Chapter 6

FILOCLEÓN.

¡Ay de mí!

BDELICLEÓN.

¿Por qué esa exclamación?

FILOCLEÓN.

Déjate de promesas; lo que yo quisiera era estar allí, sentarme allí donde el heraldo grita: «El que no haya emitido todavía su voto, que se levante.» ¡Ah! ¿Por qué no me he de encontrar junto a las urnas y depositar en ellas el último mi voto? ¡Apresúrate, alma mía! Alma mía, ¿dónde estás? «Tinieblas,abridme paso.»[120]¡Oh! Por Hércules lo juro, mi más vehemente deseo es sentarme hoy entre los jueces y convencer de robo a Cleón.

BDELICLEÓN.

En nombre de los dioses, padre mío, cede a mis ruegos.

FILOCLEÓN.

¿Qué deseas? Pídeme cuanto quieras, menos una cosa.

BDELICLEÓN.

¿Qué cosa es esa? Di.

FILOCLEÓN.

Que no juzgue; antes de consentirlo, Plutón habrá pronunciado mi sentencia.

BDELICLEÓN.

Sea, ya que tanto te gusta administrar justicia; pero cuando menos no acudas ya al tribunal; quédate en casa y juzga a los criados.[121]

FILOCLEÓN.

¿Sobre qué? ¡Tú deliras!

BDELICLEÓN.

Haciendo en casa lo mismo que allí: si la criada abre clandestinamente la puerta, la condenas a una simple multa; es decir, exactamente igual queen el tribunal. Todo lo demás se hará también como allí se acostumbra: cuando caliente el sol, juzgarás desde la mañana sentado al sol; y cuando nieve o llueva, sentado ante el hogar: así aunque te levantes al mediodía, ningún tesmoteta[122]te prohibirá la entrada en el tribunal.

FILOCLEÓN.

Eso me agrada.

BDELICLEÓN.

Además, si un orador habla mucho tiempo, no tendrás que esperar rabiando de hambre a que concluya, con gran tormento tuyo y del acusado que teme tu furor.[123]

FILOCLEÓN.

¿Pero podré lo mismo que hasta ahora conocer perfectamente el asunto, si como en el intervalo?

BDELICLEÓN.

Mejor que en ayunas. ¿No has oído decir a todo el mundo que, cuando los testigos mienten, los jueces solo pueden comprender el asunto a fuerza de rumiarlo?

FILOCLEÓN.

Me has convencido. Mas aún no me has dicho quién me pagará los honorarios.

BDELICLEÓN.

Yo.

FILOCLEÓN.

Bueno, así recibiré yo solo mi paga, y no en compañíade otro: porque hace poco ese bufón de Lisístrato[124]me jugó la más mala pasada que puede imaginarse. Había recibido un dracma para los dos, y fuimos a la pescadería, donde lo cambio en monedas de cobre;[125]luego, en vez de darme mi parte, me puso en la mano tres escamas; yo, creyendo que eran tres óbolos, las escondí en la boca; pero ofendido por el olor las arrojé en seguida y le cité a juicio.

BDELICLEÓN.

¿Y qué dijo?

FILOCLEÓN.

¿Qué dijo? Que yo tenía estómago de gallo. «Digieres fácilmente el dinero», repetía riéndose.

BDELICLEÓN.

¿Ves cuánto vas ganando hasta en esto?

FILOCLEÓN.

No poco, es verdad. Pero, anda, haz lo que has prometido.

BDELICLEÓN.

Espera un momento; en seguida vuelvo aquí con todo.

FILOCLEÓN.

¡Mirad cómo se cumplen los oráculos! Yo había oído que llegaría día en que cada ateniense administraría justicia en su propia casa, y construiría en el vestíbulo un pequeño tribunal, como esas estatuasde Hécate que se colocan delante de las puertas.

BDELICLEÓN.

Heme aquí: ¿qué tienes que decir? Traigo todo lo que te dije y mucho más. Este bacín puede colgarse a tu lado para cuando lo necesites.[126]

FILOCLEÓN.

¡Feliz ocurrencia! ¡Excelente remedio para preservar a un viejo de la retención de orina!

BDELICLEÓN.

Aquí traigo además un hornillo con una escudilla llena de lentejas, por si se te ocurre comer.

FILOCLEÓN.

Muy bien, muy bien; de modo que cobraré mi salario, aunque tenga calentura, y podré comer lentejas sin moverme de aquí. Mas ¿para qué me traes ese gallo?

BDELICLEÓN.

Para que si te duermes durante la defensa de una causa, te despierte cantando encima de ti.

FILOCLEÓN.

Solo echo de menos una cosa; todo lo demás me satisface.

BDELICLEÓN.

¿Cuál?

FILOCLEÓN.

¿Si pudieras traer la estatua de Lico?[127]

BDELICLEÓN.

Hela aquí; parece el mismo héroe.

FILOCLEÓN.

¡Oh, héroe mi señor! ¡Cuán terrible es tu aspecto! Es el retrato de Cleónimo.

SOSIAS.

Por eso, aunque es un héroe, no tiene armas.[128]

BDELICLEÓN.

Si te sientas, someteré en seguida a tu decisión una causa.

FILOCLEÓN.

Venga al punto: hace cien años que estoy sentado.

BDELICLEÓN.

Veamos; ¿por qué causa principiaremos? ¿habrá faltado alguno de los criados? ¡Ah! Trata,[129]que hace poco se dejó quemar el puchero...

FILOCLEÓN.

