VIIDE VERACRUZ Á MÉJICODespués de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y Mérida,—cuando el capitán delEngineerme enseña en la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac, cuéstame algún trabajo recordar quevuelvoá tocar en Méjico. ¡Son tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del calórico.Los griegos confundíanistmoyestrechobajo una sola designación. No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino separadas por el mar:Oceano dissociabili, decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, elextranjero, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente: el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la civilización.Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitariadel gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10]Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor: el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—unaHistoria política del Yucatán, en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas democracias hispano-calientes?En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromasde Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado derechos enormescontrala exportación del henequén: es su manera de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en dos días de navegación.Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.Veracruz.Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pantanoso y la incuria malsana.Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado,IndependenciayLibertad(¡naturalmente!), que se herrumbran en el fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cubiertadelIndependencia, juegan á empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo ...Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestroEngineer. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano á mis carceleros (A slice of bacon, sir?), y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho: ¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso superior á la de lossacalaguaslimeños! Ante esteciceronecon aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar misveníychéargentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner miscosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia elHotel Universal, detrás de mi carriola: queda á dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un carruaje en todo el malecón.El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción ... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la Martinica.El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter «propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto elenrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil veces peor que la inerte suciedad. Unafadeurnauseosa de hospital y cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia; me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar delTeatro crítico,roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del autor!—y caigo en el conocido artículo deLos españoles americanos, donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente Padre Feijóo!...Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:Contémplame: mi nombre esPudo-ser;También me llamoNunca,Adios,Es-tarde![12]Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de veinte años y ofrecidos comoex-votode penitencia ó gratitud.El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos: naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casilimpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y, sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación con esta ú otra salida:¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!...Quedo aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo algunos bocados, sin mirarlos demasiado.La fonda—the leading hotel, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía» de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto, después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza naturalse presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡loscroque-mortsde la ornitología!Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para un programa depalomasyzapateados, están en situación. El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía «selecciones» italianas ó «perlas de salón».El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones; se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrechadonde cae una trenza maciza; un encanto mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la noche un poco de vida facticia yfalotealegría.Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta función al aire libre, entre loscharacteristicsde Veracruz![13]Pero lo que arrebata al público, es laMarinasentimental y cursi que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéutico en una boca de mujer:¡Qué jarabe!—Son sinceros; experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la misma sensación estética que otros ante elallegrettode la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan yalgodonanlas quejas desgarradoras de un pistón frenético:En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!...Me duermo á medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes inalterables:Nodier raconte qu’en EspagneTrois officiers, cherchant un soirUne venta dans la campagne...El Anáhuac.Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de infectos pantanos, donde algunosjacalestechados de palma me traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable, con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre la roca viva, con no sé quéprisa por escapar de los lazos de esas «tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas próximas.Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de 330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de aplaudir!Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se presentasucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo que por algún tiempo no me harán falta ...Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres.¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, unSalve magna parensvaga en mis labios, que se dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus campos de producción inagotable.Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún: lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel dabreve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de unmorituride gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía loscaseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa delbordjargelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del néctar divino: aquello se intitulaLa invención del Pulque, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no es para mí flaca satisfacción el que migustoconcuerde con el de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa como la bebida—y recíprocamente.La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura y el cielo gris; nada que leer, fuerade un papelucho de Veracruz que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío ... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos, donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros: 5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer! Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batíaà plate coutureal victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se hallenado de mejicanos. Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan dócilmente á su don Porfirio?El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me envuelvo en elzarapeque he comprado á un buhonero y, desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar. ¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:Petit pioupiou,Soldat d’un sou,Qu’as-tu rapporté du Mexique?...¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos yagentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine, Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15]en que se emite este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón IIIreleva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien. ¡Un trono sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un reguero de derrotas.Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ellamenos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad ...De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de laNochetriste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante elcalderónde tres minutos de la locomotora ...Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido; temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra:¡Cuidado con el tifus de Méjico!—¿Cómo, todavía?
VIIDE VERACRUZ Á MÉJICODespués de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y Mérida,—cuando el capitán delEngineerme enseña en la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac, cuéstame algún trabajo recordar quevuelvoá tocar en Méjico. ¡Son tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del calórico.Los griegos confundíanistmoyestrechobajo una sola designación. No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino separadas por el mar:Oceano dissociabili, decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, elextranjero, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente: el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la civilización.Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitariadel gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10]Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor: el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—unaHistoria política del Yucatán, en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas democracias hispano-calientes?En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromasde Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado derechos enormescontrala exportación del henequén: es su manera de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en dos días de navegación.Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.Veracruz.Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pantanoso y la incuria malsana.Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado,IndependenciayLibertad(¡naturalmente!), que se herrumbran en el fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cubiertadelIndependencia, juegan á empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo ...Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestroEngineer. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano á mis carceleros (A slice of bacon, sir?), y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho: ¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso superior á la de lossacalaguaslimeños! Ante esteciceronecon aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar misveníychéargentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner miscosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia elHotel Universal, detrás de mi carriola: queda á dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un carruaje en todo el malecón.El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción ... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la Martinica.El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter «propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto elenrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil veces peor que la inerte suciedad. Unafadeurnauseosa de hospital y cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia; me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar delTeatro crítico,roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del autor!—y caigo en el conocido artículo deLos españoles americanos, donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente Padre Feijóo!...Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:Contémplame: mi nombre esPudo-ser;También me llamoNunca,Adios,Es-tarde![12]Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de veinte años y ofrecidos comoex-votode penitencia ó gratitud.El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos: naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casilimpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y, sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación con esta ú otra salida:¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!...Quedo aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo algunos bocados, sin mirarlos demasiado.La fonda—the leading hotel, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía» de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto, después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza naturalse presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡loscroque-mortsde la ornitología!Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para un programa depalomasyzapateados, están en situación. El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía «selecciones» italianas ó «perlas de salón».El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones; se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrechadonde cae una trenza maciza; un encanto mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la noche un poco de vida facticia yfalotealegría.Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta función al aire libre, entre loscharacteristicsde Veracruz![13]Pero lo que arrebata al público, es laMarinasentimental y cursi que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéutico en una boca de mujer:¡Qué jarabe!—Son sinceros; experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la misma sensación estética que otros ante elallegrettode la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan yalgodonanlas quejas desgarradoras de un pistón frenético:En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!...Me duermo á medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes inalterables:Nodier raconte qu’en EspagneTrois officiers, cherchant un soirUne venta dans la campagne...El Anáhuac.Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de infectos pantanos, donde algunosjacalestechados de palma me traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable, con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre la roca viva, con no sé quéprisa por escapar de los lazos de esas «tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas próximas.Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de 330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de aplaudir!Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se presentasucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo que por algún tiempo no me harán falta ...Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres.¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, unSalve magna parensvaga en mis labios, que se dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus campos de producción inagotable.Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún: lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel dabreve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de unmorituride gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía loscaseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa delbordjargelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del néctar divino: aquello se intitulaLa invención del Pulque, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no es para mí flaca satisfacción el que migustoconcuerde con el de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa como la bebida—y recíprocamente.La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura y el cielo gris; nada que leer, fuerade un papelucho de Veracruz que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío ... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos, donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros: 5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer! Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batíaà plate coutureal victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se hallenado de mejicanos. Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan dócilmente á su don Porfirio?El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me envuelvo en elzarapeque he comprado á un buhonero y, desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar. ¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:Petit pioupiou,Soldat d’un sou,Qu’as-tu rapporté du Mexique?...¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos yagentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine, Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15]en que se emite este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón IIIreleva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien. ¡Un trono sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un reguero de derrotas.Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ellamenos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad ...De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de laNochetriste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante elcalderónde tres minutos de la locomotora ...Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido; temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra:¡Cuidado con el tifus de Méjico!—¿Cómo, todavía?
DE VERACRUZ Á MÉJICO
Después de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y Mérida,—cuando el capitán delEngineerme enseña en la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac, cuéstame algún trabajo recordar quevuelvoá tocar en Méjico. ¡Son tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del calórico.
Los griegos confundíanistmoyestrechobajo una sola designación. No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino separadas por el mar:Oceano dissociabili, decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, elextranjero, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente: el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la civilización.
Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitariadel gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10]Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor: el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—unaHistoria política del Yucatán, en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas democracias hispano-calientes?
En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromasde Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!
La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado derechos enormescontrala exportación del henequén: es su manera de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en dos días de navegación.
Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.
Veracruz.
Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pantanoso y la incuria malsana.
Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado,IndependenciayLibertad(¡naturalmente!), que se herrumbran en el fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cubiertadelIndependencia, juegan á empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo ...
Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestroEngineer. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano á mis carceleros (A slice of bacon, sir?), y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho: ¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso superior á la de lossacalaguaslimeños! Ante esteciceronecon aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar misveníychéargentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.
En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner miscosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia elHotel Universal, detrás de mi carriola: queda á dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un carruaje en todo el malecón.
El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción ... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la Martinica.
El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter «propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto elenrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil veces peor que la inerte suciedad. Unafadeurnauseosa de hospital y cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia; me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...
Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar delTeatro crítico,roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del autor!—y caigo en el conocido artículo deLos españoles americanos, donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente Padre Feijóo!...
Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:
Contémplame: mi nombre esPudo-ser;También me llamoNunca,Adios,Es-tarde![12]
Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de veinte años y ofrecidos comoex-votode penitencia ó gratitud.
El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos: naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casilimpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y, sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación con esta ú otra salida:¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!...Quedo aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo algunos bocados, sin mirarlos demasiado.
La fonda—the leading hotel, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía» de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto, después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza naturalse presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡loscroque-mortsde la ornitología!
Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para un programa depalomasyzapateados, están en situación. El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía «selecciones» italianas ó «perlas de salón».
El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones; se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrechadonde cae una trenza maciza; un encanto mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la noche un poco de vida facticia yfalotealegría.
Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta función al aire libre, entre loscharacteristicsde Veracruz![13]Pero lo que arrebata al público, es laMarinasentimental y cursi que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéutico en una boca de mujer:¡Qué jarabe!—Son sinceros; experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la misma sensación estética que otros ante elallegrettode la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan yalgodonanlas quejas desgarradoras de un pistón frenético:En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!...Me duermo á medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes inalterables:
Nodier raconte qu’en EspagneTrois officiers, cherchant un soirUne venta dans la campagne...
El Anáhuac.
Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de infectos pantanos, donde algunosjacalestechados de palma me traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable, con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!
La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre la roca viva, con no sé quéprisa por escapar de los lazos de esas «tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas próximas.
Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de 330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de aplaudir!
Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se presentasucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo que por algún tiempo no me harán falta ...
Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres.¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!
Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, unSalve magna parensvaga en mis labios, que se dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus campos de producción inagotable.
Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún: lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel dabreve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de unmorituride gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.
En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!
Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía loscaseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa delbordjargelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del néctar divino: aquello se intitulaLa invención del Pulque, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no es para mí flaca satisfacción el que migustoconcuerde con el de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa como la bebida—y recíprocamente.
La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura y el cielo gris; nada que leer, fuerade un papelucho de Veracruz que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío ... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos, donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros: 5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer! Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batíaà plate coutureal victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...
Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se hallenado de mejicanos. Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan dócilmente á su don Porfirio?
El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me envuelvo en elzarapeque he comprado á un buhonero y, desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar. ¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:
Petit pioupiou,Soldat d’un sou,
Qu’as-tu rapporté du Mexique?...
¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos yagentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine, Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.
¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15]en que se emite este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón IIIreleva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien. ¡Un trono sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un reguero de derrotas.
Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ellamenos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad ...
De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de laNochetriste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante elcalderónde tres minutos de la locomotora ...
Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido; temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra:¡Cuidado con el tifus de Méjico!—¿Cómo, todavía?