ENTRE ELLAS———

«Mambrú se fué á la guerra,mire usted, mire usted qué pena...»

«Mambrú se fué á la guerra,mire usted, mire usted qué pena...»

«Mambrú se fué á la guerra,mire usted, mire usted qué pena...»

Eran las niñas que habían vuelto del colegio y jugaban felices, esperando la cena, con la despreocupación de la inocencia que ignora ser el pan de cada día algo muy triste, porque se gana difícilmente... La canción volvía, trepando hacía los cuartos superiores de la casa, invadiéndola, alegre y pujante:

«Mambrú se fué á la guerra,no sé cuando vendrá...»

«Mambrú se fué á la guerra,no sé cuando vendrá...»

«Mambrú se fué á la guerra,no sé cuando vendrá...»

Por la imaginación de la abuela Francisca, pasaron en incongruente aquelarre las remembranzas de su juventud, ya muy lejana. Se vió niña, yendo al colegio con un aya inglesa que la llamaba «señorita»; levantándoseen invierno muy tarde, corriendo feliz tras su aro en las luminosas mañanas primaverales, bajo la bóveda esmeráldica que tejieron las hojas tempranas de los árboles en flor... Luego recordó su primer vestido largo, su primer novio, su matrimonio que, trayéndola una hija, la llenó de cuidados; cuidados que alejaron su niñez, empujándola allá, muy lejos...

La vida de la abuela Francisca fué algo callado, perfectamente uniforme, sin notas alegres ni brochazos de color, como esos paisajes septentrionales dormidos y borrados bajo la niebla. Su matrimonio con don Alejandro fué su primera decepción, porque aquellas relaciones no trajeron luchas novelescas, ni lágrimas, ni traza alguna de esos accidentes que, mortificando el ánimo, embellecen la vida; sino que todo ello fué deslizándose suavemente, con la mansedumbre de las aguas que corren bajo tierra. Después llegaron esos innúmeros quehaceres de la existencia conyugal, donde la mujer, aunque pasiva, se asocia á todos los combates del marido, y luego la educación de su hija, cada día mayor y más hermosa, según la vida de la pobre madre iba retirándose.

Sólo un hecho sencillo pintaba un oasis riente en el horrible desierto de aquellos cuarenta años.

Fué una tarde, después del almuerzo; su hija había ido al colegio, don Alejandro á sus quehaceres; las criadas también habían salido. Francisca cruzaba el recibimiento cuando llamaron á la puerta de la escalera; la joven abrió: era Enrique, el amigo y consocio de don Alejandro.

—Mi esposo no está—dijo Francisca.

—Ya lo sabía—repuso Enrique.

—¡Ah!

—¡Sí, lo sabía; por eso he venido!

Aquella contestación extraña desconcertó á Francisca,que adivinaba en Enrique un enemigo. Este, tras un breve preámbulo, declaró á la joven su amor loco, hincándose de rodillas ante ella, cubriendo de besos ardientes sus lindas manos.

—¡La adoro á usted!—repetía.

Sus labios se cubrían de espuma; sus ojos llameaban; estaba hermoso y repugnante á la vez. Pero Francisca permaneció impasible, y hubo tal tristeza en sus palabras y tanta dignidad en su repulsa, que Enrique, humillado y corrido, salió de la habitación á reculones y huyó, sin atreverse á levantar los ojos. No pasó más.

Esta aventura era el único recuerdo pintoresco, y, ¿cabe decirlo?... la única alegría de la abuela Francisca.

Durante muchos años recordó la escena: el salón cuadrangular, con su piano y su sillería de yute obscuro; y á Enrique de rodillas, devorándola con los ojos, mientras ella, orgullosa como una reina, le indicaba la puerta con un gesto frío... Recordaba estos pormenores porque aquella declaración fué la sola bocanada de pasión impetuosa, desbordante, genuinamente criminal, que el vicio lanzó sobre ella; la única vez que se reconoció hembra, hembra deseable, apetecible, con ese apetito pujante que allana los hogares, que conduce al asesinato y á la bancarrota y al suicidio... y que ha sido, una vez por lo menos, el ideal de la mujer más santa.

Recordando á Enrique, la abuela comprendía las salvajes pasiones quePelo-Rojoencendió, y dolíase secretamente de que su destino hubiera sido tan obscuro y diferente del de la célebre bailarina. Mas ¿á qué evocar aquello tan distante, tan empujado por el tiempo hacia los remotos linderos de lo irremediablemente perdido?

En el piso de abajo, los niños cantaban á voz en cuello la epopeya del guerrero Mambrú:

«No sé cuando vendrá...»

«No sé cuando vendrá...»

