XVIWASHINGTONIEL DISTRITO FEDERAL«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ... ¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las variedades delsnobismoviajero, sólo una actitud es más odiosa que la del admirador por encargo y sugestión de laGuía Baedeker: la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no retrocedo ante elclichési él traduce la verdad, siquiera sea exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta primera sensación de vaciedad que Washington produce.Ahora bien: á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á la preocupación.Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea, más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria central (Pensylvania Avenue), diseñan un marco suntuoso á las dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales. Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición. Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el acolchado asfalto ... Entonces se abrirá laseasonpolítica.La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales, cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos ó tres grandes conciertos, en que lodetestable fraternizará con lo exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa provincialIn Mizzouray el actor Goodwin—á quien los sucesores de Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propioSenate Reception Room, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemosmammoth, tan enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad; por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30]se acentúan con sus innumerables plazoletas circulares ysquaresvacíos, desde el Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores ...Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día: me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de unaPlatamagnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que se ha obedecido en ambos casos á unconcepto abstracto y teórico, haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y realmenteinfantil, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuyea priori, como un edificio particular.Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego, se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución (I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia, Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces, como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión (1790), fué introducido un nuevobilltendente á suplantar todas las pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac, un poco al norte de Alexandría y quincemillas arriba de Mount Vernon, residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto convencional.El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se unieron otras de carácter circunstancial.Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportólisa y llanamente sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futurosblocks, sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales, multiplicando las encrucijadas ócirclesuniformes de la moderna Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad «mejor diseñada del mundo» (the best-planned city in the world!); y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este, los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino, dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando hacia el oeste.El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y primitivos de la estética que reina despóticamenteen estos Estados Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer, podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ócircle, que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc., etc.,—pues los talescircleshan dado para todo el Estado mayor de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo, y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta hasta las nubes «como el faro de aquel mar».Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda (Treasury)con su enorme columnata jónica, el del Interior (Patent Office) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), laSmithsonian Institution, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (cost, $50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ... Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas, ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la Geometría ...Con excepción de la modesta residencia del Presidente (White House), cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio, aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional, tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza. Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no sólo arrojaronallí á millares de negros libertos, veteranos retirados y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teoríasa posteriori, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad exclusiva para elself-government, y toman por una aptitud innata y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia (1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!Fueron los años de relativo apogeo para Washington; la población estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión, hacían surgir instantáneamentelas ciudades activas y populosas; por eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual, manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos, Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad. En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea de población reducida é intermitente; porque era también la época en que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal, produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional, que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas violentas,que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente, y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y es permitido afirmar que, del secular concepto delself-government, no queda más elemento intacto que el municipio.Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político, el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni al comercio,es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales. Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos, ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y la importancia creciente de este centro administrativonacional. El contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa, con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago, junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran, la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible. La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto deCity Hall: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos, escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa de cristal.—El Departamento de Educación, vecino delPatent Office, tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como desecado por la estadística yreducido á cifra, me da algunas obras oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston, y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas, encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosaHigh School, creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente confundidos—algo así como unacoeducationpor partida doble. Fuí dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor, aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos infantiles. Elcoloreddirector es muy amable, pero parece empeñado en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque me intereso funciona «actualmente»; en cambio,lessons on objectsy maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el director no se cansa de hacerles repetir la canción popular:Try, try again... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que llamamos en Francia unascieque me ponga en fuga. En todo caso consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas de aparatos,bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada deficciones; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con los parientes delUncle Tom...No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las innumerables colecciones naturales é históricas de laSmithsonian Institution, que levanta al lado delNational Museum, especie de sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura «generally known as the Norman style» (sic). La híbrida institución, creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado un palacio llenode cuadros, esculturas ybibelotspara Museo de bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas muy auténticas—como elRégiment qui passe, de Detaille, que produce desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington, Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa de Inválidos (Soldiers’ Home) en su marco de árboles y flores. ¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría entonces alegre y veloz nuestravictoria, por esa calzada de macadam contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse, para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta juventud!Sunt lacrymae rerum ...Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua propiedad de la familia Custis, donde residióWashington alguna vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido elMilitary Cemetery.Ha sido, sin duda, un bello pensamiento, el de reunir en esta colina, que domina á Washington, los restos de millares de soldados que cayeron en la guerra civil, convirtiéndola además en un punto de paseo y peregrinación. Pero, como casi siempre acaece con las obras yankees, la grandeza de la concepción ha sido empequeñecida por las puerilidades de un mal gusto incurable. Se ha incurrido en la ingenuidad chinesca—que aquí se celebra como un hallazgo genial—de formar en batallones esas quince mil tumbas uniformes, con los jefes y oficiales al frente de sus compañías alineadas: y, bajo las encinas seculares, sobre el tapiz de flores y céspedes, las innumerables piedrecitas blancas se alargan interminablemente, en filas paralelas de una regularidad geométrica enervante. El efecto general es más mezquino que en Gettysburg.—Por supuesto que, á pesar de la última enmienda de la Constitución, los túmulosblancosno se mezclan con losnegros: éstos quedan una media milla más lejos, junto á los de losrefugees, señalados con una R. En el cementerio, como en laHigh schooly laHoward University(concurrida por gente de color), que desde aquí se divisa hacia elSoldier’sHome, toda la sangre derramada y todas las proclamas no han logrado borrar el estigma indeleble. También para las tumbas de los blancos—y, desde luego, para el sepulcro del general Sheridan, que domina la entrada—se han reservado los epitafios en verso, extraídos de un «beautiful poem» del coronel O’Hara, cuyas estrofas se desarrollan en las calles de esas compañías de piedra.—The Bivouac of the Deadparece una imitación bastante prosaica de la famosaRevista nocturnade Zedlitz, en que el fuego graneado de los adjetivos remeda demasiado las salvas fúnebres; citaré la primera estrofa, ó si preferís, la primeracuadrade esta balada popular:The muffled drum’s sad roll has beatThe soldier’s last tattoo!No more on life’s parade shall meetThat brave and fallen few.On Fame’s eternal camping-groundTheir silent tents are spread,And glory guards with solemn roundThe bivouac of the dead...[39]Cerca de la entrada, al sud de la casa de Lee, un amplio y sencillo monumento de granito encierra los restos de dos mil soldados, recogidos en el campo de batalla y que no se pudieron identificar—the unknown dead;—y no sé por qué el sepulcro colectivo de estos ignorados despide para mí una melancolía más grandiosa y solemne que los otros millares de tumbas alineadas, como en la lista de las pensiones. Y comohan de estar allí confundidos negros y blancos, leales y rebeldes, encuentro más alto y puro este símbolo del deber cívico, dolorosa é igualmente cumplido por unos y otros en esa guerra de hermanos,—en que un deudo de Washington ocupó el puesto militar que su antepasado acaso no hubiera rehuído,—y en cuyas peripecias el Norte y el Sud defendían un derecho dudoso ¡que sólo fué establecido por la victoria final!
XVIWASHINGTONIEL DISTRITO FEDERAL«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ... ¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las variedades delsnobismoviajero, sólo una actitud es más odiosa que la del admirador por encargo y sugestión de laGuía Baedeker: la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no retrocedo ante elclichési él traduce la verdad, siquiera sea exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta primera sensación de vaciedad que Washington produce.Ahora bien: á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á la preocupación.Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea, más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria central (Pensylvania Avenue), diseñan un marco suntuoso á las dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales. Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición. Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el acolchado asfalto ... Entonces se abrirá laseasonpolítica.La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales, cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos ó tres grandes conciertos, en que lodetestable fraternizará con lo exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa provincialIn Mizzouray el actor Goodwin—á quien los sucesores de Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propioSenate Reception Room, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemosmammoth, tan enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad; por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30]se acentúan con sus innumerables plazoletas circulares ysquaresvacíos, desde el Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores ...Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día: me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de unaPlatamagnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que se ha obedecido en ambos casos á unconcepto abstracto y teórico, haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y realmenteinfantil, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuyea priori, como un edificio particular.Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego, se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución (I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia, Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces, como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión (1790), fué introducido un nuevobilltendente á suplantar todas las pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac, un poco al norte de Alexandría y quincemillas arriba de Mount Vernon, residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto convencional.El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se unieron otras de carácter circunstancial.Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportólisa y llanamente sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futurosblocks, sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales, multiplicando las encrucijadas ócirclesuniformes de la moderna Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad «mejor diseñada del mundo» (the best-planned city in the world!); y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este, los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino, dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando hacia el oeste.El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y primitivos de la estética que reina despóticamenteen estos Estados Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer, podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ócircle, que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc., etc.,—pues los talescircleshan dado para todo el Estado mayor de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo, y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta hasta las nubes «como el faro de aquel mar».Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda (Treasury)con su enorme columnata jónica, el del Interior (Patent Office) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), laSmithsonian Institution, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (cost, $50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ... Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas, ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la Geometría ...Con excepción de la modesta residencia del Presidente (White House), cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio, aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional, tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza. Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no sólo arrojaronallí á millares de negros libertos, veteranos retirados y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teoríasa posteriori, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad exclusiva para elself-government, y toman por una aptitud innata y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia (1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!Fueron los años de relativo apogeo para Washington; la población estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión, hacían surgir instantáneamentelas ciudades activas y populosas; por eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual, manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos, Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad. En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea de población reducida é intermitente; porque era también la época en que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal, produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional, que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas violentas,que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente, y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y es permitido afirmar que, del secular concepto delself-government, no queda más elemento intacto que el municipio.Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político, el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni al comercio,es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales. Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos, ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y la importancia creciente de este centro administrativonacional. El contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa, con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago, junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran, la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible. La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto deCity Hall: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos, escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa de cristal.—El Departamento de Educación, vecino delPatent Office, tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como desecado por la estadística yreducido á cifra, me da algunas obras oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston, y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas, encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosaHigh School, creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente confundidos—algo así como unacoeducationpor partida doble. Fuí dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor, aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos infantiles. Elcoloreddirector es muy amable, pero parece empeñado en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque me intereso funciona «actualmente»; en cambio,lessons on objectsy maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el director no se cansa de hacerles repetir la canción popular:Try, try again... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que llamamos en Francia unascieque me ponga en fuga. En todo caso consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas de aparatos,bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada deficciones; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con los parientes delUncle Tom...No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las innumerables colecciones naturales é históricas de laSmithsonian Institution, que levanta al lado delNational Museum, especie de sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura «generally known as the Norman style» (sic). La híbrida institución, creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado un palacio llenode cuadros, esculturas ybibelotspara Museo de bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas muy auténticas—como elRégiment qui passe, de Detaille, que produce desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington, Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa de Inválidos (Soldiers’ Home) en su marco de árboles y flores. ¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría entonces alegre y veloz nuestravictoria, por esa calzada de macadam contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse, para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta juventud!Sunt lacrymae rerum ...Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua propiedad de la familia Custis, donde residióWashington alguna vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido elMilitary Cemetery.Ha sido, sin duda, un bello pensamiento, el de reunir en esta colina, que domina á Washington, los restos de millares de soldados que cayeron en la guerra civil, convirtiéndola además en un punto de paseo y peregrinación. Pero, como casi siempre acaece con las obras yankees, la grandeza de la concepción ha sido empequeñecida por las puerilidades de un mal gusto incurable. Se ha incurrido en la ingenuidad chinesca—que aquí se celebra como un hallazgo genial—de formar en batallones esas quince mil tumbas uniformes, con los jefes y oficiales al frente de sus compañías alineadas: y, bajo las encinas seculares, sobre el tapiz de flores y céspedes, las innumerables piedrecitas blancas se alargan interminablemente, en filas paralelas de una regularidad geométrica enervante. El efecto general es más mezquino que en Gettysburg.—Por supuesto que, á pesar de la última enmienda de la Constitución, los túmulosblancosno se mezclan con losnegros: éstos quedan una media milla más lejos, junto á los de losrefugees, señalados con una R. En el cementerio, como en laHigh schooly laHoward University(concurrida por gente de color), que desde aquí se divisa hacia elSoldier’sHome, toda la sangre derramada y todas las proclamas no han logrado borrar el estigma indeleble. También para las tumbas de los blancos—y, desde luego, para el sepulcro del general Sheridan, que domina la entrada—se han reservado los epitafios en verso, extraídos de un «beautiful poem» del coronel O’Hara, cuyas estrofas se desarrollan en las calles de esas compañías de piedra.—The Bivouac of the Deadparece una imitación bastante prosaica de la famosaRevista nocturnade Zedlitz, en que el fuego graneado de los adjetivos remeda demasiado las salvas fúnebres; citaré la primera estrofa, ó si preferís, la primeracuadrade esta balada popular:The muffled drum’s sad roll has beatThe soldier’s last tattoo!No more on life’s parade shall meetThat brave and fallen few.On Fame’s eternal camping-groundTheir silent tents are spread,And glory guards with solemn roundThe bivouac of the dead...[39]Cerca de la entrada, al sud de la casa de Lee, un amplio y sencillo monumento de granito encierra los restos de dos mil soldados, recogidos en el campo de batalla y que no se pudieron identificar—the unknown dead;—y no sé por qué el sepulcro colectivo de estos ignorados despide para mí una melancolía más grandiosa y solemne que los otros millares de tumbas alineadas, como en la lista de las pensiones. Y comohan de estar allí confundidos negros y blancos, leales y rebeldes, encuentro más alto y puro este símbolo del deber cívico, dolorosa é igualmente cumplido por unos y otros en esa guerra de hermanos,—en que un deudo de Washington ocupó el puesto militar que su antepasado acaso no hubiera rehuído,—y en cuyas peripecias el Norte y el Sud defendían un derecho dudoso ¡que sólo fué establecido por la victoria final!
WASHINGTON
EL DISTRITO FEDERAL
«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ... ¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las variedades delsnobismoviajero, sólo una actitud es más odiosa que la del admirador por encargo y sugestión de laGuía Baedeker: la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no retrocedo ante elclichési él traduce la verdad, siquiera sea exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta primera sensación de vaciedad que Washington produce.Ahora bien: á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á la preocupación.
Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea, más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria central (Pensylvania Avenue), diseñan un marco suntuoso á las dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales. Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición. Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el acolchado asfalto ... Entonces se abrirá laseasonpolítica.
La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales, cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos ó tres grandes conciertos, en que lodetestable fraternizará con lo exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa provincialIn Mizzouray el actor Goodwin—á quien los sucesores de Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propioSenate Reception Room, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemosmammoth, tan enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad; por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30]se acentúan con sus innumerables plazoletas circulares ysquaresvacíos, desde el Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores ...
Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día: me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de unaPlatamagnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que se ha obedecido en ambos casos á unconcepto abstracto y teórico, haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y realmenteinfantil, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuyea priori, como un edificio particular.
Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego, se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución (I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia, Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces, como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión (1790), fué introducido un nuevobilltendente á suplantar todas las pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac, un poco al norte de Alexandría y quincemillas arriba de Mount Vernon, residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto convencional.
El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se unieron otras de carácter circunstancial.
Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportólisa y llanamente sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futurosblocks, sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales, multiplicando las encrucijadas ócirclesuniformes de la moderna Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad «mejor diseñada del mundo» (the best-planned city in the world!); y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este, los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino, dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando hacia el oeste.
El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y primitivos de la estética que reina despóticamenteen estos Estados Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer, podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ócircle, que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc., etc.,—pues los talescircleshan dado para todo el Estado mayor de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo, y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta hasta las nubes «como el faro de aquel mar».
Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda (Treasury)con su enorme columnata jónica, el del Interior (Patent Office) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), laSmithsonian Institution, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (cost, $50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ... Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas, ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la Geometría ...
Con excepción de la modesta residencia del Presidente (White House), cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio, aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional, tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza. Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no sólo arrojaronallí á millares de negros libertos, veteranos retirados y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teoríasa posteriori, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad exclusiva para elself-government, y toman por una aptitud innata y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia (1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!
Fueron los años de relativo apogeo para Washington; la población estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión, hacían surgir instantáneamentelas ciudades activas y populosas; por eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual, manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos, Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad. En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea de población reducida é intermitente; porque era también la época en que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.
Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal, produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional, que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas violentas,que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente, y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y es permitido afirmar que, del secular concepto delself-government, no queda más elemento intacto que el municipio.
Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político, el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni al comercio,es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales. Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos, ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y la importancia creciente de este centro administrativonacional. El contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa, con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago, junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.
Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran, la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible. La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto deCity Hall: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos, escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa de cristal.—El Departamento de Educación, vecino delPatent Office, tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como desecado por la estadística yreducido á cifra, me da algunas obras oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston, y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas, encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosaHigh School, creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente confundidos—algo así como unacoeducationpor partida doble. Fuí dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor, aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos infantiles. Elcoloreddirector es muy amable, pero parece empeñado en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque me intereso funciona «actualmente»; en cambio,lessons on objectsy maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el director no se cansa de hacerles repetir la canción popular:Try, try again... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que llamamos en Francia unascieque me ponga en fuga. En todo caso consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas de aparatos,bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada deficciones; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con los parientes delUncle Tom...
No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las innumerables colecciones naturales é históricas de laSmithsonian Institution, que levanta al lado delNational Museum, especie de sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura «generally known as the Norman style» (sic). La híbrida institución, creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.
Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado un palacio llenode cuadros, esculturas ybibelotspara Museo de bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas muy auténticas—como elRégiment qui passe, de Detaille, que produce desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.
En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington, Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa de Inválidos (Soldiers’ Home) en su marco de árboles y flores. ¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría entonces alegre y veloz nuestravictoria, por esa calzada de macadam contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse, para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta juventud!Sunt lacrymae rerum ...
Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua propiedad de la familia Custis, donde residióWashington alguna vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido elMilitary Cemetery.
Ha sido, sin duda, un bello pensamiento, el de reunir en esta colina, que domina á Washington, los restos de millares de soldados que cayeron en la guerra civil, convirtiéndola además en un punto de paseo y peregrinación. Pero, como casi siempre acaece con las obras yankees, la grandeza de la concepción ha sido empequeñecida por las puerilidades de un mal gusto incurable. Se ha incurrido en la ingenuidad chinesca—que aquí se celebra como un hallazgo genial—de formar en batallones esas quince mil tumbas uniformes, con los jefes y oficiales al frente de sus compañías alineadas: y, bajo las encinas seculares, sobre el tapiz de flores y céspedes, las innumerables piedrecitas blancas se alargan interminablemente, en filas paralelas de una regularidad geométrica enervante. El efecto general es más mezquino que en Gettysburg.—Por supuesto que, á pesar de la última enmienda de la Constitución, los túmulosblancosno se mezclan con losnegros: éstos quedan una media milla más lejos, junto á los de losrefugees, señalados con una R. En el cementerio, como en laHigh schooly laHoward University(concurrida por gente de color), que desde aquí se divisa hacia elSoldier’sHome, toda la sangre derramada y todas las proclamas no han logrado borrar el estigma indeleble. También para las tumbas de los blancos—y, desde luego, para el sepulcro del general Sheridan, que domina la entrada—se han reservado los epitafios en verso, extraídos de un «beautiful poem» del coronel O’Hara, cuyas estrofas se desarrollan en las calles de esas compañías de piedra.—The Bivouac of the Deadparece una imitación bastante prosaica de la famosaRevista nocturnade Zedlitz, en que el fuego graneado de los adjetivos remeda demasiado las salvas fúnebres; citaré la primera estrofa, ó si preferís, la primeracuadrade esta balada popular:
The muffled drum’s sad roll has beatThe soldier’s last tattoo!
No more on life’s parade shall meetThat brave and fallen few.
On Fame’s eternal camping-groundTheir silent tents are spread,
And glory guards with solemn roundThe bivouac of the dead...[39]
Cerca de la entrada, al sud de la casa de Lee, un amplio y sencillo monumento de granito encierra los restos de dos mil soldados, recogidos en el campo de batalla y que no se pudieron identificar—the unknown dead;—y no sé por qué el sepulcro colectivo de estos ignorados despide para mí una melancolía más grandiosa y solemne que los otros millares de tumbas alineadas, como en la lista de las pensiones. Y comohan de estar allí confundidos negros y blancos, leales y rebeldes, encuentro más alto y puro este símbolo del deber cívico, dolorosa é igualmente cumplido por unos y otros en esa guerra de hermanos,—en que un deudo de Washington ocupó el puesto militar que su antepasado acaso no hubiera rehuído,—y en cuyas peripecias el Norte y el Sud defendían un derecho dudoso ¡que sólo fué establecido por la victoria final!