LO HORRIBLE———

(Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo entristecido por los reflejos crepusculares.)

(Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo entristecido por los reflejos crepusculares.)

F.—Te quiero.

E.—No más que yo á ti.

F.—(Enternecido.) ¡Carne de mi alma!

E.—(Con arrebato.) ¡Alma de mi cuerpo!...

F.—Dame tus labios otra vez.

E.—Tómalos. ¿No son tuyos?... ¿A qué me los pides?...

F.—(Rodeándola el talle con un brazo.) ¡Oh!... ¡qué adormecedora, qué dulce es la canción de los amores!... ¡Cómo pesa sobre los párpados, con qué arpegios de ensueño roza los oídos!... Y simultáneamente penetra hasta mis tuétanos y calofría mi espalda con la suave caricia del terciopelo.

E.—¡Fernando... (Entorna los párpados y su cabeza mareada por la rara espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de apoyo.)

F.—Habla... necesito oirte... dí algo... arrúllame...

E.—(Sin abrir los ojos.) ¿Qué quieres que diga?

Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar, produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y Fernando se detienen.

Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar, produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y Fernando se detienen.

F.—¿Quieres?... (En voz muy baja.)

E.—¿Aquí?

F.—Sí. Sentémonos.

E.—¡Oh, es imposible!

F.—¿Por qué?... Estamos solos.

E.—Sí, pero... ¿y mi traje?

F.—Extenderé sobre el suelo mi pañuelo para que no te manches.

E.—No basta. Y, mira... el piso está enfangado.

F.—(Pensativo.) Es cierto.

E.—Seamos juiciosos.

F.—¿Qué remedio?...

(Se contemplan mezclando sus alientos, mirándose á los ojos ávidamente, con el vientre y las rodillas y los pies unidos.)

E.—(Deseando tranquilizar á su amante.) Mira, cómo vengo.

(Le enseña sus botas de tafilete, su magnífico traje de seda color salmón, su largo gabán de finísimo paño.)

F.—(Extasiado.) ¡Como una reina! (Pausa.) Y, sin embargo... perder estos instantes... es un crimen.

E.—Ya lo sé, rey; pero, ¿qué quieres?... La fatalidad...

F.—¿Me amas?

E.—Más que á nadie.

F.—¿Eres muy feliz entre mis brazos?... (Empujándola.) Entonces... ¿Qué importa lo demás?...

E.—(Resistiendo.) Pero... ¿no comprendes?... Estamos en un lodazal.

F.—A tu marido le dices que te caiste; un accidente... un coche que pasaba... cualquiera cosa.

E.—Eso es lo de menos; un pretexto se busca fácilmente.

F.—Entonces...

E.—Es mi traje, mi sombrero, que representan un capital.

F.—(Alzándose de hombros.) ¿Qué vale todo eso, comparado con lo otro?... Un vestido que se mancha ó que se rompe, puede ser substituído; ¿pero quién recobrará el rato de felicidad que se pierde?

E.—No me vuelvas loca.

F.—Pronto nos separaremos y... ¿quién podrá consolarnos mañana de la hora feliz que hoy desaprovechamos?...

E.—(Languideciendo.) Déjame.

F.—El peinado que se deshace, como el sombrero ó el traje que se ensucian, constituyen pequeñas desgracias, fácilmente remediables; pero, ¿cuándo ni dónde rescataremos las dulzuras de un feliz momento perdido?... Dime; ¿en qué bazar podrían los pobres viejosdesencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?... Ven, ven... el placer como la alegría, duran poco.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Han pasado treinta años; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida, conserva entre sus más preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde otoñal, húmeda y callada, en que dió noventa duros por un rato de amor. ¡El amor!... Lo que no se compra...

Beltrán empujó la puerta suavemente y entró: era un mozo membrudo, con las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vestía blusa azul y pantalón de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y sólidas; tenía la mandíbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvío.

Al oirle Matilde, su hermana, que parecía meditar junto á la mesa, á la luz de un quinqué, volvió la cabeza. Beltrán preguntó:

—¿Quién ha venido?

—Don José.

—¡Don José!... ¿Qué quería?

—Nada... saber cómo estaba padre: ni siquiera se sentó; no pasó de la puerta.

Beltrán clavó en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego dijo:

—¿Y padre?

—Peor; apenas puede respirar.

El mozo levantó la cortinilla que cubría una puerta y quedóse inmóvil, abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual resonaba rítmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.

—¿Qué dice el médico? ¿Tiene esperanzas?

—No. Asegura que recurrimos á él demasiado tarde.

Beltrán se mordía los labios; Matilde lloraba en silencio, sin parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas á sufrir: tenía el rostro inteligente y pálido, el pelo y los ojos negrísimos: era uno de esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresión y del momento, en quienes los ángeles del bien y del mal parecen luchar á brazo partido sobre un puente muy angosto.

—¿Recetó algo?—preguntó el herrero.

—Sí... mira.

Sacó del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrán leyó y releyó sin comprender.

—¿Cuánto costarán estas medicinas?

—Unas... cuatro pesetas.

—¡Cuatro pesetas!...

—¿De dónde sacarlas, hermano?

Y Matilde miraba á su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la casa toda, en fin, ahogándose de miseria y dolor bajo el declive rápido de los techos aboardillados Beltrán miró también, murmurando:

—No sé, no sé...

—Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida, á todo trance.

Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa. Pero ¿dónde hallar dinero?... Matilde y Beltrán estaban sin trabajo y la enfermedad de su padre agotó sus pequeños ahorros; en pocas semanas todo fué saliendo camino de la prendería ó de lacasa de préstamos; fué una venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.

Beltrán alzóse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la miseria había tomado todos los caminos.

—¿Qué piensas?—exclamó Matilde;—¿se te ocurre algo?

—No... nada... ¿y á ti?

—Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... ¡padre se muere!

—Ya lo sé... ya lo sé... Espera.

Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de amigos: con ninguno debían contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y los mejores ya les habían socorrido en diferentes ocasiones. El único que podía ampararles era don José, el propietario, quien, por amor á Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde hacía dos meses. Beltrán conocía aquella pasión; y la vergüenza de sus favores, aceptados por él bajo la presión feroz de la miseria, enrojecían su frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de los hermanos, que veían pasar por entre sombras el hambre y el crimen: Beltrán y Matilde sabían que en los momentos de supremo desamparo los hombres roban, las mujeres se venden...

