VIIIMÉJICONo he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocidosorochede la Puna boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido que elapunamientono guarda proporcion con la altitud absoluta: es posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas del mundo.Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido enla esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de reclusión en elHotel Iturbide, fueron misrelevaillesdirigirme á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo?En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é intactode la sociología colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetesyankeesde la vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante deself-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta ádar cuenta de la indiferencia popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros, nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional. Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya de diez siglos,—Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ... Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte generaciones encadenadas.El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional: este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes antecolombianosy aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia europeas.¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de nuestro parlamento.Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias secularesque veníais á buscar.Etiam periere ruinæ.Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía, derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento:nomina, numina. El «Palacio Nacional», que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no merecenmención artística sino elHidalgode Ramírez y elAristade Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda, la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la evocación.Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la «reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión. Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica ylos ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de desastre y horror.A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de acero de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano saliese triunfante de la formidable aventura americana, era menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante varias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino el desprecio feroz y verdaderamentesemíticopor la sangre del idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de latierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y religión: por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pacífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de pie, pidiendo otras conquistas,quœrens quem devoretcomo el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coincidencia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la propia carne y substancia activase el principio del suicidio: Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimiento de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva é inmediata contra el Islam, en Africa y el Oriente. Fatalmente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico camino de «Cipango», los indios americanos eran reos de un delito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sabuesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla—¡civilizados!Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter español. Toda la Edad Media ha sido feroz;homo homini lupus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su semitismo originario el del largo contacto arábigo, España sufrió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama europeo en su acto menos humano y civilizador: la propaganda á sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica profunda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la decadencia material y moral de su implacable enemigo.En lo que atañe al exterminio americano, hay que advertirtambién, en descargo de los conquistadores, que entonces, mucho más que después, el soldado vivía del botín y del saqueo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil,—y más que civil, como diría el español Lucano,—se hizo muy visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la destrucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil. De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes de ser una mina, la América fué un exutorio. Durante un siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estrecha y holgada: aventureros valientes y fanáticos—sin camisa tal vez, mas nunca sin escapulario—y, en suma, tan incapaces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la palabrapiedadno tenía más significado que el de devoción.Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza humana. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia de ambos elementos sexuales: el concurso de la gracia y de la fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana. Con razón la vozdisciplinaes tan monástica cuanto militar: un campamento es un convento abierto. Para la creación artística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la frailería. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas—gritos líricos como en los salmos hebráicos: no hay poema de claustro ni de cuartel.El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cortés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca delelemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guatimozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético. Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad compacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la traición y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimidos, á la fuga tenebrosa de los opresores por la calzada de Méjico, á las angustias de la «Noche Triste». ¡Al fin tienen su hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz! Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que visitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre parapetada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorprendidos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de hambre y fatiga, con sus heridas recientes «de refresco» á las de ayer; derrochando sin esperanza de gloria personal su monstruoso heroísmo; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso y de la fama, sus fabulosas proezas sin testigos ¡tan ignoradas como relámpagos en el mar!... Aquí es donde hay que oir la voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias hazañas[16]. Después de transcurridos cuarenta años, el veterano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos, interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre: se despierta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas decronista aprendiz; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, dejando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borbotones sus relinchos de guerra, ¡manoseando lo sublime con la inconsciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo campeador!...Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicionales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello consuela un poco de las actualidades monumentales, del gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por esos portales sus ridículos trajes de «charros», de los letreros en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomenclatura azteca: de todo lo artificial, intruso y postizo que ha quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico sin reemplazarlo con otro nuevo.La catedral es imponente y bella, á despecho de sus incoherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y empequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, reviste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y moriscos de la fábrica; del propio modo que las estátuas colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento de las cúpulas, parecen tender la mano á las Virtudes teologales de los campanarios. Por todas partes las armas dela República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el chillido advenedizo de la «Reforma liberal»: sólo falta el medallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.El gran interés del «Museo Nacional» consiste naturalmente en sus antigüedades aztecas; pero no satisface plenamente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo. Sus reliquias más famosas, laPiedra del sol, elIndio triste, los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que llamaré trunco y fragmentario: no se ve desfilar la historia eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escuela de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á la reacción progresista de Carlos III, cuyo reinado fué una tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verdaderas corrientes nacionales y bajo la presión directa del filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo, así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo-volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías—especialmente las dos primeras—contienen cuadros interesantes de la escuela hispano-mejicana del sigloXVII: Herrera, López, el indio Cabrera; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la Sumaya, tiene un curiosoSan Sebastiánen la catedral): eran ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera galería se compone de cuadros «atribuídos» á Rubens, Murillo, Velázquez, Van Dyck, etc.—En general, delante de una colección americana de grandes maestros antiguos con firma «auténtica», debéis conservar preciosamente vuestra duda. Pero si los cuadros son «atribuídos», cualquiera duda sería ofensiva y casi criminal: creed á pie juntillas en su legítima procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París.En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece generalmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la América española, que confunde la declamación con la elocuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aquéllos, y no pretenderé disuadirlos: son realmente «escuelas» primarias de un arte que parece oficio,—eternos aprendizajes de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspiración original ni á la plena maestría.He hecho dos visitas á la Biblioteca nacional. Ocupa el macizo y vasto convento de San Agustín; la fachada es de aspecto imponente con sus columnas y bajos relieves; un jardín conduce al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la antigua nave mayor; los depósitos llenan las capillas laterales: y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas, antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil cubre las mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, para demostrar que ¡el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier otra cosa es inmortal! Y esa cosa está vagamente simbolizada por una serie de gigantescos yesos que representan—ressemblance garantie—á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes, Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad de «personificaciones de la sabiduría». ¿Habéis notado que esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio representando á la filosofia antigua y Orígenes á la cristiana! ¡Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcónde la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Calderón! Bien sé que el culto y elegante «jorobado» era mejicano; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en ninguna ciencia, sustituído á Galileo, Newton ó Lavoisier,—inmensas personificaciones del genio inventivo—tan sólo porque ha escrito su famosoEnsayo sobre la Nueva España, que no soportaría hoy un prolijo examen crítico!—¡Así están ellos, Confucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, enseñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les rehusan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios!—Al sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me mira algo escandalizado; pero le sosiego, explicándole todo mi pensamiento: no se trataría de desalojar á los venerables monigotes, sino de bautizarles con otros nombres. «Así, por ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era algo cargado de hombros, etc.» Creo que no le he convencido.Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios: es el fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000 volúmenes, otro de 250.000. Los datos no concuerdan rigurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cúbica de material impreso que pocos leen. Como instrumento de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, comocolección científica y literaria en las tres grandes lenguas activas del moderno laboratorio europeo, la monumental biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edificación, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio sobre elProblema del genio: faltan las obras maestras originales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro tal cual lo concibo; no podría empezarlo en Méjico. Por otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis grandes librerías de Buenos Aires representan un movimiento de ideas y de iniciación europeas que, como importancia y calidad, no admite comparación con las de Santiago, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente: la casa de Bouret no ha recibido jamás—su jefe me lo afirma y su aspecto me lo confirma—una colección completa de laBibliothèque scientifique internationale, que allá se ha vendido por docenas.Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que ello es indicio de una desemejanza de situación que algo tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-americanos escuchan el mismo concierto de la civilización europea, deseosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los más desde afuera, como «mosqueteros» de la fiesta. Los que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso: si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar, están en aptitud de pasar algún día de espectadores á actores y tomar parte en la ejecución.—Ahora bien, protestar contra esa evidencia,—y sobre todo, protestar con injuriasque por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas,—alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de un observador únicamente preocupado de la verdad, para quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la condición misma de la justicia—justice, justesse—y que no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho de sus comparaciones:—todo eso, hay que decirlo alguna vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de horizonte, carencia de amplitud intelectual. Respingar bajo la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria, y demostrar—lo que el observador no pretendiera—que elmediocrismoes endémico y constitucional. ¡Valiente modo de componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico!Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me contesta el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid, y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuerpo consta de tres miembros:tres faciunt capitulum. Por sus actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién sabe si de esta «ida» no violenta las puertas del diccionario la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo el empuje tradicionalista de Ricardo Palma? En los labios del primer licenciado «académico» he creído divisar una sonrisade triunfo gramatical. Esperemos ... ¡Esperemos!El director de la Biblioteca nacional es un conocido literato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de una voluminosa colección dePoetisas mejicanas, para la Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de sinceridad, dejo escapar esta impertinencia: «Y todo eso ¿no le parece á V. muy vacío?...» ¡Vacío! El editor me mira con extrañeza. Tengo que confesar mi ignorancia: fuera de la célebre carmelita del sigloXVII, no conozco de las poetisas mejicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri, de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas compañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente; pero han sido tantas las «décimas musas», antes y después de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la cuenta ... Musas aparte, la conversación instructiva y prudente del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que hablan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensación de la enorme distancia que nos separa de este país. Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas; una revista local citaba ayer los versos más trillados de Andrade, haciendo gala de erudición ¡como si fueran de Valmiki! Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapaleros,cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó cinco mil, en su mayor parte españoles.En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, nunca deja de percibirse por el transeunte. En Guayaquil y hasta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de viajero «argentino». Llega hasta allí la irradiación de la lejana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascinadora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra nada nuestro:terra incognita. Este pueblo vive orientado hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso general de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano mejicano. Urge, pues, nombrar á un «residente» argentino, para muestra y specimen—lo propio que en Liberia ó la China. ¡Oh! ¡qué de intereses comunes y asuntos importantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro país!No existe orgánicamente el grupo hispano-americano; lo que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las colonias á la metrópoli. Rotas las cadenas que se juntaban en la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solidarias de la «Vida nueva» crearan los únicos que estén destinados á subsistir.Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una América del Norte y una América del Sud, acollaradas más queunidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá será cortado infalible y próximamente; y ello tendrá como primer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio universal, la aproximación, á par que la contracción en estructura más compacta, de los pueblos meridionales. Como el congreso de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una ironía natural, el Pan-Americano tenía que ser una quimera,—y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Cuando la línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpará su autonomía. Ambos tienen su polo y su destino, acaso tan opuestos, como la Osa menor y la Cruz del sud. Entonces las naciones australes, como naves hermanas de la misma flota, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble océano, guiadas—no hay que dudarlo—por la iniciadora y propagandista de la emancipación: la que también ahora las precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándose hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz ...¡Nave del porvenir! ¡Cara nave argentina, que llevarás en tu cubierta algunos séres de mi nombre, algunas gotas de mi sangre francesa: Dios te conduzca y te mantenga orientada hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza generosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor! Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusiasmo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primitiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese moralidad, ciencia, patriotismo ó religión: edifícate un altar ideal,vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la cruz. ¡Sé un alma!—Y todo lo demás te será dado por añadidura; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado,—¡oh, nación argentina, nave del porvenir!
VIIIMÉJICONo he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocidosorochede la Puna boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido que elapunamientono guarda proporcion con la altitud absoluta: es posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas del mundo.Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido enla esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de reclusión en elHotel Iturbide, fueron misrelevaillesdirigirme á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo?En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é intactode la sociología colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetesyankeesde la vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante deself-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta ádar cuenta de la indiferencia popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros, nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional. Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya de diez siglos,—Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ... Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte generaciones encadenadas.El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional: este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes antecolombianosy aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia europeas.¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de nuestro parlamento.Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias secularesque veníais á buscar.Etiam periere ruinæ.Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía, derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento:nomina, numina. El «Palacio Nacional», que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no merecenmención artística sino elHidalgode Ramírez y elAristade Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda, la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la evocación.Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la «reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión. Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica ylos ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de desastre y horror.A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de acero de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano saliese triunfante de la formidable aventura americana, era menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante varias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino el desprecio feroz y verdaderamentesemíticopor la sangre del idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de latierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y religión: por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pacífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de pie, pidiendo otras conquistas,quœrens quem devoretcomo el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coincidencia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la propia carne y substancia activase el principio del suicidio: Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimiento de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva é inmediata contra el Islam, en Africa y el Oriente. Fatalmente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico camino de «Cipango», los indios americanos eran reos de un delito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sabuesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla—¡civilizados!Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter español. Toda la Edad Media ha sido feroz;homo homini lupus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su semitismo originario el del largo contacto arábigo, España sufrió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama europeo en su acto menos humano y civilizador: la propaganda á sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica profunda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la decadencia material y moral de su implacable enemigo.En lo que atañe al exterminio americano, hay que advertirtambién, en descargo de los conquistadores, que entonces, mucho más que después, el soldado vivía del botín y del saqueo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil,—y más que civil, como diría el español Lucano,—se hizo muy visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la destrucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil. De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes de ser una mina, la América fué un exutorio. Durante un siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estrecha y holgada: aventureros valientes y fanáticos—sin camisa tal vez, mas nunca sin escapulario—y, en suma, tan incapaces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la palabrapiedadno tenía más significado que el de devoción.Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza humana. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia de ambos elementos sexuales: el concurso de la gracia y de la fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana. Con razón la vozdisciplinaes tan monástica cuanto militar: un campamento es un convento abierto. Para la creación artística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la frailería. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas—gritos líricos como en los salmos hebráicos: no hay poema de claustro ni de cuartel.El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cortés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca delelemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guatimozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético. Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad compacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la traición y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimidos, á la fuga tenebrosa de los opresores por la calzada de Méjico, á las angustias de la «Noche Triste». ¡Al fin tienen su hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz! Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que visitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre parapetada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorprendidos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de hambre y fatiga, con sus heridas recientes «de refresco» á las de ayer; derrochando sin esperanza de gloria personal su monstruoso heroísmo; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso y de la fama, sus fabulosas proezas sin testigos ¡tan ignoradas como relámpagos en el mar!... Aquí es donde hay que oir la voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias hazañas[16]. Después de transcurridos cuarenta años, el veterano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos, interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre: se despierta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas decronista aprendiz; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, dejando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borbotones sus relinchos de guerra, ¡manoseando lo sublime con la inconsciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo campeador!...Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicionales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello consuela un poco de las actualidades monumentales, del gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por esos portales sus ridículos trajes de «charros», de los letreros en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomenclatura azteca: de todo lo artificial, intruso y postizo que ha quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico sin reemplazarlo con otro nuevo.La catedral es imponente y bella, á despecho de sus incoherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y empequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, reviste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y moriscos de la fábrica; del propio modo que las estátuas colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento de las cúpulas, parecen tender la mano á las Virtudes teologales de los campanarios. Por todas partes las armas dela República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el chillido advenedizo de la «Reforma liberal»: sólo falta el medallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.El gran interés del «Museo Nacional» consiste naturalmente en sus antigüedades aztecas; pero no satisface plenamente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo. Sus reliquias más famosas, laPiedra del sol, elIndio triste, los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que llamaré trunco y fragmentario: no se ve desfilar la historia eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escuela de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á la reacción progresista de Carlos III, cuyo reinado fué una tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verdaderas corrientes nacionales y bajo la presión directa del filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo, así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo-volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías—especialmente las dos primeras—contienen cuadros interesantes de la escuela hispano-mejicana del sigloXVII: Herrera, López, el indio Cabrera; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la Sumaya, tiene un curiosoSan Sebastiánen la catedral): eran ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera galería se compone de cuadros «atribuídos» á Rubens, Murillo, Velázquez, Van Dyck, etc.