CORO.
CORO.
Encendamos las lámparas, quitémonos los mantos, y ceñida al cuerpo la túnica de una manera viril, veamos si por casualidad[104]ha entrado otro hombre, y registremos todo el Pnix,[105]las tiendas y las bocacalles.
¡Ea! partamos con pie ligero, y examinémoslo todo sin chistar; correr es lo que importa; no hay tiempo que perder, principiemos por hacer la ronda con la mayor actividad. ¡Ea! registra, explora todos los rincones, para ver si se oculta algún otro traidor. Dirige la vista en derredor, a la derecha, a la izquierda, a todas partes; que nada escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien sorprendamos, sufrirá un castigo severo, para escarmientode insolentes criminales y sacrílegos. Reconocerá que hay dioses, y enseñará a los demás hombres a venerarlos, a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes, y a practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que les aguarda: todo hombre reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor, será para las mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la venganza del cielo cae sin tardanza sobre los impíos. — Pero ya creemos haber registrado todo perfectamente; no hallamos ningún otro hombre oculto entre nosotras.
MUJER SEXTA.
¡Eh! ¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! ¡Oh desdichada! ¡Desdichada! Se escapa después de haberme arrebatado mi hijo del pecho.
MNESÍLOCO.
Grita cuanto quieras; pero este no vuelve a mamar, mientras no me soltéis: aquí mismo le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre rociará el altar.[106]
MUJER SEXTA.
¡Oh, desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros gritos a ese monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que así me prive de mi único hijo!
CORO.
¡Oh Parcas venerandas! ¿qué nuevo atentadomiro? Jamás he visto ni tanta audacia, ni tanta desvergüenza. ¡Qué nuevo crimen ha perpetrado, amigas! ¡Qué nuevo crimen!
MNESÍLOCO.
Yo sabré refrenar vuestra insolencia.
CORO.
¿No es esto el colmo de la indignidad?
MUJER SEXTA.
Sí, es indigno que me haya arrebatado mi pequeño.
CORO.
No he visto cosa igual; por nada se avergüenza.
MNESÍLOCO.
Pues aún no he concluido.
MUJER SEXTA.
Vengas de donde vengas, no te escaparás; no te irás sin castigo, para que luego te rías a nuestra costa refiriendo tu atentado: vas a morir.
MNESÍLOCO.
¡Que jamás se cumpla tu deseo!
CORO.
¿Cuál de los dioses inmortales vendrá en socorro de un hombre tan impío como tú?
MNESÍLOCO.
Vuestros gritos son inútiles: yo no suelto este niño.
CORO.
Por las dos diosas, tampoco te burlarás impunemente de nosotras, ni dirás más impiedades. A tus sacrílegos actos opondremos el condigno castigo.Pronto un cambio de fortuna te hará sentir sus rigores. — Anda con esas mujeres; trae leña para quemar a este malvado, y asarlo vivo sin pérdida de tiempo.
MUJER SEXTA.
Mania,[107]vamos a buscar sarmientos. — (A Mnesíloco.) Hoy te convierto en carbón.
MNESÍLOCO.
Asad, quemad. — Pero tú, pobre criaturilla, quítate pronto el vestido cretense,[108]y no acuses de tu muerte a ninguna otra mujer más que a tu madre. Mas ¿qué veo? La niña se ha convertido en un odre lleno de vino con zapatitos pérsicos. ¡Oh mujeres astutas y borrachonas, inagotables en ardides para beber! ¡Providencia de los taberneros y peste de los maridos! ¡Polilla de nuestras telas y ajuares!
MUJER SEXTA.
Trae muchos sarmientos, Mania.
MNESÍLOCO.
Sí, trae. Pero, contéstame: ¿dices que has parido este muchacho?
MUJER SEXTA.
Diez meses lo llevé en mi seno.
MNESÍLOCO.
¿Que lo llevaste?
MUJER SEXTA.
Te lo juro por Diana.
MNESÍLOCO.
¿Coge tres cótilas o cuánto? Di.
MUJER SEXTA.
¿Qué has hecho, miserable? ¿Has desnudado a una criatura tan pequeñita?
MNESÍLOCO.
