XVIIWASHINGTONIIEL CAPITOLIO—MOUNT VERNONDesde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede 550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren impresas y diseñadas. De esta imitaciónmammothde San Pedro de Roma, háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarseà priorique no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sushallspara el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee para proclamar su Capitolio superior áany public building in the world?[41].Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas» sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción en el santuario delSelf-Government. Era mi guía é introductor un estimablelobbyistú «hombre de pasillos» quien, naturalmente,nourri dans le sérail, conoce sus vueltas mejor que los ujieres. Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con sus frescos italianos, del lujoso y vulgarladies’ parlorcon sus retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas» (antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso, señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de apoplejía.En ellobbyque corre trás de la sala de sesiones, mi guía me «introduce» al senador M., de Alabama: aspecto defarmerpolitiquero, en que la socarronería yankee se oculta bajo modalescampechanos; está mascando tabaco óchewing-gumy, con su rudo bigote gris muy raso, parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre: «¿Qué le parece lacountry, eh?Well, somos yankees, ¡nosotros! Pase V. adelante ...all right!...»—Pasé adelante.La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente, la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado, las de las señoras y de losgentlemensin importancia. Adornan las paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones, águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua, telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó se agazapan en las gradas de laPresident’s chair. En el despoblado recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios,escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia, entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de unpersonal bill, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada en la lista de lasArmy nurses; y el viejo S., de Nevada, brega por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada humorística que levanta risa general ...La Cámara de representantes,of course, gasta más refocilamiento que el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio; por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el Senado. El sillón delSpeaker, delante de una ancha mesa de mármol; á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano, semejante á losfascesromanos; en las paredes, algunas pinturas en que un intensospreadeaglismsuple á su modo la belleza ausente: el Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos del fecundo Brumidi, laOcupación de California, elDescubrimiento del Hudson, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez en laToma de Yorktown, en una actitud teatral que contrasta con la serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia elSpeaker, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43], y, como un examinando ante la mesa,procura hacerse oir, siquiera de los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados; otros gastan una llaneza de traje y modales que llega aldébraillé; uno hay, sin duda deMizzoura, que ha venido á la capital con sus dos muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel. Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...La cuestión que hoy se debate tiene mucho mayor alcance que la de la otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca atención al informe constitucional como al alegatopro nutrice. El orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!... Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos, y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría, allá republicana, es aquí demócrata.Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las delSilver billó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación. Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como también uno de los síntomas visibles de la corrupciónpolítica, que todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos de éstos[44]han analizado con admirable perspicacia el mecanismo legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.Todobillintroducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités, el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los presentados. Como bien se comprende, el número debillsexaminados es mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelabledelSpeaker. En cuanto á los móviles,exceptis excipiendis, que excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles, grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del capital ...Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado una «función política educativa», va propagando á todos los órganos sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los abogados sin pleitos y lospoliticianssin otra profesión llenan más y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los gastos electorales[45], ni el brillo de sus funcionesdesprestigiadas, y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares, llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra, se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución, de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la escuela se dice, un sofisma de inducción (non causa pro causa), pero también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual. En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las reflexiones que su historiay su contacto práctico me han sugerido, refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación» encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy, algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución» inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos. Lademostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto. Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan, clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua, por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás. Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á corporaciones ó compañías. Susinstituciones no eran menos varias que su lengua y nacionalidad; alrededor de los noblescavaliersde Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas, como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes, la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había siervos europeos (indented servants) que, además de no tener derechos políticos, distaban mucho de ser equiparados á losgentlemenante la ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (freemen) sino los propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania, episcopales en Virginia, etc.En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á laCommon lawy demás estatutos ingleses emanados del Parlamento, resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en el Massachusetts, iniciador,y verdadero paladión de la libertad americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias; el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento de latowncomunal hasta después de la emancipación. No sólo en estas colonias delandlords, pero en las más democráticas, como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu intolerante y sectario.Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para elself-government. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la necesidad de crearexnihiloel organismo nacional que no existía. En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía precursora del aniquilamiento.Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia, y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional, destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente. Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y, como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador. Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión importante.Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionarlos países que prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser un poco vago, no es del todo aplicable al país (taneuropeizadocomo los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre todos los que practican concienzudamente el régimen republicano, federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemosaislarel espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph, Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella expresión y darlemayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del desastre de otros.He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara, así en la colonias como en los Estados de la confederación: el inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados (55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el gobierno libre se funda en elespíritu de tolerancia, no aceptado en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió. Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas, y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente, tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de su perennidad exterior.Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogoimperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como lo quieren otros, era unmodus vivenditransitorio, un compromiso provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente imperfecto.Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien: todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones, porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar, perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder, amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras constituciones hispano-americanasresultasen artificiales é impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribira priorilas opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido, elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos; mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.Mount Vernon.He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer; la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi segunda excursión.Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor de ruedas, elMacalaster, hace el breve trayecto; nos embarcamos á las diez de lamañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo largo del Paraná.La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque, sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías, cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras franciscanas los hechos y milagros desu institutor seráfico.—Aquí es de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon, que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo valiente.Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada de señoras,the Mount Vernon Ladies’ Association; es un rasgo más del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar lasacred place; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz con la sociedadWomen of America, que encontró medio de adquirir la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros, merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52]que envió 68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyoroomha sido otorgado á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de estos trastosvenerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los confines del país!La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo, conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha, debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:Washington; en la de la izquierda:Martha, consort of Washington.El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar la curiosidad vulgar de los peregrinos: elHallcon su enorme «llave de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija adoptiva; el cuarto de La Fayette, con elbureauque usó el elegante y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por momentos, á pesar del mueblaje de lance y delbric-à-bracapócrifo, la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprendedel ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de estehomecampestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los suyos, llevando la existencia activa y reposada delgentleman-farmervirginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses, cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa, recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación, que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria, recibiese del reservadoé impasible Washington, estas bellas palabras de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima. Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta, debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de volver á veros. Pero no quiero quejarme:he tenido mi día ...No encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no intento hallarlas ...»¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecidoal que acabo de citar ...En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás, según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está unfarmerde Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años: le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de suash-tree, con más convicción que el guardián de las reliquias de una catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los reformadores y mártires del protestantismo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá»[54].Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne,en que creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida, defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito, ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos, la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano» de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores, iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en otra presidencia!Rather in my grave than in the presidency!»—Todo ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguidaen el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un continente.Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de unFiat luxrepentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente sagrada y única del Nilo Azul ...Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con unmementoinstructivo y filosófico; parece que he sido también alguna vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...
XVIIWASHINGTONIIEL CAPITOLIO—MOUNT VERNONDesde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede 550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren impresas y diseñadas. De esta imitaciónmammothde San Pedro de Roma, háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarseà priorique no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sushallspara el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee para proclamar su Capitolio superior áany public building in the world?[41].Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas» sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción en el santuario delSelf-Government. Era mi guía é introductor un estimablelobbyistú «hombre de pasillos» quien, naturalmente,nourri dans le sérail, conoce sus vueltas mejor que los ujieres. Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con sus frescos italianos, del lujoso y vulgarladies’ parlorcon sus retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas» (antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso, señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de apoplejía.En ellobbyque corre trás de la sala de sesiones, mi guía me «introduce» al senador M., de Alabama: aspecto defarmerpolitiquero, en que la socarronería yankee se oculta bajo modalescampechanos; está mascando tabaco óchewing-gumy, con su rudo bigote gris muy raso, parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre: «¿Qué le parece lacountry, eh?Well, somos yankees, ¡nosotros! Pase V. adelante ...all right!...»