—En general, delante de una colección americana de grandes maestros antiguos con firma «auténtica», debéis conservar preciosamente vuestra duda. Pero si los cuadros son «atribuídos», cualquiera duda sería ofensiva y casi criminal: creed á pie juntillas en su legítima procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París.En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece generalmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la América española, que confunde la declamación con la elocuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aquéllos, y no pretenderé disuadirlos: son realmente «escuelas» primarias de un arte que parece oficio,—eternos aprendizajes de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspiración original ni á la plena maestría.He hecho dos visitas á la Biblioteca nacional. Ocupa el macizo y vasto convento de San Agustín; la fachada es de aspecto imponente con sus columnas y bajos relieves; un jardín conduce al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la antigua nave mayor; los depósitos llenan las capillas laterales: y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas, antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil cubre las mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, para demostrar que ¡el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier otra cosa es inmortal! Y esa cosa está vagamente simbolizada por una serie de gigantescos yesos que representan—ressemblance garantie—á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes, Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad de «personificaciones de la sabiduría». ¿Habéis notado que esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio representando á la filosofia antigua y Orígenes á la cristiana! ¡Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcónde la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Calderón! Bien sé que el culto y elegante «jorobado» era mejicano; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en ninguna ciencia, sustituído á Galileo, Newton ó Lavoisier,—inmensas personificaciones del genio inventivo—tan sólo porque ha escrito su famosoEnsayo sobre la Nueva España, que no soportaría hoy un prolijo examen crítico!—¡Así están ellos, Confucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, enseñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les rehusan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios!—Al sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me mira algo escandalizado; pero le sosiego, explicándole todo mi pensamiento: no se trataría de desalojar á los venerables monigotes, sino de bautizarles con otros nombres. «Así, por ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era algo cargado de hombros, etc.» Creo que no le he convencido.Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios: es el fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000 volúmenes, otro de 250.000. Los datos no concuerdan rigurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cúbica de material impreso que pocos leen. Como instrumento de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, comocolección científica y literaria en las tres grandes lenguas activas del moderno laboratorio europeo, la monumental biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edificación, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio sobre elProblema del genio: faltan las obras maestras originales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro tal cual lo concibo; no podría empezarlo en Méjico. Por otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis grandes librerías de Buenos Aires representan un movimiento de ideas y de iniciación europeas que, como importancia y calidad, no admite comparación con las de Santiago, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente: la casa de Bouret no ha recibido jamás—su jefe me lo afirma y su aspecto me lo confirma—una colección completa de laBibliothèque scientifique internationale, que allá se ha vendido por docenas.Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que ello es indicio de una desemejanza de situación que algo tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-americanos escuchan el mismo concierto de la civilización europea, deseosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los más desde afuera, como «mosqueteros» de la fiesta. Los que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso: si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar, están en aptitud de pasar algún día de espectadores á actores y tomar parte en la ejecución.—Ahora bien, protestar contra esa evidencia,—y sobre todo, protestar con injuriasque por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas,—alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de un observador únicamente preocupado de la verdad, para quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la condición misma de la justicia—justice, justesse—y que no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho de sus comparaciones:—todo eso, hay que decirlo alguna vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de horizonte, carencia de amplitud intelectual. Respingar bajo la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria, y demostrar—lo que el observador no pretendiera—que elmediocrismoes endémico y constitucional. ¡Valiente modo de componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico!Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me contesta el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid, y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuerpo consta de tres miembros:tres faciunt capitulum. Por sus actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién sabe si de esta «ida» no violenta las puertas del diccionario la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo el empuje tradicionalista de Ricardo Palma? En los labios del primer licenciado «académico» he creído divisar una sonrisade triunfo gramatical. Esperemos ... ¡Esperemos!El director de la Biblioteca nacional es un conocido literato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de una voluminosa colección dePoetisas mejicanas, para la Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de sinceridad, dejo escapar esta impertinencia: «Y todo eso ¿no le parece á V. muy vacío?...» ¡Vacío! El editor me mira con extrañeza. Tengo que confesar mi ignorancia: fuera de la célebre carmelita del sigloXVII, no conozco de las poetisas mejicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri, de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas compañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente; pero han sido tantas las «décimas musas», antes y después de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la cuenta ... Musas aparte, la conversación instructiva y prudente del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que hablan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensación de la enorme distancia que nos separa de este país. Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas; una revista local citaba ayer los versos más trillados de Andrade, haciendo gala de erudición ¡como si fueran de Valmiki! Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapaleros,cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó cinco mil, en su mayor parte españoles.En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, nunca deja de percibirse por el transeunte. En Guayaquil y hasta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de viajero «argentino». Llega hasta allí la irradiación de la lejana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascinadora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra nada nuestro:terra incognita. Este pueblo vive orientado hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso general de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano mejicano. Urge, pues, nombrar á un «residente» argentino, para muestra y specimen—lo propio que en Liberia ó la China. ¡Oh! ¡qué de intereses comunes y asuntos importantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro país!No existe orgánicamente el grupo hispano-americano; lo que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las colonias á la metrópoli. Rotas las cadenas que se juntaban en la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solidarias de la «Vida nueva» crearan los únicos que estén destinados á subsistir.Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una América del Norte y una América del Sud, acollaradas más queunidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá será cortado infalible y próximamente; y ello tendrá como primer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio universal, la aproximación, á par que la contracción en estructura más compacta, de los pueblos meridionales. Como el congreso de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una ironía natural, el Pan-Americano tenía que ser una quimera,—y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Cuando la línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpará su autonomía. Ambos tienen su polo y su destino, acaso tan opuestos, como la Osa menor y la Cruz del sud. Entonces las naciones australes, como naves hermanas de la misma flota, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble océano, guiadas—no hay que dudarlo—por la iniciadora y propagandista de la emancipación: la que también ahora las precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándose hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz ...¡Nave del porvenir! ¡Cara nave argentina, que llevarás en tu cubierta algunos séres de mi nombre, algunas gotas de mi sangre francesa: Dios te conduzca y te mantenga orientada hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza generosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor! Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusiasmo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primitiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese moralidad, ciencia, patriotismo ó religión: edifícate un altar ideal,vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la cruz. ¡Sé un alma!—Y todo lo demás te será dado por añadidura; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado,—¡oh, nación argentina, nave del porvenir!
MÉJICO
No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocidosorochede la Puna boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido que elapunamientono guarda proporcion con la altitud absoluta: es posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas del mundo.
Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido enla esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de reclusión en elHotel Iturbide, fueron misrelevaillesdirigirme á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.
Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.
Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo?
En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é intactode la sociología colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetesyankeesde la vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante deself-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.
Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta ádar cuenta de la indiferencia popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros, nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional. Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya de diez siglos,—Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ... Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte generaciones encadenadas.
El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional: este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes antecolombianosy aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia europeas.
¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de nuestro parlamento.
Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias secularesque veníais á buscar.Etiam periere ruinæ.Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.
Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía, derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento:nomina, numina. El «Palacio Nacional», que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no merecenmención artística sino elHidalgode Ramírez y elAristade Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda, la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la evocación.
Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la «reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión. Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica ylos ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de desastre y horror.
A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de acero de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano saliese triunfante de la formidable aventura americana, era menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante varias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino el desprecio feroz y verdaderamentesemíticopor la sangre del idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de latierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y religión: por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pacífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de pie, pidiendo otras conquistas,quœrens quem devoretcomo el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coincidencia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la propia carne y substancia activase el principio del suicidio: Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimiento de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva é inmediata contra el Islam, en Africa y el Oriente. Fatalmente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico camino de «Cipango», los indios americanos eran reos de un delito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sabuesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla—¡civilizados!
Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter español. Toda la Edad Media ha sido feroz;homo homini lupus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su semitismo originario el del largo contacto arábigo, España sufrió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama europeo en su acto menos humano y civilizador: la propaganda á sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica profunda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la decadencia material y moral de su implacable enemigo.
En lo que atañe al exterminio americano, hay que advertirtambién, en descargo de los conquistadores, que entonces, mucho más que después, el soldado vivía del botín y del saqueo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil,—y más que civil, como diría el español Lucano,—se hizo muy visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la destrucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil. De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes de ser una mina, la América fué un exutorio. Durante un siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estrecha y holgada: aventureros valientes y fanáticos—sin camisa tal vez, mas nunca sin escapulario—y, en suma, tan incapaces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la palabrapiedadno tenía más significado que el de devoción.
Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza humana. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia de ambos elementos sexuales: el concurso de la gracia y de la fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana. Con razón la vozdisciplinaes tan monástica cuanto militar: un campamento es un convento abierto. Para la creación artística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la frailería. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas—gritos líricos como en los salmos hebráicos: no hay poema de claustro ni de cuartel.
