XI

XISALT LAKE CITYEL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONESMedia entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas, que los trenes delSouthern Pacificdeben recorrer teóricamente en 37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje; cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente en la obscuridad.Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos detoilette, agua helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cadasmoking roomes, por supuesto, el charladero central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país del anuncio y de lainterview. En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en los pasajes. ElPullman-carno es sino una condición de los viajes largos, y el trenvestibuledes un síntoma exterior dela igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma de las ideas soncomunes, en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo menos campechano.No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye su horripilantetoiletteá nuestra vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del Utah, ychiqueurinfatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni darlecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión. Entretanto, me divierte esta pruebaavant la lettrede la humanidad futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual: encuentro en midiariorepetida hasta el fin esta impresión del primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el «booming» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero, naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre encada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la «cámara». «¿Tienen también ustedes minasat home?» Procuro, en mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con animación, sin aspereza; cada argumento empieza con unMe parece (I think ...), que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la apóstrofe dantesca:Or se’ tu quel Virgilio e quella fonteChe spande di parlar sì largo fiume!...Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondulacomo un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré. ¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por midéshabilléal aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mujer del bastidor medianero:—Sir, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo ...En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate depokercon un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:—¡Señorita!—¿Señor?...—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:—Y usted,sir, ¿qué dice?—Yo creo que los dos tienen razón ...Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, eldesnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy. Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ... Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al contrario; pero me incomodan, positivamente ...Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres como unChristmas;disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto: «Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City, que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente: «Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderasesmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia y el bienestar. Cerca de uncottage, semi-oculto como un nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático. Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la vida nacional.Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la última noche, se arma en el fumadero un formidablepoker. El coronel pretende iniciarme; pero confundospadesyclubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidady despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...Salt Lake City.Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City; estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones. Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la aglomeración mormona.El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del Nuevo Mundo: la naturaleza ostentafrescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos «meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda: es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos (maple-trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos, fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos, de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire: todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctricas,clochetonschinescos, piletas y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la estatua colosal delángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta deAída. Ocupan otro costado de Temple square el insignificanteAssembly Hally el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se entreven interiores risueños y cuidados comohomesingleses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de blanco leen unmagazine, cerca de los niños que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una ráfagade acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero:To the races; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras! Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipódromo.Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas, pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis «chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake; loshombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañistasjóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas», transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—en cabinet particulier.En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas sin mantel; pero casi todas han traído sulunchen canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las paredes, en el piso deskating, en los bancos del circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es unsportde reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable cabello.Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas. El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado, cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas, remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz. Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo, las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñasy alquerías. Y se recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él llamara la «Isla de la Decepción».Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme (to meet) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo, que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis, formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh! terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero, tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos, cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el resto de mi vida,—productos variados deNapa valley. Pero en suma, todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado; en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus primeros habitantes.Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por ejemplo, que las minas deplata de Park City, que visitaré dentro de pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos, y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la deOntario Silver Mining Cº, de la que mi huésped es superintendente. Al fin se presenta una ocasión para que abandone mi papeleffacéde mero oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, unoutlineoptimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino californiano «tipo Champagne».Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela el persuadir á miciceronede que mi entrevista con el profeta respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles, los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (High Priests) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no ha sido usted diplomático?...»¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien un tanto desflorado por el «inimitableBoz» en suMartin Chuzzlewit. Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista), etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (Jack of all trades, master of none). Su existencia—que debe de pasar de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve, y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás, sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamenteen sus duelas crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt Lake; la imprenta delDeseret News[23], el principal diario mormón; las dos moradas de Brigham Young,Lion HouseyBee-Hive House, que revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila explayada en su vértice (Old Eagle Gate), conmemora cierta victoria de la secta sobre las fuerzas federales (¡Tempora mutantur!). Al lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, laWhite House, que era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este deEagle Gate, un gran rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción. Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamosel famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en literatura sagrada, elLibro de Mormón.Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido, escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro, para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo, en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy socorrida para los once mil y tantos bobalicones quevenhablar á su presidente, ¡sin estar en el foco!¡Wonderful!exclama el coronel, que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera éste el constructor.Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe; entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible: «¡Cómo! ungentlemanque viene desde Buenos Aires para estudiarvuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar. El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con cara satisfecha:dignus sum intrare. En el breve trayecto hasta la residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (Old dogs!) ¡Así pudieran ahorcarnos!...»La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala, donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado, se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con untono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de «gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada, donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á divertirme considerablemente.El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses; los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes: Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este es el gran impresor y librero de Salt Lake; perolas hazañas que le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa ruidosa, aplicándole la ley Edmunds porUnlawful cohabitation. SuVida de Smithha sido escrita en la penitenciaría federal.El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de unleitmotiv.—El presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un antiguofarmer, muy rico, que combina sus funciones sagradas con otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los «grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficialde academia! Con todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de encontrarme bien conservado ...Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones. He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo» nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la de Washington:¡E pluribus unum!...» Y así continúa con un ardor de demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso la socorrida fórmula: «¡Aoh! yes: e pluribus iunum ...»Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quierenque beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón de libros, lujosamente encuadernados,—Historia del Utah, de Smith, de Young, de Taylor, el Libro de Mormón, una docena de «defensas»;Mr. Durant, una estúpida cuasi-novelade propaganda fide, etc., etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también, en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete alguna vez.

