LAS AVES.

LAS AVES.

EVÉLPIDES (Al grajo que le sirve de guía).

¿Me dices que vaya en línea recta hacia aquel árbol?

PISTETERO (A la corneja que trae en mano).

¡Peste de avechucho! Ahora grazna que retrocedamos.

EVÉLPIDES.

Pero, infeliz, ¿a qué caminar arriba y abajo? Con estas idas y venidas nos derrengamos inútilmente.

PISTETERO.

¡Qué imbécil he sido en dejarme guiar por esta corneja! Me ha hecho correr más de mil estadios.[384]

EVÉLPIDES.

¿Mayor desdicha que la de llevar de guía a este grajo, que me ha destrozado todas las uñas de los dedos?

PISTETERO.

Ni siquiera sé en qué lugar de la tierra estamos.

EVÉLPIDES.

¿No podrías hallar desde aquí tu patria?

PISTETERO.

No por cierto: ni Execéstides[385]la suya.

EVÉLPIDES.

¡Ay!

PISTETERO.

Toma esa senda, amigo mío.

EVÉLPIDES.

¡Qué terriblemente nos ha engañado Filócrates,[386]ese atrabiliario vendedor de pájaros! Nos aseguró que estas dos aves nos guiarían mejor que ninguna otra a la morada de Tereo, la Abubilla, que fue transformado en pájaro; y nos vendió este grajo, hijo de Tarrélides,[387]por un óbolo, y por tres aquella corneja, que solo saben darnos picotazos. (Al grajo.) ¿Por qué me miras con el pico abierto? ¿Quieres precipitarnos desde esas rocas? Por ahí no hay camino.

PISTETERO.

Ni senda tampoco.

EVÉLPIDES.

¿No dice nada tu corneja?

PISTETERO.

Nada absolutamente; grazna ahora como antes.

EVÉLPIDES.

Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?

PISTETERO.

¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por comérseme los dedos?

EVÉLPIDES.

¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos;[388]ponemos para conseguirlo cuanto está de nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios; porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto,[389]un país libre de pleitos, donde pasar tranquilamente la vida. Nos dirigimos contal objeto a Tereo, la Abubilla, para preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que deseamos.

PISTETERO.

¡Eh, tú!

EVÉLPIDES.

¿Qué hay?

PISTETERO.

La corneja hace rato que me indica que hay algo arriba.

EVÉLPIDES.

También mi grajo mira con el pico abierto en la misma dirección, como si quisiera señalarme alguna cosa: no puede menos de haber aves por aquí. Pronto lo sabremos haciendo ruido.

PISTETERO.

¿Sabes lo que has de hacer? Dar un golpe con la rodilla en esa peña.

EVÉLPIDES.

Y tú, con la cabeza, para que el ruido sea doble.

PISTETERO.

Vamos, coge esa piedra y llama.

EVÉLPIDES.

Está bien; ¡esclavo! ¡esclavo!

PISTETERO.

Pero ¿qué haces? Para llamar a una Abubilla, gritas ¡esclavo! ¡esclavo! En vez de ¡esclavo! debes gritar: ¡Epopoi! ¡Epopoi![390]

EVÉLPIDES.

¡Epopoi! Tendré que llamar otra vez. ¡Epopoi!

EL REYEZUELO.[391]

¿Quién va? ¿Quién llama a mi dueño?

EVÉLPIDES.

¡Apolo nos asista! ¡Qué enorme pico![392]

EL REYEZUELO.

¡Horror! ¡Son cazadores!

EVÉLPIDES.

El miedo que me causa no es para dicho.

EL REYEZUELO.

¡Moriréis!

EVÉLPIDES.

Pero si no somos hombres.

EL REYEZUELO.

¿Pues qué sois?

EVÉLPIDES.

Yo soy elTímido, ave africana.

EL REYEZUELO.

¡A otro con esas!

EVÉLPIDES.

Pregúntaselo a mis pies.[393]

EL REYEZUELO.

Y ese otro, ¿qué pájaro es? Contesta.

PISTETERO.

ElEnsuciado, ave de Fasos.[394]

EVÉLPIDES.

Y tú, ¿qué animal eres?

EL REYEZUELO.

Yo soy un pájaro esclavo.

EVÉLPIDES.

¿Te ha vencido algún gallo?[395]

EL REYEZUELO.

No; pero cuando mi dueño fue convertido en Abubilla quiso que yo también me transformase en pájaro, para tener quien le siguiera y sirviese.

EVÉLPIDES.

Pues qué, ¿las aves necesitan criados?

EL REYEZUELO.

