DON PEDRO (se sienta junto a la mesa, tomando la carta). ¡Pobre D. Eduardo!… ¿Quizá pida respuesta? ¡Qué disparate! Lo que pedirá será lo que yo no le puedo otorgar … que hable a Matilde … que me empeñe … que la obligue … cosas imposibles … ¿dónde habré puesto las antiparras? cosas que no pueden hacerse sin ruidos … ya las encontré … veamos sin embargo. (Lee) "Sr. D. Pedro de Lara, &c. &c. Nada de lo que usted me escribe me ha sorprendido, y yo ya estaba preparado para semejante fallo…." Más vale así, porque unas calabazas ex abrupto son difíciles de digerir … "lo que sí me ha llenado de satisfacción y de gratitud hacia usted son las finas expresiones con que se sirve manifestarme lo que siente este desenlace…." Como que le decía que hubiera dado un ojo de la cara por poder anunciarle un resultado favorable … no podía estar más expresivo … "y siendo aquéllas, en mi concepto, sinceras, me animan por lo mismo a solicitar de usted un favor…." Ya pareció el peine … "un favor de que va a depender la felicidad de toda mi vida…." ¡Si conoceré yo a mi gente! "la felicidad, quizá de su propia hija de usted, y es que cuando me presente otra vez en su casa me reciba usted lo peor…." ¿Qué ha puesto aquí este hombre?… "lo peor que le sea posible" ¡Peor dice, y bien claro! "lo peor que le sea posible, esto es, que me trate desde hoy con el mayor despego, que murmure de mí en mi ausencia, que se burle sin rebozo de mi familia y circunstancias, que me calumnie, si fuese necesario, y finalmente…." Vaya, está visto, hay que atarlo … "y finalmente si Matilde algún día cediere a mis votos, y consintiere en recompensar con el don de su mano tanta constancia y cariño, que usted nos niegue entonces y después su licencia, por más que ella lo solicite, y por más que usted mismo lo apetezca, hasta tanto que yo se la pida a usted en papel sellado." ¡Repito que se le fué la chabeta!… "Si usted accede, pues, a mi súplica, y me promete, bajo su palabra de honor, hacer bien su papel, y no confiar el secreto a nadie, en este caso nada me quedará que desear, y estoy seguro que muy pronto se podrá firmar su obediente hijo el que ahora sólo se dice de usted atento y seguro servidor: Eduardo de Contreras." Si comprendo una jota de toda esta geringonza…. "Posdata." ¿Todavía le quedaron más disparates en el buche?… "Ya le explicaré a usted mi proyecto cuando pueda hacerlo a solas y sin dar que sospechar; entre tanto me urge el saber si usted me concede lo que tanto anhelo, y para ello iré dentro de una hora a su casa, y le haré entrar recado por Bruno de que deseo hablarle; usted entonces hágame decir secamente por el mismo que no me quiere recibir, y yo entonces interpretaré esta repulsa a mi favor. Por Dios Sr. D. Pedro, que no logre yo el ver a usted…." ¡Ah, conque es un proyecto!… que luego me explicará … y a fe que buena falta me hace … y yo entre tanto sólo tengo que hacer … poco … muy poco es lo que tengo que hacer; no recibirle, encerrarme en mi cuarto para mayor seguridad … la cosa no es difícil … pero, y si tropiezo con él antes de que pueda ponerme al corriente … entonces … no le miraré a la cara, ahuecaré la voz … y le volveré pronto las espaldas … tampoco esto es muy difícil … con todo no sé yo si podré … y por otra parte me parece tan extravagante….
BRUNO. El Sr. D. Eduardo desea con mucho ahinco hablar con usted.
DON PEDRO (aparte). ¡Jesús! Tan pronto….
BRUNO. Dice que es materia muy grave….
DON PEDRO (aparte). ¡Qué compromiso!
BRUNO. Y que despachará en un santiamén.
DON PEDRO (aparte). ¿Pero cómo puedo yo negarle un favor tan barato?
BRUNO. Yo le he asegurado que usted tendría mucho gusto en recibirle.
DON PEDRO. Has hecho muy mal.
BRUNO. ¡Como usted le estima tanto!
DON PEDRO. ¿Quién te ha dicho eso?
BRUNO. Usted mismo no hace un credo; por más señas que….
DON PEDRO. Qué señas ni qué berenjenas … siempre has de meterte en camisa de once varas.
BRUNO. Ya las quisiera yo de tres y media.
DON PEDRO (aparte). ¿Pero yo, qué arriesgo en darle gusto?
BRUNO. ¿Conque, por fin, qué le digo?
DON PEDRO. Dile que … que no le quiero recibir … anda.
BRUNO. Bueno … le diré que había usted salido por la puerta falsa, y que….
DON PEDRO. No, no; que estoy en casa, y que no le quiero recibir.
BRUNO. Ya estoy, que siente usted mucho no poderle recibir, porque….
DON PEDRO. ¡Habrá mentecato igual con sus malditos cumplidos!… No que no puedo, sino que no quiero recibirle, que no quiero; sin preámbulos ni sentimientos, ni … ¿lo entiendes ahora?
BRUNO. Pero eso no se le dice a nadie en sus bigotes.
DON PEDRO. Pues tú se lo vas a decir en los suyos … ¡y cuidado que no se lo digas!… que no quiero recibirle, ni más ni menos…. (Aparte) No dudará ahora de mi amistad. (Vase)
BRUNO. ¡Qué mosca le habrá picado! Jamás le ví tan fosco … la carta traería sin duda alguna pimienta y … pero esto no quita que yo trate de dorar la píldora … no sea también que se enfade y que yo vaya a pagar lo que no debo.
DON EDUARDO. ¡Lo que tarda este Bruno! (A la puerta) Ya me falta paciencia … aquí está solo … ¡Dios mío, si no se lo habrá dicho todavía!
BRUNO. Nadie puede responder de un primer pronto, y….
DON EDUARDO. Bruno, le dijo ya usted a su amo…. (Entrando)
BRUNO. Perdone usted, señor don Eduardo, si no he vuelto tan luego como … me entretuve aquí en….
DON EDUARDO. No importa, no importa; y ¿qué ha contestado su amo de usted?
BRUNO. Ya ve usted … el amo puede salir por la puerta trasera sin que nosotros lo sintamos….
DON EDUARDO. ¡Había salido!… Y bien; esperaré a que vuelva; ¡cómo ha de ser!… (Se sienta)
BRUNO. No digo que haya salido, sino que….
DON EDUARDO. ¿No me quiere recibir? Acabe usted. (Se levanta)
BRUNO. A veces, con la mejor voluntad del mundo, hay momentos tan ocupados en que no se puede….
DON EDUARDO. En que no se quiere recibir, ¿querrá usted decir?
BRUNO. En que no se puede….
DON EDUARDO. En que no se quiere … ¿a qué andar con rodeos?
BRUNO (aparte). ¡También es empeño el de los dos!
