Chapter 14

CORO.[281]

CORO.[281]

Musa, asiste a nuestros sagrados coros; ven a deleitarte con mis versos y a contemplar esa infinita muchedumbre, entre la cual hallarás muchos hábiles ciudadanos más noblemente ambiciosos que ese Cleofón,[282]de cuyos gárrulos labios se escapa incesantemente un sonido ingrato, como el de la golondrina de Tracia, posada sobre un ramo en aquella bárbara región: ahora grazna ya los lamentables cantos del ruiseñor, porque va a morir, aun cuando en la votación resulte empate.[283]

Justo es que el sagrado coro dé a la república consejos y enseñanzas. Nuestra primera atención debe ser establecer la igualdad entre los ciudadanos y librarlos de temores; después, si alguno faltó, engañado por los artificios de Frínico,[284]creo que debe permitírsele defenderse y justificarse, pueses vergonzoso que a los que tomaron parte una vez en una batalla naval[285]los equiparéis a los Plateenses, convirtiéndolos de esclavos en señores. No es que yo halle esto censurable; al contrario, lo aplaudo y pienso que es lo único en que estuvisteis acertados; pero entiendo que sería igualmente justo que los que tantas veces, lo mismo ellos que sus padres, pelearon en el mar con nosotros y nos están unidos por su nacimiento, obtuvieran el perdón de su única falta.[286]Aplacad, pues, un poco vuestra indignación, discretísimos atenienses, y procuremos que cuantos combatieron en nuestras galeras formen una sola familia, y alcancen con su rehabilitación el pleno goce de los derechos de ciudadanos: el mostrarnos tan altivos y soberbios en la concesión de la ciudadanía, sobre todo ahora que fluctuamos a merced de las olas,[287]es una imprudencia de que en el porvenir nos arrepentiremos. Si soy hábil en conocer la vida y costumbres de los que habrán de arrepentirse de su conducta, me parece que no está lejos la hora del castigo del pequeño Clígenes,[288]ese mico revoltoso que es elpeor de cuantos bañeros mezclan a la ceniza falso nitro y tierra de Cimolia.[289]Él ya lo conoce; y por eso va armado siempre de un grueso garrote, receloso de que, al encontrarle ebrio, le despojen de sus vestidos.

Muchas veces he notado que en nuestra ciudad sucede con los buenos y malos ciudadanos lo mismo que con las piezas de oro antiguas y modernas. Las primeras no falsificadas, y las mejores sin disputa, por su buen cuño y excelente sonido, son corrientes en todas partes entre griegos y bárbaros, y sin embargo no las usamos para nada, prefiriendo esas detestables piezas de cobre, recientemente acuñadas, cuya mala ley es notoria.[290]Del mismo modo despreciamos y ultrajamos a cuantos ciudadanos sabemos que son nobles, modestos, justos, buenos, honrados, hábiles en la palestra, en las danzas y en la música, y preferimos para todos los cargos a hombres sin vergüenza, extranjeros, esclavos, bribones de mala ralea, advenedizos que antes la república no hubiera admitido ni para víctimas expiatorias. Ahora, pues, insensatos, mudad de costumbres y utilizad de nuevo a las gentes honradas, pues de esta suerte, si os va bien, seréis elogiados, y si algún mal os resulta, al menos dirán los sabios que habéis caído con honra.

ÉACO.

¡Por Júpiter salvador, tu amo es todo un excelente sujeto!

JANTIAS.

¿Un excelente sujeto? Ya lo creo, no sabe más que beber y amar.

ÉACO.

Lo que me asombra es que no te haya castigado por haberte fingido el amo siendo el siervo.

JANTIAS.

Es que se hubiera arrepentido.

ÉACO.

En eso obraste como buen esclavo; a mí me gusta hacer lo mismo.

JANTIAS.

Te gusta hacer eso, ¿eh?

ÉACO.

Yo soy feliz cuando digo pestes de mi dueño sin que él me oiga.

JANTIAS.

¿Y cuando te marchas gruñendo después de haber recibido una paliza?

ÉACO.

También estoy satisfecho.

JANTIAS.

¿Y si te metes en lo que no te importa?

