XIII

XIIICHICAGOIOJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIOAcabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal, sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas. Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas, independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea por esas cuadras deWabash Avenue,—sin más rasgo común que la absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi diría la exactitud fotográfica de la impresión.Allí encuentro esbozos de descripciones, perfiles de tipos forasteros y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (stock-yards) se inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado, en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un monseñor católico cuya sobrina estype-writeren mi imprenta, y, después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición, sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una función religiosa en un templo presbiteriano, donde unself-madetenor despelleja losRameauxde Faure, evoca una rapsodia teatral llamadaOld Homestead, en que otro ex-barítono acaba con lo que haquedado de la infausta melodía. Un repórter delDaily News, literato de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—¡Musa pedestris!—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas, declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin, delante de media sala, alcanzaba unsuccès d’estime; ó del Music Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía enla. Asisto en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón: allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que ambas instituciones no son igualmente populares: en elPacking-Housequinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa y casiinstantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia; pero estoy solo en elArmour Institutepara admirar los ascensores y tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo, desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el cálculo integral—fuera de un curso libre deflirtationque no figura en el programa.Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación, la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro, el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad. El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía deminstrels, tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra» de chimpancés mal domesticados.¡Oh! ¡my!..En los teatros, lainepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En elsmoking-roomde algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero prefieren el sillón. Etcétera, etc.Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina deStateyMonroe Streets, un pobre ciego quiere cruzar la calle cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la otra orilla. En un tranvía abierto, uncablecarque lleva ochenta pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que, con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado, reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito:¡thief!y tras del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto deVan Buren Street, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya «pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen; el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca alpick-pocketagarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...Una corriente profunda de fraternidad humana circula porbajo de la áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos. Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos más, tomados al acaso.En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística ¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes, viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata, mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes, más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano, que la contempla como á supanagiaortodoxa. Ella le habla inglés, francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas de libreto italiano, desparramadas en su memoria:molto piacer, benissimo, buona sera... Hace lo que puede; está encantadora, y su chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial encallado en la costa, sigue suchewingsin disimulo y parece encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída, inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre, á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula su ingenua alegría: «¿Cómo me sientamy new dress?» Le sienta á maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación deJulio César, que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony, le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una crónica delChicago Herald, en la que se elogia líricamente á su hija á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado juntas en una función de caridad.Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas,y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He asistido á la quemazón completa, en tres horas, delStock Pavilion, en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve, petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores, un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en unmoritarisublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otrolado de la calle, la música salvaje del Dahomey, enMidway Plaisance...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley, sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa, suOld Viennadudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que «pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino gusto y elevado sentido de la civilización!Ironía impremeditada: en mi cartera estos últimos apuntes alternan con los relativos al «Parlamento de las religiones», que celebraba sus sesiones enArt Palace—una «Escuela de bellas artes» inverosímil que, con sus yesos del comercio, vulgares y ennegrecidos, y sus copias de museos pormissesaficionadas, forma la base de la enseñanza y la iniciación estética de la juventud.Allí fraternizaron, en el mismo tablado, delante del mezclado público que llenaba el cobertizo deColumbus Hall, hasta hacer crugir los tabiques de pino (¡estamos enArt Palace!), representantes conspicuos de las principales religiones del orbe, con el objeto de reconocerse mutuamente: atestiguando así ante el mundo, ó la igual vaciedad de todos los dogmas oficiales, ó su igual legitimidad,—ó quizás ambas cosas á la vez. Arzobispos católicos, obispos anglicanos, pastores de todos los rebaños protestantes, rabinos judíos, bonzos y lamas budhistas; hombres, mujeres y neutros de las innumerables sectas americanas, que pululan en el cadáver del cristianismo como los gusanos en un organismo putrefacto:todos se saludaban, cantaban y rezaban juntos; predicaban sucesivamente con éxito igual en todas las lenguas conocidas, despachaban subonimentinglés con los veinte acentos distintos del imperio británico. El obispo ortodoxo Dionysios se inclinaba ante la elocuencia del Hon. Pung Quang Yu, de Pekín; el obispo católico de Brooklyn, de levita negra y corbata con alfiler, felicitaba á la sacerdotisa budhista, miss Jane Serabji, de Bombay; monseñor d’Harlez, de Lovaina, aplaudía á la judía miss Lazarus,—á quien sus predecesores hubieran dedicado un auto de fe; en fin, para abreviar la procesión: todos los parásitos de la credulidad humana firmaban, en ese andamio de teatro ambulante, la paz oportunista de las viejas sectas enemigas,—y el ilustre cardenal Gibbons, con su cara de ascetapolitician, encabezaba la farándula del «amor libre» en materia de religión.Habré de volver en alguna forma sobre eseWorld’s Parliament of religions[25], que para mí evoca recuerdos alejandrinos, y en el cual he visto diseñarse claramente, no el fin de la religión inmortal, pero sí la incurable caducidad de los cultos establecidos, que abdicaban allí sus dogmas fundamentales y repudiaban su historia secular.Hace más de un siglo que nos pagamos de frases huecas y sustantivos sonoros: civilización, progreso, tolerancia religiosa, etc. Si esos ministros de las iglesias son creyentes, no han podido ser sinceros. Aquello de «tener la fiesta en paz» no es principio religioso, porque, desde luego, no es principio. La razón es tolerante; pero la intransigencia es la esencia misma de la fe. No nos atrevemos á confesar que nuestra tolerancia es un pseudónimo de nuestra indiferencia. Para laIglesia, elmodus vivendies un síntoma claro de no poder vivir; y este nuevo consorcio universal ha sido precedido por el divorcio secreto de cada secta con su creencia particular y su dogma sagrado.—Más lógicos en el absurdo encontraba á los «liberales» ingenuos que, en el vecino «Hall de Washington», escalera de por medio, atacaban la libertad de ser budhista ó luterano; ó aquellos inefables «evolucionistas» de afición que, después de hacer mesa limpia de toda divinidad, evolucionaban proclamando á Darwin dios y á Spencer profeta,—del propio modo que en el drama de Shakespeare, la plebe romana quiere que Bruto sea su segundo César por haber matado al primero.Así, se agitaban sectas y corporaciones, con el rumor y la eficacia de un enjambre de moscas encerradas en una botella; en tanto que más allá, en su Babel de diecinueve pisos, los convencidos francmasones, estos orfeonistas del libre pensamiento, exhibían sus inocentes jeroglíficos, su bandas complicadas de cabalismo infantil, su blancos mandiles que parecen baberos, sus afiladas llanas de acero, ¡que sólo han revocado el aéreo castillo del Gr.·. Arq.·. del Un.·., y son más inofensivas que el sable de Prudhomme, más vírgenes que una espada de diplomático!