Chapter 23

BLÉPIRO.

BLÉPIRO.

¿Qué es esto? ¿Adónde se ha marchado mi mujer? La aurora despunta ya y no parece por ninguna parte. Largo rato hace que, atormentado por una perentoria necesidad,[451]ando a oscuras buscando mi manto y mis zapatos; pero, a pesar de mi empeño, no he podido encontrarlos a tientas; y como el ciudadano excremento llama impaciente a mi puerta, me he visto obligado a coger este chal de mi mujer y a calzarme los borceguíes pérsicos. ¿Mas dónde encontraré un lugar limpio en que poder hacer del cuerpo? ¡Eh!, de noche todos los sitios son buenos, y nadie me verá. ¡Pobre de mí! ¡Qué desgraciado soy por haberme casado en la vejez! ¡Oh! ¡bien merezco ser majado a golpes! De seguroque no habrá salido para nada bueno. Pero sea lo que sea, desahoguémonos.[452]

UN HOMBRE.

¿Quién va? ¿No es mi vecino Blépiro? ¡Por Júpiter! El mismo. Dime, ¿qué es eso de color rojo? ¿Cinesias[453]te ha llenado quizá de inmundicia?

BLÉPIRO.

No. He salido de casa con el vestido de color de azafrán que suele ponerse mi mujer.

EL HOMBRE.

¿Pues dónde está tu manto?

BLÉPIRO.

No lo sé: lo he estado buscando mucho tiempo sobre la cama, y no lo he podido hallar.

EL HOMBRE.

¿Y por qué no has dicho a tu mujer que te lo buscase?

BLÉPIRO.

¡Si no está en casa! ¡Si se ha escurrido yo no sé cómo! Por lo cual temo no me esté jugando alguna mala partida.

EL HOMBRE.

Por Neptuno, entonces te pasa lo mismo que a mí. También mi mujer ha desaparecido llevándoseme el manto que suelo usar; y no es eso lo peor, sino que también me ha cogido los zapatos, pues no he podido encontrarlos en ninguna parte.

BLÉPIRO.

Por Baco, ni yo mi calzado lacedemonio; y como apremiaba la necesidad, me he puesto a toda prisa sus coturnos, por no ensuciar la colcha, que está recién lavada.

EL HOMBRE.

¿Qué podrá ser esto? ¿Le habrá convidado a comer alguna de sus amigas?

BLÉPIRO.

Eso creo yo; porque no es mala, que yo sepa.

EL HOMBRE.

¿Pero estás haciendo sogas?[454]Ya es hora de ir a la asamblea; pero tengo que hallar mi manto, pues no tengo más que uno.

BLÉPIRO.

Yo también, en cuanto acabe. Una maldita pera silvestre me obstruye la salida.

EL HOMBRE.

Será la misma que se le atravesó a Trasíbulo[455]con motivo de los lacedemonios.

BLÉPIRO.

¡Por Baco, no hay quien la arranque! ¿Qué haré? Porque no es solo el mal presente lo que me aflige, sino el pensar por dónde habrá de salir lo que coma. Este maldito Acradusio[456]ha cerrado lapuerta a cal y canto. ¿Quién me traerá un médico? ¿Y cuál? ¿Cuál es el más entendido en esta especialidad de la obstetricia? ¿Quizá Aminón?[457]Pero no querrá venir. Buscadme a Antístenes[458]a toda costa: a juzgar por sus suspiros debe ser práctico en esto de estreñimientos. ¡Augusta Lucina,[459]no me dejes morir de esta obstrucción para ser después juguete de los cómicos![460]

CREMES.

¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¿Tus necesidades?

BLÉPIRO.

¿Yo? No; me levanto: ya he concluido.

CREMES.

¿Te has puesto el vestido de tu mujer?

BLÉPIRO.

Lo he cogido sin saber, en la oscuridad. ¿De dónde vienes tú?

CREMES.

De la asamblea.

BLÉPIRO.

Pues qué, ¿se ha concluido?

CREMES.

Ya lo creo, al amanecer. Por Júpiter, no me hereído poco viendo la pintura roja[461]extendida con profusión por todo el recinto.

BLÉPIRO.

¿Habrás recibido el trióbolo?

CREMES.

¡Ojalá! Llegué tarde. Eso es lo que siento: volverme a casa con el zurrón vacío.[462]

BLÉPIRO.

¿Cómo ha sido eso?

CREMES.

Ha habido en el Pnix una concurrencia de hombres como no hay memoria. Al verles, les tomamos a todos por zapateros,[463]pues solo se veían rostros blancos en aquella muchedumbre que llenaba la asamblea; por eso no he cobrado el trióbolo, y como yo, otros muchos.

BLÉPIRO.

¿De suerte que yo tampoco lo cobraría aunque fuera?

CREMES.

No, por cierto; aunque hubieses ido al segundo canto del gallo.

BLÉPIRO.

¡Infeliz de mí! «¡Oh Antíloco! Llórame más vivosin el trióbolo que muerto con él: perdido soy.»[464]¿Pero por qué acudió esa multitud tan temprano?

CREMES.