¡Eh! detente: me has puesto al borde del abismo. ¿Cómo pretendes que actúe el tribunal sin balaustrada? Precisamente es para nosotros lo más sagrado.

BDELICLEÓN.

Es verdad, por Júpiter. Corro a casa y la traigo volando. ¡Lo que es la costumbre!

JANTIAS.

¡Diantre de animal! ¿Es posible que demos de comer a semejante perro?

BDELICLEÓN.

¿Qué pasa?

JANTIAS.

Nada, que Labes,[130]tu perro, ha entrado en la cocina, ha robado un magnífico queso de Sicilia, y se lo ha engullido.

BDELICLEÓN.

Ya tenemos la primera causa en que ha de entender mi padre. (A Jantias.) Comparece tú como acusador.

JANTIAS.

Yo no, por vida mía; otro perro dice que presentará la acusación, si se instruye el proceso.

BDELICLEÓN.

Bueno; tráete acá los dos.

JANTIAS.

Es lo que hay que hacer.

FILOCLEÓN.

¿Qué es eso?

BDELICLEÓN.

La gamella de los cerdos consagrados a Vesta.[131]

FILOCLEÓN.

¿Osas poner sobre ella tus sacrílegas manos?

BDELICLEÓN.

No; principiando por sacrificar a Vesta,[132]trituraré a mi adversario.

FILOCLEÓN.

Vamos, vamos, principia pronto la acusación; yo ya sé cuál castigo ha de imponerse.

BDELICLEÓN.

Deja que te traiga las tablillas y el estilo.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Me mueles y me asesinas con tus dilaciones! Lo mismo me era escribir en la arena.

BDELICLEÓN.

Ten.

FILOCLEÓN.

Cita, pues.

BDELICLEÓN.

Ya estoy.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese primero?

BDELICLEÓN.

¡Oh, qué memoria la mía! Esto es atroz. ¿Pues no se me han olvidado las urnas de los votos?

FILOCLEÓN.

Eh, tú, ¿a dónde vas?

BDELICLEÓN.

A por las urnas.

FILOCLEÓN.

Es inútil; me serviré de estos cacharros.

BDELICLEÓN.

Muy bien; ya tenemos todo lo necesario, excepto la clepsidra.

FILOCLEÓN.

¿No puede pasar por clepsidra este bacín?

BDELICLEÓN.

Eres ingenioso para proporcionarte los útiles precisos y acostumbrados. Pronto, traed fuego, mirtos e incienso para que principiemos por invocar a los Dioses.

CORO.

Durante vuestras libaciones uniremos nuestros votos a los vuestros, congratulándonos de que una reconciliación tan generosa haya seguido a vuestras disputas y querellas.

BDELICLEÓN.

Principiad, pues, por guardar un silencio religioso.

CORO.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo Pitio! Haz que el negocio que va a resolverse delante de esa puerta, sea para bien de todos nosotros, libres ya de nuestros errores. ¡Oh Peán!

BDELICLEÓN.

¡Oh Dios poderoso, Apolo Agieo que velas ante el vestíbulo de mi casa![133]Acepta este nuevo sacrificio que te ofrezco para que te dignes suavizar elhumor áspero e intratable de mi padre. ¡Oh rey! endulza con algunas gotas de miel su avinagrado corazón; que sea en adelante clemente con los hombres; más compasivo con los reos que con los acusadores; sensible a las súplicas, y que pierda su carácter esa furia, dolorosa para el que se acerca, como las ortigas.

CORO.

Nosotros unimos a los tuyos nuestros votos en favor del nuevo magistrado. Pues te queremos, Bdelicleón, desde que nos has dado a conocer que amas al pueblo como ningún otro joven.

BDELICLEÓN.

Si hay algún juez fuera, que entre; pues en cuanto se principie la vista no se dejará entrar a nadie.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese acusado? ¡Qué condena le aguarda!

BDELICLEÓN[134](Como acusador).

Oíd el acta de acusación.[135]La suscribe un perro cidatenense contra Labes de Exona, al que acusa de haberse comido él solo, contra toda razón y derecho, un queso de Sicilia. La pena, una argolla de higuera.

FILOCLEÓN.

O la muerte canina si se le prueba.

BDELICLEÓN.

Aquí está Labes el acusado.

FILOCLEÓN.

¡Ah, maldito! ¡Qué traza de ladrón tienes! ¿Si creerá que me va a engañar apretando los dientes?

BDELICLEÓN.

¿Dónde está el querellante, el perro cidatenense?[136]

EL PERRO.

¡Guau! ¡Guau!

BDELICLEÓN.

Aquí está.

FILOCLEÓN.

Ese es otro Labes, bueno solo para ladrar y lamer ollas.

BDELICLEÓN[137](Haciendo de heraldo).

Calla y siéntate. Tú (A Jantias), sube y acusa.

FILOCLEÓN.

Vamos, en tanto voy a servirme y sorberme las lentejas.

JANTIAS (Acusador).

Ya habéis oído, oh jueces, el escrito de acusación que he presentado contra Labes: ha cometido contra mí y los marinos la más indigna felonía; se metió en un rincón oscuro, robó un enorme queso de Sicilia, y atracándose en las tinieblas...[138]

FILOCLEÓN.

Basta, basta; el hecho está probado: el gran canalla acaba de soltar junto a mis narices un eructo que apesta a queso.

JANTIAS.

...Se negó a darme la parte que le pedía. Ahora bien; ¿podrá prestaros servicio alguno quien no da nada a vuestro perro leal?

FILOCLEÓN.

¿No ha dado nada?

JANTIAS.

