estrepsiades, hijo de Fidón, del cantón de Cicinno[472].
EL DISCÍPULO.
¡Por Júpiter! Campesino habías de ser para golpear tan brutalmente la puerta y hacerme abortar[473]un pensamiento que había concebido.
ESTREPSIADES.
Perdóname, porque habito lejos de aquí, en elcampo; pero dime: ¿cuál es el pensamiento que te he hecho abortar?
EL DISCÍPULO.
No me es permitido decirlo más que a los discípulos.
ESTREPSIADES.
Dímelo sin temor, porque vengo a la escuela como discípulo.
EL DISCÍPULO.
Lo diré: pero ten en cuenta que esto debe de ser un misterio. Preguntaba ha poco Querefonte a Sócrates cuántas veces saltaba lo largo de sus patas una pulga que había picado a Querefonte en una ceja y se había lanzado luego a la cabeza de Sócrates[474].
ESTREPSIADES.
Y ¿cómo ha podido?...
EL DISCÍPULO.
Muy ingeniosamente. Derritió un poco de cera, y cogiendo la pulga sumergió en ella sus patitas. Cuando se enfrió la cera, quedó la pulga con una especie de borceguíes pérsicos[475]. Se los descalzó Sócrates y midió con ellos la distancia recorrida por el salto.
ESTREPSIADES.
¡Supremo Júpiter, qué inteligencia tan sutil!
EL DISCÍPULO.
¿Pues qué dirás si te cuento otra invención de Sócrates?
ESTREPSIADES.
¿Cuál? Dímela, te lo ruego.
EL DISCÍPULO.
El mismo Querefonte Esfetiense le preguntó si creía que los mosquitos zumbaban con la trompa o con el trasero.
ESTREPSIADES.
¿Y qué dijo de los mosquitos?
EL DISCÍPULO.
Dijo que el intestino del mosquito es muy angosto, y que a causa de su estrechez el aire pasa con gran violencia hasta el trasero, y como el orificio de este comunica con el intestino, el trasero produce el zumbido por la violencia del aire.
ESTREPSIADES.
Por lo tanto, el trasero de los mosquitos es una trompeta. ¡Oh tres veces bienaventurado el autor de tal descubrimiento! Fácilmente obtendrá la absolución de un reo quien conoce tan bien el intestino del mosquito.
EL DISCÍPULO.
Poco ha una salamandra le hizo perder un gran pensamiento.
ESTREPSIADES.
Dime: ¿de qué manera?
EL DISCÍPULO.
Observando de noche el curso y las revoluciones de la luna, miraba al cielo con la boca abierta, yentonces una salamandra le arrojó su excremento desde el techo.
ESTREPSIADES.
¡Linda salamandra que hace sus necesidades en la boca de Sócrates!
EL DISCÍPULO.
Ayer por la tarde no teníamos cena.
ESTREPSIADES.
¡Hem! ¿Y qué inventó para encontrar comida?
EL DISCÍPULO.
Extendió polvo sobre la mesa, dobló una barrita de hierro[476], y recogiendo después el compás, escamoteó un vestido de la palestra.
ESTREPSIADES.
¿Por qué admiramos ya a Tales?[477]Abre, abre prontamente la escuela, y preséntame a Sócrates cuanto antes. Me impaciento por ser su discípulo. ¡Vivo! abre la puerta. — ¡Oh Hércules! ¿De qué país son estos animales?[478].
EL DISCÍPULO.
¿De qué te admiras? ¿Con quiénes les encuentras semejanza?
ESTREPSIADES.
Con los lacedemonios hechos prisioneros en Pilos[479]. ¿Pero por qué miran esos a la tierra?
EL DISCÍPULO.
Investigan las cosas subterráneas.
ESTREPSIADES.
Entonces buscan cebollas. No os cuidéis más de eso: yo sé dónde las hay hermosas y grandes. — ¿Y qué hacen esos otros con el cuerpo inclinado?
EL DISCÍPULO.
Investigan los abismos del Tártaro.
ESTREPSIADES.
¿Para qué mira al cielo su trasero?
EL DISCÍPULO.