La joven, más franca que su hermano, preguntó:

—Si recurriésemos á don José...

Beltrán se acercó á ella temblando violentamente, como potro picado del tábano.

—¿Qué has dicho?—gritó;—¿recurrir á don José? ¿Qué es eso?... ¿Has perdido el sentido ó perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas insinuado algo me vuelve loco...

La había cogido por un brazo, apretándoselo entre sus dedos como en un torno.

Matilde bajó sus ojos anegados en lágrimas; en el silencio resonaba el isócrono jadeo del moribundo; aquella respiración anhelante de viajero que va muy cansado. Beltrán callaba, comprendiendo que era necesario optar entre el presidio y la mancebía. De pronto se decidió.

—¡Bien está!—dijo;—ya sé qué he de hacer; venga la receta... no perdamos tiempo.

—¿Tardarás?—preguntó Matilde.

—No... volveré pronto... antes de una hora...

Salió precipitadamente, palpándose debajo de la blusa, cerciorándose de que la navaja estaba en su sitio.

**  *

Beltrán anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba: robaría, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio á hacerlo sin vergüenza ni empacho.

El herrero, recatado en la sombra de una puerta, esperó... esperó...

Los transeúntes eran escasos: todas las circunstancias parecían favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno dormía en un punto distante.

Al principio, Beltrán juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se defendería, pediría socorro y sería necesario taparle la boca, arrojarle al suelo, matarle, tal vez... Luego, según iba apreciando el valimiento y legitimidadde los móviles que le arrastraban á perpetrar aquel despojo, llegó á creer que su conducta era irreprochable y que el primer caballero á quien se dirigiese, no bien supiera de qué se trataba, se apresuraría á favorecerle: todo aquello se le antojaba á Beltrán tan natural, tan noble, tan conmovedor...

De pronto apareció un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrán salió á su encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y miró al herrero, desconfiando.

—Caballero—dijo Beltrán, haciendo con la cabeza un leve saludo;—perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre está agonizando.

El interpelado, ya repuesto, murmuró:

—Dios le ampare, no llevo nada.

Beltrán le miró confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por la vergüenza, palidecieron: había dicho lo más grave, lo más grande, lo más terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el individuo que le oía, lejos de asociarse á su dolor, le escuchaba impasible, encogiéndose de hombros... La ira cegó sus ojos.

—No—gritó,—yo no pido limosna.

—¿Entonces?...

—Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una receta... ¡Lo quiero... son para salvar á mi padre!

Hablando así, zarandeaba á su interlocutor agarrándole por el embozo; el agredido, irritado por una exigencia que juzgó intolerable, le rechazó vigorosamente.

—¡Ladrón!—murmuró.

Entonces Beltrán se abalanzó sobre su enemigo, procurando derribarle; mas el otro, que era mozo y valiente,le echó los brazos al cuello, mientras procuraba sacar un revólver que sin duda llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrán se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastró hacia un callejón vecino.

—¡Miserable, miserable!—repetía.

El asaltado, viéndose perdido, quiso gritar, pero Beltrán le tapó la boca, y, asiéndole por el cuello, le derribó en tierra: cayó de bruces, los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrán oyó ruido de pasos; sin duda venían á prenderle... ¿Qué hacer?... Si huía, su enemigo correría tras él pidiendo socorro... y se vió atado codo con codo, y á su padre muerto, y á su hermana, bonita y en la calle... Fuera de sí, requirió la navaja, y asestó un golpe á su víctima en la nuca, después otro y otro... muchos... para que no hablase; luego registró precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogió una moneda, un duro... ¡uno solo!... y echó á correr desalado.

En el fondo de la calle resonaban voces extrañas que repetían:

—¡A ese... á ese!...

Beltrán corrió mucho tiempo; cuando penetró en una botica llevaba los labios lívidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.

—A ver—murmuró;—despácheme usted, en seguida... en seguida...

El boticario dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó al mostrador tranquilamente.

—¿Qué es ello?

—Tome usted.

El farmacéutico cogió la receta y la leyó poco á poco, informándose bien del nombre de las medicinas.

—¿Tardará usted en despacharme?—preguntó Beltrán suplicante;—el caso es gravísimo.

Le aterraba la idea de que le prendiesen antes de ver á su padre.

No—repuso el boticario,—estas medicinas están hechas.

Marchóse y volvió trayendo dos frasquitos.

—¿Qué valen?—preguntó Beltrán.

—Cuatro pesetas con cincuenta céntimos.

—Cóbrese.

Y arrojó el duro sobre el mármol del mostrador.

El boticario cogió la moneda, la miró atentamente, la hizo resbalar entre sus dedos, volvió á sonarla...

—Este duro—dijo—es falso...

Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes á Marcela, que volvía de la fuente con el pesado cántaro sobre la cabeza, erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio reía embelesado viéndola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando los rojos labios con un depresivo mohín desdeñoso, como si las sonrisas y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas, á guisa de incienso, en honor de su perfecta gentileza y bizarría; y cuando se alejaba orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no... con las caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un estremecimiento doloroso mordía su carne, y el pliegue trágico de las venganzas cortaba su frente.

Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de su pasión, salió del pueblo y fué á sentarse junto á unos bardales por donde Marcela solía pasar de vuelta de la fuente. La conversación fué breve, decisiva, como las conversaciones que preparanlos duelos á muerte. Ella empezó diciendo que no le quería y que jamás podría traicionar á Fermín, su esposo, á quien estaba unida por los vínculos del cariño y del deber; Fermín era su Dios, su rey; á él se lo debía todo: la casa que habitaba, las ropas que cubrían su cuerpo...

Y agregó:

—¿Y ahora quiés deshacer el lecho que yo toas las mañanas tiendo y mullo pa él? ¿Y quiés gozar del cuerpo que él viste y alimenta y agasaja con tóo lo que tiene?... ¡Vamos, Juan Antonio, que no me conoces!... No sólo no te quiero, sino que te odio... ¡ya ves!... Que eres mu chico, mu ruin... ¿sabes?... y que tiés el alma mu fría, cuando no entiendes lo que digo...

Poco á poco, á tropezones, sofocado por la pasión que le extrangulaba, Juan Antonio procuró explicar sus celos y los tormentos de aquellas luchas íntimas que fueron enajenándole hasta obligarle á exigir de Marcela una explicación definitiva. El no era malo, ni ruin, ni tenía aquella frialdad de corazón que ella tan injustamente le reprochaba.

