Mercedes, una amiga que ignoraba los lazos de cariño habidos, desde muy antiguo, entre la hermosa cortesana y el célebre poeta, les presentó mutuamente.
—Don Pedro Equis... Antonia, mi mejor amiga.
Ella y él se inclinaron ceremoniosos, aparentando no conocerse, sintiendo que aquella inocente superchería les hermanaba en la penumbra del disimulo.
Sentáronse en el mismo sofá, cuidando inconscientemente de que sus rodillas no tropezasen, distrayendo sus miradas con los cuadros de alegres y pujantes colorines, las plantas y los disecados pajarillos que adornaban las paredes y ángulos del saloncito. Mercedes dijo jovialmente:
—Pues, sí: aquí tienes á mi amigo don Pedro, el gran cantor de los amores, cuyos versos no hay hombre, medianamente ilustrado que, en los momentos de borrachera sentimental, no sepa repetir de memoria.
—Así es.
—Bien recuerdo—prosiguió Mercedes riendo por la franqueza de la mujer que sabe tener la boca bonita—que cierto actor, conocido de todos, me sedujo recitándome versos de nuestro poeta.
...Y el poeta, escuchando la evocación de aquellas deliciosas locuras, sonreía melancólico, reconociendo que la misión de los pobres artistas que de nada disfrutany que todo lo cantan, es triste como la de los sacerdotes, obligados á bendecir los placeres de un amor vedado á ellos eternamente. Mercedes, que salió un instante, volvió mostrando un telegrama que acababan de traer y la forzaba á marchar á la calle.
—Quedan ustedes en su casa—dijo;—empero no dudo sabrán ser juiciosos y tratarse con respeto.
Al verse solos, Antonia y el poeta volvieron los ojos al pasado.
—¿Te acuerdas?
—¡Cómo no!—repuso ella;—¿y quién pensara que íbamos á tropezamos aquí, después de tanto tiempo?...
Más de quince años fueron pasados desde entonces, y, en la neblina de la distancia, el recuerdo de aquellos amores castos, nacidos en edad demasiado temprana, pintaba un ramalazo de alegre y suave color.
—¿He cambiado mucho?—preguntó él.
Ella no hubiese querido disgustarle, pero la realidad se imponía con tal fuerza, que su generoso sentimiento quedó vencido.
—Bastante—murmuró.
Aunque colocada en los linderos últimos de la segunda juventud, se conservaba hermosa y por todo extremo fresca y deseable, habiendo pasado la vida por ella como la brisa sobre las flores, sin marchitarla; para él, en cambio, la exístencia fué huracán fortísimo que apagó la lumbre de sus ojos y aró su frente y quebrantó los resortes de la ya desgobernada voluntad. Y aquel desvalimiento lo revelaban el arco desilusionado de sus labios y su mirada fría, como la de los viejos que presenciaron la desaparición de todo lo amado.
—Aquellos tiempos—exclamó Pedro cerrando los ojos para mejor rendir su espíritu al dulce columpio del recuerdo,—forman en mi memoria una acuarela de sencilla composición y regocijados tonos.
Antonia suspiró.
—A pesar de los años transcurridos—dijo,—no he podido olvidarte y, siempre que leía tu nombre, el ayer renacía...
Le contemplaba atentamente, doliéndose de hallarle tan viejo, tan caído, tan feo... con su calvo cráneo limado por el insomnio, su semblante que marchitó el hastío, sus labios cansados de besar y de mentir pasiones...
Dos días después, en la misma casa, tornaron á verse; y tras aquel encuentro vino una cita, y luego otra... Citas honestas de amigos, de verdaderos amigos, que hallan, charlando juntos, sabroso pasatiempo.
—¿Cómo estoy?—preguntaba ella.
—Mejor que antes, más mujer, más hecha: diríase que los años te perfeccionaron, trazando curvas, puliendo angulosidades, corrigiendo, en fin, gallardamente, lo que la impaciente juventud dejó mal concluído.
Mientras el poeta hablaba, la gentil cortesana se estremecía mordida por un capricho; raro capricho que iba definiéndose, sojuzgando su ánimo bajo una fuerza invasora incontestable. Sin saberlo, adoraba á Pedro; le admiraba, hubiese querido pasar la vida pendiente de sus labios elocuentes... y pertenecerle, para ahuyentar sus penas.
—Su alma es hermosa—pensaba Antonia, exaltándose.
Mas inmediatamente después, la voz implacable de su buen sentido, respondía:
—¡Pero es tan feo!... ¡Tan feo!...
Y para escucharle, miraba al suelo, hallando grato aquel apartamiento de la realidad desconsoladora.
...Fué otra tarde en aquel mismo coquetón saloncillo. Pedro callaba, considerando imposible la reconquista de su antigua amada, que languidecía en el silencio;silencio augusto, cargado de recuerdos que desbordaban su amor. Mercedes había salido.
—¿Por qué ese mutismo?—preguntó Antonia.
—¿Qué puedo decir?... ¡Estás tan lejos de mí! ¡Tan lejos!...
—¡Oh!... No lo creas. Vivo muy cerca de ti, tan cerca como antes, acaso más vecina que nunca... Porque mi espíritu, instruído por la experiencia, comprende mejor los raros méritos del tuyo. ¡Háblame... háblame!
—¿De qué?
—¡Ah, no sé!... No sabría decírtelo... Pero, habla... la corrección de tu discurso y tu voz, que nubló la tristeza, aturden mi razón dulcemente, como el vaho aromoso de los pebeteros. Sí, por lo más santo... no me niegues el favor de escucharte. Háblame de amor... evoca lo pretérito; jura, como sólo tú sabes hacerlo, que no me has olvidado todavía... ¡Habla!
Y él habló... friamente al principio, como viejo actor que representa; después con fuego, sintiendo caldearse sus nervios bajo la viril sacudida de su propia inspiración.
—Antonia... ¿te acuerdas?...