Es que aprende astronomía por su parte. Pero entrad, no sea que el maestro nos sorprenda.
ESTREPSIADES.
No, todavía no: que estén aquí; tengo que comunicarles un asuntillo mío.
EL DISCÍPULO.
Es que no pueden permanecer largo tiempo al aire y en el exterior.
ESTREPSIADES.
¡En nombre de los dioses! ¿Qué son estas cosas? Decídmelo.
EL DISCÍPULO.
Esa es la astronomía.
ESTREPSIADES.
¿Y esta?
EL DISCÍPULO.
La geometría.
ESTREPSIADES.
¿Para qué sirve la geometría?
EL DISCÍPULO.
Para medir la tierra.
ESTREPSIADES.
¿La que se distribuye a la suerte?
EL DISCÍPULO.
No. Toda la tierra.
ESTREPSIADES.
¡Gracioso dicho! He aquí una idea muy popular y útil[480].
EL DISCÍPULO.
He aquí todo el circuito de la tierra. ¿Ves? Aquí está Atenas.
ESTREPSIADES.
¿Qué dices? No te creo. No veo a los jueces en sesión[481].
EL DISCÍPULO.
Sin embargo, este es verdaderamente el territorio del Ática.
ESTREPSIADES.
¿Y dónde están los Cicinenses mis compatriotas?
EL DISCÍPULO.
Helos aquí; y mira también la Eubea, que, como ves, es muy larga.
ESTREPSIADES.
Lo sé: Pericles y vosotros la habéis sometido a mil torturas[482]. Pero, ¿dónde está Lacedemonia?
EL DISCÍPULO.
¿Que dónde está? Hela aquí.
ESTREPSIADES.
¡Cuán cerca de nosotros! Meditad sobre esto y alejadla todo lo que se pueda.
EL DISCÍPULO.
Por Júpiter, eso es imposible.
ESTREPSIADES.
Pues ya os pesará. — ¡Calla! ¿y quién es ese hombre suspendido en el aire en un cesto?
EL DISCÍPULO.
Él.
ESTREPSIADES.
¿Quién es él?
EL DISCÍPULO.
Sócrates.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! Anda y llámale fuerte.
EL DISCÍPULO.
Llámale tú; que yo no tengo tiempo.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! ¡Sócrates!
SÓCRATES.
Mortal[483]. ¿Por qué me llamas?
ESTREPSIADES.
Ante todo, te ruego que me digas qué es lo que haces ahí.
SÓCRATES.
Camino por los aires y contemplo el Sol.
ESTREPSIADES.
Por tanto, ¿miras[484]a los dioses desde tu cesto y no desde la tierra? Si no es que...
SÓCRATES.
Nunca podría investigar con acierto las cosas celestes si no suspendiese mi alma y mezclase mis pensamientos con el aire que se les parece[485]. Si permaneciera en el suelo, para contemplar las regiones superiores, no podría descubrir nada porque la tierra atrae a sí los jugos del pensamiento: lo mismo exactamente que sucede con los berros.
ESTREPSIADES.
¿Qué hablas? ¿El pensamiento atrae la humedad de los berros? Pero, querido Sócrates, baja, para que me enseñes las cosas que he venido a aprender.
SÓCRATES.
¿Qué es lo que te ha hecho venir?
ESTREPSIADES.
El deseo de aprender a hablar. Los usureros, los acreedores más intratables me persiguen sin descanso y destruyen los bienes que les he dado en prenda.
SÓCRATES.
¿Cómo te has llenado de deudas sin apercibirte?
ESTREPSIADES.
Me ha arruinado la enfermedad de los caballos, cuya voracidad es espantosa. Mas enséñame uno de tus dos discursos, aquel que sirve para no pagar. Sea cual fuere el salario que me pidas, juro por los dioses que te lo he de satisfacer.
SÓCRATES.
¿Por qué dioses juras? En primer lugar, es preciso que sepas que los dioses no son ya moneda corriente entre nosotros.
ESTREPSIADES.
¿Pues por quién juráis? Acaso por las monedas de hierro, como en Bizancio.
SÓCRATES.
