Chapter 13

CORO.[231]

CORO.[231]

¡Yaco, oh Yaco! ¡Yaco, oh Yaco![232]

JANTIAS.

Eso mismo es, dueño mío; son los juegos de los iniciados de que nos hablaba; pues cantan a Yaco, como Diágoras.[233]

BACO.

También a mí me lo parece. Por lo cual, lo mejor es guardar silencio, hasta enterarnos bien de lo que sea.

CORO.

Yaco, veneradísimo Yaco, oye la voz de los que adoran tus misterios, y acude a este prado, tu mansiónfavorita, para dirigir sus coros; ven, y haciendo retemblar sobre tu cabeza la corona de mirto cuajado de bayas, ejecuta con atrevido pie aquella suelta y regocijada danza llena de gracias, solemne y mística, puro encanto de los iniciados.

JANTIAS.

Augusta y veneranda Ceres, ¡qué delicioso olor a carne de cerdo ha acariciado mis narices![234]

BACO.

Vamos, ¿será necesario darte un pedazo para que calles?

CORO.

Reanima la luz de las flameantes antorchas, blandiéndolas en tus manos. ¡Yaco, oh Yaco, fúlgida estrella de la iniciación nocturna! El prado deslumbra lleno de luces: vigorízanse las rodillas del anciano; disípanse sus penas, y aligérasele la carga de los años para poder formar parte de los sagrados coros. Guía tú, deidad resplandeciente, sobre esta fresca y florida alfombra las danzas de la garrida juventud. ¡Silencio! Lejos de aquí, profanos, almas impuras, nunca admitidos a las fiestas y danzas de las nobles Piérides, ni iniciados en el misterioso lenguaje ditirámbico del taurófago Cratino,[235]apasionados de los versos chocarreros o inoportunos chistes. Lejos de aquí todo el que, envez de reprimir una sedición funesta y mirar por el bien de sus conciudadanos, atiza y exacerba las discordias, atento solo a saciar la propia avaricia. Lejos de aquí el que, estando al frente de una ciudad agobiada por la desgracia, se deja sobornar y entrega una fortaleza o las naves; o el que, como ese infame Torición,[236]cobrador de vigésimas, exporta de Egina[237]a Epidauro[238]cueros, lino, pez y demás mercancías prohibidas. Lejos de aquí todo el que aconseja a cualquiera que preste a nuestros enemigos dinero para la construcción de naves,[239]o mancha de inmundicia las imágenes de Hécate, mientras entona ditirambos.[240]Lejos de aquí todo orador que cercena el salario a los poetas[241]porque le pusieron en escena en las fiestas nacionales de Baco. A todos esos les digo, una y cien veces, que dejen libre el campo a los rústicoscoros. Vosotros, elevad vuestros cantos y los himnos nocturnos propios de estas fiestas.

Adelántese cada cual osadamente por los prados floridos de esta profunda mansión, dando rienda suelta a los chistes, burlas y dicterios. ¡Basta de festines! ¡Adelante! Celebrad a nuestra divina protectora,[242]que ha prometido defender siempre este país, a pesar de Torición.

Ea, principiad ahora otros himnos en honor de la frugífera Ceres; celebradla en religiosos cantos.

Oh Ceres, reina de los puros misterios, senos propicia y protege a tu coro; permíteme entregarme en todo tiempo a los juegos y a las danzas, y que mezclando mil donaires y discretas razones, llegue a merecer con obra digna de tus fiestas ser ceñido por las bandas triunfales.

Ea, invoca ahora en tus cantos al numen jovial, eterno compañero de estas danzas.

Veneradísimo Yaco, inventor de las suavísimas melodías que en estas fiestas se cantan, ven a acompañarnos al templo de la diosa, y prueba que puedes recorrer sin fatigarte un largo camino.[243]Yaco, amigo del baile, guía mis pasos; tú has desgarrado mis sandalias y pobres vestidos, para que causen risa y me permitan danzar con más desenfado.

Yaco, amigo del baile, guía mis pasos. Mirandode reojo, acabo de ver una hermosísima doncella, por cuya túnica desgarrada asomaba indiscretamente parte de su seno;[244]Yaco, amigo del baile, guía mis pasos.

BACO.

Sí, a mí me gusta unirme a esos coros, y deseo bailar con ella.

JANTIAS.

Yo también.

CORO.

¿Queréis que nos burlemos juntos de Arquedemo?[245]A los siete años no era todavía ciudadano, y ahora es jefe de los muertos de la tierra,[246]y ejerce allí el principado de la bribonería. He oído que Clístenes se arranca sobre los sepulcros los pelos de las nalgas y se araña las mejillas:[247]tendido sobre las tumbas gime, llora y llama desolado a Sebine de Anaflisto.[248]También cuentan queCalias, el hijo de Hipobino,[249]cubierto de una piel de león,[250]se entrega sobre sus naves a un combate amoroso.

BACO.

¿Podrías decirnos dónde está la morada de Plutón? Somos unos extranjeros recién llegados.

CORO.

No vayas más lejos, ni repitas la pregunta: sabed que estáis en su misma puerta.

BACO.

Muchacho, coge de nuevo el hato.

JANTIAS.

La eterna muletilla de «la Corinto de Júpiter»[251]se repite con el hato.

CORO.

Sobre el césped de este florido bosque bailad en rueda en honor de la diosa[252]los admitidos a esta piadosa fiesta.

BACO.

Yo voy a ir con las doncellas y matronas alsitio donde se celebra la velada de las diosas, llevando la sagrada antorcha.[253]

CORO.

Vamos a los prados floridos, esmaltados de rosas, a recrearnos, según costumbre, en esas brillantes danzas presididas por las bienaventuradas Parcas. El sol y la luna solo lucen para nosotros los iniciados, que durante la vida fuimos benéficos con propios y extraños.[254]

BACO.

¿Cómo llamaré a esta puerta? ¿Cómo? ¿De qué manera acostumbran a llamar las gentes de este país?

JANTIAS.

No pierdas el tiempo; llama con la fuerza de Hércules, para no estar en contradicción con tu disfraz.

BACO.

¡Esclavo! ¡Esclavo!

ÉACO.

¿Quién va?

BACO.

Hércules el valeroso.

ÉACO.

¡Ah infame, atrevido, sin vergüenza, canalla,más canalla que todos los canallas juntos, tú nos llevaste nuestro perro Cerbero retorciéndole el pescuezo, y escapaste con él estando yo encargado de su guarda! Pero ya has caído en mi poder: las negras rocas de la Estigia, y el peñasco ensangrentado del Aquerón te cierran el paso; los perros vagabundos del Cocito, y la Hidra de cien cabezas te desgarrarán las entrañas; la murena Tartesia[255]devorará tus pulmones; y las Gorgonas Titrasias[256]se llevarán entre las uñas, revueltos con los intestinos, tus sanguinolentos riñones.[257]¡Ah, corro a llamarlas!

JANTIAS.

¡Puf! ¿Qué has hecho?

BACO.

Una libación;[258]invoca al dios.[259]

JANTIAS.

¡Qué ridiculez! Levántate pronto, antes de que algún extraño te vea.

BACO.

Me siento desfallecer; ponme una esponja sobre el corazón.[260]

JANTIAS.

Toma.

BACO.

Acércate.

JANTIAS.

¿Dónde está? ¡Santos dioses! ¿Aquí tienes el corazón?

BACO.

De miedo se me ha caído al bajo vientre.[261]

JANTIAS.

Eres el más cobarde de los dioses y los hombres.

BACO.

¡Yo cobarde! ¡Y te he pedido una esponja! Nadie en mi lugar hubiera hecho otro tanto.

JANTIAS.

¿Pues qué?

BACO.