Hablaba cogiéndola las manos, envolviéndola en una mirada ardiente, dejando que su aliento acariciase la frente de la amada. Y reconociéndose elocuente, se entregaba contento á este juego de gestos y de palabras, con la doble alegría del amante y del artista que espera ser aplaudido. Y proseguía:
—En vano intentas sustraerte á ti misma; me quieres, lo sé, me consta... Si así no fuese, ¿á qué esa turbación? ¿A qué ese humillar la cabeza y bajar los ojos?... Oyeme, soy yo... tu Pedro... quien te llama; soy tu pasado, tu juventud primera, que vuelven conmigo.
Ella balbuceaba, entregándose al hechizo de la ficción.
—¡Pedro mío!... ¡Pedro!...
—Antonia, mi Antonia... adorada de mi alma... ¿Es posible que después de separación tan dilatada, volvamos á estar juntos?... Hace mucho tiempo, juré amarte, y mi fe cumplió lo jurado sin que ni la distancia ni los frívolos placeres mundanos quebrantasen el hierro fortísimo de mi juramento. Te conocí siendo niña, nos amamos: yo entonces ganaba lo suficiente para no morir, pero estudiaba sin desmayos, sabiendo que el estudio y el trabajo son las únicas carabelas que pueden conducirnos derechamente á las playas de la dicha, y en aquellas playas remotas tú esperabas.
Trastornada por el fuego de esta romántica peroración, la joven abrió los ojos que hasta allí tuvo cerrados, queriendo gustar la contemplación del hombre que tantas y tan lindas cosas decía, y no pudo; vió su frente sombría que arrugaron los años, su boca triste, su tez marchita, su cuerpo encorvado, sus ojos sin luz... ¡Y no pudo!... El beso se heló en sus labios y volvió á cerrar los ojos. ¡Era tan feo!...
—Lo pasado ha vuelto... ¡oh, Antonia!... No dejes que esta felicidad torne al pasado otra vez.
Ella, sintiendo que en la obscuridad su ilusión renacía, contestaba, sin abrir los párpados, meciéndose nuevamente en la música de aquel fingimiento adormecedor:
—Pedro mío, yo te amo, pero mi historia, sembrada de errores, imposibilita nuestra unión; yo soy una desgraciada; tú, en cambio, puedes ser feliz aún.
—¡Yo! ¡Yo dichoso!... ¿Sin tí?... Nunca. Ahora mi nombre llena tu memoria y esa convicción, acaso presuntuosa, me consuela. Pero más adelante, cuando nos separemos, cuando no te vea, cuando la casualidad que acaba de unirnos no exista... y mi recuerdo vaya empequeñeciéndose en tu espíritu con el tiempo, comola imagen de todo lo que pasa, de todo lo que huye... Entonces, ¿quién se acordará de mí... del vencido?...
—Me sofocas como sofocan las pesadillas.
Contestó sin abrir los ojos, pareciéndola que en aquella obscuridad la voz cariñosa del poeta venía de muy lejos. Pedro prosiguió:
—Es el ayer, que te ahoga. Tú pasarás también, Antonia, y tu ocaso será muy triste...
—¡Sigue, sigue!...
—Será muy triste; y entonces, ¿quién te amparará? ¿Quién podrá consolarte del bien perdido?... Mientras que, viviendo juntos, no padecerías el tormento de la soledad, y tus últimos años serían dulces y tibios como los crepúsculos estivales...
Hubo otra pausa. Antonia, con la cabeza caída hacia atrás y los hermosos ojos cerrados, preguntó:
—¿Quieres apagar la luz?
—¿Para qué?...—repuso el poeta.
Y sin sospechar la triste razón que justificaba el capricho de su amiga, dijo:
—Estamos mejor así.
Luego continuó:
—Nos veo viejecitos, examinando juntos y sin pena el panorama de lo vivido, confortando con mi aliento tus manos trémulas, espantando con mis besos los pesares de tu vieja frente... ¡Antonia, mi Antonia!...
La emoción ahogó la voz de su garganta. Ella murmuró:
—Apaga la luz.
—No... necesito verte... déjame...
—Pedro...
—¡Eres tan hermosa!... Ven, más cerca, así... tus manos en mis manos... nuestros pechos muy juntos, más...
—¡Oh, adorado mío!... ¡Qué dulzura, qué persuación la de tus palabras!...
Iba á abrir los párpados, pero recordó con miedo las trazas lamentables de su amador, y volvió á cerrarlos.
—Antonia—el poeta repetía,—¿me quieres?
Como eco de la callada habitación, la joven contestó:
—Mucho.
—¿Con toda tu alma?
—Sí... con toda mi alma.
—¡Oh, placer!... Dilo, dilo otra vez para consuelo mio... ¡Repítelo muy alto!...
—Te quiero... te quiero... ¡Y nada me consolará de los años que viví sin amarte!
Otra vez sus ojos se abrian, poseídos del ansia de mirar, pero se contuvo. Pedro, murmuraba:
—Ven...
Ella sintió sobre la fresa de sus labios, los labios calenturientos del poeta, y su aliento, cálido como el jadeo de las fieras. Entonces se levantó y sin entreabrir los cerrados párpados, se dirigió á tientas hacia la mesa y apagó el quinqué; la habitación quedó á obscuras, en las tinieblas los objetos perdieron su forma; el hechizo de la conversación estaba salvado.
—¿Qué haces?—preguntó Pedro sorprendido.
Ella repuso:
—Acercarme á tí...
(Gabinete bien amueblado, con diván, marquesitas, etc. Al fondo, la puerta del dormitorio. A la izquierda del actor, otra puerta. A la derecha, una ventana. Es de noche.)
