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XCALIFORNIAPor cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho delpuffatronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de explotación y las agencias territorialesídem, que de consumo multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El «lanzamiento» óboomingdel extremo sudoeste se presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas» para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano, al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, elregalo era mediocre. Á trueque de la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia. ¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, seránservidosá su paladar ...Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste, y del Arizona (Árida zona¡admirable bautismo!) que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cualhaces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas: ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria que bien pudiera ser la oraciónad petendam pluviam. ¡Oh sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona «pagaría», como aquí sedice; pero ¿cuándo?That is the question.En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor empleo de lossuperavitni de conjurar el peligro de la obstrucción metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ... Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú, sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr ingenuamente las peores aventuras!...De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del organismo americano, que desde su centro irradia al punto másextremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía delSouthern Pacific Railroad: en torno de la casilla de «pintado pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles depitch pine, esteras, unrocking-chair, diarios ymagazinessobre una mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su únicaéchappéediaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista!Good bye, Mrs. Paine!» El tren se escurre, y hasta mañana quedará cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse vivir.Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad la lámpara delhomehumilde, donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silencioritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestrocar: se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con el pesar de no abrazarlas ...Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ótres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una parranda conchinasabrutadas ... No es por arriba sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el edificio entero.Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan afligentes como su paisaje. NuestroPullman-carestá obstruído con maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos loscollasde la frontera jujeña, para hacernos entender—pero unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mascan; los que han dejado elchewingnacional apestan el fumadero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con loswaitersnegros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés delEngineer.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo en caso de propina, más que suslanggangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ófórmulas locales: imagináos á nuestros cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á losboysde las aceras.Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre, Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien agencias de emigración en esas provincias: elManco, Elicegui, elChiquito, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los Pirineos.Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el caminorecto.—En tanto que otros soñadores vienen á América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.Omnia vanitas.Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo, gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino; y así como el clima delas Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser, es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en elsmoking-room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante! Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés! Cuando pienso que fué por aquí á fundar áSan Francisco!»—Entonces, sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás, es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces: era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico de susbonimentsprofesionales: no he protestado, me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altosribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos indios apaches—the last of the Mohicans!—arrollados en un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco dehickory, vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar casi bonitos esos mamoncitos apaches!Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso. Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento ataque de tos ¡en la carraspera delcrincrínha reconocido el canto de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es elcapela gorrialo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador ... ¿Por medio de quéavatarmisterioso, de qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al curtidominstrel, quien,completamente embrutecido, sordo además como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:yes, sir, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las monedas de diezcents, sin detener su arco las coge con sus labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta con solemnidad—¡Debryan bisaya!—que el viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha, se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á cantar:¡Don Cárlos gureá,Don Cárlos maiteá!¡Ay, ay, ay, mutilac,Capelac gorriac!...Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y mejicanos,waitersy guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de su vida.Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sachém por el gran Manitú: «¡No era este don Carlos, sino elabuelo!» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el camarada aquél!La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un vasto cañón, teniendo áSan Bernardino Rangeá la derecha y áSan Jacintoá la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Loscottagesrojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que la virtud del esfuerzolaborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse, para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos el propio desarrollo de un continente independiente y completo.Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia y venturosa plenitud.Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (seedless) que aquí se apellidanWashington Navel, aunque la variedad haya sido importada de Bahía[21].En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes líneas delSouthern Pacificy delCalifornia S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral dewinter resortsy sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas empenachadas: la solaColton Companyemplea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4000cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!Los Ángeles.Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré en el mismo San Francisco—noestá sugerida solamente por los nombres de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los que están engullendotamales, ó zangarreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre losprominentde hoy ...Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y morales que constituyen,ne varietur, el progreso entendido á la yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus pintorescas residencias y chalets debay windowy gradería exterior; los enormesbuildingsde ocho á quince pisos con fachada de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda la fabricación al por mayor de la «arquitechería»americana. Desde la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura material, desde elMasonic Templehasta el hotelmammothcon sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas, teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cincocents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de manzanas edificadas,—pero,mutatis mutandis, las construcciones públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por fuera, como elNew York HeraldalChicago Herald, como el policeman de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios naturales, los Estados Unidos son un monstruosocliché. De ahí el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para elturistasuperficial, que vaga de calle en calle y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha sucedidoen el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto, precisamente, la mayor parte de lasImpresionesde tantocommis voyageurde la literatura se extasían con exceso ante los colosales montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y, desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida patria del fastidio.En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó conduciendobuggies, pregoneros ysandwichmenexhibiendo reclamos, procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquinadeNorth MainyArcadia street, miro pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota, y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San Francisco. EnSpring street, delante de unConcert Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur de unchampagnecaliforniano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al fin con undining-roomdependiente de una sociedad de templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas; quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé deMadame Favart.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento delSalvation Army, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la pequeña representación bajo la luz eléctrica delHallpecaminoso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo. ¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escudilla,se llena con los cuartos del grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde la ocasión de instruirme, me desliza al oído:¡Son espiritistas!Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee ladoble vista, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas redondas del vecinoHall...El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. Elcañónse ensancha ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y losranchosde ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campestre y anuncian la aproximación de laQueen Citydel Pacífico. Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enormeferry-boattoma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, de carros enganchados, derotisseriesysaloons, de mesas y bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches. Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineadoscontra la pared, aullan infatigablemente los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente deExpressnos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; pronunciamos:Palace Hotel, y asunto concluído. Nos dirigiremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes del mundo—the best in the world—y sobre todo, suprimir el enojo de losimpedimenta, esas batallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.San Francisco.De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable y el lujo flamante delPalace Hotel, con su despliegue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa central:Clean hands and pure heart!Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en este principiodel verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física ... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza, ni la historia, ni la poesía: pero en esteFriscobullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á laguenilleburguesa—al casco material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y delboastinggrosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado llamándoseplacer. No necesito reseñar esa historia fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios, americanos del sud,squattersé indios de las praderas, todos los desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos deMarket streetrecuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (Golden Gate) aChina Basin, los blocks regulares, parcial ó completamente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso; los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; elboomingconvulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías deGolden Gate Parky el Hipódromo, pero los «huecos» agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólicoto letque llama en vano al transeunte. Más que Chicago,Kansas City y otras «ciudades hongos» (mushroom cities) del Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora mismo se inicia elkrachde la plata, cuyas consecuencias generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la California robusta y juvenil.En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el malestar interno. Este magníficoPalace Hotel, que cubre una media manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer subacon and beans,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison.A la tarde, en el espléndidoGolden Gate Parkhormiguean los carruajes y caballos de raza; la elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este momento, ejecuta una selección deMignon; casi todas las jóvenes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar alcloude la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la plañidera romanza:Conné-tiou la pays...?Y este desafinado murmullo, cuyocrescendose acentúa con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson:C’est là que je voudrais vi-i-vre!..Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo losfocos eléctricos, al rumor de las músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tienen templos,restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les dominan con su ruda energía.Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la excursión que hago una noche á laChina town, acompañado de un cónsul extranjero y undetective, cuya presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras deMarket Street—elBroadwayde San Francisco—y bruscamente, á la altura deUnion Square, donde se incorpora el agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso:Tin Yuk, joya celestial,Wa Yun, fuente de flores, etc., etc.Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil y tabletas dechewing-gum; entrevemos en algunas tabernas grupos de magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo arroz con sus palillos como decrochet, jugando á una suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de los Milagros, enNuestra Señora de París...De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abiertasse divisan anchas escaleras labradas y otras salas parecidas á esta....Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo deClay Street—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y palcos para la celestehigh-life; hay una como cazuela con aposentos para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una monótona melopeya. Hemos entradoin medias res—detalle insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—elBarbero de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompañamientode violines, gongos, flautas y tamboriles ... ¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla, inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al parque deGolden Gatey al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin omitir la excursión á San José y alLick Observatorycon su famoso telescopio (the largest in the world); he recorrido concienzudamente las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales delMonde où l’on s’ennuie; he examinado con la debida prolijidad el enorme é inacabadoCity Hall, menos notable por su arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar provendráde mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es de muy pobre psicología ...Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo en pocos meses. Elturismoes el enemigo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo, de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno problema de laWorld’s Fairse resolviese en su favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo de la rueda» (the Hub)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.