—Mi única desgracia consiste—dijo—en haberte conocío mu tarde, cuando tu libertad y tu corazón y tu cuerpo amadísimo, eran de otro...

Ella le escuchaba impasible, frunciendo el sobrecejo con aire aburrido. Luego repuso, dando media vuelta y poniéndose otra vez en jarras, dispuesta á marchar.

—Tóo es inútil, Juan Antonio; yo no quiero, y no hay poderes en el mundo capaces de torcer mi voluntad... Y no me persigas, no me aburras; porque si la gente advierte tu cariño y da en murmurar, soy capaz de contárselo tóo á Fermín, pues antes que deshonrao, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio. No digo más.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Las primeras horas de aquella noche las pasó Juan Antonio entre los matorrales de un altozano, desde donde se atalayaba un extenso paisaje. La luna trepaba hacia el cenit anegando las silenciosas extensiones siderales con los efluvios de su luz plateada: una paz augusta descendía del cielo sobre los campos dormidos; en el valle blanqueaban las casas del pueblo, con sus paredes irregulares y sus ventanas, por algunas de las cuales se filtraba un hilillo de luz; varios caminos vecinales seguían direcciones diversas, retorciéndose como sarmientos á través de los campos de labranza, subiendo, bajando, según los altibajos del terreno; y cerrando el horizonte, casi perdidos en las sombras de la noche, ondulaba una larga serie de cerros, con sus panzas enormes y sus altísimas crestas, semejantes á abortos monstruosos de una quimera geológica.

Juan Antonio, casi echado en el suelo, no apartaba los ojos de la casa de Marcela, situada mucho más allá, junto al río. Un proyecto diabólico le había conducido allí. Fermín, que era guardabosque, salía de ojeo todas las noches entre doce y una de la madrugada, y aquella ocasión era la por Juan Antonio espiada para deslizarse sin peligro hasta Marcela; las consecuencias anexas al logro de sus propósitos, no le interesaban. Durante largo rato permaneció inmóvil, mirando, mirando... con la mirada angustiosa y fija de los que murieron ahogados. Luego se estremeció, oyendo resonar enla serena extensión de los campos las doce campanadas de un reloj lejano.

Entretanto Fermín, sentado sobre un viejo taburete, se calzaba sus recias botas de campo, disponiéndose á salir.

Marcela le observaba desde el lecho con ojos que el sueño va cerrando.

—¿Te vas?—preguntó.

—Sí.

—No tardes mucho... la noche está fría.

—Ya lo sé. No haré más que llegar al cementerio y volver.

Se había ceñido la cartuchera; después embozóse en una manta, se caló su ancho sombrero de guardabosque y salió terciándose el fusil á la bandolera. La llave de su hogar la dejó, según costumbre, junto al quicio, debajo de la puerta, en previsión de que Marcela quisiera salir hallándose él ausente; y esta circunstancia era la que había de facilitar á Juan Antonio el triunfo de sus deseos.

Marcela se había quedado profundamente dormida; de pronto sintió que abrían la puerta y entre sueños supuso que era su marido quien volvía: luego oyó unos pasos quedos que se acercaban y entreabrió los párpados; la obscuridad era completa y tornó á cerrar los ojos.

—Fermín... murmuró.

El lecho crujía: Marcela, medio despierta, repitió balbuceando sin miedo.

—¿Eres... tú?...

Al sentir que unos brazos la estrechaban por el talle, agregó.

—¡Qué frío vienes!...

El repetido contacto de unos labios que oprimían lossuyos y la presión de unas manos que la sobajeaban con ansia brutal, concluyeron de despertarla.

—¡Fermín, Fermín!...

Entonces sintió que la dejaban; alguien saltó del lecho y resonaron los pasos precipitados, inseguros, de un hombre que huía. Marcela se incorporó en la cama, impulsada por un presentimiento horrible.

—¡Juan Antonio!—gritó.

Y se ratificó en esta creencia al oir que el fugitivo deslizaba suavemente la llave bajo la puerta, como para borrar con aquella precaución el rastro de su delito.

Largo rato Marcela permaneció alelada, temblando de rabia y de miedo; después sintió que abrían la puerta.

—Fermín... ¿eres tú?—preguntó.

—Sí, yo soy...

Mientras él se desnudaba, ella añadió:

—¿Has venido antes?

—¿Cuándo?

—Después de marcharte.

—No. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada; me había parecido...

Al día siguiente, domingo, Marcela y Juan Antonio se encontraron en la iglesia, junto á la pila del agua bendita: ella le miró de hito en hito, los ojos retadores, como desafiándole á hablar; él se acercó con aire insolente y satisfecho, murmurando:

—¿Me encontraste frío anoche?...

Marcela no pudo responderle y se marchó llorando. Aquel día y los sucesivos los pasó acongojadísima, no sabiendo si devorar su humillación ó pedir á su esposo el justo castigo de tamaña ofensa; unas veces pensaba vengarse por sí misma, dando la muerte como ella había recibido la deshonra, á traición; otras temía quelenguas extrañas enterasen de lo ocurrido á Fermín, y que éste, interpretando mal el silencio de su mujer, juzgase criminal complacencia lo que fué sorpresa y forzamiento...

Al fin optó por confesarse á su marido, refiriéndoselo todo... ¡todo!... Pues como ella decía: «antes que en ridículo, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio...»

**  *

Aquella tarde Fermín y Juan Antonio se vieron en un claro del bosque.

—Estaba esperándote—dijo Fermín.

—¿Pa qué?

—¿No lo presumes? ¿No está diciéndotelo ese corazón que quieo arrancarte á mordiscos?...

Fermín era ágil, fuerte y más alto que su enemigo, pero Juan Antonio era recio de cuerpo y tenía hombros cuadrados y brazos membrudos. Los dos hombres se miraron friamente, midiéndose con los ojos, buscando un sitio en donde herir: luego, simultáneamente, sin detenerse á sobreexcitar su enojo con vanas palabras, se arremetieron. Durante algunos momentos lucharon rabiosamente, sin que las piernas de ninguno de ellos flaqueasen; luego se separaron y antes de que Juan Antonio pudiese hurtar el golpe, Fermín se abalanzaba sobre él, traspasándole el cuello con una faca. El mozo giró sobre sí mismo, dió algunos pasos vacilantes, y cayó al suelo de bruces, muerto...

Fermín, fuera de sí, echó á correr hacia su casa: Marcela; al verle entrar demudado y con las manos teñidas de sangre, lanzó un grito y corrió á su encuentro, mirándole con ojos donde había una pregunta desesperada.

—Sí—repuso el guardabosque:—le he matao.

Y añadió extendiendo el brazo con gesto trágico:

—Allí está; allí le tienes, frío... ¡Más frío que nunca!... ¡Frío pa siempre!...

La noticia circuló rápidamente por los cafés y las tertulias que cómicos y autores forman en los saloncillos de los teatros.

A Felisala Lobala habían matado. Los testigos de la escena aseguraban haber visto á Felisa bajar de un coche en la calle Peligros, delante de Fornos; entonces brotó del hueco de una puerta la sombra de un hombre que, sin duda, estuvo en acecho, esperándola, y que instantáneamente se arrojó sobre ella; la joven lanzó un grito y cayó hacia atrás, abriendo los brazos: el matador huyó velozmente, revelando en la fuga la audacia y el vigor sobrehumanos que demostró en la agresión, y segundos después los que le vieron herir sólo percibieron su silueta cobarde esfumándose como un capricho antropomórfico en las sombras de la noche bajo la rojiza luz incierta de los faroles...

Desde luego se trataba de un crimen pasional. Al principio creyóse que el asesino era un organillero;luego, por lo que varias amigas de Felisa dijeron, se supo que era un estudiante...

Enrique yla Lobase conocieron en el arroyo una noche de invierno muy cruda, muy triste, en que el aburrimiento de ella y la melancolía y desamparo de él los sugirió, simultáneamente, el capricho de pernoctar juntos; ella le quiso porque se parecía á un amante que la dejó por otra: él porque estaba muy solo, muy pobre, y en las horas de desvalimiento los temperamentos sentimentales padecen, más que el hambre, la necesidad de la mujer que abriga, que consuela, hablando de recuerdos dulces y frívolos... Ella era una chula, una verdadera hembra, apasionada y bravía, enamorada de la fuerza y del valor masculino, de los machos crudos que parecen ir por el mundo caminando siempre de cara al presidio: él, mesurado en las palabras y firme en la acción, era también un valiente persuadido de que cuando dos hombres riñen, uno de ellos, el más débil, tiene pena la vida.

—¿Tú serías capaz de pegarme en la cara?—solía preguntarle Felisa.

—No—contestaba Enrique;—en la cara note pegaré nunca; si alguna vez me engañases te rompería el corazón. A las mujeres, los hombres de honor no deben pegarlas más que una vez...

Pero Felisa no cuidó de tales amenazas y le engañó: y el estudiante, que había puesto en aquella mujer toda su alma, cumplió lo ofrecido...

Y allí quedóla Loba, tumbada en el arroyo, inmóvil. Los ojos cerrados, mostrando entre sus labios entreabiertos los dientes menudos y blancos que crispó la agonía, y por los pliegues de su pañuelo manchado de sangre, aquella garganta blanca y mórbida que se había ofrecido al deseo tantas veces...

A última hora, en los corrillos del Casino de Madrid,La Peña y otros Círculos aristocráticos, los padres de la patria, los generales retirados, los príncipes de la banca, los valetudinarios representantes de las familias más nobles, comentaban en voz baja, con aire indiferente y cansado, la trágica muerte de Felisa.

El intenso calor de las estufas de gas quedaba preso en los poros de las alfombras; sobre la superficie inmóvil de los espejos, las lámparas eléctricas vertían luz lechosa; alrededor de las mesas de tresillo, junto á la chimenea adornada por un reloj de bronce, ó reclinados perezosamente sobre los divanes, los concurrentes habituales del Círculo comentaban el crimen; y lo hacían poco á poco, con lentitud hipócrita, entre grandes bocanadas de humo.

—¿Ha oído usted hablar, marqués, del crimen de esta noche?—preguntaba el veterano general X.

—No; los periódicos nada dicen. Además, no leo la crónica de sucesos; es una sección repugnante.

—Los periódicos no relatan el hecho porque éste ocurrió entre ocho y nueve de la noche.

—¡Ah!... ¿Se refiere usted al crimen de la calle de Peligros?

—Sí.

—Algo oí decir. Creo que la víctima fué una muchacha de vida airada...

—Eso me contaron también... no sé donde—añadió el vizconde Z.

Otros dos graves caballeros que ostentaban en el ojal de sus levitas una cinta roja, hicieron un vago signo afirmativo, demostrando hallarse al tanto de lo ocurrido.

Bajo la luz fría de las lamparillas eléctricas, sobre el respaldo rojo de los divanes, aquellas cinco cabezas envejecidas por el tiempo y las luchas asoladoras de laambición y del vicio, formaban un cenáculo extraño de caretas fúnebres.

—¿Y quién era esa desdichada?—preguntó K. al marqués.

—Felisa.

—¿Felisa?... ¡No recuerdo!

—Sí... una moza alta, no mal parecida... á quien llamabanla Loba...

—¿Pero usted la conocía, marqués?—interrogó el general.

Y todos los circunstantes, sorprendidos, miraron al marqués, cuya vida de orgías no era un misterio para nadie.

—No—repuso el interpelado;—yo no la conocí; supondrán ustedes que mi posición me prohibe tratar á cierta clase de mujeres... Pero he oído hablar mucho de ella á mi primo Claudio, que fué un gran libertino.

—Dicen que era muy guapa.

—¡Mucho!

—¿Morena?

—Creo que sí; tenía los ojos expresivos, la boca un poquito grande, pero de labios frescos y rojos.

—¡Acierta usted!... Ahora recuerdo haberla visto varias veces.

—Si es la que sospecho, también la conocía yo, así... de vista.

Siguieron hablando, procurando recomponer entre todos la terrible escena. Uno de ellos preguntó:

—¿Y quién es el criminal?

—Dicen que un organillero.

—A mí me han asegurado que el matador fué un estudiante.

—¿Le prendieron?

—No.

El vizconde de N., que pasaba por la calle de Peligrosá tiempo que el asesino huía, añadió á la información interesantes detalles. El matador era un muchacho de regular estatura, decentemente vestido; representaba tener veinticuatro años.

