LAS JUNTERAS.

LAS JUNTERAS.

PRAXÁGORA. (Adelantándose con una lámpara en la mano.)

¡Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla,[410]que desde esta altura atraes todas las miradas; tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del amor, sola nos asistes, y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos movimientos. Tú sola, al abrasar su vegetación feraz, iluminas nuestros recónditos encantos.[411]Tú sola nos acompañascuando furtivamente penetramos en las despensas llenas de báquicos néctares y sazonadas frutas; y, aunque cómplice de nuestras fechorías, jamás se las revelas a la vecindad. Justo es, por tanto, que sepas también los actuales proyectos aprobados por las mujeres mis amigas en las fiestas de los Esciros.[412]Pero ninguna de las que deben acudir se presenta, y empieza ya a clarear el día y de un momento a otro dará principio la asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros puestos, que, como yo recordaréis, dijo el otro día Firómaco,[413]deben serlos otros,[414]y una vez sentadas, mantenernos ocultas. ¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido ponerse las barbas postizas como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse de los trajes de sus maridos? — ¡Ah!, allí veo una luz que se aproxima. Voy a retirarme un poco, no sea un hombre.

MUJER PRIMERA.

Ya es hora de marchar: cuando salíamos decasa, el heraldo ha cantado por segunda vez.[415]

PRAXÁGORA.

Yo he pasado toda la noche en vela esperándoos. Aguardad, voy a llamar a esta vecina arañando suavemente su puerta; porque es preciso que su marido nada note.

MUJER SEGUNDA.

Ya he oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no estaba dormida; pero mi esposo, que es un marinero de Salamina, no me ha dejado descansar en toda la noche; en este mismo momento he podido por fin apoderarme de sus vestidos.

MUJER PRIMERA.

Ya vienen Clináreta, Sóstrata y su vecina Filéneta.

PRAXÁGORA.

¡Apresuraos! Glice ha jurado que la que llegue la última pagará en castigo tres congios de vino y un quénice de garbanzos.

MUJER PRIMERA.

¿Ves a Melística, la mujer de Esmicitión, que viene con los zapatos de su marido? Esa es la única, a mi parecer, que se ha separado sin dificultad de su esposo.

MUJER SEGUNDA.

Mirad a Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano, acompañada de las esposas de Filodoreto y Querétades.

PRAXÁGORA.

Veo también a otras muchas, flor y nata de la ciudad, que se dirigen hacia nosotras.

MUJER TERCERA.

Querida mía, me ha costado un trabajo infinito el poder escaparme de casa sin que me vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche[416]por haber cenado demasiadas sardinas.

PRAXÁGORA.

Sentaos; y ya que estáis reunidas, decidme si habéis cumplido o no lo que acordamos en la fiesta de los Esciros.

MUJER CUARTA.

Yo sí. Lo primero que hice, como convinimos, fue ponerme los sobacos más hirsutos que un matorral. Después, cuando mi marido se iba a la plaza, me untaba con aceite de pies a cabeza, y me tostaba al sol durante todo el día.[417]

MUJER QUINTA.

Yo también he suprimido el uso de la navaja[418]para estar completamente velluda, y no parecer mujer en nada absolutamente.

PRAXÁGORA.

¿Traéis las barbas con que acordamos presentarnos todas en la asamblea?

MUJER CUARTA.

¡Por Hécate! Yo tengo una hermosísima.

MUJER QUINTA.

Y yo otra más bella que la de Epícrates.[419]

PRAXÁGORA.

Y vosotras, ¿qué decís?

MUJER CUARTA.

Hacen señas afirmativas.

PRAXÁGORA.

También veo que os habéis provisto de lo demás; pues traéis calzado lacedemonio, bastones y trajes de hombre, como dijimos.

MUJER SEXTA.

Yo traigo el bastón de Lamia, a quien se lo he quitado mientras dormía.

PRAXÁGORA.

Es uno de aquellos bastones bajo cuyo peso se doblega.[420]

MUJER SEXTA.

¡Por Júpiter salvador! Si ese hombre se pusiera la piel de Argos,[421]sería el único para administrar la cosa pública.

PRAXÁGORA.

Ea, mientras hay todavía estrellas en el cielodispongamos lo que debemos hacer; pues la asamblea, para la cual venimos dispuestas, principiará con la aurora.

MUJER PRIMERA.

¡Por Júpiter! Tú debes tomar asiento al lado de la tribuna, frente a los Pritáneos.

MUJER SÉPTIMA.

Yo me he traído esta lana para carmenarla durante la asamblea.

PRAXÁGORA.

¿Durante la asamblea? ¡Desdichada!

MUJER SÉPTIMA.

Sin género de duda. ¿Dejaré de oír porque esté cardando? Tengo a mis hijitos desnudos.

PRAXÁGORA.

¡Esta quiere cardar cuando es preciso no dejar ver a los asistentes ninguna parte de nuestro cuerpo! ¡Estaría bonito que en medio de la multitud una de nosotras se lanzase a la tribuna, y se dejase ver al natural![422]Por el contrario, si envueltas en nuestros mantos ocupamos los primeros puestos, nadie nos reconocerá; y si además sacamos fuera del embozo nuestras soberbias barbas y las dejamos extenderse sobre el pecho, ¿quién será capaz de no tomarnos por hombres? Agirrio,[423]gracias a la barba de Prónomo,[424]engañó a todo el mundo: antes era mujer, y ahora, como sabéis, ocupa el primer puesto en la ciudad. Por tanto, yo os conjuro por el día que va a nacer, a que acometamos esta audaz y grande empresa para ver si logramos apoderarnos del gobierno en pro de la república; porque al presente ni a remo ni a vela se mueve la nave del Estado.

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero cómo podrán encontrarse oradores en una junta de mujeres?

PRAXÁGORA.

Nada más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes más disolutos sean en general los de mejor palabra; y, por fortuna, esta condición no nos falta a nosotras.

MUJER SÉPTIMA.

No sé, no sé; la inexperiencia es peligrosa.

PRAXÁGORA.

Por eso mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos. Vamos, poneos pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado en hablar.

MUJER OCTAVA.

Pero, loca, ¿quién de nosotras no sabe hablar?

PRAXÁGORA.

Ea, ponte la barba y conviértete cuanto antes en hombre. Aquí dejo las coronas;[425]ahora me voy aplantar yo también la barba, por si acaso tengo necesidad de decir algo.

MUJER SEGUNDA.

Querida Praxágora, ¡mira, mira qué ridiculez!

PRAXÁGORA.

¿Cómo ridiculez?

MUJER SEGUNDA.

Nuestras barbas parecen una sarta de calamares asados.

PRAXÁGORA.

Purificador, da vuelta con el gato;[426]adelante; silencio. Arífrades,[427]pasa y ocupa tu puesto. ¿Quién quiere usar de la palabra?

MUJER OCTAVA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Ponte esa corona,[428]y buena suerte.

MUJER OCTAVA.

Ya está.

PRAXÁGORA.

Principia, pues.

MUJER OCTAVA.

¿Antes de beber?

PRAXÁGORA.

¿Cómo beber?

MUJER OCTAVA.

Pues si no, necia, ¿para qué necesito la corona?

PRAXÁGORA.

Vete; quizá allí nos hubieras hecho lo mismo.

MUJER OCTAVA.

¿Pero suelen beber los hombres en la asamblea?

PRAXÁGORA.

¡Vuelta al beber!

MUJER OCTAVA.

Sí, por Diana, y de lo más puro. Por eso, a los que los examinan y estudian detenidamente les parecen sus insensatos decretos resoluciones de borrachos. Además, si no hubiese vino, ¿cómo harían las libaciones a Júpiter, y demás ceremonias? Por otra parte, suelen maltratarse como personas que han bebido demasiado, y los arqueros se ven obligados a llevarse de la asamblea a más de un borracho revoltoso.

PRAXÁGORA.

Vete y siéntate; no sirves para nada.

MUJER OCTAVA.

Para eso, maldita la falta que me hacía el haberme puesto la barba: la sed me abrasa las entrañas.

PRAXÁGORA.

¿Hay alguna otra que quiera hablar?

MUJER NOVENA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Pues ponte la corona: la cosa marcha. Procura pronunciar un discurso bello y vigoroso, apoyándote con majestad sobre tu báculo.

MUJER NOVENA.

«Hubiera deseado ciertamente que cualquiera de los que están avezados a las lides oratorias me hubiera permitido con lo excelente de sus proposiciones permanecer tranquilo en mi lugar; mas no puedo consentir, por lo que a mí respecta, que en las tabernas se construyan aljibes.[429]¡No, por las dos diosas!...»

PRAXÁGORA.

¡Por las dos diosas![430]¿En qué estás pensando, desdichada?

MUJER NOVENA.

¿Qué hay? Todavía no te he pedido de beber.

PRAXÁGORA.

Es verdad; pero, siendo hombre, has jurado por las dos diosas: lo demás ha estado bien.

MUJER NOVENA.

Tienes razón, por Apolo.

PRAXÁGORA.

¡Basta! No doy un paso para ir a la asamblea sin que todo quede perfectamente arreglado.

MUJER NOVENA.

Dame la corona: voy a arengar de nuevo. Ahora ya creo que lo he pensado bien. «En cuanto a mí, oh mujeres aquí reunidas...»

PRAXÁGORA.

¡Desdichada! ahora dices «mujeres» en vez de hombres.

MUJER NOVENA.

Epígono[431]tiene la culpa. Le estaba mirando, y he creído que hablaba delante de mujeres.

PRAXÁGORA.

Retírate a tu asiento. Yo misma hablaré por vosotras y me ceñiré la corona, pidiendo antes a los dioses que concedan un éxito feliz a nuestra empresa.

«La felicidad de este país me interesa tanto como a vosotros, y me conduelen y lastiman los desórdenes de nuestra ciudad. Véola, en efecto, siempre gobernada por perversos jefes; y considero que si uno llega a ser bueno un solo día, luego es malo otros diez. ¿Queréis encomendar a otro el gobierno? De seguro que será peor. Difícil es, ciudadanos, corregir ese vuestro descontentadizo humor, que os hace temer a los que os aman, y suplicar incesantemente a los que os detestan. Hubo un tiempo en que no teníamos asambleas, y pensábamos que Agirrio[432]era un bribón; hoy, que las tenemos, el que recibe dinero no tiene boca para ponderarlas; mas el que nada recibe, juzga dignos de pena capital a los que trafican con las públicas deliberaciones.»

MUJER PRIMERA.

¡Muy bien dicho, por Venus!

PRAXÁGORA.

¡Infeliz, has nombrado a Venus! Nos dejarás lucidas si sales con esa pata de gallo en la asamblea.

MUJER PRIMERA.

Pero no lo diré.

PRAXÁGORA.

Bueno es que no te acostumbres.

«Cuando deliberábamos sobre la alianza,[433]todo el mundo decía que era inminente la perdición de la república si no se llegaba a hacer: hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer.[434]Es necesario armar naves —sostienen los pobres. —No es necesario —opinan los labradores y los ricos. —¿Os indisponéis con los corintios? Ellos os pagan en la misma moneda. Ahora, pues, que los tenéis amigos, sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero Hierónimo es un sabio.[435]¿Asoma una ligera esperanza de salvación?[436]En seguida la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo[437]si fuese llamado...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»[438]

MUJER PRIMERA.

¡Qué hombre tan hábil!

PRAXÁGORA.

Ese elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos estos males! Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno mira solo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Ésimo.[439]Pero si me atendéis, aún podéis salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras casas.»

MUJER SEGUNDA.

¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Prosigue, amigo mío, prosigue.

PRAXÁGORA.

«Os demostraré que son infinitamente más sensatas que nosotros. En primer lugar, todas, según la antigua costumbre, lavan la lana en agua caliente, y jamás se las ve intentar temerarias novedades. Si la ciudad de Atenas imitase esta conducta y se dejase de innovaciones peligrosas, ¿no tendría asegurada su salvación? Se sientan para freír las viandas, como antes; llevan la carga en la cabeza, como antes; celebran las Tesmoforias, como antes; amasan las tortas, como antes; hacen rabiar a sus maridos, como antes; ocultan en casa a los galanes, como antes; sisan, como antes; les gustael vino puro, como antes; y se complacen en el amor, como antes. Entregándoles, oh ciudadanos, las riendas del gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo que van a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, considerando solamente que, como son madres, pondrán todo su empeño en economizar soldados. Además, ¿quién les suministrará con más celo las provisiones que la que les parió? La mujer es ingeniosísima como nadie para reunir riquezas; y si llegan a mandar, no se las engañará fácilmente, por cuanto ya están acostumbradas a hacerlo. No enumeraré las demás ventajas; seguid mis consejos, y seréis felices toda la vida.»

MUJER PRIMERA..

¡Divina, admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar tan bien, amiga mía?

PRAXÁGORA.

En el tiempo de la fuga[440]habité con mi esposo en el Pnix, y, a fuerza de oír a los oradores, he aprendido a arengar.

MUJER PRIMERA.

Ya no me extraña que seas tan hábil y elocuente. Tú serás nuestro jefe: procura poner en práctica tus proyectos. Pero si Céfalo[441]se lanza sobre ti para injuriarte, ¿cómo le replicarás en la asamblea?

PRAXÁGORA.

Le diré que delira.

MUJER PRIMERA.

Eso lo sabe todo el mundo.

PRAXÁGORA.

Que es un atrabiliario.

MUJER PRIMERA.

También eso se sabe.

PRAXÁGORA.

Que es tan buen político como mal alfarero.[442]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te insulta el legañoso Neóclides?[443]

PRAXÁGORA.

A ese le diré que vaya a mirar por el trasero de un perro.[444]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te empujan?[445]

PRAXÁGORA.

Les empujaré yo; en ese ejercicio pocos me ganarán.

MUJER PRIMERA.

En una cosa no hemos pensado: si se te llevan los arqueros, ¿qué harás?

PRAXÁGORA.

Me defenderé poniéndome así, en jarras, y no me dejaré coger por medio del cuerpo.

MUJER PRIMERA.

Si te sujetan, nosotras les diremos que te suelten.

MUJER SEGUNDA.

Todo eso está perfectamente dispuesto; pero de lo que no nos hemos ocupado es de la manera de levantar las manos[446]en la junta: nosotras que solo estamos acostumbradas a levantar las piernas.[447]

PRAXÁGORA.

Eso es lo difícil; y sin embargo no hay más remedio que alzar las manos, descubriendo el brazo hasta el hombro. Vamos, levantaos las túnicas, y poneos pronto los zapatos lacedemonios como habéis visto que lo hacen nuestros maridos todos los días al salir o al dirigirse a la asamblea. En cuanto os hayáis calzado perfectamente, sujetaos las barbas; después de atadas estas con todo esmero, envolveos en los mantos sustraídos a vuestros esposos, y marchad, apoyándoos en los bastones, y entonando alguna vieja canción a imitación de los campesinos.

MUJER SEGUNDA.

Bien dicho; pero cojámosles la delantera, pues creo que otras mujeres vendrán del campo al Pnix.

PRAXÁGORA.

Apresuraos; ya sabéis que los que no están en el Pnix desde el amanecer, vuelven sin recibir el menor regalo.

CORO.

Llegó el momento de partir, ¡oh hombres! (esta palabra no debe caérsenos nunca de la boca por temor a un descuido, porque a la verdad no lo pasaríamos muy bien, si se nos sorprendiera fraguando esta conspiración en las tinieblas). Hombres, vamos a la asamblea.

El tesmoteta[448]ha dicho que todo el que a primera hora y antes de disiparse las tinieblas de la noche no se haya presentado cubierto de polvo, contento con su provisioncilla de ajos, y mirando severamente, se quedará sin el trióbolo. Caritímides, Esmícito, Draces, apresuraos y procurad no olvidar nada de lo que es necesario hacer. Cuando hayamos recibido nuestro salario, sentémonos juntos para votar decretos favorables a nuestras amigas. ¿Qué estoy hablando? Quería decir nuestros amigos.

Procuremos expulsar a los que vengan de la ciudad; antes, cuando solo recibían un óbolo[449]por asistir a la asamblea, se estaban de sobremesa charlando con sus convidados; pero ahora la concurrenciaes extraordinaria. En el arcontado del valiente Mirónides[450]nadie se hubiera atrevido a cobrar sueldo por su intervención en los negocios públicos, sino que todo el mundo acudía trayéndose su botita de vino con un pedazo de pan, dos cebollas y tres o cuatro aceitunas. Hoy, en cuanto se hace algo por la república, en seguida se reclama el trióbolo, como un mercenario albañil.

(Vanse.)


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