VI

VIDE COLÓN Á VERACRUZBELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁNEl vaporEngineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejocargo-boatde excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueñoslustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, elstewardme enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante:A slice of bacon, sir?¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como unñandú. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa enel cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo:cella continuata dulcescit, que dice laImitación. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—All’s well!—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tampor el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...Belize.Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido esederecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ...En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital delBritish Honduras, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros delEngineer: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de carambolas para esperar la bajada del sol!Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: elhomebritánico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielopálido; las palmeras reales dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á mangles purpurinos. En unaverandá, sobre el balcón donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un mono suelto.En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan: jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de corcho delpoliceman. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente alcricket. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto, que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito:fish!en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta comouna cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del alemán «carambolero».Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir:fiant tenebræ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: esSaint-Mary’s Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me será abonada en cuenta. Voy á lachurch.Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba; en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sencillo,dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombreroGainsborough. Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar; rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco de una mujer de pastor!Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de Promisión:A land of sacred libertyAnd endless rest...El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos: los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañíalimitedque tuviera en el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las vocesenergy,struggle,victory,civilization, retumban como los ¡quién vive! de unnocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgullosocivis sum romanusestalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y me traen reminiscencias de laOración por todosde Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha?Solo,olo, solo en el vasto mar ...¿por qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo marinero inglés?[9]¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas quecon nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que, sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:Remember all who love theeAnd who are loved by thee;Pray, too, for those who hate thee,If any such there be...«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible, aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos cometer:los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho sufrir ...Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:Then, for thyself in meekness,A blessing humbly claim...Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas gratuítas de la naturaleza:Ecce hæreditas Domini!Antes de la tarea concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!Progreso.—Mérida de Yucatán.Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco, física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones inglesas—sin que falte el inevitableHome, sweet home!—que la madre acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de SantaAna; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas deDon Pasquale, delElisire d’amore, de laSonnámbula. Estoy aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla elBarbero, de Rossini. Pero, después delEcco ridente, ya no resisto más. Á grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral deUna voce poco fa, para decirle resueltamente: «Vea usted,dóctor, si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de Mérida del Yucatán.Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición: en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina:sub umbra alarum protege me. Dejo colgarmi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las calles de la dispersa población, circulan las vagonetasdecauville, transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación: ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. ¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevansobre elhuipilescotado y sin mangas el cortofustáncon franja de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto de ferocidad. Segun elArte del idioma maya, que he adquirido á peso de henequén: «amar» se diceOcobxhal; la «querida», responde á este suave llamado:Ixkakatnatzucil—también ¡así será ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba correctamenteMalintzín.Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco, inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, viendoque no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso», prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios: todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas: la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización: rifas, caballos de palo,órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos, con sutxin txinde grillo próximo á cantar, me produce el efecto del maya más castizo.La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas—¿por qué será que latoilettematinal incita á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para su hija, que tiene escuela.Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.» Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible.Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata, ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe «un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me contesta que, por la marejada, elEngineerno concluirá su descarga hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad?No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he visto en Sud-América, me apeo en lassorbeterías, en una «Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida ... ¡llego hasta comprar unaHistoria y geografía del Yucatán: me siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una copa de «cognac» en la derecha. El libro es laQuímicade Pelouze y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar henequén!En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmarque las «hazañas espartanas» (página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos secretos ...Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha despachado ya su último bote con la correspondencia; elEngineertiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?» contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡queuna vezfué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela y me grita:¡agárrese, señor!Siento un formidableflic-flacde la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta másy más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz tranquila del patrón:¡Échale un cabo!Me sacudo y asomo la cabeza: elEngineersurge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita:Allow him to come up alone!(¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena,alone! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me lleva á comer:A slice of bacon, sir?—y de puro asustado trago el tocino sin mascar ...

VIDE COLÓN Á VERACRUZBELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁNEl vaporEngineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejocargo-boatde excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueñoslustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, elstewardme enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante:A slice of bacon, sir?¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como unñandú. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa enel cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo:cella continuata dulcescit, que dice laImitación. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—All’s well!—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tampor el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...Belize.Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido esederecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ...En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital delBritish Honduras, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros delEngineer: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de carambolas para esperar la bajada del sol!Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: elhomebritánico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielopálido; las palmeras reales dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á mangles purpurinos. En unaverandá, sobre el balcón donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un mono suelto.En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan: jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de corcho delpoliceman. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente alcricket. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto, que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito:fish!en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta comouna cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del alemán «carambolero».Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir:fiant tenebræ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: esSaint-Mary’s Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me será abonada en cuenta. Voy á lachurch.Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba; en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sencillo,dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombreroGainsborough. Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar; rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco de una mujer de pastor!Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de Promisión:A land of sacred libertyAnd endless rest...El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos: los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañíalimitedque tuviera en el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las vocesenergy,struggle,victory,civilization, retumban como los ¡quién vive! de unnocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgullosocivis sum romanusestalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y me traen reminiscencias de laOración por todosde Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha?Solo,olo, solo en el vasto mar ...¿por qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo marinero inglés?[9]¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas quecon nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que, sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:Remember all who love theeAnd who are loved by thee;Pray, too, for those who hate thee,If any such there be...«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible, aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos cometer:los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho sufrir ...Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:Then, for thyself in meekness,A blessing humbly claim...Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas gratuítas de la naturaleza:Ecce hæreditas Domini!Antes de la tarea concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!Progreso.—Mérida de Yucatán.Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco, física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones inglesas—sin que falte el inevitableHome, sweet home!—que la madre acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de SantaAna; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas deDon Pasquale, delElisire d’amore, de laSonnámbula. Estoy aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla elBarbero, de Rossini. Pero, después delEcco ridente, ya no resisto más. Á grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral deUna voce poco fa, para decirle resueltamente: «Vea usted,dóctor, si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de Mérida del Yucatán.Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición: en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina:sub umbra alarum protege me. Dejo colgarmi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las calles de la dispersa población, circulan las vagonetasdecauville, transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación: ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. ¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevansobre elhuipilescotado y sin mangas el cortofustáncon franja de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto de ferocidad. Segun elArte del idioma maya, que he adquirido á peso de henequén: «amar» se diceOcobxhal; la «querida», responde á este suave llamado:Ixkakatnatzucil—también ¡así será ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba correctamenteMalintzín.Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco, inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, viendoque no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso», prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios: todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas: la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización: rifas, caballos de palo,órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos, con sutxin txinde grillo próximo á cantar, me produce el efecto del maya más castizo.La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas—¿por qué será que latoilettematinal incita á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para su hija, que tiene escuela.Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.» Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible.Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata, ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe «un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me contesta que, por la marejada, elEngineerno concluirá su descarga hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad?No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he visto en Sud-América, me apeo en lassorbeterías, en una «Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida ... ¡llego hasta comprar unaHistoria y geografía del Yucatán: me siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una copa de «cognac» en la derecha. El libro es laQuímicade Pelouze y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar henequén!En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmarque las «hazañas espartanas» (página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos secretos ...Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha despachado ya su último bote con la correspondencia; elEngineertiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?» contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡queuna vezfué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela y me grita:¡agárrese, señor!Siento un formidableflic-flacde la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta másy más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz tranquila del patrón:¡Échale un cabo!Me sacudo y asomo la cabeza: elEngineersurge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita:Allow him to come up alone!(¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena,alone! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me lleva á comer:A slice of bacon, sir?—y de puro asustado trago el tocino sin mascar ...

DE COLÓN Á VERACRUZ

BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN

El vaporEngineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejocargo-boatde excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueñoslustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.

La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, elstewardme enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante:A slice of bacon, sir?¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....

¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como unñandú. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa enel cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....

El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.

Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo:cella continuata dulcescit, que dice laImitación. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—All’s well!—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tampor el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...

Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...

Belize.

Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido esederecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:

Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ...

En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital delBritish Honduras, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros delEngineer: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...

Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.

Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de carambolas para esperar la bajada del sol!

Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: elhomebritánico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielopálido; las palmeras reales dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á mangles purpurinos. En unaverandá, sobre el balcón donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un mono suelto.

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan: jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de corcho delpoliceman. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente alcricket. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto, que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito:fish!en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta comouna cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del alemán «carambolero».

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir:fiant tenebræ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: esSaint-Mary’s Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me será abonada en cuenta. Voy á lachurch.

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba; en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sencillo,dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.

He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombreroGainsborough. Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar; rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco de una mujer de pastor!

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de Promisión:

A land of sacred libertyAnd endless rest...

El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos: los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañíalimitedque tuviera en el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las vocesenergy,struggle,victory,civilization, retumban como los ¡quién vive! de unnocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgullosocivis sum romanusestalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!

Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y me traen reminiscencias de laOración por todosde Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha?Solo,olo, solo en el vasto mar ...¿por qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo marinero inglés?[9]¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...

El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas quecon nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que, sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:

Remember all who love theeAnd who are loved by thee;Pray, too, for those who hate thee,If any such there be...

«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible, aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos cometer:los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho sufrir ...

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:

Then, for thyself in meekness,A blessing humbly claim...

Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas gratuítas de la naturaleza:Ecce hæreditas Domini!Antes de la tarea concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!

Progreso.—Mérida de Yucatán.

Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco, física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones inglesas—sin que falte el inevitableHome, sweet home!—que la madre acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de SantaAna; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas deDon Pasquale, delElisire d’amore, de laSonnámbula. Estoy aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla elBarbero, de Rossini. Pero, después delEcco ridente, ya no resisto más. Á grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral deUna voce poco fa, para decirle resueltamente: «Vea usted,dóctor, si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de Mérida del Yucatán.

Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición: en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...

El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina:sub umbra alarum protege me. Dejo colgarmi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las calles de la dispersa población, circulan las vagonetasdecauville, transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación: ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. ¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?

Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevansobre elhuipilescotado y sin mangas el cortofustáncon franja de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto de ferocidad. Segun elArte del idioma maya, que he adquirido á peso de henequén: «amar» se diceOcobxhal; la «querida», responde á este suave llamado:Ixkakatnatzucil—también ¡así será ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba correctamenteMalintzín.

Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco, inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, viendoque no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso», prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios: todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas: la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.

Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización: rifas, caballos de palo,órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos, con sutxin txinde grillo próximo á cantar, me produce el efecto del maya más castizo.

La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas—¿por qué será que latoilettematinal incita á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para su hija, que tiene escuela.

Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.» Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible.Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...

Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata, ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe «un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.

¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me contesta que, por la marejada, elEngineerno concluirá su descarga hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.

Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad?No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he visto en Sud-América, me apeo en lassorbeterías, en una «Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida ... ¡llego hasta comprar unaHistoria y geografía del Yucatán: me siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una copa de «cognac» en la derecha. El libro es laQuímicade Pelouze y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar henequén!

En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmarque las «hazañas espartanas» (página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos secretos ...

Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha despachado ya su último bote con la correspondencia; elEngineertiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?» contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡queuna vezfué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela y me grita:¡agárrese, señor!Siento un formidableflic-flacde la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta másy más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz tranquila del patrón:¡Échale un cabo!Me sacudo y asomo la cabeza: elEngineersurge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita:Allow him to come up alone!(¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena,alone! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me lleva á comer:A slice of bacon, sir?—y de puro asustado trago el tocino sin mascar ...


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