¿Quieres conocer perfectamente las cosas divinas y saber sin engaño lo que son?
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter, a ser posible.
SÓCRATES.
Y ¿hablar con las Nubes, nuestras divinidades?
ESTREPSIADES.
Mucho más.
SÓCRATES.
Siéntate, pues, en el lecho sagrado.
ESTREPSIADES.
Ya estoy sentado.
SÓCRATES.
Coge esta corona.
ESTREPSIADES.
¿Para qué la corona? ¡Ay de mí!, Sócrates, no me sacrificarás como a Atamas[486].
SÓCRATES.
No: hacemos todas estas ceremonias con los iniciados.
ESTREPSIADES.
¿Y qué ganaré con esto?
SÓCRATES.
Llegarás a ser un molino de palabras, un verdadero cascabel, fino como la flor de la harina: pero no te muevas.
ESTREPSIADES.
No me engañas, por Júpiter; si continúas empolvándome de ese modo me convertiré pronto en flor de harina[487].
SÓCRATES.
Es necesario guardar silencio, anciano, y escuchar atentamente mis súplicas. Soberano señor, Aire inmenso que rodeas la sublime tierra, Éter luminoso, y vosotras, Nubes, diosas venerables, que engendráis los rayos y los truenos, levantaos, soberanas mías, y mostraos al filósofo en las alturas.
ESTREPSIADES.
No, todavía no, hasta que me cubra la cabeza con el manto doblado, no sea que me moje. ¡Pobre de mí! haber salido de casa sin mi montera de piel de perro.
SÓCRATES.
Venid pues, oh Nubes venerables, y mostraos a este, ora ocupéis la sagrada cumbre del nevado Olimpo, ora forméis con las Ninfas la danza sagrada en los jardines del padre Océano, ora recojáis en urnas de oro las aguas del Nilo, ora residáis en la laguna Meotis, o sobre las nevadas rocas del Mimas; oídme, aceptad mi sacrificio y mirad complacidas estas sagradas ceremonias.
CORO DE NUBES.
Del seno mugiente del Océano, nuestro padre, levantémonos, Nubes eternas, ligeras por nuestra naturaleza vaporosa, a las altas cumbres de los montes coronados de árboles seculares. Desde ellas veremos a lo lejos el horizonte montuoso, la tierra sagrada, madre de los frutos, el curso de los ríos divinos, y el mar que murmura profundamente.Puesto que el ojo infatigable del Éter brilla siempre con resplandeciente luz, disipemos la niebla oscura que nos rodea, y mostrémonos a la tierra con todo el esplendor de nuestra belleza inmortal.
SÓCRATES.
Indudablemente, habéis escuchado mis votos, ¡oh Nubes venerables! ¿Has oído tú su voz acompañada de los mugidos del trueno?
ESTREPSIADES.
Yo también os adoro, santas Nubes, y quiero responder a vuestros truenos[488]; a ello me obligan el miedo y el temblor; así es que, sea o no lícito, quiero desahogarme[489].
SÓCRATES.
No te burles, ni hagas lo que esos cómicos miserables[490]— ¡Silencio! Una multitud de diosas se adelantan cantando.
CORO.
Vírgenes imbríferas[491], vamos a visitar el pingüe territorio de Palas y la amable tierra de Cécrope, patria de tan grandes hombres, donde se celebra el culto de los sagrados misterios, se ven el santuario místico de las santas iniciaciones[492]las ofrendas a los habitantes del Olimpo, los elevadostemplos y las estatuas de los dioses, las procesiones religiosas, los sacrificios a las coronadas divinidades y los festines de todas las estaciones; y, cuando con la primavera vuelve la fiesta de Baco, los certámenes de los resonantes coros, y el grave sonido de las flautas.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Sócrates, dime: ¿Quiénes son aquellas mujeres que han cantado con tanta majestad? ¿Son algunas heroínas?
SÓCRATES.
No; estas son las celestes Nubes, grandes diosas de los hombres ociosos; que nos dan el pensamiento, la palabra y la inteligencia, el charlatanismo, la locuacidad, la astucia y la comprensión.
ESTREPSIADES.
