Chapter 24

CORO.

CORO.

En marcha, adelante. ¿Nos sigue algún hombre? Vuélvete y mira; ten mucho cuidado, porque hay una multitud de redomados bribones, que espían por detrás nuestro talante. Haz al andar el mayor ruido posible. Sería para todas la mayor vergüenza el ser sorprendidas por los hombres. Envuélvete bien, mira a todas partes, a la derecha, a la izquierda, no fracase nuestra empresa. Apretemos el paso: ya estamos cerca del lugar de donde partimos para la asamblea; ya se ve la casa de nuestra generala, la atrevida autora del decreto aprobado por los ciudadanos. Vamos, no hay que retrasarse y dar tiempo a que alguno nos sorprenda con barbas postizas y nos denuncie. Retirémonos a la sombra, detrás de esa pared, y, mirando con precaución, cambiémonos de traje y vistámonos con el ordinario. No hay que tardar. Mirad, ya viene de la asamblea nuestra generala. Apresuraos todas; es ridículo el tener aún puestas estas barbas, mucho más cuando aquellas compañeras vuelven ya con su habitual vestido.

PRAXÁGORA.

¡Oh mujeres! todos nuestros proyectos se han visto coronados por el éxito más favorable. Antes de que ningún hombre os vea, arrojad los mantos, quitaos ese calzado, desatad las correas lacedemonias y dejad los bastones. Encárgate tú del tocado de esas mujeres; yo voy a entrar con precaución en casa antes de que me vea mi marido, y a poner el manto y demás prendas en el sitio de donde las cogí.

CORO.

Ya están cumplidas todas las órdenes; solo falta que ahora nos digas lo que debemos hacer para demostrarte nuestra sumisión, pues nunca he visto mujer más hábil y enérgica que tú.

PRAXÁGORA.

Quedaos para que me aconsejéis sobre el ejercicio de la autoridad de que acabo de ser investida. Ya en medio del tumulto he tenido ocasión de observar vuestra energía para los más arduos negocios.

BLÉPIRO.

¡Eh, Praxágora! ¿De dónde vienes?

PRAXÁGORA.

¿Qué se te importa, querido mío?

BLÉPIRO.

¿Qué se me importa? ¡Vaya una pregunta!

PRAXÁGORA.

Al menos no dirás que vengo de los brazos de un amante.

BLÉPIRO.

No de uno solo, quizá.

PRAXÁGORA.

Puedes averiguarlo.

BLÉPIRO.

¿Cómo?

PRAXÁGORA.

Mira si mi cabeza huele a perfumes.

BLÉPIRO.

¿Pues qué, los perfumes son indispensables para esas cosas?

PRAXÁGORA.

Para mí sí lo son.

BLÉPIRO.

¿Adónde has ido tan temprano y tan callandito llevándote mi manto?

PRAXÁGORA.

Me ha enviado a llamar una de mis amigas, que estaba con dolores de parto.

BLÉPIRO.

¿Y no podías habérmelo dicho antes de marcharte?

PRAXÁGORA.

Pero, marido mío, ¿había de dejarla sin asistencia en una necesidad tan urgente?

BLÉPIRO.

Bastaba una palabra. Aquí hay gato encerrado.

PRAXÁGORA.

¡No, por las dos diosas! Fui como estaba, porque me decía que acudiera a toda prisa.

BLÉPIRO.

¿Y por qué no llevaste tus vestidos? Lejos de eso te apoderas de los míos, me echas encima la túnica, y te largas dejándome como a un cadáver, salvo las coronas y los perfumes.

PRAXÁGORA.

Hacía frío y yo soy débil y delicada, y te cogí el manto por llevar más abrigo: además, marido mío, te dejé bien calentito bajo las colchas.

BLÉPIRO.

¿Y los zapatos lacedemonios y el bastón, para qué te los llevaste?

PRAXÁGORA.

Para defender el manto, cambié mis zapatos por los tuyos, y me fui a imitación tuya pisando con gran fuerza y golpeando las piedras con el bastón.

BLÉPIRO.

¿Sabes que te has perdido un sextario de trigo, que me hubieran dado en la asamblea?

PRAXÁGORA.

No te apures; ha tenido un niño.

BLÉPIRO.

¿La asamblea?

PRAXÁGORA.

No, hombre, la mujer que me ha llamado. ¿Pero de veras ha habido asamblea?

BLÉPIRO.

Sí, por cierto; ¿no te acuerdas que te lo dije ayer?

PRAXÁGORA.

Sí, ahora recuerdo.

BLÉPIRO.

¿Sabes lo que se ha resuelto en ella?

PRAXÁGORA.

No.

BLÉPIRO.

Pues, hija mía, en adelante ya puedes tratarte a cuerpo de rey. Dicen que se os ha encomendado la república.

PRAXÁGORA.

¿Para qué? ¿Para hilar?

BLÉPIRO.

No, para administrar...

PRAXÁGORA.

¿El qué?

BLÉPIRO.

Todos los asuntos del Estado.

PRAXÁGORA.

¡Por Venus! La república será feliz en adelante.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

Por mil razones. No se permitirá a los atrevidos mancharla con torpes atentados, ni levantar falsos testimonios, ni hacer calumniosas delaciones...

BLÉPIRO.

De ningún modo hagas eso, por todos los dioses; ¿no veis que nos vais a quitar los medios de vivir?[474]

CORO.

Querido mío, deja hablar a tu mujer.

PRAXÁGORA.

Ni robar, ni envidiar a los vecinos, ni estar desnudo, ni ser pobre, ni injuriar, ni tomar prendas a los deudores.

CORO.

¡Por Neptuno!, grandes promesas, si no son mentira.

PRAXÁGORA.

Yo las realizaré; tú (Al Coro) me harás justicia; y tú (A Blépiro) tendrás que callar.

CORO.

Ahora es la ocasión de poner en juego los recursos de tu ingenio, y de probar tu amor al pueblo y lo que sabes hacer en favor de tus amigas. Ahora es la ocasión de desplegar en provecho de todos esa hábil inteligencia que colme de infinitas prosperidades la vida de un pueblo culto, demostrando su inagotable poder. Ahora es, sí, la ocasión, porque nuestra república necesita de un plan sabiamente combinado. Pero tengamos cuidado de hacer cosas nunca hechas ni dichas; porque nuestros hombres aborrecen lo que están acostumbrados a ver. No tardes; pon en seguida manos a la obra. La prontitud es singularmente grata a los espectadores.

PRAXÁGORA.

Yo confío en la bondad de mis consejos; pero mucho temo que los espectadores no quieran aceptar mis novedades, y se aferren a las antiguas yacostumbradas prácticas: esto es lo que me inquieta.

BLÉPIRO.

No temas por tus innovaciones; al contrario, el apetecerlas y aceptarlas es nuestro flaco, así como el despreciar lo antiguo.

PRAXÁGORA.

Pues bien, que nadie me contradiga ni interrumpa antes de conocer mi sistema y de haberme oído. Quiero que todos los bienes sean comunes, y que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea este rico y aquel pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos, y quien carezca de un solo servicio; en una palabra, establezco una vida común e igual para todos.

BLÉPIRO.

¿Cómo ha de ser común?

PRAXÁGORA.

Comiendo tú estiércol antes que yo.[475]

BLÉPIRO.

¿También será común el estiércol?

PRAXÁGORA.

¡No, por cierto! Pero me has interrumpido. Iba a decir que haré primero comunes los campos, el dinero y las demás propiedades. Y después, contodo este acervo de bienes os alimentaremos, administrándolos económica y cuidadosamente.

BLÉPIRO.

¿Y el que no posee tierras, sino dinero, dáricos[476]y otras riquezas que no están a la vista?

PRAXÁGORA.

Las aportará al acervo común, y si no, será reo de perjurio.

BLÉPIRO.

Como que por ese medio las ha ganado.

PRAXÁGORA.

Pero no le servirán absolutamente de nada.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

Porque la pobreza no obligará a trabajar a nadie. Todo será de todos; panes, pescados, pasteles, túnicas, vinos, coronas, garbanzos. ¿Qué provecho obtendría por tanto de no aportar a la comunidad sus bienes? Dinos tu opinión sobre esto.

BLÉPIRO.

¿Los que disfrutan de todas esas cosas no son los ladrones más grandes?

PRAXÁGORA.

Antes sí, amigo mío, bajo el antiguo régimen; mas ahora que todo será común, ¿qué provecho podrá haber en no traer su parte?

BLÉPIRO.

Si alguno ve a una linda muchacha y se le antoja gozar de sus encantos, con los bienes reservados podrá hacerla un obsequio, y de este modo obtener su amor, sin dejar de percibir su parte de los bienes comunes.

PRAXÁGORA.

Es que lo podrá obtener gratis. Pues yo haré que las mujeres sean también comunes y den hijos al que los quiera.

BLÉPIRO.

¿Pero no ves que todos se dirigirán a la más hermosa?

PRAXÁGORA.

Las más feas e imperfectas estarán junto a las más lindas, y todo el que solicite a una de estas, deberá antes consumir un turno con las primeras.

BLÉPIRO.

¿Pero no ves que, conforme a tu sistema, los ya machuchos estaremos exánimes[477]cuando lleguemos a las hermosas?

PRAXÁGORA.

Tampoco se resistirán.

BLÉPIRO.

¿A qué?

PRAXÁGORA.

Tranquilízate, no se resistirán.

BLÉPIRO.

Pero ¿a qué, te digo?

PRAXÁGORA.

Al amor. Esto por lo que a vosotros respecta.

BLÉPIRO.

En cuanto a vosotras está muy bien entendido; pues habéis tomado todas las precauciones para que ninguna carezca de galán.[478]Pero, ¿y los hombres? ¿Qué haremos? Pues las mujeres rechazarán a los feos y se entregarán a los hermosos.

PRAXÁGORA.

Los hombres feos acecharán a los hermosos al salir de los banquetes y en los sitios públicos; y no se permitirá tampoco a las mujeres cohabitar con los buenos mozos sin haber cedido antes a las instancias de los deformes y chiquituelos.

BLÉPIRO.

De suerte que ahora la nariz de Lisícrates[479]hará la competencia a los más gallardos mancebos.

PRAXÁGORA.

¡Eso es, por Apolo! Esta decisión es eminentemente popular. ¡Mira que será mortificación para uno de esos vanitontos que llevan los dedos cargados de sortijas, cuando un viejo calzado con gruesos zapatones le diga: «Amigo mío, paso al más anciano; espera a que yo haya concluido; resígnate a ser plato de segunda mesa!»

BLÉPIRO.

Pero si vivimos de esa manera, ¿cómo podrá cada cual reconocer a sus hijos?

PRAXÁGORA.

¿Y qué necesidad hay? Los jóvenes creerán que son sus padres todas las personas de más edad.

BLÉPIRO.

Pero entonces, so color de ignorarlo, ¿no estrangularán sin ningún empacho a todo viejo,[480]cuando ahora lo hacen, sabiendo a ciencia cierta que son sus padres?

PRAXÁGORA.

Los presentes no lo permitirán. Antes a nadie le importaba que apaleasen a los padres ajenos; pero ahora todo el mundo, en cuanto oiga que ha sido maltratado un anciano, le defenderá en la duda de si será su propio padre.

BLÉPIRO.

En eso no andas descaminada. Pero te aseguro que pasaría un mal rato si Epicuro o Leucólofas[481]se me acercasen llamándome papá.

PRAXÁGORA.

Peor rato pasarías...

BLÉPIRO.

¿Cómo?

PRAXÁGORA.

Si Arístilo[482]te diese un beso llamándote su padre.

BLÉPIRO.

¡Pobre de él, si se atrevía!

PRAXÁGORA.

Pero tú olerías a calamento.[483]Además, como ha nacido antes del decreto, no tienes que temer sus ósculos.

BLÉPIRO.

No podría aguantarlo. ¿Pero quién cultivará la tierra?

PRAXÁGORA.

Los esclavos. Tú no tendrás más que hacer que acudir limpio y perfumado al banquete cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar.[484]

BLÉPIRO.

¿Quién nos proporcionará los vestidos? Quisiera saber esto.

PRAXÁGORA.

Usad por de pronto los que tenéis; después ya os haremos otros.

BLÉPIRO.

Una sola pregunta: Si los magistrados condenan a uno a una multa, ¿de dónde tomará el dinero para pagarla? No es justo que sea del tesoro común.

PRAXÁGORA.

Pero no habrá ya procesos.

BLÉPIRO.

¡Cuánto les pesará a muchos!

PRAXÁGORA.

Así lo he decidido. Además, amigo mío, ¿para qué había de haberlos?

BLÉPIRO.

¡Para mil cosas, por Apolo! En primer lugar, para el caso de negarse una deuda.

PRAXÁGORA.

Siendo todos los bienes comunes, ¿de dónde había de sacar dinero el prestamista? Sería un ladrón manifiesto.

