XIV

XIVCHICAGOIILA CIVILIZACIÓN DEL OESTELa primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado buena».Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado «por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número premiado en su bolsillo.El «Demóstenes del Illinois» (sic) prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en elpacking-housedel patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa» de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos, que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha, la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el medio y el término de lavida en un mismo organismo, y no hay infancia breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría, sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales, poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo, las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no encuentre su aplicación inmediata en elbusiness. Vive, trabaja y crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo. Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la pedantería de Boston, con esas risas declownque encubren mal la envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones nacionales y los recuerdos históricos.Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo. Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó Filadelfia, con el invariable apellido de«Ciudad de la exposición»: ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita. Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino laWorld’s Fair City; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes. De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto del país.Las dos primeras veces que visité elAnthropological Building, quiso la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo delSouth Americanno conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de misciceroni, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á los cuatro pies delElephas primigenius, voluminoso representantede una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo, en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco, en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los pantanos del período glacial.Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles seexplotan industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth» es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska, manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es el propiosustantivo, en lugar del adjetivo vago que encuentran día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país. Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion: con decir que esmammoth, está definida la especie y colmado elbushelde la admiración.Mammothes el Niágara, lo mismo que el Capitolio de Washington;mammoth, el Auditorium y la pieza que en él se representa;mammoth, el matadero de Armour y el mismo Mr. Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy, el escultormammoth, es el único artista que los Estados Unidos nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la verdadera y genuína ciudadmammoth.No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada, un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada, que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y provisional. Esta noción primordial,cimiento ysubstratumdel edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta civilización comoprimitiva.La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan, para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno, ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando:¡prolem sine matre creatam!Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero; ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y eterna (natura non facit saltum), y suceder, casi sin transición, la plena madurez de unorganismo político á su reciente sección umbilical de la madre patria.La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio, gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y corriente, capaz detransmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es donde hay que beber la inspiración.«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison, que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente, el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27]estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué resideirreductiblementela diferencia existente entre un mandarín chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada en la cienciaprogresiva, en el arte impulsivo y original, en la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad; lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio, la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa; historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzabanla nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson, Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran hoy en el libro de oro del pensamiento?En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción delPatent Office. En las artes bellas, son imitadores dóciles, meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión, el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color: todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre, elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva: una aristocraciaintelectual. Una democracia práctica y absoluta, como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual, decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo que quiero significar al llamarle «primitivo».¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general; está bien evidente que el transplante de una rama europea en un continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antesde la segunda generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes, tendía á uniformarlas. Ahora bien, launiformaciónde componentes tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba unatransformación, más ó menos completa según fuera su procedencia ... Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse, no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está envuelto, sino disuelto en la masa común.No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste, caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de 1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treintaaños para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes Rocallosos hasta el Pacífico.El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes, por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas; la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia, hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han congregado para cumplir la transformación social de que la reciente exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse. Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se domina al vulgo.Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales; la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía, sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo, emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria, encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu, los gustos y la índole, es precisamente Chicago,donde la población europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la población y la producción local, la importación europea disminuía. Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro; necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de la mercancía material anuncia la de la influencia moral.Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil, desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza futura. Esta parte central es Chicago.Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material, entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa del éxodo futuro. Sólo alcanzamosun momento del ciclo humano, y nos toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble, y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y obtener esta vasta llanura ilimitada.¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y provisional,primitivo, en medio de su enormidad grandiosa, de la civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa. El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza, años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto, lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres inequívocosde todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo, infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el espíritu, en el corazón ...

XIVCHICAGOIILA CIVILIZACIÓN DEL OESTELa primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado buena».Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado «por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número premiado en su bolsillo.El «Demóstenes del Illinois» (sic) prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en elpacking-housedel patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa» de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos, que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha, la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el medio y el término de lavida en un mismo organismo, y no hay infancia breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría, sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales, poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo, las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no encuentre su aplicación inmediata en elbusiness. Vive, trabaja y crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo. Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la pedantería de Boston, con esas risas declownque encubren mal la envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones nacionales y los recuerdos históricos.Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo. Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó Filadelfia, con el invariable apellido de«Ciudad de la exposición»: ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita. Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino laWorld’s Fair City; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes. De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto del país.Las dos primeras veces que visité elAnthropological Building, quiso la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo delSouth Americanno conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de misciceroni, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á los cuatro pies delElephas primigenius, voluminoso representantede una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo, en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco, en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los pantanos del período glacial.Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles seexplotan industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth» es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska, manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es el propiosustantivo, en lugar del adjetivo vago que encuentran día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país. Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion: con decir que esmammoth, está definida la especie y colmado elbushelde la admiración.Mammothes el Niágara, lo mismo que el Capitolio de Washington;mammoth, el Auditorium y la pieza que en él se representa;mammoth, el matadero de Armour y el mismo Mr. Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy, el escultormammoth, es el único artista que los Estados Unidos nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la verdadera y genuína ciudadmammoth.No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada, un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada, que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y provisional. Esta noción primordial,cimiento ysubstratumdel edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta civilización comoprimitiva.La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan, para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno, ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando:¡prolem sine matre creatam!Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero; ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y eterna (natura non facit saltum), y suceder, casi sin transición, la plena madurez de unorganismo político á su reciente sección umbilical de la madre patria.La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio, gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y corriente, capaz detransmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es donde hay que beber la inspiración.«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison, que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente, el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27]estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué resideirreductiblementela diferencia existente entre un mandarín chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada en la cienciaprogresiva, en el arte impulsivo y original, en la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad; lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio, la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa; historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzabanla nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson, Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran hoy en el libro de oro del pensamiento?En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción delPatent Office. En las artes bellas, son imitadores dóciles, meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión, el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color: todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre, elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva: una aristocraciaintelectual. Una democracia práctica y absoluta, como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual, decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo que quiero significar al llamarle «primitivo».¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general; está bien evidente que el transplante de una rama europea en un continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antesde la segunda generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes, tendía á uniformarlas. Ahora bien, launiformaciónde componentes tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba unatransformación, más ó menos completa según fuera su procedencia ... Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse, no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está envuelto, sino disuelto en la masa común.No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste, caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de 1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treintaaños para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes Rocallosos hasta el Pacífico.El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes, por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas; la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia, hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han congregado para cumplir la transformación social de que la reciente exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse. Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se domina al vulgo.Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales; la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía, sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo, emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria, encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu, los gustos y la índole, es precisamente Chicago,donde la población europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la población y la producción local, la importación europea disminuía. Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro; necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de la mercancía material anuncia la de la influencia moral.Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil, desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza futura. Esta parte central es Chicago.Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material, entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa del éxodo futuro. Sólo alcanzamosun momento del ciclo humano, y nos toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble, y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y obtener esta vasta llanura ilimitada.¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y provisional,primitivo, en medio de su enormidad grandiosa, de la civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa. El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza, años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto, lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres inequívocosde todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo, infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el espíritu, en el corazón ...

CHICAGO

LA CIVILIZACIÓN DEL OESTE

La primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado buena».

Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado «por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número premiado en su bolsillo.El «Demóstenes del Illinois» (sic) prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en elpacking-housedel patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa» de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos, que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha, la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el medio y el término de lavida en un mismo organismo, y no hay infancia breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría, sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales, poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo, las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.

Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no encuentre su aplicación inmediata en elbusiness. Vive, trabaja y crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo. Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la pedantería de Boston, con esas risas declownque encubren mal la envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones nacionales y los recuerdos históricos.

Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo. Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó Filadelfia, con el invariable apellido de«Ciudad de la exposición»: ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita. Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino laWorld’s Fair City; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes. De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto del país.

Las dos primeras veces que visité elAnthropological Building, quiso la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo delSouth Americanno conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de misciceroni, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á los cuatro pies delElephas primigenius, voluminoso representantede una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo, en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco, en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los pantanos del período glacial.

Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles seexplotan industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth» es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska, manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es el propiosustantivo, en lugar del adjetivo vago que encuentran día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país. Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion: con decir que esmammoth, está definida la especie y colmado elbushelde la admiración.Mammothes el Niágara, lo mismo que el Capitolio de Washington;mammoth, el Auditorium y la pieza que en él se representa;mammoth, el matadero de Armour y el mismo Mr. Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy, el escultormammoth, es el único artista que los Estados Unidos nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la verdadera y genuína ciudadmammoth.

No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada, un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada, que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y provisional. Esta noción primordial,cimiento ysubstratumdel edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta civilización comoprimitiva.

La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan, para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno, ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando:¡prolem sine matre creatam!

Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero; ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y eterna (natura non facit saltum), y suceder, casi sin transición, la plena madurez de unorganismo político á su reciente sección umbilical de la madre patria.

La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.

Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio, gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y corriente, capaz detransmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es donde hay que beber la inspiración.

«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison, que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente, el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27]estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué resideirreductiblementela diferencia existente entre un mandarín chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada en la cienciaprogresiva, en el arte impulsivo y original, en la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.

El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad; lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio, la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa; historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzabanla nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson, Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran hoy en el libro de oro del pensamiento?

En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción delPatent Office. En las artes bellas, son imitadores dóciles, meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión, el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color: todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre, elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva: una aristocraciaintelectual. Una democracia práctica y absoluta, como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».

No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual, decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo que quiero significar al llamarle «primitivo».

¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general; está bien evidente que el transplante de una rama europea en un continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antesde la segunda generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes, tendía á uniformarlas. Ahora bien, launiformaciónde componentes tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba unatransformación, más ó menos completa según fuera su procedencia ... Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse, no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está envuelto, sino disuelto en la masa común.

No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste, caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de 1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treintaaños para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes Rocallosos hasta el Pacífico.

El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes, por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas; la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia, hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han congregado para cumplir la transformación social de que la reciente exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse. Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se domina al vulgo.

Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales; la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía, sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo, emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria, encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu, los gustos y la índole, es precisamente Chicago,donde la población europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la población y la producción local, la importación europea disminuía. Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro; necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de la mercancía material anuncia la de la influencia moral.

Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil, desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza futura. Esta parte central es Chicago.

Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material, entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa del éxodo futuro. Sólo alcanzamosun momento del ciclo humano, y nos toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...

En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble, y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y obtener esta vasta llanura ilimitada.

¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y provisional,primitivo, en medio de su enormidad grandiosa, de la civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa. El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza, años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto, lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres inequívocosde todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo, infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...

Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el espíritu, en el corazón ...


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