—Por eso, cuando, entre dos sesiones del congresopan-religioso (¡oh! sabiduría de las palabras!), salía á recorrer las barracas de Midway-Plaisance, respirando la fresca brisa del lago Michigan, parecíame por momentos que estas procesiones y contorsiones carnavalescas, eran en otra forma apenas más exótica y caricatural, la continuación de la pieza interrumpida en el Art Palace; y, así como no fuera aquélla más que el remedo farisáico y la explotación del sentimiento de lo divino, eternamente arraigado en el alma humana,—tampoco eran estas groseras exhibiciones más quela parodia soez de la poesía oriental, el disfraz de la libre existencia de la tienda y del aduar en el desierto ilimitado, ó del pintoresco vagar de las tribus cazadoras á la sombra de sus selvas primitivas.Pero un montón de ladrillos no es un edificio, y mil impresiones fragmentarias no equivalen á una síntesis. Cuesta muy poco,—fuera del meritorio esfuerzo físico—pasear por campos y poblaciones el aparato fotográfico que fija instantáneamente el aspecto superficial de las cosas. Comparad, por ejemplo, en la obra francesa más reciente y voluminosa publicada sobre los Estados Unidos, la parte ilustrada y descriptiva, casi siempre irreprochable, con la indigencia de las reflexiones y el candor de la crítica[26]. En todo grupo organizado hay dos ó tres fuerzas primordiales, ideas y sentimientos, de los cuales todos los accidentes externos no son más que la manifestación. Aunque fuera posible describirlo todo,—obras materiales, instituciones políticas y costumbres sociales,—los millares de impresiones instantáneas y vistas de detalle podrían multiplicarse indefinidamente sin equivaler á una explicación del conjunto.Las descripciones son superficiales, mientras la explicación es interna.¿Por qué?He ahí la fórmula concisa y formidable del enigma: la dificultad real comienza con el tránsito de la fotografía á la disección. He sido periodista, como todo el mundo; sé cómo se escribe al correr de la pluma y al espejearde la impresión momentánea; no me hubiera costado transcribiros, en forma poco más ó menos correcta, los apuntes de que he citado algunos fragmentos. Con menos gracia en la forma é intrepidez en la afirmación, podía intentar lo que ha realizado el poeta Bouchor: describir, en «tres días» de permanencia, Chicago y su exposición, sin conocer á nadie, sin saber una sílaba de inglés—con el ridículo enorme de oir pronunciar en todas partesTchicago, con pretendida afectación sajona, cuando es la única palabra (con «Michigan») cuya pronunciación local sea más suave que en francés. Pero ¿para qué venir de tan lejos con el fin de probar que un burlón suele, á las veces, tornarse más cómico que las cosas de que se burla; demostrando una vez más que el consonante nada tiene que ver con la idea, y que puede cantarse como un canario, pensando como un ruiseñor?No pretendo realizar descubrimientos, ni tengo por seguro que el meditar mis palabras me libre del error. Pero el contraste que siento, entre la facilidad de redactar notas corrientes y la dificultad de formular una conclusión, me revela á las claras la diferencia de una y otra empresa. Por el esfuerzo que un resumen general me cuesta ahora, después de cuatro meses de observaciones, me doy cuenta de que la relativamente larga preparación, lejos de ser superflua, no ha sido aún suficiente. Percibo, además, por la lectura de mis propios apuntes, que no sólo el espectáculo cambiaba, sino también el espectador. Insensiblemente, el observador ha ido mezclándose más y más con los actores, hasta moverse con éstos en el escenario y asimilarse por días su manera de vivir. Después de dos meses, consignaba sin exclamaciones de sorpresa los programas más extraordinarios é imprevistos. Me había incorporado al desfile popular, en lugar de estudiarlo desde mi ventana deMichiganAvenue. Había vivido plenamente en la atmósfera local, observando el panorama en compañía de los nativos, y comprobando la distancia de las idiosincrasias por la diferencia de la reacción. Que sea execrable una pieza de teatro, no es materia de mucha consecuencia; el dato de que un público entero la aplauda con frenesí y se conmueva en los episodios más grotescos, es ya un indicio atendible; pero lo profunda y realmente significativo, es que nuestro compañero—americano inteligente y de buena fe—defienda con entusiasmo y buenas razones la bárbara exhibición ...Para cualquier viajero, una sociedad nueva es un río que corre entre campiñas ignoradas. Ahora bien, ese río no está únicamente caracterizado por su masa de agua, sino también por las riberas que la contienen. ¿Qué vale más, entonces, para conocerlo cabalmente: ser una piedra inmóvil que divide la corriente, ó bien una astilla suelta, «una caña pensante» que flota sobre las ondas, sigue su curso sinuoso y mira devanarse á uno y otro lado las cambiantes orillas?

XIIICHICAGOIOJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIOAcabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal, sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas. Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas, independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea por esas cuadras deWabash Avenue,—sin más rasgo común que la absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi diría la exactitud fotográfica de la impresión.Allí encuentro esbozos de descripciones, perfiles de tipos forasteros y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (stock-yards) se inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado, en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un monseñor católico cuya sobrina estype-writeren mi imprenta, y, después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición, sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una función religiosa en un templo presbiteriano, donde unself-madetenor despelleja losRameauxde Faure, evoca una rapsodia teatral llamadaOld Homestead, en que otro ex-barítono acaba con lo que haquedado de la infausta melodía. Un repórter delDaily News, literato de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—¡Musa pedestris!—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas, declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin, delante de media sala, alcanzaba unsuccès d’estime; ó del Music Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía enla. Asisto en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón: allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que ambas instituciones no son igualmente populares: en elPacking-Housequinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa y casiinstantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia; pero estoy solo en elArmour Institutepara admirar los ascensores y tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo, desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el cálculo integral—fuera de un curso libre deflirtationque no figura en el programa.Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación, la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro, el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad. El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía deminstrels, tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra» de chimpancés mal domesticados.¡Oh! ¡my!..En los teatros, lainepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En elsmoking-roomde algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero prefieren el sillón. Etcétera, etc.Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina deStateyMonroe Streets, un pobre ciego quiere cruzar la calle cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la otra orilla. En un tranvía abierto, uncablecarque lleva ochenta pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que, con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado, reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito:¡thief!y tras del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto deVan Buren Street, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya «pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen; el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca alpick-pocketagarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...Una corriente profunda de fraternidad humana circula porbajo de la áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos. Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos más, tomados al acaso.En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística ¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes, viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata, mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes, más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano, que la contempla como á supanagiaortodoxa. Ella le habla inglés, francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas de libreto italiano, desparramadas en su memoria:molto piacer, benissimo, buona sera... Hace lo que puede; está encantadora, y su chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial encallado en la costa, sigue suchewingsin disimulo y parece encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída, inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre, á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula su ingenua alegría: «¿Cómo me sientamy new dress?» Le sienta á maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación deJulio César, que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony, le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una crónica delChicago Herald, en la que se elogia líricamente á su hija á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado juntas en una función de caridad.Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas,y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He asistido á la quemazón completa, en tres horas, delStock Pavilion, en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve, petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores, un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en unmoritarisublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otrolado de la calle, la música salvaje del Dahomey, enMidway Plaisance...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley, sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa, suOld Viennadudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que «pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino gusto y elevado sentido de la civilización!Ironía impremeditada: en mi cartera estos últimos apuntes alternan con los relativos al «Parlamento de las religiones», que celebraba sus sesiones enArt Palace—una «Escuela de bellas artes» inverosímil que, con sus yesos del comercio, vulgares y ennegrecidos, y sus copias de museos pormissesaficionadas, forma la base de la enseñanza y la iniciación estética de la juventud.Allí fraternizaron, en el mismo tablado, delante del mezclado público que llenaba el cobertizo deColumbus Hall, hasta hacer crugir los tabiques de pino (¡estamos enArt Palace!), representantes conspicuos de las principales religiones del orbe, con el objeto de reconocerse mutuamente: atestiguando así ante el mundo, ó la igual vaciedad de todos los dogmas oficiales, ó su igual legitimidad,—ó quizás ambas cosas á la vez. Arzobispos católicos, obispos anglicanos, pastores de todos los rebaños protestantes, rabinos judíos, bonzos y lamas budhistas; hombres, mujeres y neutros de las innumerables sectas americanas, que pululan en el cadáver del cristianismo como los gusanos en un organismo putrefacto:todos se saludaban, cantaban y rezaban juntos; predicaban sucesivamente con éxito igual en todas las lenguas conocidas, despachaban subonimentinglés con los veinte acentos distintos del imperio británico. El obispo ortodoxo Dionysios se inclinaba ante la elocuencia del Hon. Pung Quang Yu, de Pekín; el obispo católico de Brooklyn, de levita negra y corbata con alfiler, felicitaba á la sacerdotisa budhista, miss Jane Serabji, de Bombay; monseñor d’Harlez, de Lovaina, aplaudía á la judía miss Lazarus,—á quien sus predecesores hubieran dedicado un auto de fe; en fin, para abreviar la procesión: todos los parásitos de la credulidad humana firmaban, en ese andamio de teatro ambulante, la paz oportunista de las viejas sectas enemigas,—y el ilustre cardenal Gibbons, con su cara de ascetapolitician, encabezaba la farándula del «amor libre» en materia de religión.Habré de volver en alguna forma sobre eseWorld’s Parliament of religions[25], que para mí evoca recuerdos alejandrinos, y en el cual he visto diseñarse claramente, no el fin de la religión inmortal, pero sí la incurable caducidad de los cultos establecidos, que abdicaban allí sus dogmas fundamentales y repudiaban su historia secular.Hace más de un siglo que nos pagamos de frases huecas y sustantivos sonoros: civilización, progreso, tolerancia religiosa, etc. Si esos ministros de las iglesias son creyentes, no han podido ser sinceros. Aquello de «tener la fiesta en paz» no es principio religioso, porque, desde luego, no es principio. La razón es tolerante; pero la intransigencia es la esencia misma de la fe. No nos atrevemos á confesar que nuestra tolerancia es un pseudónimo de nuestra indiferencia. Para laIglesia, elmodus vivendies un síntoma claro de no poder vivir; y este nuevo consorcio universal ha sido precedido por el divorcio secreto de cada secta con su creencia particular y su dogma sagrado.—Más lógicos en el absurdo encontraba á los «liberales» ingenuos que, en el vecino «Hall de Washington», escalera de por medio, atacaban la libertad de ser budhista ó luterano; ó aquellos inefables «evolucionistas» de afición que, después de hacer mesa limpia de toda divinidad, evolucionaban proclamando á Darwin dios y á Spencer profeta,—del propio modo que en el drama de Shakespeare, la plebe romana quiere que Bruto sea su segundo César por haber matado al primero.Así, se agitaban sectas y corporaciones, con el rumor y la eficacia de un enjambre de moscas encerradas en una botella; en tanto que más allá, en su Babel de diecinueve pisos, los convencidos francmasones, estos orfeonistas del libre pensamiento, exhibían sus inocentes jeroglíficos, su bandas complicadas de cabalismo infantil, su blancos mandiles que parecen baberos, sus afiladas llanas de acero, ¡que sólo han revocado el aéreo castillo del Gr.·. Arq.·. del Un.·., y son más inofensivas que el sable de Prudhomme, más vírgenes que una espada de diplomático!—Por eso, cuando, entre dos sesiones del congresopan-religioso (¡oh! sabiduría de las palabras!), salía á recorrer las barracas de Midway-Plaisance, respirando la fresca brisa del lago Michigan, parecíame por momentos que estas procesiones y contorsiones carnavalescas, eran en otra forma apenas más exótica y caricatural, la continuación de la pieza interrumpida en el Art Palace; y, así como no fuera aquélla más que el remedo farisáico y la explotación del sentimiento de lo divino, eternamente arraigado en el alma humana,—tampoco eran estas groseras exhibiciones más quela parodia soez de la poesía oriental, el disfraz de la libre existencia de la tienda y del aduar en el desierto ilimitado, ó del pintoresco vagar de las tribus cazadoras á la sombra de sus selvas primitivas.Pero un montón de ladrillos no es un edificio, y mil impresiones fragmentarias no equivalen á una síntesis. Cuesta muy poco,—fuera del meritorio esfuerzo físico—pasear por campos y poblaciones el aparato fotográfico que fija instantáneamente el aspecto superficial de las cosas. Comparad, por ejemplo, en la obra francesa más reciente y voluminosa publicada sobre los Estados Unidos, la parte ilustrada y descriptiva, casi siempre irreprochable, con la indigencia de las reflexiones y el candor de la crítica[26]. En todo grupo organizado hay dos ó tres fuerzas primordiales, ideas y sentimientos, de los cuales todos los accidentes externos no son más que la manifestación. Aunque fuera posible describirlo todo,—obras materiales, instituciones políticas y costumbres sociales,—los millares de impresiones instantáneas y vistas de detalle podrían multiplicarse indefinidamente sin equivaler á una explicación del conjunto.Las descripciones son superficiales, mientras la explicación es interna.¿Por qué?He ahí la fórmula concisa y formidable del enigma: la dificultad real comienza con el tránsito de la fotografía á la disección. He sido periodista, como todo el mundo; sé cómo se escribe al correr de la pluma y al espejearde la impresión momentánea; no me hubiera costado transcribiros, en forma poco más ó menos correcta, los apuntes de que he citado algunos fragmentos. Con menos gracia en la forma é intrepidez en la afirmación, podía intentar lo que ha realizado el poeta Bouchor: describir, en «tres días» de permanencia, Chicago y su exposición, sin conocer á nadie, sin saber una sílaba de inglés—con el ridículo enorme de oir pronunciar en todas partesTchicago, con pretendida afectación sajona, cuando es la única palabra (con «Michigan») cuya pronunciación local sea más suave que en francés. Pero ¿para qué venir de tan lejos con el fin de probar que un burlón suele, á las veces, tornarse más cómico que las cosas de que se burla; demostrando una vez más que el consonante nada tiene que ver con la idea, y que puede cantarse como un canario, pensando como un ruiseñor?No pretendo realizar descubrimientos, ni tengo por seguro que el meditar mis palabras me libre del error. Pero el contraste que siento, entre la facilidad de redactar notas corrientes y la dificultad de formular una conclusión, me revela á las claras la diferencia de una y otra empresa. Por el esfuerzo que un resumen general me cuesta ahora, después de cuatro meses de observaciones, me doy cuenta de que la relativamente larga preparación, lejos de ser superflua, no ha sido aún suficiente. Percibo, además, por la lectura de mis propios apuntes, que no sólo el espectáculo cambiaba, sino también el espectador. Insensiblemente, el observador ha ido mezclándose más y más con los actores, hasta moverse con éstos en el escenario y asimilarse por días su manera de vivir. Después de dos meses, consignaba sin exclamaciones de sorpresa los programas más extraordinarios é imprevistos. Me había incorporado al desfile popular, en lugar de estudiarlo desde mi ventana deMichiganAvenue. Había vivido plenamente en la atmósfera local, observando el panorama en compañía de los nativos, y comprobando la distancia de las idiosincrasias por la diferencia de la reacción. Que sea execrable una pieza de teatro, no es materia de mucha consecuencia; el dato de que un público entero la aplauda con frenesí y se conmueva en los episodios más grotescos, es ya un indicio atendible; pero lo profunda y realmente significativo, es que nuestro compañero—americano inteligente y de buena fe—defienda con entusiasmo y buenas razones la bárbara exhibición ...Para cualquier viajero, una sociedad nueva es un río que corre entre campiñas ignoradas. Ahora bien, ese río no está únicamente caracterizado por su masa de agua, sino también por las riberas que la contienen. ¿Qué vale más, entonces, para conocerlo cabalmente: ser una piedra inmóvil que divide la corriente, ó bien una astilla suelta, «una caña pensante» que flota sobre las ondas, sigue su curso sinuoso y mira devanarse á uno y otro lado las cambiantes orillas?

