IIIDE VALPARAÃSO à LIMALA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUEà bordo delLaja.Aquà desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, ValparaÃso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. à pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativoconfortde la vida fÃsica, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonÃa de una actividad, para mà exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temà entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenÃa en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperabanalgunos amigos de juventud ...Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros dÃas. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entrevÃ.Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en ValparaÃso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles ydocksde vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—ValparaÃso es el puerto de comercioen sÃ, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, BahÃa y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias Ãntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marÃtimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderosy aduanas, de los malecones ówharfs, refleja la agitada monotonÃa del Océano.Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á ValparaÃso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no serÃa descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraÃso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraÃso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahÃa hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquerÃa de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserÃo pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahÃa; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacÃas se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno,cuya banda nos despide con elGod save the Queen... Estamos en marcha, con rumbo á los paÃses calientes.No es esteLajael mejor steamer de la CompañÃa sudamericana, pero es estable y bien distribuÃdo; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar PacÃfico. Ciertomanque de tenue, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó ParÃs.Todo se arregla: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artÃculos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. à trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustarÃamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde convis-à -visgrotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada dÃa su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenÃa anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigabley geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡l’homme de la montagne!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar unliedde Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el PacÃfico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al dÃa siguiente.Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestrapetite tablereservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espÃritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer dÃa, pero que gana con el trato:love me little, love me long.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en BerlÃn, parte en ParÃs, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—Ãntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacÃfica y buena.Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio:los ha plantado allÃ, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espÃritu le ha preservado en parte del egoÃsmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofÃa; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama ParÃs. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos delFausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisitoIntermezzo:Mir träumte wieder der alte Traum...Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestrÃa y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora,de cada instante. Por varios dÃas, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. à la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en ParÃs ó BerlÃn: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con Ãntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efÃmeras simpatÃas tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo comoamorcessin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espÃritu á espÃritu, cuyo destino se acaba allÃ, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el PacÃfico.Dolce far niente!Esta navegación del PacÃfico, entre ValparaÃso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuÃda casi como un barco de rÃo, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajerosduermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese elflic-flacde las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruÃdos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancÃa en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la lÃnea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por lasacra fames: allà está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquà un indicio de incurable esterilidad!Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacÃo infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa lÃnea esfumadadonde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son lasglad watersde Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarÃn de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navÃos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ......Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonÃa que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volverÃa á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento,abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacÃo de una fantasÃa apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Asà deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raÃces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda nos66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigÃa. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla delNirvânabudhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan,penser à faire sa retraite. Las primeras noches tenÃamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producÃa un amplio y saludable vacÃo á nuestro derredor, la gente huÃa á toda prisa:era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energÃa muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violÃn. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacÃo; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sÃ, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacercon estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacÃa gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacÃos que éste, cuando érase joven y se abrÃan de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquà todos los dÃas; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesÃa, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquà algunos.Coquimbo.—La Serena.En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrÃan ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahÃa, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación,WarspiteyMelpomene, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.à la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marÃtima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobresseres humanos que, sin duda, han naufragado allÃ, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperarÃa que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera condocksy almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé quétramwayeléctrico ya concedido ... Asà visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marÃtimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerÃas con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rÃgida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vÃa ... Casi creerÃa cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en sucentro: es nuestroLajaimponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vÃa de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruÃnas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacÃa, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construÃda en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allà sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrerÃa insólita de nuestro anciano vehÃculo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesÃa le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caÃdo en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cÃngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hastaen laChina-townde San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confiterÃa—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—faute de combattants. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de laReforma: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasÃa, que escribe «también» y me trata como cofrade.J’en passe... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones polÃticas y el secreto de todas las popularidades,—do ut des.—Pero declina el dÃa; por más que nos cueste, tenemos que romper ese cÃrculo fascinador: elcocktaildel estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres MarÃas!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chileetc!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.Caldera.Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicÃrculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.Al dirigirnos allÃ, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece alBlanco Encalada, echado á pique por la torpederaLynch, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allà el deber no es materia divisible,que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significarÃa una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial serÃa aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en suépavedesahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navÃo de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentÃs con la vocación sublime; pero, mientras estéis allÃ, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoÃsmo puede arrastraros al deshonor.AquÃ, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad delBlancoestaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; laLynchpudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.El bote llega sobre elBlancoá pique. La admirable transparenciadel agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterÃas y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allÃ, alimentándose todavÃa con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de unaquarium, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de dÃas y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es elcirculusde la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva BahÃa de los Difuntos.La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sà misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efÃmero Potosà de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta lÃnea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña Californiade la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increÃble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquà se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacÃo que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado RodrÃguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la minaColorada, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba alFacundo, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!DeberÃa escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernÃsimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable AlÃ-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en losFolk-loreslas leyendas de la selva y del mar: las de lasminas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. AsÃ, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquà la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espÃritu sutil.Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanÃas, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famosoReventón del Zorro, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesÃa inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacÃa como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!Antofagasta.BahÃa, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquà la bahÃa está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesosdiecesde plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudÃan desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquà notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, elcalicherojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este lÃquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.Hoy es domingo y, además, marca este dÃa un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañÃas de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos debersaglieri, ingleses dehorse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquà un grupo compacto y obstruyen, con su inevitablevich, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablementelas mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponÃa sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecÃa, poniéndose sombrÃa la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañÃa ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañerÃa. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacÃa esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en baterÃa, cuánta agua!Que d’eau!...—Lo mismo sucede en Santiago y en ValparaÃso; pululan las compañÃas de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producÃa un incendio por noche—¡á veces dos!¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navÃo, instruÃdo y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, loscollasque, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan sercastillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me deslizasub rosâconfidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario delLajareclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanÃa, con una mar alborotada—asà es casi siempre en los puertos del PacÃfico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.Al salir de la bahÃa de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. à derecha é izquierda pelÃcanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como dirÃa Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquà fué capturado elHuáscar, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, asà como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un sÃmbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres!Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroÃsmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat essimbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.Para apreciar la magnitud del desastre aquà sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del PacÃfico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahà por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenÃa que ser de escasÃsimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serÃan del todo distintas.—à pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente delIndependenciaen Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podÃa elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrÃas de ese pequeñoHuáscar, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquà mismo, entre los dos blindadosCochraneyBlanco, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús delCochrane, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. ElHuáscarfué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.Iquique.Nadie sospecharÃa, por el aspecto, que estamos ya en territorio legÃtimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—Erbfeind—podrÃan engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasÃa. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—à la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnÃfico velero de cinco palosLa France, uno de los mayores del mundo, especialmente construÃdo y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la lÃnea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo,todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahÃa su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestroLajaha fondeado, es donde la corbetaEsmeraldafue echada á pique por elHuáscar: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo dÃa, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañoneraCovadonga, acosada por laIndependencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del PacÃfico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto fÃsico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquà la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrÃan al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo delimplacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancÃas costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañÃas de seguros perciben el diez por ciento.La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de ValparaÃso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legÃtimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escritofolletos técnicos y una excelenteGeografÃa de Tarapacá; pero se interesa en otras cosas que la «salitrerÃa»: por ejemplo, en las urdimbres polÃticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañÃas inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrÃan producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañÃas nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio quesponte suano evacuará jamás.Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allà existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el lÃquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquÃticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de lasFlores del mal,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeoha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvÃa, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquà á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderÃas; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroÃsmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es asà como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á losrotosferoces:¡No sea usted grosero!...El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que habÃa pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita deópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espaciosochaletque resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allà unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allÃ, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difÃcil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indÃgenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbrÃos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles,nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan los pelÃcanos y cuervos marinos, como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi agotado y substituÃdo. La vida de á bordo gravita pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca, ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.Como en el primer dÃa, vuelvo á buscar la soledad disolvente y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama indio—Çakuntalâ—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el pendón del soldado que camina contra el viento». Dos dÃas, un dÃa aún ... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahÃa de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al saltar en tierra, caigo en los brazos de GarcÃa Mérou, y, unos minutos después, volamos hacia Lima.