XISALT LAKE CITYEL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONESMedia entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas, que los trenes delSouthern Pacificdeben recorrer teóricamente en 37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje; cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente en la obscuridad.Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos detoilette, agua helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cadasmoking roomes, por supuesto, el charladero central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país del anuncio y de lainterview. En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en los pasajes. ElPullman-carno es sino una condición de los viajes largos, y el trenvestibuledes un síntoma exterior dela igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma de las ideas soncomunes, en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo menos campechano.No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye su horripilantetoiletteá nuestra vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del Utah, ychiqueurinfatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni darlecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión. Entretanto, me divierte esta pruebaavant la lettrede la humanidad futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual: encuentro en midiariorepetida hasta el fin esta impresión del primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el «booming» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero, naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre encada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la «cámara». «¿Tienen también ustedes minasat home?» Procuro, en mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con animación, sin aspereza; cada argumento empieza con unMe parece (I think ...), que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la apóstrofe dantesca:Or se’ tu quel Virgilio e quella fonteChe spande di parlar sì largo fiume!...Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondulacomo un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré. ¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por midéshabilléal aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mujer del bastidor medianero:—Sir, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo ...En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate depokercon un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:—¡Señorita!—¿Señor?...—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:—Y usted,sir, ¿qué dice?—Yo creo que los dos tienen razón ...Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, eldesnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy. Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ... Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al contrario; pero me incomodan, positivamente ...Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres como unChristmas;disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto: «Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City, que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente: «Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderasesmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia y el bienestar. Cerca de uncottage, semi-oculto como un nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático. Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la vida nacional.Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la última noche, se arma en el fumadero un formidablepoker. El coronel pretende iniciarme; pero confundospadesyclubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidady despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...Salt Lake City.Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City; estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones. Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la aglomeración mormona.El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del Nuevo Mundo: la naturaleza ostentafrescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos «meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda: es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos (maple-trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos, fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos, de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire: todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctricas,clochetonschinescos, piletas y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la estatua colosal delángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta deAída. Ocupan otro costado de Temple square el insignificanteAssembly Hally el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se entreven interiores risueños y cuidados comohomesingleses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de blanco leen unmagazine, cerca de los niños que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una ráfagade acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero:To the races; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras! Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipódromo.Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas, pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis «chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake; loshombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañistasjóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas», transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—en cabinet particulier.En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas sin mantel; pero casi todas han traído sulunchen canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las paredes, en el piso deskating, en los bancos del circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es unsportde reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable cabello.Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas. El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado, cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas, remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz. Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo, las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñasy alquerías. Y se recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él llamara la «Isla de la Decepción».Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme (to meet) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo, que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis, formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh! terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero, tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos, cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el resto de mi vida,—productos variados deNapa valley. Pero en suma, todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado; en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus primeros habitantes.Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por ejemplo, que las minas deplata de Park City, que visitaré dentro de pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos, y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la deOntario Silver Mining Cº, de la que mi huésped es superintendente. Al fin se presenta una ocasión para que abandone mi papeleffacéde mero oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, unoutlineoptimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino californiano «tipo Champagne».Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela el persuadir á miciceronede que mi entrevista con el profeta respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles, los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (High Priests) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no ha sido usted diplomático?...»¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien un tanto desflorado por el «inimitableBoz» en suMartin Chuzzlewit. Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista), etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (Jack of all trades, master of none). Su existencia—que debe de pasar de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve, y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás, sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamenteen sus duelas crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt Lake; la imprenta delDeseret News[23], el principal diario mormón; las dos moradas de Brigham Young,Lion HouseyBee-Hive House, que revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila explayada en su vértice (Old Eagle Gate), conmemora cierta victoria de la secta sobre las fuerzas federales (¡Tempora mutantur!). Al lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, laWhite House, que era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este deEagle Gate, un gran rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción. Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamosel famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en literatura sagrada, elLibro de Mormón.Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido, escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro, para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo, en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy socorrida para los once mil y tantos bobalicones quevenhablar á su presidente, ¡sin estar en el foco!¡Wonderful!exclama el coronel, que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera éste el constructor.Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe; entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible: «¡Cómo! ungentlemanque viene desde Buenos Aires para estudiarvuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar. El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con cara satisfecha:dignus sum intrare. En el breve trayecto hasta la residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (Old dogs!) ¡Así pudieran ahorcarnos!...»La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala, donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado, se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con untono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de «gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada, donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á divertirme considerablemente.El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses; los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes: Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este es el gran impresor y librero de Salt Lake; perolas hazañas que le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa ruidosa, aplicándole la ley Edmunds porUnlawful cohabitation. SuVida de Smithha sido escrita en la penitenciaría federal.El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de unleitmotiv.—El presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un antiguofarmer, muy rico, que combina sus funciones sagradas con otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los «grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficialde academia! Con todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de encontrarme bien conservado ...Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones. He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo» nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la de Washington:¡E pluribus unum!...» Y así continúa con un ardor de demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso la socorrida fórmula: «¡Aoh! yes: e pluribus iunum ...»Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quierenque beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón de libros, lujosamente encuadernados,—Historia del Utah, de Smith, de Young, de Taylor, el Libro de Mormón, una docena de «defensas»;Mr. Durant, una estúpida cuasi-novelade propaganda fide, etc., etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también, en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete alguna vez.