XCALIFORNIAPor cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho delpuffatronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de explotación y las agencias territorialesídem, que de consumo multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El «lanzamiento» óboomingdel extremo sudoeste se presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas» para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano, al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, elregalo era mediocre. Á trueque de la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia. ¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, seránservidosá su paladar ...Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste, y del Arizona (Árida zona¡admirable bautismo!) que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cualhaces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas: ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria que bien pudiera ser la oraciónad petendam pluviam. ¡Oh sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona «pagaría», como aquí sedice; pero ¿cuándo?That is the question.En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor empleo de lossuperavitni de conjurar el peligro de la obstrucción metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ... Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú, sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr ingenuamente las peores aventuras!...De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del organismo americano, que desde su centro irradia al punto másextremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía delSouthern Pacific Railroad: en torno de la casilla de «pintado pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles depitch pine, esteras, unrocking-chair, diarios ymagazinessobre una mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su únicaéchappéediaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista!Good bye, Mrs. Paine!» El tren se escurre, y hasta mañana quedará cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse vivir.Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad la lámpara delhomehumilde, donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silencioritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestrocar: se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con el pesar de no abrazarlas ...Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ótres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una parranda conchinasabrutadas ... No es por arriba sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el edificio entero.Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan afligentes como su paisaje. NuestroPullman-carestá obstruído con maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos loscollasde la frontera jujeña, para hacernos entender—pero unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mascan; los que han dejado elchewingnacional apestan el fumadero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con loswaitersnegros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés delEngineer.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo en caso de propina, más que suslanggangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ófórmulas locales: imagináos á nuestros cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á losboysde las aceras.Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre, Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien agencias de emigración en esas provincias: elManco, Elicegui, elChiquito, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los Pirineos.Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el caminorecto.—En tanto que otros soñadores vienen á América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.Omnia vanitas.Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo, gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino; y así como el clima delas Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser, es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en elsmoking-room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante! Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés! Cuando pienso que fué por aquí á fundar áSan Francisco!»—Entonces, sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás, es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces: era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico de susbonimentsprofesionales: no he protestado, me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altosribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos indios apaches—the last of the Mohicans!—arrollados en un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco dehickory, vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar casi bonitos esos mamoncitos apaches!Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso. Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento ataque de tos ¡en la carraspera delcrincrínha reconocido el canto de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es elcapela gorrialo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador ... ¿Por medio de quéavatarmisterioso, de qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al curtidominstrel, quien,completamente embrutecido, sordo además como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:yes, sir, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las monedas de diezcents, sin detener su arco las coge con sus labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta con solemnidad—¡Debryan bisaya!—que el viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha, se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á cantar:¡Don Cárlos gureá,Don Cárlos maiteá!¡Ay, ay, ay, mutilac,Capelac gorriac!...Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y mejicanos,waitersy guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de su vida.Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sachém por el gran Manitú: «¡No era este don Carlos, sino elabuelo!» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el camarada aquél!La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un vasto cañón, teniendo áSan Bernardino Rangeá la derecha y áSan Jacintoá la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Loscottagesrojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que la virtud del esfuerzolaborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse, para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos el propio desarrollo de un continente independiente y completo.Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia y venturosa plenitud.Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (seedless) que aquí se apellidanWashington Navel, aunque la variedad haya sido importada de Bahía[21].En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes líneas delSouthern Pacificy delCalifornia S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral dewinter resortsy sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas empenachadas: la solaColton Companyemplea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4000cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!Los Ángeles.Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré en el mismo San Francisco—noestá sugerida solamente por los nombres de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los que están engullendotamales, ó zangarreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre losprominentde hoy ...Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y morales que constituyen,ne varietur, el progreso entendido á la yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus pintorescas residencias y chalets debay windowy gradería exterior; los enormesbuildingsde ocho á quince pisos con fachada de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda la fabricación al por mayor de la «arquitechería»americana. Desde la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura material, desde elMasonic Templehasta el hotelmammothcon sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas, teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cincocents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de manzanas edificadas,—pero,mutatis mutandis, las construcciones públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por fuera, como elNew York HeraldalChicago Herald, como el policeman de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios naturales, los Estados Unidos son un monstruosocliché. De ahí el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para elturistasuperficial, que vaga de calle en calle y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha sucedidoen el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto, precisamente, la mayor parte de lasImpresionesde tantocommis voyageurde la literatura se extasían con exceso ante los colosales montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y, desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida patria del fastidio.En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó conduciendobuggies, pregoneros ysandwichmenexhibiendo reclamos, procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquinadeNorth MainyArcadia street, miro pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota, y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San Francisco. EnSpring street, delante de unConcert Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur de unchampagnecaliforniano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al fin con undining-roomdependiente de una sociedad de templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas; quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé deMadame Favart.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento delSalvation Army, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la pequeña representación bajo la luz eléctrica delHallpecaminoso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo. ¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escudilla,se llena con los cuartos del grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde la ocasión de instruirme, me desliza al oído:¡Son espiritistas!Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee ladoble vista, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas redondas del vecinoHall...El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. Elcañónse ensancha ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y losranchosde ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campestre y anuncian la aproximación de laQueen Citydel Pacífico. Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enormeferry-boattoma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, de carros enganchados, derotisseriesysaloons, de mesas y bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches. Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineadoscontra la pared, aullan infatigablemente los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente deExpressnos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; pronunciamos:Palace Hotel, y asunto concluído. Nos dirigiremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes del mundo—the best in the world—y sobre todo, suprimir el enojo de losimpedimenta, esas batallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.San Francisco.De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable y el lujo flamante delPalace Hotel, con su despliegue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa central:Clean hands and pure heart!Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en este principiodel verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física ... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza, ni la historia, ni la poesía: pero en esteFriscobullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á laguenilleburguesa—al casco material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y delboastinggrosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado llamándoseplacer. No necesito reseñar esa historia fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios, americanos del sud,squattersé indios de las praderas, todos los desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos deMarket streetrecuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (Golden Gate) aChina Basin, los blocks regulares, parcial ó completamente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso; los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; elboomingconvulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías deGolden Gate Parky el Hipódromo, pero los «huecos» agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólicoto letque llama en vano al transeunte. Más que Chicago,Kansas City y otras «ciudades hongos» (mushroom cities) del Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora mismo se inicia elkrachde la plata, cuyas consecuencias generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la California robusta y juvenil.En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el malestar interno. Este magníficoPalace Hotel, que cubre una media manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer subacon and beans,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison.A la tarde, en el espléndidoGolden Gate Parkhormiguean los carruajes y caballos de raza; la elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este momento, ejecuta una selección deMignon; casi todas las jóvenes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar alcloude la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la plañidera romanza:Conné-tiou la pays...?Y este desafinado murmullo, cuyocrescendose acentúa con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson:C’est là que je voudrais vi-i-vre!..Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo losfocos eléctricos, al rumor de las músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tienen templos,restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les dominan con su ruda energía.Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la excursión que hago una noche á laChina town, acompañado de un cónsul extranjero y undetective, cuya presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras deMarket Street—elBroadwayde San Francisco—y bruscamente, á la altura deUnion Square, donde se incorpora el agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso:Tin Yuk, joya celestial,Wa Yun, fuente de flores, etc., etc.Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil y tabletas dechewing-gum; entrevemos en algunas tabernas grupos de magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo arroz con sus palillos como decrochet, jugando á una suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de los Milagros, enNuestra Señora de París...De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abiertasse divisan anchas escaleras labradas y otras salas parecidas á esta....Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo deClay Street—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y palcos para la celestehigh-life; hay una como cazuela con aposentos para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una monótona melopeya. Hemos entradoin medias res—detalle insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—elBarbero de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompañamientode violines, gongos, flautas y tamboriles ... ¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla, inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al parque deGolden Gatey al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin omitir la excursión á San José y alLick Observatorycon su famoso telescopio (the largest in the world); he recorrido concienzudamente las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales delMonde où l’on s’ennuie; he examinado con la debida prolijidad el enorme é inacabadoCity Hall, menos notable por su arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar provendráde mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es de muy pobre psicología ...Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo en pocos meses. Elturismoes el enemigo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo, de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno problema de laWorld’s Fairse resolviese en su favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo de la rueda» (the Hub)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.

CALIFORNIA

Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho delpuffatronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de explotación y las agencias territorialesídem, que de consumo multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El «lanzamiento» óboomingdel extremo sudoeste se presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas» para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.

Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano, al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, elregalo era mediocre. Á trueque de la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia. ¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, seránservidosá su paladar ...

Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste, y del Arizona (Árida zona¡admirable bautismo!) que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cualhaces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas: ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria que bien pudiera ser la oraciónad petendam pluviam. ¡Oh sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!

Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona «pagaría», como aquí sedice; pero ¿cuándo?That is the question.En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor empleo de lossuperavitni de conjurar el peligro de la obstrucción metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ... Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú, sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr ingenuamente las peores aventuras!...

De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del organismo americano, que desde su centro irradia al punto másextremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía delSouthern Pacific Railroad: en torno de la casilla de «pintado pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles depitch pine, esteras, unrocking-chair, diarios ymagazinessobre una mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su únicaéchappéediaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista!Good bye, Mrs. Paine!» El tren se escurre, y hasta mañana quedará cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse vivir.

Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad la lámpara delhomehumilde, donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silencioritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestrocar: se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con el pesar de no abrazarlas ...

Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ótres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una parranda conchinasabrutadas ... No es por arriba sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el edificio entero.

Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan afligentes como su paisaje. NuestroPullman-carestá obstruído con maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos loscollasde la frontera jujeña, para hacernos entender—pero unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mascan; los que han dejado elchewingnacional apestan el fumadero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con loswaitersnegros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés delEngineer.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo en caso de propina, más que suslanggangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ófórmulas locales: imagináos á nuestros cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á losboysde las aceras.

Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre, Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien agencias de emigración en esas provincias: elManco, Elicegui, elChiquito, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.

Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los Pirineos.

Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el caminorecto.—En tanto que otros soñadores vienen á América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.Omnia vanitas.Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo, gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...

Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino; y así como el clima delas Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...

Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser, es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en elsmoking-room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante! Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés! Cuando pienso que fué por aquí á fundar áSan Francisco!»—Entonces, sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás, es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces: era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico de susbonimentsprofesionales: no he protestado, me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.

El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altosribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos indios apaches—the last of the Mohicans!—arrollados en un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco dehickory, vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar casi bonitos esos mamoncitos apaches!

Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso. Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento ataque de tos ¡en la carraspera delcrincrínha reconocido el canto de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es elcapela gorrialo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador ... ¿Por medio de quéavatarmisterioso, de qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al curtidominstrel, quien,completamente embrutecido, sordo además como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:yes, sir, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las monedas de diezcents, sin detener su arco las coge con sus labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta con solemnidad—¡Debryan bisaya!—que el viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha, se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á cantar:

¡Don Cárlos gureá,Don Cárlos maiteá!¡Ay, ay, ay, mutilac,Capelac gorriac!...

Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y mejicanos,waitersy guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de su vida.

Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sachém por el gran Manitú: «¡No era este don Carlos, sino elabuelo!» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el camarada aquél!

La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un vasto cañón, teniendo áSan Bernardino Rangeá la derecha y áSan Jacintoá la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Loscottagesrojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que la virtud del esfuerzolaborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse, para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos el propio desarrollo de un continente independiente y completo.

Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia y venturosa plenitud.

Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (seedless) que aquí se apellidanWashington Navel, aunque la variedad haya sido importada de Bahía[21].

En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes líneas delSouthern Pacificy delCalifornia S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral dewinter resortsy sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas empenachadas: la solaColton Companyemplea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4000cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!

Los Ángeles.

Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré en el mismo San Francisco—noestá sugerida solamente por los nombres de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los que están engullendotamales, ó zangarreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre losprominentde hoy ...

Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y morales que constituyen,ne varietur, el progreso entendido á la yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus pintorescas residencias y chalets debay windowy gradería exterior; los enormesbuildingsde ocho á quince pisos con fachada de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda la fabricación al por mayor de la «arquitechería»americana. Desde la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura material, desde elMasonic Templehasta el hotelmammothcon sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas, teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cincocents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de manzanas edificadas,—pero,mutatis mutandis, las construcciones públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por fuera, como elNew York HeraldalChicago Herald, como el policeman de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios naturales, los Estados Unidos son un monstruosocliché. De ahí el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para elturistasuperficial, que vaga de calle en calle y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha sucedidoen el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto, precisamente, la mayor parte de lasImpresionesde tantocommis voyageurde la literatura se extasían con exceso ante los colosales montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y, desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida patria del fastidio.

En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó conduciendobuggies, pregoneros ysandwichmenexhibiendo reclamos, procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquinadeNorth MainyArcadia street, miro pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota, y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...

Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San Francisco. EnSpring street, delante de unConcert Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur de unchampagnecaliforniano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al fin con undining-roomdependiente de una sociedad de templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas; quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé deMadame Favart.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento delSalvation Army, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la pequeña representación bajo la luz eléctrica delHallpecaminoso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo. ¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escudilla,se llena con los cuartos del grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde la ocasión de instruirme, me desliza al oído:¡Son espiritistas!Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee ladoble vista, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas redondas del vecinoHall...

El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. Elcañónse ensancha ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y losranchosde ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campestre y anuncian la aproximación de laQueen Citydel Pacífico. Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enormeferry-boattoma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, de carros enganchados, derotisseriesysaloons, de mesas y bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches. Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineadoscontra la pared, aullan infatigablemente los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente deExpressnos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; pronunciamos:Palace Hotel, y asunto concluído. Nos dirigiremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.

Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes del mundo—the best in the world—y sobre todo, suprimir el enojo de losimpedimenta, esas batallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.

San Francisco.

De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable y el lujo flamante delPalace Hotel, con su despliegue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa central:Clean hands and pure heart!Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en este principiodel verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física ... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza, ni la historia, ni la poesía: pero en esteFriscobullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á laguenilleburguesa—al casco material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!

¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y delboastinggrosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado llamándoseplacer. No necesito reseñar esa historia fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios, americanos del sud,squattersé indios de las praderas, todos los desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos deMarket streetrecuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.

Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (Golden Gate) aChina Basin, los blocks regulares, parcial ó completamente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso; los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; elboomingconvulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías deGolden Gate Parky el Hipódromo, pero los «huecos» agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólicoto letque llama en vano al transeunte. Más que Chicago,Kansas City y otras «ciudades hongos» (mushroom cities) del Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora mismo se inicia elkrachde la plata, cuyas consecuencias generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la California robusta y juvenil.

En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el malestar interno. Este magníficoPalace Hotel, que cubre una media manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer subacon and beans,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison.A la tarde, en el espléndidoGolden Gate Parkhormiguean los carruajes y caballos de raza; la elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este momento, ejecuta una selección deMignon; casi todas las jóvenes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar alcloude la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la plañidera romanza:

Conné-tiou la pays...?

Y este desafinado murmullo, cuyocrescendose acentúa con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson:C’est là que je voudrais vi-i-vre!..

Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo losfocos eléctricos, al rumor de las músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tienen templos,restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les dominan con su ruda energía.

Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la excursión que hago una noche á laChina town, acompañado de un cónsul extranjero y undetective, cuya presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras deMarket Street—elBroadwayde San Francisco—y bruscamente, á la altura deUnion Square, donde se incorpora el agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso:Tin Yuk, joya celestial,Wa Yun, fuente de flores, etc., etc.Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil y tabletas dechewing-gum; entrevemos en algunas tabernas grupos de magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo arroz con sus palillos como decrochet, jugando á una suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de los Milagros, enNuestra Señora de París...

De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abiertasse divisan anchas escaleras labradas y otras salas parecidas á esta....

Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo deClay Street—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y palcos para la celestehigh-life; hay una como cazuela con aposentos para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una monótona melopeya. Hemos entradoin medias res—detalle insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—elBarbero de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompañamientode violines, gongos, flautas y tamboriles ... ¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla, inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...

Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al parque deGolden Gatey al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin omitir la excursión á San José y alLick Observatorycon su famoso telescopio (the largest in the world); he recorrido concienzudamente las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales delMonde où l’on s’ennuie; he examinado con la debida prolijidad el enorme é inacabadoCity Hall, menos notable por su arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar provendráde mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es de muy pobre psicología ...

Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo en pocos meses. Elturismoes el enemigo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo, de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno problema de laWorld’s Fairse resolviese en su favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo de la rueda» (the Hub)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.


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