—¡Pobre inocente!...—exclamaron varios;—¿á quién se le ocurre perderse por una mujer así?...

Hasta el saloncillo alfombrado, caldeado por las estufas de gas, el recuerdo de aquel hombre huyendo á través de la noche y de la pobre muerta con sus carnes yertas anegadas en sangre, penetró como una corriente de aire frío...

**  *

Era una tarde de invierno; sobre las orillas del Manzanares la noche derramaba tristeza infinita, los árboles enderezaban sus ramas escuetas hacia el cielo gris; por una parte, cerrando el horizonte, aparecían la Puerta de Toledo y Madrid, con sus millares de cúpulas y de tejados perdidos bajo la niebla; en el silencio de los campos, como voz misteriosa de aquella naturaleza agonizante, resonaban las vibraciones lentas de una campana.

A la izquierda del puente, junto á un camino húmedo por donde los chirriones pasan dejando surcos profundos, está el Depósito de cadáveres: una casita blanca muy triste, con paredes renegridas por el polvo y la lluvia, que huelen á muerto.

Aquella tarde, casi á la misma hora, llegaron al Depósito dos coches con portezuelas blasonadas; después, otros dos, luego otro... Y de aquellos vehículos bajabancaballeros graves, metidos en largas levitas abrochadas: el general X., el vizconde Z. y el barón K...

—¡Usted por aquí... don Juan!

—¡Y usted, don Luis!... ¡Qué casualidad!

—¡Hola, general!

—¿Viene usted á ver á la pobre Felisa?

—Sí... la curiosidad...

—Pues, entremos.

—Pase usted.

—No, usted.

—¡Oh, muchas gracias; es igual!...

Y, con el sombrero en la mano, todos aquellos viejos libertinos, hipócritas, iban entrando, andando de puntillas, alargando el cuello, reconcentrando una mirada estúpida de terror sobre aquel cuerpo que habían ungido con sus besos, recordando con cierta vergüenza que toda aquella pobre carne había pasado bajo sus labios...

Felisa, echada boca arriba sobre una mesa de mármol, mostrando su cuello ensangrentado, parecía escucharles. La luz que caía de un alto ventanal, bañaba su rostro lívido, proyectando sobre la pared húmeda, cubierta de verdina, un perfil inmóvil...

—¿Saldrás esta noche?—preguntó Matilde secamente.

—Sí—repuso Adolfo Latorre con aire distraído;—debo ir al Círculo; necesitamos elegir nuevo presidente y varios amigos presentarán mi candidatura...

—¿Y luego, dónde vas?

—Al café.

—¿Y después?

—¡Qué sé yo!

La conversación desmayaba. Matilde, despechada y celosa, miró á su amante de hito en hito, queriendo ofenderle, deseando reñir; y Adolfo, en virtud de misteriosos magnetismos, sentía la intención agresiva de aquellas miradas. Él también experimentaba deseos de disputar, por pasar el rato. Hay momentos en que los amantes antiguos no tienen nada nuevo que decirse, y el mutismo y las miradas interrogadoras del uno, parecen acusaciones dirigidas á la discreción y cariño del otro; entonces conviene hablar para romper el encanto siniestro del silencio: en amor hay silencios más ofensivos que una bofetada.

Estaban concluyendo de cenar; la criada acababa de marcharse después de servir el café; la lámpara suspendida en el comedio de la habitación recortaba un círculo luminoso sobre la mesa, con sus botellas de vino á medio vaciar, sus platos sucios y sus copas que los labios mancharon de grasa. Adolfo y Matilde continuaron hablando, excitándose mutuamente á la pelea, poniendo cada vez más acrimonia y torcida intención en sus palabras: con la diferencia que ella disputaba de buena fe, y él frívolamente, por decir algo y no aburrirse.

—¿Por qué—preguntó Matilde,—cuando salgas del Círculo no vuelves aquí?

—Porque saldré muy tarde y á esas horas no hay tranvías. Supongo que no querrás traerme á pie...

—Hace dos años venías todas las noches, sin que la distancia, ni el frío, ni la nieve, te importasen un ardite.

—¡Tú lo has dicho!—exclamó Latorre riendo;—¡hace dos años!

Ella levantó la cabeza bruscamente; sus mejillas palidecieron hasta la lividez; en sus ojos grandes y negros chispeaba el rencor. Adolfo Latorre sostuvo impasible aquella mirada, lancinante y fría como un saetazo. De pronto la joven, obedeciendo á un indomable movimiento impulsivo de todos sus nervios, se levantó, derribando su taza de café.

—Según eso—gritó,—creo que debemos concluir.

Estaba erguida, con una mano apoyada sobre la mesa y el ceño adusto, en la actitud de una reina absoluta que da órdenes. Adolfo, molestado por aquella acometividad, repuso fríamente:

—Como gustes.

—¿No te importa reñir conmigo?

—Sí, me importa... y hasta lo siento. Pero no olvides que, cuando más, lo siento tanto como tú.

—¿Qué quieres decir?

—Que si tienes valor para despedirme... ¿cómo han de faltarme bríos para dejarte?

—Acaso no tardes en arrepentirte de haber hablado así.

—¡Oh!, si no retiras tus desdenes, yo... ¡créelo!... no retiro los míos.

Matilde sintió que el dolor y la ira arrasaban sus ojos en lágrimas y dió media vuelta para marcharse.

—Adiós—dijo.

—Adiós—repuso Latorre;—¿hasta cuándo?

Ella tuvo un momento de vacilación: luego murmuró:

—Hasta nunca.

Y se fué.

Adolfo permaneció inmóvil, estrujando nerviosamente una servilleta entre sus manos, reconociendo que las palabras de Matilde habían mortificado bastante su amor propio de hombre que se cree muy querido. Después se levantó, salió del comedor y fué al recibimiento en busca de su sombrero. Al pasar por delante del dormitorio de Matilde, oyó llorar á ésta. La puerta de la habitación estaba cerrada; Adolfo acercó los labios á la cerradura.

—Me voy...—dijo.—¿Quieres que hagamos las paces?...

Ella replicó colérica, dando firmeza á su, voz:

—No, hemos concluído. ¡Vete!

—¿Para siempre?

—Sí, para siempre... ¡Adiós!...

—¡Tú lo quisiste!—repuso Latorre;—acaso no pueda vivir sin ti, pero, no importa; adiós... ¡hasta nunca!...

Después mientras bajaba la escalera encendiendo un cigarrillo con aire tranquilo, pensó:

—¡Bah, cosas de mujeres! Estoy seguro de que mañana viene á buscarme para que almorcemos juntos...

Aquella noche de Agosto la pasó Adolfo Latorre muy alegremente: primero en los jardines del Buen Retiro, después en Fornos, cenando con amigos de buen humor. Volvió á su casa á las tres de la madrugada. Entretanto la pobre Matilde, transida de dolor, le había escrito una carta que empezaba diciendo:

«Perdona mis arrebatos; estoy loca, no puedo vivir sin ti...»

Al llegar á su casa, Adolfo Latorre se puso en mangas de camisa y salió al balcón: el calor era sofocante; bajo un cielo acribillado de estrellas, Madrid dormía el sueño letárgico de las noches estivales: en el fondo de la calle que avanzaba en zig-zag, algunos faroles parpadeaban, ejerciendo sobre Latorre atracción siniestra. Era inexplicable el hechizo que tenían las piedras del regajo, vistas desde la altura de aquel piso tercero. Adolfo, algo mareado por los vapores de la cena, permanecía acodado sobre la barandilla del balcón, é inconscientemente iba adelantando el busto más y más... como atraído por un imán diabólico. De pronto perdió el equilibrio y cayó al espacio, haciendo una contorsión trágica. Su cuerpo fué á estrellarse sobre las piedras de la acera con un ruido seco; el sereno y algunos transeúntes que acudieron á socorrerle le hallaron inmóvil, con el cráneo deshecho...

Al día siguiente los periódicos publicaron el sangriento fin de Adolfo Latorre bajo el epígrafe: El suicidio de anoche. Para el público aquella noticia no tenía importancia y la olvidó pronto; Latorre era uno de tantos desdichados que se suicidan sin decir por qué...

La desesperación, en cambio, de Matilde, no tuvo limites.

—«¡Yo le maté!...»—pensó.

Un remordimiento sombrío embargó su alma; horrorizada de sí misma renunció al mundo, vistió de luto y gastó su hacienda en obras caritativas.

Pasaron veinte años.

Un día los guardas del cementerio la encontraron muerta, sobre la tumba de Adolfo Latorre, con un ramito de flores en la mano...

La locomotora lanzó un silbido autoritario y el tren echó á rodar cachazudamente, estremeciéndose con un sacudimiento lento y suave, como un desperezo; luego aceleró su marcha, los coches pasaron veloces unos tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareció en su vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras sí todo lo que huye...

Allá lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la estación con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las máquinas, su flaca techumbre de pizarra y su miserable andén de apeadero provinciano, iluminado por una linterna colgada junto á un reloj.

Dentro, en el saloncillo destinado á la carga y descarga de los equipajes, había un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro, entre un maletín de viaje y un lío de ropas, permanecía inmóvil, el rostroinclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueño: él, menos fatigado ó más impaciente, paseaba de un extremo á otro, con las manos metidas en los bolsillos de un viejo gabán que casi le llegaba á los talones. Al otro extremo del salón, un empleado dormitaba embozado en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de los árboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.

De pronto el individuo del gabán interrumpió sus paseos parándose delante de la mujer que dormía.

—¿Sabe usted—dijo—á qué hora pasa la diligencia para Almería?

Ella levantó la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fué hermoso, pero que los años estropearon, dejándolo marchito y enjuto como un bagazo.

—Creo—repuso—que sale de aquí á las cinco. La diligencia que yo he de tomar parte á la misma hora.

El no contestó y reanudó su paseo, andando á largas zancadas, pisando recio para ahuyentar el frío que le atería los pies. Era un viejo de mediana estatura, con rostro simpático y un continente imperativo y desembarazado de gran señor, que parecían protestar de la horrible estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.

Pasaron algunos minutos y el desconocido tornó á prender la hebra con la viajera. Hablaban lentamente, como á la fuerza, cual si de todos los males que sufrían el de la conversación fuese el menor. El iba á Lucainena de las Torres; ella á Lubrín.

—¿De dónde viene usted?—preguntó la vieja.

—De Buenos Aires.

—Allí he vivido yo algunos años... Ahora vengo de Madrid... He viajado mucho...

—Yo, también.

Hablando, hablando, vinieron en conocimiento deque la suerte les había llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en París, en Londres y en América... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos una repentina corriente simpática.

—En la fecha á que usted se refiere—decía él—yo trabajaba en el teatro Español con don José Roldán.

Ella lanzó un grito de sorpresa.

—¡Cómo!—exclamó—¿usted conocía á Pepe?

—Muchísimo; fué mi maestro.

—¿Y á Rosario Molina?

—También. ¡Pobrecita!... Murió estando yo en París...

La viajera se había levantado y miraba á su interlocutor azorada.

—Claro es—dijo tras una breve pausa,—que si conoció usted á Rosario, conocería también á su íntimo amigo Daniel Santana, el pintor...

—¿Cómo no?...—interrumpió el anciano admirado de que aquella vieja tan mal traída por la suerte le hablase de tantas personalidades ilustres;—Daniel y yo nos quisimos como hermanos...

Contempláronse perplejos, agradeciéndose el inesperado bienestar y suave contento que mútuamente se proporcionaban.

—Indudablemente—exclamó ella,—nosotros nos conocemos; usted se llama...

—Mariano Guzmán.

—¡Mariano Guzmán!—repitió la anciana cruzando las manos;—¡oh, sí!... Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... ¿cómo conocerle á usted después de tantos años?

Le miraba maravillándose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con su gabán raído y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su rostro dehombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba también adivinando sus pensamientos.

—¿Y usted—preguntó—quién es?...

—Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadrosSafoyVenus dormida, premiados con medalla de oro en la Exposición de París...

Poseído de verdadera emoción, Mariano Guzmán se aproximó á su interlocutora para examinarla mejor.

—¡Elisa, Elisa!—repetía;—¡ah, que cambiada está usted!... ¡Usted es la mujer más hermosa que he conocido!...

Hablando así la cogió familiarmente por los hombros, admirado de verla tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante alargado y marchito por el sufrimiento...

—No hable usted, Mariano—repuso ella en voz baja,—de mi antigua belleza, ya que ahora sólo soy la caricatura lamentable de lo que fuí: los años crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos. ¡Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... ¡Ni el recuerdo!

El viejo actor alzó los hombros.

—¡Ni un recuerdo!—murmuró;—dice usted bien... ¡Tampoco se acuerda nadie de mí!...

Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando sus efímeros triunfos de viejos ídolos abandonados.

Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus pueblos algún pariente que les amparase hasta que viniese para su desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan fértil en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.

Mariano Guzmán, cuyo nombre figuró en las páginas más brillantes de nuestro teatro, era una especie de dios caído. Hubo un tiempo en que la fortuna le acarició y encumbró como á hijo predilecto; los mejores dramas fueron estrenados por él; los actores imitaban sus actitudes, su voz, sus gestos, y rindió á muchas mujeres prendadas de su gallarda apostura y altos merecimientos artísticos... Después, la estrella de sus aventuras empezó á eclipsarse: vinieron los disgustos con compañeros poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones provincianas que tanto gastan y achabacanan á los buenos artistas, los viajes á América, los amores desgraciados que exprimen el alma... Insensiblemente fué quedándose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no hallaba aquellas exaltaciones trágicas, aquellos gestos sublimes conque antaño vencía la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio declinaba. Cuando regresó á Madrid, el público no quiso reconocerle y tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fué para Mariano Guzmán el descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un lado á otro, siempre bajando; hoy un poquito, mañana un poco más... Y al fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volvía al miserable pueblecillo de donde cincuenta años antes le sacó su ambición, con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador á quien nunca había escrito...

Mientras el anciano hablaba, su interlocutora hacía con la cabeza signos melancólicos de asentimiento.

Ella también había luchado y contribuído eficazmente á la elaboración de muchas preclaras reputaciones artísticas.

Elisa Marcial fué una de las mujeres más hermosas de su época: la copia de los cuadros que su guapeza inspiró se vendieron á millares, y no hubo aficionadopara quien el cuerpo de la célebre modelo tuviese secretos: arrogante y esbelta como la Duval, de Gérome; voluptuosa y sensual como aquella Adriana, que el genio de Rallí ha legado desnuda á la posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mórbidas de mujer ardiente... Elisa recorrió las principales ciudades europeas, luego fué á América, en brazos de un millonario brasileño, y cuando regresó á Madrid, muchos años después, comprendió que la brillante novela de sus triunfos terminaba.

Había menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios, menos gallardía en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros la trataban con cierto aire de compasiva protección, como á una vieja amiga con quien sólo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la encontraban en la calle, miraban á otra parte, esquivando el trabajo inútil de saludar á una mujer fea...

—El tiempo—agregó Elisa Marcial—había dispersado la alegre comparsa de mis amigos y era inútil querer reconquistarles. En ese Madrid, testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me permite satisfacer este último capricho y regreso á mi pueblo, donde me espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...

No dijo más y aquellos dos náufragos ilustres á quien el espantoso vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Después, él preguntó:

—¿No tiene usted hijos?

—No.

—Yo tampoco...

Sus amores, como sus triunfos artísticos, fueron estériles. Aquello parecía una maldición.

—No nos queda nada—agregó Guzmán;—nada... ¡Ni siquiera un hijo que nos recuerde!

Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudió sus victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos de sí. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que perpetúe su nombre; pero, ¿qué resta de los actores muertos, y qué de las modelos á quienes el tiempo privó de encantos?

—Todo ha concluído para nosotros—murmuró Guzmán.

—¡Todo—repitió Elisa!

Hablando así, aquella mujer á quien un millonario brasileño sedujo en París envolviéndola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos vestidos agujereados. De repente se oyó ruido de caballos y de coches que se acercaban.

—Ahí están las diligencias—dijo el actor,—vámonos.

Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer aparecía la carretera que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda quedaba la vía férrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de un enorme torrente seco. Las diligencias sólo se detenían allí algunos instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse después de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.

—Adiós, Mariano—dijo ella,—hasta otra vez...

Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lágrimas. El apretó convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su interlocutora y se alejó sin responder, avergonzado de que le viesen llorar. Cada uno parecía llevarse el pasado del otro. Cuando las diligenciaspartieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos, asomados á las ventanillas de sus vehículos, agitaron sus pañuelos dándose el último adiós, dejando tras sí esa melancolía inexplicable de todo lo que huye...

Fué una de esas conversaciones inolvidables, vibrantes, casi trágicas, que la emoción parece grabar en la memoria á golpe de martillo y de cincel.

Hablaban de amor; de los que se casan por cariño ó por interés, de los hombres que traicionan á sus mujeres, de las esposas que burlan á sus maridos... Esta última variante del diálogo sugestionó la atención de Luis; su turbulento corazón enamorado y celoso fué exaltándose, y tras algunas pleguerías y circunloquios retóricos, que procuraron velar la salvaje vehemencia de los sentimientos, exclamó:

—Dime, ¿tú serías capaz de engañarme?

Ella, riendo, le echó los brazos al cuello.

—¡Yo! ¿Engañarte yo?...—exclamó;—¿has perdido el juicio?...

Luis hizo un gesto vago de hombre experto á quien el mundo enseñó a dudar de todo.

—¡Oh, no te rías!—dijo—la vida ofrece miríadas de peligros que una locuela como tú no puede prever, ylazos y añagazas sin número... No creas que pongo puertas á tu virtud... Pero advierte que si alambicásemos la historia íntima de los mejores matrimonios, acaso hallásemos en todos algún secreto horrible; un capitulo inconfesable, una de esas páginas que no pueden leerse sin rubor... No, Fernanda, todo no se sabe... Hay muchos adulterios que se conocen, pero también hay otros que quedan ignorados perpetuamente, crímenes fortuitos, sin poesía y sin fecha, cuyo afrentoso secreto baja al sepulcro con los criminales.

Y agregó, anhelando obtener un juramento, una promesa, algo, en fin, que aquietase aquella roedora comezón de su espíritu.

—Responde, Fernanda: si andando los años la fatalidad te colocase en una de esas situaciones supremas en que el deber perece á manos de la fuerza, ¿me lo dirías? ¿Tendrías valor para decírmelo?...

Hubo una pausa; la joven, cuyo espíritu inocente se mecía muy lejos de los siniestros linderos de lo inconfesable, murmuró con ese valor temerario de los niños:

—Sí, lo diré todo... ¿Por qué no?... Te lo juro.