Este sí, tal vez porque fue antes hombre. Cuando se le antojan anchoas del Falero,[396]yo cojo una escudilla y corro a por anchoas; cuando quiere comer puches, como se necesitan una cuchara y una olla, corro a por la cuchara.

EVÉLPIDES.

Por las señas, este pájaro es unCorredor.[397]¿Sabeslo que has de hacer, Reyezuelo? Llamar a tu señor.

EL REYEZUELO.

Pero si acaba de dormirse, después de haber comido bayas de mirto y algunos gusanos.

EVÉLPIDES.

No importa, despiértale.

EL REYEZUELO.

Aunque estoy seguro de que se va a enfadar, lo haré por complaceros.

(Vase.)

PISTETERO (Al Reyezuelo).

Que el cielo te confunda: no me has dado mal susto.[398]

EVÉLPIDES.

¡Oh desgracia! ¡De miedo se me ha escapado el grajo!

PISTETERO.

¡Grandísimo cobarde! Te has dejado escapar el grajo de miedo.

EVÉLPIDES.

Y tú, ¿no te has dejado marchar la corneja al caer?

PISTETERO.

No por cierto.

EVÉLPIDES.

¿Pues dónde está?

PISTETERO.

Voló.

EVÉLPIDES.

¿Y no se te ha escapado? ¡Vaya el valentón!

LA ABUBILLA.

Abre la selva para que salga.[399]

EVÉLPIDES.

¡Por Hércules!, ¿qué animal es ese? ¡Qué alas! ¡Qué triple cresta![400]

LA ABUBILLA.

¿Quién pregunta por mí?

EVÉLPIDES.

Sin duda, los doce grandes dioses te han maltratado.

LA ABUBILLA.

¿Acaso os burláis de la forma de mis alas? Sabed, extranjeros, que antes he sido hombre.

EVÉLPIDES.

No nos burlamos de ti.

LA ABUBILLA.

¿Pues de qué?

PISTETERO.

Tu pico nos da risa.[401]

LA ABUBILLA.

Pues de esta facha representó ignominiosamente Sófocles en sus tragedias a Tereo.[402]

EVÉLPIDES.

¿Pero eres Tereo, o un ave, o un pavo real?

LA ABUBILLA.

Soy un ave.

EVÉLPIDES.

¿Y las alas?

LA ABUBILLA.

Se me han caído.

EVÉLPIDES.

¿Alguna enfermedad?

LA ABUBILLA.

No; pero en el invierno mudan todas las aves, y les salen después nuevas plumas. Y vosotros, ¿qué sois?

EVÉLPIDES.

¿Nosotros? mortales.

LA ABUBILLA.

¿De qué país?

EVÉLPIDES.

Del de las hermosas trirremes.[403]

LA ABUBILLA.

¿Seréis jueces?[404]

EVÉLPIDES.

Nada de eso; antijueces.[405]

LA ABUBILLA.

¿Se siembra allí ese grano?

EVÉLPIDES.

Rebuscando en todo el campo, hallaréis un poquito.

LA ABUBILLA.

¿Qué os trae aquí?

EVÉLPIDES.

El deseo de hablarte.

LA ABUBILLA.

¿Para qué?

EVÉLPIDES.

Porque en otro tiempo fuiste hombre, como nosotros; en otro tiempo tuviste deudas, como nosotros; y en otro tiempo te gustaba el no pagarlas, como a nosotros: después, cuando fuiste transformado en ave, recorriste en tu vuelo todos los mares y tierras, y llegaste a reunir la experiencia del pájaro y la del hombre. Esto nos trae a ti para suplicarte que nos indiques alguna pacífica ciudad donde podamos vivir blanda y sosegadamente, como el que se acuesta sobre mullidos cojines.

LA ABUBILLA.

¿Buscas, pues, una ciudad más grande que la de Cranao?[406]

EVÉLPIDES.

Más grande no, más agradable para nosotros.

LA ABUBILLA.

Claro está que buscas un país aristocrático.

EVÉLPIDES.

¿Yo? ni por pienso: si detesto al hijo de Escelias.[407]

LA ABUBILLA.

¿Pues en qué ciudad queréis vivir?

EVÉLPIDES.

En una donde los negocios más importantes sean, por ejemplo, venir muy de mañana a mi puerta un amigo y decirme: «Te ruego por Júpiter olímpico que al salir del baño vengáis a mi casa tú y tus hijos, pues voy a dar un banquete de bodas. ¡Cuidado con faltar! ¡Como no vengas, no tienes que poner los pies en mi casa hasta que me abandone la fortuna!»[408]

LA ABUBILLA.

Vamos, veo que tienes afición a las desgracias. ¿Y tú?

PISTETERO.