¿Tan pequeñita?
MUJER SEXTA.
Cierto que es pequeñita.
MNESÍLOCO.
¿Pues cuántos años tiene? ¿Ha visto tres o cuatro veces la fiesta de las copas?[109]
MUJER SEXTA.
¡Qué! ¡Si nació próximamente cuando las últimas Dionisiacas! Devuélvemelo.
MNESÍLOCO.
No, te lo juro por ese Apolo.[110]
MUJER SEXTA.
Pues te quemaremos.
MNESÍLOCO.
Quemadme y lo degüello.
MUJER SEXTA.
¡Oh, no, por piedad! Prefiero que me hagas a mí todo el mal que quieras.
MNESÍLOCO.
Me pareces una buena madre; sin embargo, lo degollaré.
MUJER SEXTA.
¡Hija de mi corazón! Dame un vaso, Mania, para que al menos pueda recoger su sangre.
MNESÍLOCO.
Ponlo debajo: te concedo esa gracia.[111]
MUJER SEXTA.
¡Que el cielo te confunda, monstruo feroz o implacable!
MNESÍLOCO.
Esta piel pertenece a la sacerdotisa.[112]
MUJER SEXTA.
¿Qué es lo que pertenece a la sacerdotisa?
MNESÍLOCO.
Tómala.[113]
MUJER SÉPTIMA.
Mica infortunada, ¿quién te ha quitado tu hija?[114]¿Quién te ha arrebatado esa idolatrada criatura?
MUJER SEXTA.
Ese infame. Ya que estás aquí, guárdalo bien, en tanto que yo voy con Clístenes a denunciar sus crímenes a los Pritáneos.
MNESÍLOCO.
¡Ah! ¿Cómo salvarme? ¿Qué intentaré? ¿Qué imaginaré?El autor de todos mis males, el que me metió en este desventurado negocio, no se presenta todavía. Veamos: ¿cómo podré enviarle un aviso?... ¡Ah! Palamedes[115]me enseña un expediente ingenioso. Escribiré, como él, mi infortunio en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí no hay remos. ¿Dónde podré encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese astillas esas estatuas, y escribiese en ellas como si fuesen remos?... Sí, será mucho mejor. Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended la obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio, aprestaos a recibir las huellas del estilo. — ¡Oh! ¡Qué R tan fea! ¿Adónde va a parar? — Partid ya en todas direcciones; apresuraos, tablillas mías, que mi necesidad es apremiante.
CORO.
Volvámonos hacia los espectadores para cantar nuestras propias alabanzas, aunque todo el mundo hable mal de nosotras y nos llame peste[116]del género humano, y causa de cuantos pleitos, riñas,sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: Si somos una peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué nos prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una peste, ¿por qué si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os enfurecéis como energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los dioses de que la peste haya abandonado vuestro hogar y de que estáis ya libres de huésped tan enojoso? Si cansadas de jugar nos dormimos en casa de una amiga, en seguida vais a buscar a vuestra peste, y rondáis en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana, todo el mundo se detiene a ver la peste; si ruborizadas nos retiramos, aumenta el deseo de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen. Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís que el nuestro, y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos en parangón, oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino[117]es inferior a Nausímaca; los hechos son elocuentes. Cleofón[118]está muy por debajo de Salabacca.Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con Estratónice,[119]hace mucho tiempo que nadie se atreve a contender. Entre los senadores que el año último abandonaron a otros sus cargos, ¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula?[120]Ni ellos mismos se atreverían. Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los hombres. Tampoco se ve a ninguna mujer pasearse por la ciudad en un carro magnífico después de haber robado cincuenta talentos al Tesoro; nuestros mayores hurtos son de un poco de trigo a nuestro esposo, y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos de vosotros pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más glotones que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos? ¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia paterna? Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros, nuestras lanzaderas, nuestros canastillos y quitasoles; al paso que muchos de nuestros maridos han perdidounos sus lanzas, el asta y el hierro a la vez, y otros han arrojado en el combate sus escudos.