«No sé cuando vendrá...»

La abuela Francisca pensaba:

—Para las perdidas del arroyo son las alegrías tumultuosas, las aventuras, la popularidad, el lujo... para las honradas, la soledad aburrida del hogar, la paz, el silencio...Pelo-Rojomurió joven: ¿y qué?... ¿Acaso hay en toda mi vida los placeres que ella amontonaba en una siesta?...

Las cenas en fondas y parajes de dudoso prestigio; los bailes de máscaras, esos viajes improvisados que parecen fugas... todo cruzó su cerebro en confusa visión cinematográfica; y por primera vez, después de haber consagrado toda su vida al bien, creyó sentir que hay en los hogares honrados y en la virtud algo seco que ahoga.

Pasaban los minutos; la habitación, con sus cortinajes y su severo mobiliario, naufragaba en la sombra; la lluvia repetía sobre el zinc de la ventana su canción de ensueño. De pronto se abrió una puerta, recortando en la alfombra del gabinete un rectángulo luminoso, y dos niñas de ocho á diez años penetraron corriendo, dejando flotar sobre sus hombros, llenos de gracia, sus cabellos rubios como el oro y limpios y brillantes como el sol.

—¡Abuela, abuela!—gritaron alegremente:—¡la cena está en la mesa! ¡A cenar!...

—Ya voy... ya voy—murmuró la anciana estremeciéndose.

Hablaba sin abrir los párpados.

—¿Tienes sueño, abuela?—preguntó una de las niñas.

Y la otra añadió imperativa:

—Corre, ven con nosotras; ¡anda!... ¡No te duermas, abuela!... Ven; luego nos contarás un cuento.

La abuela Francisca se dejó llevar; en el comedor la esperaban, como siempre, su yerno, su hija, don Alejandro; todos tranquilos, sentados alrededor de la mesa bajo la luz inmóvil y blanca del quinqué. La anciana ocupó su asiento. Don Alejandro preguntó:

—Tienes los ojos enrojecidos...

Y su hija agregó, llena de interés:

—¿Has llorado, mamá?... ¿Tienes pena? ¿Estás mala? Di, ¿qué te pasa?

Hubo varios momentos de expectación, durante los cuales las cucharas quedaron suspendidas entre el plato y la boca. Pero la abuela Francisca hizo un gesto negativo y empezó á comer, venciendo valerosamente el apretado nudo que el dolor la echaba al cuello. Prefirió callar; ¿cómo explicar su pena? ¿Quién hubiera podido comprender la tragedia que estaba desencadenándose bajo la nieve de sus cabellos?...

Aquel incidente se olvidó; la sopa estaba muy buena, el vino llenaba las copas, las niñas, de rodillas en sus asientos, reían. La abuela Francisca pensaba, tragándose sus lágrimas:

—¡No haber sido mala!... ¡Ni una vez!...

Mariana: treinta y cuatro años; viuda.—Luisa: dieciocho años; soltera. Aparecen sentadas en dos cómodos silloncitos enanos y con los pies sobre los morillos de la chimenea encendida.

Mariana: treinta y cuatro años; viuda.—Luisa: dieciocho años; soltera. Aparecen sentadas en dos cómodos silloncitos enanos y con los pies sobre los morillos de la chimenea encendida.

Mariana.—A todas las mujeres nos sucede lo mismo. Primero luchamos por conquistar un novio, luego batallamos por enloquecerle y rendirle á nuestro talante; las inquietudes que nos atormentaron durante el noviazgo se recrudecen la semana anterior á la boda y después...

(Pausa.)

Luisa.—¿Después?

M.—¡Qué sé yo!... Diríase que la misma intensidad de las emociones relaja la tonicidad de los nervios y apenas comprendemos lo que sucede.

L.—Pero, ¿es cierto que el matrimonio es la triaca del veneno del amor?

M.—¡Oh! ¡Quién sabe!... A veces parece que queremos al marido más que al novio: otras diríase que el cariño muere á manos de la costumbre.

(Pausa.)

L.—Dime; ¿qué secretos, qué misterios, qué locuras hay en la intimidad del matrimonio?

(Mariana ríe burlona.)

L.—(Amostazándose.) ¡Bah! ¿Te ríes de mi pregunta?

M.—Sí, me río... ¿Cómo no?

L.—Ninguna de mis amigas casadas quiso decírmelo.

M.—¡Naturalmente! La mujer, al contrario del hombre, es gran avara de sensaciones; sin duda porque en los lances del amor desempeña un papel pasivo, y esta pasividad implica caída, vencimiento, vergüenza...

L.—No comprendo.

M.—¿Cómo así?... Todo ello es bien claro. Daniel, por ejemplo, ¿no ha intentado besarte la mano?

L.—Sí.

M.—Pues si él reclamó ese pequeño favor y tú se lo concediste, créeme; la vencida fuiste tú. Conque imagina que muy pronto te unirás á él, esto es, le pertenecerás completamente; no tendrás derecho á regatearle tus caricias, ni á poner coto á sus exigencias; y el marido ya no querrá besarte la punta de tus dedos enguantados, sino que te estrechará entre sus brazos y dispondrá de ti á su antojo... y tú le dejarás hacer... ¿Quién será la vencida? No lo dudes. En el mundo sólo hay vencedores y vencidos, y el Destino quiso que el último papel lo representásemos nosotras.

(Nueva pausa, durante la cual la joven se frota las manos nerviosamente.)

M.—¿En qué piensas?

L.—En todo eso... ¡Es extraño! Voy á casarme y no experimento regocijo intenso.

M.—¿No quieres á Daniel?

L.—Sí, pero...

M.—¡Cómo! ¿Es posible que ese hombre ya tenga peros para ti?

L.—Te diré... si acierto á explicar mi pensamiento. Le encuentro tímido, demasiado respetuoso, comedido en demasía...

M.—Ya... Te gustaría verle más animoso, hablándote con más calor, propasándose, tal vez, á darte un abrazo sin pedirte consejo...

L.—¡Mariana!

M.—Fuera hipocresías... estamos solas.

L.—Pues bien, sí... El dice que me quiere mucho, que me adora, que está loco por mí... No le creo; quien está loco, hace locuras... y él, cuando estuvo á solas conmigo, no las hizo...

M.—(Suspirando.) Tampoco mi marido.

L.—¿Sí? Y tal vez pensabas entonces como yo pienso ahora.

M.—Lo mismo. (Con tristeza.)

L.—(Con arrebato.) No comprendo que un hombre pueda respetar tanto á la mujer á quien ama... ¡No lo comprendo! En nuestras largas conversaciones, Daniel dice que mis ojos le emborrachan, que mi cariño es sol de su alma, que soy su ilusión única... Pero advierto que está más pendiente de quienes nos ven que de mi persona; la canción de su amor me la recita demasiado bien, con ampulosidades gongorinas que aburren, con atildamientos académicos que empachan... Habla, en fin, esa oratoria fría y correcta de los salones; no el lenguaje atropellado, incorrecto y ardiente que, á mi entender, debe hablarse en las alcobas.

M.—¡Luisa!

L.—¿Qué, te asusto?

M.—Soy viuda y no puedo asustarme de nada, pero... sabes demasiado.

L.—Nada sé, pues nada he aprendido: todo esto lo adivino, lo presiento... Por eso me disgusta Daniel.

M.—Haces mal: Daniel te respeta porque es hombre educado, incapaz de abusar...

L.—(Interrumpiéndola y con despecho.) ¡Malhaya la educación que hiela el alma; malhaya el respeto que mata el cariño!...

M:—¡Pobre soñadora!

L.—Sí, dices bien, ¡pobre de mi!... Porque es muy difícil la felicidad en brazos de un marido así. El hombre que yo imaginaba cuando empecé á sentir los primeros cosquilleos del sentimiento, era muy distinto. Nunca pensé en que fuese rubio, ni moreno, ni guapo, ni feo... me era indiferente; sólo me preocupaba su carácter, su alma... Yo queria un corazón de fuego; un hombre que se mirase en mis ojos, que bebiese la vida en mis labios, que tuviese todos los desplantes y los brutales arrebatos de los temperamentos ardientes, y que me amase mucho, mucho... Me imaginaba hablando con él y le veía sumiso, sin atreverse, casi, á poner sus deseos en mí... Y también me le representaba enloquecido, atropellando miramientos, cogiéndome entre sus brazos y sin curarse de nadie...

M.—¡Luisa, Luisa... si te oyese Daniel!...

L.—¿Y qué?... Entonces me conocería y tal vez cambiase...

M.—(Con hipocresía.) Debemos hacernos respetar.

L.—Convenido; pero concede también que los hombres no deben pujar su respeto tan lejos; porque si ellos lo hacen todo, ¿qué haremos nosotras?... Si ellos no suplican, ni atacan, ¿cómo podremos defendernos? Dime, ¿es cierto que no hay nada tan aburrido, tan estúpido, como un hombre siempre respetuoso?

(Daniel y el anciano vizconde de Marimón se acercan lentamente al salón donde están Luisa y Mariana.)

(Daniel y el anciano vizconde de Marimón se acercan lentamente al salón donde están Luisa y Mariana.)

Daniel.—Luisa es una mujer excepcional.

Vizconde.—Seguramente.

D.—Cándida, sin la menor idea del amor...

V.—No afirmaría yo tanto.

D.—Usted es un escéptico sistemático.

V.—Usted un niño sin experiencia...

D.—¡Bah! tengo bastante mando para saber que Luisa me ama con frenesí.

V.—¿En qué lo conoce usted?

D.—En sus ojos, que no mienten.

V.—¿Eso es todo?

D.—En sus miradas.

V.—¿Nada más?

D.—¿Qué más puede conceder una mujer inocente?

V.—Una mujer inocente... conforme; pero una mujer enamorada... suele otorgar muchísimo más.

(Entran en el salón.)

D.—¡Hola, señoras mias! ¿De qué hablaban ustedes?

M.—De música.

L.—De perfumes de flores... Yo le decía á Mariana que la mejor esencia es el Chipre... Ella prefiere la violeta de Parma.

V.—(Al paño.) ¿Eh? ¿Qué tal? La música... los perfumes... las flores... los enemigos capitales de la virtud.

D.—(Contestando al vizconde, pero dirigiéndose á las damas.) ¿Con que charlando de perfumes, de flores y de música? ¡Qué candor!... ¡No hablarían de otra cosa los ángeles!...

Los seminaristas llegaron al bosquecillo de cuatro en fondo, y repentinamente, obedeciendo á una voz del ayo ó dómine que les conducía, rompieron filas, dándose á correr como corzos, los unos en seguimiento de los otros, ó improvisando divertimientos varios, según sus edades y aficiones. Unos empezaron á jugar al toro y á piola; los más juiciosos buscaron el brazo de un amigo con quien repasar las últimas lecciones ó discutir algún punto difícil y obscuro de Teodicea.

El día declinaba; era una tarde de Junio, hermosa y ardiente; sobre los viciosos herbazales matizados de margaritas, amapolas y otras florecillas silvestres, los rayos del sol poniente, filtrándose á través del follaje, dibujaban círculos luminosos que temblequeaban con indecisos aleteos de abeja; el aire era perfumado y tíbio; los insectos, agazapados en las resquebrajaduras del suelo, entonaban la somnífera cantinela de sus élitros; del cielo azul caía una catarata bochornosa de calor; las plantas trepadoras parecían asirse voluptuosamenteal tronco de los árboles y por sus tallos flexibles la savia subía como una oleada irrefrenable de vida... Todo era paz, contento y vigor en aquella naturaleza á quien los lúbricos cosquilleos primaverales despertaban, y había algo elocuente en el contraste ofrecido por aquel paisaje desbordante de calor y de luz, y el fúnebre grupo de seminaristas ensotanados, con sus rostros pálidos y sus lánguidos ojos de convalecientes corriendo de un lado á otro, obedeciendo á la odiosa ordenanza que lo mismo prescribía sus horas de aplicación que sus ratos de divertimiento; blandengues, melancólicos, semejantes á pajarillos enfermos que saltasen sobre la hierba...

Echado en el suelo, Pedro meditaba con laImitación de Cristosobre las rodillas. Estaba triste, como avergonzado de su traje y de su destino en medio de aquella naturaleza prepotente que se desbordaba con sus perfumes, sus matices y sus entrañas rebosando zumos prolíficos.

La semana anterior, yendo de pasea Pedro vió el rostro de una mujer que le atisbaba por entre unas persianas, y desde entonces el seminarista no pudo sustraerse al hechizo de aquel semblante expresivo, con su nariz aguileña, sus labios burlones y sus ojos negros y tranquilos de hebrea: en todas partes la veía, turbando el casto reposo de sus noches, reflejándose en la superficie de los espejos, modelándose sobre las figuras geométricas de sus libros de estudio... Y por eso el joven, sintiendo rota la cristiana ecuanimidad de su espíritu, se dió con redoblado ardor al estudio, al ayuno y á las meditaciones piadosas, abstrayéndose en la lectura de Kempis, ese talentoso visionario que tantas voluntades ha roto.

Aquella tarde, mientras sus compañeros jugaban, Pedro, tumbado en el suelo como un filósofo peripatético, leía y meditaba. Kempis decía:

«El que busca algo fuera de Dios y la salvación de su alma, sólo hallará tribulación y dolor. No puede vivir mucho tiempo en paz quien no procura ser el menor y el más sujeto á todos...»

¿Conque importa ser pequeño y sumiso y esclavo de las ajenas voluntades si queremos ser acreedores á la redención perdurable?... ¿Conque nada positivo hay fuera de Dios; y la gloria, el amor y los placeres que la belleza y el dinero allegan son tentaciones nefandas, de las cuales, los puros de corazón, deben apartar prestamente los no mancillados ojos...

Bajo el soberbio manto azul del cielo, la tierra, flagelada por los fecundantes abrazos del sol, entonaba un germinal glorioso; el viento arrastraba los acres perfumes de las florecillas silvestres; las enredaderas ceñían el tronco de los árboles con afición lúbrica; los insectos encelados cantaban un epitalamio bajo la hierba; entre el follaje, los pajarillos se picoteaban pensando en sus nidos...

Pedro, inmóvil, permanecía con los ojos muy abiertos, viendo imaginarios rostros femeninos que le guiñaban desde lejos, sintiendo que la brisa escarabajeaba su piel, precipitando el curso de su sangre, musitando en sus oídos las ardientes estrofas del eterno poema de los deseos...

—¿Entonces, para qué nací?—pensaba el seminarista.

Se reconocía humillado dentro de su sotana, que le condenaba á esterilidad perpetua, y nunca le parecieron más tristes y más dignos de lástima sus compañeros, corriendo entre el verde vestidos de negro...

Maquinalmente tornó á coger el libro que sobre las rodillas tenía, lo abrió por cualquiera parte, y leyó:

«¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa lo presente, sin cuidado de lo porvenir!..»

Y más adelante:

«Cuando fuese de mañana, piensa que no llegarás á la noche; y cuando fuese de noche, no te oses prometer la mañana...»

—¿Para qué nacimos?—decíase Pedro,—¿es posible que esta juventud y esta sangre bullente que hormiguea por mis miembros, y todas estas varoniles energías deben languidecer en el tedio y emplearse únicamente en la contemplación de la muerte?... ¿Para que viajar, si el mundo es un lugar de condenación que el espíritu infernal llenó de trampantojos y asechanzas?... ¿Para qué anhelar la gloria, si todo es humo y de nuestro paso por el mundo no quedará recuerdo? ¿Para qué amar, si nuestra carne está maldita y Dios castiga por toda una eternidad en nuestros hijos la falta imborrable de nuestros primeros padres?...

El sol declinaba rápidamente y las sombras crepusculares iban invadiendo los campos: la brisa susurraba entre el follaje, los insectos se perseguían bajo la hierba; allá lejos, un ruiseñor entonaba la canción de sus amores...

—No—murmuró Pedro con voz sorda,—Kempis tiene razón; el mundo es malo, pues siempre, á despecho de todas las ficciones, la muerte concluye triunfando de la vida...

A despecho de estas ascéticas reflexiones, Pedro continuaba absorto, viendo un rostro pálido de mujer que le sonreía desde lejos...

De pronto aparecieron, á corta distancia de allí, un hombre y una mujer joven y muy bella; caminaban lentamente, cogidos del brazo y tan cosidos el uno al otro, que casi se besaban hablando. Pedro se incorporó bruscamente, avergonzado, sintiendo que toda su sangre afluía á sus mejillas. Los amantes iban acercándose; ella hizo un esguince burlesco, indefinible, señalando á los seminaristas; él dijo algo y ambos se echaron á reir. Pedro bajó los ojos...

En su imaginación continuó viendo á los dos amantes: él, joven, caminando con la orgullosa petulancia de los mozalbetes que van acompañados de una mujer guapa; ella vestida con un trajecillo claro, bajo el cual se vislumbraban las curvas opulentas de su cuerpo, nalgueando con impúdica majestad, mostrando una doble hilera de blancos dientecillos entre dos labios rojos que la felicidad de vivir entreabría... Luego oyó Pedro el ruido cadencioso de sus pies que avanzaban resbalando sobre la menuda arenilla del camino... Y el seminarista, sin saber por qué, bajó la cabeza con esa vergonzosa tribulación que deben de sentir los eunucos ante las mujeres hermosas. Al pasar junto á él, Pedro oyó que la joven murmuraba:

—¡Qué triste está!... ¡Pobrecillo!...

Y sintió que sus párpados se llenaban de lágrimas. Después levantó la frente para verles marchar. Proseguían su camino indiferentes á cuanto les rodeaba; ella, titubeando las caderas, feliz bajo la vigorosa caricia del brazo varonil que la oprimía. Aquello era algo muy hermoso; un poema pasional recitado á través de los campos; el prólogo de una posesión, el amor omnipotente que pasaba empujando á sus elegidos hacia los lugares secretos...

Pedro continuaba persiguiéndoles con los ojos: la brisa soplaba mansamente, los pajarillos se arrullaban entre el boscaje, de la tierra ascendía un vaho afrodisíaco que excitaba los nervios. ¡No, Kempis, al proclamar el triunfo de la muerte, no tuvo razón!

De pronto, Pedro volvió en sí: el libro había resbalado de sus rodillas y yacía en el suelo; con los ojos abiertos y los dientes apretados convulsivamente, Pedro, inmóvil, yerto y pálido como la imagen del dolor, se retorcía las manos con desesperación, renegando de su destino, y lloraba... lloraba...

—Soy fatalista—prosiguió Enrique,—y creo que cuanto el Destino escribió en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los mundos, se cumple aquí abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte, pueda evitarlo...

—¿Y qué?—preguntó Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos, penetrantes como la punta de un bisturí.

—Que nuestra separación estaba prevista desde há tiempo en el índice de los destinos, y que la hora de la emancipación ha llegado.

—¿Serás capaz de abandonarme?

—Sí.

—¿Sin dolor?

—¡No!... Con gran dolor y quebranto gravísimo de mi alma. ¡Pero te dejo!...

—¿Para siempre?

Le miraba fijamente, traspasándole con una de esas miradas desesperadas con que los moribundos se despidende la luz: él, al principio, sostuvo aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, bajó los ojos. Después, haciendo sobre sí mismo un gran esfuerzo, murmuró:

—Sí, para siempre...

Ella lanzó un grito estridente, cual si la arrancasen á túrdigas las entrañas, y se desplomó en una silla, echándose de bruces sobre una mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visión neta, desgarradora, de que la separación iba á cumplirse. El quedó en pie, las manos metidas en los bolsillos, inmóvil y rígido dentro de su gabán abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la calle ascendían confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de las paredes enjalbegadas pendían cromos y viejos retratos de parientes muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un quinqué vertía á raudales su luz fría... Todo ello hablaba á la imaginación del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los recuerdos: la cómoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas yacieron reunidas varios años, los retratos de todas aquellas personas muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya él conocía; el ramo de flores secas suspendido en el ángulo de un espejo y que recordaba un día feliz... Y revivió las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz serena del quinqué, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro paredes de aquella casa y á trueque del corazón que le dieron, Enrique reconocía haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urgía destruir de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posición respetable, echar los cimientosde un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto, iba á casarse con una linda joven, algo patricia, que le traía en dote medio millón de pesetas.

—Me voy—repitió Enrique;—hora es ya de romper la cadena que nos une: devuélveme mi retrato y mis cartas.

Gabriela levantó la cabeza mirándole con ojos brillantes, inyectados en sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.

—Mañana te los daré.

—¡No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.

Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volvía, ya no sabría marcharse: ella, sospechándolo así, procuró traerle de nuevo á su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.

—¿Temes volver?—preguntó Gabriela.

—¿Temor? ¿Y á qué?... Además, no pienso volver. Todo lo que pido puedes enviarlo á mi casa.

Ella comprendió que la cobardía de su amante le quitaba el último refugio, la última esperanza, y sus ojos se anegaron en lágrimas.

—Bien está—dijo:—todo se hará según tu deseo.

—Pues... adiós.

—Adiós.

Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atravesó la habitación con paso tácito, hundiéndose en la obscuridad de una puerta: ella le siguió con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo desfile de un cortejo fantástico... Enrique llegó al recibimiento, abrió la puerta y salió cerrando tras sí. Al ruido que hizo la puerta, contestó la abandonada con un grito agudo...

Ya en la calle, Enrique echó á andar camino de su casa: en su atolondrado pensamiento sólo esta idea se agitaba:

«Mi pasado ha muerto: ella no me llamará; yo tampoco puedo ir á verla. ¡Todo ha concluído!...»

Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volvía á sus labios:

«¡Todo ha concluído!...»

Hay una memoria, que los psicólogos llaman sensitiva, en virtud de la cual, los músculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginación esté preocupada y distraída con otras fantasías. En Enrique, la intensidad de su preocupación y de su dolor, borraron hasta las últimas manifestaciones de esta memoria orgánica, y concluyó por no saber adónde iba ni por dónde andaba...

—¿Qué barrios son estos?—pensó;—¿qué vengo á buscar aquí?...

Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y de la distancia, arrastrando la cadena que creyó rota.

Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvías habían dejado de circular; en los quicios de algunas puertas insinuábase la silueta borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida, Enrique oyó la voz de una mujer que vendía café caliente.

—Debe de estar amaneciendo—pensó.

Prosiguió andando lentamente, á través de la inmensa ciudad dormida bajo un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria, enloqueciéndole: «Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... ¡todo ha concluído entre nosotros!... ¡Todo!...»

Empezaba á clarear. De pronto Enrique se halló en una calle que conocía y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de Gabriela: sus piernas, que le condujeron allí tantas veces, le habíanllevado una vez más. Era algo fatal, como el concierto de los astros... El sereno acudió á abrirle la puerta.

—Buena madrugada, señorito. Hoy se retira usted muy tarde... La señorita estará impaciente.

Enrique, sin responder, cruzó el zaguán, subió las escaleras y llegó al cuarto de Gabriela. Ella, que había reconocido sus pasos, salió á abrir sin darle tiempo á llamar: en su semblante la desesperación y la alegría pintaban una máscara extraña.

—¿A qué vienes?—preguntó.

Rendido á la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz velada de los sonámbulos, repuso:

—¿No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...

Desde muy joven su imaginación soñó amores difíciles: las novelas del viejo Lamartine, los versos deOtello, las cartas deWerther, deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoña suicida; cualquiera mujer le apasionaba con pasión loca que no hubiese dudado ante el atropello ó violación de lo más santo; tenía el doble anhelo de lo sublime y de lo raro y envidiaba á Safo más que á Paón; á Safo amante, ganando la inmortalidad con la trágica elipse que describiera arrojándose al mar desde el promontorio Léucades.

—¡Morir!—pensaba Julio,—¿qué importa morir, si muriendo perpetuamos nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeñoso y adorado?

Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinión; iba cruzando por el mundo como en éxtasis, el busto rígido, los ojos esclavizados en la ilusión paradisíaca del supremo amor, alzándose despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que puede olvidar.

El no sabía hacer esto; por nada hubiese cambiado de ídolo ni de fe; antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansón, entre los escombros del templo: sólo así lograría la veneración de aquellos escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religión. Fortalecido por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y desune: él no sería uno de tantos; él moriría antes que renegar de su fe. ¿Qué queréis? El romanticismo ha matado más gente que el arsénico. La figura de Julio Riego traducía su carácter fielmente: era un tipo sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante, la frente triste, aguileña la nariz; sus largos cabellos negros se abullonaban sobre las orejas de su rostro pálido, con palidez mortuoria, como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la garganta, parecía venir de muy lejos ó de muy hondo.

Pasados tres ó cuatro años de relaciones íntimas, Julio y Mariana Paredes riñeron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado por un espíritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir á carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros meses, la melancolía de Riego interesó su imaginación; la nostalgia es misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio atrae: después continuó tolerándole por miedo, temiendo que su desvío le indujese al suicidio; más tarde, la callada presencia de aquel espíritu tétrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la desesperación y los celos, llegó á serla intolerable y decidió romper con él. Aquella vez no ocurriría lo que otras; estaba resuelta á recobrar su libertad antigua; reñirían para siempre: sus palabras tendrían autoridad inapelable.

Algo desusado hubo de sugerir á Julio Riego la certidumbrecruel de quedar despedido irrevocablemente. Fué una mañana, poco antes del almuerzo, tras una noche que ella pasó durmiendo tranquila de cara á la pared, y él con un codo apoyado sobre las almohadas y los ojos, llenos de lágrimas, de par en par abiertos ante las tinieblas de la alcoba; alcoba triste como nido roto caído al pie del árbol... Se separarían; Mariana lo acordó así en uso de su voluntad libérrima; ella necesitaba nuevas impresiones, otra vida, otro hombre... En pie cerca de la puerta, con el sombrero en la mano, dispuesto ya á marcharse, Julio repuso con su voz enturbiada por la pena:

—No lo tendrás; ese hombre que deseas no será nunca tuyo. Yo lo impediré, matándome; no podrás olvidarme; entre él y tú dormirá todas las noches mi recuerdo; ante tus ojos, el hilo sangriento que brote de mi herida correrá eternamente.

Mariana Paredes se encogió de hombros; sus vehementes anhelos de tornar á ser libre endurecían su corazón.

—Puedes hacer tu gusto—murmuró;—cada cual obra según su criterio.

**  *

Se despidieron: él iba resuelto á matarse; lo había prometido y los hombres no deben renegar de su palabra: además, aquel era el único medio de castigar á la ingrata, lanzando sobre su frívolo vivir la noche ineluctable del remordimiento. Mariana quedó tranquila, segura de que Julio Riego no cumpliría su amenaza. Aquella noche, sin embargo, la joven leyó los diarios atentamente, buscando alguna noticia relacionada con su amante. No halló nada.

—¡Bien decía yo!—murmuró.

Y de pronto sintióse un poco triste, humillada y como pesarosa de que aquel hombre no la hubiese amado lo bastante para matarse por ella.

Pasó otro día; Mariana Paredes iba adormeciéndose en la confianza de la impunidad; aquella era una historia casi olvidada. Por la noche, de vuelta del teatro, se acostó y cogió un periódico; el sueño comenzaba á pesar sobre sus párpados; no obstante ojeó los telegramas, una Crónica de bastidores, otra de política general...

En la sección de noticias, vió la siguiente:

«Ayer se suicidó, disparándose un tiro en el pecho, un joven decentemente vestido, llamado Julio Pérez.»

No pudo seguir leyendo; el cansancio cerraba sus ojos; el periódico resbaló de la cama al suelo.

No sucedió más.

Por una errata deslizada en aquel apellido, el sacrificio del pobre muerto no tendrá historia; las noches de Mariana Paredes no tendrán pesadillas...

¡Más vale así!

Cae la tarde; un vientecillo suave arrastra por el suelo húmedo las primeras hojas secas; las lejanías del paisaje desaparecen tras el vaho neblinoso que enceniza el cielo; los árboles, de donde huye la vida, levantan sus ramas con desesperado ademán y su gesto simula responder á la conciencia que tienen de que la muerte llegará fatalmente para ellos con la paralización de la savia; los herbazales que visten los recuestos también están tristes, amarilleando entre el lodo; á lo largo de las tapias algunas enredaderas alargan sus ramas escuetas; bajo el espacio triste la tierra toda se estremece en una convulsión agónica.

Personajes:Ella; treinta años. Avanza rápidamente, mirando á todas partes con los hermosos ojos muy abiertos por la impaciencia de ver pronto al amado, que la espera. Viste sombrero redondo de fieltro y un gabán varonil, con cuelloImperioy doble hilera de botones, que la llega á los pies: es alta, elegante y lamida de formas como una amazona inglesa.

El: treinta y cuatro años; gallardo y simpático; sudelicado temperamento de sentimental lo reflejan la mirada distraída de sus ojos, ensombrecidos por el insomnio; su frente, abrillantada por el nimbo indefinible de los ensueños; la línea de sus labios que, habiendo gustado los amargores de la vida, quedaron algo tristes.

Eulalia.—(Viendo, de pronto, al galán que entretiene su fastidio leyendo un periódico.) ¡Niño, ya estoy aquí...!

Fernando.—(Vivamente emocionado.) ¡Ah, qué impaciencia tan cruel!... Si yo estudiase metafísica, para representarme el concepto de eternidad evocaría la duración de las horas que vivo sin ti.

(Se dan las manos.)

E.—(Mirando á todas partes.) No hay nadie.

F.—(Mirando también.) Nadie.

E.—Toma mis labios.

(Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente, imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.)

(Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente, imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.)

F.—(Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.) ¿Y tu marido?

E.—En la Audiencia.

F.—¡Batallando, según costumbre, por enviar gente á presidio!

E.—No sé. Damián es un hombre terrible que, como las cadenas, parece fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su ley; el deber frío y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha sofocado el natural amor á sí mismo; ¡no se ama!... (Con volubilidad.) Después de almorzar me fingí enferma, para quedarme sola.—«Bien—replicó él;—te acompañaré.» Fué morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba á fracasar... ¡Qué martirio! (Fernando escucha acariciando entresus manos una de las enguantadas manecitas de la joven. Ella continúa.) De pronto salí del gabinete y momentos después reaparecí diciendo que hallándome mejor, necesitaba salir.—¿Dónde?—preguntó mi tirano.—A hacer algunas compras—repuse;—no hay manteles; además, á la doncella le prometí ayer una blusa y debo cumplir lo ofrecido.—Mejor sería—contestó,—que te vistieras bien y fueses á visitar á la vizcondesita Matilde, que está enferma. ¡Debemos cumplir con todo el mundo!... Acepté la proposición haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegría: aquel era un feliz pretexto que me facilitaba una hora más de libertad que dedicarte, mejor y más hermosa para mí, que un rayo de luz. En un santiamén me puse mi mejor traje y volví al gabinete; Damián, al verme se levantó.—«Vaya—dijo,—hoy, para mí, es día de asueto; te acompaño.» ¿Cómo rechazarle? Humillé la cabeza y eché á andar con la sombría resignación del que camina hacia el patíbulo. Cuando llegábamos al recibimiento, vibró el timbre de la escalera; abro la puerta... ¡Era un ordenanza que traía... no sé qué papelotes de la Audiencia! Un asunto urgentísimo.

F.—La causa de algún desgraciado á quién el Código tendrá deseos de apretar el cuello...

E.—Probablemente. Mas... ¡en fin!... gracias á eso, sea lo que fuere, estoy aquí. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no una cabeza.


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