**  *

Mucho tiempo después, Fernanda llegaba al apogeo de su vida y de su belleza: alta, gruesa y majestuosa como una deidad pagana, con pomposas caderas desarrolladas por la maternidad y grandes ojos ardientes.

Hasta entonces Fernanda, tanto por cariño como por costumbre, no tuvo secretos para su marido; había hechode él su madre, su confesor, hasta que una vez... conoció lo incomunicable, lo que no puede decirse.

Felipa Godoy, la mejor amiga de Fernanda, tenía un amante á quien sólo veía de tarde en tardo y á trueque de innúmeros peligros, y necesitaba una compañera que la sirviese ante su familia de pretexto ó escudo de salidas. Aquel asunto los dos amantes lo discutieron minuciosamente, y convinieron en que Fernanda era la única mujer que, por su reserva y varonil discreción, podía ayudarles.

—Tú la confiesas nuestro secreto sin ambajes—dijo él,—y conmuévela describiendo la inmensidad de nuestro cariño, los obstáculos que nos separan, tus sufrimientos... Di también que lo único que solicitamos de su amistad es que te acompañe alguna que otra vez...

Prosiguió sonriendo con gesto burlón.

—Más adelante y á fin de que estos paseos no la aburran, buscaré algún muchacho que la acompañe.

Felipa Godoy, que conocía la virtud austera y sin mácula de la joven, protestó:

—No digas tonterías, no la conoces; Fernanda es incapaz.

—¡Oh, quién sabe!...

—Quiere mucho á su marido.

Pero él continuó refutando victoriosamente aquellas objeciones: era preciso ser egoísta para triunfar: Fernanda podía cansarse de ayudarles ó reñir con ellos, en cuyo caso quedaban á merced suya: convenía, por tanto, tenderla un lazo; así las dos lucharían juntas, movidas por el mismo interés y el cuerpo de la una garantizaría la salud de la otra.

Felipa Godoy empezó á ejecutar hábilmente todo aquel plan: refirió á su amiga los secretos pormenores de su pasión, se apoderó de su alma, la conmovió, la hizo llorar.., y obtuvo cuanto guiso. Fernanda se ofrecióá protegerla: realmente, ella también deseaba estudiar por sí misma aquel mundo de los amores criminales que sólo conocía de referencias. Luego vió al amante de Felipa y le pareció simpático y muy galán... Y de este modo, la inocente casada fué abandonándose por la pendiente seductora de lo prohibido.

Pocos meses bastaron para que los tres fuesen muy buenos compañeros, y entre tanto Luis no sabía nada, porque Fernanda no quiso amargar aquellas escapatorias rompiendo el hechizo del misterio.

El desenlace de aquel enredo, preparado con tanta calma y tan diestramente, llegó de pronto.

—Mañana por la tarde—dijo Felipa Godoy á su amiga,—Claudio y yo merendaremos en la Bombilla; probablemente nos acompañará un amigo suyo y, como supondrás, me aburriré horrorosamente, ¿Quieres venir?...

Fernanda vacilaba.

—No seas perezosa—insistió Felipa;—reiremos mucho, bailaremos y luego, al atardecer, á casita. ¿Qué te detiene?

Aquello, en efecto, dicho así, no era grave; Fernanda prometió ir... Y fué...

Julián, el amigo de Claudio, era muy ladino, habilísimo conversador, buen bailarín; hablaron mucho, bebieron copiosamente... Desde los primeros momentos Fernanda sintió que algo invisible agarrotaba sus manos y sus pies, y empezó á perder la confianza en sí misma... Se ahogaba: en aquel gabinetito tan perversamente aparejado para el amor, no había bastante aire respirable... A los postres Felipa y Claudio se besaban sin reserva, y Julián, sentado junto á Fernanda, la hablaba de amor apasionadamente. Esta, entontecida por los primeros vahos de la borrachera, se arrojó entre los brazos de su amiga:

—Por Dios—decía sollozando,—no me abandones, no me dejes sola, sácame de aquí...

Claudio la miró guiñando un ojo picarescamente.

—¿Qué tienes?—preguntó besándola.

—No sé...

—¿Estás enferma?

—No, pero me ahogo... tengo miedo, mucho miedo de quedarme sola... Vámonos...

Ella ignoraba que las mejores páginas de las novelas amorosas las escribe el Destino así, muy deprisa. Luego Fernanda y Julián salieron al patio, á bailar; el aire cálido de aquella tarde de Junio y los rayos caliginosos del sol, concluyeron de trastornarla. El, entretanto, la requebraba de amores; ella, con la enloquecida cabeza apoyada en su hombro, le escuchaba sin comprender...

Cuando volvieron al gabinete, la joven apenas podía moverse; estaba idiotizada.

—Quédense ustedes aquí—dijo Felipa;—Claudio y yo vamos á bailar...

Fernanda hizo un gesto desesperado, llamando á su amiga; pero Julián cerró violentamente la puerta y ella quedó á merced de aquella bestia encelada, terrible, que hablaba de amor...

**  *

¡No, jamás tornó á ver al hombre que en un momento de embriaguez la robó la honra y el sosiego! Pero aunque fué frágil, contra su deseo y la fuerza disculpaba su caída, Fernanda, batallando á solas con su remordimiento, no podía disculparse.

¡Ya no era la misma! Había ocurrido algo enorme, lo ignorado, ¡lo inconfesable!... Recordando la promesa que un día hizo de decírselo todo á su marido, quiso revelarle también aquello para dar treguas á su delirante obsesión, y no pudo; un frío mortal paralizaba su lengua: los conceptos se cristalizaban en el cerebro... Estaba delante de lo incomunicable, de lo que no puede decirse, de lo que nadie sabe decir...

Y muchos años después, cuando las tres únicas personas poseedoras de aquel secreto habían muerto, Fernanda, ya vieja, aun no estaba curada de su remordimiento. La costumbre de fingir la tornó pusilánime, suspicaz y recelosa; temía que algún accidente imprevisto revelase el criminal misterio de su vida, y cuando su marido la miraba fijamente, ó cuando veía á su hija engalanarse para ir al baile, la pobre madre, condenada voluntariamente al obscuro papel de hembra pasiva, bajaba los ojos confusa, avergonzada, murmurando:

—¡Dios mío... si lo supieran!...


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