The Project Gutenberg eBook ofCuentos ingenuosThis ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.Title: Cuentos ingenuosAuthor: Felipe TrigoRelease date: June 16, 2014 [eBook #46000]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images available at The Internet Archive)*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS INGENUOS ***
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.
Title: Cuentos ingenuosAuthor: Felipe TrigoRelease date: June 16, 2014 [eBook #46000]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images available at The Internet Archive)
Title: Cuentos ingenuos
Author: Felipe Trigo
Author: Felipe Trigo
Release date: June 16, 2014 [eBook #46000]Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images available at The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS INGENUOS ***
FELIPE TRIGOOBRAS COMPLETAS
RENACIMIENTOSAN MARCOS, 42MADRID1920
Al índice
CUENTOS INGENUOS
OBRAS DE FELIPE TRIGOLAS INGENUAS,novela, dos tomos (novena edición).LA SED DE AMAR,novela(sexta edición).ALMA EN LOS LABIOS,novela(cuarta edición).LA ALTISIMA,novela(cuarta edición).DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo,novela(tercera edición).LA BRUTA: Héroes de ahora,novela(cuarta edición).LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.—REVELADORAS.—LO IRREPARABLE, tres novelas en un tomo (cuarta edición).SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico,novela(sexta edición).EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid,novela(cuarta edición).SOCIALISMO INDIVIDUALISTA,estudio(cuarta edición).EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS,estudio(cuarta edición).LA CLAVE,novela(tercera edición).LAS EVAS DEL PARAISO,novela(cuarta edición).LAS POSADAS DEL AMOR,novela(segunda edición).CUENTOS INGENUOS (cuarta edición).EL MEDICO RURAL,novela(sexta edición).LOS ABISMOS,novela.EL PAPA DE LAS BELLEZAS,novela(segunda edición).JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo,novela.CRISIS DE LA CIVILIZACION.—LA GUERRA EUROPEA.ASI PAGA EL DIABLO.—A PRUEBA.—EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un tomo (segunda edición).SI SÉ POR QUÉ,novela(tercera edición).EN MI CASTILLO DE LUZ.
OBRAS DE FELIPE TRIGO
LAS INGENUAS,novela, dos tomos (novena edición).
LA SED DE AMAR,novela(sexta edición).
ALMA EN LOS LABIOS,novela(cuarta edición).
LA ALTISIMA,novela(cuarta edición).
DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo,novela(tercera edición).
LA BRUTA: Héroes de ahora,novela(cuarta edición).
LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.—REVELADORAS.—LO IRREPARABLE, tres novelas en un tomo (cuarta edición).
SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico,novela(sexta edición).
EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid,novela(cuarta edición).
SOCIALISMO INDIVIDUALISTA,estudio(cuarta edición).
EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS,estudio(cuarta edición).
LA CLAVE,novela(tercera edición).
LAS EVAS DEL PARAISO,novela(cuarta edición).
LAS POSADAS DEL AMOR,novela(segunda edición).
CUENTOS INGENUOS (cuarta edición).
EL MEDICO RURAL,novela(sexta edición).
LOS ABISMOS,novela.
EL PAPA DE LAS BELLEZAS,novela(segunda edición).
JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo,novela.
CRISIS DE LA CIVILIZACION.—LA GUERRA EUROPEA.
ASI PAGA EL DIABLO.—A PRUEBA.—EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un tomo (segunda edición).
SI SÉ POR QUÉ,novela(tercera edición).
EN MI CASTILLO DE LUZ.
—¿Estás?
—Sí, corriendo.
Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda, desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el retoque de última hora; buscando el alfiler o el abanico que perdían su cabecilla de loca, volviéndose desde la calle para ceñir a su garganta el collar, haciéndome entrar todavía por el pañolito de encaje olvidado sobre la silla, salíamos al fin todas las noches con hora y media de retraso, aunque con luz del sol empezara ella la archidifícil obra de poner a nivel de la belleza de su cara la delicadeza de su adorno.
Gracias había que dar si cuando al primer farol, ella, parándose, me preguntaba: “¿Qué tal voy?”, no le contestaba yo: “Bien, muy guapa”, con absoluto convencimiento; porque capaz era la niña de volverse en última instancia al tribunal supremo del espejo, y entonces,¡adiós, teatro!..., llegábamos a la salida. Como ocurría muchas veces.
