IX

IXDEMOCRACIAS AMERICANASBello será el porvenir, pero el presente es triste.—En el tren que sale de Méjico á las ocho de la noche, sin un alma conocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao, nada podré ver del trecho recorrido; atravesaré sin conocerlos los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para distraerme, tengo una «Guía», regalo de la obsequiosa administración, confeccionada toda entera por un conocido literato con frases del siguiente jaez: «Leamos en este libro ayudados por la claridad de la lámparas del Pullman; y si al concluir sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca, á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano por nuestros párpados ... etc.» La frase se desenreda durante quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. Á ese necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de «habla castiza» donde todos saben escribir y nadie sabe pensar¡prefiero una página de nuestrosAmores de Giacumina. donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez! Prefiero, sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-americano que haya disfrutado, durante estos últimos quince años, los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres, leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y populares, recorrido algunas estadísticas: en suma, poseo muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la impresión general no engaña: la paz que reina en Méjico es la de los sepulcros.¡Oh! ¡el espectáculo político de esa América española, que acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es sombrío y desalentador! Por todas partes: el desgobierno, la estéril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con remitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular», la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los «sagrados derechos» de las mayorías compuestas de rebaños humanos que vistenponchoózarapey tienen una tinaja de chicha ó pulque por urna electoral,—el eterno sarcasmo y el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por sobre el hacinamiento de los oprimidos: el grupo odioso de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán Blanco, López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,—el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas ó un Francia ... ¡Y las guerras civiles de venganzas y saqueos como entreactos á las rudas y crueles tiranías! Y las dictaduras centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y extorsiones lugareñas: desde el prefecto que denuncia terrenos«baldíos» desterrando á sus dueños, ó el gobernador que baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que «plagia» una vaca y elcuracaque violenta una mujer. Y, por fin, sobre todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá rasgado por el puñal de las represalias, que no significa sino un cambio de mandón ... No parece sino que en este continente, colmado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asistiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por causas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su turno en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con el vino de la ira y de la fornicación!...Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios republicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados Unidos, se han levantado en el continente incurablemente español, se ha podido con razón aparente desesperar de la democracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mismo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de turbulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los países que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cuya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un «déspota bueno y liberal».—¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo «liberal» lanza alaridos al verse apareado á semejante sustantivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la repúblicamejicana, retiro humildemente mis votos sacrílegos, los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dignidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien supremo. El vino puro y generoso no es responsable del alcoholismo y la intoxicación. ¡Desechemos los sofismas, por querida que sea la boca que los vertió; cerremos por esta vez nuestros oídos á la voz de la Sirena: desconozcamos esa filosofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole enemiga—como en ese versículo final delSuper flumina Babylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles, maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto; pero sin olvidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, el único mal intolerable es la esclavitud.Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz. La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es comparable. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (vertida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el ministro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las víctimas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile: nunca cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano, cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su guaridade Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de Casandra cautiva, la nación jadeante «cubría su freno con espuma sangrienta ...» En el Méjico enfrenado por este héroe de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los confines del país, un concierto de rendición y alabanza: el himno de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Méjico entero es una inmensa encomienda; y parece que el pueblo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el recuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la salvaje de la «mazorca» y del puñal, cuyas heridas francas se restañan en pocas horas; sino la del opio y del veneno lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y corrompe el alma misma de todo un pueblo.—Por cierto que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Porfirio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga satisfacción de su propio envilecimiento.Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas, de la decadencia moral á que un régimen de compresión prolongada y una atmósfera de campana pneumática conducen fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.Por otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo displicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo personal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura; ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de su predecesor inmediato que muere encausado por malversación. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.—Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y risas del fondo de la ergástula.—¡Los textos escolares ensalzan la gloria del dictador! En un libro oficial de historia contemporánea, se sufre la náusea de asistir á la apoteosis del presidente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre Juárez, Porfirio Díaz y ... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es casi el Calvario por segunda vez!... El himno de alabanza es tan repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por haber derrocado, en nombre de los «principios», al presidente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego asegurado, con la complicidad de suRump-Parliament, su propia reelección indefinida. En la baja compilación que vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignominia popular está celebrada y fomentada en los términos siguientes: (la derrota del presidente Lerdo) «dió por resultado,como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encanto los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen, como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios de Porfirio Díaz ...» Es la prostitución de la plebe consagrada por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha desaparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos felizmente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba demorir el ex-presidente González, gobernador perpetuo de Guanajuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba un núcleo posible de oposición, unsimilia similibusagorable si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, naturalmente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. ¿De qué compadre «respondón» podrá surgir ahora la veleidad de un nuevo «plan», como aquí llaman cómicamente á los alzamientos? Los gobernadores de Estados son comandantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mestizos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza militar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indicación del dictador, como todos los otros empleados. La discusión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Calígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de una orden del amo, los legisladores contestarían probablemente, como los consejeros del famoso déspota oriental: «Ignoramos si hay una ley que permita este atropello, pero conocemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de su real voluntad.» Por decreto especial, les ha devuelto las corridas de toros.Panem et circenses, los toros y el pulque: la fórmula es correcta; tiene la sanción de la historia y completa la asimilación.No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas disensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sanopatriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é ilimitado de este bien supremo ¡la libertad!Para legitimarse, la dictadura invoca el eternosalus populi, el comprobante de la prosperidad material que, según los turiferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el crecimiento natural de un organismo joven, bajo la acción estimulante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vacilan en apuntar, entre los «grandes progresos realizados durante el primer período de Porfirio Díaz», datos análogos á los siguientes, que copio textualmente: «El total de escuelas primarias existentes en Méjico en 1875 era de 8103, y de 350.000 el número de alumnos asistentes ... En 1884, las escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442.000 alumnos». El aumento de las escuelas, el único imputable á la acción gubernativa, no alcanza á 6%; el de los alumnos inscritos es de 20%, y corresponde poco más ó menos al acrecentamiento decenal de la población[17].Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dictadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primerrango, en los artículos de exportación, los metales preciosos explotados por compañías inglesas yyankees, y el henequén que el Yucatán despacha á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz? Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente «civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo significaba quelos judíos estaban más distantes del cristianismo que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la civilización europea en América.Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el «plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor anda al compás del estómago; fuera de algunas rachasinevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre.Mens sana in corpore sano.La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas ...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, loswaitersnegros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el veloazul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á las agencias.Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde estaremos dos horas, esperando el tren de laSouthern Pacific, para Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmensomail-coachtirado por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas,cottagesflamantes con techo de listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y su parche de césped; una granchurchgótica que aplasta la vecina iglesia católica;buggiesmanejados por muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En elHotel Pierson, donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada. Primer escalón:Have you a family?—segundo:God bless your family!etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!En el umbral yankeeExperimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias; del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención, no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo: lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha», de los bulevares y delFigaro¿qué vengo á ver en este reino del industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas.Magnus sæclorum nascitur ordo.Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación, ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota ytradicional ... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento; y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de la errante y siempre ascendente humanidad.Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más con el objeto de observarlas como síntomas externos,que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años: aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es el principio director, elprimum movens, la célula vivificante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el almayankee[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda, donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contactodiario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta creo posible que esas pinturasab iratoresulten menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix, es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo; Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de los Estados Unidos ...Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los umbrales del tío Sam.

IXDEMOCRACIAS AMERICANASBello será el porvenir, pero el presente es triste.—En el tren que sale de Méjico á las ocho de la noche, sin un alma conocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao, nada podré ver del trecho recorrido; atravesaré sin conocerlos los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para distraerme, tengo una «Guía», regalo de la obsequiosa administración, confeccionada toda entera por un conocido literato con frases del siguiente jaez: «Leamos en este libro ayudados por la claridad de la lámparas del Pullman; y si al concluir sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca, á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano por nuestros párpados ... etc.» La frase se desenreda durante quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. Á ese necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de «habla castiza» donde todos saben escribir y nadie sabe pensar¡prefiero una página de nuestrosAmores de Giacumina. donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez! Prefiero, sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-americano que haya disfrutado, durante estos últimos quince años, los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres, leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y populares, recorrido algunas estadísticas: en suma, poseo muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la impresión general no engaña: la paz que reina en Méjico es la de los sepulcros.¡Oh! ¡el espectáculo político de esa América española, que acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es sombrío y desalentador! Por todas partes: el desgobierno, la estéril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con remitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular», la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los «sagrados derechos» de las mayorías compuestas de rebaños humanos que vistenponchoózarapey tienen una tinaja de chicha ó pulque por urna electoral,—el eterno sarcasmo y el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por sobre el hacinamiento de los oprimidos: el grupo odioso de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán Blanco, López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,—el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas ó un Francia ... ¡Y las guerras civiles de venganzas y saqueos como entreactos á las rudas y crueles tiranías! Y las dictaduras centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y extorsiones lugareñas: desde el prefecto que denuncia terrenos«baldíos» desterrando á sus dueños, ó el gobernador que baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que «plagia» una vaca y elcuracaque violenta una mujer. Y, por fin, sobre todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá rasgado por el puñal de las represalias, que no significa sino un cambio de mandón ... No parece sino que en este continente, colmado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asistiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por causas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su turno en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con el vino de la ira y de la fornicación!...Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios republicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados Unidos, se han levantado en el continente incurablemente español, se ha podido con razón aparente desesperar de la democracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mismo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de turbulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los países que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cuya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un «déspota bueno y liberal».—¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo «liberal» lanza alaridos al verse apareado á semejante sustantivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la repúblicamejicana, retiro humildemente mis votos sacrílegos, los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dignidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien supremo. El vino puro y generoso no es responsable del alcoholismo y la intoxicación. ¡Desechemos los sofismas, por querida que sea la boca que los vertió; cerremos por esta vez nuestros oídos á la voz de la Sirena: desconozcamos esa filosofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole enemiga—como en ese versículo final delSuper flumina Babylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles, maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto; pero sin olvidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, el único mal intolerable es la esclavitud.Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz. La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es comparable. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (vertida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el ministro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las víctimas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile: nunca cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano, cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su guaridade Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de Casandra cautiva, la nación jadeante «cubría su freno con espuma sangrienta ...» En el Méjico enfrenado por este héroe de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los confines del país, un concierto de rendición y alabanza: el himno de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Méjico entero es una inmensa encomienda; y parece que el pueblo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el recuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la salvaje de la «mazorca» y del puñal, cuyas heridas francas se restañan en pocas horas; sino la del opio y del veneno lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y corrompe el alma misma de todo un pueblo.—Por cierto que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Porfirio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga satisfacción de su propio envilecimiento.Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas, de la decadencia moral á que un régimen de compresión prolongada y una atmósfera de campana pneumática conducen fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.Por otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo displicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo personal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura; ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de su predecesor inmediato que muere encausado por malversación. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.—Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y risas del fondo de la ergástula.—¡Los textos escolares ensalzan la gloria del dictador! En un libro oficial de historia contemporánea, se sufre la náusea de asistir á la apoteosis del presidente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre Juárez, Porfirio Díaz y ... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es casi el Calvario por segunda vez!... El himno de alabanza es tan repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por haber derrocado, en nombre de los «principios», al presidente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego asegurado, con la complicidad de suRump-Parliament, su propia reelección indefinida. En la baja compilación que vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignominia popular está celebrada y fomentada en los términos siguientes: (la derrota del presidente Lerdo) «dió por resultado,como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encanto los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen, como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios de Porfirio Díaz ...» Es la prostitución de la plebe consagrada por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha desaparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos felizmente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba demorir el ex-presidente González, gobernador perpetuo de Guanajuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba un núcleo posible de oposición, unsimilia similibusagorable si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, naturalmente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. ¿De qué compadre «respondón» podrá surgir ahora la veleidad de un nuevo «plan», como aquí llaman cómicamente á los alzamientos? Los gobernadores de Estados son comandantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mestizos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza militar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indicación del dictador, como todos los otros empleados. La discusión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Calígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de una orden del amo, los legisladores contestarían probablemente, como los consejeros del famoso déspota oriental: «Ignoramos si hay una ley que permita este atropello, pero conocemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de su real voluntad.» Por decreto especial, les ha devuelto las corridas de toros.Panem et circenses, los toros y el pulque: la fórmula es correcta; tiene la sanción de la historia y completa la asimilación.No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas disensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sanopatriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é ilimitado de este bien supremo ¡la libertad!Para legitimarse, la dictadura invoca el eternosalus populi, el comprobante de la prosperidad material que, según los turiferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el crecimiento natural de un organismo joven, bajo la acción estimulante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vacilan en apuntar, entre los «grandes progresos realizados durante el primer período de Porfirio Díaz», datos análogos á los siguientes, que copio textualmente: «El total de escuelas primarias existentes en Méjico en 1875 era de 8103, y de 350.000 el número de alumnos asistentes ... En 1884, las escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442.000 alumnos». El aumento de las escuelas, el único imputable á la acción gubernativa, no alcanza á 6%; el de los alumnos inscritos es de 20%, y corresponde poco más ó menos al acrecentamiento decenal de la población[17].Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dictadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primerrango, en los artículos de exportación, los metales preciosos explotados por compañías inglesas yyankees, y el henequén que el Yucatán despacha á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz? Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente «civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo significaba quelos judíos estaban más distantes del cristianismo que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la civilización europea en América.Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el «plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor anda al compás del estómago; fuera de algunas rachasinevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre.Mens sana in corpore sano.La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas ...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, loswaitersnegros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el veloazul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á las agencias.Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde estaremos dos horas, esperando el tren de laSouthern Pacific, para Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmensomail-coachtirado por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas,cottagesflamantes con techo de listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y su parche de césped; una granchurchgótica que aplasta la vecina iglesia católica;buggiesmanejados por muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En elHotel Pierson, donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada. Primer escalón:Have you a family?—segundo:God bless your family!etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!En el umbral yankeeExperimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias; del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención, no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo: lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha», de los bulevares y delFigaro¿qué vengo á ver en este reino del industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas.Magnus sæclorum nascitur ordo.Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación, ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota ytradicional ... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento; y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de la errante y siempre ascendente humanidad.Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más con el objeto de observarlas como síntomas externos,que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años: aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es el principio director, elprimum movens, la célula vivificante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el almayankee[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda, donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contactodiario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta creo posible que esas pinturasab iratoresulten menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix, es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo; Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de los Estados Unidos ...Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los umbrales del tío Sam.

