IV

IVLIMAMessine est une ville étrange et surannée ......Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas vagas de Quincey.Étrange et surannée ...Por algo será—por algo que no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos; pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber, que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números premiados.Étrange ...pero, basta ya, que veo asomar á un personaje de Molière.Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á suentrada. Después del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados:Inquisición,Espaderos,Virreina,Judíos... despiden desde luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á la vez «perricholesco» y monacal.Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto laimportancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo, tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla, para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó. Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con ternura, con piedad ...Todo aquí revela á la ciudadnoble: fenómeno extraordinario y casi único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso» tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad conla Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo: como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli, había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de precipicios.Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el esfuerzoadministrativo ó el mero prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además, considerarse como una gran población litoral.Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno: los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir, numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura; la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve ...Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos indefinidamente—representa un conjunto de elementosadventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra deMercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus inevitables «Villes de Paris» no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones yBotoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal, maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto relieve esculpida en cada respaldo monumental.Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica: en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompióla clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero ¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador ...Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en perseguir un intangible ideal ...¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante que abría sus flores bajo uncielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de marqueses ...Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivoque al artista enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramisdebajo de sus ventanas; mi compañero me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma una sombra se destacó, y micicerone, tocándome el codo murmuró: «Es Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeadade su imbele servidumbre; y como en los días antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al conquistador.IIEn los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de su decadencia.Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menosque aniquilados—ni siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina general.El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Lasprincipales casas importadoras se sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos. Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa, pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de «cesantes»,vulgoociosos, como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he admiradohuacosde trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina.(El cuadro famoso de losFunerales de Atahualpacarece de vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después deltuttiinfalible; los detalles son excelentes como carácter y dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad; algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general. Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de expatriación.¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero seconfundiese con la administración, no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla?La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las grandes postraciones.Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social, queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Porlo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros, que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un reguero de ridículo.El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á los males presentes y á las catástrofes futuras; comoSursum cordageneroso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia de la lengua», sucursal de la que elabora en Madridtan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de una descomunal batalla acerca del adjetivo deinca, quedaron fuera de combate,incásico,incanoéinqueño, declarándose por quienes lo saben bien, queincáicoes el derivado legítimo de los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir laMascaipachay empuñar elTupaccurígramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamenteincáico...Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también un signo de atavismo regresivopropio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente atrayentes.Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un peligro nacional. LaChina townes elGhettode estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes» y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz, hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacenkiuó renegados, sin tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—ysus mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial!He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero, pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües demonos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes, apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ... Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias,despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad Media:¡Beati mortui quia quiescunt!...Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo deladivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática. Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!...Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la vuelta del trajeimperio... ¡Os digo que son únicas! Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luctuososdebía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer: lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las demostraciones ...Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos abiertos de García Mérou.

IVLIMAMessine est une ville étrange et surannée ......Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas vagas de Quincey.Étrange et surannée ...Por algo será—por algo que no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos; pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber, que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números premiados.Étrange ...pero, basta ya, que veo asomar á un personaje de Molière.Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á suentrada. Después del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados:Inquisición,Espaderos,Virreina,Judíos... despiden desde luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á la vez «perricholesco» y monacal.Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto laimportancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo, tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla, para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó. Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con ternura, con piedad ...Todo aquí revela á la ciudadnoble: fenómeno extraordinario y casi único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso» tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad conla Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo: como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli, había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de precipicios.Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el esfuerzoadministrativo ó el mero prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además, considerarse como una gran población litoral.Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno: los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir, numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura; la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve ...Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos indefinidamente—representa un conjunto de elementosadventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra deMercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus inevitables «Villes de Paris» no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones yBotoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal, maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto relieve esculpida en cada respaldo monumental.Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica: en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompióla clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero ¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador ...Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en perseguir un intangible ideal ...¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante que abría sus flores bajo uncielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de marqueses ...Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivoque al artista enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramisdebajo de sus ventanas; mi compañero me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma una sombra se destacó, y micicerone, tocándome el codo murmuró: «Es Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeadade su imbele servidumbre; y como en los días antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al conquistador.IIEn los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de su decadencia.Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menosque aniquilados—ni siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina general.El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Lasprincipales casas importadoras se sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos. Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa, pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de «cesantes»,vulgoociosos, como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he admiradohuacosde trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina.(El cuadro famoso de losFunerales de Atahualpacarece de vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después deltuttiinfalible; los detalles son excelentes como carácter y dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad; algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general. Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de expatriación.¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero seconfundiese con la administración, no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla?La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las grandes postraciones.Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social, queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Porlo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros, que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un reguero de ridículo.El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á los males presentes y á las catástrofes futuras; comoSursum cordageneroso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia de la lengua», sucursal de la que elabora en Madridtan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de una descomunal batalla acerca del adjetivo deinca, quedaron fuera de combate,incásico,incanoéinqueño, declarándose por quienes lo saben bien, queincáicoes el derivado legítimo de los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir laMascaipachay empuñar elTupaccurígramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamenteincáico...Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también un signo de atavismo regresivopropio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente atrayentes.Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un peligro nacional. LaChina townes elGhettode estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes» y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz, hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacenkiuó renegados, sin tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—ysus mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial!He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero, pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües demonos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes, apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ... Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias,despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad Media:¡Beati mortui quia quiescunt!...Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo deladivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática. Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!...Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la vuelta del trajeimperio... ¡Os digo que son únicas! Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luctuososdebía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer: lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las demostraciones ...Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos abiertos de García Mérou.

