LOS ACARNIENSES.

LOS ACARNIENSES.

DICEÓPOLIS[46].

¡Cuántos pesares me han roído el corazón! ¡Qué pocas, poquísimas veces, cuatro a lo más, he sentido placer! Pero mis penas son innumerables como las arenas del mar; veamos, si no, qué cosas me han causado verdadero júbilo. Nunca recuerdo haber gozado tanto como cuando Cleón[47]vomitó aquellos cinco talentos. ¡Qué alegría! Desde entonces amo a los caballeros, autores de esta acción,digna de Grecia[48]. En cambio, experimenté un dolor verdaderamente trágico, cuando después de esperar con tanta boca abierta la aparición de Esquilo[49], oí gritar al Heraldo: «Teognis[50], introduce tu coro.» ¡Golpe mortal para mi corazón! Otra vez gocé mucho cuando a seguida de Mosco[51], ejecutó Doxiteo[52]un aire beocio; pero este año pensó morir víctima del más cruel martirio, viendo a Queris[53]disponerse a cantar al modo ortio[54].

Mas nunca, desde que me es permitido lavarmeen los públicos baños[55], me ha picado tanto el polvo en los ojos como hoy, día de la asamblea ordinaria[56], en este Pnix[57], todavía desierto. Allí se están charlando mis conciudadanos en la plaza, corriendo arriba y abajo para evitar la cuerda teñida de rojo[58]. Ni aun los pritáneos[59]vienen; eso sí, en cuanto lleguen, aunque tarde, los veremos empujarse sin consideración, disputarse los primeros bancos de madera[60]y tomarlos como por asalto. De los medios de conseguir la paz, no hay temor de que se ocupen ¡Ah, ciudadanos, ciudadanos! Yo soy el primero que acudo ala asamblea y tomo en ella asiento; y al verme solo, suspiro, bostezo, me desperezo y desahogo a mi gusto[61]; no sabiendo qué hacer, me entretengo en escribir con el bastón en la arena, en arrancarme pelillos, en hacer cálculos; y, mirando al campo, amante de la paz y aborrecedor de la ciudad, echo de menos mi aldea, que nunca me decía: «compra carbón, compra vinagre, compra aceite»; esta palabra «compra» le era desconocida; ella misma lo producía todo, sin este eterno «compra»[62]que me sierra las entrañas. Así es que vengo completamente decidido a gritar, a interrumpir, a insultar a los oradores si hablan de otra cosa que de la paz. Pero ya llegan, aunque al mediodía, los pritáneos. ¿No lo decía yo? Como me figuraba, todos se precipitan sobre los primeros bancos.

UN HERALDO.

Más adelante, más adelante, para que estéis dentro del recinto purificado[63].

ANFITEO[64].

¿Ha hablado ya alguno?

EL HERALDO.

¿Quién pide la palabra?

ANFITEO.

Yo.

EL HERALDO.

¿Quién eres?

ANFITEO.

Anfiteo.

EL PRITÁNEO.

¿No eres hombre?

ANFITEO.

No; soy un inmortal. Anfiteo fue hijo de Ceres y Triptólemo; de él nació Celeo; Celeo se casó con Fenáreta[65], mi abuela, de esta nació Licino, que me engendró inmortal. Únicamente a mi permitieron los dioses que pactase una tregua con los lacedemonios. Pero yo, ciudadanos, a pesar de mi inmortalidad, carezco de los víveres necesarios para el viaje; porque no me los dan los pritáneos[66].

EL PRITÁNEO.

¡Hola, Arqueros!

ANFITEO.

¡Oh Triptólemo! ¡Oh Celeo! ¿Lo consentiréis?

DICEÓPOLIS.

Pritáneos, inferís una injuria a la asamblea mandando expulsar a un hombre que trata de proporcionaros una tregua y el placer de colgar nuestros escudos.

EL PRITÁNEO.

Siéntate y calla.

DICEÓPOLIS.

No, por Apolo; no callaré hasta que propongáis que se trate de la paz.

EL HERALDO.

Los embajadores enviados al Rey...

DICEÓPOLIS.

¿A qué rey? Ya estoy harto de embajadores, y pavos reales[67]y fanfarronerías.

EL HERALDO.

¡Silencio!

DICEÓPOLIS.

¡Ah! ¡Ah! ¡Oh Ecbatana[68], qué traje!

UN EMBAJADOR.

Siendo arconte Eutímenes[69], nos enviasteis al gran Rey con un sueldo de dos dracmas diarios.

DICEÓPOLIS.

¡Cuántos dracmas, gran Júpiter!

EL EMBAJADOR.

Hemos padecido muchísimo vagando por las orillas del Caistro[70], viviendo bajo nuestras tiendas blandamente acostados en los carros; ¡muertos de fatiga!

DICEÓPOLIS.

¿Y yo? ¿Lo pasaba muy bien durmiendo sobre paja para guardar las murallas?

EL EMBAJADOR.

Adonde quiera que llegábamos nos obligaban a beber en copas de oro y cristal un vino dulce y exquisito.

DICEÓPOLIS.

¿No conoces, ciudad de Cranao[71], que se burlan de ti tus embajadores?

EL EMBAJADOR.

Aquellos bárbaros solo tienen por hombres a los grandes glotones y borrachos.

DICEÓPOLIS.

Y nosotros a los libertinos e infames.

EL EMBAJADOR.

A los cuatro años llegamos al palacio; pero el rey, a la cabeza del ejército, había marchado a hacer sus necesidades, y semejante operación le entretuvo ocho eternos meses en las Montañas de Oro[72].

DICEÓPOLIS.

¿Y cuánto tardó en terminarla definitivamente?

EL EMBAJADOR.

Todo el plenilunio; después regresó a su alcázar y nos recibió admirablemente, obsequiándonos con bueyes enteros asados en horno.

DICEÓPOLIS.

¿Se han visto nunca bueyes asados en horno?[73]¡Qué exageración!

EL EMBAJADOR.

También, os lo juro, hizo que nos sirviesen un ave tres veces mayor que Cleónimo[74]; se llamaba el Engañador.

DICEÓPOLIS.

Por eso nos engañas tú cobrando los dos dracmas.

EL EMBAJADOR.

Y ahora os traemos a Pseudartabas[75], el Ojo del Rey.

DICEÓPOLIS (a Pseudartabas).

¡Hércules poderoso! ¿Qué te pasa, buen hombre? ¿Ves una línea de navíos dispuestos al ataque, o costeas un accidentado promontorio? Tu ojo está guarnecido de cuero como los agujeros de los remos en las naves[76].

EL EMBAJADOR.

Manifiesta ahora, Pseudartabas, lo que el Rey te encargó que anunciases a los atenienses.

PSEUDARTABAS.

Iartaman exarx anapissonai satra[77].

EL EMBAJADOR.

¿Has entendido lo que ha dicho?

DICEÓPOLIS.

No, por mi vida.

EL EMBAJADOR.

Dice que el Rey os enviará oro.

PSEUDARTABAS.

No se te dará oro, Jonio infame[78].

DICEÓPOLIS.

¡Desdichado de mí! ¡Eso sí que lo ha dicho claro!

EL EMBAJADOR.

¿Pues qué ha dicho?

DICEÓPOLIS.

Nada: que son unos asnos los atenienses si cuentan con el oro de los Persas.

EL EMBAJADOR.

No hay tal: habla de darnos el oro por fanegas.

DICEÓPOLIS.

¡Por fanegas! Eres el fanfarrón más grande que se ha visto. Pero vete, les preguntaré yo solo. (A Pseudartabas.) Ea, respóndeme con claridad, si no quieres que te tiña en púrpura de Sardes[79]. ¿Nos enviará dinero el gran Rey? (Pseudartabas hace señas negativas.) ¿Por consiguiente nos engañan losembajadores? (Pseudartabas hace señas afirmativas.) Pero estos hombres hacen para contestar las mismas señas que los griegos: me parece imposible que no lo sean. ¡Justamente! Ya he conocido a uno de estos eunucos; es Clístenes[80], el hijo de Sibirtio. ¡Qué invención la del infame! ¿Cómo, teniendo barba, quieres pasar por eunuco, mico desvergonzado? Y ese otro, ¿quién es? ¿Acaso Estratón?

EL HERALDO.

Calla y siéntate. El Senado invita a Ojo del Rey a pasar al Pritaneo[81].

DICEÓPOLIS.

¡Hay para ahorcarse! ¿Qué hago aquí ya? Las puertas del Pritaneo siempre están abiertas para tales huéspedes. Mas voy a llevar a cabo un proyecto grande y asombroso. ¿Dónde está Anfiteo?

ANFITEO.

Heme aquí.

DICEÓPOLIS.

Toma estos ocho dracmas, y páctame con los lacedemonios una tregua para mí solo, mi mujer y mis hijos. Vosotros, papanatas, continuad enviando embajadores.

EL HERALDO.

Preséntese Teoro[82], embajador en la corte de Sitalces.

TEORO.

Aquí estoy.

DICEÓPOLIS.

Ya sale otro charlatán a la palestra.

TEORO.

No hubiéramos permanecido tanto tiempo en Tracia...

DICEÓPOLIS.

Es verdad, si no hubieras percibido tan crecido sueldo.

TEORO.

Si toda la Tracia no hubiera estado cubierta de nieve y helados sus ríos, precisamente cuando Teognis[83]hacía representar aquí sus tragedias. Mientras tanto, pasé el tiempo en beber con Sitalces[84], que es aficionadísimo a los atenienses y nos quiere de veras; a tal punto llega su afecto que ha escrito en la muralla: «Hermosos atenienses.»Su hijo[85], a quien nombramos ciudadano, deseaba comer salchichas en las Apaturias[86], y rogaba a su padre que os auxiliase; este, atendiendo su súplica, ha jurado en un sacrificio, que había de venir a socorrernos con tan numeroso ejército, que los atenienses exclamarían al verlo: «¡Qué nube de langostas!»

DICEÓPOLIS.

¡Que muera desastrosamente si creo una sola palabra de cuanto has dicho, excepto lo de las langostas!

TEORO.

Por de pronto os envía el pueblo más belicoso de la Tracia.

DICEÓPOLIS.

Ya empieza a verse claro.

EL HERALDO.

Presentaos, tracios de Teoro.

DICEÓPOLIS.

¿Qué plaga es esta?

TEORO.

El ejército de los odomantas[87].

DICEÓPOLIS.

¿Qué odomantas? Dime, ¿qué es esto? ¿quién los ha circuncidado?[88].

TEORO.

Si les dais dos dracmas de sueldo, asolarán toda la Beocia.[89].

DICEÓPOLIS.

¡Dos dracmas a esos hombres incompletos! Con razón se quejarían todos nuestros marinos, bravos defensores de la ciudad... ¡Ah, qué desgracia!... Los odomantas me han robado los ajos[90]; devolvédmelos pronto.

TEORO.

¡Desdichado! Guárdate de acercarte a unos hombres que han comido ajos[91].

DICEÓPOLIS.

¿Consentís, oh pritáneos, que en mi propio país me traten los extranjeros de esta manera? Me opongo a que la Asamblea delibere sobre el sueldo de los tracios: os aseguro que acaba de manifestarse un augurio: me ha caído una gota de agua[92].

EL HERALDO.

Retírense los tracios y comparezcan dentro de tres días; pues los pritáneos disuelven la Asamblea.

DICEÓPOLIS.

¡Pobre de mí! he perdido casi todo el almuerzo. ¡Hola! aquí está Anfiteo de vuelta de Lacedemonia. Salud, amigo.

ANFITEO.

Déjame, déjame correr y huir de los acarnienses que me persiguen.

DICEÓPOLIS.

¿Qué sucede?

ANFITEO.

Venía apresuradamente con tu tratado de paz: pero lo olieron[93]unos de esos viejos acarnienses, duros como el roble, intratables, feroces, veteranos de Maratón, y gritaron unánimes: «Infame, ¿traes la paz, y el enemigo ha talado nuestras viñas?» y al mismo tiempo recogían piedras en los mantos: yo eché a correr, y ellos me persiguen vociferando.

DICEÓPOLIS.

Que griten cuanto quieran; ¿traes el tratado de paz?

ANFITEO.

Los traigo de tres clases: a elección. Este es por cinco años. Toma y gústale.

DICEÓPOLIS.

¡Puf!

ANFITEO.

¿Qué?

DICEÓPOLIS.

No me gusta: huele a brea y a equipo de naves[94].

ANFITEO.

Toma este de diez años, y prueba a ver.

DICEÓPOLIS.

Tampoco; este huele a los embajadores enviados a las ciudades para quejarse de la morosidad de los aliados.

ANFITEO.

En este se pacta por treinta años una tregua en mar y tierra.

DICEÓPOLIS.

¡Oh placer! este sí que huele a ambrosía y a néctar: este no me manda aprovisionarme para tres días[95], sino que me dice bien claro: «Ve a donde quieras.» Por eso lo acepto y ratifico con entusiasmo, deseando mil felicidades a los acarnienses.Libre de la guerra y de sus males, iré al campo a celebrar las fiestas de Baco[96].

ANFITEO.

Yo huyo de los acarnienses[97].

CORO.

Por aquí todos, seguidle, perseguidle, preguntad a los transeúntes por él: la captura de ese hombre interesa a la república. El que sepa a dónde ha huido ese porta-tratados, dígamelo.

¡Ha escapado, ha desaparecido! ¡Triste peso de los años! ¡En mis buenos tiempos, cuando cargado de carbón seguía sin dificultad a Failo[98]el andarín, no se me hubiera escurrido ese negociante de treguas, a pesar de toda su agilidad!

Las rodillas del viejo Lacrátides[99]se han endurecido:los años pesan sobre sus piernas; por eso se escapó el bribón. Persigámosle: que jamás pueda burlarse de nosotros, aunque viejos, gloriándose de haberse librado de los acarnienses, él, ¡oh Júpiter y dioses soberanos! él que se ha atrevido a pactar treguas con mis enemigos, contra los cuales mis campos devastados me obligarán a combatir cada día más encarnizadamente. ¡Oh! no cesaré de perseguirlos hasta clavarme en su costado como acerado junco; ni dejaré de hostigarlos para que nunca vuelvan a talar mis viñas.

Pero busquemos a ese hombre: dirijámonos hacia Balena[100], y persigámosle de lugar en lugar: jamás me cansaré de apedrearle.

DICEÓPOLIS.

Guardad, guardad el silencio religioso[101].

CORO.

Callad. ¿Habéis oído? Se nos pide que guardemos el silencio religioso. Es el mismo a quien buscamos. Venid todos aquí. Separaos: parece que va a ofrecer un sacrificio.

DICEÓPOLIS.

Silencio, silencio. — Adelántate un poco, jovencanéfora[102]. — Jantias, ten el falo[103]derecho.

LA MUJER.

Deja la cesta, hija mía, para que principiemos el sacrificio.

LA HIJA.

Madre, dame la cuchara, y verteré la salsa sobre esta torta.

DICEÓPOLIS.

Todo está bien preparado. — ¡Baco poderoso, ya que lleno de gratitud te dedico con mi familia esta fiesta y solemne sacrificio, concédeme que, libre de las faenas militares, celebre con alegría las Dionisíacas campestres, y que me sean para bien estos treinta años de tregua!

LA MUJER.

Vamos, hija mía, procura llevar con gracia el canastillo; ve seria y con el avinagrado gesto del que mastica ajedrea. Feliz quien se case contigoy fecunde tu seno al salir el sol[104]. Anda y cuida de que entre la multitud no te roben las alhajas de oro[105].

DICEÓPOLIS.

Jantias, lleva el falo derecho detrás de la canéfora: yo te seguiré cantando el himno fálico. — Tú, esposa mía, puedes mirarnos desde el terrado de casa[106]. — Adelante.

¡Oh Falo[107], amigo y compañero de Baco, nocturno rondador, adúltero y pederasta, al cabo de seis años[108]te saludo al fin, volviendo regocijado a mi aldea, libre de miserias, combates y Lámacos[109], después de haber pactado una tregua para mí solo y mi familia! ¡Cuánto más delicioso es, amable Fales, encontrarse una linda leñadora como Trata, la esclava de Estrimodoro, robando troncos en el monte Feleo[110], y estrechar su talle gentil, y gozar allí mismo de sus encantos! ¡Oh Fales, amable Fales, si hoy bebieres con nosotros, trastornado aún por el vino de la víspera, devorarás mañanael plato de la paz, y yo colgaré mi escudo al humo!

CORO.

Ese es, ese mismo. Tirad, tirad. Apedreemos todos a ese infame. ¿Por qué no tiráis? ¿Por qué no tiráis?

DICEÓPOLIS.

¡Por Hércules! ¿Qué es esto? Me vais a romper la olla[111].

CORO.

Tu cabeza, traidor, es lo que vamos a romper a pedradas.

DICEÓPOLIS.

¿Qué motivo hay, venerables Acarnienses?

CORO.

¿Y lo preguntas, bribón desvergonzado, traidor a tu patria? ¿Y aún te atreves a mirarme a la cara después de haber pactado treguas con los enemigos?

DICEÓPOLIS.

Ignoráis por qué he hecho ese tratado. Escuchad.

CORO.

¡Escucharte! Matémosle a pedradas.

DICEÓPOLIS.

Nunca antes de oírme. Calmaos, mis buenos amigos.

CORO.

Ni yo me calmaré, ni tú hablarás otra palabra. Porque te aborrezco más que a Cleón, a quien pienso desollar para hacer con su piel sandalias a los caballeros[112]. Amigo de los lacedemonios, no pienses que yo escuche tus largos discursos. Vas a llevar tu merecido.

DICEÓPOLIS.

Mis buenos convecinos, dejad en paz a los lacedemonios. Oíd las razones que he tenido para pactar esta tregua.

CORO.

¿Qué razones puede haber para pactar con esos hombres sin fe, sin religión, sin juramento?

DICEÓPOLIS.

Es que creo también que los lacedemonios, a quienes tanto aborrecemos, no son la causa de todos nuestros males.

CORO.

¿Que no son la causa de todos nuestros males, grandísimo bribón? ¿Y te atreves a decirlo delante de nosotros? ¿Y aun pretenderás que te perdone?

DICEÓPOLIS.

No de todos, no de todos. Yo mismo podría demostraros que ellos han sido víctimas de más de una injusticia.

CORO.

Solo faltaba que te atrevieses a defender delantede nosotros a nuestros enemigos: tus palabras me irritan y exasperan.

DICEÓPOLIS.

Si lo que digo no es justo, y si el pueblo no lo reconoce por tal, me comprometo a hablar con la cabeza sobre un tajo.

CORO.

Ea, compañeros, ¿por qué no le apedreamos? ¿Por qué no le cardamos como a la lana que va a teñirse de púrpura?

DICEÓPOLIS.

¿Qué negro tizón enciende de nuevo vuestra ira? ¿No me escucharéis, acarnienses? ¿No me escucharéis?

CORO.

No te escucharemos.

DICEÓPOLIS.

¿Y me trataréis tan indignamente?

CORO.

¡Que me muera si te escucho!

DICEÓPOLIS.

De ningún modo, acarnienses.

CORO.

Sabe que vas a morir ahora.

DICEÓPOLIS.

También yo os daré que sentir; también yo mataré a vuestros más queridos amigos; porque tengo rehenes vuestros y los degollaré sin piedad.

CORO.

Decidme, conciudadanos, ¿qué amenaza contra los acarnienses envuelven sus palabras? ¿Tendráacaso encerrado a alguno de nuestros hijos? ¿Cómo está tan atrevido?

DICEÓPOLIS.

Tirad, tirad si queréis; yo destrozaré a este: así sabré pronto el cariño que tenéis a los carbones[113].

CORO.

¡Perdidos somos! Ese cesto es conciudadano mío. No realices, ¡ah! no realices tu intento.

DICEÓPOLIS.

Lo mataré, gritad cuanto queráis; yo no os escucharé.

CORO.

¿Será posible qué mates a ese pobre carbonero, nuestro amigo e igual?

DICEÓPOLIS.

¿Atendíais vosotros hace un instante a lo que os decía?

CORO.

Di, pues, lo que quieras de esos lacedemonios que te son tan queridos. Jamás abandonaré a ese pobre cestillo.

DICEÓPOLIS.

Dejad primero las piedras.

CORO.

Ya están en el suelo; deja tú también la espada.

DICEÓPOLIS.

Cuidado con esconder piedras en los mantos.

CORO.

Las hemos tirado todas. Mira cómo sacudimos los mantos; pero no pongas pretexto, deja la espada; ya ves cómo sacudo mi manto al pasar de un lado a otro.

DICEÓPOLIS.

Debíais de gritar todos a porfía. Si continuáis un poco más, hubierais visto perecer los carbones del Parneto[114]por la imprudencia de sus conciudadanos. A fe que este cesto ha tenido un miedo terrible; pues me ha manchado de negro, como el calamar al verse perseguido. Ya veis cuán dañoso es ese vuestro carácter intratable, que os arrastra en seguida a dar golpes y gritos, y no os deja escuchar las equitativas proposiciones que sobre los lacedemonios pensaba haceros con la cabeza sobre un tajo: y cuenta que estimo la vida como el que más.

CORO.

¿Por qué no traes, hombre audaz, tu decantado tajo, y dices sobre él esas cosas de tanta importancia? Tengo vivos deseos de saber lo que piensas. Pero ya que tú mismo te has comprometido, venga el tajo, y habla en seguida.

DICEÓPOLIS.

Está bien, mirad. Este es el tajo, el orador este, es decir, yo, así, pequeñito. No me cubriré con un escudo; pero diré de los lacedemonios lo que me parezca conveniente. Y no es que no tenga por quetemer: conozco perfectamente el flaco de los labradores, y sé que, con tal que un charlatán colme de elogios justos o injustos a ellos y a su ciudad, ya no caben en sí de gozo, ni ven que les está vendiendo. También conozco el carácter de los viejos: solo piensan en fulminar sentencias condenatorias. Y sé por experiencia propia lo que me hizo sufrir Cleón[115]por mi comedia del año pasado, haciéndome comparecer ante el Senado, calumniándome, acumulándome supuestos crímenes, tratando de confundirme con sus ultrajes y declamaciones, y poniéndome a pique de morir, manchado por sus infames calumnias. Pero antes de principiar mi discurso, permitidme que me vista los andrajos de un hombre miserable.

CORO.

¿Qué engaños estás fraguando? ¿A qué tales dilaciones? Por mí, si quieres, ya puedes pedir a Hierónimo[116]el casco tenebroso y erizado dePlutón, y emplear después todas las astucias de Sísifo[117]; pero el negocio no admite demora.

DICEÓPOLIS.

Ya es tiempo de adoptar una resolución enérgica; no tengo más remedio que dirigirme a Eurípides. (Llamando a la puerta de Eurípides.) ¡Esclavo, esclavo!

EL CRIADO DE EURÍPIDES[118].

¿Quién?

DICEÓPOLIS.

¿Está en casa Eurípides?

EL CRIADO.

Está y no está, ¿lo entiendes?

DICEÓPOLIS.

¿Cómo puede estar y no estar al mismo tiempo?

EL CRIADO.

Muy fácilmente, anciano. Su espíritu, que anda por fuera recogiendo versitos, no está en casa; pero él está en casa, colgado del techo, y componiendo una tragedia[119].

DICEÓPOLIS.

¡Oh bienaventurado Eurípides! ¡Qué felicidadtener un criado que responda con tanta discreción![120]— Llámale.

EL CRIADO.

Es imposible.

DICEÓPOLIS.

Sin embargo... yo no puedo marcharme. Llamaré a su puerta. ¡Eurípides, mi querido Eurípides! Escúchame, si alguna vez has escuchado a alguien. Te llamo yo, Diceópolis el de Cólides[121].

EURÍPIDES.

No tengo tiempo.

DICEÓPOLIS.

Haz que te traigan aquí.

EURÍPIDES.

Es imposible.

DICEÓPOLIS.

Sin embargo...

EURÍPIDES.

Sea, haré que me lleven[122]; pero no tengo tiempo de bajar.

DICEÓPOLIS.

¡Eurípides!

EURÍPIDES.

¿Por qué gritas?

DICEÓPOLIS.

¡Ah, compones tus tragedias suspendido en el aire, pudiéndolas hacer en tierra! Ya no me asombra que sean cojos tus personajes[123]. ¿Qué miserables andrajos guardas ahí? Ya no me extraña que tus héroes sean mendigos[124]. De rodillas te lo pido, Eurípides: dame los harapos de algún drama antiguo. Tengo que pronunciar ante el coro un largo discurso; y, si lo declamo mal, me va en ello la vida.

EURÍPIDES.

¿Qué vestidos te daré? ¿Los que llevaba Eneo[125], anciano infeliz, al presentarse a la lucha?

DICEÓPOLIS.

Los de Eneo, no; otros más derrotados.

EURÍPIDES.

¿Los de el ciego Fénix?[126]

DICEÓPOLIS.

Los de Fénix, no: otros más miserables todavía.

EURÍPIDES.

¿Qué andrajos serán los que pide este hombre? ¿Quieres los del mendigo Filoctetes?[127]

DICEÓPOLIS.

No, no: los de otro héroe muchísimo más miserable.

EURÍPIDES.

¿Quieres aquel manto sucio que sacó el cojo Belerofonte?[128]

DICEÓPOLIS.

No quiero el de Belerofonte, sino el de aquel que era cojo, mendigo, charlatán e infatigable hablador.

EURÍPIDES.

Ya sé quién dices; Telefo de Misia[129].

DICEÓPOLIS.

El mismo; por favor, préstame su vestido.

EURÍPIDES.

Esclavo, dale los harapos de Telefo; están encima de los de Tiestes y entre los de Ino[130].

EL CRIADO.

Tómalos.

DICEÓPOLIS.

¡Oh Júpiter, que todo lo ves con perspicaz mirada, permíteme cubrirme hoy con el vestido de la miseria![131]— Eurípides, ya que me has concedido este favor, no me niegues los accesorios correspondientes a estos jirones; dame el gorrillo misio para la cabeza. «Pues hoy me conviene, para fingirme mendigo, ser quien soy y no parecerlo[132].» Es preciso que los espectadores sepan quién soy, y que yo hurle al coro estúpido con mi palabrería.

EURÍPIDES.

Te lo daré: a tu sutil ingenio nada puede negarse.

DICEÓPOLIS.

«La bendición de los inmortales descienda sobre ti y tu Telefo[133].» ¡Magnífico! Me siento henchidode bellas frases. Pero necesito también un bastón de mendigo.

EURÍPIDES.

Toma, y «retírate de estos pórticos de piedra.»

DICEÓPOLIS.

¿Ves, alma mía, cómo me despide, cuando aún me faltan tantas cosas para completar mi atavío? No hay que desistir; pidamos, supliquemos, porfiemos. Eurípides, dame un farolillo de mimbre ya medio quemado[134].

EURÍPIDES.

Pero, desdichado, ¿para qué lo quieres?

DICEÓPOLIS.

Para nada; pero quiero tenerlo.

EURÍPIDES.

Eres excesivamente fastidioso. Vete.

DICEÓPOLIS.

¡Ah! los dioses te bendigan como ya bendijeron a tu madre.

EURÍPIDES.

¡Ea, vete!

DICEÓPOLIS.

Aún no; dame también un jarrillo desportillado.

EURÍPIDES.

Toma y márchate; ya estás de más aquí.

DICEÓPOLIS.

No sabes, por Júpiter, todo el mal que me causas. Ea, dulcísimo Eurípides, otra cosa tan solo; dameun puchero cuyo fondo esté cerrado por una esponja[135].

EURÍPIDES.

Hombre, te me llevas una tragedia entera. Toma y lárgate.

DICEÓPOLIS.

Me marcho; ¿mas qué hago? Aún me falta una cosa, de cuya adquisición pende mi vida. Oye, dulcísimo Eurípides; si me das lo que te voy a pedir, me marcho para no volver: por favor, unas hojitas de verdura para la cesta.

EURÍPIDES.

¡Me asesinas! Ahí las tienes. Mis tragedias quedan reducidas a nada.

DICEÓPOLIS.

Basta; me retiro: soy demasiado molesto «sin mirar que me hago odioso a los reyes.» ¡Infeliz de mí, soy perdido; he olvidado lo principal! Dulcísimo, queridísimo Eurípides, permita Júpiter que muera desastrosamente, si te pido otra cosa fuera de esta sola, de esta sola; dame un poco de aquel perifollo que vende tu madre[136].

EURÍPIDES.

Ese hombre me insulta. Cierra la puerta.

DICEÓPOLIS.

No tengo más remedio que presentarme sin el perifollo. (A sí mismo.) ¿Sabes la lucha que vas a emprender atreviéndote a hablar en favor de los lacedemonios? Adelante, corazón mío: he aquí la línea enemiga. ¿Te detienes? ¿No estás empapado en el espíritu de Eurípides? ¡Valor! Adelante, corazón angustiado; presenta sin miedo tu cabeza, y di cuanto te agrade. Atrévete, anda, acércate. Mi denuedo me regocija.

CORO.

¿Qué hará? ¿Qué dirá? Solo un hombre impudente y de férreo corazón se atrevería a exponer su cabeza contra toda la ciudad, y a ponerse en contradicción con ella. Ya se presenta ese hombre intrépido. Ea, habla, pues tal es tu deseo.

DICEÓPOLIS.

No os ofendáis[137], espectadores, de que siendo un mendigo, me atreva a hablar de política en una comedia; pues también la comedia conoce lo que es justo. Yo os diré palabras amargas, pero verdaderas. No me acusará hoy Cleón de que hablo mal de la ciudad en presencia de los extranjeros; estamos solos; las fiestas se celebran en el Leneo[138]; no hay extranjeros, ni han venido de lasciudades los pagadores de tributos, ni los aliados; estamos solos y limpios de toda paja: porque yo llamo paja de la ciudad a los metecos[139].

Yo aborrezco como el que más a los lacedemonios; ojalá el mismo Neptuno, dios del Ténaro[140], reduzca a escombros su ciudad[141]: pues también talaron mis viñas. Sin embargo, y esto lo digo porque sois amigos míos los que escucháis, ¿a qué creerles la causa de todos nuestros males? Algunos conciudadanos nuestros, no digo toda la república, notadlo bien, no digo toda la república, sino algunos hombres perdidos, falsos, sin honra ni pudor, y extraños a la ciudad, acusaron de contrabando a los megarenses. En cuanto veían un melón, o un lebratillo, o un cochinillo de leche, o un ajo, o un grano de sal, decían que eran de Megara, y los arrebataban y vendían inmediatamente. Todo esto no tenía grande importancia, ni trascendía fuera de la ciudad; pero algunos mozuelos, que se habían embriagado jugando al cótabo, fueron aMegara y robaron a la cortesana Simeta[142]; los megarenses, irritados, se apoderaron en revancha de dos hetairas amigas de Aspasia[143], y por esto, por tres meretrices, la guerra se encendió en todos los pueblos griegos. Por esto Pericles el Olímpico[144]tronó y relampagueó, conturbó toda la Grecia con sus discursos, e hizo aprobar una ley en la cual, como dice la canción[145], se prohibía a los megarenses permanecer en el territorio del Ática, en el mercado, en el mar y en el continente. Pronto estos, al verse acosados por el hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia para que revocásemos el decreto, motivadopor las cortesanas. Nosotros desatendimos sus repetidas súplicas. Empezaba ya a oírse el entrechocar de los escudos. «Alguno dirá: no convenía; decid, pues, ¿qué convenía?»[146]. Si contra un lacedemonio se hubiera presentado la acusación de haber ido embarcado a Serifos[147], y robado allí un perrillo, ¿hubierais permanecido tranquilos en vuestras moradas? Me parece que no: en seguida hubierais puesto a flote vuestras trescientas naves, y nos hubieran ensordecido el rumor de los soldados, las voces de los electores de trierarcas[148], y los gritos de los que venían a cobrar su paga: se hubieran dorado las estatuas de Palas[149]; la multitud hubiera invadido los pórticos donde se distribuye el trigo; y la ciudad se hubiera llenado de odres, de correas para remos, de compradores de toneles, de ristras de ajos, de aceitunas, de horcas de cebollas, de coronas, de sardinas, de tañedoras de flauta, y de contusiones: el arsenal también se hubieravisto atestado de maderas para remos, y atronado por el ruido de las clavijas que se ajustan y por el de los remos sujetos a las clavijas, por los gritos de los marineros, y por los silbidos de las flautas y pitos, que los animan al trabajo. «Sé que hubierais hecho esto»; pero, ¿no pensamos en Telefo? «Nos falta el sentido común.»[150].

SEMICORO.

¡Perdido, infame, mendigo harapiento! ¿Cómo te atreves a decirnos eso, y a echarnos en rostro que hemos sido delatores?

SEMICORO.

Tiene razón. Por Neptuno, cuanto ha dicho es la pura verdad.

SEMICORO.

¿Y aunque sea verdad, es necesario decirlo? Pero ya le costará caro su atrevimiento.

SEMICORO.

¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Detente. Si tocas a ese hombre, yo me encargaré de ti.

SEMICORO.

¡Oh Lámaco de fulminante mirada, socórrenos: preséntate, amigo Lámaco, ciudadano de mi tribu; preséntate y atérralos con tu terrible penacho![151]Generales y capitanes, acudid todos en mi auxilio. Me tienen agarrado por medio del cuerpo.

LÁMACO.

¿De dónde salen esos gritos de guerra? ¿A dónde es menester prestar mi auxilio y armar alborotos? ¿Quién me obliga a sacar de su caja mi terrible Gorgona?[152]

DICEÓPOLIS.

¡Oh Lámaco, héroe sin rival en penachos y batallones!

CORO.

¡Oh Lámaco, este hombre hace tiempo que está ultrajando a toda la ciudad!

LÁMACO.

¿Tú, vil mendigo, te atreves a tanto?

DICEÓPOLIS.

Heroico Lámaco, perdona que un mendigo, al empeñarse en hablar, haya dicho algunas necedades.

LÁMACO.

¿Qué has dicho contra nosotros? Habla.

DICEÓPOLIS.

No me acuerdo ya; el miedo a tu armadura me marea; por piedad, aparta de mi vista ese espantajo de tu escudo.

LÁMACO.

Sea.

DICEÓPOLIS.

Déjalo ahora en el suelo.

LÁMACO.

Ya está.

DICEÓPOLIS.

Ahora dame una pluma de tu casco.

LÁMACO.

Toma la pluma.

DICEÓPOLIS.

Ahora sostenme la cabeza para que vomite: tu penacho me da náuseas.

LÁMACO.

¿Qué intentas? ¿quieres provocar el vómito con esa pluma?

DICEÓPOLIS.

¡Ah! ¿es una pluma? Y dime, ¿de qué pájaro? ¿Acaso del Fanfarrón?[153]

LÁMACO.

¡Me las vas a pagar!

DICEÓPOLIS.

De ningún modo, Lámaco; esto no se decide por la fuerza; ya que tanta fuerza tienes, ¿por qué no me circuncidas? Armas no te faltan.

LÁMACO.

¿Así te insolentas con todo un general, vil mendigo?

DICEÓPOLIS.

¡Yo mendigo!

LÁMACO.

¿Pues quién eres?

DICEÓPOLIS.

¿Quién soy? Un buen ciudadano, exento de ambición; y, desde que hay guerra, un soldado voluntario; y tú, desde que hay guerra, un soldado mercenario.

LÁMACO.

Fui elegido por los votos de...

DICEÓPOLIS.

Tres petates[154]. Eso es lo que me ha indignado y movido a pactar esta tregua, no menos que el ver en las filas a hombres encanecidos, mientras otros jóvenes como tú, escurriendo el bulto, se iban con embajadas, unos a Tracia, ganándose tres dracmas, como los Tisámenes[155], los Fenipos y los Hipárquidas, todos a cual peores; otros, con Cares[156], a la Caonia[157], como los Geres y Teodoros, y los Diomeos, tan pagados de sí mismos; otros a Camarina, Gela yCatágela[158].

LÁMACO.

Fueron elegidos por el sufragio popular.

DICEÓPOLIS.

Entonces, ¿por qué todas las recompensas son para vosotros y para estos ninguna?[159]Di, Marílades, tú que tienes la cabeza encanecida por la edad, ¿has ido alguna vez en embajada? Dice que no, y sin embargo es prudente y laborioso. Y vosotros, Dracilo, Eufórides y Prínides[160], ¿conocéis a Ecbatana o la Caonia? Tampoco. Sin embargo, las han visitado el hijo de Cesira[161]y Lámaco, de quienes, por no poder pagar su escote, ni sus deudas, decían hace poco sus amigos: «¡Agua va!» como los que al anochecer vierten por las ventanas el líquido con que se han lavado los pies.

LÁMACO.

¡Pueblo insolente! ¿Habrá que tolerar tales insultos?

DICEÓPOLIS.

No; si Lámaco no cobrase sueldo.

LÁMACO.

Pues yo haré siempre la guerra a todos los peloponesios; los hostilizaré cuanto pueda, y los perseguiré con todas mis fuerzas terrestres y marítimas.

DICEÓPOLIS.

Pues yo anuncio a todos los peloponesios, megarenses y beocios, que pueden acudir a comprar y vender en mi mercado; solo exceptúo a Lámaco.

(Queda solo elCORO.)

CORO.

Este hombre aduce argumentos convincentes y va a cambiar la opinión del pueblo, inclinándole a la paz. Pero dispongámonos a recitar los anapestos[162].

Desde que nuestro poeta dirige los coros cómicos nunca se ha presentado a hacer su propio panegírico[163]; pero hoy que ante los atenienses, tan precipitados en sus decisiones, sus enemigos le acusan falsamente de que se burla de la república e insulta al pueblo, preciso le es justificarse consus volubles conciudadanos. El poeta pretende haberos hecho mucho bien, impidiendo que os dejéis sorprender por las palabras de los extranjeros y que os hechicen los aduladores y seáis unos chorlitos. Antes los diputados de las ciudades, cuando os querían engañar, principiaban por llamaros: «Coronados de violetas»[164], y al oír la palabracoronas, era de ver cómo no cabíais ya en vuestros asientos[165]. Si otro adulándoos decía: «La espléndida Atenas»[166], conseguía al punto cuanto deseaba, por haberos untado los labios con el elogio, como si fueseis anchoas. Desengañándoos, pues, os ha prestado el poeta eminentes servicios, y ha difundido por las ciudades aliadas el régimen democrático. Por eso los pagadores de tributos de esas mismas ciudades acudirán deseosos de conocer al excelente poeta que no ha temido decir la verdad a los atenienses. La fama de su atrevimiento ha llegado tan lejos, que el gran Rey, interrogandoa la embajada de los lacedemonios, preguntó primero cuál era la armada más poderosa, y después cuáles eran los más atacados por nuestro vate, y les aseguró que sería más feliz y conseguiría señaladísimas victorias la república que siguiese sus consejos. Por eso los lacedemonios os brindan con la paz, y reclaman a Egina[167]; no porque den gran importancia a aquella isla, sino por despojar de sus bienes al poeta; pero vosotros no le abandonéis jamás; en sus comedias brillará siempre la justicia, y abogará siempre por vuestra felicidad, no con adulaciones ni vanas promesas, fraudes, bajezas ni intrigas, sino dándoos buenos consejos y proponiéndoos lo que sea mejor.

Después de esto, ya puede Cleón urdir y maquinar contra mí cuanto se le antoje. La honradez y la justicia estarán de mi lado, y nunca la república verá en mí, como en él, un cobarde e inmundo bardaje.

¡Ven, infatigable musa acarniense, brillante y devoradora como el fuego! Semejante a la chispa que, sostenida por un suave viento, salta de los tizones de encina mientras unos asan sobre ellos sabrosos pececillos, y otros preparan la salmuera fresca de Tasos o amasan la blanca harina, ¡ven,musa impetuosa, intencionada y agreste, y presta inspiración a tu conciudadano!

Nosotros, decrépitos ancianos, acusamos a la ciudad. Vemos desamparada nuestra vejez, sin que se nos alimente en recompensa digna de los méritos que en las batallas navales contrajimos; en cambio, sufrimos mil vejámenes; nos enredáis en litigiosas contiendas, y luego permitís que sirvamos de juguete a oradores jovenzuelos: ya nada somos; mudos e inservibles, como flautas rajadas, un bastón es nuestro único apoyo, o nuestro Neptuno, por decirlo así. En pie ante el tribunal, balbuceando algunas palabras inconexas, solo vemos de la justicia la bruma que la rodea, mientras el abogado contrario, deseando captarse las simpatías de la juventud, lanza sobre el demandado un diluvio de palabras precisas y seguras; y luego de haberlo rendido, le interroga, le dirige preguntas insidiosas, y le turba, le aflige y despedaza, como le sucedió al anciano Titón.

El pobre calla; se retira castigado con una pena pecuniaria; llora y solloza, y dice a sus amigos: «El dinero con que pensaba comprar mi ataúd, tengo que darlo para pagar esta multa.»

¿Es justo arruinar de ese modo a un anciano, a un hombre encanecido, que sobrellevó con sus compañeros tantas fatigas, que vertió por la república sudores ardientes, varoniles y copiosos, y que en Maratón peleó como un héroe? Nosotros, que de jóvenes perseguimos en Maratón a los enemigos, somos ahora perseguidos por hombres malvados, ycondenados al fin. ¿Que responderá a esto Marpsias?[168]¿Es justo que un hombre encorvado por la edad, como Tucídides[169], cual si se hubiera perdido en los desiertos de Escitia, sucumba en sus litigios con Cefisodemo[170], abogado locuaz? Os aseguro que sentí la más viva compasión y hasta lloré, viendo maltratado por un arquero a ese anciano, a Tucídides digo, que, por Ceres, cuando estaba en la plenitud de sus fuerzas no hubiera tolerado fácilmente que se le atreviese nadie, ni aun la misma Ceres, pues primero hubiera derribado a diez Evatlos[171], y luego aterrado con sus gritos a los tres mil arqueros, y matado con sus flechas a toda la parentela de ese mercenario. Mas, ya que no queréis dejar descansar a los viejos, decretad, a lo menos, la división de las causas: que el viejo desdentado litigue contra los viejos; el bardaje contra los jóvenes, y el charlatán contra el hijo de Clinias[172]. Es necesario, no lo niego,perseguir a los malvados; pero en todos los procesos sea el anciano quien condene al anciano, y el joven al joven.


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