ÉACO.

No conozco nada más grato.

JANTIAS.

¡Oh Júpiter! ¿Y si escuchas la conversación de los amos?

ÉACO.

Me vuelvo loco de júbilo.

JANTIAS.

¿Y cuando se la cuentas a los vecinos?

ÉACO.

¡Oh, con eso no hay placer comparable![291]

JANTIAS.

¡Oh Apolo! Dame tu mano, amigo, y permíteme que te abrace. Ahora, en nombre de Júpiter vapuleado,[292]dime qué significan ese estruendo, ese griterío y esas disputas que se oyen allá dentro.

ÉACO.

Son Esquilo y Eurípides.

JANTIAS.

¿Cómo?

ÉACO.

Se ha promovido una contienda, una gran contienda entre los muertos, una verdadera sedición.

JANTIAS.

¿Por qué motivo?

ÉACO.

Hay aquí establecida una ley, en virtud de la cual todo hombre superior a sus émulos en las artes más nobles o importantes, tiene derecho a ser alimentado en el Pritáneo y a sentarse junto a Plutón...

JANTIAS.

Entiendo.

ÉACO.

Hasta que venga otro más hábil en el mismo arte: entonces el primero debe cederle el puesto.

JANTIAS.

¿Y eso por qué le alborota a Esquilo?

ÉACO.

Porque, como príncipe en el género, ocupaba el trono de la tragedia.

JANTIAS.

Y ahora ¿quién?

ÉACO.

Cuando Eurípides descendió a estos lugares, dio una muestra de sus versos a los rateros, cortadores de bolsas, parricidas y horadadores de paredes que pululan en el infierno: toda esta canalla en cuanto oyeron sus dimes y diretes, sus discreteos y sutilezas, enloquecieron por él, y le proclamaron el sabio de los sabios. Entonces Eurípides, hinchado de orgullo, se apoderó del trono que ocupaba Esquilo.

JANTIAS.

¿Y no le han apedreado?

ÉACO.

Al contrario, la multitud clamaba por un juicio en que se decidiese cuál de los dos era el mejor poeta.

JANTIAS.

¿Aquella multitud de bribones?

ÉACO.

¡Y con qué gritos! Llegaban hasta el cielo.

JANTIAS.

¿Pero Esquilo no tenía defensores?

ÉACO.

Aquí como ahí,[293]el número de los buenos es muy exiguo.

JANTIAS.

¿Qué piensa hacer Plutón?

ÉACO.

Abrir cuanto antes un certamen, para probar y decidir sobre el mérito de cada uno.

JANTIAS.

¿Y cómo es que Sófocles no ha reclamado el trono?

ÉACO.

¡Oh! Ese es muy distinto. En cuanto llegó abrazó a Esquilo y le tendió la mano, dejándole en posesión pacífica del trono. Ahora, como dice Clidémides,[294]está de reserva; si vence Esquilo, permanecerá en su puesto; pero si es vencido, disputará con Eurípides.

JANTIAS.

¿Cuándo va a ser eso?

ÉACO.

Dentro de muy poco va a principiar aquí mismo el gran combate. Su ingenio poético va a ser pesado en una balanza.

JANTIAS.

¡Cómo! ¿Se pesan las tragedias?

ÉACO.

Traerán reglas, y varas de medir versos, y moldes cuadriláteros, como los de los ladrillos, diámetros y cuñas. Pues Eurípides dice que ha de examinar las tragedias verso por verso.

JANTIAS.

Esquilo, a mi ver, llevará todo eso muy a mal.

ÉACO.

Bajaba la cabeza y lanzaba miradas furiosas.

JANTIAS.

¿Y quién será juez?

ÉACO.

Ahí estaba la dificultad, porque hay gran carestía de hombres sensatos. A Esquilo no le agradaban los atenienses.

JANTIAS.

Quizá porque veía entre ellos muchos ladrones.

ÉACO.

Y además no les creía muy aptos para apreciar el ingenio de los poetas. Por fin, encomendaron el asunto a tu señor, como perito en la materia. Pero entremos; pues cuando los amos tienen gran interés por alguna cosa, suelen pagarlo nuestras costillas.


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