Tengo los mismos gustos.

LA ABUBILLA.

¿Cuáles?

PISTETERO.

Quisiera una ciudad en la que al verme el padre de un hermoso muchacho, me dijese como si le hubiera ofendido: «¡Muy bien, muy bien, Estilbónides! Te encontraste ayer con mi hijo que volvía del baño y del gimnasio, y no fuiste para darle un beso, ni hablarle, ni acariciarle.[409]¿Quién dirá que eres amigo mío?»

LA ABUBILLA.

¡Hola, hola! Pues no es nada las desdichas que apeteces, buen hombre. En la costa del Mar Rojo hay una ciudad, afortunada como la que deseáis.

EVÉLPIDES.

¡Ah! No me hables de ciudades marítimas; el mejor día amanecería la galeraSalamina[410]trayendo un alguacil. ¿No puedes decirnos alguna ciudad griega?

LA ABUBILLA.

¿Por qué no emigráis a Lépreo, en Élide?

EVÉLPIDES.

¡Por todos los dioses! Aunque no he visto a Lépreo, lo aborrezco ya a causa de Melantio.[411]

LA ABUBILLA.

Hay también en la Lócride la ciudad de Opunte, donde podréis vivir muy bien.

EVÉLPIDES.

No quisiera ser Opuncio[412]ni por un talento de oro. ¿Pero qué tal pasan la vida los pájaros? Tú debes saberlo bien.

LA ABUBILLA.

La vida no es desagradable; en primer lugar, hay que prescindir de la bolsa.

EVÉLPIDES.

Pues con eso habéis suprimido la ocasión de muchos fraudes.

LA ABUBILLA.

Comemos en los jardines sésamo blanco, mirto, amapolas y menta.

EVÉLPIDES.

¿De modo que vivís como recién casados?[413]

PISTETERO.

¡Oh, oh! ¡Qué magnífica idea se me ha ocurridopara la gente alada! ¡Seréis omnipotentes si me obedecéis!

LA ABUBILLA.

¡Obedecerte! ¿En qué?

PISTETERO.

¿En qué? Primero en no andar revoloteando por todas partes con el pico abierto: eso es indecoroso. Entre nosotros, cuando vemos a uno de esos botarates que no paran un instante, acostumbramos a preguntar: «¿Quién es ese chorlito?» Y Téleas[414]responde: «Es un inconstante; tiene siempre la cabeza a pájaros; no está un momento en un sitio.»

LA ABUBILLA.

Tienes razón, por Baco. ¿Qué hemos de hacer?

PISTETERO.

Fundad una ciudad.

LA ABUBILLA.

¿Qué ciudad hemos de fundar las aves?

PISTETERO.

A la verdad, tu pregunta es necia si las hay. Mira abajo.

LA ABUBILLA.

Ya miro.

PISTETERO.

Ahora arriba.

LA ABUBILLA.

Ya miro.

PISTETERO.

Ahora vuelve la cabeza a todos lados.

LA ABUBILLA.

¿Qué voy a sacar de retorcerme así el pescuezo?[415]

PISTETERO.

¿Ves algo?

LA ABUBILLA.

Sí, las nubes y el cielo.

PISTETERO.

¿No es ese el polo de las aves?

LA ABUBILLA.

¿El polo? ¿Qué es polo?

PISTETERO.

Como si dijéramos el país; se llama polo[416]porque gira y atraviesa todo el mundo. Si fundáis en él una ciudad y la rodeáis de murallas, en vez de polo se llamará población;[417]entonces reinaréis sobre los hombres, como ahora sobre las langostas; y mataréis a los dioses de hambre canina.[418]

LA ABUBILLA.

¿Cómo?

PISTETERO.

El aire está entre el cielo y la tierra, y del mismomodo que cuando nosotros queremos ir a Delfos pedimos permiso a los beocios para pasar, así vosotros, cuando los hombres hagan sacrificios a los dioses, si estos no os pagan tributo, podréis impedir que el humo de las víctimas atraviese vuestra ciudad y vuestro espacio.

LA ABUBILLA.

¡Oh! ¡Oh! ¡Lo juro por la tierra, las nubes, los lazos y las redes, jamás he oído una idea más ingeniosa! Estoy dispuesto a fundar contigo esa ciudad, si las demás aves son de mi opinión.

PISTETERO.

¿Quién les dará a conocer el proyecto?

LA ABUBILLA.

Tú mismo. Antes eran bárbaros, pero en el largo tiempo que he estado en su compañía les he enseñado a hablar.

PISTETERO.

¿Pero cómo las vas a convocar?

LA ABUBILLA.

