CORO.
CORO.
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(Falta.)
CARIÓN.
Amigos y paisanos, laboriosos agricultores que tantas veces habéis comido ajos con mi señor, venid, apresuraos, corred, no hay que perder un instante, acudid en nuestro auxilio.
CORO.
¿No ves que ya nos apresuramos cuanto es posible a unos hombres débiles y viejos? ¿Crees tú que debo de correr antes de haberme dicho por qué nos llama tu amo?
CARIÓN.
¿No te lo he dicho hace un año? Sin duda te has vuelto sordo. Mi dueño quiere anunciaros que enadelante nadaréis todos en la abundancia, libres de esa vida ruda y miserable.
CORO.
Pero ¿de qué se trata, o de dónde procede eso que nos dice?
CARIÓN.
Se ha presentado aquí, mis pobres amigos, con un viejo sucio, encorvado, miserable, calvo, lleno de arrugas, sin dientes, y, por Júpiter, creo que hasta circuncidado.[567]
CORO.
¡Es una noticia preciosa! ¿Qué nos cuentas? Repítelo. ¿Querrás decir que se ha traído un montón de dinero?
CARIÓN.
Sí, un montón de achaques de la vejez.[568]
CORO.
¿Crees que si nos engañas te vas a ir impune, teniendo yo un garrote en la mano?
CARIÓN.
¿Por tan desvergonzado me tenéis que me juzgáis incapaz de hablaros formalmente?
CORO.
¡Qué impávido es el gran bellaco! Sus piernas gritan ya: ¡ay!, ¡ay!, y piden a voz en grito los cepos y las cuñas.
CARIÓN.
La letra[569]que te ha tocado en suerte te designa para ir a juzgar en el ataúd; ¿por qué no vas? Caronte te dará las insignias.[570]
CORO.
¡Así revientes! ¡Qué mal intencionado y fastidioso empeño de burlarnos, y de no acabar de decirnos para qué nos llama tu señor! Habla, ya ves que, aunque rendidos de fatiga y escasos de tiempo, hemos acudido a toda prisa, pasando a través de innumerables ajos.[571]
CARIÓN.
No os lo ocultaré más tiempo: mi amo, amigos míos, ha venido con Pluto en persona, que os enriquecerá.
CORO.
¿De veras? ¿Seremos todos ricos?
CARIÓN.
Seguramente; y también seréis Midas,[572]si os salen orejas de asno.
CORO.
¡Qué alegría! ¡Qué placer! Voy a bailar de gusto, si es verdad lo que dices.
CARIÓN.
Yo también,trettanelo,[573]quiero, imitando al Cíclope,[574]haceros andar a puntapiés. Ea, gritad, hijos míos; dad balidos melodiosos, como las ovejas o las cabras de penetrante olor, y seguidme a guisa de chivos lujuriosos enardecidos de amor.[575]
CORO.
Nosotros tambiéntrettaneloqueremos, cuando balando encontremos al Cíclope,[576]es decir, a ti mismo, lleno de basura, con una alforja atestada de verdolagas cubiertas de rocío, pastoreando borracho tus ovejas, y dormido en el primer sitio donde el sueño te rinda, coger un inmenso y encendido tizón y dejarte ciego.
CARIÓN.
Yo he de imitar en todo a la hechicera Circe, cuyos mágicos brebajes hicieron en Corinto que los compañeros de Filónides se atracasen, como cerdos, de excrementos por ella preparados. Vosotros, gruñendo de alegría, seguid a vuestra madre, marranillos.[577]
CORO.
Nosotros, imitando en nuestro júbilo al hijo de Laertes,[578]nos apoderaremos de Circe,[579]la de los mágicos brebajes, y mal olientes pomadas, y te colgaremos de donde más te duela;[580]te untaremos la narices de estiércol como a un chivo; y al relamerte, cual otro Arístilo,[581]los entreabiertos labios, exclamarás: «Seguid a vuestra madre, marranillos.»