CHICAGO

OJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIO

Acabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal, sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas. Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas, independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea por esas cuadras deWabash Avenue,—sin más rasgo común que la absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi diría la exactitud fotográfica de la impresión.

Allí encuentro esbozos de descripciones, perfiles de tipos forasteros y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (stock-yards) se inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado, en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un monseñor católico cuya sobrina estype-writeren mi imprenta, y, después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición, sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una función religiosa en un templo presbiteriano, donde unself-madetenor despelleja losRameauxde Faure, evoca una rapsodia teatral llamadaOld Homestead, en que otro ex-barítono acaba con lo que haquedado de la infausta melodía. Un repórter delDaily News, literato de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—¡Musa pedestris!—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas, declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin, delante de media sala, alcanzaba unsuccès d’estime; ó del Music Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía enla. Asisto en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón: allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que ambas instituciones no son igualmente populares: en elPacking-Housequinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa y casiinstantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia; pero estoy solo en elArmour Institutepara admirar los ascensores y tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo, desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el cálculo integral—fuera de un curso libre deflirtationque no figura en el programa.

Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación, la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro, el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad. El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía deminstrels, tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra» de chimpancés mal domesticados.¡Oh! ¡my!..En los teatros, lainepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En elsmoking-roomde algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero prefieren el sillón. Etcétera, etc.

Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina deStateyMonroe Streets, un pobre ciego quiere cruzar la calle cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la otra orilla. En un tranvía abierto, uncablecarque lleva ochenta pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que, con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado, reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito:¡thief!y tras del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto deVan Buren Street, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya «pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen; el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca alpick-pocketagarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...

Una corriente profunda de fraternidad humana circula porbajo de la áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos. Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos más, tomados al acaso.

En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística ¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes, viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata, mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes, más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano, que la contempla como á supanagiaortodoxa. Ella le habla inglés, francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas de libreto italiano, desparramadas en su memoria:molto piacer, benissimo, buona sera... Hace lo que puede; está encantadora, y su chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial encallado en la costa, sigue suchewingsin disimulo y parece encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...

He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída, inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre, á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula su ingenua alegría: «¿Cómo me sientamy new dress?» Le sienta á maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación deJulio César, que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony, le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una crónica delChicago Herald, en la que se elogia líricamente á su hija á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado juntas en una función de caridad.

Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas,y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He asistido á la quemazón completa, en tres horas, delStock Pavilion, en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve, petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores, un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en unmoritarisublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...

Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otrolado de la calle, la música salvaje del Dahomey, enMidway Plaisance...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley, sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa, suOld Viennadudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que «pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino gusto y elevado sentido de la civilización!

Ironía impremeditada: en mi cartera estos últimos apuntes alternan con los relativos al «Parlamento de las religiones», que celebraba sus sesiones enArt Palace—una «Escuela de bellas artes» inverosímil que, con sus yesos del comercio, vulgares y ennegrecidos, y sus copias de museos pormissesaficionadas, forma la base de la enseñanza y la iniciación estética de la juventud.