¡Nada a mí, a su compañero!

FILOCLEÓN.

Se conoce que el mozo tiene los cascos tan calientes como estas lentejas.

BDELICLEÓN.

Por favor, padre mío; no sentencies antes de haber escuchado a los dos.

FILOCLEÓN.

Pero, querido, si la cosa está clara; si está clamando justicia.

JANTIAS.

No le absolváis: es el perro más egoísta y voraz; recorre en un instante todo el molde de un queso, y se engulle la costra que le recubre.[139]

FILOCLEÓN.

Ni siquiera me ha dejado con que cerrar las grietas de mi urna.

JANTIAS.

Castigadle; una sola casa no puede mantener dos ladrones; yo no quiero ladrar con el estómago vacío; castigadle, pues, o dejaré de ladrar.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas maldades! El mozo es ladrón de veras. ¿No te parece lo mismo, gallo mío? ¡Ah! sí, se adhiere a mi opinión. ¡Eh, tesmoteta! ¿Dónde estás? Dame el bacín.

BDELICLEÓN.

Cógelo tú, que yo estoy llamando los testigos. Testigos de Labes, compareced: son un plato, una mano de mortero, un cuchillo, unas parrillas, una olla y otros utensilios medio quemados. ¿Acabas de hacer aguas? ¿O no vas a sentarte nunca?

FILOCLEÓN.

Aún no; pero creo que ese pasará hoy a mayores.[140]

BDELICLEÓN (A Filocleón).

¿Serás siempre duro o intratable con los reos? ¿Cebarás siempre en ellos tu furor? (Al acusado.) Sube y defiéndete. ¿Por qué te callas? Habla.

FILOCLEÓN.

Parece que no tiene nada que alegar.

BDELICLEÓN.

Sí que tiene, pero se me figura que le pasa lo que a Tucídides[141]en otra ocasión, cuando la sorpresale cerró la boca. Retírate: yo me encargo de tu defensa. Ya comprenderéis, oh jueces, lo comprometido que es defender a un perro acusado de crimen tan atroz. Hablaré no obstante. En primer lugar, es valiente y ahuyenta los lobos.

FILOCLEÓN.

Pero es ladrón y conspirador.

BDELICLEÓN.

No, por Júpiter; es el mejor de los perros, capaz de guardar el rebaño más numeroso.

FILOCLEÓN.

¿Qué importa si se come el queso?

BDELICLEÓN.

Pero en cambio te defiende, te guarda la puerta, y tiene otras inmejorables cualidades. Si cometió algún hurto, hay que perdonárselo. ¿No ves que es un ignorantón que ni aun tocar la lira sabe?

FILOCLEÓN.

¡Ojalá tampoco supiera escribir! Así no hubiera redactado su defensa.

BDELICLEÓN.

Oye, honrado juez, a mis testigos. Acércate, buen cuchillo, y declara en voz alta. Tú eras entonces pagador. Responde claro. ¿No partiste las porciones que debían ser distribuidas a los soldados? — Dice que sí las partió.

FILOCLEÓN.

Pues miente el bellaco.

BDELICLEÓN.

¡Oh compasivo juez, ten piedad de su infortunio! El infeliz Labes siempre come espinas y cabezas depescados; no para un momento en un sitio: ese otro solo sirve para guardar la casa,[142]y ya sabe lo que se hace; así reclama una parte de todo lo que traen, y al que no se la da, le clava el diente.

FILOCLEÓN.

¡Ah, estoy enfermo! ¡Se me figura que blandeo! ¡Oh desgracia! ¡Yo enternecido!

BDELICLEÓN.

Yo te lo ruego, padre mío, compadeceos de él, no le condenéis.[143]¿Dónde están sus hijos? Acercaos, infelices. Aullad, suplicad, llorad sin consuelo.

FILOCLEÓN.

Baja, baja, baja, baja.[144]

BDELICLEÓN.

Bajaré, aunque esa palabra «baja» ha engañado a muchos. No obstante, bajaré.

FILOCLEÓN.

¡Vete al infierno! ¿Por qué habré comido esas lentejas? ¿Pues no he llorado? Creo que esto no me hubiera sucedido si no me hubiera atracado de esas malditas lentejas.

BDELICLEÓN.

¿Será, pues, absuelto?

FILOCLEÓN.

No he dicho tal cosa.

BDELICLEÓN.

Vamos, padrecito mío, sé más humano. Coge tu voto; da un paso atrás; échalo en la segunda urna,[145]cerrando un poco los ojos. Absuélvelo, padre mío.

FILOCLEÓN.

No: tampoco yo sé tocar la lira.

BDELICLEÓN.

Ven, te llevaré yo mismo.

FILOCLEÓN.

¿Es esta la primera urna?[146]

BDELICLEÓN.

Esa.

FILOCLEÓN.

Pues aquí echo mi voto.

BDELICLEÓN.

Cayó en el lazo, y lo absolvió sin saberlo.[147]

FILOCLEÓN.

Veamos; vuelve la urna. ¿Cuál es el resultado?

BDELICLEÓN.

Míralo. Labes, has sido absuelto. Padre, padre, ¿qué te pasa? ¡Agua, agua! vamos, recóbrate.

FILOCLEÓN.

Dime, ¿de veras ha sido absuelto?

BDELICLEÓN.

Sí.

FILOCLEÓN.

¡Ah, soy perdido!

BDELICLEÓN.

Valor, padre mío, no te aflijas.

FILOCLEÓN.

