PREFACIOAlgunas de estas páginas han visto la luz enLa Naciónde Buenos Aires, otras enLa Biblioteca; el resto es inédito. Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto.De desear sería que el escritor observase el precepto de Horacio,estacionandosu obra recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué, para quién?Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas contra el invencible olvido.Debemur morti.Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima parte de esosingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es antetodo un cementerio: contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal: no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída, cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien pretende vincular un hecho actual á suúnicacausa lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos: es un faro de salvación para la nave perdidaque corría á estrellarse en la costa ...Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de su programa, Homero y Virgilio no saldrán más delGötterdämmerung, en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de verassino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez en laIlíaday laDivina Commedia, como en San Pedro de Roma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa de relaciones brillantes con esehigh lifeartístico. Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber.Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de «gloria»,esperanza de lucro ó estímulo de amor propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la hospitalidad.Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla. Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única venganza.En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda,en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y deficiencias, este es un libro de buena fe.Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exactamentecomo las líneas de las altas cumbres y deldivortium aquarumde las cordilleras fronterizas: todo el mundo las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto dedogma, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocupación:dogmano significa más queopiniónóparecer.Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma laopiniónsincera y personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo ante lascosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. Elconsensus omniumes la contraseña de nuestra domesticidad mental. No hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se difunde por el periódico.Ha dicho Amiel:un paisaje es un estado de alma. La fórmula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva:ars, sive additus rebus homo. El arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando deimpresiones de viajese trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del viajero.Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, mejor dicho, denuances—pues es muy natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable que en el sigloXX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ochoestadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos. Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre lariquezapresente de un instrumento secular, aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, desconocen los términos de la cuestión.No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores: vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan vivaá las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación ...Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta perde los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero ¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario: lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilicalde la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo y Junín?No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio: lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ódébouchésde la productora exuberante. Son países civilizados—por ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables para la civilizacióneuropea; puede que constituyan depósitos en reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese león delParaíso Perdido, que entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo que quizá no quiera entender ...Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe católica,vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron antes de recibir el bautismo.Pero es tarde ya:Liber, ibis in urbem!... ¡Que cumpla su destino y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...
PREFACIOAlgunas de estas páginas han visto la luz enLa Naciónde Buenos Aires, otras enLa Biblioteca; el resto es inédito. Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto.De desear sería que el escritor observase el precepto de Horacio,estacionandosu obra recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué, para quién?Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas contra el invencible olvido.Debemur morti.Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima parte de esosingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es antetodo un cementerio: contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal: no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída, cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien pretende vincular un hecho actual á suúnicacausa lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos: es un faro de salvación para la nave perdidaque corría á estrellarse en la costa ...Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de su programa, Homero y Virgilio no saldrán más delGötterdämmerung, en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de verassino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez en laIlíaday laDivina Commedia, como en San Pedro de Roma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa de relaciones brillantes con esehigh lifeartístico. Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber.Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de «gloria»,esperanza de lucro ó estímulo de amor propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la hospitalidad.Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla. Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única venganza.En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda,en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y deficiencias, este es un libro de buena fe.Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exactamentecomo las líneas de las altas cumbres y deldivortium aquarumde las cordilleras fronterizas: todo el mundo las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto dedogma, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocupación:dogmano significa más queopiniónóparecer.Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma laopiniónsincera y personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo ante lascosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. Elconsensus omniumes la contraseña de nuestra domesticidad mental. No hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se difunde por el periódico.Ha dicho Amiel:un paisaje es un estado de alma. La fórmula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva:ars, sive additus rebus homo. El arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando deimpresiones de viajese trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del viajero.Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, mejor dicho, denuances—pues es muy natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable que en el sigloXX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ochoestadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos. Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre lariquezapresente de un instrumento secular, aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, desconocen los términos de la cuestión.No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores: vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan vivaá las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación ...Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta perde los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero ¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario: lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilicalde la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo y Junín?No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio: lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ódébouchésde la productora exuberante. Son países civilizados—por ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables para la civilizacióneuropea; puede que constituyan depósitos en reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese león delParaíso Perdido, que entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo que quizá no quiera entender ...Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe católica,vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron antes de recibir el bautismo.Pero es tarde ya:Liber, ibis in urbem!... ¡Que cumpla su destino y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...
Algunas de estas páginas han visto la luz enLa Naciónde Buenos Aires, otras enLa Biblioteca; el resto es inédito. Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.
Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto.De desear sería que el escritor observase el precepto de Horacio,estacionandosu obra recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué, para quién?
Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas contra el invencible olvido.Debemur morti.Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima parte de esosingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.
Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es antetodo un cementerio: contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal: no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída, cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien pretende vincular un hecho actual á suúnicacausa lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos: es un faro de salvación para la nave perdidaque corría á estrellarse en la costa ...
Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!
Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de su programa, Homero y Virgilio no saldrán más delGötterdämmerung, en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de verassino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez en laIlíaday laDivina Commedia, como en San Pedro de Roma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa de relaciones brillantes con esehigh lifeartístico. Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber.
Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de «gloria»,esperanza de lucro ó estímulo de amor propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la hospitalidad.
Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla. Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única venganza.
En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.
Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda,en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y deficiencias, este es un libro de buena fe.
Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exactamentecomo las líneas de las altas cumbres y deldivortium aquarumde las cordilleras fronterizas: todo el mundo las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto dedogma, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocupación:dogmano significa más queopiniónóparecer.
Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma laopiniónsincera y personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo ante lascosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. Elconsensus omniumes la contraseña de nuestra domesticidad mental. No hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se difunde por el periódico.
Ha dicho Amiel:un paisaje es un estado de alma. La fórmula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva:ars, sive additus rebus homo. El arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando deimpresiones de viajese trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del viajero.
Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...
Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, mejor dicho, denuances—pues es muy natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable que en el sigloXX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ochoestadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos. Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre lariquezapresente de un instrumento secular, aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, desconocen los términos de la cuestión.
No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores: vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan vivaá las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.
Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación ...
Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta perde los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero ¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario: lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?
Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilicalde la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo y Junín?
No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio: lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ódébouchésde la productora exuberante. Son países civilizados—por ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...
Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables para la civilizacióneuropea; puede que constituyan depósitos en reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese león delParaíso Perdido, que entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo que quizá no quiera entender ...
Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe católica,vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron antes de recibir el bautismo.
Pero es tarde ya:Liber, ibis in urbem!... ¡Que cumpla su destino y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...