—Pasé adelante.La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente, la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado, las de las señoras y de losgentlemensin importancia. Adornan las paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones, águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua, telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó se agazapan en las gradas de laPresident’s chair. En el despoblado recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios,escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia, entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de unpersonal bill, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada en la lista de lasArmy nurses; y el viejo S., de Nevada, brega por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada humorística que levanta risa general ...La Cámara de representantes,of course, gasta más refocilamiento que el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio; por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el Senado. El sillón delSpeaker, delante de una ancha mesa de mármol; á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano, semejante á losfascesromanos; en las paredes, algunas pinturas en que un intensospreadeaglismsuple á su modo la belleza ausente: el Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos del fecundo Brumidi, laOcupación de California, elDescubrimiento del Hudson, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez en laToma de Yorktown, en una actitud teatral que contrasta con la serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia elSpeaker, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43], y, como un examinando ante la mesa,procura hacerse oir, siquiera de los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados; otros gastan una llaneza de traje y modales que llega aldébraillé; uno hay, sin duda deMizzoura, que ha venido á la capital con sus dos muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel. Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...La cuestión que hoy se debate tiene mucho mayor alcance que la de la otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca atención al informe constitucional como al alegatopro nutrice. El orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!... Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos, y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría, allá republicana, es aquí demócrata.Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las delSilver billó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación. Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como también uno de los síntomas visibles de la corrupciónpolítica, que todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos de éstos[44]han analizado con admirable perspicacia el mecanismo legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.Todobillintroducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités, el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los presentados. Como bien se comprende, el número debillsexaminados es mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelabledelSpeaker. En cuanto á los móviles,exceptis excipiendis, que excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles, grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del capital ...Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado una «función política educativa», va propagando á todos los órganos sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los abogados sin pleitos y lospoliticianssin otra profesión llenan más y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los gastos electorales[45], ni el brillo de sus funcionesdesprestigiadas, y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares, llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra, se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución, de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la escuela se dice, un sofisma de inducción (non causa pro causa), pero también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual. En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las reflexiones que su historiay su contacto práctico me han sugerido, refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación» encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy, algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución» inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos. Lademostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto. Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan, clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua, por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás. Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á corporaciones ó compañías. Susinstituciones no eran menos varias que su lengua y nacionalidad; alrededor de los noblescavaliersde Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas, como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes, la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había siervos europeos (indented servants) que, además de no tener derechos políticos, distaban mucho de ser equiparados á losgentlemenante la ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (freemen) sino los propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania, episcopales en Virginia, etc.En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á laCommon lawy demás estatutos ingleses emanados del Parlamento, resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en el Massachusetts, iniciador,y verdadero paladión de la libertad americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias; el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento de latowncomunal hasta después de la emancipación. No sólo en estas colonias delandlords, pero en las más democráticas, como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu intolerante y sectario.Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para elself-government. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la necesidad de crearexnihiloel organismo nacional que no existía. En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía precursora del aniquilamiento.Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia, y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional, destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente. Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y, como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador. Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión importante.Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionarlos países que prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser un poco vago, no es del todo aplicable al país (taneuropeizadocomo los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre todos los que practican concienzudamente el régimen republicano, federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemosaislarel espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph, Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella expresión y darlemayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del desastre de otros.He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara, así en la colonias como en los Estados de la confederación: el inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados (55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el gobierno libre se funda en elespíritu de tolerancia, no aceptado en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió. Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas, y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente, tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de su perennidad exterior.Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogoimperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como lo quieren otros, era unmodus vivenditransitorio, un compromiso provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente imperfecto.Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien: todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones, porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar, perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder, amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras constituciones hispano-americanasresultasen artificiales é impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribira priorilas opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido, elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos; mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.Mount Vernon.He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer; la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi segunda excursión.Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor de ruedas, elMacalaster, hace el breve trayecto; nos embarcamos á las diez de lamañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo largo del Paraná.La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque, sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías, cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras franciscanas los hechos y milagros desu institutor seráfico.—Aquí es de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon, que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo valiente.Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada de señoras,the Mount Vernon Ladies’ Association; es un rasgo más del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar lasacred place; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz con la sociedadWomen of America, que encontró medio de adquirir la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros, merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52]que envió 68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyoroomha sido otorgado á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de estos trastosvenerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los confines del país!La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo, conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha, debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:Washington; en la de la izquierda:Martha, consort of Washington.El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar la curiosidad vulgar de los peregrinos: elHallcon su enorme «llave de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija adoptiva; el cuarto de La Fayette, con elbureauque usó el elegante y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por momentos, á pesar del mueblaje de lance y delbric-à-bracapócrifo, la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprendedel ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de estehomecampestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los suyos, llevando la existencia activa y reposada delgentleman-farmervirginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses, cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa, recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación, que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria, recibiese del reservadoé impasible Washington, estas bellas palabras de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima. Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta, debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de volver á veros. Pero no quiero quejarme:he tenido mi día ...No encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no intento hallarlas ...»¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecidoal que acabo de citar ...En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás, según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está unfarmerde Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años: le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de suash-tree, con más convicción que el guardián de las reliquias de una catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los reformadores y mártires del protestantismo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá»[54].Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne,en que creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida, defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito, ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos, la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano» de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores, iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en otra presidencia!Rather in my grave than in the presidency!»—Todo ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguidaen el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un continente.Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de unFiat luxrepentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente sagrada y única del Nilo Azul ...Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con unmementoinstructivo y filosófico; parece que he sido también alguna vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...
WASHINGTON
EL CAPITOLIO—MOUNT VERNON
Desde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede 550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.
He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren impresas y diseñadas. De esta imitaciónmammothde San Pedro de Roma, háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarseà priorique no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sushallspara el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee para proclamar su Capitolio superior áany public building in the world?[41].
Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas» sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción en el santuario delSelf-Government. Era mi guía é introductor un estimablelobbyistú «hombre de pasillos» quien, naturalmente,nourri dans le sérail, conoce sus vueltas mejor que los ujieres. Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con sus frescos italianos, del lujoso y vulgarladies’ parlorcon sus retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas» (antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso, señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de apoplejía.
En ellobbyque corre trás de la sala de sesiones, mi guía me «introduce» al senador M., de Alabama: aspecto defarmerpolitiquero, en que la socarronería yankee se oculta bajo modalescampechanos; está mascando tabaco óchewing-gumy, con su rudo bigote gris muy raso, parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre: «¿Qué le parece lacountry, eh?Well, somos yankees, ¡nosotros! Pase V. adelante ...all right!...»—Pasé adelante.
La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente, la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado, las de las señoras y de losgentlemensin importancia. Adornan las paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones, águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua, telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó se agazapan en las gradas de laPresident’s chair. En el despoblado recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios,escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia, entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de unpersonal bill, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada en la lista de lasArmy nurses; y el viejo S., de Nevada, brega por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada humorística que levanta risa general ...
La Cámara de representantes,of course, gasta más refocilamiento que el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio; por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el Senado. El sillón delSpeaker, delante de una ancha mesa de mármol; á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano, semejante á losfascesromanos; en las paredes, algunas pinturas en que un intensospreadeaglismsuple á su modo la belleza ausente: el Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos del fecundo Brumidi, laOcupación de California, elDescubrimiento del Hudson, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez en laToma de Yorktown, en una actitud teatral que contrasta con la serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia elSpeaker, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43], y, como un examinando ante la mesa,procura hacerse oir, siquiera de los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados; otros gastan una llaneza de traje y modales que llega aldébraillé; uno hay, sin duda deMizzoura, que ha venido á la capital con sus dos muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel. Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...
La cuestión que hoy se debate tiene mucho mayor alcance que la de la otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca atención al informe constitucional como al alegatopro nutrice. El orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!... Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos, y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría, allá republicana, es aquí demócrata.
Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las delSilver billó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación. Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como también uno de los síntomas visibles de la corrupciónpolítica, que todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos de éstos[44]han analizado con admirable perspicacia el mecanismo legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.
Todobillintroducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités, el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los presentados. Como bien se comprende, el número debillsexaminados es mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelabledelSpeaker. En cuanto á los móviles,exceptis excipiendis, que excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles, grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del capital ...
Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado una «función política educativa», va propagando á todos los órganos sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los abogados sin pleitos y lospoliticianssin otra profesión llenan más y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los gastos electorales[45], ni el brillo de sus funcionesdesprestigiadas, y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares, llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.
Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra, se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución, de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.
Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la escuela se dice, un sofisma de inducción (non causa pro causa), pero también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual. En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las reflexiones que su historiay su contacto práctico me han sugerido, refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.
Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación» encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy, algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución» inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos. Lademostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto. Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan, clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.
Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua, por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás. Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á corporaciones ó compañías. Susinstituciones no eran menos varias que su lengua y nacionalidad; alrededor de los noblescavaliersde Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas, como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes, la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había siervos europeos (indented servants) que, además de no tener derechos políticos, distaban mucho de ser equiparados á losgentlemenante la ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (freemen) sino los propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania, episcopales en Virginia, etc.
En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á laCommon lawy demás estatutos ingleses emanados del Parlamento, resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en el Massachusetts, iniciador,y verdadero paladión de la libertad americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias; el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento de latowncomunal hasta después de la emancipación. No sólo en estas colonias delandlords, pero en las más democráticas, como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu intolerante y sectario.
Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para elself-government. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la necesidad de crearexnihiloel organismo nacional que no existía. En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía precursora del aniquilamiento.
Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia, y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional, destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.
El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente. Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y, como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador. Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión importante.
Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionarlos países que prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser un poco vago, no es del todo aplicable al país (taneuropeizadocomo los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre todos los que practican concienzudamente el régimen republicano, federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemosaislarel espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].
Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph, Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella expresión y darlemayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del desastre de otros.
He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara, así en la colonias como en los Estados de la confederación: el inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados (55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el gobierno libre se funda en elespíritu de tolerancia, no aceptado en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió. Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas, y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente, tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de su perennidad exterior.
Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogoimperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como lo quieren otros, era unmodus vivenditransitorio, un compromiso provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente imperfecto.
Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien: todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones, porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar, perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder, amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras constituciones hispano-americanasresultasen artificiales é impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribira priorilas opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido, elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos; mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.
Mount Vernon.
He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer; la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi segunda excursión.
Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor de ruedas, elMacalaster, hace el breve trayecto; nos embarcamos á las diez de lamañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo largo del Paraná.
La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque, sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías, cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras franciscanas los hechos y milagros desu institutor seráfico.—Aquí es de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon, que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo valiente.
Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada de señoras,the Mount Vernon Ladies’ Association; es un rasgo más del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar lasacred place; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz con la sociedadWomen of America, que encontró medio de adquirir la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros, merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52]que envió 68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyoroomha sido otorgado á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de estos trastosvenerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los confines del país!
La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo, conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha, debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso:Washington; en la de la izquierda:Martha, consort of Washington.
El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar la curiosidad vulgar de los peregrinos: elHallcon su enorme «llave de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija adoptiva; el cuarto de La Fayette, con elbureauque usó el elegante y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por momentos, á pesar del mueblaje de lance y delbric-à-bracapócrifo, la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprendedel ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de estehomecampestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los suyos, llevando la existencia activa y reposada delgentleman-farmervirginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses, cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa, recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación, que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria, recibiese del reservadoé impasible Washington, estas bellas palabras de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:
«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima. Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta, debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de volver á veros. Pero no quiero quejarme:he tenido mi día ...No encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no intento hallarlas ...»
¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecidoal que acabo de citar ...
En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás, según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está unfarmerde Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años: le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de suash-tree, con más convicción que el guardián de las reliquias de una catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los reformadores y mártires del protestantismo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá»[54].
Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne,en que creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida, defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito, ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos, la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano» de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores, iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en otra presidencia!Rather in my grave than in the presidency!»—Todo ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguidaen el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un continente.
Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de unFiat luxrepentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente sagrada y única del Nilo Azul ...
Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con unmementoinstructivo y filosófico; parece que he sido también alguna vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...