Chapter 31

CREMILO.

CREMILO.

Por fin se fue esa condenada. Llevemos al dios cuanto antes al templo de Esculapio, para que se acueste en él.

BLEPSIDEMO.

Sin perder un instante, no venga algún otro a impedirnos hacer todo lo necesario.

CREMILO.

¡Eh!, Carión, es preciso traer las colchas, y llevar a Pluto como el ritual prescribe; no se te olvide nada de lo que hay preparado.[597]

CORO.

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(Falta.)

CARIÓN.

¡Ancianos que en las fiestas de Teseo[598]empapáismendruguillos de pan en la salsa de los pobres, cuán grande es vuestra felicidad! ¡Qué afortunados sois vosotros y todos los hombres de bien!

CORO.

¿Qué ocurre, buen amigo? Pareces portador de una noticia agradable.

CARIÓN.

¡Qué dicha la de mi amo, o, por mejor decir, la de Pluto! Era ciego y ha recobrado la vista; sus ojos lanzan brillantes destellos, gracias a la solicitud de Esculapio.

CORO.

¡Oh gratísima nueva! ¡Oh colmo de felicidad!

CARIÓN.

Es preciso alegrarse aunque no se quiera.

CORO.

Con resonante voz celebraré al hijo del ilustre Júpiter, a Esculapio, astro que vivifica a los mortales.

LA MUJER DE CREMILO.

¿Qué significan esos gritos? ¿Hay alguna buena noticia? Te esperaba dentro de casa, llena de impaciencia.

CARIÓN.

Pronto, pronto, saca vino, señora mía; también tú beberás: ya sabemos que te gusta. Te traigo en compendio todos los bienes.

LA MUJER.

¿Dónde están?

CARIÓN.

En mis palabras, lo vas a ver.

LA MUJER.

¡Vamos! Acaba de explicarte.

CARIÓN.

Escucha, pues: voy a contarte todo el negocio desde los pies a la cabeza.

LA MUJER.

¿A la cabeza?[599]No, cuidado con ella.

CARIÓN.

Luego no aceptas los bienes que se te meten en casa.

LA MUJER.

Lo que no quiero son negocios.[600]

CARIÓN.

En cuanto llegamos al templo con el dios, entonces tan miserable y ahora dichoso y feliz como ninguno, nuestro primer cuidado fue llevarle al mar y en seguida bañarle.[601]

LA MUJER.

¡Por Júpiter! ¡Vaya una felicidad! Meter a un viejo en agua fría.[602]

CARIÓN.

Luego volvimos al santuario de Esculapio, y colocamos sobre el altar tortas y otras ofrendas, entregamos harina de flor a la devoradora llama de Vulcano, acostamos a Pluto con las solemnidades de costumbre, y después cada cual se arregló un lecho de hojas.

LA MUJER.

¿Había más gente implorando al dios?

CARIÓN.

Un tal Neóclides,[603]ciego, pero que en robar aventaja a los de mejor vista, y otros muchos atacados de toda clase de enfermedades. Después, el sacerdote apagó las lámparas y nos mandó dormir, encargándonos el silencio, aunque oyésemos cualquier ruido. Todos nos acostamos tranquilamente. Pero yo no podía conciliar el sueño: una olla de puches, colocada a la cabecera de una vieja, me tentaba el apetito, y deseaba ardientemente darle un asalto. En esto, levantando los ojos, veo que el sacerdote despojaba de tortas e higos secos la sagrada mesa. Después giró una visita de inspeccióna todos los altares, y cuantos panes habían quedado en ellos, se los guardó santamente en un saquito. — Convencido de lo religioso de la ceremonia, depuse ya todo escrúpulo y avancé hacia la olla.

LA MUJER.

¡Ah grandísimo canalla! ¿No temías al dios?

CARIÓN.

Sí, temía que con sus coronas llegase a la olla antes que yo; su sacerdote me había abierto los ojos. La viejecita, al oír un ruido, extendía ya la mano para apartar la olla; entonces yo, imitando a la serpiente pareas,[604]di un silbido y la mordí. La vieja retiró vivamente la mano; se acurrucó en su lecho, se tapó con la colcha y lanzó de miedo un flato más pestilente que el de una comadreja. Entonces yo me atraqué de puches, y volví bien repleto a mi cama.

LA MUJER.

Y el dios, ¿no aparecía?

CARIÓN.

Aún no. Luego hice otra de las mías: al acercarse el mismo Esculapio solté una estrepitosa descarga, pues tenía el vientre lleno de aire.

LA MUJER.

¡Sin duda le darías asco!

CARIÓN.

¡Ca! Yaso,[605]que le seguía, fue quien se ruborizó,y Panacea[606]se apartó tapándose las narices, porque yo no huelo a incienso.

LA MUJER.

¿Y el dios?

CARIÓN.

No hizo caso.

LA MUJER.

De modo que le crees un grosero.

CARIÓN.

No; le creo aficionado a la basura[607]y nada más.

LA MUJER.

¡Ah, bellaco!

CARIÓN.

Después me metí en el lecho lleno de temor; el dios giró su visita, examinando con orden e interés a todos los enfermos, y luego un esclavo le trajo un matraz de piedra con su mano correspondiente y una cajita.

LA MUJER.

¿De piedra?

CARIÓN.

¡Por Júpiter! La caja no.

LA MUJER.

Pero, bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?

CARIÓN.

Por los agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero que preparó fue un ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres cabezas de ajos de Tenos,[608]y las majó mezclándolas goma y cebollas albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto,[609]y se la aplicó al paciente sobre los ojos, habiéndole vuelto antes los párpados para que fuese el dolor más vivo. Neóclides grita, aúlla, salta del lecho y quiere huir; pero el dios le dijo sonriendo: «Quédate ahí con tu ungüento; así no podrás presentarte en la asamblea y hacerla cómplice de tus perjurios.»

LA MUJER.

¡Qué amante de la república y qué discreto es ese dios!

CARIÓN.

Después se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza; luego le limpió los párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió el cráneo y toda la cara con un velo de púrpura; por último, Esculapio silbó, y dos inmensas serpientes se lanzaron del fondo del santuario.

LA MUJER.

¡Soberanos dioses!

CARIÓN.

Deslizáronse suavemente bajo el velo de púrpura,y a lo que me pareció, le lamieron los párpados, y en menos tiempo que el que tú necesitas para beberte diez cótilas de vino, Pluto, señora mía, se levantó con vista ya. Loco de júbilo, palmoteé y desperté a mi dueño: el dios y las serpientes se escondieron al punto en el interior del santuario. Pero los que tenían sus lechos junto al de Pluto le abrazaron con indescriptible cariño, y estuvieron despiertos toda la noche hasta que amaneció. Yo daba al dios las gracias más expresivas por haber sanado tan pronto a Pluto y aumentado la ceguera de Neóclides.

LA MUJER.

¡Oh Esculapio, qué grande es tu poder! Pero, dime, ¿dónde está Pluto?

CARIÓN.

Ya viene. Pero le rodeaba una inmensa multitud. Los hombres de bien, reducidos hasta ahora a una existencia mezquina, le abrazaban y le saludaban en la efusión del más completo regocijo: los antes ricos y poseedores de una gran fortuna malamente adquirida, fruncían el ceño y dejaban traslucir su temor en la inquietud de sus miradas. Los primeros le seguían ceñidos de guirnaldas, risueños y decidores, y la tierra resonaba bajo el acompasado andar de los ancianos. Ea, ordenad el baile, saltad, constituid los coros; y nunca volveréis a oír al entrar en vuestra casa la terrible frase: «No hay harina en el saco.»

LA MUJER.

¡Por Hécate! En albricias de tu buena nuevavoy a ponerte una corona de pastelillos.

CARIÓN.

No tardes, porque ya se acercan a la puerta.

LA MUJER.

Ea, voy adentro a disponer las oblaciones de costumbre para celebrar la entrada de esos ojos recientemente adquiridos para la luz.[610]

CARIÓN.

Y yo a salirles al encuentro.


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