Muy fácilmente. Voy a entrar en esa espesura; despertaré a mi Procne[419]y las llamaremos; en cuanto oigan nuestra voz acudirán sin detenerse.

PISTETERO.

¡No te detengas, queridísimo pájaro! Por favor, entra pronto en esa espesura y despierta a tu amable compañera.

LA ABUBILLA.

Despierta, dulce compañera de mi vida; entona esos himnos sagrados que, como armoniosos suspiros, brotan de tu garganta divina cuando con melodiosa y pura voz deploras la triste suerte de nuestro llorado Itis. Tu sonoro canto sube, atravesando los copudos tejos, hasta el trono de Júpiter; junto al cual Febo, de áurea cabellera, responde con los acordes de su lira de marfil a tus plañideras endechas, y reúne los coros de los dioses, y de sus bocas inmortales brota un celestial aplauso.[420]

(Se oye una flauta dentro.)

PISTETERO.

¡Júpiter soberano! ¡Qué garganta la de ese pajarillo! Ha llenado de miel toda la espesura.

EVÉLPIDES.

¡Eh! ¡Tú!

PISTETERO.

¿Qué hay?

EVÉLPIDES

¿No callarás?

PISTETERO.

¿Por qué?

EVÉLPIDES.

La Abubilla se prepara a entonar nuevos cantos.

LA ABUBILLA.

Esopo, popo, popo, popo, popoí ¡io! ¡io! venid, venid, venid, venid, alados compañeros. Todos cuantos taláis las fértiles campiñas, tribus innumerables que recogéis y devoráis los granos de cebada, catervas infinitas de rápido vuelo y melodioso canto, acudid, acudid; vosotros, los que posados en un terrón os complacéis en gorjear débilmente entre los surcos: tio, tio, tio, tio, tio, tio, tio tio; los que en los jardines saltáis sobre las yedras, o en las montañas picoteáis el madroño y la silvestre aceituna, acudid a mi voz: trioto, trioto, toto, brix. Vosotros también, los que devoráis punzadores mosquitos en los valles pantanosos; los que pobláis los prados húmedos de rocío y el campo ameno de Maratón; francolines de matizadas alas; aves que revoloteáis con los alciones sobre las alborotadas olas del mar, venid a escuchar la grata nueva: congréguense aquí las aves de largo cuello. Sabed que ha venido un anciano ingenioso, autor de una nueva idea; que pretende realizar nuevos proyectos. Venid todos a deliberar aquí. Torotorotorotorotix. Kiccabau, kiccabau. Torotorotorotorolililix.

PISTETERO.

¿Ves algún pájaro?

EVÉLPIDES.

Ninguno, por Apolo, aunque estoy mirando al cielo con la boca abierta.

PISTETERO.

Me parece que ha sido inútil que la Abubilla, imitando al pardal,[421]se haya metido en el bosque como a empollar huevos.

UN FENICÓPTERO.[422]

Torotix, torotix.

PISTETERO.

Ah, querido, ya viene alguna ave.

EVÉLPIDES.

Sí, una ave, ¿pero cuál? ¿Es el pavo real?[423]

PISTETERO.

Ese nos lo dirá. ¿Qué ave es esa?

LA ABUBILLA.

No es de las que veis todos los días; es una ave acuática.

PISTETERO.

¡Oh qué hermoso color de púrpura fenicia!

LA ABUBILLA.

Es verdad, por eso se llama el Fenicóptero.

EVÉLPIDES.

¡Eh! ¡Eh! ¡Tú!

PISTETERO.

¿Por qué gritas?

EVÉLPIDES.

Otra ave.

PISTETERO.

Cierto; otra ave, y exótica al parecer. ¿Cómo se llama esa ave montañesa[424]de aspecto tan solemne como estúpido?

LA ABUBILLA.

Se llama elMeda.[425]

PISTETERO.

¡El Meda! ¡Hércules poderoso! ¿Cómo siendo el Meda ha venido sin camello?[426]

EVÉLPIDES.

Ahí se presenta otra ave copetuda.

PISTETERO.

¿Qué prodigio es este? No eres tú la única Abubilla, puesto que hay esa otra.

LA ABUBILLA.

Esa Abubilla es hijo de Filocles, que a su vez es hijo de la Abubilla; yo soy su abuelo paterno; es como si dijeras: Hipónico, hijode Calias,[427]y Calias hijo de Hipónico.[428]

PISTETERO.

¿Luego Calias es un pájaro? ¡Oh, y cómo se le caen las plumas![429]

LA ABUBILLA.

Es generoso; por eso los delatores le despluman y las mujeres le arrancan las alas.

PISTETERO.

¡Oh Neptuno! Un nuevo pájaro de diversos colores. ¿Cómo se llama ese?