¿Cómo podré resistir la pena de haber absuelto a un criminal? ¿Qué va a ser de mí? ¡Oh santos dioses, perdonadme; lo hice a pesar mío; esa, ya lo sabéis, no es mi costumbre!

BDELICLEÓN.

No lo tomes tan a pecho, padre mío; yo te daré una vida regalada; te llevaré a cenas y convites; vendrás conmigo a todas las fiestas, y pasarás dulcemente el resto de tu existencia: ya no se burlará de ti Hipérbolo. Pero entremos.

FILOCLEÓN.

Haz lo que gustes.

CORO.

Id alegres a donde queráis. Escuchad, en tanto, innumerables espectadores, nuestros prudentes consejos, y procurad que no caigan en saco roto: esa falta es propia de un auditorio ignorante; vosotros no la podéis cometer.[148]

Ahora, si amáis la verdad desnuda y el lenguaje sin artificios, prestadme atención, oh pueblo. El poeta quiere haceros algunos cargos. Está quejoso de vosotros, que antes le acogisteis tan bien,cuando imitando unas veces al espíritu profético oculto en el vientre de Euricles,[149]hizo que otros poetas os presentasen muchas comedias suyas,[150]y afrontando otras cara a cara el peligro dirigió por su mano sin ajeno auxilio los vuelos de su Musa. Colmado por vosotros de gloria y honores, como ningún otro vate, no creyó, sin embargo, haber llegado a la cúspide de la perfección, ni se enorgulleció por ello, ni recorrió las palestras para corromper a la juventud deslumbrada por sus triunfos.[151]Noblemente resuelto a que las Musas que le inspiran no desciendan jamás al oficio de viles alcahuetas, ha desoído las reclamaciones del amante, quejoso de ver ridiculizado el objeto de su torpe pasión. Ya en el extremo de su carrera dramática no luchó con hombres, sino que manejando intrépido la clava de Hércules, hubo de atacar a los mayores monstruos. Principió[152]por acometer audazmente a aquella horrenda fiera, de dientes espantosos, ojos terribles, flameantes como los de Cinna,[153]rodeado de mil infames aduladoresque a porfía le lamen la cabeza; de voz estruendosa como la de destructor remolino; de olor a foca y de partes secretas, que por lo inmundas recuerdan las de los camellos[154]y las lamias.[155]A la vista de semejante monstruo el miedo no le arrancó regalos para apaciguarle; al contrario, sintió aumentarse su valor para defenderos. Así, el año último dirigió de nuevo sus ataques contra esos vampiros[156]que, pálidos, abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al Polemarca.[157]Esto no obstante, el año pasado abandonasteis al denodado defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales males a la patria, y le abandonasteis precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad,cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien;[158]el autor, sin embargo, jura a menudo entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis versos cómicos mejores que los suyos. Vergonzoso es que no entendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se haya estrellado su esperanza por vencer en audacia a sus rivales.

En adelante, queridos atenienses, amad y honrad más a los poetas que procuran deleitaros con nuevas invenciones: recoged sus pensamientos y guardadlos en vuestras arcas como manzanas olorosas. Si así lo hiciereis, vuestros vestidos exhalarán todo el año un suave perfume de sabiduría.

En otro tiempo éramos infatigables en la danza, infatigables en la guerra, infatigables, sobre todo, en las lides amorosas. ¡Todo, todo ha pasado! La blancura de nuestros cabellos vence ya a la del cisne; fuerza será, sin embargo, reanimar en estos restos el vigor juvenil; pues mi vejez, según creo, vale más que los rizos, adornos y disolutas costumbres de muchos jovenzuelos.

Espectadores: si alguno de vosotros se asombra al vernos vestidos de avispas y no comprende el objeto de nuestro aguijón, fácilmente disiparé su ignorancia. Nosotros, a quienes veis así armados por detrás, somos la gente ática única verdaderamentenoble y autóctona; raza valerosísima que tan insignes servicios prestó a la república cuando el bárbaro, ganoso de arrojarnos de nuestras colmenas, invadió este territorio llevando delante de sí el incendio y la desolación. Al punto corrimos a su encuentro, y armados de escudo y lanza,[159]le atacamos. La ira hervía en nuestros pechos; nos tocábamos hombre con hombre; nos mordíamos los labios de coraje, y una nube de dardos oscurecía el cielo:[160]por fin, con ayuda de los Dioses los derrotamos a la caída de la tarde. Antes del combate una lechuza había pasado sobre nuestro ejército.[161]Después les perseguimos, clavándoles nuestro aguijón como furiosos tábanos; ellos huían y nosotros les picábamos las mejillas y la frente; así es que para los bárbaros nada hay ya tan temible como la avispa ática.

Terribles éramos en aquel tiempo: nada nos amedrentaba: a bordo de las trirremes exterminamos los enemigos. No nos cuidábamos entonces de perorar elegantemente, ni de calumniar a nadie; toda nuestra ambición se cifraba en ser el mejor remero. De este modo ganamos a los persas muchasciudades.[162]Y a nuestro valor se deben principalmente esos tributos que hoy derrochan los jóvenes.[163]

Si nos miráis con detención, observaréis que somos semejantes a las avispas en nuestras costumbres y modo de vivir. En primer lugar, cuando se nos irrita no hay animal más colérico e intratable; y en todo lo demás hacemos lo que ellas. Reunidos en enjambres nos repartimos en diferentes avisperos: unos vamos a juzgar con el Arconte,[164]otros al Odeón,[165]otros con los Once,[166]y otros, pegados a la pared[167]con la cabeza baja y sin moverse apenas, nos parecemos a las larvas encerradas en su capullo. El procurarnos la subsistencia nos es sumamente fácil, pues nos basta para ellopicar al primero que se presenta. Pero hay entre nosotros zánganos desprovistos de aguijón, que se comen sin trabajar el fruto de nuestros afanes. Y es doloroso, ciudadanos, que quien nunca peleó, quien nunca se hizo una ampolla manejando el remo o la lanza en defensa de la república, se apodere así de nuestro salario. Por tanto, opino que en adelante quien no tenga aguijón no cobre el trióbolo.