Ella muy de prisa, yo a su lado, un poco detrás, no muy cerca, con mezcla del respeto galante del caballero a la dama y del respeto grave delgrooma la duquesita. Cuando en la vuelta de una esquina rozaban mi brazo sus cintas, yo le pedía perdón. Mirábala sin querer a la luz de los escaparates, y cuando alguna mujer del pueblo quedábase parada floreándola, yo la decía: “Mira, ¿oyes?”, y sonreía ella triunfante como una reina.
No hablábamos. Todo el tiempo perdido en casa procuraba, desalada, ganarlo por el camino. Llegaba al teatro sin aliento. Y allí, por última vez, en el pórtico vacío, analizándose rápida en las grandes lunas del vestíbulo, mientras yo entregaba los billetes:—“¿Estoy bien, de veras?”—me interrogaba para que contestase yo indefectiblemente y un mucho orgulloso de su gentileza:—“¡Admirable!”
Porque, eso sí, ella confiaba en mi rigor. Le hubiera dicho la verdad, al menor detalle que artísticamente no juzgase digno de su figurilla aristocrática, aunque nos hubiera costado renunciar a la función.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Los gemelos la buscaban.
¿Quién es? debían preguntarse unos a otros en las butacas, en los palcos. Algunos amigosmíos se acercaban a saludarla en los entreactos esperando inútilmente la presentación. Ni ella la quería ni me agradaba a mí, no sé por qué causa. Y los que en el Círculo por la tarde me habían preguntado con reticencias o descaradamente quién era la señorita que la noche antes me acompañaba, una evasiva obtenían incapaz de disiparles la curiosidad. ¿Mi hermana?... Nada se parecía a mí. ¿Mi mujer?... Era muy joven. ¿Mi querida?... Jamás, la pureza de la virgen resplandecía en aquel semblante de colegiala tímida y curiosa.
Y ¿qué le importaba a nadie?
La verdad es que no sé por qué ella tenía afición al teatro. Miraba al público de reojo; ignoro si por cobardía de sus diez y siete años o por desdén nativo en su alma. De la escena, única cosa que le interesaba, el chiste que a todos hacía reir conseguía de su boca apenas una dilatación placentera; y como lloraba en los dramas, de propósito no íbamos más que a piececillas y tal cual noche a oir opereta al fresco de los Jardines.
Apenas cruzaba conmigo la palabra. Sentada junto a mí, sin mirarme, yo era quien únicamente por todo hablar solía decir de cuando en cuando:
—Mira, allí hay uno mirándote, ¿sabes?
—¿Dónde?
—En un palco. En el tercero. No te quita los gemelos.
Volvía los ojos fugazmente al sitio indicado, y sonreía, sin volver a acordarse en toda la noche del tenaz admirador.
De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias. Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su dueña, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me complacía. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el placer de un ensueño, como la alegría de una primavera.
Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y nada más.
¿Bonita?
Sí. Creo que sí. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces cuando estaba delante de mí. Luego nos separábamos y no me acordaba más de ella. Pero volvíamos a reunirnos y volvía a mirarla. Un claror fosfóreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de dulzura, imposibilitaban mi análisis.
A la luz eléctrica del teatro, cayendo comouna inundación sobre aquella cara de nácar, sólo podía darme cuenta de una cosa: de que en aquella cara los labios rojos parecían más rojos que todos los labios en todas las caras de mujer que yo he visto.
En eso comprendo que debía gustarme mucho toda ella. En que no sería capaz de describirla. Cuando un espectáculo arroba, aduerme y hace soñar: ese es el éxtasis.
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El telón caía por última vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a removerse para salir. Echábala sobre los hombros el abrigo elegantísimo, que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas sederías, y así que se aclaraba un poco el paso—espera empleada por mí en averiguar si había estado contenta y entretenida, porque necesitaba cerciorarme de ello para estarlo yo—salíamos atravesando en la puerta las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo alfoyerlleno de claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monísima entre el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma.
Seguíamos buen trecho con la procesión de gente; contemplábala yo aún, en los cuadrosde luz que algún café lanzaba por sus ventanas, y bien pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros pasos resonaban, la ofrecía mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir más cerca de mí en la semiobscuridad y el desierto de la media noche.
Iba tranquila, confiada en mí; yo, delicadamente afanoso de llevarla a su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetándolo al suyo, lo mismo que debe ir el recluta el día de su primera marcha en filas.
—¡Perdona!—volvía a replicarla siempre que una vacilación me hacía rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del suavísimo violeta de su tocador, que parecía exhalarse de ella más penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas, el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con aquella colegiala divina que no sabía nunca qué decir, la entretenía haciéndola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras alargando cada vez que dejábamos atrás una farola.
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La despedí un día en la estación, con su familia. Se iba lejos. Yo no sentí su marcha. Pero si en cualquier momento de los años que pasaron me hubiese puesto a escribirle, hubiérale escrito cortésmente, como a una respetada y queridísima amiga.
De mes en mes, acaso más de pronto en pronto, quizás más de tarde en tarde, yo solía acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades. ¡Nada! Acordarme.
¡¡Era tan niña!!
Todavía me pregunto algunas veces:
—Señor, ¿por qué, con ella, más chiquilla que nadie, y siendo tan amiga mía, no pude tener jamás la confianza descuidada de la amistad?
Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco sé si la he adorado mucho desde entonces.
¿Te acuerdas?
Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.
Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueños dulces de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen mostrándome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. Tú perezosa, yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueño, entraba de puntillas hasta el lecho. Dormías. Te besaba en los ojos y estremeciéndote como en una convulsión, me volvías la espalda sin mirarme, sin hablar, rebujándote hasta la frente en la seda azul y en los encajes.
¡El enfado!
¿Hablarte?... inútil. ¿Besarte más, en el cuello, en la oreja, en el nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga eléctrica para aumentar tu rabia.
¿Qué tenías? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me manifestabas al fin seco apóstrofe de desprecio, con tenacidad convencida de histérica, rebelde a toda explicación. La intentaba yo, aunque sabía su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de mi cariño por las pequeñeces de tu espíritu de mujer, me alejaba de ti y de tu cuarto, altivo como tú, pero más triste...
Las once, las doce, la una... No se había dignado levantarse la señorita. Frente a mí, en la mesa, estaba tu silla vacía... Bien. Yo me iba al campo, lejos, a vagar... Al Círculo después, hasta las dos de la mañana... Volvía a almorzar solo al día siguiente; y allá a la hora de cenar, tarde, muy tarde, solía encontrarte en el comedor con cara de indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, podía notar que me mirabas tú estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo pronto habías cuidado de adornarte más... Sólo que esperando mi primera palabra de reconciliación, solías engañarte. Tu orgullo aparecía en un «adiós» desdeñoso, y cada uno nos retirábamos a la respectiva habitación. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios...
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Era una fiesta, visitas, cualquier cosa. Convidados y ajenas alegrías alrededor; es decir,tu disgusto subrayándose por el buen humor de los demás, y mi pena disfrazándose de ironía en conversación a raudales, en amabilidad con tus amigas, en algún calculado elogio a unos ojos negros... Te levantabas, no podías más... hubieras arrojado a todo el mundo de la casa. Nadie, sino yo, en la animación de la tertulia, advertía tu ausencia, y nadie sino yo, sonriendo de placer infinito, escuchaba sobre el escándalo de la charla aquellas notas leves y nerviosas que hacían llorar de rabia a tu piano con pedal bajo...
Notas de cristal, que iban rompiéndose en el aire.La ingrata... Notas de Weber, después... aquellas que desesperaban aMargarita Gauthier, la escala explosiva, con todo el enojo de tu espíritu...
Yo sonreía. El pobre muchacho a quien dispensaba la honra de no escucharle, pagaba mi sonrisa inefable con otra sonrisa idiota. Pero me hablaba, me hablaba... y tú tocabas siempre, insultándome, mordiéndome con tus alegros y tus escalas; derramando amarguras sobre mi corazón con aquellas notas sublimes del andante que reservabas para el supremo esfuerzo de tu coquetería mimosa y traicionera... Iba a ti, al salón obscuro y solitario, y te abrazaba la cintura por detrás de la banqueta del piano, estampando un beso en tu boca. Tú te levantabas sorprendida, huyendo de mí conun mohín de repulsión que era de tu coquetería la venganza deseada...
Entonces, al revés: tú, con los demás, a reir, para que yo lo oyera; yo, en cualquier butaca desplomado, en el colmo de la desesperación, viéndome miserable juguete de tus caprichos.
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Cenabais, y no iba a cenar. Seguía escuchando los arpegios de tus carcajadas; seguía allí, solo, en la obscuridad, maldiciendo la bendición de conocerte... Y debía el vino de hacerte compasiva, porque al fin, tú misma, una, dos, tres veces, te tomabas la molestia de ir a invitarme a cenar. Secamente la primera, con dulzura después, perdonando, rogando, pidiendo caridad; toda la transición en poco tiempo hecha en la paradoja eterna de tu alma... Pero ¿te oía yo?... Un gran frío me hacía temblar, un frío de espanto, asomado a las profundidades de tu veleidad y de nuestro amor. Luego sí, tu mano tiraba de mi mano. Te seguía al comedor y me sentaba de la mesa lejos, en el diván; desde donde te veía enfrente, muy seria, muy triste, entre el alborozo del jerez en las caras de los otros, que no se cuidaban ni de ti ni de mí, por fortuna.
Contagios de la alegría caídos en mi pena, y más borracho yo de amargura que de vino aquéllos, reía luego también... Una risa de sus risas, una burla de sus burlas, un despreciosoberano hacia todo, y hacia ti, reina mía, y hacia mí el primero... Risa cortada, más alta, más hueca, que dominaba las demás y concluía por acallarlas, convirtiendo hacia ella la extrañeza y desconcertando a todos... Risa que me ahogaba, que me sacudía todo el cuerpo en latigazos de nervios, que brotaba loca y espantosa de mi garganta, que llegaba a mis ojos y los hacía verter lágrimas, y que en llanto cruel y alegría lamentable dejaba en tu corazón hundir sus agudas notas, con más ferocidad aún que en mi corazón los pérfidos lloros de tus andantes dulcísimos...
Salía de allí, silencioso ya, con el pañuelo en los ojos, y me seguías tú, y me abrazabas, y me arrancabas el perdón a besos, de rodillas, ¡de rodillas tú a mis pies, alma del alma!
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Era, como hoy, un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.
Como no te puedo oir, no sé si lloras arrancándole al piano las notas fugaces de cristal.
Como no me ves, no sabes si río.
Leía yo, acostado, tratando de dormirme,El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor—¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!—sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:
¿Quién duerme arriba?
—La inglesita.
—¿Qué inglesita?
—Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.
—No la conozco.
—Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa todas las mañanas.
—¿Guapa?
—La mar.
Dejé caer el periódico, y me quedé fijo en el techo.
¡Si fuese de cristal!
Las maniobras de siempre. Mi habitación tenía la cama en un ángulo del fondo. Igual estaría colocada la cama en la de encima, y allá se habían dirigido los pasos: la inglesita levantaría el embozo... Después sentí el dulce y picado taconeo hacia el rincón opuesto. ¿El tocador?... Ella, frente al espejo, se quitaría las peinetas, las sortijas, el leve abrigo de sedas con que habría vuelto acaso de oir en el bulevar los conciertos de orfeones... Se despojaba. Media hora. La niña se extasiaba con su imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa.
Vagó en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguían con toda precisión en el techo... ¡Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy gruesa, sin duda, a juzgar por elpesoleve de sus pasos; aunque sí nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato más: elegante.
Volvió al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su enagua cayendo a sus pies. Habría jurado que la estaba viendo, toda recta aún en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el corsé: doblarse después a recogerlo todo y llevarlo a la percha taconeando más ligera... en camisa, no sinlanzar de vuelta una caricia de mimo a su escote, en el espejo... Y ¡qué estupidez!... he aquí una cosa que yono veíabien: cómo tendría los senos una joven inglesita; ¿anchos, semiesféricos, de amplia base, como las españolas? ¿Separados y rebotantemente movibles, como las francesas? ¿De media toronja, como las indias de aquel Ceilán de mis ensueños de un día?...
Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que chirrió al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco: una bota al suelo. Una bota pequeña, dulcísima, que habría dejado al aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra... ¡Oh, cómo miraba yo de abajo arriba y cómo la virgíneamissno supondría queera el techo de cristal!
La otra bota al suelo. Y la cama volvió a crujir inmediatamente, en gemidos amorosos del sommié al recibir el cuerpo. Mas ¿era entonces que se acostaba con medias?
Nada... al poco.Ellaque fantasearía supiese Venus qué cielos de juventud, y yo en mi solitario cuarto, conEl Imparcialsobre la colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tenía un escotillón por donde yo... ¡bah, qué idiotas hosteleros y qué techos tan estúpidos!
Me quedaba la imaginación proponiéndome problemas. Recorría el desorden delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la butaca, con el corsé a medio colgar del niquelado clavo de la percha, dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanquísimo pantalón orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormiría derramando por la almohada su caballera de oro británico, y abandonando sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles...
¡Dios! ¡Gran Dios! ¡El oro británico! ¡El oro famoso inglés que yo no conocía ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay tremendos detalles en que la imaginación se pierde: por ejemplo, la mía, sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no podía concebir los rizados breves... ¡sí, sí, lo que fuera horrible en una corta laxitud!... ¡Horrible!, ¡horrible!
** *
La imaginación es una solemnísima embustera y una infeliz inocente.
Aquella vez tan sólo no me había engañado en que la niña era preciosa y delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierdade la puerta, nielladormía nunca con los brazos fuera del embozo, ni se sentaba en la cama para descalzarse jamás, ni sus medias eran azul Luzbel... sino negras, caladas.
¡Ah! y además no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa y lisa cabellera de las dulces inglesitas.
—Esto es un paraíso—me dijeron cuando llegué al campamento; y para certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en derredor.
Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca, los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.
Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodeándonos, el bosque; el bosque virgen, de fantástica frondosidad, cayendo por todos lados, desde nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno verdor se tendía por las montañas festoneando sus crestas en la lejanía sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.
Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compañeros revelabanuna especie de paralización extraña, de éxtasis.
Se separaron, cada cual por un sitio, ocupándose unos en acariciar a los mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los más en pasear, leyendo periódicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la huerta. Tenía esto algo de calma paradisíaca; y tal vez un tanto fatigado mi espíritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse en aquella paz celestial, desperezándose al borde de la Naturaleza antes de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del descanso.
Las semanas pasaron.
Seguíame fascinando aquella monotonía de grandiosidad...
Yo me volvía como los demás. La pereza no tardó en invadir mi cuerpo y mi alma. Un lugar solitario, un rincón de árboles, una hamaca; no anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho.
Una siesta, en que a la sombra de los plátanos me balanceaba en la red de abacá, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras columnatas de árboles se me ofrecían cerca, recreándome los ojos con sus cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de trepadoras y ornadas con florones deparásitas, todo lo cual, en sus huecos de verdosa luz, bajo las bóvedas de follaje, a que se descolgaban gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra rama algunas aves de pechuga azul, me parecía el pórtico de colosales palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmóvil la estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasía más allá del horizonte, más allá, mucho más allá, a aquella España hacia que viajaba entonces el astro de oro... yo comprendí de improviso mi nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de néctar, una silueta entre brumas de no sé qué distancia ni qué espacios. ¡Ella! ¡Mi visión de la mujer!
Ella... era quien faltaba en nuestro paraíso. La mujer, el amor, el adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor están hechas las grandezas de todos los escenarios.
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¡Con cuánta pena seguí en mis eternos días contemplando aquellos paisajes de belleza inútil!
El fastidio mortal dijérase que nos inspiraba en el desdén de unos a otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. ¿A qué, ni para recibir elagrado de quién, por nada esforzarse? ¿A qué hablar siquiera?
Noches de soberana hermosura, noches de los trópicos, en que tumbados en las amplias lonas de sillas como catres, formábamos silencioso y disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito, entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las luciérnagas volaban en las copas de los aromados ilán como llamas de plata. Alguna prendía en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdíalas en el espacio... y ¡quién sabe tras ella en qué memoria de mujer perdíase también el recuerdo!
¡Oh, sí! ¡Un sarcasmo! ¡Un insulto de tantos regios esplendores a nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el curso de ríos ocultos, cendales de niebla, que se extendían hasta el mar, como doseles de nubes sobre una procesión de diosas desnudas para el baño...
La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambúes, al pie de las fuentes de agua helada, cuyos asientos de peña parecían el lugar de enamorada cita con mujeres que no llegaban jamás...
Las tardes, aquellas tardes de poesía embriagadora, de limpio ambiente que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montañas desiertas, onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un océano de cuajadas olas verdes; que permitía seguir las praderas interminables sin encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el querido hogar...
Las tardes de puesta de sol con celajes increíbles, con nubes de todos los colores, con reflejos metálicos de púrpura en fondos mimosos de cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente...
¿De qué servían si no pudieron jamás inspirar la frase trémula de pasión a la mujer alumbrada por sus luces de nácar?...
Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida que los odiase francamente.
Un día, cuando otro camarada llegó, cuando después de dejar el caballo, fatigado por la cuesta, él se puso a contemplar el grandioso espectáculo desde la altura, yo me acerqué y le dije, a pesar mío:
—¡Esto es un paraíso!
Sólo que, recordando mi desolación, añadí rápidamente:
—¡Un paraíso perdido, un paraíso estúpido. ¡Sin una Eva siquiera!...
Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:
Cinco céntimos de pitillos.
Dos céntimos de fósforos de cartón.
Ocho céntimos de americanas.
Diez céntimos de peladillas de Elvas.
Y un mi buen real deconfetti, porque era Carnaval.
Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos, excepto un cigarro, que echaba en mi boca más humo que una fábrica de luz, me dirigí a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo, marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un capitán, que durante un rato fué detrás, pensaría:
—Será militar este muchacho.
El paseo estaba animadísimo. Pronto hallé amigos y caras conocidas entre las nenas. Yo reservaba misconfettis(que entonces no sellamaban así) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al Instituto. Pero Soledaíta, una rubia traviesa que al brazo con sus compañeras nos tropezó en la revuelta de un boj, se dirigió a mí resueltamente, mordió su cartucho de papeles y me los regó por los hombros.
Soledad era muy mona (y aun creo que lo es). Yo salí del lance lleno de vanidad; y haciendo una vuelta hábil por los jardines, volví a encontrarme frente a frente con ella. Llevaba en cada mano dos cartuchos, me adelanté hacia la rubilla traviesa y los sacudí con saña sobre su cabeza, que quedaba poco después, y los encajes de su vestido de medio largo, como si les hubiera caído una nevada de copos de mil colores. Mis papeles eran finos; de lo más caro que se vendía, con mucho rojo, azul y dorado... Cuando Soledad pudo abrir los ojos, limpiándose entre carcajadas los papelillos de las pestañas, la ofrecí almendras. Ella me dió un caramelo de los Alpes.
—¡Declárate, no seas tonto!—dijeron mis amigos con envidia. Y sobre todo, con interés egoísta, Juan, que rondaba a otra muchacha prima de Soledad. Así pasearíamos juntos la misma calle.
Fuí al aguaducho de enfrente, donde tenía mis ciertos conocimientos, porque allí nosconvidamos unos a otros a anís en tiempos de exámenes, y escribí en el mejor papel que pude:
“Señorita: Hace mucho tiempo que mi corazón, impulsado por los resortes misteriosos del amor, se agita extraordinariamente en el océano de las incertidumbres. Sí, desde que vi la divina luz de sus ojos perdí el sosiego; y si le interesa a usted la felicidad de un pobre desesperado de la vida, désela usted con un anhelado sí de bienandanza a quien por usted se muere a la vez que se ofrece su más rendido servidor, q. s. p. b...”
Diez minutos después, sombrero en mano y con toda la finura posible, estaba delante de Soledad:
—Señorita, ¿será usted tan amable que quiera aceptar esta carta?
—¡Pronto, que nos va a ver mi criada!—dijo—arrebatándola y guardándosela arrugada en el peto de la blusa.
Uno de mis amigos, que vigilaban la escena escondidos en los rosales, gritó en este momento:
—¡Cú, cú!
Así lo hubiera partido un rayo.
—Y diga usted, señorita, ¿cuándo me entregará usted la ansiada contestación?
—Mañana.
—¿Aquí?
—Sí, hombre. No sea usted pesado.
Y dió un revuelo y se unió a las otras.
Yo me quedé como tonto, sintiendo unos calambres del corazón, admirado de mi osadía y encantado de mi fortuna. No hablé más en toda la tarde y hubiese dado todas las almendras y los cacahuets que me quedaban porque llegara en seguida la siguiente.
Pero aquella noche fuí con mi familia a verDon Juan Tenorio, que ponían en el teatro fuera de época, no sé por qué. Y a la salida pillé unas anginas como para mí solo. Ocho días de cama, con fiebre. Los autores no han podido averiguar si en los delirios de mis cuarenta grados puse el nombre deSoledad; pero lo que sí recuerdo bien es que al tercer día de convalecencia se me entregó una carta suya, con todos los signos en el sobre de haber sido abierta, y con todas las señales en la cara de mis parientes de haberse reído de la carta y de mí.
“Caballero—decía la carta—, a la rendida pasión que me pinta usted en la suya, y que yo creo sinceramente, no puedo ofrecer otro premio que el de la amistad. Si usted sabe ganarse mi corazón, sólo Dios puede decir el porvenir que nos reserva; s. s. s.,Soledad.”
Y añadía por debajo:
“No pase mucho por mi calle, porque mi papá pudiera berlo y hecharle a husted un jarro de agüa el domingo al anochecer puede husted hablarme en mi bentana.”
Bueno, salvo la letra, que era de segunda, y la postdata, que era original, la epístola no estaba mal copiada.
Era precisamente el modelo que continuaba a la mía en elEpistolario del amor para uso de damas y galanes.
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Desde entonces, Juan y yo rondábamos juntos a las primitas. Fueron nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrábamos reunidas en la reja, nos deteníamos. Cuando en la reja estaba una y pasábamos los dos, también; y hasta se dió el caso de que uno solo se parase en la ventana con ambas.
Lo que no llegó a ocurrir jamás fué que uno solo se atreviera a acercarse cuando su novia estaba sola.
Una vez me sucedió a mí, por excepción y por pura sorpresa, y pasé las de San Quintín.
¿Qué demonios iba yo a decirla?
“Voy con María. Espéranos.—Octavio.”
María era mi amante.
Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.
Un escéptico que creía en todo.
Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a saludarlos; pero ella, abriendo la portezuela y separándose para mostrarme el fondo, dijo desoladamente:
—Allí venía él.
—¡Octavio!
—Muerto—respondió tan bajo y tan secamente, que apenas la oí.
Luego, sin derramar una lágrima, saltó al andén, me suplicó silencio, indicó por señas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos objetos reconocí el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la carrera del ómnibus.
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En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcón daba a la playa, sepultó María la cara entre los brazos y lloró mucho. Yo, abrumado en la butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa curva donde se unían el mar y el cielo; éste encapotado de gruesas y blancas nubes, aquél tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie.
No osaba mirarla. ¿Qué cuentas iba a darme aquella histérica de la muerte de su marido?
Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas y calientes como las de un niño:
—Cogió tu carta. Tu última carta, que yo guardaba en el pecho. Me la cogió dormida... y se mató. Nunca me había amado tanto como en este viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su alma efectos espantosos. ¡Oh, era preciso haberle visto!
—¿Y dónde está?—me atreví a preguntar.
—¡Alli!—dijo la joven, señalando al Océano.
Durante algunos segundos vi los dedos de la pobre mujer temblando sobre el pañolito, que llevó a los ojos. Las comisuras de su boca saltaban en nerviosas convulsiones.
Cuando logró serenarse, habló así, con voz cansada, de apacible y triste monotonía:
—Ignoro si influí decisivamente en el destino de Octavio o si fuí nada más la fútil ocasión del rapto que le arrancó la vida: carga para él, de todo cansado y hasta de sí propio. Tú sabes cómo me quería. Con desesperaciones que me daban miedo, con exaltaciones insensatas. Cuando ayer tomamos el tren, estaba alegre, expansivo, contento de vivir, como pocas veces. Nadie debía acompañarnos, él y yo solos, en un reservado. Habló mucho todo el día, y a poder haberse escrito cuanto me dijo, sería sin duda lo más hermoso de todo lo que jamás pasara por su imaginación. El era feliz, y yo, ¿a qué negártelo?, contagiada de aquella eterna sonrisa de ventura que jugaba en sus labios, también lo era. ¡También feliz, muy feliz...!
Al anochecer, después que comimos en elrestaurantde la estación más alta de la cordillera, paseamos un rato. El paisaje solitario e inmenso nos parecía hecho para el éxtasis de nuestra dicha.
Todo nos movía a la ternura. Y como si la máquina que nos había arrastrado a tantos deleites pudiera entender nuestra gratitud, la miramos juntos, con su negra mole finamente fileteada de reflejos de luna, encendidas ya en sus topes las farolas blanca y roja. Estábamos delante de ella, escondidos del andén por los chorros de vapor de sus grifos, cuyas nubes nos rodearon como un apoteosis de amor, cuando la campana anunció la marcha. No sépor qué me pareció que Octavio, abrazado a mí, hubiera querido permanecer en los rieles...
Recuerda que una de sus máximas era ésta:No se debe morir acosado por la vida, sino despreciándola, en plena felicidad.
Subimos al reservado. De nuevo el tren empezó a correr en la soledad de las montañas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado, rodeándome el cuello con el brazo, murmurando a mi oído, que rozaban sus labios, dulcísimas palabras. La pantalla de la lámpara obscurecía el interior del coche. Estaba la noche espléndida. La luna, que parecía más alta sobre la enorme profundidad del valle, vertía su luz tranquila sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra del tren, que corría despeñado cuesta abajo.
Sentía la cara de Octavio rozando con la mía en los bamboleos de la marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perdí la conciencia y no sé cuánto nos duró aquel mareo de ventura; pero creo que más de una vez nos alumbraron las linternas de pequeñas estaciones, cruzando a escape, y sólo recuerdo que ya no veía la luna en las sombras del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba todavía el cabello de mi frente, me fuí quedando dormida entre la presión suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores, sin memoria, sin más vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor, trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por la solitaria noche...
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Una luz blanca, intensísima, rápida, que me hirió dormida, me hizo despertar en la obscuridad para escuchar un estrépito formidable.
Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del coche, aunque tapado por la pantalla azul, permitía ver las cosas esfumadas. Octavio no estaba junto a mí.
La luz eléctrica de un relámpago volvió a iluminarlo todo. Entonces vi a Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relámpago, tan grande que me hizo exclamar un ¡Dios me valga!, dibujó y me mostró en los labios de mi marido una sonrisa diabólica. Sus ojos habían mirado fijamente la nube negra que se rayó de fuego, y cuando un trueno pavoroso estalló seco sobre nuestras mismas cabezas, él, Octavio, con una serenidad inconcebible,con una satisfacción parecida a la del escenógrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me obligó a ocupar otra ventana, sacó un brazo fuera y dijo:
—¡Esto sí que es grande! ¡Esto es inmenso!
Podría jurar que un rayo cayó sobre los hilos del telégrafo. Temblé. Él sonrió otra vez.
—¡Qué hermosa esta luz!—me dijo, y el trueno ahogó sus palabras.
Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracán rugía con incesante rabia. El tren, en dirección opuesta al viento, volaba a toda máquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de vapor; de modo tan intenso resplandecían los relámpagos, que pude ver netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la manivela, limpias y brillantes, moviéndose con el vaivén furioso de los brazos de un loco.
—¡El mar! ¡El Océano!—gritó Octavio de improviso, queriendo sobreponer la satánica alegría de su voz al trueno que inundó los espacios.
Y en efecto, otro relámpago habíanos descubierto el mar por entre un desfiladero de rocas. Diríase que la máquina marchaba despeñada hacia él, con su temblorosa cadena de carruajes y sus ruidos de metal.
No sé qué temor me invadió y me estreché a Octavio. Pero al cogerle la mano tropecé con un papel que me hizo retroceder.
Era tu carta. Súbitamente comprendí que su mano, guiada a mi corazón por el cariño, la encontró mientras yo dormía. Y comprendí también con espanto la tempestad que en competencia con la del cielo hubiera provocado en su alma. El terror me helaba.
Al fatídico serpear de una centella que incendió los aires, vi que el tren comenzaba a salvar sobre el mar un ángulo de la costa por un puente colgante. Las olas se estrellaban allá abajo contra las peñas, deshaciéndose en espuma; el huracán, meciéndose en las concavidades de granito, arrancaba un bramido continuo, monótono en sus cambios; las nubes se abrían incesantemente despidiendo fuego sobre el mar, y el trueno retumbaba cada vez más potente, como creciendo en su grandeza. Y el tren, entre la obscuridad y la luz, entre el viento y la lluvia, seguía y seguía, haciendo retemblar la férrea trabazón del puente con su carrera sin freno y sus resoplidos de monstruo, envuelto en lumbre y vapor.
¡Un relámpago...! ¡Otro...! ¡Ah!, de pronto ábrese la portezuela. Octavio arrójase por lo alto de la barandilla del puente, y... ¡sí, Dios mío, otro relámpago, aún me lo mostró allá abajo al ser arrebatado por las olas...! ¡Al mar!
Yo caí rodando por la alfombra del reservado...
Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz. Frente a mí, una casa más alta que las demás, de construcción vetusta, de anchas rejas y balcón panzudo, sobre el cual una hornacina contenía una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la luna que empezaba a salir, y a todo lo lárgo del caballete y de los aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas, veíase negro, enérgico, el enmarañado dibujo de los jaramagos a la traslumbre del cielo.
Aquello era unadecoración teatral; y os juro que tan profundamente me ensimismé en su contemplación con ojos de artista, que me costó algún trabajo no creer que, en efecto,estaba en un teatro, cuando llegó a mis oídos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba: