V

VDE LIMA Á COLÓNGUAYAQUIL.—PANAMÁDespués de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto». ¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más cierto que en la peregrinación elVæ soli!de la Biblia: ¡Ay del solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba personalmentela irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la cubierta del vaporImperial, que me lleva á Panamá.Once more upon the waters!Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la ausencia de posible afinidad futura.Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa vastaterra incognita, donde me tornaré al pronto tartamudo y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á ennegrecer.¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humanaque descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la inobservancia del deber ...Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á lacorvée! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. Laobligación—la misma palabra lo dice—es todo lo queligaal hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como elMaître Jacquesde Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»!Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas:obscuré cernimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...Guayaquil.Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollandohasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyoespejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y callesadyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando elchonta-ruru, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre loscharcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de laSanta Catalinadel Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros delImperialproducirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticosá los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias delPríncipede Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menosjustificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:—García Moreno ¿era de Guayaquil?El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico,ad perpetuamrei memoriam... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían alImperial, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando:agua sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!Panamá.La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Conlentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, comochaletsde recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmoá vuelo de buitre ...Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad elGrand Hôtel, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que serellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera. Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para mi alma perceptible,—sunt lacrymae rerum,—acusando el rigor del destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo datos para ello—que todas las víctimas nofueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosaFolie Dinglery á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.¡Pobres aldeanos franceses!He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista, recto y profundo. Quería figurarmeque se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con unaenésimacomisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del río Chagres. Elbiefsuperior se alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos 500 millones de francos. Etc., etc.No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como el fruto de veinte años deestudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se estrella contra un doblenon possumusfinanciero y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por lapendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado en el famosoHôtel Central, cuyo hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa; del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ... ¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos, recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro, para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fachada florece,ad majorem Dei gloriam, esta muestra bancaria impregnada de modernismo:Isaac and Co—¡en grandes mayúsculas de oro!¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocicodisforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuyaMemoriaprofética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias en los propiosbonimentsque habían pagado; los profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta ...Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer libro, perversamenteescrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido más elementos de examen y discusión.Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar elPanama Railroadá razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente «uniformemente acelerada», como se dice en mecánica.Après nous le déluge!—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente: para ese grupo dirigente ydigirienteha sido, no un padre, ¡sino una nodriza!He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á la familia del director la humillación del camino común de la Boca, que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todoello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un contratista francés, socio de Lessepsjunior, el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un pobreculíchino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas debonne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forbantes del Panamá ...El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello esrealmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos» algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas, casillas ychaletsvacíos! Debo decir que los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. Elkrachde allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el¡sálvesequien pueda!de la obra humana, la reconquista del desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los negrostaguerosse albergaban en los chalets traídos para ingenieros y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir hasta entonces su último vestigio!Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco enánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire ... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente elvuelo del ave futura ...En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocreUncle Tom’s Cabinhay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de mulato.C’est tout dire!Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría unbonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita», diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer bella á sucrapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería criolla y montaraz: evoca escenas dePablo y Virginia...¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas,guabas—que semejan algarrobas enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las ramas, intactos.Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar. ¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortantefrescura á las tres de la mañana, compone casi toda la población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, depósitos, almacenes,bars. No se encuentra una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es uncargo-boat, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos delstewardque arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en elEngineer, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.

VDE LIMA Á COLÓNGUAYAQUIL.—PANAMÁDespués de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto». ¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más cierto que en la peregrinación elVæ soli!de la Biblia: ¡Ay del solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba personalmentela irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la cubierta del vaporImperial, que me lleva á Panamá.Once more upon the waters!Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la ausencia de posible afinidad futura.Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa vastaterra incognita, donde me tornaré al pronto tartamudo y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á ennegrecer.¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humanaque descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la inobservancia del deber ...Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á lacorvée! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. Laobligación—la misma palabra lo dice—es todo lo queligaal hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como elMaître Jacquesde Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»!Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas:obscuré cernimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...Guayaquil.Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollandohasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyoespejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y callesadyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando elchonta-ruru, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre loscharcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de laSanta Catalinadel Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros delImperialproducirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticosá los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias delPríncipede Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menosjustificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:—García Moreno ¿era de Guayaquil?El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico,ad perpetuamrei memoriam... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían alImperial, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando:agua sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!Panamá.La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Conlentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, comochaletsde recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmoá vuelo de buitre ...Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad elGrand Hôtel, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que serellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera. Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para mi alma perceptible,—sunt lacrymae rerum,—acusando el rigor del destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo datos para ello—que todas las víctimas nofueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosaFolie Dinglery á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.¡Pobres aldeanos franceses!He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista, recto y profundo. Quería figurarmeque se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con unaenésimacomisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del río Chagres. Elbiefsuperior se alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos 500 millones de francos. Etc., etc.No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como el fruto de veinte años deestudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se estrella contra un doblenon possumusfinanciero y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por lapendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado en el famosoHôtel Central, cuyo hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa; del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ... ¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos, recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro, para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fachada florece,ad majorem Dei gloriam, esta muestra bancaria impregnada de modernismo:Isaac and Co—¡en grandes mayúsculas de oro!¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocicodisforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuyaMemoriaprofética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias en los propiosbonimentsque habían pagado; los profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta ...Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer libro, perversamenteescrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido más elementos de examen y discusión.Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar elPanama Railroadá razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente «uniformemente acelerada», como se dice en mecánica.Après nous le déluge!—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente: para ese grupo dirigente ydigirienteha sido, no un padre, ¡sino una nodriza!He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á la familia del director la humillación del camino común de la Boca, que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todoello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un contratista francés, socio de Lessepsjunior, el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un pobreculíchino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas debonne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forbantes del Panamá ...El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello esrealmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos» algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas, casillas ychaletsvacíos! Debo decir que los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. Elkrachde allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el¡sálvesequien pueda!de la obra humana, la reconquista del desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los negrostaguerosse albergaban en los chalets traídos para ingenieros y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir hasta entonces su último vestigio!Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco enánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire ... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente elvuelo del ave futura ...En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocreUncle Tom’s Cabinhay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de mulato.C’est tout dire!Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría unbonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita», diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer bella á sucrapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería criolla y montaraz: evoca escenas dePablo y Virginia...¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas,guabas—que semejan algarrobas enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las ramas, intactos.Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar. ¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortantefrescura á las tres de la mañana, compone casi toda la población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, depósitos, almacenes,bars. No se encuentra una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es uncargo-boat, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos delstewardque arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en elEngineer, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.