FILOCLEÓN.

No, jamás mientras viva dejaré de llevar este manto, al que debí la salvación en aquella batalla cuando el Bóreas se desencadenó furioso.[168]

BDELICLEÓN.

¿No deseas tu comodidad?

FILOCLEÓN.

¡Por vida de Júpiter, no hay más que hacerse hermosos trajes! El otro día me ensucié tanto atracándome de peces fritos, que tuve que pagar tres óbolos al quita-manchas.

BDELICLEÓN.

Una vez que te has puesto en mis manos, ensaya este nuevo género de vida, y déjame cuidarte.

FILOCLEÓN.

Bueno, ¿qué quieres que haga?

BDELICLEÓN.

Quítate ese manto ordinario, y ponte en su lugar este más fino.

FILOCLEÓN.

Valía la pena de engendrar y criar hijos para que este pretenda ahora asfixiarme.[169]

BDELICLEÓN.

Ea, póntelo y calla.

FILOCLEÓN.

Por los dioses, ¿qué especie de vestido es este?

BDELICLEÓN.

Unos le llaman pérsida, otros pelliza.[170]

FILOCLEÓN.

Yo creí que era una manta[171]de las que hacen en Timeta.

BDELICLEÓN.

No es extraño; como nunca has ido a Sardes. Si no, ya la hubieras conocido.

FILOCLEÓN.

¿Yo? No, por Júpiter; pero se me figura que a lo que más se parece es al saco peludo de Móricos.[172]

BDELICLEÓN.

Ni por pienso: esto se teje en Ecbatana.

FILOCLEÓN.

¿Hay, pues, allí intestinos de lana?

BDELICLEÓN.

No, hombre, no, esto lo fabrican los bárbaros sin perdonar gasto. Quizá en esta túnica haya entrado un talento de lana.

FILOCLEÓN.

Entonces debía llamárselapierde-lana, más bien que pelliza.

BDELICLEÓN.

Vamos, padre mío, estate quieto un instante y póntela.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Qué calor tan horrible me da esta maldita túnica!

BDELICLEÓN.

¿Te la pones o qué?

FILOCLEÓN.

No, por piedad; prefiero, si es preciso, que me metas en un horno.

BDELICLEÓN.

Vamos, ya te la pondré yo: ven acá.

FILOCLEÓN.

Coge siquiera ese gancho.

BDELICLEÓN.

¿Para qué?

FILOCLEÓN.

Para sacarme antes de que me derrita.

BDELICLEÓN.

Quítate esos infames zapatos, y ponte este calzado lacedemonio.

FILOCLEÓN.

¡Cómo! ¡Yo sufrir en mis pies unos zapatos hechos por mis enemigos!

BDELICLEÓN.

Entra el pie y aprieta firme a la suela lacedemonia.

FILOCLEÓN.

No está bien que me obligues a poner el pie en suelo enemigo.

BDELICLEÓN.

Entra ahora el otro.

FILOCLEÓN.

De ninguna manera: uno de estos dedos aborrece a los lacedemonios como el que más.

BDELICLEÓN.

No hay otro remedio.

FILOCLEÓN.

¡Infeliz de mí, no voy a tener sabañones en la vejez!

BDELICLEÓN.

Vamos pronto; ahora imita el paso afeminado y muelle de los ricos... Así, como yo.

FILOCLEÓN.

Sea. Di, ¿a quién de los ricos me parezco más en el andar?

BDELICLEÓN.

¿A quién? A un divieso cubierto de un emplasto de ajos.[173]

FILOCLEÓN.

¡Ah, cuánto deseo pasear moviendo las caderas!

BDELICLEÓN.

Veamos otra cosa: ¿sabrás seguir una conversación seria delante de hombres doctos y bien educados?

FILOCLEÓN.

Sí por cierto.

BDELICLEÓN.

¿De qué hablarás?

FILOCLEÓN.

De muchas cosas. Primero, de cómo Lamia, al verse cogida, produjo un ruido sospechoso.[174]Después, de cómo Cardopión[175]y su madre...

BDELICLEÓN.

Déjate de fábulas y háblanos de cosas humanas, de asuntos frecuentes en las conversaciones de familia.

FILOCLEÓN.

También estoy fuerte en el género familiar: había en otro tiempo un ratón y una comadreja...

BDELICLEÓN.

«Estúpido e ignorante», como decía furioso Teógenes a un limpia-letrinas. ¿Te atreverás a hablar entre hombres de ratones y comadrejas?

FILOCLEÓN.

¿Pues de qué hay que hablar?

BDELICLEÓN.

Solo de grandezas: por ejemplo, de la excelentísima diputación, en la que fuiste parte con Clístenes y Androcles.[176]

FILOCLEÓN.

¡En diputación! ¡Si jamás he ido a ninguna parte, como no haya sido a Paros, lo cual me valió dos óbolos!

BDELICLEÓN.

Cuenta por lo menos cómo Efudión luchó al pancracio valerosamente con Ascondas,[177]y aunque viejo encanecido, sin embargo conservaba puños y riñones de hierro, robustos costados y una fortísima coraza.