Un cobarde hubiera quedado tendido sobre su propia inmundicia, y yo me he levantado y me he limpiado.

JANTIAS.

¡Gran hazaña, por Neptuno!

BACO.

Ya lo creo, por Júpiter. ¿No has temblado tú al oír sus gritos y formidables amenazas?

JANTIAS.

No se me importó de ellas ni un comino.

BACO.

Ea, si eres tan valiente y animoso, haz mi papel, y puesto que nada te hace temblar, toma la clava y la piel de león; yo a mi vez llevaré el hato.

JANTIAS.

Venga al momento; es necesario obedecer. Contempla a Hércules-Jantias, y mira si soy un cobarde y si me parezco a ti.

BACO.

A mí en nada; eres el vivo retrato del bribón melitense.[262]Ea, voy a cargarme el equipaje.

UNA CRIADA.

¿Eres tú, querido Hércules? Entra, entra. En cuanto la diosa[263]ha sabido tu venida ha mandado amasar pan, cocer dos o tres ollas de legumbres y puches, asar un buey entero, y preparar tortas y pasteles;[264]vamos, entra.

JANTIAS.

Gracias. Es mucho honor.

LA CRIADA.

¡Ah, por Apolo! No te dejaré marchar. Ha cocido aves; ha frito deliciosas confituras y preparado un vino exquisito. Vamos, entra conmigo.

JANTIAS.

Mil gracias.

LA CRIADA.

¿Estás loco? No te he de soltar. Tiene también a tu disposición una bellísima tañedora de flauta y dos o tres bailarinas.

JANTIAS.

¿Qué dices? ¿Bailarinas?

LA CRIADA.

En la flor de la juventud, y recién salidas del tocador. Pero entra; el cocinero iba ya a sacar del fuego los peces, y a llevarlos a la mesa.

JANTIAS.

Sea; vete a decir a esas bailarinas que entro al instante. Tú, muchacho, sígueme con el hato al hombro.

BACO.

¡Eh, tú, alto! Sin duda has tomado en serio el papel de Hércules que yo te he dado en broma. Basta de sandeces, Jantias; vuelve a cargarte el hato.

JANTIAS.

¿Qué es esto? Creo que no pensarás quitarme lo que me has dado.

BACO.

Es más, lo hago, y al momento. ¡Pronto! Venga esa piel.

JANTIAS.

Pongo a los dioses por testigos y les encomiendo mi venganza.

BACO.

¿A qué dioses? ¿Habrá necedad e insensatez como la tuya? ¡Un esclavo, un mortal, querer pasar por hijo de Alcmena!

JANTIAS.

¡Bien! ¡Bien! Toma tu traje. Quizá me necesites algún día, si Dios quiere.

CORO.

Todo hombre cuerdo, sensato y experimentado sabe buscar el costado de la nave que se sumerge menos, en vez de estarse como una figura pintada, siempre en la misma actitud; pero solo un hombre hábil, como Terámenes,[265]sabe cambiar a medida de su conveniencia.

BACO.

¿No sería ridículo ver a Jantias, a un esclavo, tendido sobre tapices de Mileto, acariciar a una bailarina y pedirme el orinal, mientras yo le mirabaarrascándome,[266]expuesto a que ese bribón me saltase de un puñetazo los dientes de delante?

TABERNERA PRIMERA.

¡Platana! ¡Platana![267]Ven acá. Ese es aquel canalla que entró un día en nuestra taberna y se nos comió dieciséis panes.

TABERNERA SEGUNDA.

Justamente. El mismo.

JANTIAS.

Esto va mal para alguno.

TABERNERA PRIMERA.

Y además veinte tajadas de carne cocida, de a medio óbolo cada una.

JANTIAS.

Alguno lo va a pagar.

TABERNERA PRIMERA.

Y ajos sin cuento.

BACO.

Tú deliras, mujer; no sabes lo que te dices.

TABERNERA PRIMERA.

