Chapter 32

CORO.

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

PLUTO.

¡Yo te saludo, oh sol! ¡Yo te saludo también, ínclita tierra de Palas, generoso país de Cécrope, que me has dado hospitalidad! Me avergüenzo de mi suerte infeliz. ¡Yo, sin saberlo, haber vivido con semejantes hombres! ¡Yo, ignorante de todo, haber huido de los únicos acreedores a mi amistad! ¡Ay, triste! ¡Cuán errados eran mis caminos! Pero cambiaré de conducta, y demostraré a todos los hombres que al entregarme a los perversos lo hice contra mi voluntad.

CREMILO.

¡Idos al infierno! ¡Qué fastidiosos son todos estosamigos que le asedian a uno en cuanto mejora de fortuna! ¡Cómo me codean y me martirizan las piernas a fuerza de querer demostrarme su cariño! ¿Quién ha dejado de saludarme? ¡Qué muchedumbre de ancianos me rodeó en la plaza!

LA MUJER.

¡Salud al más querido de los hombres! ¡Salud también a vosotros! ¡Oh Pluto, permíteme, como es costumbre, ofrecerte estos dones de bienvenida!

PLUTO.

No. Esta casa es la primera que visito después de mi curación, y de ella nada debo llevarme; al contrario, debo traerla mis dones.

LA MUJER.

¿Rehúsas estos regalos?

PLUTO.

Los aceptaré dentro, junto al hogar, como es costumbre. Así evitaremos además una escena ridícula. No está bien que el poeta haga reír a los espectadores arrojándoles golosinas e higos secos.[611]

LA MUJER.

Tienes razón. Mira, ya se había levantado Dexínico[612]para atrapar los higos en el aire.

(Entran todos en la casa.)

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¡Qué agradable es, amigos míos, la felicidad, sobre todo cuando nada cuesta! Un montón de bienes se ha colado de rondón en nuestra casa, sin que hayamos hecho mal a nadie. ¡De este modo sí que es buena la abundancia! La artesa está llena de blanca harina, y las tinajas de rojo y perfumado vino; el oro y la plata, ¡parece increíble!, no caben en los cofres; la cisterna se halla atestada de aceite; los frascos, de perfumes, y el frutero, de higos. Las vinagreras, las escudillas y las ollas son todas de bronce; de plata, las fuentes semipodridas en que antes servíamos la pesca; en fin, hasta el sillico[613]se ha hecho de marfil, repentinamente. Los esclavos jugamos a pares o nones con monedas de oro, y, ¡oh refinamiento de sensualidad!, usamos para limpiarnos[614]tallos de ajo, en vez de piedras. En este instante, mi amo, con su correspondiente corona, está sacrificando un cerdo, un carnero y un chivo; el humo me ha obligado a salir; no podía parar dentro de casa. ¡Tanto me picaban los ojos!

UN HOMBRE HONRADO.

Sígueme, niño; vamos en busca del dios.

CREMILO.

¡Hola! ¿Quién va?

EL HOMBRE HONRADO.

Un hombre, hace poco infeliz y ahora afortunado.

CREMILO.

Tú eres a lo que veo un hombre de bien.

EL HOMBRE HONRADO.

Seguramente.

CREMILO.

¿Y qué deseas?

EL HOMBRE HONRADO.

Dar gracias al dios por sus inmensos beneficios. Habiendo heredado de mi padre una fortuna bastante regular, me dediqué a aliviar las necesidades de mis amigos, creyendo que esto era lo mejor que puede hacerse en la vida.

CREMILO.

¿Y te arruinaste muy pronto?

EL HOMBRE HONRADO.

Por completo.

CREMILO.

¿Y quedaste en la miseria?

EL HOMBRE HONRADO.

Más completa. Yo pensaba que los amigos necesitados, a quienes había socorrido, continuarían siéndolo en la desgracia, pero, ¡ay!, se apartaban de mí, y fingían no verme.

CREMILO.

Y hasta se burlarían de ti; estoy seguro.

EL HOMBRE HONRADO.

Completamente. La pobreza de mi ajuar me ha perdido.

CREMILO.

Pero ya no es así.

EL HOMBRE HONRADO.

Precisamente eso me hace venir a tributar al dios una adoración merecida.

CREMILO.

¿Y qué tiene que ver con el dios el manto agujereado del esclavo que te acompaña?

EL HOMBRE HONRADO.

Lo traigo con intención de dedicárselo.

CREMILO.

¿Es el que llevabas cuando te iniciaste en los grandes misterios?[615]

EL HOMBRE HONRADO.

No; pero me he helado con él durante trece años.

CREMILO.

¿Y esos borceguíes?

EL HOMBRE HONRADO.

También sufrieron conmigo los rigores del invierno.

CREMILO.

¿Los traes para consagrárselos?

EL HOMBRE HONRADO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¡Magníficas ofrendas vas a presentar al dios!

UN DELATOR.

¡Ay infeliz! ¡Estoy arruinado, perdido! ¡Oh suerte tres y cuatro y cinco y doce y diez mil veces infortunada! ¡Ay, me agobian desdichas sin número!

CREMILO.

¡Oh Apolo preservador! ¡Oh dioses tutelares! ¿Qué desgracia le habrá sucedido a ese hombre?

EL DELATOR.

¿No es insoportable lo que me sucede? ¡Todo lo he perdido! Ese dios me ha despojado de todos mis bienes. ¡Oh, ya volverá a quedarse ciego, si hay justicia en el mundo!

EL HOMBRE HONRADO.

Empiezo a comprender; es sin duda un hombre arruinado; no tiene traza de ser de moneda corriente.

CREMILO.

Tienes razón; pero su ruina es justa.

EL DELATOR.

¿Dónde está, dónde está el dios que había prometido enriquecernos a todos en cuanto recobrase la vista? Lo que ha hecho ha sido arruinar a algunos.

CREMILO.

¿A quién ha maltratado de ese modo?

EL DELATOR.

A mí mismo.

CREMILO.

¿Eras, por tanto, un malhechor, un ladrón?

EL DELATOR.

Vosotros lo seréis, ¡por Júpiter! No me cabe duda de que ambos guardáis mi dinero.

CARIÓN.

¡Por la venerable Ceres, qué insolente se presenta el delator! Debe azuzarle el hambre.

EL DELATOR.

Vas a comparecer sin perder un instante en la plaza pública; la rueda y el tormento te obligarán a confesar tus crímenes.

CARIÓN.

¡Mucho ojo, mala pécora!

EL HOMBRE HONRADO.

¡Oh, por Júpiter salvador, qué agradecidos deberán estar a Pluto todos los griegos, si les libra de esta peste de delatores!

EL DELATOR.

¡Oh rabia! ¿También tú te burlas? ¡Tú eres cómplice de su robo! Y si no, contesta: ¿de dónde has sacado ese vestido nuevo? Ayer te vi hecho un andrajo.

EL HOMBRE HONRADO.

No te temo, gracias a este anillo que le compré a Eudemo[616]por un dracma.

CREMILO.

No hay anillo que valga contra la mordedura de un delator.

EL DELATOR.

¿Puede haber mayor ultraje? Os burláis; pero aún no habéis dicho lo que aquí hacéis; seguramente que no es nada bueno.

CREMILO.

Nada bueno para ti; tenlo presente.

EL DELATOR.

Vais a comer a mis expensas, por Júpiter.

CREMILO.

¡Impostor! ¡Ojalá revientes tú y tu testigo sin haberos desayunado!

EL DELATOR.

¿Podéis negarlo, bribones? Hasta aquí llega el olor de los peces y de los asados; ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! (Olfatea.)

CREMILO.

¿Hueles algo, canalla?

EL HOMBRE HONRADO.

Es el frío sin duda. ¡Cómo lleva tan raído el manto!

EL DELATOR.

¡Vive Dios! ¡Esto no puede tolerarse! ¡Burlarse de mí esa gentuza! ¡Qué indignidad! ¡Verse tratado así un hombre honrado, un buen ciudadano!

CREMILO.

¿Tú, hombre honrado y buen ciudadano?

EL DELATOR.

Como ninguno.

CREMILO.

¡Pues bien!, responde a mis preguntas.

EL DELATOR.

¿Cuáles?

CREMILO.

¿Eres labrador?

EL DELATOR.

¿Por tan loco me tienes?

CREMILO.

¿Comerciante?

EL DELATOR.

Paso por tal, cuando me hace falta.[617]

CREMILO.

Por último, ¿has aprendido algún oficio?

EL DELATOR.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Pues de qué vivías si no hacías nada?

EL DELATOR.

Velo sobre todos los asuntos públicos y privados.

CREMILO.

¿Tú? ¿Y por qué?

EL DELATOR.

Porque quiero.

CREMILO.

¿Cómo has de ser un hombre honrado, grandísimoladrón, haciéndote odioso a todo el mundo por meterte en lo que no se te importa?

EL DELATOR.

¿No ha de importarme, imbécil, el servir a mi patria con todas mis fuerzas?

CREMILO.

¿Pues qué, el meterse en camisa ajena es servir a la patria?

EL DELATOR.

Sí, y el mantener las leyes establecidas y el no permitir que nadie las quebrante.

CREMILO.

¿No tiene para eso la república sus tribunales?

EL DELATOR.

¿Y quién acusa?

CREMILO.

El que quiere.[618]

EL DELATOR.

Pues bien, ese soy yo; por eso todos los negocios del Estado son de mi competencia.

CREMILO.

¡Buen magistrado, vive Dios! ¿Pero no preferirías vivir tranquilamente sin hacer nada?

EL DELATOR.

No ocuparse de nada es vivir como un borrego.

CREMILO.

¿No quieres mejorar de vida?

EL DELATOR.

No, aun cuando me des a Pluto en persona y el silfio de Bato.[619]

CREMILO.

Quítate el vestido.

CARIÓN.

¡Eh!, a ti te dice.

CREMILO.

En seguida, descálzate.

CARIÓN.

Todo eso va contigo.

EL DELATOR.

Acérquese quien se atreva.

CARIÓN.

Yo me acerco.

EL DELATOR.

¡Oh, me desnudan en pleno día!

CARIÓN.

Consecuencias de meterse en negocios ajenos y comer a costa del prójimo.

EL DELATOR. (A un testigo.)

¿No ves lo que me hacen? Sé testigo.

CARIÓN.

Tu testigo ha puesto pies en polvorosa.

EL DELATOR.

¡Ay! ¡Estoy solo, y cogido!

CARIÓN.

¿Ahora gritas?

EL DELATOR.

¡Ay de mí!, repito.

CARIÓN.

Alárgame ese manto destrozado y se lo pondré a este delator.

EL HOMBRE HONRADO.

No, no, está hace tiempo consagrado a Pluto.

CARIÓN.

¿Dónde podrá estar mejor que sobre los hombros de este infame bandido? A Pluto es necesario dedicarle vestidos mejores.

EL HOMBRE HONRADO.

Y con los zapatos, ¿qué hacemos?

CARIÓN.

Voy a clavárselos en la frente, como si fuese un acebuche sagrado.[620]

EL DELATOR.

Me marcho, porque conozco que podéis más que yo; pero como encuentre un auxiliar, siquiera sea débil como una tabla de higuera,[621]me he de vengar de ese dios tan poderoso que, por su sola autoridad, sin consultar previamente ni al Senado ni al pueblo, echa por tierra la democracia.

EL HOMBRE HONRADO.

Ahora que vas cubierto con mi armadura,[622]corre a los baños, y para calentarte, apodérate del primer puesto, que yo durante tanto tiempo he ocupado.[623]

CREMILO.

Pero el bañero, agarrándole por donde más le duela,[624]le pondrá bonitamente en la calle; pues a la primera ojeada comprenderá que es un bribón. Entremos nosotros, para que adores al dios.


Back to IndexNext