Los Pritáneos habían resuelto abrir un debate sobre el medio de salvar la república. Al instante se plantó el primero en la tribuna el legañoso Neóclides,[465]y al punto gritó el pueblo en masa (ya puedes figurarte con qué fuerza): «¿No es una indignidad que, tratándose de la salvación de la república, se atreva a arengarnos ese que ni siquiera ha podido salvar sus pestañas?» Entonces Neóclides, replicando y mirando en derredor: «¿Pues qué debía hacer?»,[466]ha dicho.

BLÉPIRO.

«Machacar ajos, con jugo de laserpicio y euforbio de Lacedemonia y untarte con ello los párpados a la noche», le contesto yo, si estoy presente.

CREMES.

Después de Neóclides, el ingenioso Eveón[467]se ha presentado desnudo, según creían los más,[468]aunque él aseguraba que llevaba manto, y ha pronunciado un discurso lleno de espíritu popular. «Ya veis, decía, que yo mismo tengo necesidad de ser salvado, y que me hacen falta precisa dieciséisdracmas;[469]sin embargo, no por eso dejaré de hablar de los medios de salvar a la república y a los ciudadanos. En efecto, si al principiar el invierno los bataneros suministrasen mantos de abrigo a los necesitados, ninguno de nosotros sería atacado nunca por la pleuresía. Además, propongo que los que carezcan de camas y de colchas, se vayan después del baño a dormir a casa de un curtidor, el cual, si se niega a abrir la puerta en invierno, debe ser condenado a pagar tres pieles de multa.»

BLÉPIRO.

¡Excelente idea! Pero hubiera debido añadir (y de seguro que nadie le contradice) que los vendedores de harina tendrán obligación de dar tres quénices a los indigentes bajo las más severas penas; así, al menos, Nausícides[470]podría ser útil al pueblo.

CREMES.

Luego ha subido a la tribuna un hermoso joven,[471]muy blanco y parecido a Nicias,[472]y ha principiado por decir que convenía entregar a las mujeres el gobierno de la república. Entóneos la muchedumbre de zapateros[473]empezó a alborotarsey a gritar que tenía razón; pero los habitantes del campo se opusieron vivamente.

BLÉPIRO.

Y les sobraban motivos, ¡por Júpiter!

CREMES.

Pero eran menos. En tanto el orador continuaba vociferando más y mejor, haciendo mil elogios de las mujeres y diciendo tempestades de ti.

BLÉPIRO.

¿Pues qué dijo?

CREMES.

Primero, que eras un bribón.

BLÉPIRO.

¿Y tú?

CREMES.

No me preguntes todavía... Después, un ladrón.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Sí, por cierto; y un delator.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Tú, y toda esa turba.

BLÉPIRO.

¿Quién dirá lo contrario?

CREMES.

«Las mujeres, proseguía, están llenas de discreción y dotadas de especial aptitud para atesorar: las mujeres no divulgan jamás los secretos de las Tesmoforias; al paso que tú y yo (añadía)revelamos siempre las decisiones del Senado.»

BLÉPIRO.

Y no mentía, ¡por Mercurio!

CREMES.

«Las mujeres, continuaba, se prestan unas a otras vestidos, alhajas, plata, vasos, a solas, sin testigos, y se lo devuelven todo religiosamente, sin engañarse nunca, lo cual no hacemos la mayor parte de los hombres.»

BLÉPIRO.

¡Por Neptuno! es cierto; y aunque haya habido testigos.

CREMES.

«Las mujeres jamás delatan ni persiguen a nadie en justicia, ni conspiran contra el gobierno democrático.» En fin, concluyó concediéndoles todas las buenas prendas imaginables.

BLÉPIRO.

¿Y qué se resolvió por último?

CREMES.

Encomendarlas la dirección del Estado: es la única novedad que no se había ensayado en Atenas.

BLÉPIRO.

¿Eso se decretó?

CREMES.

Yo te lo aseguro.

BLÉPIRO.

¿De modo que quedan a cargo de las mujeres todas las cosas que antes estaban al nuestro?

CREMES.

Eso es.

BLÉPIRO.

¿Y en vez de ir yo, será mi mujer la que vaya al tribunal?

CREMES.

Y tu mujer y no tú será la que en adelante alimente a los hijos.

BLÉPIRO.

¿Y no tendré que bostezar desde el amanecer?

CREMES.

No, por cierto, todo es ya cuidado de las mujeres; tú te quedarás en casa con entera comodidad.

BLÉPIRO.

Solo una cosa es de temer para las personas de nuestra edad, y es que en cuanto se apoderen de las riendas del gobierno, no nos obliguen...

CREMES.

¿A qué?

BLÉPIRO.

A pagarles el débito.

CREMES.

¿Y si no podemos?

BLÉPIRO.

No nos darán de comer.

CREMES.

Pues bien, arréglatelas de modo que comas y pagues.

BLÉPIRO.

Siempre es odioso lo que se hace por fuerza.

CREMES.

Pero cuando el bien de la república lo exige, debemos resignarnos: ya sabes que de antiguo se diceque nuestros más insensatos y descabellados decretos son los que suelen darnos resultados mejores. ¡Augusta Palas y demás diosas, haced que así sea! — Yo me voy. Pásalo bien.

BLÉPIRO.

Igualmente, Cremes.

(Vanse.)


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