LA ABUBILLA.

El glotón.[430]

PISTETERO.

¿Hay, pues, otro glotón además de Cleónimo?

EVÉLPIDES.

¿Crees que si fuese Cleónimo hubiera podido conservar el penacho?[431]

PISTETERO.

¿Pero qué significan todas esas crestas? ¿Quizá acuden estas aves a disputar el premio del doble estadio?[432]

LA ABUBILLA.

Son como los carios,[433]que no abandonan las crestas de las montañas para estar más seguros.

PISTETERO.

¡Oh Neptuno! ¡Mira, mira qué terrible multitud de aves se reúne!

EVÉLPIDES.

¡Soberano Apolo! ¡Qué nube! ¡Oh! ¡Oh! Sus alas no dejan ver la entrada de la escena.

PISTETERO.

Esa es la perdiz; aquel el francolín; ese el penélope; el otro el alción.

EVÉLPIDES.

¿Y aquel que viene detrás del alción?

PISTETERO.

¿Ese? El barbero.[434]

EVÉLPIDES.

¿Cómo? ¿El barbero es pájaro?

PISTETERO.

¿Pues no lo es Espórgilo, y de cuenta?[435]Ahí viene la lechuza.

EVÉLPIDES.

¿Qué dices? ¿Quién trae una lechuza a Atenas?[436]

PISTETERO.

Mira, mira, la urraca, la tórtola, la alondra, el eleas, la hipotimis, la paloma, el nerto, el azor, la torcaz, el cuco, el eritropo, la ceblepiris, el porfirión,[437]el cernícalo, el somormujo, la ampelis, el quebrantahuesos, el pico.

EVÉLPIDES.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas aves! ¡Oh, cuántos mirlos! ¡Cómo pían y corren con estrépito! Pero qué, ¿nos amenazan? ¡Ay, cómo abren los picos y nos miran!

PISTETERO.

Me parece lo mismo.

CORO.

¿Po po po po po po por dónde anda el que me llamó? ¿En qué lugar se encuentra?

LA ABUBILLA.

Estoy aquí hace tiempo; yo nunca abandono a los amigos.

CORO.

¿Ti ti ti ti ti ti ti tienes algo bueno que decirme?

LA ABUBILLA.

Un asunto de interés común, seguro, justo, agradable, útil. Dos hombres de sutil ingenio han venido a buscarme.

CORO.

¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué dices?

LA ABUBILLA.

Digo, que dos ancianos han venido del país de los hombres, a proponernos una empresa prodigiosa.

CORO.

¡Oh tú que perpetraste el mayor crimen de que he oído hablar en mi vida! ¿Qué es lo que estás diciendo?

LA ABUBILLA.

No te asustes de mis palabras.

CORO.

¿Qué has hecho?

LA ABUBILLA.

Acoger a dos hombres que desean vivir con nosotros.

CORO.

¿Y te has atrevido?

LA ABUBILLA.

Y cada vez me alegro más.

CORO.

¿Y están ya entre nosotros?

LA ABUBILLA.

Como yo.

CORO.

¡Ay, estamos vendidos; somos víctimas de la traición más negra! Nuestro amigo, el que partía con nosotros el fruto de los campos, ha hollado nuestras antiguas leyes, ha quebrantado los juramentos de las aves; nos ha atraído a un lazo, nos ha puesto en manos de una raza impía con la que estamos en guerra desde que vimos la luz. Tú, traidor, nos darás luego cuenta de tus actos; mas primero castiguemos a esos hombres. ¡Ea! ¡A despedazarlos!

PISTETERO.

¡Somos perdidos!

EVÉLPIDES.

Tú solo tienes la culpa de lo que nos sucede. ¿Para qué me trajiste?

PISTETERO.

Para tenerte a mi lado.

EVÉLPIDES.

Mejor para hacerme llorar a mares.

PISTETERO.

Tú deliras: ¿cómo has de llorar cuando te hayan sacado los ojos?[438]

CORO.

¡Io! ¡Io! ¡Al ataque! Precipítate sobre el enemigo; hiérele mortalmente; despliega tus alas; envuelve con ellas a esos hombres; que paguen su culpa y den alimento a nuestros picos. Nada podrá librarles de mi furor; ni las sombrías montañas, ni las etéreas nubes, ni el piélago espumoso. ¡Ea, caigamos sobre ellos y desgarrémosles sin tardanza! ¿Dónde está el taxiarco? Que haga avanzar el ala derecha.[439]

EVÉLPIDES.

Llegó el momento supremo. ¿A dónde huiré, infeliz?

PISTETERO.

¡Eh! Firme en tu puesto.