FILOCLEÓN.

Basta, basta; no sabes lo que te dices. ¿Dónde se ha visto luchar al pancracio[178]con coraza?

BDELICLEÓN.

Pues así suelen hablar los sabios. Ahora dime otra cosa. Cuando estés en un festín con extranjeros,¿qué hazaña de tu juventud preferirás contarles?

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Ya sé, ya sé! Mi más famosa hazaña, cuando robé a Ergasión[179]los rodrigones.

BDELICLEÓN.

¡Vete al infierno con tus rodrigones! Eso es ridículo. Lo mejor es que hables de tus cacerías de liebres o jabalíes, o de alguna carrera de antorchas[180]en que tomaste parte; en fin, de cualquier hecho que revele tu valor juvenil.

FILOCLEÓN.

Ahora me acuerdo de uno de los más atrevidos: siendo todavía un rapazuelo, demandé a Failo[181]el andarín por injurias, y le vencí por dos votos.

BDELICLEÓN.

Basta; recuéstate ahí para que aprendas la manera de conducirte en los banquetes y conversaciones.

FILOCLEÓN.

¿Cómo me recuesto? Vamos, dime pronto.

BDELICLEÓN.

Con elegancia.

FILOCLEÓN.

¿Así?

BDELICLEÓN.

No.

FILOCLEÓN.

¿Pues cómo?

BDELICLEÓN.

Estira las piernas y déjate caer blandamente sobre los almohadones como un ligero gimnasta: elogia después los vasos de bronce que haya por allí; admira las cortinas del patio.[182]En esto presentan agua para las manos; traen las mesas, comemos; nos lavamos; principian las libaciones...[183]

FILOCLEÓN.

¿Pero acaso estamos cenando en sueños?

BDELICLEÓN.

La flautista preludia: los convidados son Teoro, Esquines, Fano, Cleón, Acestor, y al lado de este otro a quien no conozco. Tú estás con ellos. ¿Sabrás continuar las canciones principiadas?[184]

FILOCLEÓN.

Ya lo creo; mejor que cualquier montañés.[185]

BDELICLEÓN.

Veamos; yo soy Cleón; el primero canta el Harmodio,[186]tú continuarás: «Nunca hubo en Atenas un hombre...»

FILOCLEÓN.

«Tan canalla ni tan ladrón...»

BDELICLEÓN.

¿Eso piensas contestar, desdichado? ¿No ve que te confundirá a gritos y jurará perderte, aniquilarte y expulsarte del país?

FILOCLEÓN.

Pues yo responderé a sus amenazas con esta otra canción: «En tu loca ambición del supremo mando, acabarás por arruinar la república, que ya empieza a vacilar.»[187]

BDELICLEÓN.

Y cuando Teoro, acostado a tus pies, cante cogiéndole la mano a Cleón: «Amigo, tú que conoces la historia de Admeto, estima a los valientes»; ¿qué contestarás?

FILOCLEÓN.

Lo siguiente: «Yo no puedo ser zorro y proclamarme amigo de los dos partidos.»

BDELICLEÓN.

A continuación, Esquines, hijo de Selo, hombre docto y único diestro, cantará: «Bienes y riquezasa Clitágora,[188]a mí y a los Tesalios...»[189]

FILOCLEÓN.

«Muchas hemos derrochado tú y yo.»

BDELICLEÓN.

Esto lo entiendes bien; mas ya es hora de ir a cenar a casa de Filoctemon. — ¡Muchacho, muchacho! ¡Criso! Pon nuestra ración en una cesta,[190]hoy queremos beber de largo.

FILOCLEÓN.

No, no; es muy peligroso el beber; después del vino se rompen las puertas y llueven bofetones y pedradas, y al día siguiente, cuando se han dormido los tragos, se encuentra uno que hay que pagar los excesos de la víspera.

BDELICLEÓN.

No temas semejante cosa tratando con hombres honrados y corteses. O te excusan ellos mismos con el ofendido, o tú aplicas a lo ocurrido algún chistoso cuento esópico o sibarítico[191]de los que has oído en la mesa: la cosa se toma a risa, y no pasa adelante.

FILOCLEÓN.

Pues ya merece la pena de aprender muchos cuentos eso de poder librarme con uno de pagar cualquiera daño que cause. Ea, vamos; que nadie nos detenga.

CORO.

Muchas veces he dado prueba de agudo ingenio, y jamás de estupidez; pero me gana Aminias,[192]ese hijo de Selo, perteneciente a la raza copetuda,[193]a quien vi un día ir a cenar con Leógoras,[194]llevando por junto una manzana y una granada, y cuenta que es más hambriento que Antifonte.[195]Ya fue de embajador a Farsalia,[196]pero allí solo se reunía a los penestas,[197]padeciendo él mayor penuria que ninguno.

¡Afortunado Autómenes,[198]cuánto envidiamos tu felicidad! Tus hijos son los más hábiles artistas. El primero, querido de todos, canta admirablemente al son de la cítara, y la gracia le acompaña; el segundo es un autor cuyo mérito nunca se ponderarábastante; pero el talento del último, de Arifrades digo, deja muy atrás al de los otros. Su padre jura que lo ha aprendido todo por sí propio, sin necesidad de maestro, y que solo a su talento natural debe la invención de sus inmundas prácticas en los lupanares. Algunos han dicho que yo me había reconciliado con Cleón porque me perseguía encarnizadamente y me martirizaba con sus ultrajes. Ved lo que hay de cierto: cuando yo lanzaba dolorosos gritos, vosotros os reíais a placer, y en vez de compadecerme, solo anhelabais que la angustia me inspirase algún chiste mordaz y divertido. Al notar esto, cejé un poco y le hice algunas caricias. He ahí por qué «a la cepa le falta ahora su rodrigón.»[199]

JANTIAS.