Casta.—(En traje de calle y asomando la cabeza por la puerta de la izquierda, que estará entornada). ¡Granuja, granuja!... ¡Poca vergüenza!... (Pausa, como si alguien contestase á sus palabras desde dentro.) ¿Qué dices? (Pausa.) ¡Me tiene sin cuidado! (Gritando furiosa.) Puedes venir cuando gustes, ó no venir... me es indiferente. Si quieres, pasa la noche donde pasaste la de ayer, y la otra... ¡y la otra!... (Cerrando la puerta, como temiendo que su amenaza llegue á oídos del esposo, que se va.) Pero no te admires, si, en llegandola ocasión... hago lo que tenga por conveniente. Eso es, ni más ni menos: lo que me dé la gana, mi real gana; aquello que ordene mi gusto... (se quita el sombrero y va y vuelve por el escenario, dando señales de agitación ydespecho vivisimos.)¡Linda conducta la de mi esposo!... Está cincuenta y tantas horas sin venir por aquí, metido... ¡sabe Dios dónde!... Y hoy reaparece, después de almorzar, con las manos y los dientes muy limpios y su cara de Pascua, repitiéndome la viejísima historia del amigo que, saliendo del teatro, enfermó repentinamente, y á quien fué necesario subir á un coche, llevarle á su casa, meterle entre colchas, darle tisanas... etcétera. Yo fingí dar crédito á todo aquel hilvanamiento de burdas mentiras, y repuse:—Bueno, ¿quieres llevarme esta noche al teatro?—¿Por qué no?—dijo. Mi señor marido es un caballero que no tiene palabra mala ni hecho bueno. Como le conozco, insistí.—Conque, ¿me llevarás?—Sí, mujer.—¿De verdad?—De verdad.—¿No vendrás á última hora con alguna de las tuyas?... ¡Cómo se puso el muy hipócrita! ¡Qué protestas, qué extremos de cariño!... Era preciso creerle. Total: me dejó convencida y se marchó. ¡Es que las mujeres nacimos tontas!... (Pausa.) Por eso, mucho antes de cenar ya estaba yo vestida. Y dan las siete de la tarde, y las ocho... ¡y Mariano sin venir! (Pausa.) Cené sola, con el alma dada á todos los diablos, comprendiendo que, al fin, me quedaría compuesta y en casa. ¡Así fué!... A los postres reapareció mi señor; volvía para buscar dinero y decirme que tenía un asunto urgente... un negocio de minas... ¡No quiero recordarlo! (Furiosa.) ¡Pillo, granujón!... ¡Si supiera que otros adoran lo que él desprecia!... Su amigo Ricardo, por ejemplo, me corteja desde que empezó el verano: ¡y es tan dulce, tan insinuante, tan delicado... tan guapo!... (Suena un timbre.) ¡Cómo! ¿Gente á estas horas? (Pausa.) ¿Quién será?...
Casta, luego Susana
Susana.—(Desde fuera.) ¿Se puede?
Casta.—Adelante.
S.—¿Cómo?... ¿Estás sola?
C.—Sí.
S.—¡Yo que no me atrevía á entrar, temiendo hallarte!...
C.—¿Dónde?
S.—En brazos del esposo.
C.—No me hables de Mariano.
S.—¿Está en casa?
C.—No.
S.—¡Me alegro! ¿Cuándo vendrá?
C.—Ni el diablo lo sabe. Mañana... pasado... ¡Ni me importa!...
S.—Mejor. Entonces...
C.—¿Qué?
S.—Vente conmigo.
C.—¡Chiquilla!
S.—Vente.
C.—¿Dónde?
S.—A la Bombilla.
C.—¡A la Bombilla! (Horrorizada.)
S.—Sí.
C.—¿Solas?
S.—¡Quiá!
C.—¿Con quién?
S.—Con mi amigo; ya le conoces... Federico...
C.—¿Estás loca?
S.—Sí, loca; loca y borracha, ¡pero no de vino, sino de alegría, de ilusión, de juventud!...
C.—¿Y tu marido?
S.—En Puente-Viesco, desde ayer, curándose el reúma. Vamos, ¿qué piensas?... Federico aguarda en la esquina.
C.—Imposible, no voy.
S.—¿Por qué? ¿Quién iba á enterarse?
C.—(Pensativa y dudosa.) Nadie...
S.—Entonces....
O.—Dudo, tengo miedo.
S.—¿A quién?
C.—No sé.
S.—¿No estás vestida?
C.—Sí.
S.—Pues, necia... sígueme. ¿A qué esperas?
C.—Sin embargo...
S.—¿Qué?
C.—¡Bonito papel representaría yo en vuestro dúo de amor!
S.—¡Psch!... Regular... (Ríe.)
C.—Si yo tuviese...
S.—¿Un amigo?
C.—Eso es...
S.—¡Naturalmente; un amigo! ¡Lo que tantas veces te aconsejé que debes procurarte!... Porque, mira: con los hombres debe hacerse lo que con los trajes: hay uno nuevo, para salir de día, ir al teatro, exhibirse enpúblico... este es el marido. El amante es el traje modesto conque salimos de noche, por calles solitarias... ó al campo, para tendernos libremente sobre la hierba..!
C.—(pensativa.) ¡Si Ricardito supiera!...
S.—(con gran interés.) Oye, á propósito: ¿qué hay de eso?
C.—Nada nuevo.
S.—¿Te escribe?
C.—Todos los días... y me sigue... y no me deja á sol ni á sombra.
S.-¿Y tú?
C.—Desdeñándole.
S.—¿Y tu marido?
C.—Como los maridos de Bocaccio: en la higuera.
S.—¡Pobre Ricardo!
C.—Si leyeses su última carta...
S.—(Con alegría.) ¡A ver, á ver!...
C.—(Sacando un papel del seno.) Lee; me llama su cielo...
S.—(leyendo, pero sin coger la carta.) Y... su vida... Y te pide una cita...
C.—Sí.
S.—¡Pobrecillo!
C.—Mira, cómo se despide: «Te beso en los labios...»
S.—(Leyendo.) «En la nuca...»
C.—(Leyendo.) «Donde tú quieras..»
S.—¡Excelente muchacho!