DE LIMA Á COLÓN

GUAYAQUIL.—PANAMÁ

Después de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto». ¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más cierto que en la peregrinación elVæ soli!de la Biblia: ¡Ay del solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...

Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba personalmentela irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la cubierta del vaporImperial, que me lleva á Panamá.Once more upon the waters!Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la ausencia de posible afinidad futura.

Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa vastaterra incognita, donde me tornaré al pronto tartamudo y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á ennegrecer.

¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humanaque descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la inobservancia del deber ...

Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á lacorvée! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. Laobligación—la misma palabra lo dice—es todo lo queligaal hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.

Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como elMaître Jacquesde Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»!Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas:obscuré cernimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...

Guayaquil.

Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.

Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollandohasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...

La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyoespejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.

Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?

Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y callesadyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.

Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando elchonta-ruru, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...

Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre loscharcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!

Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de laSanta Catalinadel Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros delImperialproducirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.

Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.

En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticosá los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...

En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].

¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias delPríncipede Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menosjustificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...

Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:

—García Moreno ¿era de Guayaquil?

El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».

Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico,ad perpetuamrei memoriam... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían alImperial, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando:agua sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!

Panamá.

La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Conlentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.

Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, comochaletsde recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmoá vuelo de buitre ...

Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad elGrand Hôtel, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!

Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que serellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.

Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.

Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera. Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para mi alma perceptible,—sunt lacrymae rerum,—acusando el rigor del destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo datos para ello—que todas las víctimas nofueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosaFolie Dinglery á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.

¡Pobres aldeanos franceses!

He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista, recto y profundo. Quería figurarmeque se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...

Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con unaenésimacomisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del río Chagres. Elbiefsuperior se alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos 500 millones de francos. Etc., etc.

No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como el fruto de veinte años deestudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se estrella contra un doblenon possumusfinanciero y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.

Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por lapendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado en el famosoHôtel Central, cuyo hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa; del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ... ¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos, recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro, para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fachada florece,ad majorem Dei gloriam, esta muestra bancaria impregnada de modernismo:Isaac and Co—¡en grandes mayúsculas de oro!

¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocicodisforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.

En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuyaMemoriaprofética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias en los propiosbonimentsque habían pagado; los profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta ...

Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer libro, perversamenteescrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido más elementos de examen y discusión.

Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar elPanama Railroadá razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente «uniformemente acelerada», como se dice en mecánica.Après nous le déluge!—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente: para ese grupo dirigente ydigirienteha sido, no un padre, ¡sino una nodriza!

He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á la familia del director la humillación del camino común de la Boca, que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todoello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.

Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un contratista francés, socio de Lessepsjunior, el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un pobreculíchino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas debonne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forbantes del Panamá ...

El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello esrealmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos» algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...

¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas, casillas ychaletsvacíos! Debo decir que los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. Elkrachde allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el¡sálvesequien pueda!de la obra humana, la reconquista del desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los negrostaguerosse albergaban en los chalets traídos para ingenieros y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir hasta entonces su último vestigio!

Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco enánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire ... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente elvuelo del ave futura ...

En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocreUncle Tom’s Cabinhay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de mulato.C’est tout dire!

Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría unbonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita», diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer bella á sucrapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería criolla y montaraz: evoca escenas dePablo y Virginia...

¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas,guabas—que semejan algarrobas enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las ramas, intactos.

Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar. ¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortantefrescura á las tres de la mañana, compone casi toda la población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, depósitos, almacenes,bars. No se encuentra una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.

Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es uncargo-boat, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos delstewardque arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en elEngineer, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.


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