¡Oh tortugas tres veces bienaventuradas! ¡Cuánto envidio la dura concha que defiende vuestro cuerpo! ¡Qué sabias y previsoras fuisteis al cubriros la espalda con un impenetrable escudo! ¡Ay, un nudoso garrote ha surcado la mía!

CORO.

¿Qué sucede, niño? Porque hasta al más anciano hay derecho para llamarle niño, cuando se deja pegar.

JANTIAS.

Sucede que nuestro viejo es la peor de las calamidades. Ha sido el más procaz de todos los convidados,y cuenta que allí estaban Hipilo, Antifonte, Lico, Lisístrato, Teofrasto, y Frínico; pues sin embargo, a todos los dejó tamañitos su insolencia. En cuanto se atracó de los mejores platos, empezó a bailar, a saltar, a reír, a eructar como un pollino harto de cebada, y a sacudirme de lo lindo, gritándome: «¡Esclavo, esclavo!» Lisístrato, al verlo así, le lanzó esta comparación: «Anciano, pareces un piojo resucitado o un burro que corre a la paja.» Y él, atronándonos los oídos, le replicó con esta: «Y tú te pareces a una langosta, de cuyo manto se pueden contar todos los hilos[200]y a Esténelo[201]despojado de su guardarropa.» Todos aplaudieron, menos Teofrasto, que se mordió los labios como hombre bien educado. Entonces, encarándosele nuestro viejo, le dijo: «Di tú, ¿a qué te das tanto tono, y te las echas de persona? Ya sabemos que vives a costa de los ricos a fuerza de bufonadas.» Así continuó dirigiendo insultos semejantes a todos, diciendo los chistes más groseros, cantando historias necias e importunas. Después se ha dirigido hacia aquí, completamente ebrio, pegando a cuantos encuentra. Mirad, ahí viene haciendo eses. Yo me largo, para evitar nuevos golpes.

FILOCLEÓN.[202]

Dejadme: marchaos. Voy a dar que sentir a algunosde los que se obstinan en perseguirme. ¿Os largaréis, bribones? Si no, os tuesto con esta antorcha.

BDELICLEÓN.

A pesar de tus baladronadas juveniles, te juro que mañana nos has de pagar tus atropellos. Vendremos en masa a citarte a juicio.

FILOCLEÓN.

¡Ja, ja! ¡A citarme! ¡Qué vejeces! ¿No sabéis que ya ni puedo oír hablar de pleitos? ¡Ja, ja! Ahora tengo otros gustos: tirad las urnas. ¿No os vais? ¿Dónde esta el juez? Decidle que se ahorque. (A la cortesana.) Sube, manzanita de oro, sube agarrada a esta cuerda; cógela, pero con precaución, que está algo gastada; sin embargo aún le gusta que la froten. ¿No has visto con qué astucia te he sustraído a las torpes exigencias de los convidados? Debes probarme tu gratitud. Pero no lo harás, demasiado lo sé; ni siquieras lo intentarás; me engañarás y te reirás en mis narices como lo has hecho con tantos otros. Oye, si me quieres y me tratas bien, cuando muera mi hijo me comprometo a sacarte del lupanar y tomarte por concubina, amorcito mío. Ahora no puedo disponer de mis bienes; soy joven y me atan corto: mi hijito no me pierde de vista; es gruñón, insoportable y tacaño hasta partir en dos un comino y aprovechar la pelusilla de los berros. Su único miedo es el que me eche a perder, pues no tiene más padre que yo. Pero ahí está. Se dirige apresuradamente hacia nosotros. Hazle frente. Coge esas teas. Voy a jugarle una partida de muchacho,como él a mí antes de iniciarme en los misterios.

BDELICLEÓN.

¡Hola, hola, viejo verde! Parece que nos gustan los lindos ataúdes. Mas lo juro por Apolo, no harás eso impunemente.

FILOCLEÓN.

¡Ah! tú te comerías a gusto un proceso en vinagre.

BDELICLEÓN.

¿No es una indecencia burlarme de ese modo, y arrebatar su flautista a los convidados?

FILOCLEÓN.

¿Qué flautista? ¿Has perdido el juicio, o sales de alguna tumba?

BDELICLEÓN.

Por Júpiter, esa dardaniense[203]que está contigo.

FILOCLEÓN.

¡Ca! Si es una antorcha encendida en la plaza en honor a los dioses.[204]

BDELICLEÓN.

¿Una antorcha?

FILOCLEÓN.

Sí, una antorcha.[205]¿No ves que es de diversos colores?

BDELICLEÓN.

¿Qué es eso negro que tiene en medio?

FILOCLEÓN.

La pez que se derrite al quemarse.

BDELICLEÓN.

Y eso en la parte posterior. ¿No es su trasero?

FILOCLEÓN.

No, es el cabo de la antorcha que sobresale.

BDELICLEÓN.

¿Qué dices? ¿Cuál cabo? Vamos, ven acá.

FILOCLEÓN.

¡Eh, eh! ¿Qué intentas?

BDELICLEÓN.

Llevármela y quitártela: estás ya gastado e impotente.

FILOCLEÓN.