C.—¿Te parece?
S.—Yo le protegeré.
Pausa. Las dos interlocutores meditan.
S.—Conque, ¿vienes?
C.—No me atrevo.
S.—Cobarde.
C.—No, no soy cobarde... pero, reconoce que la caída de las mujeres depende, más que del deseo...
S.—Sí, de la ocasión.
C.—Tú lo digiste.
S.—Del cuarto de hora...
C.—Y esa ocasión, ese cuarto de hora, faltan... faltando Ricardo.
S.—(Resignándose.) Bien; entonces, adiós, no quiero perder más tiempo.
C.—(Besándola.) Adiós, que seas muy feliz.
S.—Lo seré; no lo dudes.
C.—Yo en cambio...
S.—Encerrada y sola... y condenada á marido perpetuo. Adiós, feísima, adiós... (Váse: Casta la acompaña. La escena queda un instante sola.)
Casta
(Cerrando la puerta con llave.)
Cuando la ocasión no llega todo falta. Mi esposo me abandona, mi amiga se marcha también tras su alegría... ¡Bueno va!... Me acostaré; ¿qué remedio? (Empieza á desnudarse poco á poco y hasta donde las buenas costumbres consientan.) Hace calor, el ambiente perfumado de este gabinete es asfixiante... asfixiante como un abrazo muyestrecho. ¡Uf, me ahogo!... Todo me habla de amor: el silencio... los muebles... el lecho mullido donde dormiré sola... Abriré la ventana (Pausa.) ¡Oh, qué noche tan hermosa! ¡Cuánta paz en la tierra! En los cielos... ¡cuánta electricidad y cuánta luz!... Desfallezco; algo misterioso me besa sobre los labios. (Asomándose á la ventana.) ¿Qué es eso?... Una orquesta ambulante; ¡sólo faltaba la música para concluir de trastornarme!... (Dentro algunos violines ejecutan un vals.) ¡Ah, ese vals!... (En éxtasis.) Lo he bailado tantas veces siendo soltera, cuando era inocente... cuando soñaba... Me veo girando por los salones, la cabeza caída hacia atrás y sintiendo sobre los riñones la presión de un brazo enamorado... ¡Oh, aquellos tiempos! (Continúa desnudándose.) La música, llamando á mis recuerdos, trastorna mi espíritu; el calor muerde mis nervios y mi carne. ¡Amado!... ¿Dónde está?... ¡Estas noches húmedas de Septiembre roban al cielo tantas vírgenes!... (Pausa.) Hace pocos momentos decía que faltaba la ocasión y, no obstante, el cuarto de hora de los supremos vencimientos, está aquí; la hora azul del pecado, es ésta. (Pausa. Cesa la música. Luego suena un timbre; llaman á la puerta. Casta despertando de su embelesamiento.) ¿Quién va? ¿Quién es?...
Voz.—(Desde fuera.) Abra usted, señora.
C.—(Aterrada.) ¡Voy!... (Aparte.) ¿Qué es esto?... ¡Voy!... (Siempre aparte.) ¿Qué pasa por mí?... ¡Voy, voy!...
(Se viste apresuradamente una bata y abre.)
Casta y su Doncella
Doncella.—El señorito Ricardo... está ahí.
Casta.—¡Ricardo! (Retrocede asustada.)
D.—Sí.
C.—¿Cómo?
D.—Quiere hablar con usted.
C.—¡A estas horas!
D.—Los hombres enamorados son terribles, está loco por usted... y como yo le dije que el señor no vendría hasta mañana... (Ríe mirando al público.)
C.—¡Ah, está bien!... Te vendiste al ladrón...
D.—(Humilde.) Señora...
C.—Desde este momento quedas despedida.
D.—(Sonriendo.) Creo que la señora cambiará de opinión hablando con el señorito Ricardo.
C.—¡Miserable! (Exaltándose.)
D.—Lo dije sin intención... (Humilde y burlona.)
C.—(Cayendo desfallecida sobre el diván.) ¡Todo se conjura contra mí!... El desprecio de mi marido, los consejos de Susana... mi desnudez... la música, el calor húmedo de esta noche diabólica...
D.—El señorito Ricardo espera.
C.—¡Ay de mí!... ¿Qué me sucede?... ¿Qué siento?
D.—¿Qué le digo?
C.—El destino le trae y yo no puedo luchar contra lo invencible.
D.—¿Señora?
C.—Aguarda. (Pausa.)
D.—Es que...
C.—¡Un momento!... (Suplicante.)
D.—(Mirando hacia la puerta.) ¿El señorito Ricardo...?
C.—Espera...
D.—¿Qué le digo? (Apremiante.)
(Pausa.)
C.—(Como desvanecida.) Me muero...
D.—¿Qué le digo?
(Pausa.)
C.—(Suspirando.) Que pase...
Telón
Lo mismo la alborotada juventud, tan fácil á la hipérbole, como las envidiosas mujeres, inclinadas á discutir y morder el ajeno mérito, coincidían en proclamar á Carmen, la gitana, como el tipo femenino más perfecto de la pujante flamenquería sevillana.
Carmen nació en el campo: era hija de segadores y su madre la dió á luz una tarde de Agosto, tumbada entre los altos trigales, bajo el ancho espacio azul, abrasador y deslumbrador como la entrada de una fragua: de pronto resonó en los ámbitos de la planicie adormecida por el bochorno de la siesta, un grito, el grito selvático que lanzan las hembras cuando el último desgarro las convierte en madres; y nació Carmen... El viento de aquella tarde, un viento cálido como un bostezo del desierto, agitó los negros cabellos de la niña y la luz que caía á raudales tostó sus mejillas y su frente... Desde entonces, á Carmen la llamaron laHija del Sol.