El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cortés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca delelemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guatimozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético. Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad compacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la traición y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimidos, á la fuga tenebrosa de los opresores por la calzada de Méjico, á las angustias de la «Noche Triste». ¡Al fin tienen su hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz! Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que visitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre parapetada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorprendidos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de hambre y fatiga, con sus heridas recientes «de refresco» á las de ayer; derrochando sin esperanza de gloria personal su monstruoso heroísmo; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso y de la fama, sus fabulosas proezas sin testigos ¡tan ignoradas como relámpagos en el mar!... Aquí es donde hay que oir la voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias hazañas[16]. Después de transcurridos cuarenta años, el veterano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos, interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre: se despierta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas decronista aprendiz; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, dejando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borbotones sus relinchos de guerra, ¡manoseando lo sublime con la inconsciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo campeador!...
Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicionales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello consuela un poco de las actualidades monumentales, del gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por esos portales sus ridículos trajes de «charros», de los letreros en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomenclatura azteca: de todo lo artificial, intruso y postizo que ha quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico sin reemplazarlo con otro nuevo.
La catedral es imponente y bella, á despecho de sus incoherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y empequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, reviste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y moriscos de la fábrica; del propio modo que las estátuas colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento de las cúpulas, parecen tender la mano á las Virtudes teologales de los campanarios. Por todas partes las armas dela República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el chillido advenedizo de la «Reforma liberal»: sólo falta el medallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.
El gran interés del «Museo Nacional» consiste naturalmente en sus antigüedades aztecas; pero no satisface plenamente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo. Sus reliquias más famosas, laPiedra del sol, elIndio triste, los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que llamaré trunco y fragmentario: no se ve desfilar la historia eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escuela de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á la reacción progresista de Carlos III, cuyo reinado fué una tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verdaderas corrientes nacionales y bajo la presión directa del filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo, así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo-volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías—especialmente las dos primeras—contienen cuadros interesantes de la escuela hispano-mejicana del sigloXVII: Herrera, López, el indio Cabrera; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la Sumaya, tiene un curiosoSan Sebastiánen la catedral): eran ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera galería se compone de cuadros «atribuídos» á Rubens, Murillo, Velázquez, Van Dyck, etc.—En general, delante de una colección americana de grandes maestros antiguos con firma «auténtica», debéis conservar preciosamente vuestra duda. Pero si los cuadros son «atribuídos», cualquiera duda sería ofensiva y casi criminal: creed á pie juntillas en su legítima procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París.
En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece generalmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la América española, que confunde la declamación con la elocuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aquéllos, y no pretenderé disuadirlos: son realmente «escuelas» primarias de un arte que parece oficio,—eternos aprendizajes de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspiración original ni á la plena maestría.
He hecho dos visitas á la Biblioteca nacional. Ocupa el macizo y vasto convento de San Agustín; la fachada es de aspecto imponente con sus columnas y bajos relieves; un jardín conduce al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la antigua nave mayor; los depósitos llenan las capillas laterales: y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas, antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil cubre las mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, para demostrar que ¡el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier otra cosa es inmortal! Y esa cosa está vagamente simbolizada por una serie de gigantescos yesos que representan—ressemblance garantie—á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes, Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad de «personificaciones de la sabiduría». ¿Habéis notado que esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio representando á la filosofia antigua y Orígenes á la cristiana! ¡Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcónde la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Calderón! Bien sé que el culto y elegante «jorobado» era mejicano; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en ninguna ciencia, sustituído á Galileo, Newton ó Lavoisier,—inmensas personificaciones del genio inventivo—tan sólo porque ha escrito su famosoEnsayo sobre la Nueva España, que no soportaría hoy un prolijo examen crítico!—¡Así están ellos, Confucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, enseñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les rehusan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios!—Al sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me mira algo escandalizado; pero le sosiego, explicándole todo mi pensamiento: no se trataría de desalojar á los venerables monigotes, sino de bautizarles con otros nombres. «Así, por ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era algo cargado de hombros, etc.» Creo que no le he convencido.
Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios: es el fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000 volúmenes, otro de 250.000. Los datos no concuerdan rigurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cúbica de material impreso que pocos leen. Como instrumento de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, comocolección científica y literaria en las tres grandes lenguas activas del moderno laboratorio europeo, la monumental biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edificación, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio sobre elProblema del genio: faltan las obras maestras originales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro tal cual lo concibo; no podría empezarlo en Méjico. Por otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis grandes librerías de Buenos Aires representan un movimiento de ideas y de iniciación europeas que, como importancia y calidad, no admite comparación con las de Santiago, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente: la casa de Bouret no ha recibido jamás—su jefe me lo afirma y su aspecto me lo confirma—una colección completa de laBibliothèque scientifique internationale, que allá se ha vendido por docenas.
Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que ello es indicio de una desemejanza de situación que algo tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-americanos escuchan el mismo concierto de la civilización europea, deseosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los más desde afuera, como «mosqueteros» de la fiesta. Los que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso: si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar, están en aptitud de pasar algún día de espectadores á actores y tomar parte en la ejecución.—Ahora bien, protestar contra esa evidencia,—y sobre todo, protestar con injuriasque por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas,—alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de un observador únicamente preocupado de la verdad, para quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la condición misma de la justicia—justice, justesse—y que no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho de sus comparaciones:—todo eso, hay que decirlo alguna vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de horizonte, carencia de amplitud intelectual. Respingar bajo la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria, y demostrar—lo que el observador no pretendiera—que elmediocrismoes endémico y constitucional. ¡Valiente modo de componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico!
Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me contesta el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid, y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuerpo consta de tres miembros:tres faciunt capitulum. Por sus actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién sabe si de esta «ida» no violenta las puertas del diccionario la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo el empuje tradicionalista de Ricardo Palma? En los labios del primer licenciado «académico» he creído divisar una sonrisade triunfo gramatical. Esperemos ... ¡Esperemos!
El director de la Biblioteca nacional es un conocido literato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de una voluminosa colección dePoetisas mejicanas, para la Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de sinceridad, dejo escapar esta impertinencia: «Y todo eso ¿no le parece á V. muy vacío?...» ¡Vacío! El editor me mira con extrañeza. Tengo que confesar mi ignorancia: fuera de la célebre carmelita del sigloXVII, no conozco de las poetisas mejicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri, de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas compañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente; pero han sido tantas las «décimas musas», antes y después de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la cuenta ... Musas aparte, la conversación instructiva y prudente del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que hablan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensación de la enorme distancia que nos separa de este país. Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas; una revista local citaba ayer los versos más trillados de Andrade, haciendo gala de erudición ¡como si fueran de Valmiki! Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapaleros,cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó cinco mil, en su mayor parte españoles.
En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, nunca deja de percibirse por el transeunte. En Guayaquil y hasta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de viajero «argentino». Llega hasta allí la irradiación de la lejana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascinadora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra nada nuestro:terra incognita. Este pueblo vive orientado hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso general de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano mejicano. Urge, pues, nombrar á un «residente» argentino, para muestra y specimen—lo propio que en Liberia ó la China. ¡Oh! ¡qué de intereses comunes y asuntos importantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro país!
No existe orgánicamente el grupo hispano-americano; lo que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las colonias á la metrópoli. Rotas las cadenas que se juntaban en la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solidarias de la «Vida nueva» crearan los únicos que estén destinados á subsistir.
Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una América del Norte y una América del Sud, acollaradas más queunidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá será cortado infalible y próximamente; y ello tendrá como primer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio universal, la aproximación, á par que la contracción en estructura más compacta, de los pueblos meridionales. Como el congreso de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una ironía natural, el Pan-Americano tenía que ser una quimera,—y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Cuando la línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpará su autonomía. Ambos tienen su polo y su destino, acaso tan opuestos, como la Osa menor y la Cruz del sud. Entonces las naciones australes, como naves hermanas de la misma flota, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble océano, guiadas—no hay que dudarlo—por la iniciadora y propagandista de la emancipación: la que también ahora las precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándose hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz ...
¡Nave del porvenir! ¡Cara nave argentina, que llevarás en tu cubierta algunos séres de mi nombre, algunas gotas de mi sangre francesa: Dios te conduzca y te mantenga orientada hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza generosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor! Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusiasmo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primitiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese moralidad, ciencia, patriotismo ó religión: edifícate un altar ideal,vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la cruz. ¡Sé un alma!—Y todo lo demás te será dado por añadidura; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado,—¡oh, nación argentina, nave del porvenir!