Escucha un momento. Asistía yo a los juegos olímpicos cuando Efudión,[206]aunque viejo, luchó valerosamente con Ascondas, concluyendo el anciano por hundir de un puñetazo al joven. Sírvate de aviso, por si se me ocurriese reventarte un ojo.

BDELICLEÓN.

¡Por Júpiter! Conoces bien a Olimpia.

UNA PANADERA. (A Bdelicleón.)

Socórreme, en nombre de los dioses. Ese hombreme ha arruinado; al pasar, agitando a tontas y a locas su antorcha, me ha echado a rodar por la plaza diez panes de a óbolo, y además otros cuatro.

BDELICLEÓN.

¿Ves lo que has hecho? Tu dichoso vino nos va a llenar de pleitos la casa.

FILOCLEÓN.

No lo creas; un cuentecillo alegre lo arreglará todo: verás cómo me reconcilio con esta.

LA PANADERA.

Te juro por las dos diosas[207]que no te reirás impunemente de Mirtia, hija de Ancilión y de Sóstrata, después de haberle echado a perder sus mercancías.

FILOCLEÓN.

Escucha, mujer: voy a contarte una fábula muy chistosa.

LA PANADERA.

¿Fabulitas a mí, viejo chocho?

FILOCLEÓN.

Al volver una noche Esopo de un banquete le ladró atrevida cierta perra borracha: «¡Ah perra, perra, le dijo entonces, si cambiases tu maldita lengua por un poco de trigo, me parecerías más sensata!»

LA PANADERA.

¡Cómo! ¿Te burlas de mí? Pues bien; quienquiera que seas, te cito ante los inspectores del mercado,[208]para que me indemnices daños y perjuicios. Querefonte,[209]que está ahí, será mi testigo.

FILOCLEÓN.

Pero, por mi vida, oye a lo menos lo que voy a decirte: quizá te agrade más. Laso[210]y Simónides tenían en cierta ocasión un certamen poético, y Laso dijo: «Poco me importa.»

LA PANADERA.

¡Muy bien! Como tú, ¿verdad?

FILOCLEÓN.

¿Y tú, Querefonte, vas a ser testigo de esa mujer amarilla,[211]de esa Ino[212]precipitándose desde una roca a los pies de Eurípides?

BDELICLEÓN.

Ahí se acerca otro: según parece, también a citarte, pues viene con un testigo.

UN ACUSADOR.

¡Qué desdichado soy!... Anciano, te demando por injurias.

BDELICLEÓN.

¿Por injurias? ¡Ah, no, por piedad, no lo demandes! Yo te pagaré cuanto pidas, y aun así te quedaré agradecido.

FILOCLEÓN.

Yo también quiero reconciliarme con él: confieso francamente que le he pegado y apedreado. (Al acusador.) Pero acércate más: ¿me permites que yo solo señale la cantidad que debe dársete como indemnización, y que en adelante sea amigo tuyo, o prefieres fijarla tú?

EL ACUSADOR.

Habla tú, pues detesto los pleitos y negocios.

FILOCLEÓN.

Cierto sibarita se cayó de un carro y se infirió una grave herida en la cabeza: es de advertir que no entendía gran cosa de equitación. Acercósele entonces uno de sus amigos, y le dijo: «Ejercítese cada cual en el arte que sepa»; por tanto, corre a curarte en casa de Pítalo.[213]

BDELICLEÓN (A Filocleón.)

Persistes en tus costumbres.

EL ACUSADOR (Al testigo.)

Acuérdate de su respuesta.

FILOCLEÓN.

Oye, no te vayas. En cierta ocasión rompió una mujer en Síbaris el cofre de los procesos...

EL ACUSADOR (Al testigo.)

También te tomo por testigo de lo que dice.

FILOCLEÓN (Al acusador.)

...El cual cofre hizo atestiguar el hecho; pero la sibarita le contestó: «¡Por Proserpina, déjate detestigos y cómprate cuanto antes una ligadura; eso tendrá más sentido común!»

EL ACUSADOR (A Filocleón.)

¡Búrlate! ¡búrlate! ¡Ya veremos cuando el arconte mande traer a la vista tu causa!

BDELICLEÓN (A Filocleón.)

¡Por Ceres, no estarás aquí más tiempo! Voy a llevarte a la fuerza.

FILOCLEÓN.

¿Qué haces?

BDELICLEÓN.

¿Qué hago? Llevarte adentro. De otro modo no va a haber testigos suficientes para los infinitos que te demandan.

FILOCLEÓN.

Un día los de Delfos...[214]

BDELICLEÓN.

Poco me importa.

FILOCLEÓN.

...Acusaron a Esopo de haber robado un vaso de Apolo; entonces él contó que una vez el escarabajo...[215]

BDELICLEÓN.

¡Oh, vete al infierno! Me matas con tus escarabajos.

(Bdelicleón se lleva a su padre.)

CORO.

Envidio tu felicidad, anciano. ¡Qué cambio en su áspera existencia! Siguiendo prudentes consejos, va a vivir entre placeres y delicias. Quizá los desatienda, porque es difícil cambiar el carácter que se tuvo desde la cuna. Sin embargo, muchos lo consiguieron; consejos ajenos han logrado modificar a veces nuestras costumbres, ¡Cuántas alabanzas no alcanzará por esto, en mi opinión y en la de los sabios, el hijo de Filocleón, tan discreto y cariñoso con su padre! Jamás he visto un joven tan comedido, de tan amables costumbres. Ninguno me ha regocijado como él. En todas las respuestas que daba a su padre resplandecía la razón y el deseo de inspirarle más decorosas aficiones.


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