EVÉLPIDES.

¿Para qué me hagan trizas?

PISTETERO.

¿Pues cómo piensas escaparte?

EVÉLPIDES.

No lo sé.

PISTETERO.

Pues yo te digo que es preciso combatir a pie firme y coger las ollas.

EVÉLPIDES.

¿De qué nos servirá la olla?

PISTETERO.

La lechuza no nos acometerá.[440]

EVÉLPIDES.

¿Y contra esas de ganchudas uñas?

PISTETERO.

Coge el asador y ponlo en ristre.

EVÉLPIDES.

¿Y los ojos?

PISTETERO.

Defiéndelos con un plato o con la vinagrera.

EVÉLPIDES.

¡Qué ingenio! ¡Qué habilidad digna de un general consumado! Sabes más estrategia que Nicias.[441]

CORO.

Adelante, adelante,[442]con el pico bajo: no retrasarse. Pica, desgarra, hiere, arranca, rompe primero la olla.

LA ABUBILLA.

Deteneos: decidme, animales cruelísimos, ¿por qué queréis matar y despedazar a dos hombres que ningún mal os han hecho y que son además de la misma tribu y familia que mi esposa?[443]

CORO.

Pues qué, ¿se perdona a los lobos? ¿No son nuestros más feroces enemigos? Nunca encontraremos otros más dignos de castigo.

LA ABUBILLA.

Si la naturaleza los hizo enemigos, su intención les hace amigos, y vienen aquí a darnos un consejo útil.

CORO.

¿Qué consejo útil pueden darnos ni decirnos los enemigos de nuestros abuelos?

LA ABUBILLA.

Los sabios aprenden muchas cosas de sus enemigos. La desconfianza es la madre de la seguridad. Con un amigo jamás aprenderíamos a ser cautos, al paso que un enemigo nos obliga a serlo; las ciudades en un principio aprendieron de sus enemigos, y no de sus amigos, a rodearse de altas murallas, y a construir largas naves, y con esta lección a defender hijos, casas y haciendas.

CORO.

Sea: me parece que podrá ser útil el oírles antes; puede recibirse alguna buena lección de un enemigo.

PISTETERO.

Su cólera parece calmarse. Retrocede un paso.

LA ABUBILLA.

Es muy justo; debéis de estarme agradecidos.

CORO.

En ninguna otra cosa te hemos sido contrarios.

PISTETERO.

Cada vez se manifiestan más pacíficos; por consiguiente, deja en el suelo la olla y los platos: ahora con la lanza terciada, digo, con el asador,paseémonos dentro del campamento, junto a la olla, y sin perderla de vista. No debemos huir.

EVÉLPIDES.

Tienes razón. Y si morimos, ¿dónde nos enterrarán?

PISTETERO.

En el Cerámico.[444]Para ser sepultados a cuenta del Estado, diremos que hemos muerto peleando con los enemigos junto a Orneas.[445]

CORO.

Todo el mundo a su puesto: depongamos nuestra cólera como el soldado sus armas; preguntemos quiénes son, de dónde vienen y qué proyectan. ¡Eh, Abubilla! Ven acá.

LA ABUBILLA.

¿Qué deseas saber?

CORO.

¿Quiénes son esos hombres, y de dónde vienen?

LA ABUBILLA.

Son extranjeros, venidos de Grecia, la patria de los sabios.

CORO.

¿Qué les ha inducido venir a buscarnos?

LA ABUBILLA.

La afición a vuestra vida y costumbres, y el deseo de participarla y vivir con nosotros.

CORO.

¡Será verdad! ¿y cuáles son sus proyectos?

LA ABUBILLA.

Increíbles, inauditos.

CORO.

¿Hallan alguna ventaja en habitar aquí, o esperan que viviendo con nosotros podrán vencer a su enemigo y favorecer a sus amigos?

LA ABUBILLA.

Nos anuncian una felicidad inmensa, indecible e increíble, y demuestran con irrefutables argumentos que cuanto hay aquí y allí, y en todas partes, todo nos pertenece.

CORO.

¿Estarán locos?

LA ABUBILLA.

Su discreción no es para dicha.

CORO.

¿Tienen talento?

LA ABUBILLA.

Son dos zorros redomados, la astucia personificada, gente muy corrida e ingeniosa.

CORO.

Diles, diles que vengan a hablarnos. Sin más que oír tus palabras, ya vuelo de gozo.

LA ABUBILLA.[446]

Recoged vosotros esas armas y colgadlas de nuevo en la cocina, junto al hogar,[447]bajo la protección de los dioses domésticos. (A Pistetero.) Expón y demuestra a la asamblea el objeto para el cual ha sido convocada.