Todo en ella, efectivamente, concurría á mantener la exactitud y legitimidad de aquel apodo: su talle esbelto y ágil, su cuello grueso, su tez cobriza, su cabeza algo grande, su boca de carnosos y encendidos labios,amargados por el gesto, casi doloroso, de sed, que contrae la boca insaciable de los libertinos; y luego su carácter... su carácter reconcentrado, á veces sumiso, con sumisiones de esclava, indomable y fiero á ratos, pero siempre taciturno y perezoso, de mujer oriental; mujeres supersticiosas y ardientes que adoran al Sol.
Carmen profesaba al astro magnífico un culto idolátrico, casi sensual, de fetiquista. En la germinación y desarrollo de esta pasión debió de influir, amén de su idiosincrasia andaluza, la novela de su nacimiento, aquel nacer pintoresco, consumado durante las abrasadas horas de una tarde estival, en medio de la vasta planicie, convertida, bajo los rayos del sol, en inmensa charca de fuego y de luz... Las primeras sombras crepusculares ponían en su ánimo nostalgia y miedo inexplicables: se acostaba temprano para no ver la luna, la eterna muerta, tan triste, tan pálida, velando con su resplandor frío el reposo inquietante de las tumbas y de las ruinas; y madrugaba con el sol, que iba á sorprenderla en su lecho, espantando sus malos ensueños, derramando por sus venas una briosa corriente de vida. Los días de verano iba con sus padres á la siega, y allí, echada al pie de un árbol ó á la sombra de un bardal, abismaba sus ojos en el paisaje. Los pajarillos habían enmudecido, las cigarras, borrachas de calor, callaban bajo el rastrojo; la atmósfera ardía, el suelo exhalaba por sus poros un vaho abrasador, irrespirable, las golondrinas que intentaron atravesar volando la planicie, cayeron asfixiadas; en los confines del horizonte, tierra y cielo, borrados en la misma catarata luminosa, simulaban un incendio con oleadas de oro y nubes de púrpura; perdidos entre el trigo, con las recias espaldas y las frentes cubiertos de sudor, los segadores, estimulados por el orgulloso prurito de no quedarse retrasados en la faena, trabajaban sin descanso.
Carmen, sumida en un emperezamiento invencible, miraba al cielo, cegándose bajo aquella intensísima reverberación solar. El mismo sol, que tanto excitaba con sus ardores la carne de la virgen gitana, reprimía con su luz la explosión de sus pasiones: Carmen, que sentía en la obscuridad los vergonzosos bostezos del pecado, hubiera tenido empacho de desnudarse ante una ventana abierta: el sol, brillando majestuoso en el cenit de los espacios, represaba sus malos deseos y fortalecía su voluntad y su virtud, y á él volvía los entornados ojos en las horas azules de dulce y peligroso quebranto, como las vírgenes frágiles, al ir á perderse, miran el retrato de su padre colgado á la cabecera del lecho fatal, como pidiéndole ayuda ó perdón. ¡No, ella no sería mala, mientras hubiese Sol!...
** *
Antoñico el gitano, un mercader de potros que gozaba de gran fortuna y prestigio en las ferias de Sevilla y Mairena, había puesto estrecho cerco á la virtud de Carmen; persiguiéndola en la iglesia los domingos por la mañana, durante la misa; por las noches, rondando su reja, al pie de la cual su musa triste de amador desdeñado entonaba sentidos cantares; y en la siega, sentándose junto á Carmen, que le oía distraída, mirando á los segadores cuyas cabezas oscilaban entre las doradas mieses como puntos negros.
Según el mozo extremaba sus agasajos, la joven fortalecía su resistencia, y hubo entre ambos disputas y luchas terribles, de las cuales la virtud de Carmen libró incólume. El, porfiaba, sin darse por vencido.
—¿Por qué me desprecias?—decía.
—Déjame—replicaba Carmen,—me aburres y te cansas en vano. Yo no puedo amarte; había de querer... ¡yno podría!... Hay algo en mí que te rechaza, que no transige contigo, aunque fueses el mejor de los hombres... Una especie de hipo, que te echa fuera de mi alma...
El, herido en su pasión y en su orgullo, replicaba:
—Tú caerás. Esto, al fin, ha de ser como yo quiera...
Ella, segura de si misma, reía provocándole al combate. ¿Para qué temerle?... De noche, la defendían los mismos hierros de su reja; de día, la guardaba su padre, el Sol...
Una tarde, Carmen y Antonio se encontraron en uno de los callejones más solitarios y excéntricos del barrio, delante de una tiendecilla de vinos.
—Oye—dijo él,—¿aceptas una cañita de manzanilla?
—No—repuso ella,—déjame en paz.
Entonces él la cogió por los sobacos y en volandas la metió en la taberna y luego en una habitación interior, donde un lecho, con sobrecama roja, parecía esperar... El ambiente del dormitorio era frío; las paredes, resquebrajadas por la humedad, ofrecían grandes manchas verduzcas; por la ventana penetraban los últimos reflejos crepusculares.
—Ya estamos solos—exclamó Antonio cerrando la puerta;—¡por fin!...
En sus labios vagaba la risa petulante y procaz de los triunfadores; su manos ardían; sus ojos voraces de gitano llameaban en la sombra... Carmen no supo defenderse; un frío mortal helaba su sangre; no podía respirar; la obscuridad de aquel cuarto siniestro gravitaba sobre sus párpados obligándola á cerrarlos; sus brazos permanecieron inactivos, sus piernas flaquearon y echó la cabeza hacia atrás, entregando su garganta al deseo... Fué una caída inconsciente en cuyo lamentable desenlace la noche ejerció poderosa y decisiva tercería.
De aquella casa salió Carmen como de un letargo, y cuando más tarde supo que iba á ser madre, se rindió á su suerte, aceptando al hombre que hasta allí nunca había logrado poseerla pacíficamente, sino por sorpresa y á zarpazos, como se aman las fieras. Obligada á vivir en un cuarto interior con su hija y sin otro recreo que el cuidado de las flores que adornaban los hierros de su ventana, la joven tornóse más huraña, más triste, según el odio hacia su amante aumentaba. Aquel hombre se lo había quitado todo: el cariño de sus padres, la estimación de sí misma, su belleza sin mácula, su libertad; y además la había robado el Sol, aquel dios resplandeciente que abrasaba su sangre y anegaba sus pupilas en luz, enseñándola el culto á la Naturaleza y á la vida... Pensando en esto y comparando su salvaje independencia de antaño con su monótona existencia actual, Carmen, la gitana, lloraba hilo á hilo lágrimas ardientes que agrandaron sus ojos. ¡Sí, odiaba á Antonio, funesto para ella como la sombra del manzanillo; y le aborrecía con ese aborrecimiento intenso que no retrocede ante el crimen!...
** *
Fué otra tarde: una tarde de Agosto.
Carmen y Antonio habían merendado en el campo; su hija les acompañaba. El almuerzo fué alegre; los tres comieron mucho y bebieron copiosamente; luego Antonio, mareado por los vapores de la digestión y del vino, tumbóse en el suelo y con la cabesa apoyada sobre el regazo de la joven se quedó dormido. Carmen, inmóvil, contemplaba el horizonte con ojos pensativos: el aire quemaba, la tierra ardía, del cielo azul caían sobre los campos oleadas mareantes de fuego; á un ladoaparecían altos ribazos coronados de chumberas, luego una carretera que se alejaba blanqueando como un reguero de ceniza, y más allá planicies inacabables sembradas de trigo, con sus gavillas de segadores que avanzaban desplegados en ala, cual náufragos perdidos en un lago de oro líquido... En medio del campo, dominada por el silencio augusto de la siesta y mordida por los besos ardientes del Sol, Carmen sentía renacer sus orgullosas energías de antaño; su sangre hervía, crispando sus dedos, y una borrachera extraña, borrachera orientalesca de calor y de luz, turbaba su cerebro. Instintivamente miró á Antonio, el hombre que la había arrebatado tanto bien y que yacía dormido sobre sus rodillas, á merced suya, y sus miradas repararon con criminal ensañamiento en su cuello grueso y sanguíneo, de violador.
Aquello pasó y Carmen tornó á fijarse en los pintorescos ribazos ceñidos de chumberas siempre verdes, y en los campos de trigo, con sus gavillas de segadores... Pero la tentación homicida volvía, cada vez más terrible y pujante... Antonio roncaba tranquilo; el calor había congestionado sus mejillas; bajo la piel se acentuaban las venas repletas de sangre... ¡Oh, aquel hombre las había causado, á ella y á su hija, un daño infinito!... ¡Por él estaban así, alejadas del mundo, sin cariño de madre, sin blanduras de abuela, condenadas á vivir perpetuamente en la sombra... Y Carmen pensó que la muerte de Antonio sería la felicidad recobrada, la liberación definitiva...
Un último sacudimiento de su conciencia la obligó á levantar los ojos; en aquel momento sus pupilas, nidal de malos pensamientos, parecían más negras, más duras... Carmen prosiguió acariciando el cuello de su amante con una mirada fría y sutil como el filo de una daga. Era imposible resistir la implacable tentación. Ala borrachera del vino se aunaba la del sol... Y el sol hablaba, empujándola al crimen.
«¡Mátale!...—decía;—él te robó cuanto de más hermoso tenías, regalándote, á cambio de tu sacrificio, una hija que habrá de avergonzarse de ti eternamente. ¡Mátale antes de que despierte y te vuelva á su cárcel! Recuerda aquella habitación obscura que jamás mereció el beneficio de mis rayos; aquellas paredes que agrietó la humedad, aquel lecho donde tiritas de frío... ¡Mata! Sé fuerte como yo, inspirador de todos los heroísmos, afrodisíaco despertador de todas las voluptuosidades, anda, no vaciles; sigue los consejos de tu padre el Sol... ¡Mata á ese hombre!...»
Carmen, estremeciéndose, miró á su alrededor: no había nadie; la soledad, encubridora de los grandes crímenes, también la empujaba. ¿Por qué no recobrar su hermosa libertad perdida?... A veces, una vena que se corta es una cadena que se quiebra...
Por entre la faja de Antonio asomaba tentador el mango de un cuchillo. Carmen quiso apartar de él los ojos, y ya no pudo; miraba, alargando el cuello, y su mano derecha se crispaba, calculando la violencia del golpe...
En aquel instante la niña, como instrumento elegido por el Destino para precipitar la venganza de la madre, cogió el mango del cuchillo y la hoja salió de la vaina, con relampagueo deslumbrador. Aquel zig-zag trágico, arrancado al acero por el sol, cegó á Carmen, y el gitano rodó por el suelo, pasando sin estremecimiento de un sueño á otro. Quedó tumbado boca arriba, mirando al Sol que le había matado. La tierra, sedienta, empapó su sangre...
Era de noche. Nos hallábamos en una espaciosa habitación, con los altos techos envigados según antigua costumbre provinciana, las ventanas huérfanas de visillos, cortinajes y demás vistosos paramentos del buen tono, y las paredes sin otro adorno que algunos clavos de donde pendían varias viejas prendas de vestir con esa gravedad soñolienta de las cosas inertes.
Mi amigo estaba acostado en una cama, yo en otra, y ambos conversábamos pausadamente esperando la sorpresa del sueño. Sobre un taburete chisporroteaba la mortecina luz de una lamparilla de aceite; toda la casa yacía en el silencio solemne que envuelve á los pueblos pequeños, y únicamente revoltijeando en el ámbito del dormitorio vibraba el pertinaz y amenazador zumbido de algunos mosquitos hambrientos.