Muchísimos cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero solo mencionaremos el más grave de todos. Era justo que cuando una de nosotras diera a luz un ciudadano útil, un taxiarco[121]o un estratega,[122]fuese honrada con alguna distinción, como, por ejemplo, la de ocupar el primer puesto en las Estenias,[123]las Esciras,[124]y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de un ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán, o de un piloto imperito debería colocarse con el cabello cortado detrás de la que dio a luz un hombre valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no es injusto de veras que junto a la madre de Lámaco[125]se siente la de Hipérbolo,[126]vestida de blanco y flotante el cabello, y que siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez de pagarle el interés,[127]debieran decirle,llevándose el dinero: «¡Vaya, que eres digna de que se te pague después de habernos parido tal alhaja!»?
MNESÍLOCO.
Me he quedado bizco de tanto mirar a aquella parte, y Eurípides no parece. ¿Quién se lo impedirá? ¡Ah, sin duda se avergüenza del frío Palamedes! ¿Con qué otro drama le atraeré? ¡Ya di en ello! Voy a imitar su nueva Helena. Tengo un vestido de mujer completo.
MUJER SÉPTIMA.
¿Qué intentas? ¿Qué miras? Me parece que te arrepentirás de tu Helena, si no te estás quieto hasta que venga un Pritáneo.
MNESÍLOCO. (Fingiéndose Helena.)
«Este es el Nilo, célebre por la hermosura de sus Ninfas: sus aguas, sustituyendo al agua del cielo, riegan los campos del blanco Egipto que alimentan a sus habitantes con la negra sirmea.»[128]
MUJER SÉPTIMA.
¡Por la luciente Hécate! Eres un costal de astucias.
MNESÍLOCO.
«Mi patria no carece de gloria; vi en Esparta la luz, y Tíndaro es mi padre.»[129]
MUJER SÉPTIMA.
¡Tíndaro tu padre, perdido! Frinondas[130]sí que lo es.
MNESÍLOCO.
«Me llamo Helena.»[131]
MUJER SÉPTIMA.
¿Vuelves a fingirte mujer, sin haber sufrido todavía el castigo por el primer disfraz?
MNESÍLOCO.
«Mil guerreros murieron por mí a orillas del Escamandro.»[132]
MUJER SÉPTIMA.
¡Ojalá hubieses muerto tú también!
MNESÍLOCO.
«Y yo estoy en estos lugares; ¡y mi esposo, el mísero Menelao,[133]no viene todavía! ¡Ah! ¿Por qué vivo aún?»
MUJER SÉPTIMA.
Por la cobardía de los cuervos.
MNESÍLOCO.
«¿Pero qué dulce presentimiento hace palpitarmi corazón? ¡Oh Júpiter, no burles mi esperanza!»
EURÍPIDES. (Fingiéndose Menelao.)
«¿Quién es el dueño de esta fortificada mansión?[134]¿Acogerá a unos náufragos extranjeros, que han sufrido sobre las olas del mar todos los horrores de la borrasca?»[135]
MNESÍLOCO.
«Este es el palacio de Proteo.»[136]
EURÍPIDES.
¿De qué Proteo?
MUJER SÉPTIMA.
¿Habrá mentiroso? Proteo[137]ha muerto hace diez años.
EURÍPIDES.
«¿A qué región ha arribado mi nave?»
MNESÍLOCO.
A Egipto.
EURÍPIDES.
«¡Oh infortunado! ¡Adónde nos arrojó la tempestad!»
MUJER SÉPTIMA.
¿Pero puedes creer las necedades que te cuenta ese perdido? Estás en el templo de Ceres.
EURÍPIDES.
«¿Está Proteo en su palacio, o fuera del alcance de la vista?»[138]
MUJER SÉPTIMA.
Por fuerza estás mareado todavía. Acabas de oír que Proteo ha muerto, y preguntas si está o no en su palacio.
EURÍPIDES.
«¡Ay, murió! ¿Dónde descansan sus cenizas?»
MNESÍLOCO.
«¿Me ves sentada sobre su tumba?»[139]
MUJER SÉPTIMA.
¡Que el cielo te confunda! ¿Pues no dice que el altar es un sepulcro?
EURÍPIDES.
«¿Y por qué, extranjera, estás sentada sobre ese mortuorio monumento envuelta en fúnebre ropaje?»
MNESÍLOCO.
«Quieren obligarme a unir mi destino al del hijo de Proteo.»[140]
MUJER SÉPTIMA.
¿Por qué engañas a ese infeliz extranjero? — No lecreas; es un bribón que se ha metido entre las mujeres para robarnos las joyas.
MNESÍLOCO. (A la Mujer séptima.)
«Grita, lléname de ultrajes.»
EURÍPIDES.
«Extranjera, ¿quién es esa anciana que te insulta?»
MNESÍLOCO.
«Es Teonoe, hija de Proteo.»
MUJER SÉPTIMA.
¡No, por las diosas! Soy Crítila, hija de Antiteo, natural de Gargetes,[141]y tú, un canalla.
MNESÍLOCO.
«Inútiles palabras; jamás me casaré con tu hermano; jamás seré infiel a mi Menelao, que combate bajo las murallas de Troya.»
EURÍPIDES.
«¡Mujer! ¿Qué has dicho? Vuelve hacia mí los rayos de tus ojos.»
MNESÍLOCO.
«Mis ultrajadas mejillas me lo impiden.»[142]
EURÍPIDES.
«¿Qué miro? La voz se ahoga en mi garganta... ¡Dioses! ¿Qué facciones contemplo? Mujer, ¿quién eres?»
MNESÍLOCO.
«Y tú ¿quién eres? Mi sorpresa es igual a la tuya.»
EURÍPIDES.
«¿Eres griega o indígena?»
MNESÍLOCO.
«Griega; pero yo anhelo saber tu patria.»
EURÍPIDES.
«Mujer, te pareces extraordinariamente a Helena.»
MNESÍLOCO.
«Y tú a Menelao; a lo menos en esos... perifollos.»[143]
EURÍPIDES.
«El mismo: yo soy aquel mortal infortunado.»
MNESÍLOCO.
«¡Oh! ¡Cuánto has tardado en venir a los brazos de tu esposa! Estréchame contra tu corazón, esposo mío; ciñe mi cuello con tus manos; déjame que te bese. Pronto, pronto, arráncame de estos funestos lugares.»
MUJER SÉPTIMA.
¡Pobre del que te lleve! Le sacudiré con esta antorcha.
EURÍPIDES.
«¿Me prohíbes que me lleve a Esparta a mi esposa, a la hija de Tíndaro?»
MUJER SÉPTIMA.
Me vas pareciendo un redomado bribón, cómplice de ese otro canalla. No sin razón charlabaistanto de Egipto.[144]Pero ese a lo menos tendrá su merecido. Ya vienen el Pritáneo y el arquero.
EURÍPIDES.
Esto va mal. Tengo que retirarme con precaución.
MNESÍLOCO.
¿Y qué haré yo, infeliz?
EURÍPIDES.
Tranquilízate. Mientras me quede un soplo de vida, no te desampararé, a menos de que mis infinitos ardides me abandonen.
MNESÍLOCO.
En este anzuelo no ha caído nada.
EL PRITÁNEO.
¿Es ese el bribón que nos ha denunciado Clístenes? — ¡Eh, tú, no te escondas! — Arquero, átale a ese poste, y sujétalo bien: encárgate de su guarda, y no permitas que nadie se le acerque: si alguno se aproxima, hazle huir a latigazos.
MUJER SÉPTIMA.
Excelente orden; pues hace un instante que por poco se me lo lleva otro bribón.
MNESÍLOCO.
Oh Pritáneo, por esa diestra que tiendes de tan buena gana cuando alguno te ofrece dinero, concédeme una pequeña gracia, ya que voy a morir.
EL PRITÁNEO.
¿Qué gracia?
MNESÍLOCO.
Manda al arquero que me desnude, antes de atarme al poste, para que este pobre viejo no cause risa con su túnica azafranada y su mitra a los mismos cuervos que se lo han de comer.
EL PRITÁNEO.
El Senado ha dispuesto que se te exponga en ese traje, para que los transeúntes se enteren de tu delito.
MNESÍLOCO
¡Oh maldito disfraz! ¡A qué extremo me reduces! ¡No tengo ya esperanza de salvación!