Il segreto per esser felicese io per prova...
Il segreto per esser felicese io per prova...
Il segreto per esser felicese io per prova...
El pasaje deLucrecia, letra más o menos.
Me acerqué a la casa de donde salía la voz, y pegado a la ventana escuché hasta la última nota del brindis, tras de las que enmudecieron cantatriz y piano.
A la noche siguiente volví a matar el tiempo rondando la ventana de mi admirada y desconocida contralto. La sesión fue más larga. La sinfonía delGuillermo, después trozos sueltos deGioconda, y por último, cantada,Lucrecia.
Yo, que insensiblemente había concluído por acercarme a la reja, trataba de descubrir a la artista—pues tal nombre merecía—por los entreabiertos cristales. No veía más que un lado del piano. Iba a empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la desierta calle. Era un hombre, que entró en la casa, contemplándome antes con tenacidad.
Luego cesó la canción, y me fui a dormir, dándome la norabuena por haber descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que me quedaban en el pueblo.
No faltaba una; y eso que, pocas después la luna, acudiendo a la cita también, cada vez más presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras; circunstancia molesta, porque empecé a llamar la atención de los pocos transeúntes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y salía de la casa. Y ¿qué? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de poder y de frescura, que se ceñía a los acordes del piano ágil y ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio, por una mujer desconocida y a la que yo no debía conocer, “del secreto para ser feliz, que ella sabía por experiencia y lo revelaba a los amigos”—sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo santo alumbrando a una imagen que parecía aguardar juramento de amor... ¡Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se permitía este corazón un poco fatigado...!
** *
Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me da una bofetada,que contesto con un bastonazo, tomándole por loco. Me entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo que batirme. Al otro día, un sablazo en este brazo. ¿Noticias de mi rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y frío. No pude averiguar más.
La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo más de lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original desafío, me irritaba.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
A los pocos días, me sorprendió mi adversario, visitándome.
—Vengo a pedirle mil perdones—me dijo. ¿Usted sabe quién soy?
—No tengo ese gusto... es decir, sí; un loco o un camorrista de profesión.
Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueño de la casa en cuya reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer, que es tan honrada como joven, le tomé a usted por un impertinente a quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque esté seguro—como yo lo estoy—de la virtud de su esposa, al ver que un hombre asedia su casa, recatándose en la obscuridad, es tenerle por inoportuno y profesarle antipatía.
—Bien—repuse asombrado—; pero es que mi objeto...
—No se moleste en explicármelo—interrumpió tranquilo y galante mi adversario—. Se lo acabo de escuchar al médico de usted, hablando confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a genialidad mía. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal, efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que yo pague una deferencia de usted a un mérito de mi mujer con una estocada, al saberlo me creo en el caso de reparación. Lo menos que debo hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que pueda usted oirla cantar, cómodamente sentado, y para que pueda ella darle las gracias por las veces que fué a oirla aguantando el frío y las molestias de la calle.
Tendí la mano a mi interlocutor, pero renuncié delicadamente a su proyecto. Insistió. Era, pues, absolutamente necesario.
Y fuí presentado.
Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas. Cuando la volví a oir cantar “el secreto para ser felices lo enseño a mis amigos”, me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me habíadicho, acabé por empeñarme en averiguar si era tan virtuosa como el marido afirmaba. Esto no podía comprobarse fácilmente; pero yo quería a todo trance darle a aquel hombre la razón de sus palabras y de sus actos.
¡Me dolía tanto el brazo!
** *
Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha, contemplé la casa por última vez. También hacía luna y el farol de la Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el balcón, momentos antes, me había jurado por la Virgen que no me olvidaría.
Quedamos en eso.
Y el marido y yo, en paz.
Para muchos niños hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una escuela más pública que las escuelas públicas: la calle.
Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasión, sus bedeles los guardias. Está abierta siempre.
A media noche, cuando cruzáis las anchas calles desiertas, un poco encantados de oir vuestro taconeo en la acera y de tener para vosotros nada más las luces brillando, como las que en avenidas de imperial palacio aguardan la retirada del señor, una cosa se os pone delante y se os enreda entre las piernas. Es un periódico extendido, que anda solo, detrás del cual se divisan luego los pies, la cabeza y las manos del que lo sostiene, como en las clásicas viñetas anunciadoras.
—¡Señolito, elHelaldo!—dice un chicuelo tan alto como el periódico.
Ha surgido de un portal, del biombo de Fornos,donde del frío se amparaba, tendido sobre un montón de niños, que pisan los trasnochadores. Un brazo que se retira o una pata que se encoge: esto es todo. «Los golfos», piensa el que sale; y por los miembros entrelazados allí, es tan incapaz de calcular el número de muchachos como de averiguar por las roscas movibles y viscosas el de un pelotón de lombrices.
Y me he fijado alguna vez en los chiquillos delHelaldo. Los hay rubios, con caras bonitas y tan dulces como la de todos los niños de tres años. Sus bocas sonríen con ingenuidad confiada, y sus ojos son vivos e inteligentes. Piden unapelillao brindan su mercancía alargando la manila aterida, a no importa quién, con la amorosa gracia con que pedirían un beso a sus padres, si los conocieran. He buscado con insistencia entre ellos alcriminalnato, de Lombroso, para conocerlo así, pequeñito. En vano. Frentes abultadas y sortijillas de seda... como todos los niños, en fin.
“¡Los golfos!” es cuanto dice al verlos el hombre grave, lo mismo que dice bajo los árboles del Retiro: “¡Los mosquitos!” El que más, recuerda en ellos elGavroche; los halla chistosos y simpáticos, y se figura que van a ser eternamente gorriones de la gran ciudad, para dormir en los huecos de las estatuas y saltar de día al frente de los batallones. Estábien, pues; que no hagan nada; ya servirán de efecto armónico a los poetas, como las golondrinas y las hierbas de las tapias. El orden social, que por dos pesetas se encarga un guardia de representar, mira a los golfos y les da una patada de cuando en cuando.
¡Ah, pero se es injusto en tratarlos así, de haraganes! Distan de serlo. Esos pobres niños delHelaldo y La Colespondenciamuestran la curiosidad y la voluntad de aprender que todos los de su edad, cuando se empieza a desplegar su alma. La tienen blanca, de ángel, y con ella han empezado su carrera y se aplican en suprimera enseñanza.
¡Y que no les enseñan los puntapiés de orden público! A los seis años ya saben correr y quitar pañuelos, mirando con un ojo al bolsillo y con el otro al guardia. Es el ingreso de bachillerato. Mientras lo cursan, los agentes siguen observándolos con atención, llevándolos tal cual vez a recoger diplomas en la Prevención del distrito, y repartiéndoles trompadas y pescozones. Aunque con filosofía: “aún no estorban”, dice la sociedad. Y como no estorban, hasta los quince o veinte años, filiados ya en los gubernamentales registros, se pasan la vida, a fuer deestudiantesalegres, corriendo de los guardias en la calle y convidándolos a cariñena en las tabernas.
Facultad Mayor. Se indica por el ingresodel educando en la cárcel, a consecuencia de un robo o de un navajazo en quimera. Cosa leve y grandes adelantos. El que no es completamente imbécil, saca lalicenciaturaen tres años, y como ya está hecho lo más, he aquí que viene un día el saqueo del palacio de un marqués, en cuadrilla, con asesinato del dueño...
La sociedad se conmueve.
—Ese hombre—dice frunciendo el ceño ante el asesino—estorba ya. Venguémonos; ha terminado su carrera.
Y efectivamente, entra poco después en el calabozo; le pesan y miden los antropólogos; encuentran que tiene la frente deprimida, el pelo lanoso y áspero, las orejas en asa y los pómulos salientes. No recuerdan ya que cuando pequeñín tenía la cabeza de los angelillos, cuando pregonaba elHelaldo, ni recuerdan que la ferocidad de su sonrisa con dientes de caballo había sido primero, “en boca de niño, sonrisa de amor”.
—¡Criminal nato!—gritan los antropólogos.
Porque, eso sí; la ciencia es rotunda.
Ha terminado su carrera. Se le viste la hopa y el birrete de los ajusticiados.
Es decir, la toga.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuando menos eso me pareció a mí una tarde muy triste en que yo pude contemplar aun hombre con bonete y sotana negra, sentado junto a un palo, agarrotado por el pescuezo y con la lengua fuera.
Tenía yo también recién ganada mi toga, y no sé qué extraños giros de pensamiento hiciéronme ver un poco de vergüenza en mi traje talar y un poco de grandeza entre los pliegues de aquella túnica que envolvía a aquel muerto con la cabeza tronchada y el gesto de apocalíptico reproche...
¡Quizá emprendimos lacarreraal mismo tiempo! Yo, en el regazo de mi madre. Él, en el desprecio de la Humanidad.
Y me estremecí al pensar que si hubiese sido lo contrario, yo sería entonces el ahorcado, y el ahorcado el doctor.
¿Domingo?
Caramba, día de divertirse.
¡Cuánta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al revés.
Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene lance de paseo.
Sol hermoso; coches y tranvías atestados; Espartero dominando la calle desde su caballo de bronce.
—¡Adiós, general!
Es muy amable este Espartero, con su sombrero en la mano, eternamente saludando a la acera derecha, desde donde nadie le responde. Líbreme Dios de pasar sin corresponder finamente al saludo, y los demás que hagan lo que gusten.
Y vengamos a cuentas, para no andar en balde: ¿adonde iré? Hay que pensarlo sobre la marcha, entre pisotón y codazo.
Dinero no falta, en buena hora lo diga, sino para comprar un reino, con el que quizás no sabría qué hacer, para comprar media docena de mujeres, que bien sabré qué hacer con ellas.
Pero tal vez lo sé demasiado.
La tarde es larga, la vida imposible. Reflexionando, principalmente. Algo, pues; necesito algo que me distraiga; y estoy en la corte, donde dicen que sobran las diversiones.
En la plaza gran atracción. Un toro y un elefante. Iría, pero luego no resulta ninguna de las barbaridades prometidas. ¿Fieras contra fieras? ¿Tigres, toros, leones y elefantes? Bah, para atrocidades los hombres, y ya los veo por la calle... y ya me ven.
¡La Cibeles!
Decididamente, me son simpáticos estos caballos de bronce y estas virtudes de mármol.
Allá, por las baldosas de Recoletos, desfila un cordón de gente. Sombreros monumentales, flores, niñas en situación, tal cual levita...; los de a pie, dándoselas de aristócratas desmontados, los de a caballo mirando a los landós, y los landós al trote. El éxito de la tarde es uncabtirado por once perros de Terranova.
¿Hay concierto? Beethoven, Wagner, cien violines, dos arpas... Yo quisiera oirlo sin verlo. Desde una hamaca oscilante en la bóveda. En las butacas acabaría por preocuparme dela postura; en los paseos estaría de pie y molesto; en el paraíso... ¡nada de paraísos!
Y nada de conciertos ni de músicas. La música miente, me diría dulzuras, llevaría mi pensamiento a lo que no puede existir. ¿Un mundo desavenido con la última nota? ¿Un ángel vuelto a caer al pisar la calle? Jamás. Prefiero seguir en la realidad.
Adelante. Arriba, arriba calle de Alcalá. La realidad puede ser un teatro cualquiera, de telón afuera o de telón adentro. Sólo que en la sala seguramente no me importaría lo que pasara en la escena. El colmo. Buscar interés por un espejo a lo que en sí mismo no interesa nada. Desde una butaca no sabría esta tarde si el drama o la comedia estaba delante de mí o alrededor mío o... dentro de mi alma.
Alma. ¿Habré dicho una barbaridad?
—Una limosna al ciego.
—Toma.
—Dios se lo pague.
—Bueno. Pero te advierto que son dos pesetas... por si eres ciego.
No es limosna. Es que doy el dinero que me hubiese costado no divertirme en el teatro. Gano todavía y ese infeliz me da las gracias. ¡Estúpido!
El sol, rasando sus rayos desde el tejado de la Equitativa, envuelve en polvo de luz la calle. Maldito si veo a nadie de tanta gente comotropiezo... Siempre es un favor. Señoras en silueta, amigos al traslumbre... y yo, sombrero a los ojos y hala, hala... Vuelvo la cabeza y veo a la señora de un amigo. Pero por la espalda. ¡Qué historia me recuerda! Ella lo quiso. Punzante, casi dulce, breve. Un epigrama. Una instantánea.
Bien ¿y qué? Maisón Dorée. ¿Qué adelanto con entrar? Café. Mis terrones y mi sitio. Conocidos, todo mi círculo. Poetas y autores, políticos, novelistas, empleados y periodistas sin empleo, un pintor, celos, mentiras en circulación, la farsa, lo de siempre... Además, que sería una lástima callarlos si me están poniendo como un trapo. Volveré. Hay tiempo de cobrarse. Yo suelo quedarme de los últimos...
Pero ¿este dinero?...
¡Ah, ya encontré mi diversión!
—¡Cochero!
—Señor.
—Al campo, al aire, al sol...
—Se está poniendo.
—No importa. Llévame adonde quieras, aunque no haya nadie, con tal que haya callos y vino. De prisa. Revienta el jaco, porque me da igual llegar en diez minutos o a media noche. Lo importante es ir de prisa.
—Camarero, una ración de callos y otra de alegría.
—¿Eh?
—Sí, hombre, sí. ¡Una botella!... ¡Parece mentira que no sepáis lo que estáis vendiendo!
Celso Ruiz, la prudencia misma, ¿cómo ha podido provocar al caballero Alberti, duelista célebre, tirador maravilloso que parte las balas en el filo de un cuchillo?
Acabo de encontrar a mi amigo en su despacho, tumbado en el diván, el cigarro en los labios.
—¿Te bates?—le he preguntado.
—Me suicido.
—Verdad. Tanto vale ponerse con una pistola frente a ese hombre.
—Es igual. Necesito demostrar que no soy un cobarde.
—¿A quién?
—A todos; a mí mismo, porque hasta yo empezaba a dudarlo.
—¡Estás loco!
Se incorporó Celso, me hizo sentar, y dijo:
—Escúchame. Toda una confesión. La vida exprés de la corte no tiene la sólida franqueza de nuestra provincia, donde el tiempo sobra para depurar la amistad. Aquí, las gentes somos a perpetuidad conocidos de ayer; amigos, nadie; de modo que tenemos el derecho de recelar unos de otros, de engañarnos mutuamente y de juzgar a cada cual por el traje con respecto a su posición, por su ingeniosidad con respecto a su talento, y por su procacidad con respecto a su hidalguía. La mesa del café, de concurrencia volante, nos atrae por suesprity nos repugna por su cinismo. La dejamos con disgusto, quedando siempre un jirón de amor propio entre las tazas, y volvemos, sin embargo, al otro día, como a una tertulia de prostitutas, a fumar y estar tendidos. Tiene razón el que habla más fuerte, y el argumento supremo es una botella estrellada en la testa del contrario.
—Ecce homo. ¿Y algoasíes tu lance con ese duelista, medio juglar y medio caballero?
—El motivo, a lo menos. Aguarda. Tú, cuando vine, hace un año, me presentaste en esos círculos, cuya animación me cautivó, pues no falta en ellos el ingenio. Fué un alegrón. Allá, en el destierro de nuestra ciudad, imposibilitado de juntar seis personas con quienes establecer cambio de ideas sin aduanas de ignorancia, pensaba en Madrid, en el Madrid íntimo, intelectual y exquisito; soñaba un cenáculo de hombres de corazón, dondeestuvieran proscritas las preocupaciones, y donde el pensamiento pudiera brotar y dilatarse libremente como el humo de un vapor en el aire limpio de los mares... Mi sorpresa, pues, no tuvo límite al descubrir que entre estas gentes del talento se alzaban con cada palabra intransigencias mil veces más ruines que las de los ignorantes. La frase inofensiva, con tal que fuese afortunada, la retorcía la vanidad y la convertía en insulto; el triunfo ajeno lo trasformaba en odio la envidia; el razonamiento feliz era rechazado con la brutalidad del sectario; y todo esto, como trámite fatal, conducía al botellazo primero y al lance de honor algunas veces.
—Pongamos un medio por ciento.
—Es mucho.
—No. Exacto. La proporción de esos desafíos en que paga las tarjetas rotas el camarero. Uno por doscientas botellas... Pero dime de una vez, ¿por qué es tu lance?
—A eso voy; precisamente por haber esquivado aquellos otros y losargumentos de cristal. Como yo creo que no había de convencer a ningún polemista rompiéndole la cabeza, ni había de quedar convencido porque me la rompiesen a mí; como creo que nunca puede constituir caso de honra una disputa de café, que no es ordinariamente sino uncaso de vanidad, más digno que de unlance de honor, de algunas explicaciones sensatas o del discreto desprecio, y como pienso, además, que en odio y en amores no caben términos medios, por lo cual no concibo el odio reglamentado que de antemano se da por satisfecho con ver una gota de sangre, y por lo cual, en fin, no concibo tampoco más que los lances de honor de veras, donde se va a matar o a morir probablemente, y de seguro a no perdonar una imperdonable herida de honra... de ahí que todas estas razones me obligasen a no volver más por los cafés como medida preventiva.
—Lo aplaudo, aunque no te imite.
—Yo me aplaudí igualmente el primer día. El segundo y el tercero los pasé fatales, a solas con mi susceptibilidad, que despertó en forma reflexiva. ¿No será esto, en el fondo—me preguntaba—una debilidad? Si la vida es así, aunque debiera ser de otro modo, y por el estilo de la del café es la mayoría de la gente, la que tratamos para nuestros negocios y la que tratamos por nuestras relaciones, ¿ha de renunciarse a la sociedad, encerrándose uno como un cenobita, sólo por el hecho de pensar con cordura?
—Esa idea es de Schopenhauer.
—Casi. ¿Qué había, pues, en mi prudencia de racional, y qué pudiera haber de cobardía?... Examiné mi vida entera. Me tranquilizó el examen. Por miedo no he retrocedido nunca en ningún propósito; mi biografía, tú la sabes, no es precisamente la de una monja.
—Y para probarlo en el café, como si el café fuese el mundo... ¡zas! desafías a...
—No. Ten calma. Entonces me encontré seguro de ser capaz de dar la vida por mi deber, por mi madre y por mi amante, y te repito que quedé tranquilo. La idea que yo tenía de mí mismo en ese punto me bastaba que la tuviesen también mis personas queridas...
Una gran tristeza hizo doblar a Celso el cuello al pronunciar estas palabras.
—¿Esas personas?—le interrogué.
—Son como las demás en este punto. Mi Claudia, mi buena Claudia, confunde también la insensatez y la estoicidad de la barbarie con el verdadero valor. No comprende que se pueda estar pálido con el corazon sereno. Ayer iba con ella en el faetón, por el campo; yo guiaba. Se planta delante un mendigo borracho y me pide limosna insolentemente; palidecí, rogándole que se apartara; mas había él tomado las riendas, y le descargué un latigazo que encabritó al caballo, arrancándole desbocado, después de arrollar al importuno.
En la carrera creí estrellarla, ¡a mi Claudia!... Cuando por la noche refería ella el incidente, dijo: “¡Qué miedo pasó éste! ¡Se quedó como el mármol!” Claudia, sin pararsea considerar la clase de temor que pudo asaltarme, ha sospechado, por primera vez, que soy un cobarde. Lo comprendí en no sé qué asesinamente compasivo de sus ojos!—Una hora después desafiaba yo a Alberti. El botellazo, razón de café, fácil, terminante. Probaré mi valor, puesto que es indispensable.
—Perdóname—le dije—; lo que así pruebas, por primera vez, es tu cobardía. Te suicidas.
—De un modo teatral. En un escenario, conamigosy público en los palcos, a la última. Sólo que mesuicidaránde verdad; y el suicidio es de valientes: esta idea, si no es de Schopenhauer, debiera serlo.
Me ha sido imposible convencer a Celso de su temeridad, y me he separado de él abrazándole con pena, como a un sentenciado.
Sin embargo, ¡quien sabe! El desafío es mañana. Más que el pulso de un desesperado puede temblar el de un bravo de oficio...
Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantísima) ha huído del salón, al sentirme, refugiándose en el gabinete.
Es terrible esta prima mía, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de mi antigua enemiga cordial del tranvía, de mi antigua y desconocida enemiga mortal de por esas calles.
Pero es preciso terminar esta situación de una vez, y me resuelvo. Entro en el gabinete.
¿La he sorprendido? ¿La he asustado?... El libro cae de sus manos a la alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisión, y su orgullo y su altivez la obligan a callar, mirándome, mientras la contemplo. Es lista, y adivina que va a hablarla su antiguo enigma odioso de otro tiempo.
—Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazón.
—¿Yo?... ¡Qué escucho!
—Sí. Usted me detesta, me aborrece.
—Se engaña usted, querido primo.
—Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio a mí se ha vuelto intolerable, prima, así obligada a verme y soportarme.
—¡Por Dios!
—Mi presencia y mi conversación la irritan, y quisiera usted, sin duda, poder causarme algún daño, en forma tal, que nadie sino yo supiese que usted me lo causaba... puesto que su odio es íntimo y absurdo y secreto entre los dos, de alma a alma.
—¡Mi odio!... Acaso es usted un poco fatuo.
—Tal vez.
—Desde que se casó habremos hablado seis veces, entre gentes, como extraños; y antes ni le conocía siquiera. A lo sumo pudiera haber de mí hacia usted simpatía o... antipatía: eso que instintivamente nos inspira toda nueva relación. Pero ¿odio?, ¿por qué? ¿No piensa usted que el odio es un honor que no puede concedérsele a cualquiera?
—Razón por la cual, de usted, yo tenía el orgullo de ser el hombre más odiado del mundo.
—No comprendo esa ilusión.
—Pues es raro, porque dicen que tiene usted talento.
—Gracias. También dicen que lo tiene usted.
—Sólo, pues, los dos, ignoramos mutua y directamenteesto que dicen. ¿Quiere que intentemos convencernos?
—Bien.
—Hablemos, entonces,por primera vez. Las otras seis no sirven para nada. Hablemos... con franqueza. ¿Usted es capaz?
—¿Por qué no, querido primo?
—¡Oh, no... no es usted capaz!... ¡Siéndolo, habría dicho...odiadoprimo!
—Le encuentro testarudo, a más de fatuo.
—Menos mal. Ya con eso empieza a serme franca. Correspondo, y digo que usted no era sincera al afirmar que no me conocía antes de casarme. Me conoció usted en el tranvía. Hace lo menos dos años.
—No recuerdo. ¿Quiere tener la bondad?...
—Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranvía de Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y solo yo en el tranvía. Una dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantísima: abrigo de piel café, gran sombrero y plumas de color de pensamiento, terciopelo pensamiento...
—¡Ah, sí!
—¿Recuerda ahora?
—No. Sólo recuerdo que tuve esas prendas.
—Además, tan perfumada, que el olor de sus esencias hízome levantar los ojos del periódico. Fuí sin leer un momento, absorto por la gentileza de usted... Y usted, a lo largo del coche vacío, había entrado a sentarse en un ángulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo. Tomó usted, con rapidísima ojeada, nota de mi admiración, y la desdeñó en seguida... volviéndose a mirar por el cristal de la plataforma... Yo persistí en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza...
—Gracias, otra vez.
—Usted volvió a advertir mi atención, y la despreció más, volviéndome la espalda.
—¿Sí?
—Era, prima mía, amiga mía, el odio que usted empezaba a concederme, por demás...
—¿Por demás... qué?
—Por demás... generosamente. Y sonreí.
—Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo hubiera sido, únicamente habría visto en mi desdén... el que conviene a los tenorios de tranvía.
—Si me perdona, prima, yo le diría a usted que les conviene mejorla indiferencia. El desdén así marcado es ya una pequeña entrega de atención... Y yo sonreí, sonreí...por eso... formé mi juicio de usted... y volví a enfrascarme en mi lectura, por no volver a mirarla... ¡Qué tormento entonces! ¡Qué rabia para usted!... ¿Se acuerda?... Es verdad,no se acuerda. Yo sí, en cambio; solos, solos siempre en el tranvía; el viaje, largo... En la Cibeles, usted habría dado no sé qué porque yo volviese a mirarla. En Colón, ¡y nadie entraba!, había usted tosido tres veces, dejando caer dos el pañuelo, y hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable su voz seductora... Una voz divina, clara, que yo oí bien... pues lo que menos me importaba era el periódico, todo empeñado en hacer rabiar a usted con miindiferencia... porque le diré también, si usted me lo consiente, que esla indiferenciael mejor castigo contralas desdeñosas del tranvía. En fin, usted bajó; tenía yo tan tendidos los pies, que tuvo usted que pedirme al pasar:—¿Permite usted?—¡Horror, mi odiada prima!... ¿se acuerda?... Yo recogí los pies sin contestarla, sin alzar los ojos delHeraldo, cuya “lectura” no interrumpí...
—¡Falso!... ¡Usted me miró; y de tal manera, que aun volvía por el vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa!
—¿Cómo? ¿Eso sí lo recuerda?
—Lo recuerdo. ¡Vea usted lo que son las cosas!
—¿Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a encontraren el tranvía, con más gente, con menos gente, y que siempre yo... leía elHeraldo?
—¿Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranvía y en la calle, dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la primera mi desprecio?
—Su odio.
—¡Sea! ¡Mi odio!
—Un odio de mujer. Amor inverso.
—¿Cree usted?...
—Tanto, que le temía a esta inevitable explicación, como a una declaración... amorosa.
—¡¡Señor mío!!
—¡Qué!
—Que yo no puedo consentir... ¡Schist! ¡mi marido!
Entra el marido, me saluda.
Sale el marido a dejar el abrigo y el bastón.
Hay un silencio.
¿Decía usted?... Siga, siga.
—Decía que usted verá si para dejar de odiarme le conviene amarme..., no hay otra manera. Por mi parte, siento muchas veces la intención de darla un beso.
—¡Oh, pero usted se me rinde, infeliz! ¿No ha previsto que desvanece mi odio, suponiendo que lo tuve, al confesarme su mañoso interés en sus lecturas delHeraldo? Usted, la intención de darme un beso; yo, la voluntadde negarlo, y heme aquí vengada, curada de mi odio... radicalísimamente.
—No. Porque yo diré en seguida que no me importa que me lo niegue... y usted me seguirá odiando.
—¿Como usted a mí por consecuencia?
—El odio es amor inverso. No renuncio al orgullo de su odio. Le digo, prima, que no quedan más caminos que odiar... o amar.
—Queda otro. Confesarles nuestro mutuo odio inextinguible a su mujer, a mi marido... y no vernos más. Es lo prudente.
—Tiene usted razón: es lo prudente. No hay motivo alguno para que nos sigamos soportando.
—¡Ahí viene mi marido!
—¡Y mi mujer!
Mi bella y blonda príma se levanta, vacila... vuelve a mí desde la puerta.
—¡No les diga nada aún!—me advierte.
—¡Pues jure que me odia con toda el alma!
—¡¡Con toda el alma!!
Sale, y yo permanezco un instante respirando sus esencias, sacudidas al vuelo de sus sedas.
Mi prima me odia.
Tiene talento mi prima, ¡qué diablo!
No había andado Juana la mitad del camino hacia la viña, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se presentó Chuco de sopetón, diciendo:
—Mía tú,Reina, vengo escapao porque te vide llegar desde las pizarreras donde tengo la cabrá. Te quió decir una cosa. Mañana ya sabes que me voy a la ziudá, a la melicia; pues, vélaqui lo que traigo.
Chuco entregó un papel a su novia.
—¡Calla! ¿Y quién este santo...? ¡Eres tú!—exclamó ella admirada.
—Y toas qu’es verdá... Y que ma retratao el señorito ese, amigo del amo, ca venío de temporá al cortijo. Le trompecé ayer tarde en la ermita, pintando toa la fachá y toos los árboles y too... Liamos un cigarro, y aluego dijo que quería retratarme; yo le dije que bueno; me puso el garrote asina, como estás viendo ahí, y en menos de na, que toma, que deja, que raya p’arriba que raya p’abajo, ya teníatoo el muñeco formao. Iba a largarse, después de parlar un rato, cuando, sin saber por qué, me acordé de ti. ¿Por qué no me había de hacer otro retrato pa ti...? Se lo dije lo mesmo que lo pensaba, y él, que debe ser mu largo, se echó a reir y lo hizo en seguía. Ese es,Reina, pa que lo guardes mientras ando yo por esos mundos... Pues, bueno; yo no he dormío ni migaja en toa la noche pensando al respetive qu’es menester que tú me des tamíen un retrato.
—Y yo... ¿cómo?—preguntó Juana dejando de mirar el de Chuco.
—Escucha, asina: vete en cuatro brincos a la alamea de la Tabla Grande del río, que allí se paró don Luis hace un poco, al salir el sol, y apreparó los chismes como pa pintar el molinillo, y amáñate pa ve cómo pué retratate. Anda,Reina; no me voy a se sordao si al llevaros esta noche la jarra de leche no me le tienes... ¿Lo oyes? ¡Que se me ha metió en la chola, y no me voy aunque sepa dar en un presillo!
¡Gran Dios! ¿Y con qué cara ibala Reinaa presentarse a don Luis, sin haberle hablado una vez siquiera...?
Chuco adivinó esta idea; pero adoptó un aire resuelto preguntando:
—¿No irás?
Juana permaneció muda.
—¿Que no?—insistió el cabrero con su extremeña terquedad.
Y como su novia continuaba en silencio, echóse el garrote al hombro, se acercó a ella, hizo una cruz, y después de decir: “Por ésta, que me llevan a presillo”, se las tocó a paso largo, dejándola atónita e inmóvil.
La Reina(mote que Juana había heredado de su madre, a quien se lo dieron por limpia y buena moza) se llenó de pena comprendiendo que Chuco cumpliría su promesa al pie de la letra. Tras algunos momentos de duda, se enjugó los ojos y miró al valle, donde se divisaba el umbroso follaje de la ribera; suspiró, y alegre al poco—que para algo habían de servirle sus diez y siete años—, partió ligera como una saeta hacia la Tabla Grande.
¡Bah! Si no conocía al señorito Luis, tampoco iba a pedirle un reino...! Entre corriendo y andando, cruzó el encinado, salvó el puente del arroyo, dejóse atrás la huerta y los pinares, y agazapándose en la pradera para esquivarse del tío Juan, que volvía del lugar con el carro, entró por fin en la alameda, recorriéndola hasta darse de manos a boca, o punto menos, con el pintor, que de pie junto a la silla de tijera, tenía delante un caballete. Juana se paró, y, arrepentida, trató de esconderse. Pero el señorito Luis la había visto ya; era inútil... Entonces, lanzando una imperceptible carcajada, a un tiempo medrosa y atrevida, roja como una grana, se acercó a él, soltó el covanillo, y clavando los ojos en el suelo, exclamó casi sin voz:
—Yo... soy la novia de Chuco.
El señorito Luis había soltado los pinceles y miraba con sorpresa a la recién llegada.
—¡De Chuco...! ¿Qué Chuco, hija?—preguntó en el colmo de la extrañeza.
No conocía a Juana, que habitaba en el cortijo las dependencias de la servidumbre.
—De Chuco el cabrero..., del que usted pintó ayer en la sierra de la ermita—añadió Juana.
—¡Aguarda! ¡Conque tú eres...! Pues tiene Chuco una novia como una perla—murmuró el joven sonriendo—. Bueno, mujer; tú dirás lo que deseas.
Al escuchar Juana el elogio, levantó la mirada hacia el señorito Luis... y la bajo viendo que sus ojos derramaban sobre ella un incendio. Sin embargo, aquella flor y aquella jovialidad diéronla alientos para continuar:
—Sí, me lo dijo. Por eso me pidió un retrato para dejártelo. ¿No te lo ha dado?
—Vélaqui usté; me lo ha dao ahora que me encontró cuando iba yo por uvas a la viña; y dijo que viniera al vuelo en busca de usté... porque me hizo la cruz para no dirse más queatao, en tanti yo no me diera maña pa... darle otro retrato que usté me haga.
—¡Bravo! Si no es más que por eso, no hay que atarlo, porque no desairaré nunca a una muchacha tan salada. Siéntate. ¡Esto va a ser a escape! Y a fe que me alegro, pues así estarás en mi álbum junto a él.
La noticia arrancó a Juana, que estaba rabiando por reir, una carcajada de alegría.
—Oye—dijo Luis en cuanto preparó los lápices y el álbum—, tú eres muy guapa y quiero hacer un retrato bonito. Así no estás bien; en vez de continuar sentada vas a echarte, saldrás mejor. Tu retrato será todo un cuadro.
Así diciendo, la levantó del cesto, se le puso de cabecera, obligándola a adoptar una postura caprichosa, le cruzó los pies después de acostarla de lado y la hizo reclinar la cabeza sobre un brazo y rodeársela con el otro. Satisfecho de la actitud de la joven, que temblaba a su contacto y seguía con el recelo en los ojos y el carmín en la cara esta maniobra, se fué a la silla sonriendo, sobrecogido por la inspiración de la belleza extraordinaria dela Reina.
Dibujaba Luis con el arrobamiento del artista que se deja absorber por su obra, y una tras otra, sin saberlo, dejaba escapar frases de admiración ardiente cada vez que su análisis descubría un tesoro de los mil de la belleza a la par atrevida y delicada dela Reina... ¡Sus palabras clavábanse en el corazón de Juana como flechas de oro...! y Juana (¿por qué no decirlo?) empezaba a impresionarse... Veía en el pintor la adoración a su hermosura, y ella, que siendo mujer, nunca había sido admirada, no se daba cuenta, la pobre, de que el amor principia así. El amor, es decir, algo grande, algo que jamás sintió junto a Chuco, en su cariño de hermanos, descuidadote y tranquilo, cuyas raíces se perdían en el trato de la infancia.
Bien visto, el señorito Luis era un cabal mozo; tendría veinticinco años, y Juana en su vida estuvo al pie de un hombre tan guapo, tan simpático, tan amable... ¡Vaya si sabia decir algunas cosas...!
Decididamente ella se encontraba a gusto en la alameda. Hasta el misterio del sitio, que al pronto le había causado un vago temor, comenzaba a placerla. Un vientecillo juguetón rizaba la amplia superficie del agua, prendiendo al sol en cabrilleos de oro y haciendo temblar en la opuesta orilla la imagen de los pintorescos matorrales de espinos y adelfas que la bordaban, por detrás de los cuales el cielo extendía su fondo de puro azul. En mitad del río, como una gaviota nadando, se destacaba la casita blanca del molino, al extremo de una isleta vestida de sauces, cuyasramas colganderas se derramaban y mecían con languidez sobre la corriente apacible. Exceptuando el rumor lejano de la presa, el susurro de las hojas y el atronador ruido de los pájaros en los árboles, nada turbaba allí el silencio, si es que del silencio no son también las armonías de las brisas, de las aves y de las ondas.
Sólo necesitaba ya los últimos toques el dibujo; Luis lo terminó mientras decía con su acento medio apasionado y medio ligero:
—¡Oh, chiquilla! ¡Si te vieras a ti misma...! Eres inimitable... Qué diantre, la suerte anda muy mal repartida; de andar mejor, tú estarías donde tu hermosura fuese el encanto de todos. Mujeres como tú no debían nacer para morir como las margaritas del campo; no admito, no concibo que Dios haya creado cosa tan linda para esconderla... ¡Ea! Ven a ver esto; ya se acabó.
Juana se levantó y recibió el álbum que mostraba Luis, poniéndose a contemplar el retrato con curiosidad. Se agradaba a sí misma. Nunca había tenido ocasión de mirarse en un espejo mayor que la palma de la mano, y no sabía cuánta era la gentileza de su talle. Dudaba de que la hermosura aquella fuese un reflejo de la suya; el señorito Luis, sin duda, había hecho la imagen tan graciosa únicamente por halagarla.
—¿Esta soy yo?
—Esa eres. Chuco gana contigo el ciento por ciento. ¡Qué diablo, no has sabido escoger novio! ¡Qué muchacha más tonta! Ahora voy con la copia para él: trae el álbum.
Por segunda vez colocó Luis bajo su lápiz un papel blanco, empezando a copiar el boceto, del que pensaba hacer despacio una preciosa acuarela.La Reinano se saciaba de mirarlo.
Por encima del hombro del joven, rozándole alguna vez con los cabellos, observaba la soltura con que trazaba líneas que iban reproduciéndola.
En su propia cara sentía Luis respirar a Juana, que absorta en la contemplación, no tenía conciencia de otra cosa. Luis sufría. El aliento aquel le deleitaba como el perfume purísimo e intenso de la flor de jara en las siestas de la solitaria montaña. “Cuando ya esté hecha la acuarela—pensaba—, le pondré un título que será un perfecto recuerdo:Tentación.”
De improviso, alargando el papel y volviéndose, dijo:
—Toma.
Y le dió el retrato..., y un beso que estalló como una palmada en la purpúrea mejilla de la Reina.
La sangre toda afluyó al rostro de la muchacha.Sintió que se desvanecía, pero se repuso, y sin pronunciar palabra, rápida como la luz, llevando el retrato en la mano y arrebatando el cesto al pasar, desapareció entre los álamos.
** *
Cuenta la fama... (es decir, no lo cuenta la fama, porque es un secreto que sólo puede contar la que lo aguarda) que hará tres meses, la noche de la boda dela Reinay Chuco, cuando las amigas de aquéllas atribuían su llanto a las naturales cosas que hacen llorar en estas ocasiones, ella oprimía contra su corazón el retrato trazado en la alameda de la Tabla Grande del río, y suspiraba acariciando los recuerdos indelebles de las impresiones sentidas y de las palabras del pintor, que habían hecho desfilar ante sus ojos fugaces visiones más brillantes que una lluvia de estrellas.
Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y la alegría, el amor y la amistad. Su corazón, sensible hasta lo infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado inmediatamente al pensamiento, que al profundizarlo por todas partes lo deja destrozado.
Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y lloró, llamándose miserable.
Estrenó una comedia. Y cuando el público le aclamaba, se encontró a sí propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos.Para evitarlos, se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo los aplausos.
Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.
Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las ilusiones.
Es un loco, sin duda.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el paseo el de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior iban dos mujeres, saludando a César.
Una lindísima, elegante, joven.
—¿Ves aquélla?—me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos—. La adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que es divina...? Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudierallevarla a la mía, hacerla mi mujer...! Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí: pero es hija de un hombre muy rico.
En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizá más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid, debían tenerle sin cuidado los miles de duros delsuegro. Mucho menos cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte. Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y ya de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus cavilaciones eternas y eternas dudas y desconfianzas.
** *
En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempreacompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según las muestras. Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastón.
—Te felicito—le dije.
—¿Por qué? ¿Por quién...? ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.
—¿No es tu novia?
—Sí.
—¿No la quieres?
—Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par; y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me antoje; pero...
—Pero ¿qué?
—Pero... ¡no me da la gana!
Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su invencible deseo.
—No quiero. No me da la gana de casarme—repitió enfadado.
Yo me reí. Él se calmó luego.
—Mira, tú—me dijo—, la quiero tanto que yo necesito a toda costa saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora y que me adora como una loca; que meadora por mí mismo, no por la vanidad de mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su orgullo, su porvenir y su honra.
—Estás chiflado.
—Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la publicidad para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y la deshonra!
—Pero ¿hablas formal?—no pude menos de preguntarle a mi amigo.
—Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.
—¿Y ella?
—Lucha, la infeliz. Mira, al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a creer que me idolatra; que podremos casarnos...; después.
** *
Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en un café y leía completamente absorto una carta de renglones cruzados.
Aurora está en Santander.
—Oye—me dijo César tras de contarme muchas cosas—. Es horrible mi situación. Yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el tesoro de su honra.
—Que entregó por amor.
—¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido... Y si me ama—continuó César exaltado—, yo quiero saberlo. Pero cómo, Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar una mujer... ¡y no son bastantes!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Yo dejé a César por no decirle que escruel, brutal, con la infeliz y enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.
Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los libros todavía.
Plegó AlfredoLa Correspondenciaque a la luz del tranvía vino leyendo desde Pozas, y miró dónde se encontraba: calle Mayor. ¡Oh! Y a fe que le había ensimismado el periódico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se dice, cuando el día está de bonitas, se ve cada cara como una gloria.
Junto a él, mamá respetable, cincuentona y de libras, pero hermosa, y con dos niñas a la izquierda... que hasta allí. Se advertía a la pequeña, molesta en la estrechura del asiento, aguantada casi por aquel empleadete de levitín raído, personilla de pelele medio oculta entre las gasas de la joven por un lado y bajo el mantón de corpulenta chula por el otro; ésta era la cuña de la tanda. En la de enfrente dos o tres señoras todavía, una con su marido, guapa ella y retrechera. Pero a la más hermosa fueron los ojos de Alfredo, guiadospor la nariz, por un rastro de heliotropo que le caía de muy cerca, envolviéndole en nube de sutil voluptuosidad; alzó la vista y vió de pie a la puerta de la plataforma delantera una rubia espléndida, de continente altivo de princesa, buena moza, enguantada, llena de lujo, de brillantes.
Alfredo se levantó y le ofreció el sitio. Ella dió las gracias sonriendo, clavándole los grandes ojos de oro también como el pelo abundantísimo. Iban a llegar, no merecía la pena. Insistió Alfredo, y la elegantísima dama se inclinó gentil, mostrando en la sonrisa la blancura de papel de sus dientes; fué a dar un paso, y con la velocidad del tranvía perdió graciosamente el equilibrio. Alfredo la sujetó por el brazo, contacto leve que bajo la seda hizo constar carne resbaladiza, elástica, tentadora.
Sola. ¿Quién sería?... El joven, que, emborrachándose de amor en su perfume, la contemplaba, hubiese jurado que transparentaban algo de suprema aristocracia aquella desenvoltura, aquella singular expresión de aplomo, de experiencia y ansia de placer. Cintura delgada, caderas anchas, pecho alto. Una delicia. Razón poderosa del vivir. Por dar un beso en tal encanto de boca, se comprendía todo.
¡Oh! Y nunca podría dar Alfredo un besoen cada boca de mujer hermosa! ¡Nunca! Es decir, que se moriría habiendo deseado besar tantas mujeres... ¡Qué pena!
Paró el tranvía. La dama pasó delante del joven, inclinándose llena de gracia; sus ojos largos, de pupilas amarillas de oro, volvieron a meterle en el corazón languideces de muerte. Descendió y atravesó, rápida y garbosa, la Puerta del Sol, sorteando coches, hasta la acera de enfrente. Allí su marcha fué un triunfo: los hombres se paraban, las mujeres volvían la cabeza. Alfredo iba detrás, a distancia.
Imposible figura más gallarda. Vista de espaldas a las luces eléctricas de las farolas y los escaparates, toda aquella arrogante hembra, con su traje claro de seda, destellaba chispas: de sus brillantes, de los plateados botones de su esbelto talle, de los hilillos de oro de sus encajes, de las peinetas sepultadas en los rubios bucles de su peinado, de los caireles de su sombrero verde, entre gasas y rizadas plumas. Su andar era fácil, ondulado. Sus pies herían el suelo con todo el peso de la buena moza. Bajo su aspecto delicado, casi aéreo, se adivinaba toda la hermosura.
Torció por la calle de la Montera. Alfredo llegó a la esquina, se paró, y parecía vacilar. Sí; por último, hasta el fin del mundo.Sabría su casa. París bien valía una misa.
¿Casada?... Un mes, dos. Una labor de aproximaciones insensibles. ¿El plan?... Resultaría después; por lo pronto, bastaba la voluntad. Querer es hacer querer, tratándose de todo.
Alfredo, procurando no perder la linda cabeza rubia de sombrero verde, que seguía con la vista por encima de las gentes, a lo lejos, para no ser advertido, iba ya pensando en el portero que le facilitaría detalles. El imaginaba también sus paseos a lo cadete, sus butacas frente al palco, su insistencia ante el enojo; luego la mirada, la primera mirada es decir, el triunfo. Desde que una mujer devuelve la primera mirada de amor, está vencida. Lo demás es accidental, de oportunidad y de tiempo.
La hermosa rubia dobló por la calle del Caballero de Gracia. Alfredo, que iba a cincuenta pasos, se apresuró hasta la esquina: allí se paró contrariado. Ella, muy cerca, en la luz viva de un escaparate de modas, resplandecía de belleza y de elegancia. Antes de seguirle vió: había mirado hacia atrás. Una mirada particular, subrayada de sonrisa. Y aceleró la marcha.
¿Fué aquella sonrisa leve la placentera emoción de toda mujer cuando observa que interesa, puramente de vanidad y que nadapromete, o fué elenterada y conforme de un proyecto de historia? Difícil saberlo. Casi seguramente lo segundo; sin embargo, al tratarse de una mujer de treinta años, cuya hermosura debía de haberla ocasionado suficientes galanteos para odiarlos por sistema o para gustarlos por hábito. Alfredo echó este dato a su favor. No era poco.
Era... la primera mirada. Sólo que, aun dada por cierta, esto no era todo, y los deseos iban más aprisa que las esperanzas. Quedaba siempre la necesidad de verse y de hacerse rabiar, de la presentación y el trato... de ese infinito juego de habilidad que exigen ellas para engañarse desde que se proponen ser engañadas. Un tiempo lastimosamente perdido en el prólogo, cuando espera un libro seductor—pensaba el joven.
¡Ah, si las mujeres fuesen prácticas! ¡Tan prácticas como los hombres!... Entonces, a aquella disparatadamente hermosa, de quien él había visto embelesado la boca roja y la nuca blanquísima y vigorosa cubierta de vello de oro; a quien él mirándola había desnudado con el pensamiento y con su complacencia; que iba sola, y quizá a fastidiarse en la soledad de su gabinete, nada le impediría en aquel mismo momento aceptar su brazo y dejarse conducir a otro gabinete más reservado... de Fornos, por ejemplo, que estabaya a dos pasos. Dos horas. Hermosura por pasión; luego, adiós para siempre, o hasta la vista.
En este momento, Alfredo se detuvo. Su amigo Alvarez saludaba afablemente a la dama. Debían conocerse mucho, según las risueñas frases cruzadas entre apretones de manos. Tan pronto como lo dejó, Alfredo le salió al encuentro.
—Baja conmigo.
—No, sube tú; tengo prisa.
—Un momento.
—Pero, hombre...
Le arrastraba del brazo.
—¿Conoces a aquélla?
—¡Claro!
—¿Dónde vive?
—Allí. (Alvarez señaló un principal.)
—¿Quién es?
—Luisa.
—¿Qué Luisa? ¿Luisa de qué? ¿La mujer de quién?
—La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres: veinte duros.
Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, salió disparado. Un segundo después, Alfredo entraba en Fornos; pero solo.
Y se sentó, pidiendo un humilde café con leche.
—Caramba—pensaba mientras era servido—. Esa es más práctica que los hombres todavía.
Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las mujeres fuesenmuy prácticas... para él únicamente.
El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda de mariposas.
En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con unespritde plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos que acentuaban la expresión singular, un poco diabólica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gata un relámpago de satisfacción: era que sorprendía unos gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro, habían extendido la noticia de queallíestaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la seguía en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, les contenía en arrobos de contemplación la belleza de la joven.
De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad artística, acababa de llamar “estúpidas” a las mojigatas burguesas que habían pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y nervioso, pero le cortó un siseo lleno de imperio. Fué un paréntesis de la atención, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con más descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, allá enfrente, desde el palco delVeloz, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrás de las sillas ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinándose sobre la baranda.
¡Oh! ¡El Veloz!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los teatros la fama o la hermosura a la moda. También Angeles solicitaba su interés, gracias a la actualidad que venía a prestarla aquella noche el éxito ya indudable de su novio. Cogió sus gemelos, miró a cualquier parte, al oficial luego, que la tenía clavada con los suyos, y los abandonó en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y burlona:
—Te conquista el húsar.
Siguió la representación. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la escena, no atendía. Recordaba la época en que, meses atrás, conoció a Ricardo entre las brisas y alegríasdel Sardinero. Una crónica melosa, con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al corresponsal; un afán de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a los ocho días, sin saber cómo, se encontró novia de Ricardo, a pesar de sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quería, le quería, sobre todo desde que el papá de Angeles, fundándose en la precaria situación del joven, se opuso a las relaciones.
¡Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez más claro advertíase en la ansiedad del público, ganaba también al padre de la novia, que aplaudía con cariñoso entusiasmo, como si estuviera presenciando allí el azar que haría entrar a Ricardo en su familia. El mismo había deseado asistir con su hija, porque tanto habían dicho del drama los periódicos, que empezó a sospechar que su autor fuese, no sólo un hombre de talento, sino de porvenir.
Un frenético “¡bien!” y un palmoteo que convirtió instantáneamente el público entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvió a Angeles de su ensimismamiento. El telón caía. “¡Bravo! ¡Bravo!” se oía gritar; y entre las voces trémulas que pedían al autor y el nutrido resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraña de manos que se movían por todas partes, pudover Angeles que desde muchos palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres elegantísimas. También los delVelozla enfocaban como una batería formidable, los de aquellos señores calvos de blanquísima pechera, los del húsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoñona y su pelliza de cordones de oro...
Angeles, roja de emoción, ahogándose en el ruido de aquel aplaudir frenético, resonante en su oído como una granizada de perlas, con la nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sintió un vacío en las sienes cuando bajo el telón, a medio levantar, apareció un cómico y le arrojó al palco, a modo de homenaje, el nombre de su novio—lo cual arreció la tormenta de entusiasmo con un griterío imperativo y tremendo de: “¡El autor! ¡el autor! ¡Que salga!” La prima Berta la contemplaba con envidia...
“¡Que salga! ¡que salga!”
Volvieron a brillar sobre el telón las luces del proscenio, y empezó aquél a subir lentamente. La escena apareció desierta, deslumbradora. ¡Oh, iba a verle allí, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo la ovación con enamorada sonrisa! ¡Cuánto le quería!
La dama, aquella actriz rubia y espléndida,hermosa como una reina de cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban del autor, que al fin asomó por el foro entre aquéllos, vistiendo una levitilla antigua, pálido, con el asombro en los ojos y el pelo y el bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus compañeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban verdaderamente ridículas.
Angeles oyó decir en el palco inmediato “¡Qué feo!”; y la burlona Berta, la segunda vez que se alzó el telón, le comparó con un ratón recién salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al fondo, tropezó con un mueble... y el público entero, sin dejar de aplaudir, rióse.
Angeles estaba descompuesta. Desde el palco delVeloz, el húsar, en actitud gallarda, la miraba y sonreía compasivamente... Se desvanecía la joven. Se levantó con rapidez y se ocultó en el antepalco sin que lo advirtiera apenas su familia, atenta a la ovación, que siguió ruidosa mucho tiempo.
Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fué a felicitarla estrechando su mano, encontró a la joven medio tendida en un diván, temblorosos los labios y la mirada sin luz. ¡Pobre sensitiva, tronchada por un huracán de felicidad!...
—Perdóname—le dijo—; ya comprendo tucariño por ese hombre de talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendré a orgullo. ¡A orgullo! ¿sabes?
—Es inútil—respondió Angeles solemne de desprecio—; no pienso verle más en mi vida. ¡Vámonos!
Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que esperaba ebrio de entusiasmo el último acto del maravilloso drama.