SALT LAKE CITY

EL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONES

Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas, que los trenes delSouthern Pacificdeben recorrer teóricamente en 37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje; cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.

La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente en la obscuridad.

Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos detoilette, agua helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cadasmoking roomes, por supuesto, el charladero central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país del anuncio y de lainterview. En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en los pasajes. ElPullman-carno es sino una condición de los viajes largos, y el trenvestibuledes un síntoma exterior dela igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma de las ideas soncomunes, en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo menos campechano.

No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye su horripilantetoiletteá nuestra vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del Utah, ychiqueurinfatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.

Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni darlecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión. Entretanto, me divierte esta pruebaavant la lettrede la humanidad futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual: encuentro en midiariorepetida hasta el fin esta impresión del primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el «booming» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero, naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre encada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la «cámara». «¿Tienen también ustedes minasat home?» Procuro, en mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con animación, sin aspereza; cada argumento empieza con unMe parece (I think ...), que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la apóstrofe dantesca:

Or se’ tu quel Virgilio e quella fonteChe spande di parlar sì largo fiume!...

Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondulacomo un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré. ¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por midéshabilléal aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mujer del bastidor medianero:

—Sir, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?

—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo ...

En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate depokercon un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:

—¡Señorita!

—¿Señor?...

—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...

Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:

—Y usted,sir, ¿qué dice?

—Yo creo que los dos tienen razón ...

Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, eldesnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy. Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ... Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al contrario; pero me incomodan, positivamente ...

Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres como unChristmas;disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto: «Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City, que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente: «Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».

Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderasesmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia y el bienestar. Cerca de uncottage, semi-oculto como un nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático. Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la vida nacional.

Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la última noche, se arma en el fumadero un formidablepoker. El coronel pretende iniciarme; pero confundospadesyclubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidady despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...

Salt Lake City.

Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City; estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones. Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la aglomeración mormona.

El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del Nuevo Mundo: la naturaleza ostentafrescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos «meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda: es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».

La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos (maple-trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos, fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos, de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire: todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctricas,clochetonschinescos, piletas y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la estatua colosal delángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta deAída. Ocupan otro costado de Temple square el insignificanteAssembly Hally el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...

Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.

El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se entreven interiores risueños y cuidados comohomesingleses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de blanco leen unmagazine, cerca de los niños que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una ráfagade acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero:To the races; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras! Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipódromo.

Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas, pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis «chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.

En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake; loshombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.

Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañistasjóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas», transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—en cabinet particulier.

En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas sin mantel; pero casi todas han traído sulunchen canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las paredes, en el piso deskating, en los bancos del circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es unsportde reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable cabello.

Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas. El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado, cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas, remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz. Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo, las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñasy alquerías. Y se recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él llamara la «Isla de la Decepción».

Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme (to meet) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo, que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis, formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh! terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!

El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero, tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos, cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el resto de mi vida,—productos variados deNapa valley. Pero en suma, todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado; en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus primeros habitantes.

Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por ejemplo, que las minas deplata de Park City, que visitaré dentro de pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos, y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la deOntario Silver Mining Cº, de la que mi huésped es superintendente. Al fin se presenta una ocasión para que abandone mi papeleffacéde mero oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, unoutlineoptimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino californiano «tipo Champagne».

Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela el persuadir á miciceronede que mi entrevista con el profeta respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles, los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (High Priests) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no ha sido usted diplomático?...»

¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien un tanto desflorado por el «inimitableBoz» en suMartin Chuzzlewit. Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista), etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (Jack of all trades, master of none). Su existencia—que debe de pasar de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve, y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás, sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamenteen sus duelas crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...

Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt Lake; la imprenta delDeseret News[23], el principal diario mormón; las dos moradas de Brigham Young,Lion HouseyBee-Hive House, que revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila explayada en su vértice (Old Eagle Gate), conmemora cierta victoria de la secta sobre las fuerzas federales (¡Tempora mutantur!). Al lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, laWhite House, que era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este deEagle Gate, un gran rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción. Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamosel famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en literatura sagrada, elLibro de Mormón.

Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido, escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro, para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo, en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy socorrida para los once mil y tantos bobalicones quevenhablar á su presidente, ¡sin estar en el foco!¡Wonderful!exclama el coronel, que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera éste el constructor.

Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe; entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible: «¡Cómo! ungentlemanque viene desde Buenos Aires para estudiarvuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar. El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con cara satisfecha:dignus sum intrare. En el breve trayecto hasta la residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (Old dogs!) ¡Así pudieran ahorcarnos!...»

La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala, donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado, se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con untono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de «gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada, donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á divertirme considerablemente.

El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses; los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes: Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este es el gran impresor y librero de Salt Lake; perolas hazañas que le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa ruidosa, aplicándole la ley Edmunds porUnlawful cohabitation. SuVida de Smithha sido escrita en la penitenciaría federal.

El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de unleitmotiv.—El presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un antiguofarmer, muy rico, que combina sus funciones sagradas con otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los «grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficialde academia! Con todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de encontrarme bien conservado ...

Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones. He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo» nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la de Washington:¡E pluribus unum!...» Y así continúa con un ardor de demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso la socorrida fórmula: «¡Aoh! yes: e pluribus iunum ...»

Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quierenque beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón de libros, lujosamente encuadernados,—Historia del Utah, de Smith, de Young, de Taylor, el Libro de Mormón, una docena de «defensas»;Mr. Durant, una estúpida cuasi-novelade propaganda fide, etc., etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también, en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete alguna vez.


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