DEMOCRACIAS AMERICANAS

Bello será el porvenir, pero el presente es triste.—En el tren que sale de Méjico á las ocho de la noche, sin un alma conocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao, nada podré ver del trecho recorrido; atravesaré sin conocerlos los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para distraerme, tengo una «Guía», regalo de la obsequiosa administración, confeccionada toda entera por un conocido literato con frases del siguiente jaez: «Leamos en este libro ayudados por la claridad de la lámparas del Pullman; y si al concluir sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca, á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano por nuestros párpados ... etc.» La frase se desenreda durante quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. Á ese necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de «habla castiza» donde todos saben escribir y nadie sabe pensar¡prefiero una página de nuestrosAmores de Giacumina. donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez! Prefiero, sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-americano que haya disfrutado, durante estos últimos quince años, los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres, leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y populares, recorrido algunas estadísticas: en suma, poseo muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la impresión general no engaña: la paz que reina en Méjico es la de los sepulcros.

¡Oh! ¡el espectáculo político de esa América española, que acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es sombrío y desalentador! Por todas partes: el desgobierno, la estéril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con remitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular», la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los «sagrados derechos» de las mayorías compuestas de rebaños humanos que vistenponchoózarapey tienen una tinaja de chicha ó pulque por urna electoral,—el eterno sarcasmo y el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por sobre el hacinamiento de los oprimidos: el grupo odioso de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán Blanco, López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,—el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas ó un Francia ... ¡Y las guerras civiles de venganzas y saqueos como entreactos á las rudas y crueles tiranías! Y las dictaduras centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y extorsiones lugareñas: desde el prefecto que denuncia terrenos«baldíos» desterrando á sus dueños, ó el gobernador que baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que «plagia» una vaca y elcuracaque violenta una mujer. Y, por fin, sobre todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá rasgado por el puñal de las represalias, que no significa sino un cambio de mandón ... No parece sino que en este continente, colmado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asistiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por causas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su turno en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con el vino de la ira y de la fornicación!...

Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios republicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados Unidos, se han levantado en el continente incurablemente español, se ha podido con razón aparente desesperar de la democracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mismo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de turbulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los países que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cuya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un «déspota bueno y liberal».—¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo «liberal» lanza alaridos al verse apareado á semejante sustantivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la repúblicamejicana, retiro humildemente mis votos sacrílegos, los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dignidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien supremo. El vino puro y generoso no es responsable del alcoholismo y la intoxicación. ¡Desechemos los sofismas, por querida que sea la boca que los vertió; cerremos por esta vez nuestros oídos á la voz de la Sirena: desconozcamos esa filosofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole enemiga—como en ese versículo final delSuper flumina Babylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles, maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto; pero sin olvidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, el único mal intolerable es la esclavitud.

Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz. La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es comparable. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (vertida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el ministro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las víctimas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile: nunca cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano, cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su guaridade Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de Casandra cautiva, la nación jadeante «cubría su freno con espuma sangrienta ...» En el Méjico enfrenado por este héroe de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los confines del país, un concierto de rendición y alabanza: el himno de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Méjico entero es una inmensa encomienda; y parece que el pueblo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el recuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la salvaje de la «mazorca» y del puñal, cuyas heridas francas se restañan en pocas horas; sino la del opio y del veneno lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y corrompe el alma misma de todo un pueblo.—Por cierto que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Porfirio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga satisfacción de su propio envilecimiento.

Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas, de la decadencia moral á que un régimen de compresión prolongada y una atmósfera de campana pneumática conducen fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.

Por otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo displicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo personal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura; ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de su predecesor inmediato que muere encausado por malversación. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.—Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y risas del fondo de la ergástula.—¡Los textos escolares ensalzan la gloria del dictador! En un libro oficial de historia contemporánea, se sufre la náusea de asistir á la apoteosis del presidente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre Juárez, Porfirio Díaz y ... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es casi el Calvario por segunda vez!... El himno de alabanza es tan repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por haber derrocado, en nombre de los «principios», al presidente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego asegurado, con la complicidad de suRump-Parliament, su propia reelección indefinida. En la baja compilación que vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignominia popular está celebrada y fomentada en los términos siguientes: (la derrota del presidente Lerdo) «dió por resultado,como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encanto los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen, como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios de Porfirio Díaz ...» Es la prostitución de la plebe consagrada por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha desaparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos felizmente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba demorir el ex-presidente González, gobernador perpetuo de Guanajuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba un núcleo posible de oposición, unsimilia similibusagorable si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, naturalmente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. ¿De qué compadre «respondón» podrá surgir ahora la veleidad de un nuevo «plan», como aquí llaman cómicamente á los alzamientos? Los gobernadores de Estados son comandantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mestizos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza militar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indicación del dictador, como todos los otros empleados. La discusión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Calígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de una orden del amo, los legisladores contestarían probablemente, como los consejeros del famoso déspota oriental: «Ignoramos si hay una ley que permita este atropello, pero conocemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de su real voluntad.» Por decreto especial, les ha devuelto las corridas de toros.Panem et circenses, los toros y el pulque: la fórmula es correcta; tiene la sanción de la historia y completa la asimilación.

No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas disensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sanopatriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é ilimitado de este bien supremo ¡la libertad!

Para legitimarse, la dictadura invoca el eternosalus populi, el comprobante de la prosperidad material que, según los turiferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el crecimiento natural de un organismo joven, bajo la acción estimulante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vacilan en apuntar, entre los «grandes progresos realizados durante el primer período de Porfirio Díaz», datos análogos á los siguientes, que copio textualmente: «El total de escuelas primarias existentes en Méjico en 1875 era de 8103, y de 350.000 el número de alumnos asistentes ... En 1884, las escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442.000 alumnos». El aumento de las escuelas, el único imputable á la acción gubernativa, no alcanza á 6%; el de los alumnos inscritos es de 20%, y corresponde poco más ó menos al acrecentamiento decenal de la población[17].

Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dictadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primerrango, en los artículos de exportación, los metales preciosos explotados por compañías inglesas yyankees, y el henequén que el Yucatán despacha á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz? Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente «civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo significaba quelos judíos estaban más distantes del cristianismo que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la civilización europea en América.

Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el «plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor anda al compás del estómago; fuera de algunas rachasinevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre.Mens sana in corpore sano.La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas ...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, loswaitersnegros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».

De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»

El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.

Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el veloazul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á las agencias.

Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde estaremos dos horas, esperando el tren de laSouthern Pacific, para Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmensomail-coachtirado por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas,cottagesflamantes con techo de listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y su parche de césped; una granchurchgótica que aplasta la vecina iglesia católica;buggiesmanejados por muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En elHotel Pierson, donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada. Primer escalón:Have you a family?—segundo:God bless your family!etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!

En el umbral yankee

Experimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias; del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención, no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...

Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo: lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha», de los bulevares y delFigaro¿qué vengo á ver en este reino del industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...

Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas.Magnus sæclorum nascitur ordo.Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación, ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota ytradicional ... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento; y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de la errante y siempre ascendente humanidad.

Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.

Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más con el objeto de observarlas como síntomas externos,que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años: aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es el principio director, elprimum movens, la célula vivificante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el almayankee[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda, donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.

¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contactodiario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta creo posible que esas pinturasab iratoresulten menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix, es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo; Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de los Estados Unidos ...

Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los umbrales del tío Sam.


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