¿Creías que no te iba a conocer porque te has puesto coturnos?[268]Pues aún no he dicho nada de aquella enormidad de pescados.

TABERNERA SEGUNDA.

Ni de aquel queso fresco que se me tragó, ¡pobrede mí!, con cesto y todo; y cuando le exigí el pago me lanzó una mirada feroz y empezó a mugir.

JANTIAS.

Esas son cosas suyas; en todas partes hace lo mismo.

TABERNERA SEGUNDA.

Y desenvainó su espada como un energúmeno.

TABERNERA PRIMERA.

¡Ay! Sí.

TABERNERA SEGUNDA.

Nosotras espantadas nos subimos de un salto al sobradillo, y él se escapó llevándosenos las cestas.

JANTIAS.

Eso es muy propio de él. Pero no debíais de haberlo dejado así.

TABERNERA PPIMERA.

Anda, llama a Cleón, nuestro protector.

TABERNERA SEGUNDA.

Y tú trata de hallar a Hipérbolo,[269]para que nos las pague todas juntas ese bribón.

TABERNERA PRIMERA.

¡Maldito gaznate! ¡Mi mayor placer sería majarte con un canto esas muelas con que devoraste mis provisiones!

TABERNERA SEGUNDA.

Yo quisiera arrojarte al Báratro.[270]

TABERNERA PRIMERA.

Y yo segarte con una hoz esa condenada garganta,por donde pasaron mis ricos tripacallos. Voy en busca de Cleón para que te cite hoy mismo a juicio y desenrede este embrollo.

(Vanse.)

BACO.

Que me muera si no es verdad que quiero a Jantias como a las niñas de mis ojos.

JANTIAS.

Te veo, te veo. Excusas de hablar más. No quiero hacer de Hércules.

BACO.

¡Oh, no digas eso, Jantias mío!

JANTIAS.

¿Pero cómo he de poder pasar por el hijo de Alcmena, yo, un esclavo, un mortal?

BACO.

Vamos, ya sé que estás enfadado y no te falta razón: aunque me pegases no te replicaría. Mira, si en adelante vuelvo a quitarte estos atavíos, haga el cielo que seamos exterminados yo, mi mujer, mis hijos, toda mi casta, y el legañoso Arquedemo.[271]

JANTIAS.

Recibo tu juramento, y acepto el papel de Hércules con esa condición.

CORO.

Ahora, después de haber vestido de nuevo tu traje de Hércules, tienes que aparentar juvenilesbríos y lanzar torvas miradas a ejemplo del dios que representas; pues si representas mal tu papel y te muestras flojo o cobarde, volverás a cargar con el hato.

JANTIAS.

Os agradezco el consejo, amigos míos; pero eso ya lo tenía yo pensado. Si la cosa va bien, ya veréis cómo quiere volver a desnudarme; lo tengo previsto; sin embargo, no por eso dejaré de manifestarme fuerte y arrogante, y de mirar con el gesto avinagrado del que mastica orégano. Llegó a lo que parece el momento de obrar, pues oigo rechinar la puerta.

ÉACO. (A sus esclavos.)

Atadme pronto a ese ladrón de perros,[272]para castigarle; despachad.

BACO.

Esto va mal para alguno.

JANTIAS.

¡Ay del que se acerque!

ÉACO.

¡Cómo! ¿Te resistes? ¡Eh, Ditilas, Esceblias, Párdocas,[273]avanzad y combatid con él!

BACO.

¿No es insufrible que después de robar a otros trate todavía de maltratarles?

JANTIAS.

Eso pasa ya de la raya.

ÉACO.

Sí, es insufrible e intolerable.

JANTIAS.

Aniquíleme Júpiter si jamás he venido aquí o te he robado el valor de un cabello. Quiero darte una prueba de generosidad; apodérate de ese esclavo; somételo al tormento,[274]y si llegas a averiguar algo contra mí, dame la muerte.

ÉACO.

