LA PAZ.

LA PAZ.

ESCLAVO PRIMERO.

Vamos, vamos, trae pronto su pastelito al escarabajo.

ESCLAVO SEGUNDO.

Toma, dáselo a ese maldito. ¡Ojalá no coma otro mejor!

ESCLAVO PRIMERO.

Dale otro de excremento de asno.

ESCLAVO SEGUNDO.

Ahí lo tienes también. ¿Pero dónde está el que le trajiste hace un momento? ¿Se lo ha comido ya?

ESCLAVO PRIMERO.

¡Pues ya lo creo! Me lo arrebató de las manos, le dio una vueltecilla entre las patas, y se lo tragó enterito. Hazle, hazle otros más grandes y espesos.

ESCLAVO SEGUNDO.

¡Oh limpia-letrinas, socorredme en nombre de los dioses, si no queréis que me asfixie!

ESCLAVO PRIMERO.

Otro, otro, confeccionado con excrementos de bardaje; ya sabes que le gusta la masa muy molida.

ESCLAVO SEGUNDO.

Toma; lo que me consuela es hallarme al abrigo de una sospecha: nadie dirá que me como la pasta al amasarla.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Puf! Venga otro, otro, y otro; no ceses de amasar.

ESCLAVO SEGUNDO.

¡Imposible! No puedo resistir ya el olor de esta letrina. Voy a llevarlo todo adentro.

ESCLAVO PRIMERO.

Idos al infierno ella y tú.

ESCLAVO SEGUNDO.

¿No me dirá alguno de vosotros que lo sepa, dónde podré comprar una nariz sin agujeros? Porque es el más repugnante de los oficios, esto de ser cocinero de un escarabajo. Al fin un cerdo o un perro se tragan nuestros excrementos tal y como se los encuentran, mas este animal anda siempre en repulgos, y ni aun se digna tocarlos, si no me he estado amasando un día entero la bolita, como si hubiera de ofrecerse a una joven delicada. Pero veamos si ha concluido de comer; voy a entreabrir un poquito la puerta, para que él no me distinga. ¡Traga, traga, atrácate hasta que revientes! ¡Cómo devora el maldito! Mueve las mandíbulas como un atleta sus membrudos brazos: luego agita la cabeza y las patas, como losque enrollan cables en las naves de carga. ¡Qué animal tan voraz, fétido e inmundo! No sé qué dios nos ha enviado semejante regalo, pero seguramente no han sido ni Venus ni las Gracias.

ESCLAVO PRIMERO.

¿Pues cuál?

ESCLAVO SEGUNDO.

Solo ha podido ser Júpiter fulminante.[233]Pero sin duda algún espectador, alguno de esos jóvenes presumidos de sabios, estará diciendo ya: ¿Qué es esto? ¿Qué significa ese escarabajo? Y un jonio[234]sentado a su lado, estoy seguro de que le responde: Todo esto, si no me engaño, se refiere a Cleón, pues es el único que no tiene reparo en alimentarse de basura.[235]Pero voy a dar agua al escarabajo.

ESCLAVO PRIMERO.

Y yo voy a explicar el asunto a los niños, a los mozos, a los hombres, a los viejos, y a los que hantraspasado el término ordinario de la vida. Mi señor tiene una rara locura, no la vuestra,[236]sino otra completamente nueva. Todo el día se lo pasa mirando al cielo, con la boca abierta, e increpando a Júpiter de este modo: ¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas? Depón tu escoba, no barras la Grecia.

TRIGEO[237](Dentro).

¡Ay! ¡Ay!

ESCLAVO PRIMERO.

Callemos. Se me figura haber oído su voz.

TRIGEO.

¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas hacer de nuestra patria? ¿No ves que se despueblan las ciudades?

ESCLAVO PRIMERO.

He ahí la manía de que acabo de hablaros. Esas palabras pueden daros una idea de ella; yo os diré las que pronunciaba cuando principió a revolvérsele la bilis. Hablando aquí mismo a solas, exclamaba: «¿Cómo podría yo ir derecho a Júpiter?» Construyó al efecto escalas muy ligeras, por las cuales, sirviéndose de pies y manos, trataba de subir al cielo, hasta que se cayó, rompiéndose la cabeza. Ayer se fue corriendo a no sé dónde, y volvió a casa con este enorme escarabajo, ligero comoun caballo del Etna,[238]obligándome a ser su palafrenero. Mi amo le acaricia como si fuese un potro, y le dice: «Pegasillo mío, generoso volátil, llévame de un vuelo hasta el trono de Júpiter.»[239]Pero voy a ver por esta rendija lo que hace. ¡Oh desgraciado! ¡Favor, favor, vecinos! ¡Mi dueño sube por el aire montado en el escarabajo!

TRIGEO (En la escena).

Despacio, despacio; poco a poco, escarabajo mío; refrena algo tu fogosidad; no confíes demasiado en tu fuerza; aguarda a que, después de sudar, el rápido movimiento de las alas haya dado agilidad a tus remos. Sobre todo, no despidas ningún mal olor; si estás dispuesto a hacerlo, más vale que te quedes en casa.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Oh dueño mío! ¿Estás loco?

TRIGEO.

¡Silencio! ¡Silencio!

ESCLAVO PRIMERO.

¿Pero a dónde diriges tu vuelo, temerario?

TRIGEO.

Vuelo para hacer la felicidad de todos los griegos;por ellos llevo a cabo esta nueva y atrevida empresa.

ESCLAVO PRIMERO.

Mas ¿qué intentas? ¡Oh, qué inútil locura!

TRIGEO.

Nada de palabras de mal agüero. Al contrario, pronúncialas favorables. Manda callar a todos; haz que cubran con nuevos ladrillos las letrinas y cloacas, y que se pongan un tapón en el trasero.[240]

ESCLAVO PRIMERO.

No, no callaré, si no me dices a dónde enderezas el vuelo.

TRIGEO.

¿A dónde he de ir sino al cielo, a ver a Júpiter?

ESCLAVO PRIMERO.

¿Con qué intención?

TRIGEO.

Con la de preguntarle qué piensa hacer de todos los griegos.

ESCLAVO PRIMERO.

¿Y si no te lo dice?

TRIGEO.

Le citaré a juicio y le acusaré de hacer traición a los griegos en favor de los persas.[241]

ESCLAVO PRIMERO.

Por Baco, no harás eso mientras yo viva.

TRIGEO.

Pues no es posible otra cosa.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Ay, ay, ay! Chiquitas, que vuestro padre os abandona marchándose al cielo de tapadillo. ¡Ah! Suplicadle, suplicadle, pobrecitas huérfanas.

LA MUCHACHA.

¡Padre, padre! ¿Será verdad, como acaban de decirnos, que nos abandonas para ir a perderte con las aves en la región de los cuervos? Di, padre mío, ¿es verdad? Respóndeme, si me amas.

TRIGEO.

Sí, me marcho. Cuando me pedís pan, hijas mías, llamándome papá, se me parte el corazón al no hallar en toda la casa ni la sombra de un óbolo. Si salgo bien de la empresa, tendréis siempre que queráis una gran torta, sazonada con un buen bofetón.[242]

LA MUCHACHA.

Mas ¿cómo vas a hacer ese viaje? No hay navío que pueda conducirte.

TRIGEO.

Iré sobre este corcel alado; no necesito embarcarme.

LA MUCHACHA.

Pero, padre, ¿cómo se te ha ocurrido subir al cielo montado en un escarabajo?

TRIGEO.

Las fábulas de Esopo[243]dicen que es el único volátil que ha llegado hasta los dioses.

LA MUCHACHA.

¡Padre mío, padre mío! Eso es un cuento increíble. ¿Cómo ha podido llegar hasta los dioses un animal tan inmundo?

TRIGEO.

Subió por la enemistad que tuvo con el águila, y se vengó haciendo una tortilla con sus huevos.

LA MUCHACHA.

¿No era mejor que montases el alígero Pegaso y te presentases a los dioses con más trágico continente?[244]

TRIGEO.

Tontuela, ¿no conoces que hubiera necesitado doble provisión? Mientras así este se alimentará con lo que yo haya digerido.

LA MUCHACHA.

Y si cae del piélago en los húmedos abismos,[245]¿cómo podrá salir a flote un animal alado?

TRIGEO.

Llevo un timón[246]que emplearé si hay necesidad; todo quedará reducido a que me sirva de nave un escarabajo de Naxos.[247]

LA MUCHACHA.

Después del naufragio, ¿qué puerto te acogerá?

TRIGEO.

¿Pues no hay en el Pireo el puerto del Escarabajo?[248]

LA MUCHACHA.

Ten mucho cuidado de no tropezar y caer. Si te quedas cojo, darás asunto a Eurípides para una tragedia, de la cual serás protagonista.[249]

TRIGEO.

Eso es cuenta mía. Adiós. (A los espectadores.) Vosotros, en cuyo obsequio sufro estos trabajos, absteneos durante tres días de todo desahogo, sólido ni fluido:[250]pues, si al cernerse en las alturas percibe mi corcel algún olor, se precipitará sobre la tierra y burlará mis esperanzas. Adelante, Pegaso mío; haz resonar tu freno de oro, endereza las orejas. ¡Oh! ¿Qué haces, qué haces? ¿Por qué vuelves la cabeza hacia las letrinas? Levántate atrevidamente de la tierra, y desplegando tus veloces alas, vuela en línea recta al palacio de Júpiter. Aparta por hoy el hocico de la basura, y de todos tus alimentos cotidianos. ¡Eh, buen hombre! ¿Qué haces ahí? A ti te digo, que haces tus necesidades en el Pireo, junto al Lupanar. ¿Quieres que me mate? ¿Quieres que me mate? Ocúltalo pronto, cúbrelo con un gran montón de tierra, planta encimaserpol y riégalo con perfumes, pues si llego a caer ahí y a causarme grave daño, en castigo de mi muerte tendrá que pagar cinco talentos la ciudad de Quíos[251]por tu condenado trasero. ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué miedo! ¡Ya no tengo ganas de bromas! Mucha atención, maquinista. Un viento rebelde gira alderredor de mi ombligo: si no tienes suma precaución, voy a echarle un pienso al escarabajo.[252]Mas no debo estar lejos de los dioses, pues ya distingo la morada de Júpiter. ¿Quién es ese que está en la puerta? Abrid.

(La escena cambia y representa el cielo.)

MERCURIO.

Se me figura que huelo a hombre (viendo a Trigeo). ¡Oh Hércules! ¿Qué monstruo es ese que veo?

TRIGEO.

Un hipocántaro.[253]

MERCURIO.

Infame, atrevido, desvergonzado, bribón, rebribón, bribón más que todos los bribones juntos, ¿cómo has subido hasta aquí? ¿Cómo te llamas? ¡Pronto!

TRIGEO.

Bribón.

MERCURIO.

¿De dónde eres? ¡Contesta!

TRIGEO.

Bribón.

MERCURIO.

¿Quién es tu padre?

TRIGEO.

¿El mío? Bribón.

MERCURIO.

¡Por la Tierra! Vas a morir si no me dices tu nombre.

TRIGEO.

Soy Trigeo el Atmonense,[254]viñador honrado, enemigo de pleitos y delaciones.

MERCURIO.

¿A qué has venido?

TRIGEO.

A traerte estas viandas.

MERCURIO.

¡Oh pobrecillo! ¿Qué tal, qué tal el viaje?[255]

TRIGEO.

Glotonazo, ¿ya no te parezco bribón? Ea, vete a llamar a Júpiter.

MERCURIO.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No creas que estás cerca de los dioses. Ayer mismo emigraron.

TRIGEO.

¿A qué lugar de la Tierra?

MERCURIO.

¡Oh! ¿De la Tierra?

TRIGEO.

En fin, ¿a dónde?

MERCURIO.

Lejos, muy lejos, al sitio más escondido y apartado de los cielos.

TRIGEO.

¿Cómo te has quedado aquí solo?

MERCURIO.

Para guardar la vajilla restante, los pucherillos, las tablillas y las pequeñas ánforas.[256]

TRIGEO.

¿Pero por qué han emigrado los dioses?

MERCURIO.

Por odio a los griegos. En los lugares que les estaban destinados han alojado a la guerra dándole amplios poderes para que os trate a su antojo. Ellos se han retirado muy lejos, por no presenciar vuestros combates ni oír vuestras súplicas.

TRIGEO.

¿Por qué razón nos tratan así? Dime.

MERCURIO.

Porque habéis preferido la guerra a la paz con que os han brindado mil veces. Los lacedemonios, si llegaban a conseguir alguna pequeña ventaja, exclamaban en seguida: «Por los Dióscuros,[257]nosla han de pagar los atenienses.» Por el contrario, si los atenienses salíais algo mejor librados y los lacedemonios venían a tratar de la paz, la contestación ya se sabía que había de ser: «Por Minerva,[258]no nos la pegáis; por Júpiter, no hay que darles crédito; ellos volverán mientras tengamos a Pilos.»[259]

TRIGEO.

Cierto, ese es nuestro lenguaje.

MERCURIO.

Por lo cual no sé si volveréis a ver a la Paz.

TRIGEO.

¿Pues a dónde se ha ido?

MERCURIO.

La Guerra la hundió en una profunda caverna.

TRIGEO.

¿En cuál?

MERCURIO.

Ahí, en ese abismo; ¿no ves cuántos peñascos ha amontonado encima para que nunca podáis recobrarla?

TRIGEO.

Y dime, ¿qué calamidad nos prepara?

MERCURIO.

Lo ignoro; solo sé que ayer a la tarde trajo un mortero de prodigioso tamaño.

TRIGEO.

¿Qué hará con ese mortero?

MERCURIO.

Piensa machacar en él las ciudades. Pero me marcho; si no me engaño, va a salir; ¡cómo alborota ahí dentro!

TRIGEO.

¡Ah, pobre de mí! ¡Huyamos! Yo también oigo el estruendo del mortero bélico.

LA GUERRA (Trayendo un enorme mortero).

¡Guay mortales, mortales, desdichados mortales! ¡Temblad por vuestras mandíbulas!

TRIGEO.

¡Oh poderoso Apolo, qué inmenso mortero! ¡Qué daño hace la sola vista de la Guerra! ¡Ese, ese es el monstruo sanguinario y cruel del cual huimos! ¡Oh, cómo se apoya sobre sus piernas![260]

LA GUERRA.

¡Oh Prasias, Prasias,[261]y una, y cien, y mil veces desgraciada, hoy feneces para siempre!

TRIGEO.

Hasta ahora, ciudadanos, nada va con vosotros; ese golpe cae sobre Lacedemonia.

LA GUERRA.

¡Ah Mégara, Mégara, cómo te voy a majar! Toda vas a ser reducida a menudo picadillo.

TRIGEO.

¡Oh, oh! ¡Cuántas y cuán amargas lágrimas para los Megarenses![262]

LA GUERRA.

¡Ah Sicilia, también tú pereces!

TRIGEO.

¡Míseras ciudades, vais a ser ralladas como queso!

LA GUERRA.

Ea, mezclemos un poco de miel del Ática.[263]

TRIGEO.

¡Eh! no, te aconsejo que emplees otra; esa cuesta a cuatro óbolos; economiza la miel del Ática.

LA GUERRA.

¡Hola! ¡eh, Tumulto!

EL TUMULTO.

¿Qué me quieres?

LA GUERRA.

¡Mucho ojo! ¿Te estás mano sobre mano, eh? Pues toma esta puñada.

TRIGEO.

¡Soberbio golpe!

EL TUMULTO.

¡Ay! señora.

TRIGEO.

¿Qué? ¿Se había untado el puño con ajos?[264]

LA GUERRA.

Tráeme volando una mano de mortero.

EL TUMULTO.

Pero, dueña mía, si no tenemos ninguna: como solo estamos aquí desde ayer...

LA GUERRA.

Vete a buscar una en Atenas; pero ¡vivo, vivo!

EL TUMULTO.

Ya corro. ¡Pobre de mí, si no la traigo!

TRIGEO.

Ea, ¿qué haremos, míseros mortales? Ya veis qué espantoso peligro nos amenaza. Si vuelve con la mano de mortero, esta va a entretenerse en triturar a su gusto las ciudades. ¡Oh Baco, que muera antes de traerla!

LA GUERRA.[265]

¿Qué?

EL TUMULTO.

¿Cómo?

LA GUERRA.

¿No la traes?

EL TUMULTO.

¡Qué he de traer! Los atenienses han perdido lamano de su mortero, aquel curtidor que revolvía toda la Grecia.[266]

TRIGEO.

¡Oh, dicha! ¡Veneranda Minerva! ¡Con qué oportunidad ha muerto para la República! Antes de servirnos su guisado.

LA GUERRA.

Corre, pues, a buscar otra en Lacedemonia, y concluyamos de una vez.

EL TUMULTO.

Allá voy, señora.

LA GUERRA.

¡Te recomiendo la vuelta!

TRIGEO.

¿Qué va a ser de vosotros, ciudadanos? Llegó el momento crítico. Si por casualidad alguno de vosotros está iniciado en los misterios de Samotracia,[267]ahora es ocasión de desear un buen retortijón de pies al portador de la mano.

EL TUMULTO (De vuelta).

¡Ay qué desgraciado soy! ¡Ay, y mil veces ay!

LA GUERRA.

¿Qué es eso? ¿Tampoco traes nada ahora?

EL TUMULTO.

También los lacedemonios han perdido la mano de su mortero.

LA GUERRA.

¿Y cómo, gran canalla?

EL TUMULTO.

Se la habían prestado a otros en Tracia, y la han perdido.[268]

TRIGEO.

¡Bien, muy bien va, oh Dióscuros! Perfectamente bien; cobrad ánimo, mortales.

LA GUERRA.

Coge esos vasos y vuélvelos a llevar; yo entro también para hacer una mano de mortero.

TRIGEO.

Llegó el momento de repetir lo que cantaba Datis,[269]arrascándose sin pudor[270]en medio del día: «¡Qué gusto! ¡Qué placer! ¡Qué delicia!» Ahora, oh griegos, llegó la ocasión oportuna de olvidar querellas y combates, y de libertar a la Paz a quien todos amamos, antes de que nos lo impida alguna nueva mano de mortero.[271]Labradores, mercaderes,fabricantes, obreros, metecos, extranjeros, insulares, hombres de todos los países, acudid pronto, armaos de azadones, palancas y maromas. Por fin podremos beber la copa del Buen Genio.[272]

CORO.

Acudamos todos a trabajar por la común salvación. Pueblos de la Grecia, libres de guerras sangrientas y combates, prestémonos hoy, como nunca, mutuo socorro. Este día amaneció en mal hora para Lámaco.[273](A Trigeo.) Vamos, di lo que hay que hacer; dispon, ordena, manda. Estamos decididos a trabajar sin descanso, con máquinas y palancas, hasta volver a la luz a la más grande de las diosas, a la protectora más solícita de nuestras vidas.

TRIGEO.

¡Silencio! ¡Silencio! No vayan a despertar a la Guerra los gritos que os arranca la alegría.

CORO.

Nos ha regocijado ese edicto mandando libertar a la Paz. ¡Cuán distintos de esos otros que nos han ordenado tantas veces acudir con víveres para tres días!

TRIGEO.

Cuidado con aquel cerbero,[274]que está ahora enlos infiernos; sus ladridos y aúllos podrían, como en vida, impedirnos libertar a la diosa.

CORO.

No hay nadie capaz de arrebatármela, como llegue a estrecharla entre mis brazos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué gozo!

TRIGEO.

Por piedad, silencio, amigos míos, si no deseáis mi perdición. Como la Guerra llegue a observar algo, saldrá y echará por tierra de un golpe todos nuestros planes.

CORO.

Aunque lo revuelva, pisotee y arruine todo, hoy no puedo contener la alegría.

TRIGEO.

¿Pero estáis locos? ¿Qué os sucede, ciudadanos? Por todos los dioses os lo pido, no echéis a perder con vuestros saltos la más hermosa empresa.

CORO.

Si yo no quiero bailar; mi alegría es tanta, que, sin quererlo yo, mis piernas saltan de gozo.

TRIGEO.

No más; terminad, terminad el baile.

CORO.

Ea, ya está terminado.

TRIGEO.

Lo dices, pero no lo haces.

CORO.

Vamos, permíteme hacer esta figura, y nada más.

TRIGEO.

Bueno, esa sola; pero cese en seguida la danza.

CORO.

Si te podemos servir en algo, no danzaremos.

TRIGEO.

¡Pero, malditos, si no acabáis!

CORO.

Déjame lanzar al aire la pierna derecha, y te juro concluir.

TRIGEO.

Os lo permito para que no me importunéis más.

CORO.

Pero justo es que la pierna izquierda haga lo mismo. Hoy no quepo en mí de júbilo; río y alboroto; para mí el dejar el escudo es tan grato como despojarme de la vejez.[275]

TRIGEO.

No os alegréis todavía; aún no es segura vuestra felicidad. Cuando la hayamos libertado, alegraos entonces, reíd y gritad. Porque entonces sí que podréis a vuestro antojo navegar o permanecer en casa, entregaros al sueño o al amor, asistir a las fiestas o a los banquetes, jugar al cótabo,[276]vivir como verdaderos sibaritas y exclamar: ¡Iu! ¡Iu!

CORO.

¡Ojalá llegue a ver ese día! Muchos trabajos he sufrido, y muchas veces, como Formión,[277]he dormido sobre la dura tierra. Ya no seré para ti, como antes, un juez intratable y severo de duro y áspero carácter, sino mucho más afable e indulgente, en cuanto me vea libre de las molestias de la guerra. Sobrado tiempo ha que nos destrozan y matan haciéndonos ir y venir al Liceo[278]con lanza y escudo. Pero di en qué podemos complacerte, pues una suerte feliz ha hecho que seas nuestro jefe.

TRIGEO.

Procuremos separar estas piedras.

MERCURIO

Bribón temerario, ¿qué pretendes hacer?

TRIGEO.

«Nada malo», como Cilicón.[279]

MERCURIO.

¡Te has perdido, desdichado!

TRIGEO.

Si llega a haber sorteo,[280]no lo dudo, pues habiendo de dirigirlo tú, ya sé lo que resultará.

MERCURIO.

¡Te has perdido! ¡Vas a morir!

TRIGEO.

¿En qué día?

MERCURIO.

Ahora mismo.

TRIGEO.

Aún no he comprado nada, ni harina, ni queso, para marchar a morir.[281]

MERCURIO.

Date por molido.

TRIGEO.

¡Imposible! ¿No había de haber advertido tanta felicidad?[282]

MERCURIO.

¿Ignoras que Júpiter ha amenazado con la muerte a todo el que sea sorprendido desenterrando a esa infeliz?

TRIGEO.

¿Es por consiguiente de absoluta necesidad que yo muera?

MERCURIO.

Sí por cierto.

TRIGEO.

Pues préstame tres dracmas para comprar un lechoncillo: debo iniciarme antes de morir.[283]

MERCURIO.

¡Oh Júpiter tonante!...

TRIGEO.

¡Oh Mercurio! Por todos los dioses te lo pido: no nos delates.

MERCURIO.

No puedo callarme.

TRIGEO.

¡Te lo ruego por las viandas que te he traído con tan buena voluntad!

MERCURIO.

Pero, desdichado, Júpiter me aniquilará si no te delato a gritos.[284]

TRIGEO.

¡Oh, por piedad, Mercurio mío! ¿Qué hacéis vosotros? ¿Estáis atónitos? Hablad, desdichados. ¿No veis que va a denunciarme?

CORO.

¡No, poderoso Mercurio, no, no, no lo harás! Si algún recuerdo conservas del placer con que comiste el lechoncillo que te ofrecí, ten en cuenta mi grata oblación.

TRIGEO.

Deidad poderosa, ¿no escuchas sus palabras lisonjeras?

CORO.

¡Oh, no cambies en ira tu bondad, tú el más humano y generoso de los dioses! Si detestas el ceño y los penachos de Pisandro,[285]acoge propicio nuestras súplicas y déjanos libertar a la Paz. Así te inmolaremos sin cesar sagradas víctimas y honraremos tus altares con sacrificios espléndidos.

TRIGEO.

Vamos, cede a sus ruegos, pues ahora observan tu culto más fielmente que nunca.

MERCURIO.

Como que nunca han sido más ladrones.[286]

TRIGEO.

En cambio, te revelaré una vasta y terrible conspiración que se fragua contra todos los dioses.

MERCURIO.

Vamos, habla, quizá me hagas ceder.

TRIGEO.

La Luna y ese canalla de Sol os tienden lazos hace tiempo y entregan la Grecia a los bárbaros.

MERCURIO.

¿Por qué hacen eso?

TRIGEO.

Porque nosotros os ofrecemos sacrificios, y a ellos se los ofrecen los bárbaros.[287]Así es que es muy natural que deseen vuestra desaparición, para recibir ellos solos todas las oblaciones.

MERCURIO.

¡Ah!, ahora comprendo por qué de algún tiempo acá, el uno nos roba parte del día, y la otra nos presenta su disco carcomido.[288]

TRIGEO.

Es la verdad. Por tanto, querido Mercurio, ayúdanoscon todas tus fuerzas a desenterrar la Paz. En adelante las grandes Panateneas, y todas las demás fiestas religiosas, las Diipolias, las Adonias, los Misterios, se celebrarán en tu honor; todas las ciudades, libertadas de sus males, sacrificarán a Mercurio preservador; y otros mil bienes lloverán sobre ti. Como una muestra, principio por regalarte este precioso vaso, para que hagas libaciones.

MERCURIO.

¡Ah!, los vasos de oro me enternecen. Manos a la obra, mortales: entrad y removed las piedras con azadones.

CORO.

Dispuestos estamos. Tú, el más ingenioso de los dioses, dirige nuestros trabajos como hábil arquitecto, y manda cuanto gustes; ya verás que no somos flojos para el trabajo.

TRIGEO.

Venga pronto la copa: inauguremos nuestro trabajo con una invocación a los dioses. La libación principia; guardad, guardad un silencio religioso. Roguemos a los dioses que en este día empiece para todos los griegos una era feliz: pidámosles que jamás tengan que embrazar el escudo cuantos de buen grado secunden nuestra empresa.

CORO.

Sí, por Júpiter; y que pase en paz la vida, en brazos de mi amada, revolviendo los carbones.[289]

TRIGEO.

¡Que todo el que prefiera la guerra, nunca acabe, oh divino Baco, de extraer de sus codos las puntas de las flechas!

CORO.

Si algún aficionado a mandar batallones se niega, oh Paz, a devolverte la luz, ¡sucédale en los combates lo que a Cleónimo![290]

TRIGEO.

Si algún fabricante de lanzas o revendedor de escudos desea la guerra para vender mejor sus mercancías, ¡que le secuestren unos bandidos y no coma más que cebada!

CORO.

Si alguno, ambicionando ser general, se niega a ayudarnos, o algún esclavo se dispone a pasarse al enemigo, sea atado a la rueda y muerto a palos; para nosotros todos los bienes; ¡Io! ¡Peán! ¡Io![291]

TRIGEO.

Suprime el Peán, y di solamente: ¡Io!

CORO.

¡Io! ¡Io!, ya no digo más que ¡Io!

TRIGEO.

A Mercurio, a las Gracias, a las Horas, a Venus, a Cupido.

CORO.

¿Y a Marte?

TRIGEO.

No.

CORO.

¿Y a Belona?[292]

TRIGEO.

No.

CORO.

Tirad todos: arranquemos las piedras con los cables.

MERCURIO.

¡Venga!

CORO.

¡Venga más!

MERCURIO.

¡Venga!

CORO.

¡Venga más, más!

MERCURIO.

¡Venga! ¡Venga!

TRIGEO.

Pero no todos arrastran igualmente. ¡Tirad todos a una! ¡Eh!, vosotros fingís que trabajáis. ¡Ah Beocios, Beocios!, lo habéis de sentir.[293]

MERCURIO.

¡Venga, pues!

TRIGEO.

¡Venga!

CORO.

Ea, tirad también vosotros.

TRIGEO.

Pues qué, ¿no tiro yo? ¿No estoy colgado de la cuerda y haciendo los mayores esfuerzos?

CORO.

¿Entonces por qué no adelanta la obra?

TRIGEO.

¡Ah Lámaco! Nos estorbas estándote ahí sentado. ¿Qué necesidad tenemos de tu Gorgona?[294]

MERCURIO.

Tampoco tiran esos argivos; es verdad que hace mucho tiempo que se ríen de nuestras desgracias; especialmente desde que obtienen subsidios de ambos bandos.[295]

TRIGEO.

Pero los lacedemonios, amigo mío, tiran con todas sus fuerzas.

CORO.

Mirad, los únicos que trabajan son los que manejan el azadón, y los armeros se lo estorban.

MERCURIO.

Tampoco los Megarenses hacen nada de provecho; sin embargo tiran abriendo enormemente la boca, como los perros cuando roen un hueso; pero los pobres están desmayados de hambre.[296]

TRIGEO.

Amigos, nada adelantamos; reunamos nuestros esfuerzos, y tiremos a una.

MERCURIO.

¡Venga!

TRIGEO.

¡Venga más!

MERCURIO.

¡Venga!

TRIGEO.

¡Más, por vida de Júpiter!

MERCURIO.

Poco adelantamos.

TRIGEO.

¿Habrá infamia como esta? Unos tiran a un lado, y los otros al contrario. ¡Argivos, argivos! ¡Que va a haber palos!

MERCURIO.

¡Venga, pues!

TRIGEO.

¡Venga!

CORO.

¡Qué canallas son algunos!

TRIGEO.

Vosotros, que deseáis ardientemente la Paz, tirad con fuerza.

CORO.

Hay algunos que nos lo impiden.

MERCURIO.

¿No os iréis al infierno, megarenses? La diosa os detesta, recordando que fuisteis los primeros enuntarla con ajos.[297]Vosotros, atenienses, no tiréis ya de ese lado; está visto que solo podéis ocuparos de procesos. Pero si queréis libertar a la Paz, retiraos hacia el mar un poco.[298]

CORO.

Ea, amigos labradores, demos fin a este trabajo.

MERCURIO.

La cosa va mucho mejor, ciudadanos.

CORO.

Dice que la cosa marcha; ea, redoblemos todos nuestros esfuerzos.

TRIGEO.

Solo los labradores, y nadie más, hacen adelantar la obra.

CORO.

¡Firme, pues! ¡Firme todo el mundo! ¡Ya nos acercamos! No hay que ceder. ¡Ánimo! ¡Ánimo! Ya está concluido. Ahora, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga, todos a una!

(La Paz sale de la caverna acompañada de Opora y Teoría.)

TRIGEO.

¡Oh Diosa venerable que nos prodigas las uvas!,¿qué oración te dirigiré? ¿Dónde podré hallar para saludarte palabras equivalentes a diez mil ánforas?[299]No tengo ninguna en casa. Salud, Opora, y tú también, Teoría.[300]¡Qué hechicero es tu rostro, Teoría! ¡Qué perfume se exhala de tu seno! Es dulce y delicado como la exención de la milicia, o el más precioso aroma.

MERCURIO.

¿No es un olor semejante al de la mochila militar?

CORO.

¡Oh enemigo detestable, tu morral asqueroso me da náuseas! Apesta a cebollas; mientras que al lado de esta amable Diosa todo se vuelven sazonados frutos; convites, Dionisiacas, flautas, poetas, cómicos, cantos de Sófocles, tordos, versitos de Eurípides...

TRIGEO.

¡Desdichado!, no la calumnies. ¿Cómo ha de amar a ese fabricante de sutilezas y sofismas?

CORO.

...hiedras, coladores de vino, baladoras ovejas, mujeres campesinas de bella garganta, la esclava ebria, el ánfora derribada y otras mil cosas buenas.

MERCURIO.

Mira, mira cómo hablan unas con otras las ciudades y se ríen de todo corazón; sin embargo, todas tienen terribles heridas y enormes ampollas.

TRIGEO.

Mira también a los espectadores; por el semblante de cada cual conocerás su oficio.

MERCURIO.

¡Ah! ¿No ves a ese fabricante de penachos cómo se arranca los cabellos? Aquel que hace azadones se ríe en las barbas de un fabricante de espadas.[301]

TRIGEO.

¿Ves tú cómo se regocija ese otro fabricante de hoces, y señala con el dedo a un fabricante de lanzas?

MERCURIO.

Ea, manda a los labradores que se retiren.

TRIGEO.

Pueblos, escuchad: vuelvan cuanto antes a los campos los labradores con sus aperos, dejándose de lanzas, espadas y flechas: la antigua Paz reina ya en estos lugares. Vuelvan, pues, todos a las rústicas faenas, después de entonar un jubiloso Peán.

CORO.

¡Oh día deseado por los hombres de bien y loscampesinos! ¡Con qué placer tornaré a ver mis viñas y a saludar, después de tantos tiempos, las frondosas higueras plantadas en mi juventud!

TRIGEO.

Principiemos, amigos míos, por adorar a la diosa que nos ha libertado de Gorgonas y penachos, y corramos después a nuestros campos, provistos de sabroso almuerzo.

MERCURIO.

¡Oh Neptuno, cómo alegra la vista ese batallón de labradores, apretados como la masa de una torta, o los convidados en un banquete público!

TRIGEO.

¡Sí; mirad cómo brillan las palazadas! ¡Cómo los zarcillos de tres dientes relucen al sol! ¡Qué derechos surcos va a trazar esa turba feliz! Yo también deseo marchar al campo y remover aquellas pocas tierras, tanto tiempo abandonadas. ¡Acordaos, amigos míos, de nuestra antigua vida, regocijada con los dones que la diosa entonces nos dispensaba! ¡Acordaos de aquellas cestas de higos secos y frescos; acordaos de los mirtos, del dulce mosto, de las violetas ocultas en las orillas de la fuente y de las aceitunas tan deseadas! Por tan inmensos beneficios adoremos a la Diosa.

CORO.

¡Salve, salve, deidad querida, tu vuelta llena de regocijo nuestras almas! Lejos de ti me abrumaba el dolor, me consumía el ardiente afán de volver a mis campos. Tú eres para todos el mayor de los bienes, la más anhelada dicha. Tú el único sosténde los que viven cultivando la tierra. Bajo tu imperio, sin dispendios ni fatigas, disfrutábamos de mil dulces placeres; tú eras nuestro pan cotidiano, nuestra salud, nuestra vida. Por eso las vides y jóvenes higueras y todas nuestras plantas te acogen jubilosas, y sonríen a tu venida. (A Mercurio.) Pero tú, el más benévolo de los dioses, dinos dónde ha estado encerrada tanto tiempo.

MERCURIO.

Sabios labradores, escuchad mis palabras, si queréis saber cómo la habéis perdido. La desgracia de Fidias[302]fue la primera causa; en seguida Pericles, temeroso de la misma suerte, desconfiando de vuestro carácter irritable, creyó que el mejor modo de evitar el peligro personal era poner fuego a la República. Su decreto contra Mégara fue la pequeña chispa que produjo la vasta conflagración de una guerra, cuyo humo ha arrancado tantas lágrimas a todos los griegos, a los de aquí y a los de otras comarcas. Al primer rumor de ese incendio, crujieron a su pesar nuestras cepas; la tinaja, bruscamenteremovida, chocó contra la tinaja; nadie podía ya contener el mal, y la Paz desapareció.

TRIGEO.

He ahí, por Apolo, cosas completamente ignoradas; yo a nadie había oído que Fidias estuviese relacionado con la Diosa.

CORO.

Ni yo tampoco hasta ahora. Sin duda la Paz debe su hermosura a su alianza con él. ¡Cuántas cosas ignoramos!

MERCURIO.

Entonces, conociendo las ciudades sometidas a vuestro mando que, exasperados unos contra otros, estabais próximos a despedazaros, pusieron en práctica todos los medios para eximirse del pago de los tributos y ganaron a fuerza de oro a los lacedemonios principales. Estos, como avaros que son y despreciadores de todo extranjero, muy pronto arrojaron ignominiosamente a la Paz, y se declararon por la Guerra. La fuente de sus ganancias lo fue de ruina pera los pobres labradores; pues bien pronto vuestras trirremes fueron, en represalias, a comerse sus higos.

TRIGEO.

Muy bien hecho. También ellos me cortaron a mí una higuera negra que yo mismo había plantado y dirigido.

CORO.

Sí, muy bien hecho, por Júpiter; a mí también me rompieron de una pedrada una medida con seis medimnas de trigo.

MERCURIO.

Los trabajadores del campo, reunidos después en la ciudad,[303]se dejaron comprar como los otros; echaban de menos, es cierto, sus uvas y sus higos, pero en cambio oían a los oradores. Estos, conociendo la debilidad de los pobres, y la extremada miseria a que estaban reducidos, ahuyentaron a la Paz a fuerza de clamores, como si fueran horquillas, siempre que, arrastrada por su amor a este país, apareció entre nosotros: vejaban a los más poderosos y opulentos de nuestros aliados, acusándolos de ser partidarios de Brásidas. Y vosotros os arrojabais como perros sobre el infeliz calumniado y lo despedazabais rabiosamente; pues la república, pálida de hambre y temerosa, devoraba con feroz placer cuantas víctimas le presentaba la calumnia. Los extranjeros, viendo los terribles golpes que asestaban estos oradores, les tapaban la boca con oro, de suerte que los enriquecieron, mientras la Grecia se arruinaba sin que lo advirtieseis. El autor de tantos males era un curtidor.[304]

TRIGEO.

Cesa, cesa, Mercurio, de recordarme a ese hombre; déjale en paz en los infiernos, donde sin duda está: ya no es nuestro, sino tuyo;[305]por consiguiente,cuanto digas de él, aunque en vida haya sido canalla, charlatán, delator, revoltoso y trastornador, recaerá sobre uno de tus súbditos. (A la Paz.) Pero ¿por qué callas, oh Diosa?

MERCURIO.

No conseguirás que revele a los espectadores la causa de su silencio; está muy irritada por lo que le han hecho sufrir.

TRIGEO.

Pues que te diga a ti siquiera algunas palabras.

MERCURIO.

Amiga querida, dime cuál es tu ánimo respecto a estos. Habla, mujer la más enemiga de los escudos. Bien, ya escucho. (Supone que le habla al oído.) Esas son tus quejas; comprendo. (A los espectadores.) Oíd vosotros sus acusaciones. Dice que cuando después de los sucesos de Pilos[306]se presentó ella voluntariamente con una cesta llena de tratados, la rechazasteis tres veces en la asamblea popular.

TRIGEO.

Es verdad, faltamos en eso; pero perdónanos: nuestra inteligencia estaba entonces rodeada de cueros.[307]

MERCURIO.

Escucha ahora la pregunta que acaba de hacerme. «¿Quién de vosotros era su mayor enemigo?¿Quién trabajó más por la terminación de la guerra?»

TRIGEO.

Su más fiel amigo era sin duda alguna Cleónimo.

MERCURIO.

¿Y qué tal era ese Cleónimo en punto a guerra?

TRIGEO.

Lo más intrépido, solo que no es hijo de quien se decía, pues en cuanto va al ejército, prueba suficientemente, arrojando las armas, que es un hijo supuesto.[308]

MERCURIO.

Escucha lo que acaba de preguntarme. ¿Quién manda ahora en la tribuna del Pnix?

TRIGEO.

Hipérbolo[309]es el dueño absoluto. (A la Paz.) ¡Ah! ¿Qué haces? ¿Por qué vuelves la cabeza?

MERCURIO.

Aparta el rostro indignada de que el pueblo haya aceptado tan perverso jefe.

TRIGEO.

¡Bueno! ya no lo emplearemos más; el pueblo, viéndose sin guía y en completa desnudez, se ha servido de ese hombre como de una copa encontrada por casualidad.

MERCURIO.

La Paz quiere saber las ventajas que eso traerá a la república.

TRIGEO.

Lo veremos todo más claro.

MERCURIO.

¿Por qué?

TRIGEO.

Porque es comerciante de lámparas.[310]Antes dirigíamos todos los negocios a tientas en la oscuridad; ahora los resolveremos a la luz de una lámpara.

MERCURIO.

¡Oh! ¡Oh! ¡Lo que me manda preguntarte!

TRIGEO.

¿Sobre qué?

MERCURIO.

Sobre mil antiguallas, que dejó al partir. Lo primero que desea saber es qué hace Sófocles.

TRIGEO.

Lo pasa muy bien; pero le ha sucedido una cosa extraordinaria.

MERCURIO.

¿Cuál?

TRIGEO.

De Sófocles se ha convertido en Simónides.[311]

MERCURIO.

¡En Simónides! ¿Cómo?

TRIGEO.

Achacoso y viejo, es capaz por ganarse un óbolo de navegar sobre un zarzo.

MERCURIO.

¿Y el sabio Cratino[312]vive todavía?

TRIGEO.

Murió cuando la invasión de los lacedemonios.[313]

MERCURIO.

¿Qué le sucedió?

TRIGEO.

¿Qué? Se desfalleció, no pudiendo resistir a la pena que le produjo el ver romperse una tinaja llena de vino. ¿Cuántas desgracias como esta crees que han afligido a esta ciudad? Así es que en adelante, señora, nada podrá apartarnos de ti.

MERCURIO.

En ese supuesto, te entrego a Opora por mujer; vete a vivir con ella en el campo, y producid ricas uvas.[314]

TRIGEO.

Acércate, amada mía, y dame un dulce beso. Dime, poderoso Mercurio: ¿me vendrá algún dañode holgarme con Opora después de tan larga abstinencia?

MERCURIO.

No, como en seguida tomes una infusión de poleo.[315]Pero ante todo acompaña a Teoría al Senado, su antigua morada.

TRIGEO.

¡Oh Senado, qué dichoso vas a ser albergando bajo tu techo a tan amable huésped! ¡Cuánta salsa sorberás en estos tres días![316]¡Qué de carnes y entrañas cocidas no comerás! Adiós, pues, mi querido Mercurio.

MERCURIO.

¡Adiós, honrado Trigeo; que lo pases bien y que te acuerdes de mí!

TRIGEO.

¡Escarabajo mío, volemos, volemos a casa!

MERCURIO.

Si no está aquí, amigo mío.

TRIGEO.

¿Pues adónde se fue?

MERCURIO.

Está uncido al carro de Júpiter y es portador del rayo.[317]

TRIGEO.

Pero ¿dónde hallará el infeliz sus alimentos?

MERCURIO.

Comerá la ambrosía de Ganimedes.[318]


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