IIIDE VALPARAÃSO à LIMALA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUEà bordo delLaja.Aquà desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, ValparaÃso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. à pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativoconfortde la vida fÃsica, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonÃa de una actividad, para mà exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temà entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenÃa en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperabanalgunos amigos de juventud ...Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros dÃas. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entrevÃ.Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en ValparaÃso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles ydocksde vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—ValparaÃso es el puerto de comercioen sÃ, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, BahÃa y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias Ãntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marÃtimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderosy aduanas, de los malecones ówharfs, refleja la agitada monotonÃa del Océano.Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á ValparaÃso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no serÃa descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraÃso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraÃso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahÃa hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquerÃa de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserÃo pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahÃa; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacÃas se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno,cuya banda nos despide con elGod save the Queen... Estamos en marcha, con rumbo á los paÃses calientes.No es esteLajael mejor steamer de la CompañÃa sudamericana, pero es estable y bien distribuÃdo; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar PacÃfico. Ciertomanque de tenue, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó ParÃs.Todo se arregla: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artÃculos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. à trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustarÃamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde convis-à -visgrotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada dÃa su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenÃa anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigabley geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡l’homme de la montagne!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar unliedde Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el PacÃfico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al dÃa siguiente.Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestrapetite tablereservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espÃritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer dÃa, pero que gana con el trato:love me little, love me long.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en BerlÃn, parte en ParÃs, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—Ãntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacÃfica y buena.Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio:los ha plantado allÃ, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espÃritu le ha preservado en parte del egoÃsmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofÃa; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama ParÃs. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos delFausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisitoIntermezzo:Mir träumte wieder der alte Traum...Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestrÃa y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora,de cada instante. Por varios dÃas, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. à la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en ParÃs ó BerlÃn: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con Ãntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efÃmeras simpatÃas tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo comoamorcessin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espÃritu á espÃritu, cuyo destino se acaba allÃ, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el PacÃfico.Dolce far niente!Esta navegación del PacÃfico, entre ValparaÃso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuÃda casi como un barco de rÃo, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajerosduermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese elflic-flacde las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruÃdos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancÃa en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la lÃnea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por lasacra fames: allà está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquà un indicio de incurable esterilidad!Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacÃo infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa lÃnea esfumadadonde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son lasglad watersde Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarÃn de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navÃos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ......Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonÃa que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volverÃa á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento,abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacÃo de una fantasÃa apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Asà deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raÃces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda nos66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigÃa. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla delNirvânabudhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan,penser à faire sa retraite. Las primeras noches tenÃamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producÃa un amplio y saludable vacÃo á nuestro derredor, la gente huÃa á toda prisa:era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energÃa muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violÃn. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacÃo; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sÃ, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacercon estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacÃa gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacÃos que éste, cuando érase joven y se abrÃan de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquà todos los dÃas; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesÃa, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquà algunos.Coquimbo.—La Serena.En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrÃan ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahÃa, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación,WarspiteyMelpomene, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.à la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marÃtima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobresseres humanos que, sin duda, han naufragado allÃ, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperarÃa que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera condocksy almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé quétramwayeléctrico ya concedido ... Asà visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marÃtimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerÃas con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rÃgida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vÃa ... Casi creerÃa cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en sucentro: es nuestroLajaimponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vÃa de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruÃnas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacÃa, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construÃda en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allà sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrerÃa insólita de nuestro anciano vehÃculo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesÃa le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caÃdo en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cÃngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hastaen laChina-townde San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confiterÃa—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—faute de combattants. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de laReforma: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasÃa, que escribe «también» y me trata como cofrade.J’en passe... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones polÃticas y el secreto de todas las popularidades,—do ut des.—Pero declina el dÃa; por más que nos cueste, tenemos que romper ese cÃrculo fascinador: elcocktaildel estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres MarÃas!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chileetc!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.Caldera.Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicÃrculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.Al dirigirnos allÃ, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece alBlanco Encalada, echado á pique por la torpederaLynch, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allà el deber no es materia divisible,que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significarÃa una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial serÃa aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en suépavedesahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navÃo de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentÃs con la vocación sublime; pero, mientras estéis allÃ, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoÃsmo puede arrastraros al deshonor.AquÃ, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad delBlancoestaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; laLynchpudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.El bote llega sobre elBlancoá pique. La admirable transparenciadel agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterÃas y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allÃ, alimentándose todavÃa con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de unaquarium, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de dÃas y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es elcirculusde la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva BahÃa de los Difuntos.La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sà misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efÃmero Potosà de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta lÃnea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña Californiade la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increÃble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquà se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacÃo que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado RodrÃguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la minaColorada, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba alFacundo, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!DeberÃa escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernÃsimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable AlÃ-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en losFolk-loreslas leyendas de la selva y del mar: las de lasminas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. AsÃ, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquà la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espÃritu sutil.Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanÃas, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famosoReventón del Zorro, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesÃa inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacÃa como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!Antofagasta.BahÃa, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquà la bahÃa está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesosdiecesde plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudÃan desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquà notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, elcalicherojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este lÃquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.Hoy es domingo y, además, marca este dÃa un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañÃas de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos debersaglieri, ingleses dehorse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquà un grupo compacto y obstruyen, con su inevitablevich, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablementelas mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponÃa sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecÃa, poniéndose sombrÃa la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañÃa ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañerÃa. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacÃa esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en baterÃa, cuánta agua!Que d’eau!...—Lo mismo sucede en Santiago y en ValparaÃso; pululan las compañÃas de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producÃa un incendio por noche—¡á veces dos!¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navÃo, instruÃdo y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, loscollasque, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan sercastillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me deslizasub rosâconfidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario delLajareclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanÃa, con una mar alborotada—asà es casi siempre en los puertos del PacÃfico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.Al salir de la bahÃa de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. à derecha é izquierda pelÃcanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como dirÃa Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquà fué capturado elHuáscar, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, asà como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un sÃmbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres!Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroÃsmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat essimbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.Para apreciar la magnitud del desastre aquà sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del PacÃfico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahà por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenÃa que ser de escasÃsimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serÃan del todo distintas.—à pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente delIndependenciaen Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podÃa elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrÃas de ese pequeñoHuáscar, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquà mismo, entre los dos blindadosCochraneyBlanco, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús delCochrane, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. ElHuáscarfué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.Iquique.Nadie sospecharÃa, por el aspecto, que estamos ya en territorio legÃtimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—Erbfeind—podrÃan engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasÃa. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—à la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnÃfico velero de cinco palosLa France, uno de los mayores del mundo, especialmente construÃdo y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la lÃnea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo,todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahÃa su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestroLajaha fondeado, es donde la corbetaEsmeraldafue echada á pique por elHuáscar: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo dÃa, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañoneraCovadonga, acosada por laIndependencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del PacÃfico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto fÃsico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquà la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrÃan al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo delimplacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancÃas costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañÃas de seguros perciben el diez por ciento.La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de ValparaÃso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legÃtimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escritofolletos técnicos y una excelenteGeografÃa de Tarapacá; pero se interesa en otras cosas que la «salitrerÃa»: por ejemplo, en las urdimbres polÃticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañÃas inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrÃan producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañÃas nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio quesponte suano evacuará jamás.Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allà existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el lÃquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquÃticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de lasFlores del mal,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeoha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvÃa, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquà á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderÃas; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroÃsmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es asà como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á losrotosferoces:¡No sea usted grosero!...El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que habÃa pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita deópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espaciosochaletque resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allà unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allÃ, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difÃcil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indÃgenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbrÃos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles,nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan los pelÃcanos y cuervos marinos, como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi agotado y substituÃdo. La vida de á bordo gravita pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca, ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.Como en el primer dÃa, vuelvo á buscar la soledad disolvente y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama indio—Çakuntalâ—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el pendón del soldado que camina contra el viento». Dos dÃas, un dÃa aún ... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahÃa de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al saltar en tierra, caigo en los brazos de GarcÃa Mérou, y, unos minutos después, volamos hacia Lima.
DE VALPARAÃSO Ã LIMA
LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE
à bordo delLaja.