—Pues, mañana—dijo Joaquín,—antes de que el sol caliente, iremos áEl Robledal, que es de los mejores y más pintorescos cortijos que posee mi cuñado por estas cercanías: luego visitaremos la iglesia, que tieneuna capillita gótica muy notable; y si estamos de humor y la tarde da de sí para tanto, subiremos á Peña-Ramiro, cerro elevadísimo desde cuya cumbre se abarca un grandioso panorama: al fondo del valle, el pueblecito, con su centenar de casitas blancas parecidas á un rebaño de ovejas; después el riachuelo de Guadelzar, en cuyo cauce blanquea un chorrito de plata líquida, semejante al hilillo baboso que hubiera dejado al pasar por allí un caracol gigantesco; y más allá, en los brumosos confines del paisaje, un largo rosario de montañas, enderezando al cielo sus panzas ciclópeas coronadas de nieve...
—¿Y después, por la noche?
—Por la noche—repuso,—iremos á casa de Higinio, un muchacho comerciante que puntea la guitarra y con quien suelen reunirse algunas mozas vecinas y tres ó cuatro de los chicos más galanes y mejor templados del pueblo.
Añadió interrumpiéndose para requerir la almohada y colocarse mejor:
—¡Hombre!... A quien deseo presentarte es al tío Baltasar, el tipo más notable de la provincia. Es un viejo muy corrido que en sus mocedades fué pendenciero temible y sempiterno y afortunado cortejador de doncellas; un don Juan rural, caballeresco y galán á su modo. Nació aquí y de estos contornos nunca salió si no fué para el presidio de Cartagena, á donde le llevaron por dar muerte á un marido que quiso meterse á «médico de su honra»...
Joaquín, vencido por el sueño, articulaba lenta y trabajosamente; yo, empezanado por aquel inseguro balbuceo, cerré los ojos. Luego exclamé haciendo esfuerzos para no dormirme:
—¡Es raro que ese Baltasar haya llegado á viejo!
—¿Por qué?
—Porque... lo que el adagio enseña: el buen vino y los hombres guapos, duran poco...
Pronunciábamos las palabras lentamente y separando unas sílabas de otras: era una conversación lánguida, incoherente, como un diálogo de sonámbulos.
—Pues, por esta vez, falló el refrán... porque Baltasar fué de los majos que tosió más fuerte entre los barateros de mejor resuello. Una noche, y esta anécdota te servirá para conocer la calidad y buen temple de su ánimo... detuvo él solo, trabuco en mano y por apuesta, á la diligencia de Almería.
No dijo más, ó si continuó yo no le oí, rindiéndome al sopor que me infundieron la tarda exposición de aquellos romancescos disparates y el rítmico sonsonete de los mosquitos volanderos.
** *
Al día siguiente me levanté tarde; y como Joaquín se hubiese marchado de jira con varios amigos y yo no tuviera otro asunto de más bulto y provecho en qué emplearme, salí á dar un paseo por el pueblo.
En un villorrio tan incivil y menguado como aquel, la presencia de un forastero es motivo poderoso de curiosidad y de fisgoneo; por todas partes veía chiquillos que se quedaban embelesados y boquiabiertos mirándome pasar, cual si yo fuese un ente raro oriundo de lejanos planetas, y ojos femeninos que me avizoraban por entre las hendiduras de las persianas; y tanto llegó á molestarme aquella impolítica curiosidad, y tan feo me pareció el lugar con sus retorcidos callejones desempedrados y su pobrísimo caserío, que renuncié al paseo. Di, pues, media vuelta, y aventurándome por unangosto pasadizo abierto entre los bardales de dos huertas, anduve un buen trecho y llegué á la plaza: triste, polvorienta, rodeada de casuchas irregulares, con la iglesia á un lado y una fuentecilla á la que prestaban sombra escasa algunos arbolillos. Permanecí inmóvil largo rato, examinando el aspecto de aquel paraje que reconcentraba las vidas comercial, religiosa y hasta elegante de la población, puesto que allí concurrían á coquetear por las tardes los muchachos y mocitas casaderas.
Eran las doce; el sol caía perpendicularmente, y aquellos torrentes de luz cenital, sumados á la intensa reverberación del suelo, producían una especie de peplo luminoso que esfumaba el contorno de los objetos; un remusgo cálido agitaba los toldos multicolores extendidos sobre la puerta de algunas tiendas, y la torre de la iglesia, altiva y robusta como el torreón aspillerado de un castillo medioeval, proyectaba sobre el suelo polvoriento una sombra gigante. Sentado en un poyo junto á la fuentecilla, había un viejo, al cual gritaban y silbaban hasta una docena de deslenguados arrapiezos.
—¡Que baile el tío Baltasar!—gritaban aquellos indígenas.
—¡No!, que no baile...—decían otros,—es mejor que cante...
Y entonces todos empezaron á pedir rítmicamente y con cierta cadencia:
—¡Que cante el tío Baltasar, que cante, que cante!...
Algunos individuos, sentados en el suelo y á la hila de las paredes, atisbaban la escena sonriendo; el tío Baltasar, por su parte, únicamente amenazaba á los chicuelos más atrevidos que se le acercaban demasiado y con la poca caritativa intención de colgarle algún ahimelollevas. Sofocado por el calor y deseando ver lacapillita gótica de que Joaquín me había hablado, crucé la plaza en derechura á la iglesia. Al pasar junto á la fuentecilla, molestado por el griterío de los chicos, no pude abstenerme de espantarles á voces y de repartir varios pescozones entre los más indómitos.
—¡Déjeles usted estar, señorito, pues no me incomodan!—exclamó el viejo.
Volvíme para mirar á quien tan mal agradecía mi protección y ayuda, y era un hombre setentón, con grandes patillas cortadas según la usanza de la clásica flamenquería y majeza andaluzas: los ojos nobles y fieros, la boca desdeñosa, la nariz aguileña y enérgica, el busto de complexión elegante y recia... y comprendí hallarme delante del célebre Baltasar, de quien tantas lindezas refería mi amigo.
—Celebro conocerle dije entonces;—aunque recién llegado aquí, ya me han dicho mucho bien de usted. Si la fama no miente, usted fué, allá en sus mocedades, un buen gallo...