CARIÓN.
¡Ea, cesen los jocosos insultos! Entonad otro género de versos. Yo voy a entrar en casa y a coger, a escondidas de mi amo, un poco de pan y carne: en cuanto lo coma volveré al trabajo.
CREMILO.
El deciros salud, conciudadanos míos, es una fórmula vieja y muy gastada; prefiero, pues, abrazaros cordialmente por la prontitud y buena voluntad con que habéis acudido. Procurad ayudarme con igual eficacia en todo lo demás, y lograremos entre todos salvar al dios.
CORO.
Pierde cuidado. Verás brillar en mis ojos la mirada de Marte. Sería absurdo, en efecto, que los que por tres óbolos nos estrujamos diariamente en la asamblea, nos dejáramos arrebatar a Pluto en persona.
CREMILO.
Veo a Blepsidemo que se acerca a nosotros. Su andar precipitado me demuestra que ha oído algo de lo que ocurre.
BLEPSIDEMO.
¿Qué sucede? ¿Cómo y cuándo se ha enriquecido Cremilo tan de súbito? Yo no lo creo; sin embargo, los habituales concurrentes a las barberías[582]no hablan de otra cosa que de su repentino enriquecimiento. Pero aún me admira más el que, a pesar de su próspera fortuna, mande llamar a los amigos: esto es apartarse de todos los usos y costumbres.
CREMILO.
Por los dioses, todo lo diré sin rebozo. Sí, Blepsidemo, mi situación actual es mejor que la de ayer; quiero hacerte partícipe de mi suerte, como a uno de mis amigos.
BLEPSIDEMO.
¿De veras eres rico como dicen?
CREMILO.
Lo seré muy pronto, si Dios quiere. Pero hay todavía un riesgo que correr.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál?
CREMILO.
El de que...
BLEPSIDEMO.
Acaba de decir.
CREMILO.
Si logramos nuestro objeto, seremos perpetuamente felices; pero si no lo conseguimos, nuestra ruina será total.
BLEPSIDEMO.
Me parece que te has metido en un mal negocio; esto me da mala espina. Enriquecerse súbitamente, y andarse después con temores, demuestra que no se ha obrado bien.
CREMILO.
¿Cómo que no he obrado bien?
BLEPSIDEMO.
Tal vez has robado plata u oro en el templo del dios a quien has consultado, y te arrepientes de tu acción.
CREMILO.
Nunca. ¡Apolo me libre de ello!
BLEPSIDEMO.
Déjate de rodeos, amigo mío; está claro como la luz.
CREMILO.
No sospeches de mí semejante cosa.
BLEPSIDEMO.
¡Ah! ¡No hay un solo hombre honrado! Todos son esclavos del dinero.
CREMILO.
¡Por Ceres! ¿Tú has perdido el juicio?
BLEPSIDEMO.
¡Qué cambio de costumbres!
CREMILO.
Pero, amigo mío, tú estás loco.
BLEPSIDEMO.
Su semblante está agitado e intranquilo, prueba evidente de que ha perpetrado algún crimen.
CREMILO.
¡Oh! Ya comprendo adónde van a parar tus declamaciones: supones que he hurtado alguna suma para exigirme una parte.
BLEPSIDEMO.
¿Yo una parte? ¿De qué?
CREMILO.
Pero no es eso, sino cosa muy distinta.
BLEPSIDEMO.
¿Acaso en vez de hurto ha sido robo?
CREMILO.
Decididamente estás dejado de la mano de Dios.
BLEPSIDEMO.
¿Pero no has hecho daño a nadie?
CREMILO.
No.
BLEPSIDEMO.
¡Oh Hércules! ¿Qué medio emplearé? Está visto que no quieres confesar la verdad.
CREMILO.
¡Si me acusas antes de oírme!
BLEPSIDEMO.
Amigo mío, antes de que el asunto se divulgue, yo lo arreglaré a poca costa, tapando la boca a los oradores con algún dinero.
CREMILO.
Tienes toda la traza, querido mío, de gastar tres minas en el negocio y presentarme una cuenta de doce.
BLEPSIDEMO.
Se me figura ver a alguno[583]sentado al pie del tribunal con su mujer y sus hijos y el ramo de olivo de los suplicantes en la mano, enteramente parecido a los Heráclidas de Pánfilo.[584]
CREMILO.
No, pobre hombre, yo enriqueceré solamente alos hombres honrados, ingeniosos y modestos.
BLEPSIDEMO.
¿Qué dices? ¿Tanto has robado?
CREMILO.
¡Oh, me matas con tus injurias!
BLEPSIDEMO.
Tú mismo corres a la muerte, según creo.
CREMILO.
No, por cierto, imbécil: Pluto está en mi casa.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál Pluto?
CREMILO.
El mismo dios.
BLEPSIDEMO.
¿Y dónde está?
CREMILO.
Ahí dentro.
BLEPSIDEMO.
¿Dónde?
CREMILO.
En mi casa.
BLEPSIDEMO.
¿En tu casa?
CREMILO.
Sí.
BLEPSIDEMO.
¡Vete al infierno! ¿Pluto en tu casa?
CREMILO.
Te lo juro por los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿Pero es verdad?
CREMILO.
Es verdad.
BLEPSIDEMO.
Júralo por Vesta.
CREMILO.
Y por Neptuno.
BLEPSIDEMO.
¿Por el dios del mar?
CREMILO.
Y por otro Neptuno, si hay otro.
BLEPSIDEMO.
¿Y no lo envías a casa de tus buenos amigos?
CREMILO.
Aún no estamos en ese caso.
BLEPSIDEMO.
¿Qué dices? ¿No habrá partición?
CREMILO.
No. Antes es necesario...
BLEPSIDEMO.
¿Qué?
CREMILO.
Devolverle la vista.
BLEPSIDEMO.
¡La vista! ¿A quién?
CREMILO.
A Pluto; es indispensable, sin perdonar medio.
BLEPSIDEMO.
¡Pero está ciego de veras!
CREMILO.
Sí, por el cielo.
BLEPSIDEMO.
Ya no me admira que nunca haya venido a mi casa.
CREMILO.
Ahora ya irá, si place a los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿No convendría llamar a algún médico?
CREMILO.
¿Qué médico hay ahora en la ciudad? Donde no hay recompensa no hay talento.[585]
BLEPSIDEMO.
Sin embargo, veamos.
CREMILO.
No hay ninguno.
BLEPSIDEMO.
Lo mismo creo.
CREMILO.
No, por Júpiter; lo mejor será, como yo había pensado, llevarle a dormir al templo de Esculapio.[586]
BLEPSIDEMO.
Ese es, sin duda, el más eficaz remedio. ¡Ea!, no tardes; procura concluir pronto.
CREMILO.
Ya voy.
BLEPSIDEMO.
Corre.
CREMILO.
Eso hago.
LA POBREZA.
¡Atrevidos, miserables, sacrílegos! ¿Qué intentáis, débiles y temerarios mortales? ¿Adónde huís? Deteneos.
BLEPSIDEMO.
¡Oh Hércules!
LA POBREZA.
¡Perversos, yo os daré vuestro merecido! Osáis llevar a cabo un proyecto intolerable, un proyecto como nunca lo han intentado los hombres ni los dioses; moriréis sin remedio.
CREMILO.
¿Pero quién eres? ¡Qué espantosa palidez!
BLEPSIDEMO.
Es quizá una furia de teatro;[587]hay en su mirada algo de trágico y feroz.
CREMILO.
Pero no tiene antorchas.
BLEPSIDEMO.
Pues pagará su audacia.
LA POBREZA.
¿Quién pensáis que soy?
CREMILO.
Una tabernera o una vendedora de huevos. De otro modo no te hubieras lanzado con tan destempladas voces sobre nosotros, que en nada te hemos ofendido.
LA POBREZA.
¿De veras, eh? ¿Os parece que todavía es poco el tratar de echarme de todas partes?
CREMILO.
¿No te queda el Báratro?[588]¿Pero quién eres? Vamos, dínoslo pronto.
LA POBREZA.
Yo soy quien os castigará hoy mismo por haber pretendido expulsarme de aquí.
BLEPSIDEMO.
¿Si será esa tabernera de la vecindad que siempre me engaña en la medida?
LA POBREZA.
Yo soy la Pobreza, que vivo con vosotros hace muchos años.
BLEPSIDEMO.
¡Soberano Apolo! ¡Dioses inmortales! ¿Adónde me escapo?
CREMILO.
¿Adónde vas? ¡Cobarde! ¿No te quedarás ahí?
BLEPSIDEMO.
Ni por cuanto hay.
CREMILO.
¿No te quedas? ¿Y dos hombres hemos de huir de una mujer?
BLEPSIDEMO.
¡Desventurado! ¡Es la Pobreza! El monstruo más horrendo y pestilente.
CREMILO.
Quédate, por favor; quédate.
BLEPSIDEMO.
No y no.
CREMILO.
Pero, amigo, comprende que cometeremos un crimen infinitamente mayor si huimos, abandonando cobardemente al dios, sin intentar siquiera la lucha.
BLEPSIDEMO.
¿Y con qué armas? ¿Con qué fuerzas? ¿Hay coraza o escudo que esa maldita no haya llevado a empeñar?
CREMILO.
Tranquilízate; el dios sin más que sus propios recursos la vencerá.
LA POBREZA.
¿Aún os atrevéis a chistar, desalmados, después de haber sido cogidosin fragantidel más abominable delito?
CREMILO.
Y tú, mujer que el cielo confunda, ¿por qué nos insultas no habiéndote ofendido en nada?
LA POBREZA.
¿En nada, eh? ¿Se os figura que no me perjudicáistratando de devolver la vista a Pluto?
CREMILO.
¡Cómo! ¿Es perjudicarte el colmar de bienes a todos los hombres?
LA POBREZA.
¿Qué proyectáis para su felicidad?
CREMILO.
¿Qué? Por de pronto expulsarte de Grecia.
LA POBREZA.
¿Expulsarme? ¿Pudierais hacer un mal mayor a los hombres?
CREMILO.
¿Un mal mayor? Sí... el no realizar nuestro proyecto.
LA POBREZA.
Ea, consiento en explicaros las razones que sobre el particular me asisten: os demostraré que yo soy la causa única de todos vuestros bienes, y el único sostén de vuestra vida: si no consigo probároslo, podréis hacer lo que queráis.
CREMILO.
¿Te atreves a decir eso, desollada?
LA POBREZA.
Déjame hablar; pues creo facilísimo demostrarte que vas por muy errada senda al tratar de enriquecer a los buenos.
CREMILO.
¡Vergas y garrotes! ¿Para cuándo os guardáis?
LA POBREZA.
No te quejes y alborotes antes de escucharme.
CREMILO.
¿Quién puede callar al oír semejantes desatinos?
LA POBREZA.
Todo el que esté en su sano juicio.
CREMILO.
¿Qué multa quieres que te imponga si pierdes tu pleito?
LA POBREZA.
La que te parezca.
CREMILO.
Está bien.
LA POBREZA.
En cambio, vosotros, si sois vencidos, quedaréis sujetos a las mismas condiciones.
BLEPSIDEMO.
¿Crees que bastarán veinte muertes?
CREMILO.
Para ella, sí; para nosotros, con dos sobra.
LA POBREZA.
Vuestra perdición es inevitable. ¿Qué podréis oponerme?
CORO.
Buscad ingeniosas razones; aducid sólidos argumentos que la confundan; no hay que cejar un punto.
CREMILO.
Teniendo por verdad evidente y universalmente reconocida la justicia de que todos los hombres de bien vivan prósperamente y sufran la suerte contraria los impíos y malvados, y anhelando ver cumplido nuestro propósito, hemos hallado, porfin, un bello, generoso y utilísimo modo de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra la vista y deja de caminar a tientas, se dirigirá a las personas honradas para no abandonarlas nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien, ¿qué se conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos, ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?
BLEPSIDEMO.
Nada; aquí estoy yo para atestiguarlo; no se lo preguntes a esa.
CREMILO.
Estando arreglada de esta suerte la humana vida, ¿quién no creerá que todo es locura, o más bien frenesí? Los más de los hombres, que son los perversos, nadan en las riquezas injustamente acumuladas; mientras muchos otros de intachable honradez, arrastran una vida llena de privaciones y miserias, sin tener en casi todo el decurso de su existencia más compañera que tú. Por tanto, si Pluto recobra la vista y abandona este camino, ¿quién duda que podrá seguir otro infinitamente mejor para los hombres?
LA POBREZA.
Estos dos ancianos se dejan alucinar como nadie en el mundo, y deliran y desbarran al unísono con pasmosa unanimidad. Pero yo os aseguro que, si vuestros deseos se realizan, ningún provecho sacaréis. Porque si Pluto recobra la vista y distribuye sus favores con igualdad, nadie querrá dedicarse a las artes ni a las ciencias. Y una vez suprimidasestas dos condiciones de existencia, ¿habrá quien quiera forjar el hierro, construir naves, coser vestidos, hacer ruedas, cortar cueros, fabricar ladrillos, lavar, curtir, arar los campos, segar los dones de Ceres, pudiendo todos vivir en la holganza y desdeñar el trabajo?
CREMILO.
¡Necedades! Todos esos oficios que acabas de decir los ejercen los esclavos.
LA POBREZA.
¿Y cómo tendrás esclavos?
CREMILO.
Los compraremos.
LA POBREZA.
¿Y quiénes serán los primeros vendedores si todos tienen dinero?
CREMILO.
Cualquier codicioso comerciante a su vuelta de Tesalia, donde hay muchos traficantes en esclavos.
LA POBREZA.
Es que, según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos. ¿Qué hombre rico arriesgará su vida en semejante tráfico? Por consiguiente, viéndote obligado a cavar la tierra y a otros trabajos igualmente penosos, pasarás una vida mucho más angustiada.
CREMILO.
¡Ojalá la pases tú!
LA POBREZA.
No podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas, ¿quién querrá tejerlassobrándole el oro? Cuando te cases con una hermosa joven, no tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos en colores y bordados con que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la riqueza, careciendo de todas estas cosas? Por el contrario, gracias a mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo soy una adusta señora que con el temor de la indigencia y del hambre obligo al artífice a ganarse la vida.
CREMILO.
¿Qué cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los baños,[589]y turbas de chiquillos, y viejecitas hambrientas, y nubes infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con molesto zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre, pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un jergón de junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha, una estera podrida; por almohada, una piedra grande; por pan, raíces de malvas; por pasteles, hojas de rábanos secos; por escabel, la tapa de una tinaja rota; por artesa, las costillas de una cuba, y para eso rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados los bienes que proporcionas a los hombres?
LA POBREZA.
No has descrito mi vida, sino la de los mendigos.
CREMILO.
La pobreza y la mendicidad son hermanas carnales.
LA POBREZA.
Para vosotros, que tenéis por iguales a Dionisio y Trasíbulo;[590]pero mi vida ni es ni será nunca así. La vida del mendigo que acabas de pintar consiste en vivir sin poseer nada; la del pobre en vivir con economía, en trabajar, en no tener nada superfluo ni carecer de lo necesario.
CREMILO.
¡Por Ceres! ¡Deliciosa vida! ¡Economizar y trabajar sin descanso para no dejar a nuestra muerte con qué pagar el entierro!
LA POBREZA.
Te ríes y te burlas en lugar de hablar formalmente, sin comprender que yo perfecciono el espíritu y el cuerpo de los hombres mucho más que Pluto. Con él son gotosos, ventrudos, pesados, extraordinariamente gruesos; conmigo delgados, esbeltos como avispas, terror de sus adversarios.
CREMILO.
Quizá a fuerza de hambre les das esa esbeltez de avispas.
LA POBREZA.
Ahora os hablaré de la templanza, y os demostraré que la modestia vive conmigo y no con Pluto.
CREMILO.
Debe ser muy modesto el hurtar y el horadar paredes.
BLEPSIDEMO.
¿Quién lo duda? Todas esas cosas se hacen escondiéndose. ¿Quieres más modestia?
LA POBREZA.
Fíjate en lo que pasa con los oradores: mientras son pobres, son justos con la república y el pueblo; pero en cuanto se enriquecen a costa del Estado, se hacen injustos, venden a la multitud y atacan al gobierno democrático.
CREMILO.
Tus cargos son exactos, aunque tu lengua sea viperina; pero no te ensoberbezcas por eso, que te has de arrepentir del temerario arrojo con que pretendes probarnos las ventajas de la pobreza.
LA POBREZA.
Como no puedes refutar mis argumentos, alborotas y dices necedades.[591]
CREMILO.
¿Cómo, pues, huyen todos de ti?
LA POBREZA.
Porque mejoro sus costumbres. Más claramente vemos lo mismo en los muchachos; huyen de sus padres, que solo anhelan su dicha. ¡Tan difícil es distinguir lo que es justo!
CREMILO.
Dirás también que Júpiter no sabe distinguir lo que es bueno, porque tiene riquezas.[592]
BLEPSIDEMO.
Y nos envía la pobreza.
LA POBREZA.
¡Qué telarañas tenéis en los ojos, carcamales del siglo de Saturno![593]Júpiter también es pobre; y voy a probároslo. Si fuese rico, ¿cómo en los juegos olímpicos por él establecidos, al reunir cada cinco años toda la Grecia, había de contentarse con dar a los vendedores una sencilla corona de olivo? De oro se la daría, si fuese rico.
CREMILO.
Prueba eso mismo la grande estimación en que tiene las riquezas. Por economía, por evitar gastos, regala a los vencedores coronas de ningún valor, y se guarda las riquezas.
LA POBREZA.
Mil veces más vergonzosa que la pobreza es esa avaricia sórdida o insaciable que le supones.
CREMILO.
¡Que Júpiter te confunda con tu corona de olivo!
LA POBREZA.
¡Atreverse a decir que la pobreza no es el manantial de todos los bienes!
CREMILO.
Preguntemos a Hécate[594]qué es mejor: ser rico, o indigente; por orden suya, todos los que viven con desahogo ofrecen mensualmente una comida, y los pobres se la arrebatan antes de haberla servido. Así, vete al infierno y no chistes más palabra, porque no me convencerás aunque me hayas convencido.
LA POBREZA.
«¿Oís lo que dice, habitantes de Argos?»[595]
CREMILO.
Invoca a Pauson, tu comensal.[596]
LA POBREZA.
¡Triste de mí! ¿Qué haré?
CREMILO.
Irte al infierno, y quitarte pronto de delante.
LA POBREZA.
¿Adónde iré?
CREMILO.
A la horca; pero, ¡pronto, pronto!
LA POBREZA.
Algún día me llamaréis.
CREMILO.
Entonces volverás; ahora márchate. Prefiero ser rico, mal que te pese.
BLEPSIDEMO.
Y yo, por Júpiter, en cuanto me enriquezca quiero comer espléndidamente con mi mujer y mis hijos, salir del baño limpio y reluciente, y reírme en las barbas de los trabajadores y la pobreza.