LIMA

Messine est une ville étrange et surannée ...

...Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas vagas de Quincey.Étrange et surannée ...Por algo será—por algo que no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos; pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber, que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números premiados.Étrange ...pero, basta ya, que veo asomar á un personaje de Molière.

Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á suentrada. Después del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados:Inquisición,Espaderos,Virreina,Judíos... despiden desde luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á la vez «perricholesco» y monacal.

Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto laimportancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo, tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla, para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó. Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con ternura, con piedad ...

Todo aquí revela á la ciudadnoble: fenómeno extraordinario y casi único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso» tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad conla Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo: como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli, había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de precipicios.

Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el esfuerzoadministrativo ó el mero prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además, considerarse como una gran población litoral.

Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno: los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir, numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura; la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve ...

Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos indefinidamente—representa un conjunto de elementosadventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra deMercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus inevitables «Villes de Paris» no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.

Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones yBotoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal, maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto relieve esculpida en cada respaldo monumental.

Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica: en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompióla clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero ¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador ...

Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en perseguir un intangible ideal ...

¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante que abría sus flores bajo uncielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de marqueses ...

Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivoque al artista enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramisdebajo de sus ventanas; mi compañero me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma una sombra se destacó, y micicerone, tocándome el codo murmuró: «Es Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»

¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeadade su imbele servidumbre; y como en los días antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al conquistador.

En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de su decadencia.

Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menosque aniquilados—ni siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?

Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina general.

El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Lasprincipales casas importadoras se sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos. Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa, pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de «cesantes»,vulgoociosos, como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he admiradohuacosde trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina.(El cuadro famoso de losFunerales de Atahualpacarece de vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después deltuttiinfalible; los detalles son excelentes como carácter y dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad; algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general. Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de expatriación.

¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero seconfundiese con la administración, no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla?

La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las grandes postraciones.

Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social, queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Porlo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros, que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un reguero de ridículo.

El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á los males presentes y á las catástrofes futuras; comoSursum cordageneroso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia de la lengua», sucursal de la que elabora en Madridtan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de una descomunal batalla acerca del adjetivo deinca, quedaron fuera de combate,incásico,incanoéinqueño, declarándose por quienes lo saben bien, queincáicoes el derivado legítimo de los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir laMascaipachay empuñar elTupaccurígramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamenteincáico...

Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también un signo de atavismo regresivopropio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente atrayentes.

Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un peligro nacional. LaChina townes elGhettode estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes» y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz, hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacenkiuó renegados, sin tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—ysus mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial!

He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.

Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero, pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües demonos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes, apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ... Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias,despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad Media:¡Beati mortui quia quiescunt!...

Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo deladivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática. Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:

Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!...

Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la vuelta del trajeimperio... ¡Os digo que son únicas! Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luctuososdebía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer: lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las demostraciones ...

Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.

Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos abiertos de García Mérou.


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