PISTETERO.

No, por Apolo; nada diré mientras no prometan, como aquel mono armero a su mujer, no morderme, ni desgarrarme, ni taladrarme...

CORO.

¿El...? Nada temas.

PISTETERO.

No, los ojos.

CORO.

Lo prometo.

PISTETERO.

Júralo.

CORO.

Lo juro, y si cumplo mi promesa, que obtenga el premio por el voto unánime de todos los jueces y espectadores.

PISTETERO.

Convenido.

CORO.

Y si no la cumplo, que la gane por un solo voto.

PISTETERO.

¡Pueblos, escuchad! Recojan los soldados sus armasy vuelvan a sus hogares, e infórmense de las órdenes que se fijen en los tablones.[448]

CORO.

El hombre es un ser siempre y en todo falso; habla tú, sin embargo. Quizá me reveles algún proyecto que te parezca útil, o un medio de aumentar mi poder que a mí se me haya pasado por alto y que tú hayas visto. Habla; en inteligencia de que lo haces para el bien general, porque los bienes que me procures los dividiré contigo. Manifiesta confiadamente los proyectos que te han traído aquí, pues por ningún pretexto romperé la tregua que contigo he pactado.

PISTETERO.

No deseo otra cosa: la masa de mi discurso está ya dispuesta y solo me falta sobarla. Esclavo, tráeme una corona y agua para las manos; pero pronto.

EVÉLPIDES.

¿Vamos a cenar o qué?[449]

PISTETERO.

No, por Júpiter; estoy buscando algunas palabras magníficas y sustanciosas para ablandar sus ánimos. (Dirigiéndose al Coro.) Sufro tanto por vosotros que en otro tiempo fuisteis reyes...

CORO.

¡Nosotros reyes! ¿De quién?

PISTETERO.

Reyes de todo cuanto existe; de mí, en primer lugar; de este; del mismo Júpiter; porque sois anteriores a Saturno, a los Titanes y a la Tierra.

CORO.

¿A la Tierra?

PISTETERO.

Sí, por Apolo.

CORO.

No había oído semejante cosa.

PISTETERO.

Es que sois ignorantes y descuidados y no habéis manoseado a Esopo. Esopo dice que la alondra nació antes que todos los seres y que la misma Tierra: su padre murió de enfermedad, cuando la Tierra aún no existía; permaneció cinco días insepulto, hasta que la alondra, ingeniosa por la fuerza de la necesidad, enterró a su padre en su cabeza.

EVÉLPIDES.

Por eso el padre de la alondra yace ahora en Céfale.[450]

LA ABUBILLA.

¿De modo que si las aves son anteriores a la Tierra y a los dioses, a ellas les pertenecerá el mando por derecho de antigüedad?

EVÉLPIDES.

Esa es la verdad: procura, por tanto, fortificar tu pico, pues Júpiter no devolverá así como quiera su cetro al pito real.

PISTETERO.

Hay infinitas pruebas de que las aves, y no los dioses, reinaron sobre los hombres en la más remota antigüedad. Principiaré por citaros al gallo, que fue rey y mandó a los Persas antes que todos sus monarcas, antes que Darío y Megabises; y en memoria de su reinado se le llama todavía el ave pérsica.

EVÉLPIDES.

Por eso es la única de las aves que anda majestuosamente, como el gran rey, con la tiara recta sobre la cabeza.[451]

PISTETERO.

Fue tan grande su poder y tan respetada su autoridad, que hoy mismo, como un vestigio de su dignidad antigua, en cuanto canta al amanecer, corren al trabajo y se calzan en la oscuridad todos los herreros, alfareros, curtidores, zapateros, bañeros, panaderos, y fabricantes de liras y de escudos.

EVÉLPIDES.

Pregúntamelo a mí; precisamente un gallo ha tenido la culpa de que perdiese un fino manto de lana frigia. Estaba yo en la ciudad convidado a un banquete que se daba para celebrar el acto de poner nombre a un niño; bebí algo y empecé a dormitar; en esto, y antes de que los demás convidados se sentasen a la mesa, se le ocurre cantar a un gallo: creyendo que era de día, marcho en direccióna Alimunte;[452]apenas salgo extramuros, un ladrón me asesta en la espalda un terrible garrotazo; caigo al suelo; voy a pedir socorro; pero era tarde, ya había desaparecido con mi manto.

PISTETERO.

El milano fue antiguamente jefe y rey de los griegos.

LA ABUBILLA.

¿De los griegos?

PISTETERO.

Él fue durante su reinado quien les enseñó a arrodillarse a la vista de los milanos.[453]

EVÉLPIDES.