DON EDUARDO. Vaya … ¿no es cierto que D. Pedro no quiere recibirme?
BRUNO (aparte). Estoy por cantar de plano.
DON EDUARDO. Ea, no tenga usted empacho … ¿no es cierto?…
BRUNO. Cierto … ya que usted exige absolutamente….
DON EDUARDO. ¡Oh! ¡Qué fortuna!
BRUNO. ¡Fortuna!
DON EDUARDO. La de no morirme aquí de repente al oír semejante desengaño.
BRUNO (aparte). ¡Qué lástima me da!
DON EDUARDO. ¿Y D. Pedro, por supuesto se serviría de palabras agrias y malsonantes?
BRUNO. Oh no señor; el amo es incapaz de….
DON EDUARDO. Pero al menos se expresaría … así … con cierta sequedad … ¿eh?
BRUNO. Oiga usted, no necesita uno humedecerse mucho la boca para decir "no quiero".
DON EDUARDO. ¡Y bien, tanto mejor!
BRUNO. Si es a gusto de usted….
DON EDUARDO. Porque es bien claro que lo que más importa a un desgraciado es llegar a serlo tanto, que ya no pueda serlo más.
BRUNO. ¿Eso llama usted claro?
DON EDUARDO. ¿No ve usted que así se pierde toda esperanza y toma uno al cabo su partido?
BRUNO. Cuando hay partido que tomar, no digo que no.
DON EDUARDO. Ahora quisiera yo que usted, mi querido Bruno….
BRUNO (aparte). ¡Su querido Bruno!…
DON EDUARDO. Me concediera una gracia que le voy a pedir y que será probablemente la última que le pediré en mi vida.
BRUNO. Si está en mi arbitrio….
DON EDUARDO. Lo está, y consiste sólo en que usted me proporcione una conferencia de dos minutos con su señorita.
BRUNO. Pero ¿cómo quiere usted que yo…?
DON EDUARDO. Aquí mismo, en presencia de usted … dos minutos tan sólo.
BRUNO. ¡Así podré oír!
DON EDUARDO. Cuanto hablemos … que yo no soy partidario de misterios ni de cosas irregulares … lo único que solicito es ver todavía otra vez a doña Matilde … y probarla con sólo tres palabras que yo no era enteramente indigno del tesoro que codiciaba.
BRUNO. ¿Quién puede dudarlo?… y muy digno que era usted. Con todo, ¿yo, qué puedo hacer? decírselo cuando más a la señorita … pero si ella sale con lo que su padre … entonces….
DON EDUARDO. Entonces, tendremos los dos paciencia … y no la volveré a importunar más.
BRUNO. Siendo así, voy, pues, y Dios haga que no la coja de mal talante. (Vase)
DON EDUARDO. Qué miedo tenía que D. Pedro no quisiera prestarse a mi proyecto sin saber antes … y también que el buen Bruno … pero hasta aquí todo va viento en popa; ahora sólo falta el que Matilde venga, y me dé ocasión para entablar la comedia … porque si no consigo hablarla, entonces no sé cómo podré….
BRUNO. Pues … lo mismo que su padre. (Entrando)
DON EDUARDO. ¡Malo!
BRUNO. Me echó con cajas destempladas, y….
DON EDUARDO. ¿Tampoco quiere verme?
BRUNO. Tampoco.
DON EDUARDO (aparte). Voto va … ¿Qué haré? si tuviera papel y tintero … quizá cuatro renglones … bien torcidos, como si me temblara el pulso … y cuatro expresiones bien campanudas … bien misteriosas….
BRUNO. Dijo que nada tenía que añadir ni quitar a lo que la carta rezaba….
DON EDUARDO. Allí creo hay uno y otro. (Se dirige a la mesa)
BRUNO. Y que de consiguiente era inútil que ustedes se hablasen.
DON EDUARDO. En efecto, aquí hay papel…. (Sentándose y escribiendo) y también pluma … escribamos. "Matilde …" sin adjetivo; cuando uno está muy agitado deben dejarse los adjetivos en el tintero.
BRUNO. ¿Qué escribirá?
DON EDUARDO. "¡¡Matilde!!" Dos signos de admiración … "no tema usted que la importune, no…." Este segundo "no" vale un Perú. "Ya sé que las condenas de amor no admiten apelación, y que no es culpa de usted el que yo no haya sabido agradarla;" Punto y coma … "pero al menos que la vea yo a usted hoy, que la vea a usted siquiera otra vez, antes que nos separe para siempre el océano…." ¡No vaya a parecerla todavía poco el océano!… "el océano o la eternidad…." Ahora sí que hay tierra de por medio … nada de firma … ni de sobre…. Bruno, entre usted este papel a doña Matilde.
BRUNO. Si….
DON EDUARDO. Éntrele usted por la Virgen.
BRUNO. Cuando….
DON EDUARDO. Mire usted que me va la vida.
BRUNO. ¡Santa Margarita! (Entra precipitadamente)
DON EDUARDO. Si esto no la ablanda, digo que es de piedra berroqueña…. ¡Pobre de mí, y a lo que me veo obligado para obtener a Matilde!… ¡a engañarla, a fingir un carácter tan opuesto al mío!… ¡Oh! si yo no estuviera tan convencido como lo estoy de que Matilde me prefiere a pesar de pesares y que me deberá su futuro bienestar, jamás apelaría … ¡pero ella es!… Pongámonos en guardia. (Se sienta como absorbido en una profunda meditación)
BRUNO. Allí le tiene usted hecho una estatua. (A doña Matilde)
DOÑA MATILDE. No nos ha sentido … y en efecto, le encuentro muy desmejorado … retírate un poco … no, no tan lejos.
BRUNO. ¿Si se habrá dormido?
DOÑA MATILDE. He consentido, caballero…. (Aparte) No me oye.
DON EDUARDO. ¡Ay!
DOÑA MATILDE. ¿Suspira? (A Bruno)
BRUNO. Ya lo creo … y de mi alma. (A doña Matilde)
DOÑA MATILDE. He consentido, Sr. D. Eduardo…. (Acercándose)
DON EDUARDO. ¿Quién?… ¡Ah! Perdone usted, Matilde, si absorbido en mis tristes meditaciones … perdone usted … la desgracia hace injusto al mísero a quien agobia … y yo ya me había rendido al desaliento, persuadido a que usted persistiría en su cruel negativa.
DOÑA MATILDE. Quizá hubiera sido más prudente; porque … ya ve usted, antes de tomar un partido irrevocable he debido pesar todas las circunstancias, y … no soy ninguna niña de quince años.
BRUNO. Como que tiene usted ya sus diez y siete.
DOÑA MATILDE. Diez y ocho son los que tengo, si vamos a eso.
BRUNO. Diez y siete.
DOÑA MATILDE. Diez y ocho. ¡Habrá pesado igual!
BRUNO. Pero hija, si nació usted el día de los innumerables mártires de Zaragoza, que cayó en viernes en el mes pasado, y entonces hizo usted los diez y siete.
DOÑA MATILDE. Bueno, diez y siete; y lo que va desde entonces acá, ¿no lo cuentas? Si sabré yo que tengo diez y ocho años.
DON EDUARDO. ¡Indudablemente! Diez y ocho años tiene usted, y más bien más que menos, edad, por mi desgracia, en que ya se calcula y se tiene la experiencia necesaria para conocer lo que se quiere y lo que conviene. Por eso, Matilde, no tema usted que la importune con mis súplicas, ni la entristezca con el relato de mis padecimientos … no por cierto … ¿de qué serviría? Usted ha hecho lo que ha debido … cerciorarse primero de que no me amaba, y quitarme luego de una vez toda esperanza … nada más natural, ni más de agradecer … otro más afortunado que yo habrá quizá obtenido….
DOÑA MATILDE. Oh, no, por lo que es eso, puede estar usted bien satisfecho … ni siquiera me he vuelto a acordar de que hay hombres en este mundo, desde ayer que creí necesario el desengañar a usted.
DON EDUARDO. Siempre es ése un consuelo … aunque por otra parte, si usted podía ser dichosa con otro hombre ¿por qué no me había de alegrar? ¡Ah! Matilde, su felicidad de usted es la única idea que me ha preocupado siempre, y si algún día, en medio de los países remotos en que voy a arrastrar mi mísera existencia, me llegará por acaso la noticia….
DOÑA MATILDE. ¡Qué! ¿Se va usted tan lejos?
DON EDUARDO. ¡Oh! Sí, muy lejos.
DOÑA MATILDE. Arrima unas sillas, Bruno…. ¿Y dónde? Esto es, si usted no tiene interés en callarlo.
DON EDUARDO. Apenas lo sé yo todavía … cualquiera país me es indiferente con tal que sea bien agreste y selvático.
BRUNO (aparte). ¡Si se irá a Sacedón?
DON EDUARDO. He titubeado algún tiempo entre Californias y la NuevaHolanda; pero al cabo puede ser que me decida por la Isla de Francia.
DOÑA MATILDE. ¡Allí nacieron Pablo y Virginia!
DON EDUARDO. Y el negro Domingo también.
DOÑA MATILDE. En efecto … siéntese usted, siéntese usted.
DON EDUARDO. Es que temería….
DOÑA MATILDE. No, no; siéntese usted … y como iba diciendo allí fué donde pasó toda su trágica historia, que tengo bien presente.
DON EDUARDO (aparte). Más la tengo yo, que la leí anoche de cabo a rabo.
DOÑA MATILDE. ¡Y aquella madre señor, aquella madre tan cruel que se empeñó en que su hija había de ser rica!
BRUNO. Más cruel me parece a mí que hubiera sido si se hubiera empeñado en lo contrario.
DON EDUARDO. Luego hallaré en dicha isla todo cuanto puedo apetecer en mi posición actual; cascadas que se despeñan, ríos que salen de madre, precipicios, huracanes….
BRUNO (aparte). No iré yo a la tal isla.
DON EDUARDO. Y bosques inmensos de plátanos, cocoteros y tamarindos, con cuyos frutos podré sustentarme, o a cuya sombra podrán reposar tal cual vez mis fatigados miembros.
DOÑA MATILDE. ¡Y qué! ¿No tendrá usted miedo de los negros cimarrones?
BRUNO (aparte). ¿Quiénes serán esos demonios?
DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Matilde, si viera usted qué poco vale la vida cuando se vive sin deseos, ni porvenir!
DOÑA MATILDE. ¡Pobre Eduardo!
DON EDUARDO. ¿Se enternece usted?
BRUNO. También a mí me empiezan a escocer los ojos, si vamos a eso.
DOÑA MATILDE. Ciertamente que no puedo menos de agradecer y admirar el que vaya así a exponerse por mi causa a tantos peligros un joven de tales esperanzas, tan rico….
DON EDUARDO. ¿Yo rico?
DOÑA MATILDE. Contando con la herencia del tío….
DON EDUARDO. No hay duda que he podido ser rico, pero….
DOÑA MATILDE. ¿Pero qué?
DON EDUARDO. Nada, nada.
DOÑA MATILDE. Explíquese usted.
DON EDUARDO. Son cosas mías, que ya no pueden interesar a usted.
DOÑA MATILDE. ¡Oh! sí, sí … hable usted … lo quiero … lo exijo….
DON EDUARDO. Bueno; sepa usted que cuando el Sr. D. Pedro creía que mi tío aprobaba nuestro proyectado enlace, éste me instaba a que me casase con la hija única del conde de la Langosta….
BRUNO (aparte). Familia muy noble en tierra de Campos.
DOÑA MATILDE. ¿Y bien?
DON EDUARDO. ¡Y que mi tío me ha desheredado en seguida, porque no he querido darle gusto!
DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?
DON EDUARDO. Así me lo anuncia en una carta que recibí ayer suya, dos o tres horas antes que Bruno me entregara la de su padre de usted.
DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?
DON EDUARDO. Pues, y por lo mismo nada sacrifico, en punto a bienes de fortuna, al desterrarme para siempre de mi patria.
DOÑA MATILDE. ¿Y había de consentir yo en ese destierro?
BRUNO. Perrada fuera.
DOÑA MATILDE. ¡Yo, que tengo la culpa de todas las desgracias de usted!
DON EDUARDO. Pero qué remedio….
DOÑA MATILDE. No, jamás se realizará tan terrible separación … si es cierto que usted me quiere….
DON EDUARDO. ¿Lo duda usted todavía?
DOÑA MATILDE. ¿Desheredado por mí! ¡Y yo he podido, Dios mío, desconocer un instante tanto mérito!
DON EDUARDO. ¡No llore usted, por mi vida, Matilde mía!
DOÑA MATILDE. ¡Sí, hace usted bien en llamarme suya … que de usted soy y seré … que de usted he sido siempre; porque ahora lo conozco, y no tengo vergüenza de confesarlo!
BRUNO. ¡Pobrecita, qué ha de hacer más que conocerlo y confesarlo!
DON EDUARDO. ¿Puedo creer tamaña dicha!
DOÑA MATILDE. Ojalá estuviera aquí mi padre, para que en su presencia….
DON PEDRO (aparte). Si se habrá ya ido.
DOÑA MATILDE. Papá, papá, aquí está D. Eduardo.
DON PEDRO. ¡Hola! Conque…. (Risueño)
DON EDUARDO. Hum. (Tosiendo)
DON PEDRO (aparte). ¡Canario! que se me olvidaba el encargo….
DOÑA MATILDE. Y ya nos hemos explicado ciertoqui pro quoque había … y … nos hemos mutuamente satisfecho … y….
DON PEDRO. ¡Oh! pues si se han satisfecho ustedes, entonces….(Risueño)
DON EDUARDO. Hum. (Tose)
DON PEDRO (aparte). ¡Maldita carraspera!
DOÑA MATILDE. ¿No es verdad, papá, que usted se alegra de ello, y que?…
DON EDUARDO. Achí. (Estornuda fuerte)
BRUNO.Dominus tecum.
DON PEDRO. No, hija mía, no me alegro de semejante cosa ni tampoco puedo aprobar … porque … después de todo, y … en fin, yo me entiendo, yo me entiendo.
DOÑA MATILDE. Yo soy la que no entiendo a usted, papá mío, porque….
DON EDUARDO. Su papá de usted, Matilde mía, se habrá irritado al verme aquí en conversación con usted, cuando me había hecho decir que no quería recibirme.
DON PEDRO. Precisamente.
DON EDUARDO. Y creerá que en esto le hemos faltado al respeto.
DON PEDRO. Cabal.
DON EDUARDO. Y que nuestra conferencia clandestina es contra las leyes del decoro.
DON PEDRO. Sí, señor, clandestina, y contra las leyes del decoro.
DON EDUARDO. Y al notar yo el furor de sus miradas y el calor con que se expresa, le protesto a usted empiezo a temer además que ya no quiera atender a otras razones, que nos quiera separar, y aun para separarnos más pronto que la coja ahora mismo del brazo y se la lleve a su gabinete.
DON PEDRO. Eso es, eso es, ni más ni menos, lo que voy a hacer….Vente conmigo. (A Matilde)
DOÑA MATILDE. ¿Pero papá?
DON PEDRO. Vente conmigo. (Llevándola como por fuerza)
DON EDUARDO. Pero Sr. D. Pedro….
DON PEDRO. ¡Eh! (Volviéndose para oír lo que va a decir)
DON EDUARDO. Decía que yo también me retiraba para no ofender a usted más con mi presencia.
DON PEDRO. Bien hecho…. Vamos. (A Matilde)
DOÑA MATILDE. Adiós, Eduardo.
DON EDUARDO. Adiós, Matilde.
DON PEDRO. Vamos, repito.
DOÑA MATILDE. Fíate en mi constancia. (Al entrarse)
DON EDUARDO. Ya me fío. (Yéndose)
DOÑA MATILDE. Adiós. (Desde adentro)
DON EDUARDO. Adiós. (Vase)
BRUNO. ¡Cómo se quieren! Como dos tortolillos … y el amo, a pesar de eso, y sin saber por qué, los separa y los … vaya, no hiciera otro tanto Herodes el Ascalonita.
DOÑA MATILDE. Por Dios, papá, déjese usted ablandar.
DON PEDRO. No, no; nunca consentiré en semejante bodorrio.
DOÑA MATILDE. ¿Pues no lo aprobaba usted antes?
DON PEDRO. No sabía entonces lo que sé ahora.
DOÑA MATILDE. ¿Pero qué sabe usted?
DON PEDRO. Mil cosas … sé en primer lugar que tu D. Eduardo no tiene un ochavo.
DOÑA MATILDE. ¿Y ése es acaso gran defecto?
DON PEDRO. No te lo parece a ti ahora, que te sientas, por ejemplo, a la mesa, y si hay tortilla comes tortilla, sin informarte siquiera de a cómo va la docena de huevos; pero cuando seas ama de casa y veas volver a Toribio con la esportilla vacía, porque tu marido no dejó una blanca con que llenarla, ya verás entonces si se te cae la baba por la gracia.
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Qué preocupación!…
DON PEDRO. En fin, te repito que no me acomoda el yerno que me quieres dar … ni yo sé tampoco lo que te prenda en él, porque fisonomía menos expresiva….
DOÑA MATILDE. ¡Calle usted, señor, y tiene dos ojos como dos carbunclos!
DON PEDRO. Lo dicho dicho, Matilde; no cuentes jamás con mi licencia … si te quieres casar con ese hombre y morirte después de hambre … cásate enhorabuena, y buen provecho te haga, con tal que yo no te vuelva a ver en mi vida…. Esto es lo único y lo último que te digo … adiós…. (Aparte) Bueno será que me vaya antes que empiecen los pucheros.
DOÑA MATILDE. ¡Que me case y que no le vuelva a ver en su vida!… y él mismo me lo indica…. ¡Dios mío, qué entrañas tienen estos padres! ¡Que me case!… ¡Si sospechará alguna cosa de lo que Eduardo y yo tenemos tratado para cuando ya no haya otro recurso! ¿Y queda ya alguno por ventura? ¡Que me case!… Y bien, sí … me casaré … me casaré con el hombre de mi elección, con el único mortal que me es simpático, y que puede proporcionarme la mayor felicidad posible en este mundo … la de amar y ser amada; porque o yo no sé en lo que se cifra el ser una mujer dichosa, o ha de consistir necesariamente en estar siempre al lado de lo que ella ama; en jurarle a cada instante un eterno cariño; en respirar el aire que él respire … ¿y cuesta acaso algo de esto dinero? No, no … por fortuna todo esto se hace de balde, por más que digan lo contrario … y todo esto lo haré con mi Eduardo…. Con él pasaré mi vida en un continuo éxtasis, y cuando una misma losa cubra al cabo de muchos años nuestras cenizas, todavía inseparables, que vengan entonces a echarme en cara si lo que comí en vida fué potaje de lentejas, o si mi esposo tenía un miserable arriero por tatarabuelo.
BRUNO. ¿Está usted sola? (Entreabriendo la puerta)
DOÑA MATILDE. Sí, ¿qué hay?
BRUNO. ¿Qué hay?… lo de siempre … que el Sr. D. Eduardo está ya ahí con ganas de parleta, y que yo, como me han hecho ustedes,velis nolis, su corre ve y dile, me adelanto a reconocer el campo.
DOÑA MATILDE. ¿Dónde le dejas?
BRUNO. En el descanso de la escalera.
DOÑA MATILDE. Que suba … y tú, oye.
BRUNO. Suba usted caballerito … y yo oigo.
DOÑA MATILDE. Es necesario que te pongas en el cancel de esa puerta (A Bruno) y que nos avises de cualquier ruido que adviertas en el cuarto de papá, no sea que salga y nos sorprenda.
DON EDUARDO. ¿Qué tenemos, Matilde mía?
DOÑA MATILDE. Nada bueno, Eduardo; papá me acaba de asegurar que jamás me dará su consentimiento.
DON EDUARDO. ¡Será posible!
DOÑA MATILDE. Y tanto como lo es … me ha dicho también mil horrores de usted….
DON EDUARDO. ¡De mí!
DOÑA MATILDE. En primer lugar, y según costumbre, que era usted pobre.
DON EDUARDO. Pero usted le habrá respondido, según costumbre….
DOÑA MATILDE. Lo bastante para indicarle que esto es la mayor perfección que usted tiene a mis ojos.
DON EDUARDO. Muchas gracias.
DOÑA MATILDE. En seguida se ha ensangrentado con la familia de usted … con su persona … vamos, le aborrece a usted con sus cinco sentidos … ¡ya ve usted si es injusticia!
DON EDUARDO. ¿Y ya ve usted si me lo parecerá a mí?
DOÑA MATILDE. Así confieso que ya no me queda esperanza alguna.
DON EDUARDO. Ni a mí tampoco … verdad es que nunca la tuve … de ahí que no me haya dormido, y que si usted quiere….
DOÑA MATILDE. Explíquese usted.
DON EDUARDO. Sepa usted que si bien es cierto que he gastado hasta el último real que poseía, también lo es que ya tengo todo listo para nuestro casamiento … dispensa, cura, testigos, cuarto en que vivir, un poco alto sin duda … como que está en un quinto piso … pero en buena calle … en la calle del Desengaño … en fin, nada falta … sino que usted se decida … y dentro de media hora….
DOÑA MATILDE. ¡De media hora!
DON EDUARDO. Nos sobra aún tiempo, porque ni usted necesita más de diez minutos para prepararse, ni yo más de veinte para dar mis últimas órdenes, volver a esta calle, aprovechar el primer momento en que no pase gente, avisar a usted de ello con tres palmadas, recibirla cuando baje y conducirla en dos brincos a la iglesia, cuya puerta, por fortuna, tenemos casi enfrente de esa reja.
DOÑA MATILDE. No decía yo eso, sino que tanta precipitación … estas cosas, Eduardo, necesitan siempre pensarse algo.
DON EDUARDO. ¡Al revés Matilde! estas cosas, si se piensan algo no se hacen nunca … porque … ya ve usted … a cada paso ocurren nuevas dificultades. Se trasluce entretanto el proyecto … se suscitan persecuciones … hay encierros a pan y agua en calabozos subterráneos, hay vapuleo no pocas veces … y si desgraciadamente hubiera esto para nosotros, no sé yo luego cómo nos habíamos de casar.
DOÑA MATILDE. ¡Oh! Eso es muy cierto … dígalo si no Ofelia … la del castillo negro.
DON EDUARDO. Y Malvina, y Etelvina, y Coralina, y otras mil víctimas desaventuradas de la injusticia paterna, a quienes han enterrado con palma por andarse en miramientos. Conque vamos Matilde mía, ¿qué resuelve usted? Mire usted que cada instante se pierde….
DOÑA MATILDE. No sé lo que haga … salirse una así de su casa sin….
DON EDUARDO. Pues si no, ¿qué otro camino tenemos? A menos que usted, arredrada con los peligros que pueden amenazarnos, no se arrepienta de sus juramentos y….
DOÑA MATILDE. ¡Yo arredrada! ¡yo arrepentida! No creía yo que me calumniara usted de ese modo, Eduardo, después de tantas pruebas como le tengo a usted dadas de mi amor….
DON EDUARDO. No es que yo dude … ¿ni cómo había de dudar … cuando esta misma mañana … allí … delante de aquel cuadro de Atala moribunda, me prometió usted casarse conmigo y seguirme, aunque fuera al fin del mundo? sino que … haciendo una hipótesis casi imposible, decía….
DOÑA MATILDE. Dichoso usted que tiene la cabeza para hipótesis … no me sucede a mí otro tanto … y si al cabo cedo a las instancias de usted….
DON EDUARDO. ¿Cede usted a mis instancias? ¡Oh! ¡qué ventura!
DOÑA MATILDE. Sí, hombre injusto; y para ceder mejor a ellas cierro los ojos sobre todas las consecuencias … diga usted ahora que soy tímida, o que soy….
DON EDUARDO. Digo, Matilde, que es usted una hembra extraordinaria … una verdadera heroína de novela … y arrojándome a sus pies protesto.
BRUNO. Que el amo bosteza. (Sin dejar su puesto)
DON EDUARDO. ¡Caramba! si se fastidia de estar solo y sale … no, no…. (Levantándose) aprovechemos los momentos … ahora son las ocho de la noche … conque así, Matilde, a las ocho y media me tiene usted al pie de aquella reja.
DOÑA MATILDE. Bueno; entonces ya me tendrá usted también pronta.
DON EDUARDO. No olvide usted la seña, tres palmadas mías.
DOÑA MATILDE. Me parece mejor que intercale usted entre la segunda y la tercera un gran suspiro para que no sea tan fácil el que yo pueda equivocarme, si acaso hubiera otra intriga amorosa en la calle.
DON EDUARDO. Observación muy prudente … suspiraré entre la segunda y la tercera.
DOÑA MATILDE. Pues lo demás déjelo a mi cargo, que Bruno y yo dispondremos el cómo burlar la vigilancia de mi padre.
DON EDUARDO. No hay más que hablar. Adiós bien mío.
DOÑA MATILDE. Adiós.
DON EDUARDO. Ah, se me pasaba el recomendar a usted que no traiga consigo alhaja alguna, ni dinero ni cosa que lo valga, porque dirían que yo….
DOÑA MATILDE. Pierda usted cuidado … una muda o dos cuando más, con las cartas que usted me ha escrito, el retrato de Atala, la sortija de alianza, y la rosa que usted me dió en el primer rigodón que bailamos juntos, y que conservo en polvo, envuelta en un papel de seda; esto es todo lo que pienso llevar.
DON EDUARDO. Ni necesita usted más. Adiós otra vez.
DOÑA MATILDE. Adiós … Bruno.
BRUNO. ¿Señorita?
DOÑA MATILDE. ¿Te enteraste de lo que hemos tratado?
BRUNO. Ni jota … como tenía que atender a lo que pasaba por allá dentro….
DOÑA MATILDE. Pues has de saber … pero antes jura que no lo has de decir a nadie.
BRUNO. Digo que no lo diré a nadie.
DOÑA MATILDE. Júralo.
BRUNO. Cuando prometo yo una cosa….
DOÑA MATILDE. Bueno … escucha ahora.
BRUNO. ¿Qué es ello? (Con curiosidad)
DOÑA MATILDE. ¿Me quieres, Bruno?
BRUNO. Toma, ¿y para eso tantos aspavientos?
DOÑA MATILDE. Es que si tú no me quieres … (y mira, Bruno, que me has de querer mucho) de lo contrario es inútil que te refiera nada, porque ni me ayudarías ni … conque así responde, ¿me quieres mucho, Bruno?
BRUNO. ¿Que si la quiero a usted? Buena pregunta, cuando la he visto a usted nacer, como quien dice, y la he arrullado, y la he dado papilla y la he….
DOÑA MATILDE. Tienes razón … y por lo mismo me decido ahora a confiarte que me caso esta noche con don Eduardo.
BRUNO. ¡Oiga! Su padre de usted consintió al cabo….
DOÑA MATILDE. No tal, antes al contrario se opone a ello.
BRUNO. ¿Y dice usted que se casa?
DOÑA MATILDE. Dentro de media hora … ahí está el misterio.
BRUNO. No puede ser eso entonces, niña.
DOÑA MATILDE. Te digo que sí … D. Eduardo lo ha arreglado ya todo, y me vendrá a buscar dentro de media hora para llevarme a la iglesia.
BRUNO. No será el hijo de mi madre el que le abrirá la puerta.
DOÑA MATILDE. No importa, porque precisamente tengo decidido el salir por la ventana.
BRUNO. ¿Por la ventana?
DOÑA MATILDE. Por esa reja, quise decir, cuya llave tienes tú, y que está tan baja que con la ayuda de una silla, cualquiera puede….
BRUNO. Según eso, ¿usted cree que yo le voy a dar la llave?
DOÑA MATILDE. ¿Por qué no?
BRUNO. ¿Y también quizá que yo mismo le pondré la silla para encaramarse?
DOÑA MATILDE. ¿Quién había de ser?
BRUNO. ¿Y quien la sostendrá de los brazos hasta que el Sr. D. Eduardo la recoja en los suyos?
DOÑA MATILDE. Sí.
BRUNO. Pues se engañó usted de medio a medio.
DOÑA MATILDE. ¡Cómo!
BRUNO. Y ahora mismo voy a noticiar al amo todo este fregado. (Hace que se va)
DOÑA MATILDE. ¡Detente!
BRUNO. No faltaba más … ¡una niña bien nacida pensar en semejante gitanada!
DOÑA MATILDE. ¡Bruno!
BRUNO. ¡Y proponérmela a mí, que he comido treinta y cinco años el pan de su padre!
DOÑA MATILDE. Pero escucha, por Dios….
BRUNO. Ni por la Virgen … todo lo sabrá el señor D. Pedro.
DOÑA MATILDE. Recuerda que prometiste….
BRUNO. Si prometí fué en la suposición de que sería cosa inocente….
DOÑA MATILDE. ¿Qué hará luego mi padre?
BRUNO. ¿Qué? Encerrar a usted bajo llave si no desiste….
DOÑA MATILDE. ¡Encerrarme … a mí!… Bruno, está visto … me quieres precipitar … pues bien … lo lograrás … ¿ves este papel?…
BRUNO. ¿Y qué hay en ese cucurucho?
DOÑA MATILDE. Píldoras.
BRUNO. ¿De jalapa?
DOÑA MATILDE. De rejalgar.
BRUNO. ¡Jesús mil veces!
DOÑA MATILDE. Que D. Eduardo me trajo esta mañana.
BRUNO. ¡Habrá bribón!
DOÑA MATILDE. A petición mía … porque una mujer desgraciada no puede estar sin un poco de veneno en su ridículo.
BRUNO. Maldita la necesidad que veo yo de eso….
DOÑA MATILDE. A grandes males, grandes remedios … así … tenlo por cierto … si das otro paso hacia la puerta con tan vil propósito, ni una píldora dejo de todo el cuarterón que no me trague.
BRUNO. ¡Condenadas boticas!
DOÑA MATILDE. Y me verás caer aquí redonda, lo mismo que si me hubieras dado un trabucazo.
BRUNO. No haga usted tal … tenga usted compasión de su pobre padre y de mí….
DOÑA MATILDE. Tenla tú de la desventurada Matilde.
BRUNO. Yo … sí … pero….
DOÑA MATILDE. ¿En fin, qué determinas?
BRUNO. Vaya … no diré nada, con tal que me dé usted esas píldoras para….
DOÑA MATILDE. ¿Y me ayudarás también?
BRUNO. Eso no, porque….
DOÑA MATILDE. Que me las trago.
BRUNO. Sí, sí, ayudaré … haré todo lo que usted quiera … pero vengan esas píldoras, repito.
DOÑA MATILDE. Qué desatino … no ves que me desarmaría si te las diera…. Lo que haré será guardarlas en donde las guardaba antes, para el caso en que intentes todavía venderme.
BRUNO. ¡Paciencia!
DOÑA MATILDE. Ahora paso a decirte lo que exijo de ti, y es que si papá viene a esta sala, en tanto que yo entro en mi cuarto a recoger algunas frioleras, trates de alejarle de aquí con cualquier pretexto.
BRUNO (aparte). Ojalá viniera.
DOÑA MATILDE. Que cuides de que no haya luz….
BRUNO. En soplando las que están encendidas….
DOÑA MATILDE. Y que la reja esté abierta para cuando yo vuelva.
BRUNO. Si sé donde puse la llave, que me….
DOÑA MATILDE. Ya la encontrarás … no se te olvide nada … ¿lo entiendes? y yo me voy a lo que dije … cuidado que es menester que una mujer tenga cabeza para atar tantos cabos.
BRUNO. Más cabeza se necesita para desatarlos … y a fe que la mía no acierta el cómo … ello sin las malditas píldoras … bastaba con que yo cantara de plano … pero si la chica … que se ha echado el alma atrás … lo sospecha y en un abrir y cerrar de ojos … zas … se engulle media docena de los tales confites … ¡vea usted entonces qué desgracia!… qué sentimiento para todos!… y que es capaz de hacerlo lo mismo que lo dice … sí, señor, lo mismo, porque hay mujeres que por salirse con lo que se les pone entre ceja y ceja comerán … no digo yo rejalgar, sino … ¿por otra parte puedo yo callarle a mi pobre amo una cosa que tanto le interesa? que tanto interesa al honor de la familia … imposible … y mucho más cuando quizá su merced encontraría algún medio término … alguna estratagema … calle, ¡una palmada junto a nuestra reja! ¡otra! si pudiera atisbar … ¡San Bruno y qué suspiro! ¡suspiro de alma de pena!… ¡tercer palmada!… si será nuestro perillán…. (Se asoma a la ventana y habla con D. Eduardo, que está en la calle) cabalito … él es … cé, cé, D. Eduardo … soy yo … el mismo que viste y calza … ¿eh? no, no está todavía aquí … tenga usted un poco de paciencia … en efecto van a dar las ocho y media … ya veo que es una pistola lo que usted me enseña … ésta es otra que bien baila: que se levantará la tapa de los sesos si al dar la campanada de la media no está ya doña Matilde en la calle ¡qué diablura! Diga usted, D. Eduardo … diga usted … sí, se marchó renegando a la esquina opuesta … pues por Dios … que estamos frescos … veneno por aquí … pistoletazo por allá, y a todo esto el amo metido en su aposento….
DON PEDRO (aparte). Necesito no descuidarme si he de llegar a tiempo de ponerme junto a un confesonario sin que me vean….
BRUNO. ¡Ah! ¡Señor D. Pedro de mi vida!… ¡algún ángel le ha traído a usted tan a punto!
DON PEDRO. No me entretengas, Bruno, que estoy muy de prisa.
BRUNO. Dos palabras tan sólo.
DON PEDRO. Ni media.
BRUNO. Sepa usted….
DON PEDRO. No quiero saber nada, déjame.
BRUNO. Que la señorita….
DON PEDRO. Ya me lo dirás cuando vuelva … suelta.
BRUNO. Es que cuando usted vuelva ya no quedará mucho que decir, porque doña Matilde….
DON PEDRO. Suelta, suelta, o vive Dios….
BRUNO. Ya suelto, pero luego no se queje usted….
DON PEDRO. Luego me las pagará todas juntas el que haya contribuído a ofenderme.
BRUNO. ¡Oídos que tal oyen!
DON PEDRO. Y para eso hice afilar el otro día mi espadín de acero.
BRUNO. Y por eso cabalmente quiero yo hablar ahora, y contar a usted….
DON PEDRO. Calla.
BRUNO. Pero si no me deja usted hablar, ¿cómo quiere usted…?
DON PEDRO. Calla, y hasta después que ajustaremos cuentas…. (Aparte)Pobre Bruno, no le queda mal susto en el cuerpo.
BRUNO. ¡No sabía yo lo de la afiladura del espadín! Con esto, y con que después se le antoje el que yo tuve arte o parte en el negocio … y me atraviese como un palomino…. Dígole a usted que … vamos, por más que lo miro y lo remiro … no hay escapatoria … tiene que acabar la tragedia … porque a la altura en que estamos … es claro que o se matan ellos o los mata D. Pedro, o me mata éste a mí … o se mata él … o nos morimos todos de pesadumbre … lo dicho … tiene que haber muertes … tiene que haberlas necesariamente … a menos que un milagro….
DOÑA MATILDE. ¿Salió mi padre?
BRUNO (aparte). Adiós con mi dinero … ya está aquí doña Matilde.
DOÑA MATILDE. ¿No me respondes si salió mi padre?
BRUNO. Salió, y como un rehilete … no sé yo lo que podía urgirle tanto … pero … ¿qué hace usted?…
DOÑA MATILDE. Lo que tú has olvidado … apagar las velas….
BRUNO. ¿Que es de rigor en tales aventuras el andar a tientas?
DOÑA MATILDE. Es prudencia por lo menos para evitar el que la vecina de enfrente fisgonee lo que va a pasar en este cuarto.
BRUNO. ¡Ay! (Dase con la cabeza contra la pared)
DOÑA MATILDE. ¿Qué es eso?
BRUNO. No es cosa, un chichón que debo a la vecina de enfrente.
DOÑA MATILDE. ¡Y todavía no has abierto la reja!
BRUNO. ¿Para qué? ¿Si se ha de ir usted al cabo, no vale más el que se salga usted por la puerta?
DOÑA MATILDE. No lo creas … eso cualquiera lo haría … y es también menos dramático.
BRUNO. ¿Menos qué?
DOÑA MATILDE. Vaya, despáchate en abrir la reja … mira que creo que ya ha dado la media.
BRUNO. ¿Qué había de dar? no, señora … ni por pienso…. Dios nos libre de que hubiera dado.
DOÑA MATILDE. ¿No abres?
BRUNO. Aquí tengo la llave; pero antes reflexione usted, hija mía, la pesadumbre que va usted a dar a su padre con este escándalo … y lo que….
DOÑA MATILDE. ¿Oyes ahora la media?
BRUNO. Virgen del Tremedal…. (Corriendo a la ventana) ¡Allá va, allá va!… (Gritando a don Eduardo)
DOÑA MATILDE. ¡Cómo! ¿A quién gritas?
BRUNO. Nada, nada.
DOÑA MATILDE. ¡Ah traidor! ya te entiendo … pero antes que vengan a sorprendernos apelaré a mi último recurso. (Hace como que saca las píldoras)
BRUNO. Tenga usted el brazo; (Corriendo a doña Matilde) tire usted esas píldoras, que es a D. Eduardo a quien yo avisaba…. (Vuelve a la ventana) Allá va, allá va…. Repito que es D. Eduardo a quien yo…. (Vuelve a doña Matilde) ¡ay qué sudor frío me ha entrado!
DOÑA MATILDE. ¿Pues por qué no me decías que D. Eduardo estaba ya esperándome?
BRUNO. Porque … porque … bueno estoy yo ahora para decir el porqué de nada, y si me sangraran….
DOÑA MATILDE. En suma, ¿quieres o no quieres abrir la reja?
BRUNO. En este instante…. (Aparte) Empecemos al menos por salvar dos vidas … ¡qué premiosa está!
DOÑA MATILDE. Pon luego una silla.
BRUNO. Pongo una silla.
DOÑA MATILDE. ¿Y está ya D. Eduardo?
BRUNO. Le estoy tocando con la mano la copa del sombrero.
DOÑA MATILDE. Entonces … ¿dónde dejaré la carta para papá?… y muy contenta que estoy con ella … ¡oh! me ha salido muy tierna y muy respetuosa … mucho más tierna que la de Clari en la ópera … aquí la pondré sobre la mesa … ahora vamos … no; me falta todavía que implorar al cielo, y rogar también por mi padre. (Se pone de rodillas)
BRUNO. ¡Si la tocará Dios en el corazón!
DOÑA MATILDE. Ahora quiero besar la poltrona (Se levanta) en que duerme papá la siesta … la mesa … la jaula de la cotorra … adiós, muebles queridos … adiós, paredes que me guarecisteis durante mis primeros … mis más dichosos años … y que quizá no volveré a ver más … dame la mano, Bruno … adiós, Bruno … que seas feliz … que me vengas a ver … ¡ay, que me caigo!…
BRUNO. No tenga usted cuidado … y déjese usted ir … ¡maldito alfiler!
DOÑA MATILDE. Que consueles a mi padre.
BRUNO. A buena hora, mangas verdes … téngala usted, D. Eduardo … así … ya llegó al suelo … y corren como gamos … y ya llegan a la iglesia … y ya entran y … Dios los haga buenos casados … quitémonos ahora de la reja … cerrémosla … y cuidemos antes de todo de esconder el espadín de acero.
DOÑA MATILDE. ¡Lo que tarda en encenderse esta lumbre!
DON EDUARDO. Si no soplas derecho.
DOÑA MATILDE. Será culpa del fuelle.
DON EDUARDO. Mira cómo se va el aire por los lados.
DOÑA MATILDE. ¡Ay! que no puedo más.
DON EDUARDO. Vaya, se conoce que éste es el primer brasero que enciendes en tu vida … dame, dame el fuelle.
DOÑA MATILDE. Tómale enhorabuena … y despáchate, por Dios, que me siento muy débil.
DON EDUARDO. Ya lo creo; no cenaste anoche.
DOÑA MATILDE. ¡Qué descuido el tuyo!… no tener siquiera un bocado de pan en casa.
DON EDUARDO. Como nunca tienes apetito en semejantes días….
DOÑA MATILDE. Ya, pero … ¿y tú?
DON EDUARDO. Oh, lo que es por mí no te inquietes, y si no te enfadaras te confesaría….
DOÑA MATILDE. ¿Qué?
DON EDUARDO. Que por lo que podía tronar, me forré el estómago con un buen par de chuletas antes de ir a buscarte.
DOÑA MATILDE. ¡Pues estuvo bueno el chiste!
DON EDUARDO. Ya pienso que puedes arrimar la chocolatera al fuego.
DOÑA MATILDE. ¡Y qué enorme armatoste!
DON EDUARDO. ¿Sabrás hacer chocolate?
DOÑA MATILDE. Creo que se echa primero el chocolate partido a pedazos….
DON EDUARDO. No me parece que es eso….
DOÑA MATILDE. Entonces echaré primero el agua….
DON EDUARDO. Tampoco.
DOÑA MATILDE. Pues no hay más que echar las dos cosas a un tiempo.
DON EDUARDO. Dices bien … y una onza entera, otra partida … así no podemos errarla de mucho … pon más agua.
DOÑA MATILDE. ¡Si le he puesto cerca de un cuartillo!
DON EDUARDO. Y ¿qué es un cuartillo para dos jícaras?… llena la chocolatera, llénala.
DOÑA MATILDE. ¡Hombre!
DON EDUARDO. Llénala, y no empecemos con economías.
DOÑA MATILDE. Ya lo está.
DON EDUARDO. Divinamente; y volviendo a lo de anoche, ¿creerás, Matilde, que todavía me río al recordar lo asustada que estabas durante la ceremonia?
DOÑA MATILDE. Pues mira, mayor fué, si cabe, mi congoja al subir esta eterna escalera a tientas, al tardar diez minutos en acertar con el agujero de la llave, al encontrarme después sola y sin luz en este aposento desconocido y frío, sin atreverme a dar un paso por no tropezar con algún mueble, hasta que volviste con el candelero que te prestó la vecina.
DON EDUARDO. ¡Bendita vecina!… por ella nos escapamos anoche sin un chichón cada uno cuando menos, y a fe que hubiera sido de mal agüero.
DOÑA MATILDE. Ya empieza a hervir el agua.
DON EDUARDO. Y también deduzco del gesto que hiciste involuntariamente al entrar yo con la luz y recorrer tú con la vista el cuarto en que te hallabas, que te sorprendió en gran manera su pelaje.
DOÑA MATILDE. ¡Qué disparate!
DON EDUARDO. Vaya, la verdad. ¿No esperabas hallar otra cosa?
DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es eso….
DON EDUARDO. ¿No esperabas el que los muebles, aunque pocos y sin embutidos, fueran siquiera de caoba y nuevos? el que hubiera cortinas de muselina blanca, aunque sin guarniciones ni flecos?
DOÑA MATILDE. No, eso no … ya sé yo que la caoba y la muselina no se han hecho para casas pobres … pero hay muebles bastante bonitos de cerezo o de nogal … hay cortinas muy baratas de percal o de zaraza … y si juntas a eso unas paredes recién blanqueadas, unos pisos muy fregados, unas ventanas con sus correspondientes tiestos de flores, y otras bagatelas semejantes que cuestan poco o nada, resultará de todo cierta elegancia en la misma pobreza, que….
DON EDUARDO. Dime, Matilde, ¿has entrado en muchas casas pobres?
DOÑA MATILDE. En la de la vieja de la Alameda….
DON EDUARDO. Ya me lo sospechaba yo….
DOÑA MATILDE. Y además he leído mil descripciones muy verídicas, y por ellas….
DON EDUARDO. ¡Que se va el chocolate!
DOÑA MATILDE. ¿Qué dices?
DON EDUARDO. Quítalo presto de la lumbre.
DOÑA MATILDE. ¡Ay!
DON EDUARDO. ¿Te quemaste?
DOÑA MATILDE. Todo el dedo meñique.
DON EDUARDO. ¡Qué desgracia!
DOÑA MATILDE. No es eso lo peor, sino que como me dolía solté la chocolatera, y….
DON EDUARDO. ¿Y se habrá apagado el fuego?
DOÑA MATILDE. Completamente.
DON EDUARDO. ¡Cómo ha de ser! En encendiéndola otra vez….
DOÑA MATILDE. ¡Otra vez!
DON EDUARDO. Aquí tengo las dos onzas restantes….
DOÑA MATILDE. ¡Pero eso de soplar otra hora y media!…
DON EDUARDO. ¿Qué remedio tiene? a menos que no prefieras el que cada cual se coma cruda la onza que le corresponde….
DOÑA MATILDE. Ello todo es chocolate.
DON EDUARDO. Y en bebiendo luego un buen vaso de agua….
DOÑA MATILDE. Así tendremos también más lugar para hablar de nuestras cosas.
DON EDUARDO. Para establecer desde luego nuestro método de vida.
DOÑA MATILDE. Y el empleo de las horas del día. Ea, pues, venga mi onza, y sentémonos.
DON EDUARDO. Tómala, y sentémonos … ¿en qué piensas?
DOÑA MATILDE. En nada … en que papá estará ahora desayunándose, y….
DON EDUARDO. También nosotros … más frugalmente … pero….
DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es por eso … en estando a tu lado … y la ventaja de no tener criados que nos murmuren, ni sibaritas que nos importunen con sus visitas….
DON EDUARDO. ¿Qué habíamos de tener?
DOÑA MATILDE. Disfrutando en cambio de independencia y de tranquilidad.
DON EDUARDO. Por supuesto.
DOÑA MATILDE. Y esto de vivir tranquilos, Eduardo, esto de que nadie venga a desencantarnos con su odiosa presencia en uno de aquellos momentos deliciosos.
DON EDUARDO. ¡Calla! ¿Llamaron?
DOÑA MATILDE. Creo que sí.
DON EDUARDO. Habla bajo.
DOÑA MATILDE. Pero que….
DON EDUARDO. Más bajo.
DOÑA MATILDE. ¿Quieres que abra?
DON EDUARDO. No, no … pero ve de puntillas, y mira si por la rendija puedes atisbar quién es.
DOÑA MATILDE. Voy … es un viejecito barrigoncito, con calzones de pana y medias rayadas.
DON EDUARDO. ¡Él es!
DOÑA MATILDE. ¿Quién dices?
DON EDUARDO. El diablo.
DOÑA MATILDE. ¡Jesús mil veces!
DON EDUARDO. O el casero, que es lo mismo … ¿dónde me esconderé?
DOÑA MATILDE. ¡Esconderte!
DON EDUARDO. Allí … debajo de la cama … y tú abre luego, y dile que he salido muy temprano, y que no volveré hasta la noche.
DOÑA MATILDE. Eduardo….
DON EDUARDO. Abre ya … antes que nos rompa la puerta. (Al meterse debajo de la cama)
DOÑA MATILDE. Pero, Eduardo, no entiendo….
DON EDUARDO. Abre, abre. (Se mete enteramente)
DOÑA MATILDE. ¡Dios mío! ¿Qué querrá decir esto?