¿A qué tormento le someteré?

JANTIAS.

A todos; átalo a una escalera, dale de palos, desuéllalo, tortúralo, échale vinagre en las narices, cárgale de ladrillos; en fin, emplea todos los medios, menos el de azotarle con ajos o puerros verdes.[275]

ÉACO.

Muy bien dicho; mas si estropeo a tu esclavo, ¿me exigirás los daños y perjuicios?

JANTIAS.

No lo temas; puedes llevártelo y someterlo a la tortura.

ÉACO.

Lo haré aquí mismo, para que hable delante de ti. — Tú, deja la carga, y cuidado con mentir.

BACO.

Prohíbo que nadie me atormente; yo soy inmortal; si lo haces, todo el mal caerá sobre ti.

ÉACO.

¿Qué dices?

BACO.

Digo que yo soy un inmortal, Baco, hijo de Júpiter, y que ese es un esclavo.

ÉACO. (A Jantias.)

¿Has oído?

JANTIAS.

Perfectamente; por lo mismo hay que azotarle más fuerte; si es un dios, no sentirá los golpes.

BACO.

¿Por qué, pues, ya que pretendes pasar por un inmortal, no has de someterte también a la fustigación?

JANTIAS.

Tienes razón. Aquel que llore antes, o se muestre sensible a los palos, es señal de que no es dios.

ÉACO.

Eres indudablemente un hombre generoso: no rehuyes nada de lo que es justo. Ea, desnudaos.

JANTIAS.

¿Cómo nos darás tormento conforme a justicia?

ÉACO.

Nada más fácil; se os distribuirán los golpes alternativamente.

JANTIAS.

¡Feliz idea!

ÉACO.

¡Toma! (Pega a Jantias.)

JANTIAS.

Observa si me muevo.

ÉACO.

Pues ya te he pegado.

JANTIAS.

No, por cierto.

ÉACO.

Parece que no los has sentido. Ahora voy a sacudirle a este otro.

BACO.

¿Cuándo?

ÉACO.

Sí, ya te he pegado.

BACO.

¿Cómo? ¿Si ni siquiera me has hecho estornudar?[276]

ÉACO.

Lo ignoro; repetiré con el otro.

JANTIAS.

Anda listo. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!

ÉACO.

¡Hola! ¿Qué significa ese ay, ay, ay? Duele, ¿eh?

JANTIAS.

¡Ca! estaba pensando en la fiesta de Hércules, que se celebra en Diomea.[277]

ÉACO.

¡Qué hombre tan piadoso! Volvamos al otro.

BACO.

¡Oh, oh!

ÉACO.

¿Qué te pasa?

BACO.

Veo caballeros.[278]

ÉACO.

¿Y eso te hace llorar?

BACO.

No, es que he olido cebollas.

ÉACO.

¿No se te importan nada los palos?

BACO.

Nada absolutamente.

ÉACO.

Volvamos a este.

JANTIAS.

¡Ay de mí!

ÉACO.

¿Qué te pasa?

JANTIAS:

Sácame esta espina.

ÉACO.

¿Qué significa eso? Ahora al otro.

BACO.

«¡Apolo adorado en Delos y Delfos!»[279]

JANTIAS.

Ya le duele. ¿No has oído?

BACO.

No, es que me he acordado de un verso de Hiponacte.

JANTIAS.

No adelantas nada; pega en los costados.

ÉACO.

Es verdad; vamos, presenta el vientre.

BACO.

¡Oh Neptuno!...

JANTIAS.

Alguien se lamenta.

BACO.

«... Que reina sobre los promontorios del Egeo, o sobre el salado abismo del cerúleo mar.»[280]

ÉACO.

Por Ceres, no puedo conocer cuál de vosotros es dios. Entrad; mi amo y Proserpina, que son también dioses, os podrán reconocer.

BACO.

Tienes razón. Pero eso debía de habérsete ocurrido antes de azotarme.


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