Sí, por Baco; un día que me prosterné en presencia de uno de ellos, me echó al suelo con la boca abierta y me tragué un óbolo;[454]por lo cual volví a casa con mi saco vacío.[455]

PISTETERO.

El cuco fue rey del Egipto y de toda la Fenicia; así es que cuando cantaba ¡cucú! todos los fenicios iban al campo a segar el trigo y la cebada.

EVÉLPIDES.

De ahí sin duda viene el proverbio: ¡Cucú! los circuncidados al campo.[456]

PISTETERO.

Tan grande fue el poder de la gente alada, que los reyes de las ciudades griegas, Agamenón y Menelao, llevaban en el extremo de su cetro una ave que participaba de sus presentes.

EVÉLPIDES.

No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates[457]y los regalos con que se deja sobornar.

PISTETERO.

Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.

EVÉLPIDES.

¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan esas aves?

PISTETERO.

Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter. Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso.[458]¡En tanta estimay veneración tenían entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos, redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes corrompidas.

CORO.

Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra soberanía.

PISTETERO.

Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.

LA ABUBILLA.

¡Oh Cebrión, oh Porfirión,[459]qué terrible plaza fuerte!

PISTETERO.

Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón, declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no gozarlas más.[460]Enviad en seguida otro alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito macho.

EVÉLPIDES.

Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene ahora el gran Júpiter!

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por grajos, al ver que volamos y tenemos alas?

PISTETERO.

No sabes lo que dices. Mercurio, siendo todo un dios, tiene alas y vuela, y lo mismo otras muchas divinidades: la Victoria vuela con alas de oro, el Amor tiene las suyas, y Homero compara a Iris con una tímida paloma.[461]

LA ABUBILLA.

¿No tronará Júpiter? ¿No lanzará contra nosotros su alígero rayo?

PISTETERO.

Si los hombres en su ceguedad se obstinan en despreciaros, y en tener por dioses solo a los del Olimpo, lanzad sobre la tierra una nube de gorriones que arrebaten de los surcos las semillas: veremos si Ceres baja a distribuir trigo a los hambrientos.

EVÉLPIDES.

No lo hará, de seguro: veréis cómo alega mil pretextos.

PISTETERO.

Además, que los cuervos, para probar que sois dioses, saquen los ojos a los bueyes de labranza ya otros ganados, y que en seguida los cure Apolo, que es médico; para eso le pagan.

EVÉLPIDES.

¡Eh, no! aguarda a que haya vendido mi parejita.

PISTETERO.

Por el contrario, si los hombres os tienen a ti por un dios, a ti por la vida, a ti por Saturno, a ti por Neptuno, lloverán sobre ellos todos los bienes.

LA ABUBILLA.

Dime siquiera uno de ellos.

PISTETERO.

En primer lugar, las langostas no devorarán las flores de sus viñas, porque un solo escuadrón de lechuzas y cernícalos dará buena cuenta de ellas. Después sus higos estarán libres de mosquitos y cínifes, que serán devorados por un escuadrón de tordos.

LA ABUBILLA.

¿Cómo les daremos las riquezas, que es lo que más quieren?

PISTETERO.

Cuando consulten a las aves, indicaréis al adivino las minas más ricas y los tráficos más lucrativos; ni un marino perecerá.

LA ABUBILLA.

¿Por qué no perecerá?

PISTETERO.

Porque cuando consulte los auspicios sobre la navegación no faltará nunca un ave que le diga: «No te embarques; habrá tempestad;» o «embárcate; tendrás ganancias.»

EVÉLPIDES.

Compro un navío, y me lanzo al mar; no quiero ya vivir con vosotros.

PISTETERO.

Revelaréis también a los hombres el lugar donde se ocultan los tesoros enterrados por sus padres; porque todas lo sabéis. De aquí el proverbio: «Nadie sabe dónde está mi tesoro, como no sea algún pájaro.»

EVÉLPIDES.

Vendo mi barco; compro un azadón, y ¡a desenterrar ollas de oro!

LA ABUBILLA.

¿Y cómo darles la salud que vive entre los dioses?

PISTETERO.

¿Qué mejor salud que la felicidad? Créeme, un hombre desgraciado nunca está bueno.

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo llegarán a la vejez? Porque como esta habita en el Olimpo, habrán de morir en la infancia.

PISTETERO.

Todo lo contrario, las aves prolongaréis su vida trescientos años.

LA ABUBILLA.

¿De quién los tomaremos?

PISTETERO.

¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora corneja vive cinco vidas de hombre?

EVÉLPIDES.

¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!

PISTETERO.

¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a Delfos o Amón,[462]sino que parándonos delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.


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