Aquà desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, ValparaÃso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. à pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativoconfortde la vida fÃsica, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonÃa de una actividad, para mà exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temà entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenÃa en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperabanalgunos amigos de juventud ...
Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros dÃas. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entrevÃ.
Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en ValparaÃso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles ydocksde vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—ValparaÃso es el puerto de comercioen sÃ, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, BahÃa y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias Ãntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marÃtimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderosy aduanas, de los malecones ówharfs, refleja la agitada monotonÃa del Océano.
Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á ValparaÃso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no serÃa descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraÃso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraÃso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.
En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahÃa hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquerÃa de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserÃo pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahÃa; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacÃas se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno,cuya banda nos despide con elGod save the Queen... Estamos en marcha, con rumbo á los paÃses calientes.
No es esteLajael mejor steamer de la CompañÃa sudamericana, pero es estable y bien distribuÃdo; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar PacÃfico. Ciertomanque de tenue, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó ParÃs.Todo se arregla: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artÃculos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. à trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustarÃamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...
Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde convis-à -visgrotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada dÃa su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenÃa anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigabley geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡l’homme de la montagne!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar unliedde Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el PacÃfico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al dÃa siguiente.
Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestrapetite tablereservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espÃritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer dÃa, pero que gana con el trato:love me little, love me long.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en BerlÃn, parte en ParÃs, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—Ãntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacÃfica y buena.
Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio:los ha plantado allÃ, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espÃritu le ha preservado en parte del egoÃsmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofÃa; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama ParÃs. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos delFausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisitoIntermezzo:
Mir träumte wieder der alte Traum...
Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestrÃa y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora,de cada instante. Por varios dÃas, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. à la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en ParÃs ó BerlÃn: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con Ãntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efÃmeras simpatÃas tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo comoamorcessin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espÃritu á espÃritu, cuyo destino se acaba allÃ, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el PacÃfico.
Dolce far niente!
Esta navegación del PacÃfico, entre ValparaÃso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuÃda casi como un barco de rÃo, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajerosduermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese elflic-flacde las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruÃdos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancÃa en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la lÃnea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por lasacra fames: allà está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquà un indicio de incurable esterilidad!
Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacÃo infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa lÃnea esfumadadonde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son lasglad watersde Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarÃn de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navÃos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ...
...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonÃa que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volverÃa á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento,abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacÃo de una fantasÃa apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Asà deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raÃces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...
Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda nos66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigÃa. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla delNirvânabudhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...
Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan,penser à faire sa retraite. Las primeras noches tenÃamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producÃa un amplio y saludable vacÃo á nuestro derredor, la gente huÃa á toda prisa:era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energÃa muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.
Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violÃn. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacÃo; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sÃ, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacercon estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacÃa gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacÃos que éste, cuando érase joven y se abrÃan de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.
Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquà todos los dÃas; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesÃa, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquà algunos.
Coquimbo.—La Serena.
En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrÃan ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahÃa, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.
Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación,WarspiteyMelpomene, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.
à la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marÃtima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobresseres humanos que, sin duda, han naufragado allÃ, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperarÃa que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera condocksy almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé quétramwayeléctrico ya concedido ... Asà visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...
Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marÃtimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerÃas con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rÃgida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vÃa ... Casi creerÃa cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en sucentro: es nuestroLajaimponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.
Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vÃa de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruÃnas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacÃa, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construÃda en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allà sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.
Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrerÃa insólita de nuestro anciano vehÃculo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesÃa le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caÃdo en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cÃngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.
Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hastaen laChina-townde San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confiterÃa—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—faute de combattants. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de laReforma: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasÃa, que escribe «también» y me trata como cofrade.J’en passe... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones polÃticas y el secreto de todas las popularidades,—do ut des.—Pero declina el dÃa; por más que nos cueste, tenemos que romper ese cÃrculo fascinador: elcocktaildel estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres MarÃas!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chileetc!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.
Caldera.
Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicÃrculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.
Al dirigirnos allÃ, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece alBlanco Encalada, echado á pique por la torpederaLynch, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allà el deber no es materia divisible,que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significarÃa una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial serÃa aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en suépavedesahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navÃo de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentÃs con la vocación sublime; pero, mientras estéis allÃ, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoÃsmo puede arrastraros al deshonor.
AquÃ, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad delBlancoestaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; laLynchpudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.
El bote llega sobre elBlancoá pique. La admirable transparenciadel agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterÃas y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allÃ, alimentándose todavÃa con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de unaquarium, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de dÃas y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es elcirculusde la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva BahÃa de los Difuntos.
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sà misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efÃmero Potosà de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta lÃnea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña Californiade la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increÃble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquà se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacÃo que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado RodrÃguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la minaColorada, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba alFacundo, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!
DeberÃa escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernÃsimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable AlÃ-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».
La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en losFolk-loreslas leyendas de la selva y del mar: las de lasminas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. AsÃ, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquà la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espÃritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanÃas, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famosoReventón del Zorro, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesÃa inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacÃa como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!
Antofagasta.
BahÃa, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquà la bahÃa está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesosdiecesde plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudÃan desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.
También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquà notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, elcalicherojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este lÃquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.
Hoy es domingo y, además, marca este dÃa un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañÃas de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos debersaglieri, ingleses dehorse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquà un grupo compacto y obstruyen, con su inevitablevich, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablementelas mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponÃa sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecÃa, poniéndose sombrÃa la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañÃa ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañerÃa. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacÃa esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en baterÃa, cuánta agua!Que d’eau!...—Lo mismo sucede en Santiago y en ValparaÃso; pululan las compañÃas de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producÃa un incendio por noche—¡á veces dos!
¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navÃo, instruÃdo y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, loscollasque, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan sercastillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me deslizasub rosâconfidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario delLajareclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanÃa, con una mar alborotada—asà es casi siempre en los puertos del PacÃfico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahÃa de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. à derecha é izquierda pelÃcanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como dirÃa Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquà fué capturado elHuáscar, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, asà como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un sÃmbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres!Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroÃsmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat essimbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquà sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del PacÃfico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahà por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenÃa que ser de escasÃsimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serÃan del todo distintas.—à pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente delIndependenciaen Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podÃa elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrÃas de ese pequeñoHuáscar, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquà mismo, entre los dos blindadosCochraneyBlanco, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús delCochrane, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. ElHuáscarfué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.
Iquique.
Nadie sospecharÃa, por el aspecto, que estamos ya en territorio legÃtimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—Erbfeind—podrÃan engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasÃa. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—à la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnÃfico velero de cinco palosLa France, uno de los mayores del mundo, especialmente construÃdo y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la lÃnea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo,todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.
Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahÃa su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestroLajaha fondeado, es donde la corbetaEsmeraldafue echada á pique por elHuáscar: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo dÃa, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañoneraCovadonga, acosada por laIndependencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del PacÃfico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto fÃsico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquà la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.
La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrÃan al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo delimplacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancÃas costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañÃas de seguros perciben el diez por ciento.
La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de ValparaÃso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legÃtimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escritofolletos técnicos y una excelenteGeografÃa de Tarapacá; pero se interesa en otras cosas que la «salitrerÃa»: por ejemplo, en las urdimbres polÃticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.
El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañÃas inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrÃan producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañÃas nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio quesponte suano evacuará jamás.
Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allà existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el lÃquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquÃticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de lasFlores del mal,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeoha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvÃa, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...
Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquà á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderÃas; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroÃsmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es asà como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á losrotosferoces:¡No sea usted grosero!...El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.
Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que habÃa pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita deópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espaciosochaletque resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allà unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allÃ, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.
Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difÃcil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indÃgenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbrÃos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles,nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?
La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan los pelÃcanos y cuervos marinos, como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi agotado y substituÃdo. La vida de á bordo gravita pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca, ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.
Como en el primer dÃa, vuelvo á buscar la soledad disolvente y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama indio—Çakuntalâ—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el pendón del soldado que camina contra el viento». Dos dÃas, un dÃa aún ... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahÃa de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al saltar en tierra, caigo en los brazos de GarcÃa Mérou, y, unos minutos después, volamos hacia Lima.