Allí fraternizaron, en el mismo tablado, delante del mezclado público que llenaba el cobertizo deColumbus Hall, hasta hacer crugir los tabiques de pino (¡estamos enArt Palace!), representantes conspicuos de las principales religiones del orbe, con el objeto de reconocerse mutuamente: atestiguando así ante el mundo, ó la igual vaciedad de todos los dogmas oficiales, ó su igual legitimidad,—ó quizás ambas cosas á la vez. Arzobispos católicos, obispos anglicanos, pastores de todos los rebaños protestantes, rabinos judíos, bonzos y lamas budhistas; hombres, mujeres y neutros de las innumerables sectas americanas, que pululan en el cadáver del cristianismo como los gusanos en un organismo putrefacto:todos se saludaban, cantaban y rezaban juntos; predicaban sucesivamente con éxito igual en todas las lenguas conocidas, despachaban subonimentinglés con los veinte acentos distintos del imperio británico. El obispo ortodoxo Dionysios se inclinaba ante la elocuencia del Hon. Pung Quang Yu, de Pekín; el obispo católico de Brooklyn, de levita negra y corbata con alfiler, felicitaba á la sacerdotisa budhista, miss Jane Serabji, de Bombay; monseñor d’Harlez, de Lovaina, aplaudía á la judía miss Lazarus,—á quien sus predecesores hubieran dedicado un auto de fe; en fin, para abreviar la procesión: todos los parásitos de la credulidad humana firmaban, en ese andamio de teatro ambulante, la paz oportunista de las viejas sectas enemigas,—y el ilustre cardenal Gibbons, con su cara de ascetapolitician, encabezaba la farándula del «amor libre» en materia de religión.

Habré de volver en alguna forma sobre eseWorld’s Parliament of religions[25], que para mí evoca recuerdos alejandrinos, y en el cual he visto diseñarse claramente, no el fin de la religión inmortal, pero sí la incurable caducidad de los cultos establecidos, que abdicaban allí sus dogmas fundamentales y repudiaban su historia secular.

Hace más de un siglo que nos pagamos de frases huecas y sustantivos sonoros: civilización, progreso, tolerancia religiosa, etc. Si esos ministros de las iglesias son creyentes, no han podido ser sinceros. Aquello de «tener la fiesta en paz» no es principio religioso, porque, desde luego, no es principio. La razón es tolerante; pero la intransigencia es la esencia misma de la fe. No nos atrevemos á confesar que nuestra tolerancia es un pseudónimo de nuestra indiferencia. Para laIglesia, elmodus vivendies un síntoma claro de no poder vivir; y este nuevo consorcio universal ha sido precedido por el divorcio secreto de cada secta con su creencia particular y su dogma sagrado.—Más lógicos en el absurdo encontraba á los «liberales» ingenuos que, en el vecino «Hall de Washington», escalera de por medio, atacaban la libertad de ser budhista ó luterano; ó aquellos inefables «evolucionistas» de afición que, después de hacer mesa limpia de toda divinidad, evolucionaban proclamando á Darwin dios y á Spencer profeta,—del propio modo que en el drama de Shakespeare, la plebe romana quiere que Bruto sea su segundo César por haber matado al primero.

Así, se agitaban sectas y corporaciones, con el rumor y la eficacia de un enjambre de moscas encerradas en una botella; en tanto que más allá, en su Babel de diecinueve pisos, los convencidos francmasones, estos orfeonistas del libre pensamiento, exhibían sus inocentes jeroglíficos, su bandas complicadas de cabalismo infantil, su blancos mandiles que parecen baberos, sus afiladas llanas de acero, ¡que sólo han revocado el aéreo castillo del Gr.·. Arq.·. del Un.·., y son más inofensivas que el sable de Prudhomme, más vírgenes que una espada de diplomático!—Por eso, cuando, entre dos sesiones del congresopan-religioso (¡oh! sabiduría de las palabras!), salía á recorrer las barracas de Midway-Plaisance, respirando la fresca brisa del lago Michigan, parecíame por momentos que estas procesiones y contorsiones carnavalescas, eran en otra forma apenas más exótica y caricatural, la continuación de la pieza interrumpida en el Art Palace; y, así como no fuera aquélla más que el remedo farisáico y la explotación del sentimiento de lo divino, eternamente arraigado en el alma humana,—tampoco eran estas groseras exhibiciones más quela parodia soez de la poesía oriental, el disfraz de la libre existencia de la tienda y del aduar en el desierto ilimitado, ó del pintoresco vagar de las tribus cazadoras á la sombra de sus selvas primitivas.

Pero un montón de ladrillos no es un edificio, y mil impresiones fragmentarias no equivalen á una síntesis. Cuesta muy poco,—fuera del meritorio esfuerzo físico—pasear por campos y poblaciones el aparato fotográfico que fija instantáneamente el aspecto superficial de las cosas. Comparad, por ejemplo, en la obra francesa más reciente y voluminosa publicada sobre los Estados Unidos, la parte ilustrada y descriptiva, casi siempre irreprochable, con la indigencia de las reflexiones y el candor de la crítica[26]. En todo grupo organizado hay dos ó tres fuerzas primordiales, ideas y sentimientos, de los cuales todos los accidentes externos no son más que la manifestación. Aunque fuera posible describirlo todo,—obras materiales, instituciones políticas y costumbres sociales,—los millares de impresiones instantáneas y vistas de detalle podrían multiplicarse indefinidamente sin equivaler á una explicación del conjunto.

Las descripciones son superficiales, mientras la explicación es interna.¿Por qué?He ahí la fórmula concisa y formidable del enigma: la dificultad real comienza con el tránsito de la fotografía á la disección. He sido periodista, como todo el mundo; sé cómo se escribe al correr de la pluma y al espejearde la impresión momentánea; no me hubiera costado transcribiros, en forma poco más ó menos correcta, los apuntes de que he citado algunos fragmentos. Con menos gracia en la forma é intrepidez en la afirmación, podía intentar lo que ha realizado el poeta Bouchor: describir, en «tres días» de permanencia, Chicago y su exposición, sin conocer á nadie, sin saber una sílaba de inglés—con el ridículo enorme de oir pronunciar en todas partesTchicago, con pretendida afectación sajona, cuando es la única palabra (con «Michigan») cuya pronunciación local sea más suave que en francés. Pero ¿para qué venir de tan lejos con el fin de probar que un burlón suele, á las veces, tornarse más cómico que las cosas de que se burla; demostrando una vez más que el consonante nada tiene que ver con la idea, y que puede cantarse como un canario, pensando como un ruiseñor?

No pretendo realizar descubrimientos, ni tengo por seguro que el meditar mis palabras me libre del error. Pero el contraste que siento, entre la facilidad de redactar notas corrientes y la dificultad de formular una conclusión, me revela á las claras la diferencia de una y otra empresa. Por el esfuerzo que un resumen general me cuesta ahora, después de cuatro meses de observaciones, me doy cuenta de que la relativamente larga preparación, lejos de ser superflua, no ha sido aún suficiente. Percibo, además, por la lectura de mis propios apuntes, que no sólo el espectáculo cambiaba, sino también el espectador. Insensiblemente, el observador ha ido mezclándose más y más con los actores, hasta moverse con éstos en el escenario y asimilarse por días su manera de vivir. Después de dos meses, consignaba sin exclamaciones de sorpresa los programas más extraordinarios é imprevistos. Me había incorporado al desfile popular, en lugar de estudiarlo desde mi ventana deMichiganAvenue. Había vivido plenamente en la atmósfera local, observando el panorama en compañía de los nativos, y comprobando la distancia de las idiosincrasias por la diferencia de la reacción. Que sea execrable una pieza de teatro, no es materia de mucha consecuencia; el dato de que un público entero la aplauda con frenesí y se conmueva en los episodios más grotescos, es ya un indicio atendible; pero lo profunda y realmente significativo, es que nuestro compañero—americano inteligente y de buena fe—defienda con entusiasmo y buenas razones la bárbara exhibición ...

Para cualquier viajero, una sociedad nueva es un río que corre entre campiñas ignoradas. Ahora bien, ese río no está únicamente caracterizado por su masa de agua, sino también por las riberas que la contienen. ¿Qué vale más, entonces, para conocerlo cabalmente: ser una piedra inmóvil que divide la corriente, ó bien una astilla suelta, «una caña pensante» que flota sobre las ondas, sigue su curso sinuoso y mira devanarse á uno y otro lado las cambiantes orillas?


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