BLÉPIRO.

¡Muy bien, por Ceres! A otra cosa. Los que después de bien bebidos maltratan a los transeúntes, ¿con qué pagarán la indemnización correspondiente? Esto sí que no lo resuelves.

PRAXÁGORA.

Con su ordinaria pitanza: con este castigo de estómago no volverán a excederse así como quiera.

BLÉPIRO.

¿No habrá ya ladrones?

PRAXÁGORA.

¿Quién ha de robar siendo comunes los bienes?

BLÉPIRO.

¿No despojarán a la noche a los transeúntes?

PRAXÁGORA.

No, por cierto. Lo mismo si duermes en tu casa, que si duermes fuera de ella, como sucedía antes, todo el mundo tendrá con qué vivir. Si alguno quiere despojar de sus vestidos a otro, este se los cederá de buen grado; ¿a qué ha de oponerse? Ya sabe que ha de recibir del Estado otros mejores.

BLÉPIRO.

¿No habrá juegos de azar?

PRAXÁGORA.

¿Qué se ha de ganar jugando?

BLÉPIRO.

¿Qué género de vida vas a establecer?

PRAXÁGORA.

Un comunismo perfecto. Atenas será como una sola casa, en que todo pertenecerá a todos, hasta el punto de que se podrá pasar libremente de una habitación a otra.

BLÉPIRO.

¿Dónde se darán las comidas?

PRAXÁGORA.

Todos los pórticos y tribunales se convertirán en comedores.

BLÉPIRO.

¿Y la tribuna para qué servirá?

PRAXÁGORA.

Para colocar las cráteras y los cántaros de agua; un coro de niños celebrará desde ella la gloria de los valientes y el oprobio de los cobardes; así, si hay alguno de estos, se retirará de la mesa avergonzado.

BLÉPIRO.

¡Buena idea, por Apolo! ¿Y dónde colocarás las urnas de los sorteos?

PRAXÁGORA.

Las pondré en la plaza pública y junto a la estatua de Harmodio;[485]iré sacando de ellas losnombres de los ciudadanos, hasta que todos se vayan contentos, sabiendo la letra a qué les ha tocado ir a comer;[486]así, el heraldo pregonará que los de la letraBetavayan a comer al pórtico Basílico; los de laZeta, al de Teseo, y los de laKappa, al mercado de las harinas.

BLÉPIRO.

¿Para atracarse de trigo?

PRAXÁGORA.

No, para cenar.

BLÉPIRO.

Y al que no le toque en suerte ninguna letra para cenar, se le arrojará de todas partes.

PRAXÁGORA.

Eso no sucederá; porque tendremos especial cuidado en dar copiosamente de todo a todos; de manera que cada cual se retirará del banquete, ebrio con su corona y su antorcha. Entonces las mujeres os saldrán al encuentro, cuando volváis del festín, diciéndoos: «Ven acá, tenemos una hermosa muchacha.» «Aquí hay una hermosa y blanca como la nieve —os gritará otra desde un piso alto—, pero antes es preciso que compartas mi tálamo.» Los hombres feos seguiréis a los jóvenes gallardos, exclamando: «¡Eh, tú! ¿a qué tanta prisa? No has de conseguir nada por mucho que corras; la ley nos ha concedido a los feos el derecho de prelación;y en tanto podéis entreteneros en el vestíbulo, jugando con las hojas de higuera.»[487]Vamos, dime, ¿no te agrada este sistema?

BLÉPIRO.

Muchísimo.

PRAXÁGORA.

Ahora tengo que ir a la plaza a recibir los bienes que vayan depositándose, y a escoger por heraldo una mujer de buena voz. Es un deber ineludible que me impone mi cualidad de jefe y la necesidad de proveer a la mesa común, si he de daros hoy, como pienso, el primer banquete.

BLÉPIRO.

¿Desde hoy ya?

PRAXÁGORA.

Sin duda. En seguida voy a suprimir las cortesanas.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

A la vista está: para que no se nos lleven la flor de la juventud. No es justo que unas esclavas bien adornadas roben sus placeres a las mujeres libres. Cohabitarán solo con los esclavos, y solo para ellos emplearán sus deleites.[488]

BLÉPIRO.

Anda, yo te acompañaré, para que me mirenlos transeúntes y digan: mirad el marido de nuestra generala.

(Vanse Blépiro y Praxágora.)

(Falta el Coro.)


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