IICHILEEXPERIMENTOS Y COMPROBANTESComo un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, unrestaurantfrancés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresionesfugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantossignosmateriales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cadapaso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor detutilimundi, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó delmerodiano, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de loschilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuandocum grano salis,si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa andina, arrancado al pasar ...El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en todaslas costuras, de una «banalidad» insuperable ... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirablehorizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes! ¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza.Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que, al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una capital de provincia comparable con las dos principales ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones, científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían álas de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones, las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren lossnobs! Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas romanas» y «alhambras» de la capital.En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmentesobre la rural. Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base y justificación de la estructura social, una morada estable así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias «dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamentechileno, es la sana y amplia existencia delgentleman farmeramericano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias, con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y físicos.Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así, los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana, indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes.En tanto que las cifras relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. ¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo?Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia de la educación secundaria y superior de una nación; es el método evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuerade las aptitudes personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea es lo que se llamatalento.—Pero un pueblo puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no ha surgido.¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de laemigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura delHuáscaren Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos delBlancoy delCochrane, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de las fórmulas doctrinales.Magister dixit: tal es el principio y el fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente de sudebeyhaber, obtenido merced á la enorme partida de los salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la situación económica no hubiera variado en absolutosi, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la actual, sin que la condición económica del país se modificara sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resultadosterapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las mismas entidades mórbidas acometidas.Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores; hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla; después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es elinitium sapientiæy la estampilla del verdadero espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término, con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación.—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard! ¡Ignorabimusfecundo de Dubois-Reymond!Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la pintura convencional,—enviaroná Europa escuadras de artistas bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.En arquitectura,ut supra. En música, no creo que sus ambiciones pasen de laMarinapara la generalidad, y deRigolettopara los iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra laMisade Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber acudidoen masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente nuestra atención, en razón directa, precisamente,de su diferencia radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía argentina.Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura», pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental como el aseo físico en persona decente. Este rasgoheredado de la colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en el Pacífico.Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez, así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las funciones más importantes del Estado son gratuitas,honoríficas,en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido de algún modo el equilibrio. Estealgointangible es la consideración pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias». Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la virtud»!El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7 millones para Chile y 13 para la Argentina;—perocuando se analiza la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí 12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del sueldo del argentino.Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz,es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien:all’s well that ends well.Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos alcondottierismoelectoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elementoagitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida estaviruelaepidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]
IICHILEEXPERIMENTOS Y COMPROBANTESComo un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, unrestaurantfrancés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresionesfugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantossignosmateriales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cadapaso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor detutilimundi, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó delmerodiano, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de loschilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuandocum grano salis,si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa andina, arrancado al pasar ...El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en todaslas costuras, de una «banalidad» insuperable ... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirablehorizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes! ¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza.Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que, al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una capital de provincia comparable con las dos principales ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones, científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían álas de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones, las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren lossnobs! Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas romanas» y «alhambras» de la capital.En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmentesobre la rural. Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base y justificación de la estructura social, una morada estable así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias «dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamentechileno, es la sana y amplia existencia delgentleman farmeramericano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias, con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y físicos.Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así, los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana, indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes.En tanto que las cifras relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. ¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo?Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia de la educación secundaria y superior de una nación; es el método evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuerade las aptitudes personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea es lo que se llamatalento.—Pero un pueblo puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no ha surgido.¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de laemigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura delHuáscaren Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos delBlancoy delCochrane, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de las fórmulas doctrinales.Magister dixit: tal es el principio y el fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente de sudebeyhaber, obtenido merced á la enorme partida de los salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la situación económica no hubiera variado en absolutosi, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la actual, sin que la condición económica del país se modificara sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resultadosterapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las mismas entidades mórbidas acometidas.Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores; hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla; después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es elinitium sapientiæy la estampilla del verdadero espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término, con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación.—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard! ¡Ignorabimusfecundo de Dubois-Reymond!Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la pintura convencional,—enviaroná Europa escuadras de artistas bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.En arquitectura,ut supra. En música, no creo que sus ambiciones pasen de laMarinapara la generalidad, y deRigolettopara los iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra laMisade Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber acudidoen masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente nuestra atención, en razón directa, precisamente,de su diferencia radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía argentina.Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura», pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental como el aseo físico en persona decente. Este rasgoheredado de la colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en el Pacífico.Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez, así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las funciones más importantes del Estado son gratuitas,honoríficas,en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido de algún modo el equilibrio. Estealgointangible es la consideración pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias». Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la virtud»!El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7 millones para Chile y 13 para la Argentina;—perocuando se analiza la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí 12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del sueldo del argentino.Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz,es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien:all’s well that ends well.Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos alcondottierismoelectoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elementoagitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida estaviruelaepidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]
CHILE
EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES
Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, unrestaurantfrancés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresionesfugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantossignosmateriales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.
Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.
Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cadapaso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor detutilimundi, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó delmerodiano, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.
(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de loschilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuandocum grano salis,si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)
Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa andina, arrancado al pasar ...
El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en todaslas costuras, de una «banalidad» insuperable ... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.
Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirablehorizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...
Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes! ¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...
El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza.Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que, al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...
Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una capital de provincia comparable con las dos principales ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones, científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían álas de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones, las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren lossnobs! Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas romanas» y «alhambras» de la capital.
En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmentesobre la rural. Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base y justificación de la estructura social, una morada estable así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias «dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamentechileno, es la sana y amplia existencia delgentleman farmeramericano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias, con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y físicos.
Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así, los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana, indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.
¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes.En tanto que las cifras relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. ¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo?
Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia de la educación secundaria y superior de una nación; es el método evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuerade las aptitudes personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea es lo que se llamatalento.—Pero un pueblo puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no ha surgido.
¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de laemigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura delHuáscaren Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos delBlancoy delCochrane, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de las fórmulas doctrinales.Magister dixit: tal es el principio y el fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente de sudebeyhaber, obtenido merced á la enorme partida de los salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la situación económica no hubiera variado en absolutosi, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la actual, sin que la condición económica del país se modificara sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!
Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resultadosterapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las mismas entidades mórbidas acometidas.
Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores; hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla; después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es elinitium sapientiæy la estampilla del verdadero espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término, con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación.
—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard! ¡Ignorabimusfecundo de Dubois-Reymond!
Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la pintura convencional,—enviaroná Europa escuadras de artistas bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.
En arquitectura,ut supra. En música, no creo que sus ambiciones pasen de laMarinapara la generalidad, y deRigolettopara los iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra laMisade Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber acudidoen masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!
Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente nuestra atención, en razón directa, precisamente,de su diferencia radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía argentina.
Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura», pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental como el aseo físico en persona decente. Este rasgoheredado de la colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en el Pacífico.
Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez, así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.
En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las funciones más importantes del Estado son gratuitas,honoríficas,en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido de algún modo el equilibrio. Estealgointangible es la consideración pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias». Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la virtud»!
El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7 millones para Chile y 13 para la Argentina;—perocuando se analiza la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí 12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del sueldo del argentino.
Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz,es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.
Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien:all’s well that ends well.
Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos alcondottierismoelectoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elementoagitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida estaviruelaepidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]