—Hombre... sí, señor—repuso con esa modesta mansedumbre de los héroes encanecidos;—cuando lleva uno en las venas mucha sangre y muy caliente, comete muchas tonterías.
—¿Y ahora?
—¿Ahora?... ¿Qué quiere usted que haga, más que tomar el sol ó la sombra, según la estación?
Los chicos se habían retirado y nos contemplaban desde lejos. Baltasar y yo continuamos charlando, cautivándome él por sus espontáneas caballerosidad y bizarría.
—Ogaño estoy mandado retirar por inútil—decía;—pues los gallos sin pico ni espolones no sirven para el reñidero ni para el corral... Pero antes... ¡ja, ja!... antes no hubo en toda la provincia otro majo que cantase más alto que yo...
Según hablaba, los recuerdos iban exaltando las energías de su espíritu y tenía frases y gestos autoritarios que recordaban sus ya lejanos extremos de sultán dictador... Y había algo solemne en el ocaso de aquel ídolo caído.
Luego Baltasar, como quien va á decir un gran secreto, púsose de pie acortando la distancia que nos separaba.
—Yo, señorito—añadió bajando la voz,—he sido el cogollito y la espuma de esta tierra... el esposo de todas las mujeres bonitas y el coco de todos los maridos... A ellas las quiero, pobrecitas, por agradecimiento, porque fueron buenas para mí; pero á ellos les desprecio, á todos, por cobardes y por... ¿Comprende usted?... Los muy... cuando éramos jóvenes, no tenían coraje para desafiarme y yo les afrentaba á mi antojo; si eran solteros, les quitaba la novia; si casados, les robaba la mujer... Y ellos, nada, tragando hieles... Ahora parecen vengarse de mí echándome sus hijos para que me chillen y atormenten; no me enfado, no puedo enfadarme, porque la voz de la sangre... ¿sabe usted, señorito?... Entre esos niños ¡habrá tantos hijos míos, tantos!...
Miré á Baltasar, el antiguo recluso de Cartagena, admirando aquella frase tan obscena en la forma y que envolvía, no obstante, un dulce sentimiento paternal. Aquella frase era para la humanidad una puñalada terrible; ¡una puñalada de presidiario!
La abuela Francisca se quitó los gafas, restañó las lágrimas que arrancó de sus ojos el penoso esfuerzo de una lectura demasiado larga, y el periódico resbaló de sus rodillas al suelo. Aquel periódico relataba los últimos momentos dePelo-Rojo: una bailarina que había muerto en su hotel de París debiendo trescientos mil francos, y por la que cierto marqués millonario dejó, á sus hijos sin pan.
—¡Para esas mujeres es el mundo!—pensó la abuela Francisca.
Discurría así, melancólicamente, junto á la ventana, sobre cuyos cristales la lluvia rimaba su canción, la dulce canción hermana del sueño: la habitación estaba á obscuras, sin otra luz que el pobrísimo resplandor crepuscular que caía del cielo; todo callaba en aquel gabinete apercibido ya á los rigores del invierno; con su suelo alfombrado y sus cortinajes de pesado terciopelo, cerrando el paso al frío. Allá lejos, en las profundidades de la casa, resonaban el chirrido alegre del aceite que hervía en las sartenes, y el ruido de platos y voces infantiles...
¿Quién hubiera creído que en el corazón de aquelconfortable hogar burgués y tras la santa y castísima frente de la abuela Francisca, la muerte dePelo-Rojodespertaría un recuerdo tenaz?...
Y, no obstante, así era: Francisca, ligando los datos biográficos que de la bailarina aparecieron desperdigados por la prensa, durante aquellos días, imaginaba conocer su historia exactamente: la veía saliendo de España, llegando á París, donde las locuras de un sportman, que se mató por ella la pusieron en moda; y luego en Londres, disputando á las cortesanas inglesas el oro de sus amantes; después en Monte-Carlo y Niza, donde corrió el Carnaval con una carroza cuajada de rosas valencianas... Y más tarde, en París otra vez, siempre pródiga, caprichosa, indócil, dejando las comodidades de su hotel por los estudios de Montmartre. APelo-Rojola conocían en todas las delegaciones: se embriagaba y reñía con otras mujeres; adoraba á los hombres de arrestos que no saben amenazar sin herir; la gran pasión de su juventud fué Luis, un pintor de mucho talento que la pegaba porpelo todo y que una noche la castigó dejándola dormir en la escalera de su taller.
—¡Y que hombres ricos y de talento pierdan el seso por mujeres así!—murmuró la anciana.
En su honrado pensamiento, monstruosidad semejante no hallaba cabida y, sin embargo, reconocía que en el viejo mundo pagano, como en el nuestro, la juventud, la felicidad y el dinero, siempre fueron satélites de la diosa Locura. Tan hermosa comoPelo-Rojofué ella, la abuela Francisca, cuarenta años antes, y á querer... Pero no se atrevió; era buena y el ejemplo de su madre, primero, y la educación de su hija, después, apartaron de su voluntad todo deshonesto impulso.
Tan cuerdo discurrir no impedía que la anciana sintiese un desvío secreto, una especie de inexplicable envidia hacia la aventurera que había fallecido, casirepentinamente, bajo una bata de encajes y en un hotel suntuoso que el talento de algunos y el dinero de muchos, convirtieron en museo... Porque á esas grandes perdidas, enemigas adoradas de todo el mundo, se las solicita, se las aplaude, se las adula; mientras que de las mujeres honradas, que vivieron para el hogar, ¿quién se acuerda?...
Allá adentro, en los profundos de la casa, el aceite chirriaba bullicioso sobre las cacerolas puestas al fuego, y las criadas aderezaban la mesa, dejando chocar los platos unos contra otros; en los cristales de la ventana, la lluvia repetía su serenata de ensueño; en el piso inferior, acompañando los acordes de un piano, varias voces infantiles cantaban: