PLUTO.

PLUTO.

CARIÓN.

¡Oh Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente! Si el esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja seguirlos, no por eso deja de participar de su desgracia. Porque la fortuna no nos permite disponer de este cuerpo que es nuestro y muy nuestro, y se lo da al que lo ha comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa profetiza desde el áureo trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil adivino, según se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco, obstinado en seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el cual quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi señor no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego, y por añadidura me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas. No, dueño mío, yo no puedo callar si no me dices por qué seguimosa ese hombre; te atormentaré, ya que gracias a mi corona[542]no puedes castigarme.

CREMILO.

Pero si me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo lindo.

CARIÓN.

¡Como si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es ese. Ten presente que te lo pregunto por tu propio interés.

CREMILO.

Bueno, no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el más ladrón de mis criados.[543]Yo, siendo piadoso y justo, era pobre y desgraciado.

CARIÓN.

Lo sé.

CREMILO.

Y otros, sacrílegos, oradores, delatores[544]y malvados, se enriquecían.

CARIÓN.

Lo creo.

CREMILO.

En vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya agotarse mi triste vida, sino por mi único hijo, si convendría que, cambiando de conducta, se hiciese canalla, injusto y malvado, puesto que este parece ser el camino de la fortuna.

CARIÓN.

¿Y qué ha respondido Apolo en medio de sus coronas?

CREMILO.

Vas a saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero que me encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta llevarlo a mi casa.

CARIÓN.

¿Quién fue el primero que encontraste?

CREMILO.

Ese.

CARIÓN.

¡Imbécil! ¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena educar a tu hijo a la usanza del país?

CREMILO.

¿De qué lo infieres?

CARIÓN.

Está claro, hasta para un ciego, que hoy día lomás provechoso es prescindir de todo honrado pensamiento.

CREMILO.

No puede ser ese el espíritu del oráculo, sino otro más noble y elevado. Si ese hombre nos dijera quién es y por qué ha venido, quizá pudiéramos comprender el sentido misterioso del oráculo en cuestión.

CARIÓN. (A Pluto.)

¡Eh, tú! Dinos quién eres, antes de que el efecto siga a la amenaza. ¡Vamos, pronto, pronto!

PLUTO.

¡Vete al infierno!

CARIÓN.

¿Has oído cómo te dice quién es?

CREMILO.

Eso va contigo y no conmigo, porque le preguntas de un modo grosero y brutal. — Amigo mío, si te agrada la conversación de los hombres honrados, respóndeme.

PLUTO.

¡Ahórcate!

CARIÓN.

¡Vaya un hombre y un agüero que te envía el dios!

CREMILO. (A Pluto.)

¡Por Ceres, no has de seguir burlándote!

CARIÓN.

Si no declaras tu nombre, te hago añicos.

PLUTO.

Amigos, dejadme en paz.

CREMILO.

Nunca.

CARIÓN.

No hay medio mejor, dueño mío; voy a matar a ese tunante. Lo llevaré al borde de un abismo, y lo abandonaré allí, para que se precipite y se rompa la cabeza.

CREMILO.

Llévatelo cuanto antes.

PLUTO.

¡No! ¡No!

CREMILO.

¿Responderás?

PLUTO.

Pero cuando os diga quién soy, sé muy bien que me maltrataréis; no me dejaréis marchar.

CREMILO.

¡Por los dioses! En cuanto quieras.

PLUTO.

Principiad por soltarme.

CREMILO.

Ya estás suelto.

PLUTO.

Oíd, pues, ya que es preciso revelaros lo que había resuelto ocultar. — Yo soy Pluto.[545]

CREMILO.

¡Grandísimo bribón! ¿Eres Pluto y lo callabas?

CARIÓN.

¡Tú Pluto en tan miserable estado!

CREMILO.

¡Oh Apolo! ¡Oh dioses! ¡Oh genios! ¡Oh Júpiter! ¿Qué dices? ¿Es verdad que eres tú?

PLUTO.

Sí.

CREMILO.

¿El mismo?

PLUTO.

El mismísimo.[546]

CREMILO.

¿Pero de dónde vienes tan puerco?

PLUTO.

De casa de Patroclo,[547]que no se ha lavado[548]en toda su vida.

CREMILO.

¿Y tu enfermedad de dónde procede? Responde.

PLUTO.

Me la ha producido Júpiter, por odio a los hombres. Yo, desde jovencito, le había amenazado con visitar solamente la casa de las personas justas, sabias y modestas, y él me dejó ciego para que no las conociese. ¡Tanto detesta a las gentes honradas!

CREMILO.

Pues la verdad es que solo los hombres buenos y justos le reverencian.

PLUTO.

Tienes razón.

CREMILO.

Y dime, ¿si recobrases de la vista huirías de los malos?

PLUTO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¿Y visitarías a los buenos?

PLUTO.

Seguramente: ¡hace tanto tiempo que no los he visto!

CREMILO.

No tiene nada de particular; yo tengo buenos ojos y tampoco los veo.

PLUTO.

Ahora dejadme; ya os lo he dicho todo.

CREMILO.

No, por cierto: ahora te retendremos con más motivo.

PLUTO.

¿No decía yo que habíais de atormentarme?

CREMILO.

Vamos, te lo suplico, déjate convencer y no me abandones. No encontrarás, por mucho que busques, un hombre mejor que yo. No, por Júpiter, no hay otro como yo.

PLUTO.

Lo mismo dicen todos; pero en cuanto me poseen y se hacen ricos, su perversidad no tiene límites.

CREMILO.

Es verdad, pero no todos son malos.

PLUTO.

Todos sin excepción.

CARIÓN.

Ya te volveré esa palabrita al cuerpo.

CREMILO.

Pero a lo menos debes saber las ventajas que conseguirás estando con nosotros: préstame atención. Yo espero, con ayuda de los dioses, curarte la ceguera y devolverte la vista.

PLUTO.

No harás tal; no quiero recobrarla.

CREMILO.

¿Qué dices?

CARIÓN.

Este hombre se complace en su infortunio.

PLUTO.

Júpiter (lo sé muy bien), en cuanto supiese que habías hecho esa locura, me pulverizaría.

CREMILO.

¿No lo hace ya, dejándote ir a tientas expuesto a mil peligros?

PLUTO.

Lo ignoro; pero le tengo un miedo cerval.

CREMILO.

Pero dime, ¡oh el más cobarde de todos los dioses!¿Crees que el poder de Júpiter y sus rayos valdrían un comino si recobrases la vista, aunque solo por poco tiempo?

PLUTO.

¡Oh, no digas eso, desdichado!

CREMILO.

Tranquilízate; yo te demostraré que eres mucho más poderoso que Júpiter.

PLUTO.

¿Yo?

CREMILO.

Sí, por el cielo. ¿Quién da a Júpiter su poder sobre los demás dioses?

PLUTO.

El dinero; porque tiene muchísimo.

CREMILO.

Y bien, ¿quién le suministra ese dinero?

CARIÓN.

Pluto.

CREMILO.

Y el mismo Júpiter, ¿a quién debe los sacrificios que se le ofrecen? ¿No es a Pluto?

CARIÓN.

Es verdad, se le pide sin rebozo la riqueza.

CREMILO.

Por tanto, siendo Pluto la causa de esos sacrificios, ¿no pudiera darles también fin si se le antojara?

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

Ningún hombre podría en adelante ofrecer ensacrificio ni un buey, ni una torta, ni nada absolutamente contra tu voluntad.

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

¿Cómo? Porque nadie podría comprar nada si tú no le dabas el dinero; por consiguiente, en tu mano está el anular el poder de Júpiter el día en que te incomode.

PLUTO.

¿Qué dices? ¿Por mí le ofrecen sacrificios?

CREMILO.

Y lo repito; cuanto hay de brillante, de gracioso y de bello entre los hombres se te debe a ti; pues todo depende de la riqueza.

CARIÓN.

Yo, por ejemplo, soy esclavo por un poco de dinero; si hubiera sido rico, sería libre.

CREMILO.

¿Y no sabes lo que se cuenta de las cortesanas de Corinto?[549]Cuando se les acerca un pobre, ni siquiera le miran; pero como sea un rico, no le hacen esperar un momento.[550]

CARIÓN.

Lo mismo hacen los muchachos; el interés y no el amor les guía.

CREMILO.

No los honrados, sino los que se prostituyen a cualquiera; los primeros no piden dinero.

CARIÓN.

¿Pues qué piden?

CREMILO.

Uno, un buen caballo; otro, perros de caza.

CARIÓN.

Les da vergüenza exigir dinero, y mudan de nombre a su vileza.

CREMILO.

A ti se debe el nacimiento de todas las artes y de las invenciones más ingeniosas de los hombres. Por ti, y solo por ti, uno corta cueros sentado en su taller; otro forja el bronce; otro trabaja en madera; otro refina el oro que de ti ha recibido; otro roba en las calles; otro horada paredes; otro es batanero; otro lava pieles; otro las curte; otro vende cebollas; otro, sorprendido en adulterio, sufre, por ti también, la depilación.[551]

PLUTO.

¡Triste de mí! ¡Cuánto tiempo he estado sin saberlo!

CARIÓN.

¿No es él quien ensoberbece al gran rey?[552]¿No es él quien convoca a la asamblea a los ciudadanos?[553]¿No es él quien equipa los trirremes?[554]¿No es él quien mantiene nuestros mercenarios de Corinto?[555]¿No es él quien hará desesperar a Pánfilo,[556]y con Pánfilo al comerciante de agujas?[557]¿No es él quien da tantos humos a Agirrio?[558]¿No es él quien incita a Filepsio[559]a recitar sus fábulas? ¿No es él quien envía auxiliares al Egipto?[560]¿No es por él por quien Lais[561]ama a Filónides?[562]¿No es él por quien la torre de Timoteo?[563]...

CREMILO. (A Carión.)

Que ojalá te aplaste. — (A Pluto.) En una palabra,por ti se hace todo. Tú eres la causa de todos nuestros males y de todos nuestros bienes; tenlo entendido.

CARIÓN.

En la guerra la victoria se inclina siempre del lado donde tú pesas.

PLUTO.

¿Yo solo puedo hacer tantas cosas?

CREMILO.

Y otras muchas más, ¡por Júpiter! Así es que nadie se cansa de ti. Todas las demás cosas llegan a saciar: el amor...

CARIÓN.

El pan.

CREMILO.

La música.

CARIÓN.

Las golosinas.

CREMILO.

Los honores.

CARIÓN.

Las tortas.

CREMILO.

La virtud.

CARIÓN.

Los higos.

CREMILO.

La ambición.

CARIÓN.

Las puches.

CREMILO.

Los grados militares.

CARIÓN.

Las lentejas.

CREMILO.

Pero de ti nunca se ha saciado nadie. Si se tienen trece talentos.[564]se desea con mayor afán reunir dieciséis. ¿Se consignen los dieciséis? Pues se apetecen cuarenta, y se dice que no hay con qué vivir.

PLUTO.

Me parece muy bien todo lo que decís; solo me inquieta una cosa.

CREMILO.

¿Cuál?

PLUTO.

El cómo conseguiré hacerme dueño de ese poder que decís que tengo.

CREMILO.

¡Por Júpiter! Con muchísima razón dice todo el mundo que la riqueza es la cosa más cobarde.

PLUTO.

No, por cierto; me ha calumniado un ladrón. Habiendo penetrado un día en mi casa, no pudo llevarse nada, porque todo lo encontró cerrado; y en despecho llamó cobardía a mi previsión.

CREMILO.

No tengas ningún cuidado; si estás dispuesto asecundar mi empresa, te volveré una vista más penetrante que la de Linceo.[565]

PLUTO.

¿Cómo podrás hacer eso siendo un simple mortal?

CREMILO.

Tengo buenas esperanzas por lo que me dijo el mismo Apolo agitando el laurel de la pitonisa.

PLUTO.

¿De modo que también aquel lo sabe?

CREMILO.

Seguramente.

PLUTO.

Cuidado no...

CREMILO.

Nada temas, querido mío; yo estoy decidido, tenlo bien presente, a conseguir mi objeto, aunque deba morir en la demanda.

CARIÓN.

Y, si quieres, yo también.

CREMILO.

Además nos ayudarán en nuestra empresa todos los hombres honrados, que carecen hasta de un bocado de pan.

PLUTO.

¡Ay, qué pobres son esos auxiliares!

CREMILO.

No lo serán cuando se hagan ricos. — (A Carión.) Corre a todo correr...

CARIÓN.

¿Qué hago? Di.

CREMILO.

Llama a nuestros compañeros los labradores (estoy seguro de que los hallarás en el campo en su penosa faena), para que vengan a participar con nosotros de los dones de Pluto.

CARIÓN.

Voy; pero es preciso que alguno se encargue de llevar a casa este tasajo de carne.[566]

CREMILO.

Yo me encargo de eso: corre. — Tú, Pluto, el más poderoso de los dioses, entra conmigo en mi morada. Esa es la casa que hoy has de colmar de riquezas bien o mal adquiridas.

PLUTO.

Pongo por testigos a los dioses de que nunca he entrado a gusto en ninguna casa extraña; porque jamás lo he pasado bien en ninguna. Pues si por casualidad me alojo en la habitación de un avaro, en seguida me mete debajo de tierra, y cuando algún honrado amigo le viene a pedir prestado un poquito de dinero, dice que jamás me ha visto. Si, al contrario, es la de un pródigo sin juicio, me entrega al punto a los juegos de azar y a las cortesanas, y en pocos momentos me veo en la puerta de la calle completamente desnudo.

CREMILO.

Es que nunca has tropezado con un hombre moderado como yo lo soy en todas mis acciones. A mí me gusta como a nadie la economía, pero también el gastar, cuando es necesario. Pero entremos, pues quiero que te vean mi mujer y mi único hijo, el ser a quien más amo después de ti.

PLUTO.

Lo creo.

CREMILO.

¿A qué te había de ocultar la verdad?

(Entran en la casa.)


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