He aquí por qué al oírlas parece que mi alma va a volar, y ya desea discutir sobre sutilezas, hablar del humo, contradecir y oponer argumentos contra argumentos. Así es que desearía, si fuese posible, verlas personalmente.
SÓCRATES.
Mira hacia aquel lado, hacia el monte Parneto. Yo las veo descender con lentitud.
ESTREPSIADES.
¿Dónde? Enséñame.
SÓCRATES.
Míralas; vienen oblicuamente en gran número, a través de los valles y los bosques.
ESTREPSIADES.
Pero ¿qué es esto? Si no las distingo.
SÓCRATES.
Ahí, junto a la entrada.
ESTREPSIADES.
Al fin las entreveo.
SÓCRATES.
Ahora las verás perfectamente si no tienes telarañas en los ojos[493].
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter: ¡oh diosas venerables! ya ocupan toda la escena.
SÓCRATES.
¡Y tú, que ignorabas su existencia y no las tenías por diosas!
ESTREPSIADES.
No por cierto: pero las creía niebla, humo o rocío.
SÓCRATES.
Por Júpiter, ¿no sabes que estas alimentan a multitud de sofistas, a los adivinos de Turium, a los médicos, a los holgazanes que no se ocupan mas que de sus uñas, sortijas y cabellos, a los autores de ditirambos y a los charlatanes de vaciedades sublimes? A todos estos los alimentan porque las celebran en sus cantos.
ESTREPSIADES.
¿Por eso cantan en sus versos el ímpetu veloz de las húmedas Nubes que lanzan deslumbradores relámpagos, los cabellos erizados de Tifón, el de las cien cabezas, y las tempestades furiosas como avesde rapiña, que vuelan por el éter, nadando por el aire y los torrentes de lluvia que derraman las Nubes?[494]Y en premio de estos versos se comen los más grandes peces y la carne delicada de los tordos.
SÓCRATES.
¿Por causa de ellas, no es justo?
ESTREPSIADES.
Pero dime, si en realidad son Nubes, ¿en qué consiste que parecen mujeres y sin embargo no lo son?
SÓCRATES.
¿Pues qué son entonces?
ESTREPSIADES.
No lo sé bien: ahora me parecen copos de lana, pero de ninguna manera mujeres. Estas, sin embargo, tienen narices.
SÓCRATES.
Vamos, responde a mis preguntas.
ESTREPSIADES.
Pregunta lo que quieras.
SÓCRATES.
¿No has visto alguna vez, mirando al cielo, una Nube parecida a un centauro, a un leopardo, a un lobo o a un toro?
ESTREPSIADES.
Sí, en verdad; y ¿a qué viene esto?
SÓCRATES.
A probarte que se transforman como quieren.Así, cuando ven a un hombre de larga cabellera y pecho velludo como el hijo de Jenofante, se burlan de su locura, cambiándose en centauros.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué hacen cuando ven a Simón, ladrón del tesoro público?
SÓCRATES.
Para poner de manifiesto sus costumbres, se transforman en lobos.
ESTREPSIADES.
Por eso es que ayer al distinguir a Cleónimo, que arrojó su escudo para huir, al verle tan cobarde se cambiaron en ciervos.
SÓCRATES.
Y ¿ves ahora? al mirar a Clístenes se han transformado en mujeres.
ESTREPSIADES.
¡Salud, oh diosas! Si alguna vez lo habéis hecho por un mortal, romped vuestro silencio y dejad oír vuestra celeste voz, reinas omnipotentes.
CORO.
Salud, investigador de la sabiduría: y tú, sacerdote de las vaciedades más inútiles, di para qué nos necesitas. Porque a ningún sofista de los que investigan las cosas del cielo escuchamos con tanto placer como a ti, excepto a Pródico[495]: a este leatendemos por su ingenio y por su ciencia; a ti por tu andar arrogante, por tu mirar desdeñoso, tu sufrimiento en caminar desnudo, y la majestad que imprimes a tu fisonomía.
ESTREPSIADES.
¡Oh Tierra, qué voz tan sagrada, venerable y prodigiosa!
SÓCRATES.
Es que ellas son las únicas diosas; todas las demás son pura ficción.
ESTREPSIADES.
Pero entonces, dime, por la sagrada Tierra: ¿Júpiter olímpico no es dios?
SÓCRATES.
¿Cuál Júpiter? Tú te burlas. No hay tal Júpiter.
ESTREPSIADES.
¿Qué estas diciendo? ¿Pues quién hace llover? Demuéstrame esto antes de todo.
SÓCRATES.
Ellas: y voy a demostrarlo con grandes razones. ¿Has visto alguna vez que Júpiter haga llover sin Nubes? Si fuese él, sería necesario que lloviese estando el cielo sereno y después de haberlas disipado.
ESTREPSIADES.
Perfectamente: por Apolo, tu argumento me ha convencido. Yo creía antes, como cosa cierta, que Júpiter para hacer llover orinaba en una criba. Pero dime: ¿quién produce el trueno? Esto me hace temblar.
SÓCRATES.
Las Nubes truenan cuando se revuelven sobre si mismas[496].
ESTREPSIADES.
¿De qué manera, hombre audaz?
SÓCRATES.
Cuando están muy llenas de agua y se ponen en movimiento arrastradas por su propio peso, al caer se entrechocan y rompen con estrépito.
ESTREPSIADES.
Pero ¿quién las empuja para que se entrechoquen? ¿Acaso Júpiter?
SÓCRATES.
De ningún modo: las empuja el Torbellino etéreo.
ESTREPSIADES.
¿El Torbellino? En verdad, ignoraba que Júpiter no existía y que reinaba por él el Torbellino. Pero nada me has enseñado todavía del fragor de los truenos.
SÓCRATES.
¿No me has oído decir que cuando las Nubes llenas de agua caen unas sobre otras producen ese fragor a causa de su densidad?
ESTREPSIADES.
¿Y cómo he de creer eso?
SÓCRATES.
Observando lo que a ti mismo te sucede, comovoy a demostrarte. Cuando en las Panateneas[497]cenas tanto que se te desarregla el vientre, ¿no has notado que este produce de repente algunos ruidos?
ESTREPSIADES.
Sí, a fe mía: y en seguida me atormenta, y se revuelve, ruge como el trueno, y después estalla con estrépito. Primero hace, con ruido apenas perceptible,pax; luegopapax, en seguidapapappax, y cuando hago mis necesidades es un verdadero truenopappappax, lo mismo que las Nubes.
SÓCRATES.
Considera el gran ruido que haces con tu pequeño vientre; ¿será, pues, inverosímil el que el aire inmenso truene con estrepitoso fragor? Por eso las palabrastruenoyventosidadson semejantes.
ESTREPSIADES.
Pero dime: ¿de dónde provendrá el rayo resplandeciente que a unos los reduce a cenizas y a otros los toca sin matarlos? Evidentemente Júpiter es quien lo lanza contra los perjuros.
SÓCRATES.
¡Pobre tonto, más viejo que el tiempo, la luna y el pan! ¿Cómo, si hiere a los perjuros, no ha abrasado ni a Simón, ni a Cleónimo, ni a Teoro? Estos son no poco perjuros. Sin embargo, vemos que hiere a su propio templo, al promontorio Sunio, y a las gigantescas encinas. ¿Por qué causa? una encina jamás es perjura.
ESTREPSIADES.
No lo sé, pero me parece que discurres bien. Mas dime: ¿qué es el rayo?
SÓCRATES.
Si un viento seco se eleva y se encierra dentro de las Nubes, las hincha como si fueran una vejiga; después cuando su misma fuerza las revienta se escapa violentamente comprimido por su densidad, y el ímpetu terrible con que estalla hace que se encienda a sí mismo.
ESTREPSIADES.
En verdad, lo mismo me sucedió una vez en las fiestas de Júpiter. Asaba para mi familia un vientre sin haber tenido la precaución de hacerle algunas incisiones; se había hinchado mucho, y de repente reventó por medio y me saltó a los ojos su interior quemándome la cara.
CORO.
¡Oh tú que deseas aprender los arcanos de la ciencia, cuán dichoso serás entre los atenienses y los demás griegos, si tienes memoria y aplicación y un alma constante para el sufrimiento; si no te cansas ni de permanecer quieto, ni de caminar; si no te hace mella el frío, ni deseas comer; si te abstienes del vino, de los ejercicios gimnásticos y de otras necedades, y piensas que es lo mejor y lo más propio de un hombre digno el sobresalir en las obras, en los consejos y en los combates de la palabra!
ESTREPSIADES.
Si te hace falta un alma dura e insensible a losdesveladores cuidados, y un estómago frugal acostumbrado a las privaciones y capaz de alimentarse con ajedrea, puedes contar conmigo; mi cuerpo es tan duro como un yunque.
SÓCRATES.
Promete también no reconocer ya más dioses que los que nosotros veneramos en concepto de tales; a saber: el Caos, las Nubes y la Lengua; he aquí las tres divinidades.
ESTREPSIADES.
Nunca hablaré de otras aunque me tropezase con ellas, ni las honraré con sacrificios, libaciones ni incienso.
CORO.
Pide ahora confiadamente lo que deseas de nosotras, y lo obtendrás, si nos honras, nos admiras y procuras ser hombre hábil.
ESTREPSIADES.
¡Oh dioses! Lo que os pido es lo menos que puede pedirse; haced tan solo que sea el más elocuente de los griegos.
CORO.
Concedido: ningún hombre de estos tiempos te superará en hacer bellos discursos.
ESTREPSIADES.
No: eso no es lo que deseo, porque a mí jamás se me ocurre pronunciar grandes sentencias. Tan solo quiero resolver en mi favor los pleitos y escapar de las manos de los acreedores.
CORO.
Se cumplirá lo que deseas, pues no apeteces cosasimposibles. Ponte confiadamente en manos de uno de nuestros sacerdotes.
ESTREPSIADES.
Haré lo que me mandáis, pues la necesidad aprieta por causa de los caballos y el matrimonio, que me han perdido. Hagan estos de mí ahora todo cuanto les plazca; yo les entrego mi cuerpo para que lo destrocen a fuerza de golpes, hambre, sed, calor y frío, y si quieren conviertan mi piel en una bota, con tal que no pague mis deudas y pase por hombre atrevido, charlatán, temerario, sin vergüenza, costal de mentiras, inventor de frases, trillado en los pleitos, litigante perpetuo, molino de palabras, zorro astuto, penetrante barreno, correa flexible, disimulado, escurridizo, fanfarrón, insensible como el nudo de las maderas, impuro, veleta, y parásito impudente. Si todos los que me encuentren llegan a saludarme con todos estos calificativos, hagan mis maestros cuanto les agrade de mi persona; y si les gusta, por Ceres, embutan mis intestinos y sírvanselos a los filósofos.
CORO.
Este hombre tiene una voluntad pronta y valiente. Ten entendido que la ciencia que te vamos a enseñar te hará conseguir tal gloria entre los mortales que te levantará hasta el cielo.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué me sucederá?
CORO.
Que mientras vivas gozarás con nosotras una existencia extremadamente feliz.
ESTREPSIADES.
¿Acaso llegaré a ver eso?
CORO.
Habrá constantemente muchos sentados a tu puerta, deseando consultarte, hablar contigo y deliberar sobre infinitos pleitos y negocios en los que se cruzarán sumas inmensas. (A Sócrates.) Pero enseña al viejo algunas de tus lecciones, sondea su espíritu y explora los alcances de su ingenio.
SÓCRATES.
Ea, dime qué clase de carácter tienes, para que, una vez conocido, pueda dirigir contra él nuevas máquinas.
ESTREPSIADES.
¡Cómo! ¿Acaso piensas asaltarme como si fuera una muralla?
SÓCRATES.
No: solamente quiero hacerte algunas breves preguntas. En primer lugar, ¿tienes memoria?
ESTREPSIADES.
Sí, por cierto, y de dos clases. Si me deben, tengo una memoria excelente; pero si debo, ¡pobre de mí!, soy muy olvidadizo.
SÓCRATES.
¿Tienes alguna disposición natural para la elocuencia?
ESTREPSIADES.
Para la elocuencia no, pero sí para el fraude.
SÓCRATES.
Entonces, ¿cómo podrás aprender?
ESTREPSIADES.
Perfectamente, no te inquietes por eso.
SÓCRATES.
Ea, manos a la obra; en cuanto yo te proponga alguna cuestión sobre las cosas celestes, te apoderas de ella inmediatamente.
ESTREPSIADES.
¡Qué! ¿Es preciso atrapar la sabiduría como un perro arrebata una tajada?
SÓCRATES.
¡Vaya un hombre ignorante y bárbaro! Me parece, anciano, que vas a necesitar algún correctivo. Vamos a ver, ¿qué haces cuando alguno te apalea?
ESTREPSIADES.
Me dejo apalear; después tomo testigos; en seguida ejercito mi acción ante el tribunal.
SÓCRATES.
Ea, quítate el vestido.
ESTREPSIADES.
¿Te he ofendido en algo?
SÓCRATES.
No; pero la costumbre es entrar desnudo[498].
ESTREPSIADES.
Yo no vengo aquí a buscar ninguna cosa robada[499].
SÓCRATES.
Abajo el vestido. ¿A qué decir tantas sandeces?
ESTREPSIADES.
Dime solo una cosa. Si soy muy aplicado y estudio con grande afán, ¿a cuál de tus discípulos me pareceré?
SÓCRATES.
Serás enteramente semejante a Querefonte.
ESTREPSIADES.
¡Ay desgraciado de mí! Entonces seré un cadáver ambulante.
SÓCRATES.
No charles tanto. Apresúrate y sígueme hacia ese lado.
ESTREPSIADES.
Dame antes una torta de miel, porque, al entrar ahí, siento tanto miedo como si bajase a la cueva de Trofonio[500].
SÓCRATES.
Anda: ¿por qué te detienes en la puerta?
CORO.
Marcha regocijado, sin que disminuya tu valor por eso. Ojalá tenga feliz éxito la empresa de este hombre, que en edad provecta ilustra su inteligencia con ideas nuevas y cultiva la sabiduría[501].
Espectadores, os diré francamente la verdad; lo juro por Baco, de quien soy discípulo[502]. Así salgayo vencedor y sea tenido por sabio, como es cierto que creyéndoos personas de buen gusto, sometí por primera vez a vuestra aprobación esta comedia, la mejor de las mías, trabajada con exquisito esmero. Y, sin embargo, a pesar de no merecer tal desgracia, fui vencido por rivales ineptos[503]. Por esto me quejo de vosotros, ilustrados jueces, a quienes dediqué mis trabajos. Mas no por tal motivo he de recusar la opinión de los doctos, ante quienes es tan agradable comparecer, y que oyeron, con tanta complacencia a miPrudentey miDeshonesto[504], cuando yo (virgen aún porque no me era lícito parir)[505]expuse el fruto de mi ingenio, que recogido por otra madre[506]fue educado liberalmente por vosotros; desde lo cual creía tener asegurada vuestra benevolencia. Ahora, pues, se presenta mi Comedia como una nueva Electra buscando con la vista a aquellos sabios espectadores; y de seguro que reconocerá, en cuanto lo vea, elrizo de su hermano[507]. Reparad la decencia de sus costumbres. Es la primera que aparece en la escena sin venir armada de un instrumento de cuero, rojo por la punta, grueso y a propósito para hacer reír a los niños[508]; que no se burla de los calvos ni baila el córdax[509]; que no introduce un viejo golpeando con su bastón a todos los que encuentra para disimular la grosería de sus chistes, ni asalta la escena agitando una antorcha y gritando ¡Io! ¡Io!, ni confía más que en sí misma sus versos. Y yo, que soy su autor, ciertamente que no me enorgullezco[510]por tal cosa, ni procuro engañaros, presentándola dos y tres veces, sino que siempre invento comedias nuevas, que no se parecen entre sí y son todas bellas o ingeniosas. Cuando Cleón estaba en todo su poder yo lo he atacado frente a frente[511], pero en cuanto cayó cesé de insultarle. Los demás poetas, desde que Hipérbolo dio el ejemplo, atacan sin cesar al desgraciado sin perdonar ni a su madre. El primero de todos fue Éupolis, el cual presentó en escena suMaricasque no era otra cosa que un mal arreglo de misCaballeros; solo añadió una vieja embriagadaque bailase el córdax; personaje inventado mucho tiempo hace por Frínico[512], que la exponía a la voracidad de un monstruo marino. Después Hermipo presentó a Hipérbolo; y todos los demás cayeron sobre Hipérbolo imitando mi comparación de las anguilas. ¡Ojalá los que ríen en sus comedias no se diviertan con las mías! En cuanto a vosotros, que os deleitáis con mi persona e invenciones, seréis considerados en el porvenir como personas de buen gusto.
SEMICORO.
Invoco primeramente en favor de este coro al gran Júpiter, rey del cielo y señor de los dioses; después al prepotente numen cuyo tridente irresistible conmueve la tierra y los salados mares; y a ti, nuestro ilustre padre, venerable Éter, alma de todas las cosas; y a ti, oh Sol, domador de corceles, que vivificas la tierra con tus brillantes rayos, y eres una divinidad poderosa entre los inmortales y los hombres.
CORO.
Sabios espectadores, parad en esto la atención. Nos quejamos de la injusticia con que nos tratáis; puesto que recibiendo de nosotras vuestra ciudad más beneficios que de todos los demás dioses, sin embargo ni sacrificáis ni hacéis libaciones enhonor de vuestras conservadoras. Si se decreta alguna expedición insensata, inmediatamente tronamos o llovemos. Cuando elegisteis general al zurrador Paflagonio[513], enemigo de los dioses, fruncimos las cejas y dimos muestras de grande indignación; brilló el rayo acompañado de los estallidos del trueno; la luna abandonó su acostumbrado camino; y el sol[514], retirando su antorcha, negó sus resplandores a la tierra si Cleón era general. Sin embargo, le elegisteis, y desde entonces dicen que todas vuestras determinaciones son desacertadas, pero que los dioses convierten en buenas las faltas que cometéis. Os enseñaremos fácilmente la manera de aprovecharos de esto: apoderaos de Cleón[515], de esa gaviota voraz, y, después de condenarle por ladrón y sobornador, encabrestadlo y ahorcadle contra una viga: de esta manera repararéis vuestra falta y conseguiréis que produzca resultados en favor de la república.
SEMICORO.
Acude tú también, Febo soberano, dios de Delos,habitante de las elevadas y rocallosas cumbres del Cintio; y tú, Diana inmortal, que tienes en Éfeso un templo de oro, donde te sirven magníficamente las hijas de los lidios; y tú, Minerva, diosa de nuestra patria, señora de la égida, patrona de esta ciudad; y tú, alegre Baco, que vagas por la cima del Parnaso, al resplandor de las teas, entre las bacantes de Delfos.
CORO.
Cuando íbamos a marchar, la luna se ha acercado a nosotros y nos ha encargado en primer lugar que saludemos a los atenienses y a sus aliados. Después se ha mostrado enojada por la manera atroz con que la habéis tratado, cuando ella os presta mil servicios no de palabra sino de obra. Primeramente os economiza lo menos un dracma de luz cada mes; puesto que todos los que salen al oscurecer dicen a su criado: «No compres antorchas porque la luz de la luna es muy hermosa.» También dice que os hace otros muchos beneficios. Vosotros, en cambio, alteráis de un modo lamentable el orden de los días[516]. Así es que en todos ellos tiene que sufrir las quejas de los dioses cuando vuelven a sus palacios, frustradas sus esperanzas de una cena que debía ofrecérseles según el primitivo orden de los días. Cuando es ocasión de hacer sacrificios, os halláis ocupados en los tribunales.Cuando uno ayuna llorando la muerte de Memnón o de Sarpedón[517], otros ríen y beben. Por eso nosotras hemos arrebatado su corona a Hipérbolo, cuando, designado por la suerte, acudía este año a la asamblea de los Anfictiones. Así aprenderá a arreglar los días conforme a las revoluciones de la luna.